La Patrulla-X en días del futuro pasado

Portada del 141 de The Uncanny X-Men, Días del Futuro PasadoEra el mes de noviembre de 1980. El equipo artístico responsable de la colección The Uncanny X-Men —el guionista Chris Claremont y el dibujante John Byrne, ambos además co-firmantes de los argumentos, más el entintador Terry Austin— acababa de dar cima a la que quizá sea, todavía hoy, la aventura culminante de la historia del Universo Marvel, la Saga de Fénix Oscura. Estaban a dos números de separarse definitivamente, uno de los grandes traumas para el Marvel Zombie de todos los tiempos. En ese noviembre (si bien, por esas curiosas razones de distribución que conocen bien los aficionados al mainstream norteamericano, la fecha de portada es enero de 1981) se publicaba el número 141 de la serie, y en él vio la luz el primer capítulo de una aventura que se continuó (y cerró) en el siguiente, y que hoy es conocida por el título de ese episodio inicial: Días del futuro pasado. Dos números imborrables, porque en ellos se propuso la más feroz y afortunada antiutopía del Universo Marvel, cuya influencia no solo sería determinante dentro de la serie sino, en general, en el cómic de superhéroes. Una antiutopía situada en el lejano —hoy ya recién superado— año de 2013, protagonizado por las variantes maduras de los Hombres-X, última esperanza de una humanidad esclavizada por unos terribles robots, los Centinelas, cuyo tenebroso imperio no es consecuencia de ningún designio malvado sino de una implacable programación humana: para detener a toda costa la amenaza de los mutantes, no han dudado en poner a los Estados Unidos al borde de la destrucción, sin importarles el coste humano. Se estrena ahora un nuevo film de la franquicia X-Men que lleva por título el de esta saga. Sin tener ninguna referencia concreto de por dónde van a ir los tiros argumentales, me parece buena idea recordar lo que supusieron estos dos geniales números.

Genialidad que comienza por la mítica portada de ese número 141. Un espacio urbano desolado, donde dos figuras se alzan sobre unos escombros mientras un foco (creando el mismo efecto que conocemos de las películas sobre campos de concentración) los descubre en medio de la oscuridad que los circunda. Reconocemos con facilidad a una de ellas: es Lobezno, con sus garras enhiestas, preparado para hacer frente al peligro que anuncia esa luz implacable. Pero un Lobezno distinto, envejecido, como delatan sus sienes blancas. El canadiense protege a una mujer, ya no joven, cuyos rasgos recuerdan a un personaje con el que entonces todavía no estábamos muy familiarizados los aficionados de la colección: Kitty Pryde, el más reciente miembro de la Patrulla, si bien una Kitty también mayor que la adolescente de poco más de 13 años que había aparecido por sus páginas. Y el toque estremecedor. La pared ante la que han sido descubiertos muestra un gigantesco cartel compuesto por fotografías de los miembros de la Patrulla-X, los de la clásica y los de la «nueva», con un letrero sobre sus rostros, unos con el rótulo «Capturado», otros con el rótulo «Eliminado»…

Primera viñeta de la saga¿Cuál es el punto de partida del episodio? En la primera página del número vemos ya a esa mujer, la Kitty Pryde madura, que recorre una calle de Nueva York (los textos la identifican como la famosa Park Avenue; al fondo, el dibujo nos deja ver el edificio Empire State) invadida por los escombros. El título del episodio, de modo ingenioso, figura clavado sobre la pared como tablones que tapan las ventanas rotas.

Por cierto, una de las grandes curiosidades de esta aventura es que la imagen de esa Manhattan reconvertida en un escenario devastado y dantesco, en buena medida una enorme prisión, indudablemente evoca a una película que es coetánea suya, la entrañable 1997: rescate en Nueva York (1981) de John Carpenter. Estrenada tan sólo unos meses después de la publicación de la película, resulta prácticamente imposible que una historia pudiera influir en la otra, pues se realizaron a la vez. Pero lo sugestivo de la mera existencia de estos vasos comunicantes, ¿no remarca que uno de los grandes atractivos de la historia de la ficción es, precisamente, el hilo, unas veces subterráneo y otras bien visible, que une en una compleja tela el espíritu de tantas de sus creaciones?

