Reivindicación de las historias para “niños”

El príncipe contra el dragón, en La Bella Durmiente, de Disney

Primeros nos las contaron, después las leímos por nuestra cuenta o vimos las películas que en ellas se basaban, en esa edad inconcreta de la infancia que nadie sabe bien cuándo acaba, pero que hoy día nos empeñamos en creer que se prorrogaba más que ahora. Nos abrieron la imaginación, nos fascinaron, las amamos, crecimos con ellas… y un buen día decidimos olvidarlas. Bueno, no olvidarlas porque es imposible borrar una parte de nuestra memoria como quien arroja un archivo a la papelera de reciclaje. Pero sí decidimos que ya no nos valían, que tenían fecha de caducidad: decidimos que no servían para seguir creciendo con ellas. Estas historias, por tanto, han sido denigradas por ir dirigidas a una edad concreta, fuera de la cual no tenía sentido recuperarlas. Grave error: la ventaja de estas historias es que no hay que esperar a tener una edad concreta para leerlas. No es que sea demérito el que Henry James o Borges exijan a un lector adulto. Pero un atractivo añadido de las buenas historias para niños es que, además de la deuda de gratitud que suponen el haber ayudado a construir nuestra imaginación, admiten miradas o interpretaciones distintas a distintas edades: nos permiten calibrar nuestra propia evolución no sólo como lectores o espectadores, sino como personas. No es lo mismo Peter Pan (y me refiero al libro de Barrie) con 12 años que con 42. El primer lector apreciará, ante todo, el componente maravilloso y libertario de la historia de ese niño que no quiere crecer y hace exactamente lo que le da la gana. El segundo, descubre los matices de infinita tristeza que alberga la condición de ese niño. Y ninguno de los dos apreciará de la misma manera esa famosa frase que el niño que no quería crecer pronuncia en determinado momento: «Morir será una aventura formidable» y que puede resultar gallarda, siniestra o sencillamente melancólica en función de la edad (y el bagaje consiguiente) con que lo hacemos.

Por historias para «niños» me refiero no a los distintos géneros (aventura, sobre todo, pero también terroLa Bella Durmiente, por Gustave Dorér y fantasía, ciencia-ficción o, incluso, el tebeo), que al menos ya han recibido la reivindicación suficiente por personas con el peso específico suficiente como para que ya no rinda tanto tildarlas de mercancía infantil. Lo que yo incluyo bajo esa etiqueta —valgan las comillas para señalar mi desacuerdo— son los cuentos de hadas de toda la vida. Y no tanto los que conforman ese legado popular que eruditos como los hermanos Grimm se tomaron la molestia de recopilar, como esos que escribieron —unas veces apoyados en ese acervo y otras surgidos de la imaginación de sus autores— los Perrault o los Andersen, más que nada porque estos lo hicieron con un propósito estilístico que no tuvieron aquellos. No hay color entre la Bella Durmiente de los Grimm (con esa sequedad característica de sus recopiladores, los cuales, por otra parte, seguro que no creían estar haciendo arte) y la del francés, que además de ampliar el argumento original de modo sugerente —y que, por excluirse de la versión canónica de Walt Disney, solo conocen los lectores de Perrault—, destaca no solo por su enorme encanto sino por un sentido de la crueldad más que notable: por ejemplo, deja con la boca abierta descubrir que la madre del príncipe encantador que libera a la Bella es una ogresa dispuesta a devorar como sea a su linda nuera.

Me refiero también, cómo no, a todas esas historias que, inicialmente concebidas para niños, más bien explican a los adultos que las idearon, cuyos protagonistas han suplantado en fama a aquellos que los crearon: Pinocho, Peter Pan, Alicia, Winny de Puh, Guillermo Brown o el Principito, por ejemplo. Y que, las cosas como son, nacidos en el siglo XIX, la mayoría han sido popularizados en el XX ante todo por el cine, convirtiéndose en iconos visuales antes que literarios, y en ello ha tenido especial culpa, como anticipaba antes, el gran Walt Disney, de tal modo que quien se asoma a los originales teniendo en mente las películas que los adaptan (después de infinidad de visionados, encima), suele llevarse una sorpresa de aúpa.

