Las mil y una noches en Londres, por Stevenson

Portada de Alianza para Las Nuevas Noches ÁrabesEn la ciudad de los encuentros, en la Bagdad de occidente: esto es, en Londres. Así comienza el segundo de los dos libros que el inmortal Robert Louis Stevenson entregó a la imprenta, con pocos años de diferencia, en torno a las encantadoras aventuras vividas por un puñado de personajes, unos bien conscientes de cuanto hacen, otros —entre los cuales bien puede incluirse al mismo lector— víctimas de enredos y ensoñaciones que pueden pasar al mismo tiempo por irreales y por tremendamente vívidos, pues el autor deja bien claro que en ese Londres de fantasía oriental cualquier cosa puede pasar. El primer libro se publicó en 1882 como Las nuevas noches árabes, pero está compuesto por una serie de narraciones que el autor ya había dado a la imprenta varios años antes y que ahora corrigió. (Recuérdese que este término —«noches árabes»— es el equivalente en tierras anglosajonas al más conocido por nuestros lares de «Las Mil y Una Noches», que por tanto es el que debiera emplearse en las ediciones hispánicas.) La acogida debió de ser buena, porque Stevenson retomó el mismo esquema unos pocos años después para publicar una nueva entrega titulada lógicamente Más nuevas noches árabes (1885), pero cuyo subtítulo, El dinamitero, ha sido utilizado en algunas ediciones, como la de Alianza Editorial (traducción de Luis Loayza, como en el anterior caso) en que yo las he leído. En cualquier caso, ambos libros no sólo contienen la esencia de R. L. Stevenson, sino que bien pueden incluirse entre las cimas de su obra y constituyen el inmejorable pórtico de entrada a un universo del que no se tiene noticias que nadie que se ha dejado atrapar por él, haya querido salir luego.

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Cuando Maléfica se volvió benéfica

Cartel español de MaléficaLa originalidad existe hasta cierto punto. La literatura primero y el cine, después, han vuelto a contar una y otra vez la misma historia, trátese del hombre que hace un pacto con el demonio, del cansado aventurero que regresa a casa sin poder evitar que la aventura lo persiga hasta su mismo umbral o de los viajeros en busca de un tesoro que no advierten que el tesoro es el mismo viaje. En especial el cine, con su capacidad de vampirismo, ha recurrido al remake una y mil veces: por agotamiento de ideas o, muchas veces, porque se ha considerado que cada generación merece tener su propia versión de determinadas historias. Como la calidad no depende de la originalidad —no depende del qué se cuenta sino del cómo se cuenta—, muchos remakes han acabado siendo superiores al original. Eso sí, como he defendido muchas veces en este blog, un remake o una adaptación de un previo libro requieren, como mínimo, para escapar del mero robo de una idea ajena, ofrecer algún elemento distinto, explorar el modelo en una dirección diferente. Pues bien, la reciente película Maléfica, mediante la cual la Disney rehace a su magnífica villana de La bella durmiente (1959), riza el rizo del cambio. La Maléfica original es un personaje inmortal, dueño de la maldad más fascinante que se ha visto en la pantalla. La nueva Maléfica, por increíble que parezca (y no desvelo nada a quien no haya visto el film, porque es así desde el principio) es… ¡la heroína de la historia!

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Stevenson, el escocés errante

Jim Hawkins y Long John Silver, por N. C. WyethDicen que cuando murió Ernst Lubitsch, en su momento uno de los directores univer-salmente más respetados de Hollywood, dos de sus compañeros, también grandes, William Wyler y Billy Wilder, salieron juntos del cementerio donde le habían rendido el último adiós. Triste, el primero señaló: «Ya no habrá más Lubitsch»; el segundo, más cáustico, quizá también más lúcido, replicó: «Peor aún, ya no habrá más películas de Lubitsch». La mayor tragedia que conoce la historia de la literatura es que Robert Louis Stevenson muriera a los 44 años, con muchos por delante de fertilidad creativa. Quienes han leído poco al escocés o solo conocen las versiones en cine de sus obras más conocidas, apenas podrán citar La isla del tesoro o El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde. Sin embargo, los verdaderos stevensonianos —que, por fortuna, son legión y suelen reconocerse entre sí por determinados signos, entre los cuales es fundamental una devoción por el mero placer de narrar— pueden citar un buen número de obras capaces de competir en genio y calidad con estas. Stevenson no solo nos llevó a islas del tesoro o nos descubrió la dualidad que hay en el interior del ser humano. Nos demostró que Londres era una ciudad digna de las Mil y Una Noches, que en los Mares del Sur parece haber un viento que degrada al ser humano más que la humedad, que la leyenda de Caín y Abel es eterna y que un libro de viajes puede leerse como una novela.

