Cuando Maléfica se volvió benéfica

Cartel español de MaléficaLa originalidad existe hasta cierto punto. La literatura primero y el cine, después, han vuelto a contar una y otra vez la misma historia, trátese del hombre que hace un pacto con el demonio, del cansado aventurero que regresa a casa sin poder evitar que la aventura lo persiga hasta su mismo umbral o de los viajeros en busca de un tesoro que no advierten que el tesoro es el mismo viaje. En especial el cine, con su capacidad de vampirismo, ha recurrido al remake una y mil veces: por agotamiento de ideas o, muchas veces, porque se ha considerado que cada generación merece tener su propia versión de determinadas historias. Como la calidad no depende de la originalidad —no depende del qué se cuenta sino del cómo se cuenta—, muchos remakes han acabado siendo superiores al original. Eso sí, como he defendido muchas veces en este blog, un remake o una adaptación de un previo libro requieren, como mínimo, para escapar del mero robo de una idea ajena, ofrecer algún elemento distinto, explorar el modelo en una dirección diferente. Pues bien, la reciente película Maléfica, mediante la cual la Disney rehace a su magnífica villana de La bella durmiente (1959), riza el rizo del cambio. La Maléfica original es un personaje inmortal, dueño de la maldad más fascinante que se ha visto en la pantalla. La nueva Maléfica, por increíble que parezca (y no desvelo nada a quien no haya visto el film, porque es así desde el principio) es… ¡la heroína de la historia!

Digo de antemano que el resultado me parece espantoso, no por la idea en sí, sino por la ridícula manera en que se lleva a cabo. Pero me parece una buena ocasión para señalar, siguiendo el hilo del sugestivo cuento de La bella durmiente, cómo una historia va elaborándose y reelaborándose, de versión en versión, hasta cristalizar en un conjunto de elementos que sus admiradores acaban considerando los «canónicos», desde su paso de la literatura oral a la escrita hasta llegar a la obra maestra de Walt Disney. Por último, me centraré en esta nueva película que interpreta (por decirlo así) Angelina Jolie y que vuelve a cambiarlo todo, sin importarle la minuciosa construcción del mito previo… en lo que solo parece un capricho a la medida de su estrella protagonista.

Como recordaba hace nada al hablar sobre La bella durmiente (1959) en mi recorrido por los clásicos de Walt Disney, Maléfica es una creación completamente original del estudio. La bruja que desencadena la maldición en el cuento popular ni tiene nombre ni posee los extraordinarios poderes de la película ni vuelve a aparecer en la historia para asegurarse de que nadie salva a la muchacha.

Grabado de Doré para la Bella Durmiente de PerraultAl igual que tantas historias del acervo popular europeo, cristalizadas con el tiempo en eso que hoy llamamos «cuentos de hadas» —Blancanieves, Cenicienta o Caperucita Roja, en su mayoría hoy difundidas mediante la imagen que les dio Disney—, La bella durmiente es un relato de la tradición oral que, en su paso a la escritura, lo hizo a través de distintas versiones, cada una de las cuales le añadió algo o prescindió de algún elemento anterior. Parece ser que la primera versión escrita pertenece al Pentamerón (1634), del escritor italiano Giambattista Basile (aunque compuesta en napolitano). El título, no puesto por el autor, fue elegido para relacionarlo con el mucho más conocido Decamerón, pero al contrario que esta obra, es una colección de historias para niños. No por nada, dos siglos después, los Hermanos Grimm lo alabarían como la primera colección nacional de cuentos populares.

Esta primera versión escrita es del todo sorprendente y hoy, claro, difícilmente sería admitida como lectura infantil por los guardianes de la infancia indefensa. En ella no hay maldición lanzada por bruja alguna, sino que el destino de la pequeña (llamada Talía) es profetizado en su cuna por adivinos convocados por su padre, que predicen que se pinchará con una mágica espina de lino que le provocará un sueño sobrenatural que todos toman por muerte: por cierto que, al no haber hadas que induzcan a él, ninguno de los cortesanos del reino acompañará a la princesa en su sueño. En vez de príncipe encantador, quien muchos años después descubre el cuerpo durmiente es un rey que, atraído irrefrenablemente por esa bella muchacha a la que no consigue despertar ¡la viola! El resultado, nueves meses después, serán dos niños gemelos. Ellos serán quienes despierten a la madre cuando, al mamar de su dedo, le extraen la espina maldita. El rey regresa y Talía no solo no se toma a mal lo sucedido durante su inconsciencia, sino que lo acepta ahora como amante sin embozo alguno. Pues bien, el rey está casado y su esposa, al descubrir la verdad, urde una venganza terrible: ordena al cocinero real que descuartice a la muchacha y a los hijos habidos con su esposo y se los sirva como cena al incauto adúltero.

