Los westerns de Anthony Mann y James Stewart

James Stewart, el hombre del Oeste«Trilogía», «saga» o «ciclo» son términos que encantan a los cinéfilos, porque implican la multiplicación del placer obtenido por separado con una película, una historia o la colaboración entre un director y un intérprete. El western registra unos cuantos de aquellos: de la Trilogía de la Caballería de John Ford a la Trilogía del Dólar de Sergio Leone con Clint Eastwood, pasando por el conjunto de modestos títulos de serie B rodados por el director Budd Boetticher y el actor Randolph Scott en la segunda mitad de los 50. Pues bien, uno de los ciclos más venerados por los aficionados al género lo constituye un ciclo de cinco películas dirigidas por Anthony Mann con el gran actor James Stewart como protagonista. Son Winchester 73 (1950), Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), Tierras lejanas (1954) y El hombre de Laramie (1955), cinco westerns espléndidos, sin discordancias de calidad o complejidad entre ellos, aunque cada uno a su manera ofrece algo diferente. El primero, el segundo y el cuarto fueron producidos por la Universal y comparten muchos nombres en su equipo además de los dos reseñados: por ejemplo, el productor Aaron Rosenberg y el genial guionista Borden Chase. El tercero es un film de la Metro, y el último, de la Warner.

En ellos, Anthony Mann se reveló como un director especialmente dotado para un género que demanda, por lo general, el rodaje en exteriores: la capacidad para convertir el paisaje en un elemento fundamental de la atmósfera es el sello que particulariza a este director. Sin descuidar su enorme capacidad narrativa, la facilidad para dotar de importancia a cualquier personaje de sus historias (por secundario que parezca) o el formidable uso de la violencia, en su momento verdaderamente revulsivo.

Por otra parte, esas cinco películas revelaron la enorme versatilidad de un actor, James Stewart, que hasta ese momento parecía encasillado en papeles de americano medio, sencillo, con carácter pero esencialmente bueno, del que contados directores (el primero, Hitchcock, en La soga, de 1948) habían sabido extraerlo. En esos westerns, Stewart dio vida a una serie de personajes marcados por un pasado dudoso y que llevan la violencia en el instinto, ya sea porque van en busca de una venganza o porque, sencillamente, no conocen otra cosa. La imagen, con todo bonancible, de Stewart provocaba un fascinante efecto de contraste al encarnar esos personajes, que el actor supo potenciar gracias a un sentido por completo intuitivo de la gestualidad. Pocos actores como él supieron mostrar ese momento en que se pierde por completo el sentido de la civilización, los miembros desoyen las sensatas indicaciones de la cabeza y estalla la violencia: hay que verlo —en Winchester 73, por ejemplo— buscando, por instinto, el revólver que ha olvidado que no lleva al encontrarse con el odiado hombre al que sigue desde hace demasiado tiempo ya.

En realidad, Mann y Stewart rodaron ocho películas. A los cinco westerns hay que sumar tres títulos fuera del género. El primero de ellos, Bahía negra (1953) lo es de modo relativo, ya que su historia, sus personajes y su ambiente podían haber sido situados en el Oeste americano y poco habría cambiado. Sin embargo, se sitúa en el entorno de la prospección submarina de petróleo, lo cual la lleva más bien al género de aventuras, y quizá por ello es menos conocido que los otros films del tándem, aunque es espléndido. El segundo fue en su día muy popular: Música y lágrimas (1954) es la biografía del famoso trombonista Glenn Miller, y no ha envejecido nada bien. El tercero ya es francamente desconocido, y en su día ni siquiera se estrenó en España, aunque alguna vez se ha pasado por tv: Strategic Air Command (1955). Al parecer, es un drama o melodrama bélico: nada puedo decir de él porque nunca lo he visto.