Como no he hecho ningún estudio al respecto, no sé en qué momento se inventó la literatura para «niños» (el cine, claro, vino después). Pero, como mínimo, en el siglo XIX ya existía, y lo sabemos por la edad de oro que vivió la literatura inglesa (y, en general, europea) en el último tercio de esa centuria, muchas de cuyas grandes obras hoy ya son clásicos incuestionables, alguno de los cuales incluso ha escapado al reducto en que surgió y ha sido aceptado por la intelligentsia crítica como una obra de enorme profundidad intelectual (me refiero, claro a las dos Alicias de Lewis Carroll).

Una de las aventuras clásicas de Guillermo Brown en españolPor supuesto, hay historias para niños o jóvenes con fecha de caducidad. Por ejemplo, Los Cinco, aquella serie creada por Enid Blyton, no puede compararse con Guillermo Brown, ese personaje también inventado por una inglesa en parecido contexto y con idéntico protagonismo de niños con ansias aventureras. Pero mientras Richmal Crompton, hoy día, es justamente reivindicada por gente como Javier Marías o Fernando Savater, entre otras razones por esa visión francamente sarcástica del mundo adulto que ofrece desde la perspectiva de un niño que sueña con convertirse (y sabe hacerlo: ese es el gran encanto del personaje…) en cualquier avatar de la imaginación salvo en un adulto, los cuatro primos y el inevitable perro que forman los Cinco no pueden evitar cierto olor a naftalina. Eso sí, en el recuerdo todavía se benefician de que fueron importantes a determinada edad, y en cierto modo siguen siendo entrañables, siquiera sea por esa desarmante facilidad que tenían para encontrar pasadizos secretos doquiera que iban o por esa deslumbrante independencia que les concedían unos padres que casi ni aparecen en libro alguno, permitiéndoles cosas como irse de viaje en bici por las islas: así cualquiera vive aventuras, claro.

Quienes no vuelven a vivir estas historias y buscan argumentos para justificar su menosprecio, suelen referirse a su moralismo, a su posible cursilería, a su infantilismo, a sus personajes «planos»… No voy a negar nada. Sencillamente, cada género (y las historias para niños lo son) tiene sus elementos propios, sus condicionantes, sus contenidos… como los tiene, qué sé yo, el teatro existencialista, el realismo social o la poesía modernista. A partir de ahí, entra el juego el talento de quien los usa, y su primera misión, si quiere salir con bien y no incurrir en la mera inercia, debe ser que todo parezca como si se utilizara por primera vez: como si a nadie se le hubiera ocurrido antes hacer que un niño vuele, o que los árboles alarguen sus ramas en una noche de tormenta como si fueran monstruos, o que los animales hablen y se comporten como personas. En esos momentos es cuando el tópico o la convención se convierten en arquetipos. Y hay un enorme trecho de lo primero a lo segundo.

Edición inglesa de Peter Pan, de J. M. BarrieDecía que el niño lee o ve las maravillas que cuentan esas historias, mientras que el adulto que tiene el valor de volver a ellas se estremece ante la increíble cantidad de elementos que delatan que el adulto que las imaginó, en estos tiempos de corrección moral, tendría problemas para no serle impuesto alguna condena de alejamiento con respecto a esos tiernos infantes a los que, dicen, iban dirigidas sus obras. Es emblemático el caso de Lewis Carroll, cuya afición a fotografiar niñas impúberes con poca ropa hoy estaría penada. Pero harto turbulento es también el fondo que late en autores como J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, al que muy poco favor hizo esa edulcorada pseudo-biografía que se estrenó como Descubriendo Nunca Jamás (2004), encima bajo los «bellos» rasgos de Johnny Depp. Pues el Barrie real no solo padeció diversos traumas infantiles —la muerte de un hermano mayor, el favorito de su madre, cuando él tenía seis años, sumió a ésta en una enorme depresión que él le ayudó a superar por el procedimiento de imitar al fallecido de tal modo que casi acabó anulándose para convertirse en aquél—, no sólo vio como su matrimonio fracasaba por su impotencia sexual, sino que tuvo un fuerte complejo físico porque apenas pasaba del metro y medio: era diminuto, era en verdad un niño que no podía crecer…