La bella durmiente, por Burne-JonesMedio siglo después, el francés Charles Perrault, en sus famosos Cuentos de Mamá Oca, de 1697, retomó el cuento y le otorgó ya los elementos con los cuales lo conocemos hoy. Es decir, Perrault introduce a las hadas que son invitadas al bautizo de la princesa (la cual aquí no tiene nombre) para otorgarle un don. Los padres, sin embargo, olvidan a un hada —nunca se la llama bruja— muy vieja y a quien nadie ha visto en los últimos cincuenta años. La hada vieja, sin embargo, si lanza la maldición no es por el enfado ante el olvido sino porque, al haber llegado sin invitación, y aunque es admitida al banquete, ya no hay para ella los mismos cubiertos de oro que para sus compañeras. Lanza la conocida maldición: al cumplir determinada edad, se pinchará con el huso de una rueca y morirá. Una de las otras hadas, sin embargo, sospechando lo que su vieja compañera iba a hacer, se ha escondido para ser la última en otorgar su don: consigue así mitigar la maldición, sustituyéndola por un sueño que durará cien años, al cabo de los cuales el hijo de un rey vendrá a liberarla. La misma hada buena, entonces, decide hacer que toda la corte comparta el sueño de la princesa —salvo sus padres— y, para evitar visitas inoportunas, rodea el castillo de un impenetrable bosque de espinos. Cien años después la leyenda se hace realidad: el joven príncipe que ha llegado a tal lugar ve cómo los espinos se abren, penetra en el castillo y despierta a la princesa con un beso de amor.

El cuento, sin embargo, no acaba aquí. Perrault, sin duda influido por la versión de Basile (o por la misma tradición oral de la que proceden ambas versiones), repite el episodio de la cruel venganza que está a punto de abatirse sobre la bella despertada. Sin que se sepa muy bien por qué, el príncipe mantiene en la clandestinidad sus relaciones con la muchacha —ni siquiera se llega a decir en todo el cuento que llegan a casarse— y tiene dos hijos con ella. Cuando el padre muere y se convierte en el nuevo rey, revela su existencia y la conduce a la corte como su reina. Ahora es cuando entra en acción la malvada que intenta hacer cocinar a la protagonista, que en este caso es la reina madre del rey: Perrault nos informa de que es de «raza de ogresas» y que, por tanto, tiene inclinación hacia la carne tierna. Por ello, y aprovechando la ausencia de su hijo, que ha partido a la guerra, intenta en varias ocasiones (frustradas por la lealtad del cocinero) servirse un gran banquete con su nuera y sus nietecitos. En el último momento, el rey los salvará.

Finalmente, la versión de los Hermanos Grimm —contenida en su obra Cuentos de niños y del hogar, publicada en 1812, ahora bajo el nombre que le dan a la protagonista, Zarzarrosa— suprime ya todo contenido morboso o malicioso y la reduce a los rasgos más concisos que hoy todos conocemos. Es decir, hace concluir la historia con el despertar de la bella durmiente tras el beso de amor. Eso sí, los Grimm no pueden evitar incluir algunos toques realmente sabrosos. Así, son los padres de la bella quienes acarrean la venganza del hada mala por pura mezquindad (al tener tan sólo doce platos de oro y ser trece las hadas del reino, no invitan a la que luego tan caro se lo hará pagar). No contentos con su irresponsabilidad, los padres añaden a este primer pecado el de la desidia: el día en que Zarzarrosa cumple los 16 años en que ha de cumplirse la maldición ¡la dejan sola en casa! Por último, el impenetrable bosque de espinos que protege al castillo tiene incluso el poder de atrapar a los pobres mozalbetes que, animados por la expectativa de lo que hay al otro lado, intentan atravesarlo, de tal modo que no pueden soltarse y «morían de una muerte cruel». Aquí casi está el origen de la famosa escena de Blancanieves y los siete enanitos (1937) en que la protagonista huye por un bosque cuyos árboles alargan sus ramas como garras para atraparla, quién sabe con qué siniestras intenciones.