Y un último dato: hay otro western, La última bala (1957), con Stewart al frente del reparto (y muchos de los secundarios recurrentes del ciclo, como Dan Duryea o Jay C. Flippen), Rosenberg produciendo para la Universal y Borden Chase reaprovechando elementos de sus guiones para los otros films (sobre todo Winchester 73), cuyo rodaje comenzó Anthony Mann pero que abandonó pronto, y que concluyó y firmó el desconocido James Neilson. No sé si es debido a este cambio (yo lo achaco también al discutible guión), pero aunque es un título muy estimable, es bastante inferior a los cinco canónicos.

Winchester 73La reunión de Mann y Stewart se produjo con Winchester 73, pero, como tantas otras veces, hubo mucho de azar en ese encuentro, ya que inicialmente había sido un proyecto del gran director vienés Fritz Lang. Es el único film de la serie rodado en blanco y negro. Pero el detalle más singular del mismo es la curiosa construcción del guión que, en vez de seguir el trayecto del protagonista Stewart (como en el resto del ciclo), prefiere hacerlo del Winchester que da título al film, uno de los primeros rifles inventados de repetición (o sea, que permitía disparar varias veces sin recargar), que va pasando de mano en mano hasta volver a las del protagonista en el final de la historia. Así, la película adopta un argumento itinerante cuya trama va desarrollándose en forma de meandros, sinuosamente, en función del dueño ocasional del rifle. Un rifle que parece contener una maldición, pues su posesión sólo acarrea la muerte o la desgracia. De hecho, al final la película lo que cuenta es la historia de una venganza cainita, entre dos hermanos (encarnados por Stewart y Stephen McNally) cuyo símbolo precisamente es ese rifle que perteneció al padre de ambos, al cual mató el segundo de ellos.

El film se inicia en la famosa localidad de Dodge City, de la cual es sheriff el no menos famoso Wyatt Earp, en la cual se celebra una competición de tiro cuyo premio es el Winchester. Allí es donde se encuentran los dos hermanos, cuyo enfrentamiento debe postergarse porque Earp ha obligado a todos los visitantes de la ciudad a dejar sus armas a la entrada. La competición la gana Stewart, pero su hermano acabará robándole el rifle y huyendo de él. Ambos no volverán a reencontrarse hasta el duelo final, pero sobre la atmósfera pesa en todo momento ese duelo postergado, y cada uno de los violentos episodios en que se ven implicados los pasajeros dueños del rifle parece inspirado por la presencia «maldita» del arma. Sin embargo, la grandeza de Winchester 73 también radica en su rico juego de matices y contrastes, que permite también la distensión e, incluso, la emoción, como ese episodio en que Stewart y su compañero comparten una noche con un pelotón de caballería y su veterano sargento —el inolvidable Jay C. Flippen, presente en tres de los cinco films— evoca con sencilla llaneza el valor de los rebeldes en la batalla de Gettysburg, durante la pasada guerra: el gesto satisfecho de los dos camaradas indica, sin necesidad de palabras, que ellos lucharon por el Sur.

En Winchester 73 ya resplandece la belleza telúrica que Mann extrae de los paisajes, los cuales siempre parecen condicionar la aspereza de quienes los recorren. Así, el film acaba con un extraordinario duelo entre los dos hermanos que tiene lugar en un espolón rocoso donde el espectador acaba sintiéndose un combatiente más: recuérdese el inolvidable efecto de las esquirlas de piedra que restallan sobre el rostro de los dos rivales disparando a los pasillos rocosos donde intentan protegerse para que las balas reboten y acaben con el otro…

Horizontes lejanosHorizontes lejanos es el siguiente alto en el camino. Una vez más (gran guión de Borden Chase), la película cuenta una trama itinerante, que une a Glyn McLintock (Stewart), un antiguo forajido —la marca vergonzante en su cuello de una soga supone el recuerdo perpetuo de su pasado—, con un grupo de clásicos pioneros que atraviesa las peligrosas tierras del Far West para alcanzar las tierras donde iniciar una nueva vida, y de paso extender la civilización. Glyn encuentra en este grupo la oportunidad definitiva de redención, de convertirse en un hombre útil a la sociedad. Sin embargo, el destino tiene a bien enviar a otro compañero que se une a la caravana, Emerson Cole, quien sí es un aventurero sin escrúpulos, que tan pronto ayuda al grupo (su capacidad de seducción es notable, ganándose el amor de la chica en quien Glyn se había fijado) como decide despojarle de los bienes que necesitaban para sobrevivir al primer y duro invierno en las nuevas tierras.