Nueva York, 2013. Estados Unidos, en el siglo XXI, está controlado por un conjunto, en apariencia innúmero, de enormes robots de cerca de diez metros llamados Centinelas. Desde su primera aparición, en el lejano nº 14 de la colección (creados por los inevitables Stan Lee y Jack Kirby), de noviembre de 1965, los Centinelas no habían tenido otra misión que perseguir a los mutantes. Recuérdese que los llamados Hombres-X —La Patrulla-X en la entrañable y muy conseguida traducción española— fueron una creación de Stan Lee que se diferenciaba del resto de la primera hornada superheroica de Marvel porque, a diferencia de los Spider-Man, 4 Fantásticos, La Masa, etcétera, sus poderes no se deben a ninguna clase de accidente, sino que han nacido con ellos. Esa condición genética distinta (de hecho, esta especie evolucionada es llamada el Homo Superior) sirvió para que el Universo Marvel tuviera sus propios «judíos», su raza odiada y perseguida por los prejuicios de esa humanidad recelosa ante esos hijos nacidos de entre ellos con la supuesta semilla de su propia destrucción.

(Por cierto, que ese odio a los mutantes siempre me ha parecido una soberana estupidez: ¿por qué iba el hombre corriente a temerlos a ellos en concreto y no a los 4 Fantásticos, a Spider-Man, a Daredevil o a Thor? Es decir, ¿qué puede importarles a quien no los tiene el origen de los superpoderes? ¿No se temerá por igual a cualquiera capaz de borrarte de la existencia casi con un mero guiño?) Al menos, Claremont lo expresa con gracia en uno de los diálogos del nº 141, puesto en boca del senador Kelly, el político que lleva al Capitolio la candente actualidad de la posible «amenaza mutante»: «¿Qué le dijo el último Neanderthal al primer Cro-magnon?».

Lápidas por los héroes caídosEn apenas cinco páginas, y mediante una deslumbrante síntesis narrativa, Claremont y Byrne presentan ese 2013 en el que los mutantes, con sus poderes anulados por unos collares inhibidores, viven en un enorme ghetto en el Bronx bajo el control de los Centinelas. Bastan varias viñetas inolvidables, como esa que muestra a Kate (ya no Kitty) Pryde caminando junto a un enorme cementerio de sencillas lápidas donde leemos significativos nombres: Charles Xavier o Scott Summers, pero también Reed Richards o Ben Grimm, dos de los 4 Fantásticos. El tándem presenta a los escasos supervivientes de la vieja Patrulla: dos envejecidos Coloso y Tormenta, el primero de ellos esposo de Kate Pryde (la atracción entre los dos personajes se había sugerido desde la primera aparición de la jovencita una docena de números atrás), más una pareja joven formada por Franklin Richards (el hijo de Mr. Fantástico y la Mujer Invisible, que en la cronología «normal» era un niño con misteriosos poderes latentes) y una desconocida muchacha de pelo rojo llamada Rachel. En otro golpe genial, aparece nada menos que un ya anciano Magneto, sujeto a una silla de ruedas. Digo genial porque hasta ese momento, Magneto no había sido más que el unidimensional, y a esas alturas muy cansino, villano central de la serie: de pronto, Claremont lo situaba en el bando de los «buenos», y de hecho en el curso ya normal de la serie no tardaría en recuperar al personaje, ahora ya bajo la nueva y más positiva visión alumbrada en esta aventura. Unos pocos años después, Magneto acabaría sustituyendo al mismísimo Profesor-X al frente de la famosa Escuela para Jóvenes Talentos, educando a la siguiente generación de Hombres-X.

Pues bien, en ese mundo inhóspito, en el que están caídos pero no derrotados del todo, los mutantes se aferran al último plan para destruir a los Centinelas y con ellos, inevitablemente, ese pasado que quieren convertir en un futuro que nunca existió. Con la ayuda de Lobezno, fugitivo que ha cruzado las líneas para ayudar a sus antiguos camaradas, el grupo se libera de los collares que restringen sus poderes y emprenden un plan con un doble objetivo. Primero, y gracias a los poderes (nada aclarados) de esa misteriosa Rachel, Kate Pryde viaja hacia atrás en el tiempo, al año 1980, para tomar posesión de su propio cuerpo, entonces adolescente. La razón: evitar el asesinato del senador Robert Kelly (el mayor defensor de establecer un control legal sobre los mutantes), pues es el episodio que provocó la activación de los Centinelas y el inicio de su terrible futuro, que así resultaría conjurado como si nunca hubiera sucedido.

Y segundo: realizar un ataque sorpresa a la base principal de los Centinelas —situada en lo alto del emblemático Edificio Baxter, el cuartel general de Los 4 Fantásticos— para destruirla. La verdad es que esta segunda línea argumental no tiene mucho sentido, pues no es necesaria para la primera y, además, pone en peligro la misión de Kate al hacer que sus compañeros trasladen su cuerpo (inerte mientras ella se encuentra en el pasado) de aquí para ella, con grave riesgo de su vida. Pero permite una magnífica narración paralela: en el pasado, los Hombres-X luchan contra la Hermandad de Mutantes Diabólicos (ahora ya no bajo el mando de su fundador, Magneto, sino de una nueva villana creada para la ocasión, la multiforme Mística… la cual, por cierto, nada tiene que ver con la que aparece en las películas) para evitar el asesinato de Kelly; en el futuro, las versiones maduras de los mutantes luchan (a muerte, y de modo literal) contra los verdugos de sus antiguos camaradas.