El estupendo diseño de Maléfica en el film de 1959La versión de Disney habría de ser, por lo tanto, la que convirtiera al hada mala en una bruja tenebrosa e irrenunciablemente perversa, que no se limita a lanzar la maldición sino que pone todos los medios para hacer que se cumpla y lucha con todos sus fuerzas cuando descubre que hay alguna posibilidad de que la bella durmiente vuelva a la vida. Desde su primera aparición, Maléfica (genial el nombre escogido, a todo esto) se revela como la más fascinante villana de la galería Disney, ya de por sí gloriosa (de la madrastra de Blancanieves a Cruella de Vil, pasando por la Reina Roja). Los animadores del estudio crearon un diseño inolvidable, marcado por la combinación entre el tenebroso negro-morado de su capa de murciélago y su fabuloso tocado coronado por dos diabólicos cuernos, y el verde de su lívida tez, verde asimismo de las llamas mediante las cuales se aparece. Maléfica, esta vez, no es olvidada: sencillamente, es tan perversa que los padres de la princesa no la convocan, arriesgándose así, claro, a su maldición. Maldición que mitiga, una vez más, el don de la última de las hadas. Precisamente la otra gran creación de la película es ese trío de hadas buenas (Flora, Fauna y Primavera) que, para apartar a la pequeña de su destino, le proponen a sus padres criarla en una granja escondida en el bosque hasta el cumplimiento del fatal decimosexto aniversario de su nacimiento.

Durante esos dieciséis años, Maléfica envía a sus engendros —un conjunto de seres que sin dudas ayudaron a inspirar a los orcos de las versiones cinematográficas de El Señor de los Anillos de Tolkien, si bien aquí resultan más estúpidos que terribles— para localizar a Aurora, y será su fiel cuervo quien la encuentre. De este modo, la espera en el castillo paterno y la controla mediante un hechizo que la sumerge en un trance hipnótico (que se expresa mediante un ingenioso hallazgo visual: el rostro de la muchacha adquiere la tonalidad verdosa de su atormentadora) y que la conduce a un pasadizo que se encuentra tras la chimenea de su habitación (imposible que Mario Bava no tomara esta estupenda idea para su genial ópera prima, rodada al año siguiente: La máscara del demonio). Maléfica, sin embargo, no se conforma solo con sumir a la bella durmiente en su sueño cataléptico, sino que atrapa al príncipe Felipe y lo encierra en las mazmorras de su tenebroso cubil en la Montaña Prohibida, de donde será liberado por las tres hadas, que además le proporcionan las dos armas necesarias para luchar contra ella, la Espada de la Justicia y el Escudo de la Verdad. Incapaz de detener la huida del príncipe, Maléfica pone un obstáculo en su camino hacia la bella durmiente: será ella quien rodee su castillo del impenetrable bosque de espinos. Y no sólo eso, sino que se convierte en un dragón para destruir al rescatador. El inolvidable combate concluye con ese plano sobrenatural en el que Felipe, acorralado contra el borde de un tremendo precipicio, arroja su espada contra la bestia y atraviesa su corazón.

La bella durmiente recibe aquí el nombre de Aurora, tomándolo de Chaikovsky, que lo había escogido para bautizar a la princesa en el famoso ballet que le dedicó al cuento —y que la película adaptó para su música: por ejemplo, en la famosa canción «Eres tú el príncipe azul que yo soñe»— y que Perrault había dado a la pequeña hija mayor de la innominada protagonista de su versión. Por cierto que otro de los hallazgos del film es que la pareja de enamorados que forman Aurora y el príncipe Felipe dejan de ser los pánfilos de los films que en teoría sirven como modelo (Blancanieves y Cenicienta), librándolos de la mera cursilería. Aunque, claro, no pueden competir en atractivo con los personajes mágicos de la historia, desde luego tienen su propia personalidad, su relación es adornada con la cursilería justa y el espectador, así, se identifica con ellos, en especial con ese príncipe intrépido, incluso simpático, destinado a acabar con nuestro personaje favorito, la increíble Maléfica.

Igualitas, vamos...En rigor, Maléfica (2014) es una nueva versión del film de 1959. Una versión que cuenta la historia desde el punto de vista de la hechicera, sin duda un planteamiento muy atractivo de entrada —las primeras noticias sobre el film despertaron en mí grandes expectativas— pero que se viene abajo enseguida. Por supuesto, el primer e irremediable lastre es la elección de la protagonista, Angelina Jolie, típica estrella de este Hollywood coetáneo que es pura imagen sin la menor sustancia. Actriz de gesto banalmente altivo, cuyo mero físico, en mi opinión, la incapacita para personajes de época o «intemporales», me parece más una creación del marketing antes que una actriz consistente: ¿por qué película o interpretación la recordaremos, si incluso en la única buena que acredita su filmografía, o sea, El intercambio (2008, Clint Eastwood) es un claro error de casting por parte de su gran director? Desmoraliza descubrir que figura como productora ejecutiva de la película: ¿hasta qué punto ha influido en el proyecto y es responsable de la completa desvirtuación del personaje? En sus manos, Maléfica deja de ser un personaje independiente y singular para subordinarse por completo a su supuesta imagen estelar, lo cual incluye un inenarrable cambio de filas, de villana a heroína redentora de la historia. Inversión que todavía, con una buena actriz, podía haber dado origen a una sugestiva contradicción. Pero no es el caso: su interpretación es, sencillamente, horrible, y del presunto derroche de atractivo físico y carismático que aporta a la hechicera, mejor no hablar. La Maléfica de dibujos animados es mil veces más atrayente que la de carne y hueso.

