Blade Runner 2049 o la balada del replicante triste

La novela                   Blade Runner 2019  I      II

Sugestivo cartel anunciador de Blade Runner 2049Es posible que, en estos 35 años que han pasado desde que se estrenó ese film que se recibió con hostilidad y que hoy seguramente sea (con permiso del 2001 de Kubrick) el más influyente de la historia de la ciencia-ficción, nadie hubiera pedido ni esperado una continuación, una secuela, y menos aún la posibilidad, debido al éxito que está teniendo su estreno, de originar una franquicia. Sin embargo, ya no tiene remedio: Blade Runner 2049 existe, y es ocioso lamentarlo. Quienes reverenciamos el original, es evidente, no podíamos ignorar esta continuación, pero tampoco fingir que cualquier resultado nos valía. De entrada, eso sí, a la hora de enfrentarme a ella, intenté persuadirme de que era necesario evitar incurrir en una de estas dos estériles actitudes: la del policía cinéfilo («a ver qué se han atrevido a hacer con mi película favorita…») o la del ingenuo que espera asistir a la misma experiencia extática de 1982, cuando aquel contexto ya es irrepetible. Pues bien, hacía tiempo que no me encontraba con una secuela tan inteligente y tan sugestiva como este film ahora encomendado no a Ridley Scott (por fortuna…) sino al canadiense Denis Villeneuve. Blade Runner 2049 carece del sello hipnótico del anterior, arrastra más de un defecto y de una incoherencia, y desde luego dilata demasiado su metraje, pero demuestra un notable respeto por el espectador que ama la historia, un profundo conocimiento del ambiente de ficción en que se sitúa y un admirable propósito de hacerlos evolucionar y no ofrecer un previsible ejercicio de mimetismo, todo ello sin abandonar las coordenadas donde ya funcionaba Blade Runner 1982: esto es, la misma y bella cualidad de thriller de ciencia-ficción existencial.

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Cthulhu muerto aguarda soñando… (I): el inicio del ciclo

Contexto general                   Vida y obra de HPL               Los relatos II    III

El primer libro de Arkham House, The Outsider and Others. Portada de Virgil FinlaySabido es que la obra de Howard Phillips Lovecraft pasó por diversas etapas, como suele suceder con todos los grandes creadores. Fue además un autor que no dudó en adoptar las formas narrativas de los autores por los que sintió devoción y eso permite diferenciar varias etapas en su producción artística. La primera influencia que marcó su obra fue la de Edgar Allan Poe, el hombre del que nace casi todo el terror no ya de la escuela estadounidense sino de buena parte de la europea. Lovecraft sintió devoción por él toda su vida, y no dudó en utilizar hasta el final muchos de sus más conocidos recursos narrativos: el relato en primera persona, el especial hincapié en iniciar la historia con una primera frase cuya fuerza impactante marca su desarrollo, el refuerzo realista mediante libros inventados, la gradación del horror hasta un final que busca provocar un shock en el lector, incluso detalles gramaticales como el uso de frases en cursiva para remarcar el efecto que se quiere proponer… Su amor hacia Poe culmina en un relato magistral, El extraño (The Outsider, 1921) que, como él mismo fue el primero en reconocer, puede considerarse la más perfecta remedación de su estilo. Ahora bien, esto no quiere decir que el cuento no posea su propia personalidad: interpretado como una autobiografía en clave, Lovecraft utiliza ese ejercicio estilístico para realizar una estremecedora y autocrítica reflexión personal sobre el ensimismado solipsismo en que se dejó encerrar durante la primera parte de su juventud. Después de sacar fuera de sí esta confesión, el autor estaba preparado para otros embates.

