El hombre de mimbre: puritanismo contra neopaganismo

Cartel de The Wicker ManThe Wicker Man —titulada en sus ediciones en formato doméstico El hombre de mimbre— es el nombre de una película de 1973 que constituye el clásico título que en su momento se convierte en un gran fracaso de taquilla (remarcado por la no menos clásica manipulación de sus productores, quienes lo sometieron a diversos remontajes con el propósito de hacerla más atractiva de cara a los espectadores, consiguiendo sólo hundirla más) y, andando el tiempo, alcanza la condición de obra de culto e incluso de film de referencia en su género. No es extraña esta condición, por diversas causas. En primer lugar, por razones contextuales. En 1973, el género de terror, que había tenido en las islas británicas uno de sus grandes feudos —en especial, el terror gótico, de la mano de la inolvidable productora Hammer Films—, se encontraba ya de retirada, a punto de caer en una pavorosa decadencia. El hombre de mimbre, vista desde la perspectiva actual, pudo haber sido una vía de exploración por la cual el género podía haber transitado tras el inevitable ocaso del cine gótico que lo había alimentado. Esa vía, sin embargo, nunca se exploró por las razones arriba señaladas. Pero, por otra parte, lo es en razón de su muy atractivo planteamiento: en este film, el terror no nace de la actuación de monstruos de ninguna naturaleza (si acaso, y como siempre, por la de la peor de las criaturas monstruosas: el hombre) sino de la confrontación entre puntos de vista, entre culturas, entre religiones. Pues la premisa central de la película es la pervivencia en un perdido rincón de Escocia de un culto neopagano que parece incluir, en pleno siglo XX, el recurso a sacrificios humanos para ganarse de nuevo el favor de la naturaleza y sus dioses ancestrales para que así la tierra recupere la perdida fertilidad.

Los créditos de la película sólo señalan que el guión pertenece a Anthony Shaffer, un hombre a quien se le recuerda por su obra teatral La huella, que él mismo adaptó para el cine en la famosa película con la cual cerró su filmografía el gran Joseph L. Mankiewicz. Pues bien, aunque no se diga, Shaffer adaptaba una novela previa, Ritual, escrita en 1967 por un novelista del que no poseo ninguna referencia, David Pinner, y que parece ser que nunca ha sido editada en nuestro país [Edición posterior: el comentario ha coincido con su publicación en España, que comento en este enlace]. El mismo Shaffer había comprados sus derechos para llevarla el cine y fue quien presentó el proyecto a un peso pesado de la industria británica dentro del género, el actor Christopher Lee, el cual era, y es, un hombre de enorme cultura e intereses, por ejemplo por la literatura fantástica y el ocultismo. (Una de las joyas menos conocidas de la Hammer, The Devil Rides Out, dirigida en 1968 por Terence Fisher, debe gran parte de sus elementos ocultistas a sus conocimientos.)

El hombre de  mimbre de los cultos druídicosParece ser que Shaffer efectuó una completa reelaboración del argumento de la novela, manteniendo, eso sí, el mismo esqueleto argumental, y tal vez por ello ni siquiera el título original fue respetado, decantándose por el más sugerente de The Wicker Man. Ese nombre procede de algunas tradiciones célticas que Pinner recogió y que pueden hallarse en fuentes tan respetables como el mismísimo Julio César. En su obra La guerra de las Galias, éste señala que los druidas celtas ejecutaban en el primer día de mayo —en la fiesta de Beltaine; en los países germánicos daría origen a la Noche de Walpurgis— un ritual de purificación muy propio de las culturas agrarias, consistente en realizar ofrendas a los dioses de la naturaleza utilizando grandes estructuras de madera y hierbas en las cuales quemaban, vivos, a hombres encerrados dentro de su armazón.