Si no fuera tan triste, sería incluso divertido realizar el catálogo de cambios que realiza la nueva versión con respecto a su modelo de 1959. En primer lugar, la película incluye una larga introducción dedicada a narrar el «antes» de la conocida historia y a explicar, en teoría, el origen de una «villanía» que luego no será tal. El guión imagina dos reinos vecinos: uno habitado por criaturas mágicas, el Reino de la Ciénaga, maravilloso e ideal, cómo no, y del cual Maléfica es su hada más poderosa y por ello prácticamente su reina y protectora; el otro, gobernado por hombres mezquinos que, celosos del esplendor de aquél, intentan invadirlo o destruirlo.

Las alas de MaléficaLa caracterización de Maléfica, siendo básicamente fiel a la original, introduce unas cuantas novedades físicas: unas enormes alas emplumadas —que no membranosas, para subrayar más su nobleza—, una particular estructura craneal que subraya digitalmente la línea de las mejillas y la «revelación» de que los dos cuernos del tocado de la bruja del dibujo en realidad esconden dos apéndices córneos de verdad. Por lo tanto, de entrada es un personaje radiante y encantador. Su conversión en un ser oscuro (y con ella todo su reino) se debe a la traición del joven humano de quien se enamora, Stefan —sí, el nombre del padre de la bella en el film de 1959, Estéfano en la versión en español—, el cual, ante el premio de convertirse en el heredero del reino, la droga y le corta sus alas para presentarlas como trofeo y fingir que la ha matado. Por cierto, ¿ninguno de los «creadores» de la historia notó lo incongruente que es dar a una criatura de tan bello corazón, al menos de entrada, el negativo nombre de Maléfica? ¡Es como incitarla desde su nacimiento a que acabe cumpliendo lo que éste promete!

Resulta de lo más lógico, por ello, que cuando el ya rey Stefan presenta a su pequeña Aurora, Maléfica lance contra ella la maldición. Ahora bien, ya es sospechoso que quien la mitigue —de la condena a muerte inicial a la sustitución por el sueño— no sea la última de las hadas en otorgar sus dones, como en las versiones anteriores, sino… la misma Maléfica. La historia vuelve a incluir a las tres hadas, ingeniosamente rebautizadas como Clavelina, Violeta y Fronda, que se la llevan a lo más profundo del bosque para alejarla de la hechicera. Pues bien, de modo indignante, las tres resultan ser unas estúpidas de mucho cuidado que no hacen más que pelearse entre ellas y portarse como bobas, sin preocuparse casi de cuidar a la pequeña. Bastaría para descalificar la entidad de esta película su decisión de ridiculizar a todos los personajes positivos del film de animación: creer que así resplandecerá mejor la protagonista es, además de un narcisismo intolerable, una banalidad que impide tomar en serio la nueva versión.

Digámoslo ya: no solo Maléfica encuentra enseguida la casita del bosque, sino que es quien, realmente, se dedica a cuidar, más o menos a distancia, a la pequeña Aurora. Para ello, otorga a su fiel amigo el cuervo la capacidad de convertirse en hombre (encima guapo, claro). Esta criatura, que hasta tiene nombre, Diaval, supuestamente ayuda a rehumanizarla, tomándose con ella unas libertades críticas que la original no le hubiera aguantado ni medio segundo. La villanía de Maléfica, por tanto, dura un par de escenas y el resto de la historia vuelve a ser un personaje radiantísimo: de hecho, Aurora crece tomándola, como es lógico, por su madre/madrina del alma y deseando irse a vivir con ella a la Ciénaga. Como se precisa un villano que la sustituya, el pobre Stefan, convertido en un tipo de lo más amargado, carga con el papel. Y por cierto, el famoso bosque de espinos del cuento aquí no rodea el castillo de la bella durmiente, sino el Reino de la Ciénaga: Maléfica lo crea para protegerlo de las acechanzas del malvadísimo rey.