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Walt Disney (IV). La entrañable etapa final de una carrera

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Cartel español de 101 dálmatasWalt Disney murió el 15 de diciembre de 1966. Dejaba un imperio (cinematográfico y de entretenimiento en general) tan sólido que hoy día es una marca que ha escapado de los márgenes de las películas de animación a partir de las cuales surgió y que son las que están ocupando estos comentarios. Su firma es posiblemente el autógrafo más reconocible del mundo. Su nombre, el más notorio para eso que se llama el gran público de entre todos los creadores que ha dado el séptimo arte… y bien que lo ha pagado en términos de menosprecio, incluso de virulento desprecio. La última década de su vida y carrera vio el estreno de tres films (y uno más en el que ya no participó pero que todavía manifiesta su impronta). Se trata de 101 dálmatas (1961), Merlín el encantador (1963) y El libro de la selva (1967) —película cuyo resultado final ya no pudo contemplar—, a las que yo añado la muy entrañable Los aristogatos (1970), film en el que ya he dicho que no intervino, pero lo parece. Ninguno de ellos está unido a las grandes filias y fobias asociadas a su nombre. En general, son títulos que han permanecido en un segundo nivel, sobre los que suele tenerse una gran simpatía, sin que se reconozca a ninguno de ellos como una de sus obras maestras. Son como viejos amigos con los que no hemos guardado mucho contacto pero que recordamos con grata ternura.

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Walt Disney (III). Las grandes obras maestras

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Alicia en el País de las MaravillasLos años 50, sin discusión, forman la década dorada de la compañía Disney. A lo largo de ella estrenaron cuatro largometrajes de animación entre los cuales figuran las tres mejores películas del estudio en toda su historia: por orden de estreno, son Alicia en el País de las Maravillas (1951), Peter Pan (1953) y La bella durmiente (1959). A ellas hay que añadir un film menor pero dueño de un considerable encanto como es La dama y el vagabundo (1955). Como siempre, la acogida en taquilla fue dispar, pero desde luego esas películas demuestran la enorme versatilidad de los autores de la casa para encarar cualquier tipo de proyecto, ya fuera en el campo del tradicional cuento de hadas, de la adaptación de clásicos de la literatura infantil o, sencillamente, de las historias más cercanas a la vida cotidiana. Además, el estudio consolida la diversificación de esfuerzos, obteniendo notables éxitos en el campo del cine con actores «reales» —por ejemplo, con 20.000 leguas de viaje submarino (1954)—, ingresa también con gran repercusión en el nuevo formato televisivo e inaugura el primer parque de atracciones de la compañía, el famoso Disneylandia, situado en California, en 1955. Todo, o casi, pareció sonreír al estudio en esa década.

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Publico en Delirio nº 13 una reseña sobre El pueblo de los malditos

Delirio 13Toca una de autobombo… que a su vez lo es con respecto a una publicación que merece mucho la pena. El esforzado editor Paco Arellano ha incluido una crítica/reseña mía en el número 13 de la excelente revista Delirio, que publica su editorial, la entrañable La Biblioteca del Laberinto. Con una periodicidad marcada por los avatares editoriales de un proyecto modesto y que se hace desde el cariño a la literatura de género (abarcando, en especial, aquellos autores y manifestaciones que todavía no han conseguido escapar, muchas veces con injusticia, del ámbito minoritario de los aficionados más incombustibles), Delirio ofrece una atractiva propuesta de ciencia-ficción y fantasía, que se centra en el relato y el cuento corto, pero que no excluye la poesía y, en el caso que me ocupa, el ensayo. El número 13 de esta revista ofrece muestras de autores consagrados como M. R. James, Ramsey Campbell o Ursula K. Le Guin, junto a otros menos conocidos, y recientes, como David Moody o Benjamin Rosenbaum, más autores españoles (por tanto, y es triste decirlo, todavía más ignotos), como Lem Ryan o Elia Barceló.