La forma en que se narra el descubrimiento de este regreso al paganismo es muy clásica dentro del género de terror: un individuo, supuesta encarnación de la «normalidad», llega al escenario donde transcurre la historia y, desde el primer momento, observa con inquietud una serie de indicios que le van haciendo conjeturar, poco a poco, que algo terrible se esconde en el ambiente. Ese personaje que vive los descubrimientos en primera persona, por supuesto, tiene el papel de convertirse en el avatar a partir del cual nosotros, los espectadores, ingresamos en la historia. Ambos descubriremos a la vez el escenario y su misterio y nos horrorizaremos de la violación de lo normal que tiene lugar allí. La hostilidad que encuentra el protagonista se potencia a través de ese proceso de identificación, etcétera. O eso debiera ser…

El hombre de mimbre se sitúa en tierras célticas, y en concreto en una isla más o menos remota de la costa norteña de Escocia llamada Summerisle. Durante la escena de créditos de la película vemos cómo un hidroavión vuela entre diversas islas mientras su piloto consulta con atención un mapa, señal de que no tiene muy claro el lugar al que se dirige. Ese hombre es un policía, que a lo largo de la trama —y con significativa excepción de la parte final, en que asume el disfraz del bufón Punch, elemento de orden simbólico del que luego hablaré— no abandonará nunca su severo uniforme profesional (gorra incluida, que nunca deja de ponerse cuando se encuentra al aire libre). Al mostrar el vuelo sobre las islas, el director Robin Hardy se encarga de sugerir, por medio de los encuadres y la elección de los paisajes, el carácter extraño, misterioso, del lugar hacia donde se dirige (ya sobrevolando Summerisle, el avión pasa por encima de unas protuberancias rocosas que recuerdan la forma de los diversos círculos de piedras primordiales —crómlechs— que luego serán centrales en los ritos del culto). Está claro que Howie se dirige hacia Otro Lugar, como no tardará en comprobar.

Edward Woodward in Robin Hardy’s THE WICKER MAN (1973). Courtesy: Rialto Pictures/ StudiocanalNada más aterrizar en el lugar de destino, después de atraer la atención de los ociosos lugareños (que lo primero que hacen es preguntarle si se ha perdido, para luego indicarle que ha llegado a «propiedad privada»), el policía revela su nombre y la razón de su llegada. Es el sargento Howie y se dispone a investigar una denuncia anónima que ha llegado a su comisaría: la desaparición, meses atrás, de una niña llamada Rowan Morrison en esa isla. El sargento muestra una foto, pero ninguno de los lugareños reconoce a la niña, si bien, cuando el policía nombra a su madre, por fin recibe una información positiva: es la encargada de la oficina postal (que también es, detalle muy british, una tienda de dulces). Eso sí, le indican que la señora Morrison no tiene ninguna pequeña llamada Rowan. La misma aludida no sólo lo confirma, sino que le muestra a su única hija, quien nada tiene que ver con la de la foto.

Desde ese momento, todas las pesquisas del sargento Howie chocarán con el mismo muro: los habitantes de Summerisle. Todos niegan la existencia de la pequeña Rowan, todos observan la fotografía sin mostrar un solo indicio de reconocerla. En la taberna «The Green Man», donde Howie recibe alojamiento, sin embargo, y entre las fotografías enmarcadas que muestran a las reinas de la cosecha de cada año (siempre adolescentes risueñas), falta una, como delata la marca en la pared. En la escuela, y después de la negativa de la profesora, miss Rose y de las alumnas, el sargento advierte que hay un pupitre vacío y, por fin, descubre una huella material de la existencia de Rowan: su nombre se encuentra en el registro escolar. Ahora bien, miss Rose enseguida tiene respuesta: nadie en el pueblo ha mentido. Pues, si bien es cierto que Rowan ya no está con ellos, allí no utilizan la palabra muerta, ya que el alma regresa a la naturaleza y sigue su ciclo de regeneración.

Ese momento es sólo la culminación de la serie de elementos no ya extraños sino directamente intolerables que el sargento Howie lleva observando desde que llegó a la isla la tarde anterior, y que se resumen en una exhibición, para él completamente impúdica, del sexo entre los habitantes del lugar. Así, en la taberna, la presencia de Willow (la guapísima actriz sueca Britt Ekland), la hija del dueño, es saludada por los parroquianos mediante una canción abiertamente obscena que ella celebra con júbilo, y más tarde el policía verá cómo la joven acepta en su lecho a un muchacho del pueblo que le han traído para que lo inicie sexualmente (vamos, para hacerle perder la virginidad). Cuando el sargento da un paseo nocturno, encuentra a un buen número de parejas follando en un prado sin el menor embozo, y al asomarse por encima de la tapia del cementerio sorprende a una joven abrazada a una lápida… completamente desnuda. Al día siguiente, Howie descubre con aún mayor horror, que son los mismos profesores quienes pervierten a los niños del pueblo. Bajo el clásico árbol de mayo en torno al cual danzan los alumnos, su maestro celebra en un canto el vínculo entre el hombre y la naturaleza, convirtiendo el sexo en parte «natural» (y valga la redundancia) de ese ciclo. Pero, todavía peor, en el aula femenina, miss Rose enseña a las chicas que el árbol de mayo no sino un símbolo del pene…