De los cinco títulos, Horizontes lejanos es posiblemente el que se contempla con mayor placer, no importando cuántas veces se haya visto (en mi caso, un montón). Y ello es debido a la enorme fluidez narrativa de su trama, al elevado conjunto de peripecias que van desarrollándose (sin que en ningún caso parezca mera acumulación), a la belleza de su fotografía en color (puesto que la historia transcurre a lo largo de un año, permite pasar del verano al invierno, de las verdes praderas al blanco sudario de la nieve) y al sensacional duelo interpretativo entre Stewart y su antagonista. Éste es encarnado por el gran actor secundario Arthur Kennedy, cuya sonrisa canalla es inolvidable, tanto como la facilidad con que su gesto cambia para mostrar toda la rabia y villanía de que es capaz. Además, la galería de secundarios es entrañable (entre estos se reconoce a un muy joven Rock Hudson, poco antes de convertirse él mismo en estrella, siempre con una reluciente sonrisa en la boca).

Colorado JimLa primera curiosidad de Colorado Jim es que este nombre, teóricamente el del protagonista… ¡es una invención del doblaje español de la época! Ya el título original es otro, en concreto La espuela desnuda, y su personaje central se llama en realidad Howard Kemp. ¿A qué se debe el nombre? ¿A que sonaba más del Oeste? ¿A que alguien decidió que una película así titulada atraería a más gente al cine? (Hay que recordar que el personaje ni siquiera procede de Colorado sino de Kansas.) La alteración de la distribución española es intolerable… pero a esta película la hemos amado siempre como Colorado Jim y, a estas alturas, llamar Howard Kemp a su protagonista se nos hace muy cuesta arriba…

Colorado Jim salta de la Universal a la Metro. Cambia el equipo técnico pero no la intensidad dramática (que depende, claro, de Mann y Stewart), a lo largo otra vez de una trama itinerante sin embargo reducida a cinco únicos personajes obligados a unirse para atravesar un territorio lleno de peligros. Uno de los cinco es un fugitivo de la ley que viaja con su hija, y cuya recompensa persiguen los otros. Lo encarna otro actor genial, Robert Ryan, especialmente dotado para la composición de personajes de turbia ambigüedad moral, casi nunca del todo buenos. Ryan es el obligado antagonista carismático que es indisociable del ciclo. De hecho, uno de los elementos que explican la considerable aspereza de la película es lo poco recomendable de casi todos sus personajes. Al forajido (un manipulador además de mucho cuidado) hay que unir a un ex militar licenciado con deshonor, tan jactancioso como mezquino. Y el propio protagonista, Colorado Jim, es un hombre invadido por el rencor y con una obsesión: conseguir el dinero suficiente para recuperar las tierras que, al partir a la guerra, confió a su prometida, la cual lo traicionó con un amigo y las vendió. James Stewart compone, así, el personaje más obsesivo y hosco de todo el ciclo: ni siquiera hay en él ese pequeño espacio para la distensión que presenta en los otros títulos quizá porque, al contrario que en estos, viaja solo y sin la habitual presencia de un camarada de mucha mayor edad con quien mantiene entrañables lazos fraternales.