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Lovecraft y los Mitos de Cthulhu: lugares, libros, engendros

Los relatos de Cthulhu                               Vida y biografía

H. P. Lovecraft vestido de caballero dieciochesco, por Virgil Finlay

Howard Phillips Lovecraft murió en la madrugada del 15 de marzo de 1937, con tan solo cuarenta y siete años (había nacido en 1890, en la misma ciudad donde falleció: su amada Providence, Rhode Island). Su muerte provocó un intenso dolor en un nutrido círculo de amigos y admiradores, en su mayor parte escritores como él. Escritores de la más modesta naturaleza que había entonces en los Estados Unidos: autores de literatura fantástica que publicaban en las revistas pulp del estilo de la más famosa de todas ellas, Weird Tales. Literatura popular, como asumían ellos; literatura de baja estofa, como consideraban en la época (¿y ahora?) cualquier escritor «culto» y la inmensa mayoría de los lectores. Como Jesucristo, al morir dejaba tan solo un reducido grupo de discípulos y seguidores, que se empeñaron en difundir una obra que, en vida, fue publicada de modo azaroso (lo que contrajo su productividad), y de la que nadie se enteró fuera del círculo de lectores de los pulps. Hoy día, y al decirlo no pretendo hacer juicio cualitativo alguno, el nombre de Lovecraft es más conocido y leído que el de muchos coetáneos suyos distinguidos por la aureola del prestigio y los más importantes galardones literarios, de Dreiser a Faulkner, pasando por Fitzgerald. Se ha convertido en un icono de la literatura de terror, lo cual, como pasa con todos los iconos, también amenaza con sustituir al escritor real que sigue existiendo por debajo de la imagen que mitómanos e inconscientes en general quieren darnos ahora de él. Para mí, Lovecraft es una lectura fundamental de mi vida: un escritor sin duda con reconocibles tics que entiendo que pueden resultar molestos pero que encierra páginas de una fuerza sugestiva sin igual. Una fuerza literaria que, en su caso, y aquí doy la razón a los mitómanos, se beneficia de la formidable cohesión que envuelve el conjunto de relatos y alguna novela corta que componen su obra, cuyo núcleo central, al que voy a dedicar las siguientes líneas, se conoce como Mitos de Cthulhu.

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Audrey Hepburn se va a Francia: Charada y Dos en la carretera

La inmortal Holly Golightly de Desayuno con diamantesAl polémico Jean-Luc Godard se le debe una afortunada reflexión: señalar que toda película es, en el fondo, un documental sobre sus actores. Más allá de la mitomanía, que es una enfermedad cinéfila que se cura con el tiempo, no deja de ser una de las verdades más obvias sobre las que se organiza el cine: en la construcción de un personaje opera, tanto o más que lo que de él nos cuenta una historia, el poso interior que cada espectador posee sobre el actor que lo interpreta, no pudiendo disociar al uno del otro. Dicho así, es evidente que la afirmación de Godard se puede extender a la carrera entera de un intérprete: toda ella es una expresión documental de su vida, a disposición del apasionado por el cine. Hay carreras, además, que por su «concentración» (es decir, que no son excesivamente dilatadas en número de películas y que revelan una notable coherencia en la elección de los personajes por parte de sus protagonistas) se prestan especialmente a este seguimiento documental. Para mí, un caso emblemático y especialmente querido es el de Audrey Hepburn, maravillosa actriz cuya filmografía puede reducirse a 16 películas y una más a modo de epílogo: las comprendidas entre Vacaciones en Roma (1953) y Sola en la oscuridad (1967), más el añadido del film que rodó después de nueve años de ausencia de las pantallas, Robin y Marian (1976). Es decir, descuento las pocas películas que hizo antes de convertirse en una estrella y las dos o tres que rodó ya fuera de época y más bien a modo de colaboración. En esas 17 películas, Hepburn moduló un tipo de personaje caracterizado por una tierna combinación de dulce fragilidad e indómito carácter, al par que adornado por un desarmante contraste entre sofisticación y sencillez, a lo largo de una memorable galería que supo trascender el tópico «romántico» con el que pareció que iba a encasillarse en sus inicios (su talento, de todos modos, convirtió el tópico en arquetipo, algo que he defendido muchas veces que no es lo mismo) para abrirse a un complejo abanico de roles entre los que es difícil elegir un papel emblemático, aunque tiene varios: de la inolvidable Holly Golightly de Desayuno con diamantes a la jovencita madurada por el conflicto que la engulle de Guerra y paz, pasando por su vulnerable y a la vez firme ciega de Sola en la oscuridad o su melancólica pero todavía aguerrida lady Marian de la película de Richard Lester.