Nudismo y paganismoLa clave que explica esa falta de pudor en la isla (esa ausencia de enseñanzas cristianas) se la referirá enseguida al policía el señor de la isla, lord Summerisle, a quien encarna, claro, el gran Christopher Lee con su carismática presencia y su resonante dicción habituales (y con un pelucón rubio que le otorga un aspecto excéntrico que, si al principio choca, acaba resultando de lo más turbio). Lord Summerisle le explica a Howie que su abuelo, visionario agrónomo y un clásico sabio victoriano con ideales utópicos, compró la isla para demostrar sus teorías sobre la producción agrícola. Para conseguir el entusiasta trabajo de los isleños, presentó su ciencia bajo el aspecto de la religión: pero no el caduco y opresivo cristianismo, sino el retorno al paganismo, a los antiguos dioses de la fertilidad, en especial Nuada, dios del sol, y Avellenau, diosa de los huertos (estos nombres, en realidad, están libremente tomados por el guionistas Shaffer de distintas fuentes celtas). El éxito productivo del primer lord Summerisle señaló el éxito del culto y el destierro de las supersticiones cristianas, abrazando sus descendientes, con entusiasmo, el amor (y el temor) de la naturaleza, como líderes y guías de los habitantes de la isla. Que precisamente celebran al día siguiente, 1º de mayo, el festival mediante el cual se reanudan los votos anuales entre los dioses y sus fieles seguidores. El sargento Howie no tardará en hilar cabos: la niña Rowan no está muerta (en su tumba, que al final encuentra, lo que hay enterrada es una liebre de marzo) sino que se la ha reservado como sacrificio, pues el año anterior la cosecha fue catastrófica, como prueba la fotografía perdida, que él acabará encontrando, y que muestra a la niña rodeada de los míseros frutos que el año anterior dio la otrora fértil tierra de la isla.

Es por ello un logro extraordinario de los responsables del film que se quebrante, para mayor desasosiego, una regla básica de este tipo de planteamientos en que un personaje protagonista llega a un escenario que se va a revelar hostil y misterioso: que no exista la consabida identificación entre éste y el espectador, el cual debe asistir por tanto a la extraña historia que tiene lugar ante sus ojos sin un asidero fácil y sin saber exactamente con qué carta quedarse. Pues desde el primer momento el dibujo que se hace del policía es el de un rigorista cristiano (en la primera escena lo vimos en plena misa, leyendo incluso el evangelio), puritano hasta el tuétano, que se mantiene virgen, señala, hasta llegar al matrimonio (lo cual indica su represión sexual, que se hará manifiesta en la magnífica secuencia en que Willow, al otro lado de su tabique, baila y canta desnuda en lo que, sin la menor duda, es una llamada para que él acuda a su habitación y sea iniciado por ella —lord Summerisle la había llamado la Afrodita de la isla— como el muchacho la noche anterior) y que, por tanto, no puede sino sentir que el credo que se posee en la isla es una gigantesca blasfemia.

Es decir, el sargento Howie es retratado como un intruso intolerante e incapaz de despertar la menor simpatía. Lo cual no quiere decir que el carácter desinhibido y colorista de los lugareños, expresado sobre todo por medio del canto —de música muy dulce y, por contraste, letras obscenas hasta el incomodo—, indudablemente también resulte, por puro exceso, de lo más inquietante. En este sentido, la banda sonora (compuesta por Paul Giovanni en su único trabajo para el cine) es fundamental. Con su inspiración evidentemente folk, la sobrecarga de canciones, que a ratos casi conduce la historia a los terrenos de la parodia hippy o new age, es esencial para puntear la perturbación que poco a poco va sintiendo el protagonista.