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Walt Disney (II). Los 40, años inciertos

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Poster de DumboLos años 40 fueron años de incertidumbre para Disney y su imperio. Como señalaba en la anterior entrega, las buenas expectativas abiertas con Blancanieves y los siete enanitos se tambalearon con el fracaso consecutivo, y en el mismo año de 1940, de Pinocho y Fantasía. Había que remontar con urgencia, y el estudio facturó consecutivamente dos películas, Dumbo (1941), que recibió una buena acogida, y Bambi (1942), que por el contrario volvió a fracasar en taquilla. Más problemas llamaron a la puerta de Disney. El estallido de la guerra en Europa cerró el mercado europeo, de tal modo que el estudio se tuvo que contentar, en el exterior, con el mercado latinoamericano, lo cual explica productos tan específicos, y envejecidos, como Saludos, amigos o el más famoso Los tres caballeros. Una huelga sacudiría los cimientos de la empresa en 1941: sus consecuencias fueron que Disney incrementó su conservadurismo hasta lo indecible —su odio hacia el comunismo lo haría uno de los más tristemente célebres testigos de la caza de brujas que estallaría tras la guerra— y vio además como varios de los mejores talentos que habían ayudado a cimentar su empresa se marchaban de ella, hartos de considerarse postergados. En cualquier caso, el resto de la década Disney eludió riesgos y se contentó con estrenar largometrajes compuestos en realidad por episodios, más baratos por tanto, y solo al final de la misma volvería a acometer una historia «grande». Que, eso sí, sería un gran éxito y abriría ya la época de definitivo esplendor de la compañía: me refiero a La Cenicienta (1950). De todo ello hablaré en las líneas siguientes. Seguir leyendo →

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Walt Disney (I). Apertura con Blancanieves y Pinocho

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Walt Disney en la portada de TimeEn esa edad complicada que es para todos la adolescencia, yo casi me creí que Walt Disney era ese hombre que a punto estuvo de destruir mi infancia, y la de todos los niños, con unas fábulas que eran, a la vez, cursis, terroríficas, relamidas y moralizantes. Afortunadamente, también se madura, y la madurez me reveló lo que era realmente Disney: un genio. Un genio de la imaginación, capaz tanto de poblar la nuestra con estampas que no han podido borrarse como de descubrir muchas otras ocultas bajo la apariencia ingenua de las primeras (las curvas de Campanilla o la altiva condición de dominatrix de Maléfica tal vez no sean captadas por los niños, pero seguro que sí por los adultos). Un genio de la reformulación, capaz de tomar obras tan fascinantes como Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas o Pinocho, por no hablar de los cuentos de hadas de toda la vida, y duplicar su existencia bajo otra forma, sin duda distinta pero a la vez complementaria y (por mucho que suene presuntuoso) igualmente memorable. Un genio de la fascinación visual: se dirá lo que se diga del contenido moralizante de sus películas, pero desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, sus grandes obras abundan en momentos sencillamente extraordinarios, desde la lucha final del dragón contra el príncipe en La bella durmiente a la búsqueda de Geppetto bajo el mar por parte de Pinocho, pasando por el incendio del bosque en Bambi o la huida de la protagonista por el bosque monstruoso en Blancanieves y los 7 enanitos. A un repaso por todos los largometrajes que supervisó personalmente quiero dedicar varias de las entradas siguientes del blog.

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El exorcista: ¿una cumbre del horror… o tan solo un horror?