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Apunte VIII. ¿Quién ha visto el Pinocho de Benigni?

La vida es bella                              Pinocho: de Collodi a Disney

Cartel francés del Pinocho de BenigniPersonalmente, no he conocido eclipse más rápido y brutal que el de Roberto Benigni. La vida es bella (1997) alcanzó un éxito de crítica y público increíbles (y de paso tres Oscars, uno para él mismo como actor principal) que situó su nombre como un astro de enorme refulgencia… que resultó ser una estrella fugaz. No tardaron en llegar noticias de que emprendía un nuevo y seductor proyecto, nada menos que una adaptación del clásico nacional Pinocho, de Carlo Collodi. Pero el tiempo empezó a pasar y, en una era en que todavía Internet no era una herramienta tan natural como ahora, ni las revistas de cine ni los periódicos daban señal alguna de su inminente estreno, con el consiguiente desconcierto, hasta que llegó la noticia de que el film sí se había hecho, y estrenado mucho tiempo atrás, constituyendo un enorme fracaso, en todos los órdenes, tan grande que ni siquiera mereció el estreno en nuestro país: es más, a día de hoy, y salvo error por mi parte, todavía no conoce edición doméstica. Y todo ello pese a que, en su momento fue la producción de más alto presupuesto en su país, debido a la apuesta económica que hizo en ella la estadounidense Miramax, invirtiendo incluso en un doblaje (algo inhabitual en los Estados Unidos) para su estreno en tierras norteamericanas, con nombres ilustres como Glenn Close o John Cleese.

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En Viena, hacia 1900: Carta de una desconocida

Rescato una entrada muy antigua de mi blog (la décima en concreto, del 26 de septiembre de 2012) dedicada a la que considero una de las más grandes películas de todos los tiempos, y que acabo de volver a ver en un magnífico ciclo de cine clásico en Málaga. La he revisado a fondo, además de renovar su apartado gráfico, pero mantengo buena parte de lo que escribí en su momento.

Cartel original de Carta de una desconocida

Hacia el final de Carta de una desconocida, el músico Stefan Brand, arrasado por el pesar, pregunta a su fiel criado John, que lleva toda la vida a su servicio, si recuerda a esa mujer cuya misiva lo ha conmovido tanto, y éste, que es mudo, asiente y escribe en un papel: «Lisa Berndle». En mi memoria personal, supone el momento más emotivo de todo el cine que he visto en mi vida: el sobrio asentimiento de John, testigo en silencio de la vida de su amo, y por tanto de sus efímeros triunfos y de sus dolorosos fracasos, encierra la clave dramática de la historia. Ese silencio, esa imposibilidad para expresar en voz alta pensamientos, esa humildad natural del personaje, bañada en una conmovedora dignidad (basta este papel para otorgarle la inmortalidad al no menos humilde secundario Art Smith, víctima desconocida del maccarthysmo), es también la traducción del paso de Lisa Berndle por la vida de Stefan Brand: alguien en quien apenas se repara, un ser hecho de silencio y sombra, y a la sombra de Brand, pero para quien éste —que, en su condición de astro refulgente, la ignoró salvo una noche sublime que, sin embargo, también olvidó— fue el centro de su existencia. Es así que la tímida Lisa Berndle y el mudo John acaban siendo, en el curso de la historia, dos almas gemelas, los astros silenciosos que no se apartan nunca de la órbita de Brand, de ese un músico que desperdició, por hedonismo, su talento, de ese seductor de mujeres, de alguien que, en suma, no lo merece. ¿O sí…? Uno de los hallazgos estremecedores que proporciona la revisión de Carta de una desconocida, como suele suceder con todas las obras irrepetibles, es que obliga a revalorizar al personaje teóricamente mediocre, teóricamente incapaz de apreciar el amor o la lealtad que se le ofrecen porque sí, sin que él tenga que haber hecho el menor esfuerzo para conseguirlos. Seguir leyendo

