La novela Blade Runner 2019 I II
Es posible que, en estos 35 años que han pasado desde que se estrenó ese film que se recibió con hostilidad y que hoy seguramente sea (con permiso del 2001 de Kubrick) el más influyente de la historia de la ciencia-ficción, nadie hubiera pedido ni esperado una continuación, una secuela, y menos aún la posibilidad, debido al éxito que está teniendo su estreno, de originar una franquicia. Sin embargo, ya no tiene remedio: Blade Runner 2049 existe, y es ocioso lamentarlo. Quienes reverenciamos el original, es evidente, no podíamos ignorar esta continuación, pero tampoco fingir que cualquier resultado nos valía. De entrada, eso sí, a la hora de enfrentarme a ella, intenté persuadirme de que era necesario evitar incurrir en una de estas dos estériles actitudes: la del policía cinéfilo («a ver qué se han atrevido a hacer con mi película favorita…») o la del ingenuo que espera asistir a la misma experiencia extática de 1982, cuando aquel contexto ya es irrepetible. Pues bien, hacía tiempo que no me encontraba con una secuela tan inteligente y tan sugestiva como este film ahora encomendado no a Ridley Scott (por fortuna…) sino al canadiense Denis Villeneuve. Blade Runner 2049 carece del sello hipnótico del anterior, arrastra más de un defecto y de una incoherencia, y desde luego dilata demasiado su metraje, pero demuestra un notable respeto por el espectador que ama la historia, un profundo conocimiento del ambiente de ficción en que se sitúa y un admirable propósito de hacerlos evolucionar y no ofrecer un previsible ejercicio de mimetismo, todo ello sin abandonar las coordenadas donde ya funcionaba Blade Runner 1982: esto es, la misma y bella cualidad de thriller de ciencia-ficción existencial.