Mítico poster de El exorcistaEl año pasado se cumplieron 40 años del estreno de una de las películas que, por encima de la valoración que merezca, más ha influido en la evolución del cine de terror. Se trata de El exorcista (1973). En su momento, supuso un enorme éxito que vino a ser para el género del terror lo que, justo un lustro antes, había sido 2001, una odisea del espacio (1968) para la ciencia-ficción. Esto es, la película que «dignificó» —en razón del presupuesto invertido, de sus ambiciones y de su envoltura— un género hasta entonces encerrado en el ghetto de la serie B. De su éxito da fe la oleada de imitaciones que desató, ahora sí, en su mayoría encuadrados en el reducto del cine modesto, sobre todo en Italia y, attention, en España. El paso del tiempo, como suele suceder, favorece la revisión sin extremismos de una película que no sólo es de las más conocidas del cine de terror, sino también de las más polémicas. Pues tuvo tanto éxito como sufrió un enorme rechazo crítico. En especial, los aficionados al terror de siempre tacharon el film de sensacionalista y falso, el clásico título que gusta a aquellos que no gusta el género que aborda. Y lo acusaron, en especial, de dos cosas: de haber sido la película que impuso en el género el predominio de los efectos especiales sobre la historia y la atmósfera; y del contenido reaccionario de su propuesta (ya se sabe: el hogar «alterado» por el Diablo es el de una actriz divorciada que, encima, está educando a su hija pequeña en el alejamiento de Dios).

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Reivindicación de las historias para «niños»

El príncipe contra el dragón, en La Bella Durmiente, de Disney

Primeros nos las contaron, después las leímos por nuestra cuenta o vimos las películas que en ellas se basaban, en esa edad inconcreta de la infancia que nadie sabe bien cuándo acaba, pero que hoy día nos empeñamos en creer que se prorrogaba más que ahora. Nos abrieron la imaginación, nos fascinaron, las amamos, crecimos con ellas… y un buen día decidimos olvidarlas. Bueno, no olvidarlas porque es imposible borrar una parte de nuestra memoria como quien arroja un archivo a la papelera de reciclaje. Pero sí decidimos que ya no nos valían, que tenían fecha de caducidad: decidimos que no servían para seguir creciendo con ellas. Estas historias, por tanto, han sido denigradas por ir dirigidas a una edad concreta, fuera de la cual no tenía sentido recuperarlas. Grave error: la ventaja de estas historias es que no hay que esperar a tener una edad concreta para leerlas. No es que sea demérito el que Henry James o Borges exijan a un lector adulto. Pero un atractivo añadido de las buenas historias para niños es que, además de la deuda de gratitud que suponen el haber ayudado a construir nuestra imaginación, admiten miradas o interpretaciones distintas a distintas edades: nos permiten calibrar nuestra propia evolución no sólo como lectores o espectadores, sino como personas. No es lo mismo Peter Pan (y me refiero al libro de Barrie) con 12 años que con 42. El primer lector apreciará, ante todo, el componente maravilloso y libertario de la historia de ese niño que no quiere crecer y hace exactamente lo que le da la gana. El segundo, descubre los matices de infinita tristeza que alberga la condición de ese niño. Y ninguno de los dos apreciará de la misma manera esa famosa frase que el niño que no quería crecer pronuncia en determinado momento: «Morir será una aventura formidable» y que puede resultar gallarda, siniestra o sencillamente melancólica en función de la edad (y el bagaje consiguiente) con que lo hacemos.