Otra mítica imagen. Lobezno muere a manos del CentinelaUna lucha a muerte en verdad. La portada del número 142, si bien no tan extraordinaria como la del anterior, también es mítica: un enorme Centinela, que tiene en una mano a una Tormenta con una enorme asta clavada en la espalda, dispara a bocajarro con la otra un rayo láser que golpea de lleno a Lobezno, sorprendido en pleno salto, y parece no dejarlo en muy buen estado. Y el interior del número hace honor a su portada: Tormenta es alcanzada en pleno vuelo con un enorme dardo, sino que Lobezno también sufrirá la suerte anunciada. Sólo que la viñeta que narra el mismo acontecimiento que la portada es ahora mucho más dura: el impacto de ese rayo carboniza por completo su carne y deja como única huella el indestructible esqueleto de adamantium que conformaba al Garras.

La lástima es que Chris Claremont acabó desvirtuando el impacto de este futuro antiutópico mediante el uso y abuso que acabó haciendo (en todas las colecciones de mutantes bajo su dirección) de estas terribles realidades alternativas y de las diversas variantes posibles de los Hombres-X. Sin embargo, no olvidó ese futuro pasado del año 2013. Cinco años después, en el nº 184 —la colección estaba ahora dibujada por John Romita jr— hizo reaparecer a esa telépata pelirroja llamada Rachel en la realidad presente. Y resultó ser nada menos que la hija de Scott Summers (Cíclope) y Jean Grey (Fénix), muertos por los Centinelas en el inicio de la antiutopía de esa Tierra. Con la habitual falta de explicaciones que a esa altura de la colección caracterizaba a Claremont, la entrada de Rachel en la colección se hizo sin mayores explicaciones: tan sólo que ese «futuro pasado» no llegó a ser abortado por el éxito de la misión de Kate Pryde… sencillamente porque se había convertido en una realidad divergente o paralela. El guionista hizo que la muchacha ingresara en la Patrulla y que unos cuantos números recibiera el mismo poder cósmico que convirtió a su madre en Fénix, por lo cual asumió su nombre y uniforme.

Claremont olvidó después el personaje y lo recobró cuando obtuvo vía libre para una nueva colección del Universo Mutante, Excalibur, que situaba a antiguos Hombres-X en las islas británicas. Esa colección, bajo el encantador dibujo de Alan Davis, destacó poderosamente en el panorama ya caótico y progresivamente decadente del Universo Mutante. Pero no sería hasta el momento en que Davis se hiciera con las riendas también del guión cuando la colección alcanza unas notables cotas de calidad. Con un Claremont que en ese momento había abandonado Marvel, Alan Davis decidió utilizar su colección para cerrar los múltiples cabos sueltos que el guionista británico había ido dejando a lo largo de sus dos décadas de reinado en las colecciones mutantes. La guinda fue, precisamente, concluir la historia del «futuro pasado», si bien ya no en 2013 sino en 2015. En los números 66 y 67 (junio y julio de 1993), el grupo Excalibur marchaba, por fin, al futuro de los centinelas y derrocaba su reinado del terror. Davis proporcionó las explicaciones necesarias de cuanto estaba relacionado con él —y que no voy a detallar porque, a esas alturas, ya requerirían un espacio de lo más prolijo—, cerrando de modo brillante no solo ese capítulo sino el viejo Universo Mutante nacido con la creación de la Nueva Patrulla-X dos décadas atrás.

En cualquier caso, siempre nos quedará esa estupenda aventura, Días del futuro pasado, con su dibujo exquisito, con sus héroes carismáticos, con su envidiable armonía narrativa y sus increíbles imágenes de un futuro devastado. Con todo ello, esa pareja que ya estaba a punto de «divorciarse» —y que nunca volvería a rendir por separado como lo habían hecho en compañía—, Chris Claremont y John Byrne, crearon uno de los puntos de referencia imprescindibles del cómic de superhéroes. A ver qué ha hecho Bryan Singer con él.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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Una respuesta a La Patrulla-X en días del futuro pasado

  1. kalabria dijo:

    alguien vende este tomo?????,a.gimenezbriones@yahoo.es saludoss!!!!!!!!!!!!!!!!

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