¿Cómo no va a cambiar nuestra mirada sobre su obra maestra, Peter Pan, conociendo todo esto? Además, Peter Pan no fue una obra que «soltara» de una sola tacada, sino que, incapaz de librarse de su sombra (como si comprendiera que a través de él es como se expresaba mejor), fue gestándose, a través de distintas versiones (teatro, prosa) que no dio por terminadas hasta pasados muchos años de la primera vez que emergió de su imaginación. Quienes la conocen ante todo por la película de Walt Disney —por otra parte estupenda: pues completa al personaje desde otra dimensión— no pueden imaginarse la cualidad ambigua y evanescente que posee el original, para mí el más triste y melancólico de toda la literatura, dueño de una riqueza simbólica y una lucidez sobre la infancia que es imposible asimilar de una sola vez. Es por ello que Peter Pan es el mejor ejemplo que se me ocurre de una obra con la cual hay que crecer: quién sabe qué me sugerirán sus páginas cuando alcance, por fin, la edad en que todos, como Peter, acabamos dejando de crecer.

Pinocho de Collodi, dibujado por Attilio MussinoMúltiples sorpresas nos revela también el ir a las fuentes literarias del Pinocho que creemos conocer a través de Disney, pues resulta toda una sorpresa descubrir la tremenda aspereza que Carlo Collodi le otorgó a su personaje original. Bien al contrario que en la película, este Pinocho nace con pleno conocimiento del mundo y por eso se niega a someterse a norma alguna, y mucho menos a lo que los adultos esperan de todo niño: que sea obediente y respetuoso con los mayores, que cumpla sus órdenes sin rechistar, y que vaya al colegio y se aplique para convertirse en un hombre de provecho. El Pinocho de Collodi se rebela de modo consciente contra las expectativas de los adultos y se complace encima de ello. Y aunque, al final, la obra también acabe llenándose del mismo tono moralizante que en Disney (tal vez porque, siendo su publicación inicial por entregas, Collodi, ante el éxito, tuvo que rebajar sobre la marcha ese tono inicial), da tiempo a que sus primeras aventuras posean un toque negrísimo, que concluye incluso con el abrupto ahorcamiento del niño de madera a manos del par de trapisondistas que lo engañan tanto en el libro como en la película.

Otro autor singular, cuya mirada —invariablemente triste, como revelan las mismas fotografías que sobreviven de él— asoma, unas veces de modo franco pero las más de modo subrepticio, por entre los renglones que escribió, es el inmortal Hans Christian Andersen. El gran escritor danés es el mejor ejemplo de cómo la literatura para niños no está reñida con la elaboración. Bien al contrario, Andersen fue dueño de un estilo sutilísimo, con una deslumbrante capacidad para la elusión y la sugerencia, y que además diríase que es fruto de una completa espontaneidad: que el autor escribía todo tal como nacía de su imaginación. Y sin poder evitar que, pese al tono, otra vez, constructivo de sus ficciones (¿quién no conoce al patito feo o al soldadito de plomo?), nos encontremos con increíbles sorpresas.