Britt Ekland, la archideseable WillowPara mayor confusión del espectador del cine de terror, además, se salta otra regla habitual: los habitantes de Summerisle no reciben con hostilidad a Howie, sino que bien al contrario contestan a todas sus preguntas y aceptan su rudeza como quien acepta la rudeza de un niño todavía por educar. Sin embargo, está claro que obstruyen su labor con constantes subterfugios, sutilezas y dobles lenguajes, volviendo literalmente loco al nada flexible sargento. Por otro lado, diversos detalles en los que se fija éste van elaborando un clima realmente malsano al que no parece escapar ningún lugar de la isla: la cucaracha atada por un cordel a un clavo dentro del pupitre de la niña desaparecida; el repulsivo contenido orgánico de los frascos y vitrinas del fotógrafo local; la respuesta de la funcionaria del registro a la observación de Howie al leer dos nombres extrañamente bíblicos en el libro de defunciones («Es que eran muy viejecitos»); la puerta que el policía abre y revela a aquélla —Ingrid Pitt, encima, icono sexual del terror de la época— bañándose desnuda, y seguramente masturbándose, con lascivo relajamiento; el cordón umbilical reseco que pende sobre el arbolillo plantado sobre la tamba de Rowan; las máscaras que los lugareños van a utilizar en la procesión de mayo…

El hombre de mimbre alcanza, por tanto, su pegajosa densidad en ese quebrantamiento de las reglas del género —hay que añadir que casi toda la historia se desarrolla a plena luz del día y nunca entre sombras en las que se buscan sustos fáciles—, y en el rico juego dramático que proporciona el contraste entre el protagonista y la comunidad a la que llega. Jugando a los símbolos, podríamos pensar, por ejemplo, que Howie encarna el prototipo medio de hombre británico que según el tópico nacional es serio, aburrido y convencional, enfrentando a la tentación de lo otro. También, claro, se puede leer de modo literal el contraste entre dos modos de concebir la vida, libre y espontáneo, sin censuras ni severa moralina, por parte de los isleños; ceñudo y represor según rígidos códigos de moral puritana por parte del policía. En este sentido, es magnífica la interpretación del muy poco conocido Edward Woodward, que compone una creación extraordinaria, siendo capaz de retratar toda esa inflexibilidad por medio sin embargo de unos registros muy sutiles. Que permiten que, concluida la película, el espectador siga haciéndose preguntas. ¿Dónde hay más fanatismo, es decir, mayor incapacidad para ponerse en el punto de vista del otro: en el policía o en esa comunidad cuya aparente celebración de la naturaleza no puede ocultar, también, un alejamiento de lo que entendemos por humano?

[Quien no haya visto esta estupenda película debe dejar de leer justo aquí]

Christopher Lee in Robin Hardy’s THE WICKER MAN (1973). Courtesy: Rialto Pictures/ StudiocanalPorque la aparente diafanidad de lo que encuentra el policía, por supuesto, encierra un secreto. El sargento Howie acierta al deducir que los neopaganos de Summerisle piensan ofrendar un sacrificio humano a los dioses de la naturaleza y así evitar un nuevo año de malas cosechas. Pero no es la niña Rowan la elegida… sino él mismo, que ha sido atraído desde el «continente» con la argucia de la desaparición. Y todo cuanto dicen, hacen o, sencillamente, dejan ver al sargento Howie no es sino una enorme y muy bien medida representación para que él mismo se conduzca al altar de la inmolación. Pues para ser la víctima adecuada debe haber ido hasta allí por su propia voluntad, ser virgen y ser obtuso. De ahí que en el desfile propiciatorio final los lugareños permitan que se infiltre en ellos disfrazado del bufón que, según las tradiciones célticas, es el rey de mayo, o sea, el pobre idiota al que se le deja disfrutar efímeramente de la inversión de los roles puesto que tendrá que pagarlo con su vida. Y el lugar donde Howie será sacrificado es justo el que da título a la película: será introducido en un enorme Hombre de Mimbre para ser quemado vivo.