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La Patrulla-X en días del futuro pasado

Portada del 141 de The Uncanny X-Men, Días del Futuro PasadoEra el mes de noviembre de 1980. El equipo artístico responsable de la colección The Uncanny X-Men —el guionista Chris Claremont y el dibujante John Byrne, ambos además co-firmantes de los argumentos, más el entintador Terry Austin— acababa de dar cima a la que quizá sea, todavía hoy, la aventura culminante de la historia del Universo Marvel, la Saga de Fénix Oscura. Estaban a dos números de separarse definitivamente, uno de los grandes traumas para el Marvel Zombie de todos los tiempos. En ese noviembre (si bien, por esas curiosas razones de distribución que conocen bien los aficionados al mainstream norteamericano, la fecha de portada es enero de 1981) se publicaba el número 141 de la serie, y en él vio la luz el primer capítulo de una aventura que se continuó (y cerró) en el siguiente, y que hoy es conocida por el título de ese episodio inicial: Días del futuro pasado. Dos números imborrables, porque en ellos se propuso la más feroz y afortunada antiutopía del Universo Marvel, cuya influencia no solo sería determinante dentro de la serie sino, en general, en el cómic de superhéroes. Una antiutopía situada en el lejano —hoy ya recién superado— año de 2013, protagonizado por las variantes maduras de los Hombres-X, última esperanza de una humanidad esclavizada por unos terribles robots, los Centinelas, cuyo tenebroso imperio no es consecuencia de ningún designio malvado sino de una implacable programación humana: para detener a toda costa la amenaza de los mutantes, no han dudado en poner a los Estados Unidos al borde de la destrucción, sin importarles el coste humano. Se estrena ahora un nuevo film de la franquicia X-Men que lleva por título el de esta saga. Sin tener ninguna referencia concreto de por dónde van a ir los tiros argumentales, me parece buena idea recordar lo que supusieron estos dos geniales números.

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Antes de Star Wars fue La fortaleza escondida

La fortaleza escondida, de Akira KurosawaTodos los entusiastas de La guerra de las galaxias, ávidos de información desde los mismos días de su estreno, sabíamos de la ristra de influencias que George Lucas manejó a la hora de construir el primer capítulo de su gran saga galáctica: que si El Señor de los Anillos, que si la leyenda de la Tabla Redonda, que si los seriales de space opera del viejo Hollywood… Entre las referencias solía colarse una que nos parecía muy exótica: una película japonesa completamente desconocida titulada La fortaleza escondida (1958), firmada por un director llamado Akira Kurosawa. Es por ella, parecía ser, que se colaba el curioso nombre japonés del caballero jedi encarnado por Alec Guinness: Obi-Wan Kenobi. La razón estribaba en que el primer actor seleccionado por Lucas había sido el protagonista de aquel film nipón, Toshiro Mifune, una de las grandes estrellas del cine de su país. Mucho tiempo después, en la era del dvd, por fin pudimos tener acceso a esa película ignota y el asombro fue grande: pues Lucas «tomó» mucho más que un nombre nipón de esta película. Tomó un argumento (una princesa que atraviesa un buen número de peligros bajo la protección de un dispar grupo de aventureros) y una original estructura narrativa, que otorga un rango protagonista, durante un buen tercio de metraje, a un par de personajes, uno alto y el otro bajo, que se pelean constantemente entre sí pero que no pueden estar el uno sin el otro, que cada vez que aparecen aseguran la diversión y que conducen al espectador hasta los personajes teóricamente importantes de la función. ¿No nos suena este retrato a los entrañables C3PO y R2 D2?

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El castillo ambulante: la vida después de Chihiro

El estupendo castillo de Howl en movimiento

Hayao Miyazaki debía ser consciente de la escrutadora atención con que sería recibido el siguiente film que rodara después de El viaje de Chihiro (2001). Y es lógico, porque el espectacular éxito internacional de crítica y público que tuvo esta película sacó el nombre de su autor —fuera de su Japón natal, claro, donde ya era el cineasta de mayor éxito del país— del reducto cinéfilo en el que unos pocos (en España, muy pocos) lo venerábamos. Chihiro, además, es un film tan «absolutista» (en el sentido de que es un perfecto compendio de temas, personajes y estilos del autor, como nunca antes y después ha vuelto a suceder) que, sin lugar a dudas, el proyecto inmediato que el director escogiera iba a encontrar grandes dificultades para llamar tanto la atención. Tal vez por ello (o porque no alcanza, y es cierto, la categoría de ese film o incluso de otros), da la impresión de que El castillo ambulante (2004) es un título un tanto incómodo en su carrera. Aunque en su día fue un éxito (sobre todo, una vez más, en Japón), no mereció tantos parabienes como Chihiro y hoy parece algo eclipsado. Sin duda, es una película irregular, sobre todo en el retrato del personaje del mago protagonista y adolece, a partir de su segunda mitad, de cierta sensación de falta de rumbo. Además, es muy evidente que Miyazaki no ha conseguido «desprenderse» del todo del enorme esfuerzo personal, a la vez intelectual y emocional, que le supuso su señalada obra cumbre, con la que se empeña en trazar diversos vasos comunicantes, unos armónicos, otros más resbaladizos. Y con todo, sigue siendo un film magnífico, plenamente miyazakiano en sus cualidades narrativas y en su grandeza ética.