Al concentrarse tanto la trama entre unos personajes y un itinerario esta vez muy conciso, en pocas ocasiones como en ésta el paisaje acaba convertido en un elemento fundamental de la dramaturgia, por cuanto es utilizado no ya como escenario sino como expresión de sentimientos, de pasiones, de odios, por medio de una cuidadosa elección plagada de simbolismo. De ahí que Colorado Jim suponga la película más abstracta de todo el ciclo. Abstracción de tan poderoso aliento que llega un momento en que se deja de atender al orden de las peripecias, embargados por la alucinación moral que provoca esa naturaleza que se atraviesa y el desgarro que producen esos hombres cuyos rasgos positivos han quedado definitivamente enterrados por su derrota física y emocional ante la vida.

Tierras lejanasSiempre he pensado que, dentro del ciclo, Tierras lejanas compone una especie de díptico con Horizontes lejanos, y no se debe al eco de nombres provocado por la repetición en el título del adjetivo (que se debe a los rebautizos hispanos). Y es que ambas, en el fondo, comparten el mismo planteamiento: la tensión entre el individualismo y el comunitarismo, el contraste entre los clásicos westerners que marcan su propia senda al margen de todos y la atracción de las pequeñas comunidades de pioneros que van haciendo que el mundo de la frontera cada vez sea más pequeño y, por tanto, más civilizado.

James Stewart da vida aquí al personaje más antipático de toda su galería al servicio de Anthony Mann: incluso en Colorado Jim su personaje, en su desesperación, resulta más humano. En Tierras lejanas, Jeff Webster no necesita a nadie. Si ocasionalmente concede su ayuda es porque no pierde nada haciéndolo: pero cuando esa ayuda exige ya una entrega a la comunidad, sencillamente señala que su camino es otro. Viaja, una vez más, con un compañero mucho mayor (el gran Walter Brennan), que en esta ocasión incluso es una carga, pues lo pone en apuros una y otra vez, e incluso será responsable final casi de que encuentre la muerte en el peligroso ambiente de la fiebre del oro en que se desarrolla la acción. Entonces llegará la reacción y Jeff se decidirá a enfrentarse con el villano del relato y la cuadrilla de matones que se han hecho los amos del pequeño rincón del Klondike (en Alaska) donde transcurre la acción. Pero no nos llamemos a engaño: en esta ocasión no hay redención del personaje. Su decisión la toma por venganza personal, por necesidad de supervivencia… aunque sus antiguos amigos, que quieren construir una ciudad civilizada más allá del boom del oro, prefieran considerar que se ha vuelto «bueno».

Pequeño catálogo de casi todos los elementos matrices del ciclo, Tierras lejanas, al igual que Horizontes lejanos, deslumbra por su fluidez narrativa, por el tránsito de escenarios, por la espléndida galería de personajes secundarios, por la importancia para la atmósfera del cambio de estaciones.

El hombre de LaramieLa última película del ciclo es El hombre de Laramie y, posiblemente, es la más «difícil» de todas, la más distinta. Es la única en que no hay itinerario (salvo moral): los personajes no se mueven del escenario de la acción. El guión, en apariencia, coge los elementos típicos del ciclo, pero los une de modo inconsistente, sin la férrea sujeción de unos con otros del resto de títulos. El ritmo parece más desvaído. Sin embargo, revisión tras revisión su altura crece, su complejidad se va revelando mayor, hasta convertirse, probablemente, en la obra maestra de la serie.

Y es cierto que el guión y el ritmo son diferentes. En primer lugar, diríase que van a contarnos una vez más una historia de venganza: James Stewart encarna a Will Lockhart, un antiguo militar que busca al hombre que vendió armas a los apaches y provocó así una matanza de soldados novatos entre los cuales se hallaba su hermano. En el territorio donde sucedió la matanza, pronto adivina que la verdad se esconde en el seno de las turbulentas relaciones que tienen lugar en torno al todopoderoso cacique local, y en concreto sus dos hijos. El primero, el hijo de sangre, es un jovenzuelo malcriado que exhibe todo el tiempo una violencia chulesca y arbitraria, con la cual intenta compensar su convicción de que no ha heredado la dureza y personalidad del padre. (El film posee uno de los momentos más malsanos del uso de la violencia en el cine —cuando no se buscaba el mero sensacionalismo, claro—, como es aquel en que el muchacho obliga a sus hombres a sujetar la mano de Stewart, que ha osado disparar contra él, mientras dispara contra ella a bocajarro.)