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En Homonosapiens. Bartleby, el escribiente: «preferiría no hacerlo»

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En Homonosapiens: Bartleby, el escribiente: «preferiría no hacerlo»

Cada vez que escucho la frase «Preferiría no hacerlo», no puedo evitar que una expresión de perplejo júbilo asome a mi rostro y, acto seguido, me lanzo a escrutar con atención a la persona que acaba de pronunciarla. Ha podido ser en el curso de alguna aburrida reunión de profesores o la respuesta de un alumno a alguna orden o petición que le acaba de hacer el maestro (no me ha pasado nunca a mí, lástima) o una conversación sorprendida al azar en el autobús. Siempre me pregunto: ¿ha sido a propósito? Es decir, si la persona que la ha proferido es bien consciente de la genealogía de la frase y la ha pronunciado a modo de ironía tal vez dirigida solo a sí mismo o como reclamo intelectual destinado a encontrar algún alma que lo comprenda (sí, en este caso no puede excluirse el ánimo pedante: pero bienvenida alguna pedantería de vez en cuando). Por lo común, resultó ser mera casualidad (tampoco han sido tantas veces), salvo en alguna ocasión memorable. Y es que la frase, en principio, no parece encerrar más propósito que intentar eludir algún encargo no deseado sin que parezca una insolencia hacia la persona que se lo ha encomendado, y también sin mucha esperanza de conseguirlo. Pero hubo sobre la tierra (o sea, en las páginas de una ficción, con el tiempo siempre más reales que cualquier incidente «real» que haya sucedido nunca) un ser que esgrimió esa respuesta como verdadero ariete frente al mundo, aun bajo su apariencia atenuada, para negarse a aceptar las imposiciones con que aquel intentaba ordenar su conducta. Seguir leyendo

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Había una vez dos Pinochos

El Pinocho de Benigni

Edición del Pinocho de Carlo Collodi, con estupenda ilustración de Attilio MussinoComo sucede con tantos personajes del acervo literario clasificado «para niños», existen dos Pinochos. Uno es el imaginado por su creador, el italiano Carlo Collodi, publicado inicialmente por entregas en una revista infantil entre 1881 y 1883; el otro, el difundido por ese medio vampírico que es el cine, ante todo por Walt Disney, en una versión tan popular que sospecho que para muchos es la única conocida y, por lo tanto, real. Por supuesto, quienes admiran el libro original suelen odiar la adaptación de Disney, acusándola de traicionar el espíritu de su autor, de infantilizarlo hasta un grado intolerable y de convertirlo en un insufrible instrumento del puritanismo moral. Por mi parte, y puesto que no me cuento entre quienes exigen que las adaptaciones de un buen libro al cine sean absolutamente fieles al original (¿para qué la mera reproducción?, me he preguntado siempre), me encuentro ante dos magníficas variantes de una misma y atractiva historia. Es cierto que el libro (al que, como casi todos, accedí mucho después que a la película) ofrece la sorpresa de presentarnos —al menos hasta que el éxito y las imposiciones de una obra en entregas fue obligando a Collodi a moralizar a su criatura—, a un personaje de lo menos recomendable que pueda concebir la por lo común bienintencionada literatura para la infancia. Pero también lo es que la película, aun suavizando todas las aristas del libro, es un prodigio de inventiva y narración, de asombrosa exhibición de las posibilidades de ese objeto mágico llamado cine de animación que Walt Disney estaba construyendo, amén de exhibir un retrato del mal que da lugar a momentos tan puramente terroríficos que, para tanto padre pacato de todas las épocas, no encaja con el tierno público al que se supone que va dirigido. Ahí está el vínculo entre las dos obras: en su inesperada transgresión de lo convencional.