Andersen, el contador de la mirada tristeAhí está por ejemplo un cuento que podría figurar entre las obras maestras de la literatura universal, El abeto, en el que, de modo inesperado, descubrimos una desalentadora fábula existencial, tan desgarrada como íntima, cuyo protagonista —quién iba a decir lo que se podía extraer de él: un pequeño arbolillo de Navidad cuya máxima ilusión en la vida es hallarse en el centro de los festejos de esos seres a los que tanto admira y que tanto le desconciertan: el hombre— sirve como metáfora delicada pero incontestable de la misma condición humana. Como todos nosotros, el pequeño abeto también pasará por la vida casi sin tiempo para advertirlo, con ganas de querer saberlo todo pero sabiendo y, al final, viviendo, muy poco, casi como en un sueño… que a ratos se convierte en pesadilla. De hecho, es difícil imaginar (¡y en un supuesto cuento para niños!) un final más sombrío y deprimente, también más bello, que el de este relato.

El cine ha suplantado, como ya he señalado varias veces, a la literatura en la creación de esos universos infantiles. Y lo ha hecho creando el dibujo animado. La principal responsabilidad en este cometido corrió a cargo, ante todo, de un genio llamado Walt Disney, que durante mucho tiempo (y todavía hoy para mucha gente, supongo) ha tenido que soportar el ser vilipendiado por todos. Por los fieles a las obras originales, debido a la manipulación que hizo de las mismas: siempre me he preguntado por qué los amantes de una historia, cuando la adaptan al cine, se empeñen en exigir exactamente lo mismo que han leído y sin un ápice de variación, lo cual, en el fondo, solamente delata la unidimensionalidad de su acercamiento a esas obras. Pero también por muchos de los que una vez se dejaron arrastrar por su magia y, ya adultos, se tornaron ceñudos defensores de la inocencia infantil: son quienes lo acusan, contradictoriamente, de ser al mismo tiempo ñoño y malicioso, infantil y sádico, plúmbeo y aterrador. Como pienso escribir en breve una serie de entrada sobre sus películas, ahorraré más comentarios.

La incomparable hechicera MaléficaEso sí, yo no tengo la menor duda. Aunque al mismo tiempo fue el más astuto de los hombres de negocios (lo eran todos los pioneros del cine, señalo), Walt Disney fue un genio irrepetible con una capacidad muy especial para entender lo que los niños quieren ver, arriesgando tanto en el aspecto creativo como en el dramático y en el moral. Sus películas, claro, tienen un sentido moralizante —no hay que olvidar que a quien Disney quería convencer para que fueran a las salas de cine era a los padres, que son quienes se lo descubren a sus hijos— y se apoyan en el puro maniqueísmo. Pero entre sus imágenes se desliza también, y eso lo emparenta con esos autores a los que adaptó (Carroll, Barrie, Collodi o Perrault), una notable perversión, un sentido del erotismo que, créanme, los niños notan —hagan apuestas: a ver quién resulta más atractiva, la Maléfica que Angelina Jolie acaba de llevar al cine o la bruja irresistible que crearon los animadores de Disney— y un sentido de la transgresión que, aunque tarde o temprano concluye con sus protagonistas volviendo al redil (verbigracia, su Pinocho), no se molesta en disimular que lo atractivo es ese vértigo al que se ha asomado al dejarse llevar por la tentación.

Esa es la enseñanza que nos traen las buenas historias para niños: son como una gran casa, acogedora en su planta principal, amplia, cálida, en la que sabemos que hemos sido felices, pero donde un día reparamos que tiene unas escaleras que llevan a pisos superiores, menos luminosos, progresivamente angostos, hasta desembocar en un desván oscuro y misterioso, en el que da tanto miedo entrar como seducen los secretos que intuimos se esconden en él. Recomiendo vivamente subir esas escaleras y alcanzar el rincón más oculto de su ático, allí donde se ocultan esos otros Peter Pan, Pinocho, Alicia, la Bella Durmiente o el mismo abeto que resultan no ser tan tiernos, alegres y radiantes como siempre hemos creído que son. Merece la pena, lo aseguro.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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