Es buena muestra de la inteligencia de la película el que, en realidad, sus responsables nunca jueguen de modo tramposo con la información. El mismo espectador recibe varios «avisos», y de hecho se hace desde su primera aparición: no en vano la parte del evangelio que lee el sargento es la de la última cena, con el anuncio por parte de Cristo de su inminente sacrificio. Y lo que hay justo detrás del púlpito desde donde lee, a modo de presagio, es una tumba…

Todo se hace a la vista de Howie, que si se deja engañar es porque su mente cerrada sólo ve lo superficial (lo «blasfemo») y no su sentido profundo (la representación que se está realizando sólo para él). De hecho, si todo el pueblo fuera partícipe de una conspiración para sacrificar a la niña, como él cree, ¿por qué dejarle ver su juego de un modo tan fácil y no intentar nada contra él en cuanto su olfato empieza a dar con la «verdad»? Inclusive, se podría decir que los isleños juegan «limpio» y le ofrecen varias oportunidades para eludir el sacrificio. La principal de ellas, la posibilidad de perder su virginidad (y, por tanto, una de las condiciones básicas para su inmolación) cuando la joven Willow —y la comunidad entera: es genial el detalle de que sean los parroquianos, desde el salón de la taberna, quienes conduzcan, con su música, el canto de la muchacha— lanza su llamada para que el policía, por una vez, haga caso de su instinto, de sus deseos, y acuda junto a ella, para salvarse, en la que es la escena justamente más famosa de toda la película.

La parte final, estupenda, con su representación colectiva, con los habitantes de Summerisle deshumanizados por las inquietantes máscaras animales que portan mientras forman el cortejo que se desliza por la agreste costa de la isla, concluye con la tragedia para el sargento Howie. Quien en el momento final ni siquiera intenta salvar la vida apelando a la humanidad de sus verdugos, sino a su condición de verdadero creyente. Es decir, remarcando su singularidad frente a los paganos, de tal modo que, aunque pudiera parecerlo, las palabras finales de lord Summerisle al policía —que el sacrificio también lo salva a él, pues le permite obtener lo máximo a un creyente de su pureza: la palma del martirio y la acogida inmediata entre los santos— no contienen ninguna burla sino una amarga verdad. Sin duda es inolvidablemente patética la forma en que, encerrado en el Hombre de Mimbre, recibe las llamas invocando el nombre de Jesús y la resurrección que él cree haberse ganado, mientras los isleños brincan, una vez más, bajo uno de sus cánticos jubilosos de comunión.

¿Gana alguno de los dos credos? El plano final, estupendo, de la película muestra cómo la cabeza del hombre de mimbre se desprende, víctima de las llamas, dejando ver el sol (para los isleños el dios Nuada, que lo personifica) que refulge sobre el horizonte, hasta ser tragado por el mar, en una conclusión que puede entenderse, siguiendo con el rico juego simbólico del film, como la inmersión en la nada definitiva para el protagonista. Pero quién sabe si también el hundimiento de las esperanzas de aquellos que, corrupta su comunión con la naturaleza, por haber querido propiciar a los dioses con una víctima engañada, están condenados a no volver a ver sus árboles doblados bajo el peso de sus frutos.

El hombre de mimbre

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El hombre de mimbre / The Wicker Man. Año: 1973.

Dirección: Robin Hardy. Guión: Anthony Shaffer; novela Ritual, de David Pinner. Fotografía: Harry Waxman. Música: Paul Giovanni. Reparto: Edward Woodward (Sargento Howie), Christopher Lee (Lord Summerisle), Diane Cilento (Miss Rose), Britt Ekland (Willow), Ingrid Pitt (La bibliotecaria). Dur.: 93 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a El hombre de mimbre: puritanismo contra neopaganismo

  1. Renaissance dijo:

    Fue una película muy inquietante. La historia de investigación inicial deriva hacia un final más propio del terror, aunque lo más interesante es el tratamiento del personaje principal frente a los isleños, en su conjunto. El primero no despierta ninguna simpatía, pero efectivamente, estos últimos han pervertido la religión en la que creían.
    De la versión que hizo Nicholas Cage no digo nada porque creo que todavía no se lo han debido perdonar..Pobre hombre.

    • Pues sí, pobre Nicolas, que hasta es uno de los productores. Vería la película y diría: este va a ser un personaje de culto para mí… Parece estadísticamente imposible, pero yo creo que Cage es la única estrella que, mejor o peor actor (y para mí es el peor peor de todos), no tiene ni un título que sea bueno. No los he visto todos, de modo que espero que sí haya alguno, pero es que ni con la historia de “Wicker Man” consiguió que al menos éste lo fuera.

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