El segundo, el que cree ser el hijo espiritual, el que sí está a la altura del cacique, a quien éste acogió siendo un muchacho y lo ha convertido su capataz, vivirá su propia desilusión al darse cuenta de que todo esto no basta para poder competir en igualdad de condiciones por el cariño del viejo y así recibir la recompensa merecida por velar siempre por aquél. Arthur Kennedy es recuperado para este papel, componiendo un rol todavía más ambiguo que el de Horizontes lejanos.

Es decir, El hombre de Laramie pertenece a un tipo de planteamiento que me fascina: la película/novela que parece contarnos una historia muy concreta y acaba trasplantándonos al corazón de otra. En concreto, una historia de cainismo dentro de la cual la presencia de Lockhart servirá como catalizador de su estallido final. Por ello, la película acaba impregnándose del aliento de la tragedia griega, con su inevitable componente de fatalismo, que Anthony Mann construye, claro, mediante una atmósfera en la que es fundamental el tratamiento del paisaje, de ese árido y seco escenario que sólo parece admitir aridez y sequedad en las relaciones humanas. Con sus defectos —un personaje femenino desaprovechado, un final con elementos discutibles—, El hombre de Laramie fascina por la libertad tonal y temática de que hace gala incluso dentro del ciclo al que pertenece, pero sobre todo por la amargura que deja en el paladar, y que hace que siga dándonos vueltas en el alma días y días después de haber concluido sus imágenes, como una herida que va curándose con mucha dificultad.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Winchester 73 / Winchester 73. Año: 1950.

Dirección: Anthony Mann. Guión: Robert L. Richards y Borden Chase; historia de Stuart N. Lake. Fotografía: William Daniels. Música: Walter Scharf. Reparto: James Stewart (Lin McAdam), Dan Duryea (Waco Johnny Dean), Shelley Winters (Lola Manners), Stephen McNally (Dutch Henry Brown). Dur.: 92 min.

Título: Horizontes lejanos / Bend of the River. Año: 1952.

Dirección: Anthony Mann. Guión: Borden Chase y William Gulick; novela de William Gulick. Fotografía: Irving Glassberg. Música: Hans J. Salter. Reparto: James Stewart (Glyn McClintock), Arthur Kennedy (Emerson Cole), Rock Hudson (Trey), Julia Adams (Laura). Dur.: 91 min.

Título: Colorado Jim / The Naked Spur. Año: 1953.

Dirección: Anthony Mann. Guión: Sam Rolfe y Harold Jack Bloom. Fotografía: William C. Mellor. Música: Bronislau Kaper. Reparto: James Stewart (Howard Kemp/Colorado Jim), Janet Leigh (Lina Patch), Robert Ryan (Ben Vandergroat), Ralph Meeker (Anderson). Dur.: 91 min.

Título: Tierras lejanas / The Far Country. Año: 1954.

Dirección: Anthony Mann. Guión: Borden Chase. Fotografía: William Daniels. Reparto: James Stewart (Jeff Webster), Walter Brennan (Ben Tatum), Ruth Roman (Ronda Castle), John McIntire (Gannon). Dur.: 97 min.

Título: El hombre de Laramie / The Man from Laramie. Año: 1955.

Dirección: Anthony Mann. Guión: Philip Yordan y Frank Burt; relato de Thomas T. Flynn. Fotografía: Charles Lang. Música: George Duning. Reparto: James Stewart (Will Lockhart), Arthur Kennedy (Vic Hansbro), Cathy O’Donnell (Barbara Waggoman). Dur.: 104 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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