[Quien no haya visto la película y, o bien le guste o bien prefiera apurar el cáliz de los espantos por sí mismo, debe dejar de leer aquí]

Cartel anunciador en español de Maléfica

Pero lo peor falta por llegar. Como sin maldición no hay historia de la bella durmiente, la incongruencia de que la mala sea la buena se salva haciendo que ni siquiera Maléfica pueda revertir la maldición que lanzó (ay, en un instante de obcecación) contra Aurora. Y mira que lo intenta, pero nada, el destino es inexorable y la muchacha acaba pinchándose con el huso y cayendo en el sueño. Por supuesto, ni por esas Maléfica pierde el protagonismo: la ocurrencia más lamentable del film —aunque se intenta presentar como la más grandiosa— es que el príncipe (otro idiota sin remedio) fracase al besar a la dormida Aurora y sea la misma Maléfica, despidiéndose con lágrimas en los ojos (serán digitales, claro: no creo a Angelina capaz de llorar de verdad), quien estampe un beso en la frente que resultará ser el de amor verdadero que la despierte. Y es que no hay como el amor de una madre, aunque sea putativa…

No terminan los horrores, claro. Como se precisa un clímax de acción, se hace aparecer el dragón, igual que en el film de animación. Pues bien, la bestia aquí no lucha contra la bella sino a favor de la bella. Es el mismo cuervo Diaval, convenientemente transmutado por Maléfica al descubrir que el enloquecido Stefan está dispuesto a sacrificarlo todo por destruirla a ella. Un genio quien haya tenido esta idea. Por cierto, quizá ayude a explicarlo saber que el guión lo firma Linda Woolverton, responsable de convertir Alicia en el País de las Maravillas, con la complicidad de Tim Burton, en un cuarto capítulo de Las Crónicas de Narnia.

Maléfica, por tanto, acaba revelándose como un film muy típico de este Hollywood sin ideas, que no tiene el menor escrúpulo de apropiarse de las que surgían en tiempos mejores para, sin el menor respeto, banalizarlas. Un Hollywood, encima, perjudicado por el extraordinario avance de los efectos digitales que, sin el menor estímulo para la verdadera creatividad, son capaces de recrear cualquier escenario o criatura fantástica: en este caso, el Reino de la Ciénaga es idéntico al de cualquier película similar (por ejemplo, la reciente y mucho mejor Oz, un mundo de fantasía… que no por casualidad también es una producción Disney). Ni siquiera la elección como director, en su debut como realizador, de un hombre, Robert Stromberg, con una larga y acreditada carrera como director artístico o creador de efectos, sirve para darle la menor personalidad visual. Pero esto es lo de menos, insisto: si Maléfica supone un engendro sin perdón alguno es por la falta de respeto que demuestra no ya hacia el trabajo de todos los que crearon las maravillosas versiones anteriores, sino porque toma al público, infantil o adulto, por tonto de capirote. Si Disney despierta alguna vez de su sueño criogénico, espero que su furia y su sed de venganza sean, como mínimo, las de la Maléfica que ayudó a inmortalizar en 1959. Que Angelina vaya preparándose…

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Maléfica / Maleficent. Año: 2014.

Dirección: Robert Stromberg. Guión: Linda Woolverton, basado en el guión de la película de 1959. Fotografía: Dean Semler. Música: James Newton Howard. Intérpretes: Angelina Jolie (Maléfica), Elle Fanning (Aurora), Sharlto Copley (Stefan), Sam Riley (Diaval). Dur.: 97 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
Esta entrada fue publicada en Para "niños", Walt Disney y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Cuando Maléfica se volvió benéfica

  1. Renaissance dijo:

    Entre la tendencia a la reinterpretación oscura de los cuentos, esa Angelina Jolie que parece de cera, y la versión de la canción de la Bella Durmiente interpretada por Lana del Rey, parece que la cosa se queda en un gran “¡Viva el plástico!”
    Lo cierto es que Disney ha tenido un par de aciertos en los últimos años, pero esta me recuerda un poco a la versión de Blanca Nieves con Kristen Stewart..aunque Sharlto Copey es un actor que me cae bastante simpático desde que lo vi en Distrito 9.

    • Las dos versiones crean un híbrido entre las pelìculas Disney en que se basan y la Fantasía Heroica repleta de bichos digitales puesta de moda por El Señor de los Anillos y Narnia. Incluso yo advierto una evocación/homenaje/plagio a las criaturas de Jim Henson para “Cristal oscuro” o “Dentro del laberinto”, solo que ya sin artesanía ni ná…

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