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American History X o la mirada equivocada

Cartel de American History XSon muchos los problemas que impiden que American History X sea la película definitiva sobre el moderno fascismo urbano que arraiga entre los jóvenes más desorientados, pero destacan sobre todo dos. Uno: el exceso de didactismo de su guión, que intenta llevar de la mano al espectador en todo momento, como desconfiando de que éste, por sí mismo, sea capaz de advertir el contenido que se nos desea transmitir. Dos: la forma de dirigir (o, como dicen los críticos, la puesta en escena) de su director Tony Kaye, que en su incapacidad para advertir que, en cine, el estilo es el mensaje, casi acaba glorificando aquello que pretendía denunciar. Ambos defectos son considerables, pues convierten la película en una gran decepción, teniendo en cuenta que partía de un planteamiento interesante, en el que abundan los aciertos argumentales y se encuentran magníficas intuiciones a la hora de explicar el nacimiento de las ideas fascistas en entornos «normales». Un planteamiento que incluso admitía cierta ingenuidad parabólica, en cuanto que su convicción dramática podía haber hecho perdonar lo débil que es su credibilidad psicológica. Por desgracia, el resultado es el que es: una denuncia del neonazismo convertida en un show visual más próximo al videoclip que al cine de verdad. Y todo por quebrantar una ley fundamental del cine: lo importante no es lo que se mira, sino cómo se mira.

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Sed de mal o la irritante genialidad de Orson Welles

Cartel de Sed de mal, centrado en Orson Welles¿No fastidia un poco esa aureola de Orson Welles como genio absoluto e indiscutido en la historia del cine? No se me ocurre otro nombre para el cual parezca haberse acuñado con mayor deleite ese calificativo. No se le acerca, en resonancia, ningún otro de los artistas considerados como genios del séptimo arte. Ni Charles Chaplin, ni Federico Fellini, ni John Ford, ni Marlon Brando: nadie. Por supuesto, Welles tuvo una ventaja sobre todos ellos: ser el autor completo, total, el sueño dorado de quienes gustan en creer que el resultado de una película puede depender del trabajo de un solo hombre y no del de un equipo bien conjuntado. Welles dirigía, Welles escribía, Welles actuaba. En concreto, su faceta como intérprete siempre ha merecido la misma valoración que su faceta como director-guionista. La modestia —esa virtud que tan pocos valoran al hablar de un artista— siempre se sitúa a años luz del universo que rodea a Welles, y de hecho sus películas (y sus interpretaciones más famosas) siempre giran en torno a una figura más grande que la vida, con frecuencia un monstruo que al mismo tiempo despierta una intensa fascinación, una completa adhesión: el ciudadano Kane, Harry Lime (o sea, el tercer hombre), Macbeth, Otelo… y el capitán Hank Quinlan, el policía que encarnó en una de sus películas más alabadas, Sed de mal. Y precisamente no hay film de los suyos que pueda explicar mejor lo que es esa aureola de genialidad que rodea a Orson Welles, como concepto, como cualidad con la que moldear personas y dramaturgias, como aspiración de estilo. Y lo digo de entrada: Sed de mal me parece una genialidad, pero una genialidad ampulosa, que fascina tanto como irrita, que irrita tanto como duele, que duele tanto como maravilla.

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