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Viaje dantesco del infierno a la gloria

Fragmento del cuadro de Domenico di Michelozzo La Divina Comedia ilumina Florencia, en el Duomo

La Divina Comedia —al igual que Los Cuentos de Canterbury de Chaucer, Gargantúa y Pantagruel de Rabelais o El Quijote de Cervantes— es una de estas obras que simbolizan el triunfo de la literatura moderna en lengua vernácula de sus respectivos países. Una de esas obras que para la mayor parte de los lectores parecen existir solo en los libros de texto y cuyo mero nombre impresiona tanto (o mejor dicho, se relaciona tanto con un tipo de literatura anclada en el tiempo y, por tanto, ilegible hoy día) que, salvo que el escolar de cada país correspondiente haya sido obligado a hacerlo en el colegio, no son leídas nunca. No soy distinto a los demás: también a mí me ha pasado. Sin embargo, siempre he tenido la sensación de que cerrarme a la obra de Dante Alighieri era cerrarme a mí mismo la puerta de una cueva del tesoro. Todas las glosas que he leído de la Comedia me señalaban que, de no hallarme ante un clásico remoto e intocable, no habría tenido nunca la menor duda en leerla, no en vano su trama la he frecuentado en multitud de películas, libros y tebeos: un viaje al Otro Mundo. En particular, he devorado con sugestión los muchos artículos que el escritor Jorge Luis Borges (el autor que me ha abierto más caminos literarios en mi vida) ha dedicado a la que considera la más alta obra literaria de todos los tiempos —en especial, sus Nueve ensayos dantescos—, de tal modo que antes de leerla ya me consideraba un iniciado en su magia. Este verano, y bajo el influjo inevitable de un viaje a Italia (y a la amada Florencia de Dante), por fin, tras varios intentos previos, he completado la lectura íntegra de la obra. Mi intención al escribir este artículo, por supuesto, no es la de analizar la misma (para lo que no estoy preparado), sino referir a quienes tomen en sus manos, dubitativos, libro tan reverente por qué leerlo es mucho más que un mero ejercicio de arqueología literaria. Tratar de contagiar, en fin, mi propio entusiasmo.

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A vueltas con La vida es bella

Poster español de La vida es bellaNo hay como revisar películas que, en el momento de su estreno, se ven acompañadas de un ruido tan excesivo que resulta muy difícil abstraerse de él. Sin lugar a dudas, La vida es bella constituye un ejemplo emblemático. El film constituyó un enorme éxito comercial tanto en su Italia natal como en el resto del mundo, gracias al respaldo de la poderosa distribuidora estadounidense Miramax, cuyo cénit estuvo marcado por la obtención de tres Oscars de Hollywood, un logro inédito hasta entonces para un film no hablado en inglés por cuanto no solo consiguió el de mejor película extranjera sino también el de mejor actor protagonista (para Roberto Benigni, alma máter del proyecto) y banda sonora (Nicola Piovani). Ahora bien, la polémica bañó su estreno por doquier, al considerarse que se atrevía a tratar bajo una óptica de humor un tema tan serio como el Holocausto: hete aquí una de las primeras ocasiones en que el imperio, hoy por desgracia omnímodo, de la corrección ideológica dirigió sus garras hacia una obra artística (y gracias a Dios que no existía Twitter…). En cualquier caso, es evidente que, entonces y ahora, La vida es bella es una película que apuesta por no dejar indiferente. Y no por el «atrevimiento» en abordar tema tan delicado desde una óptica que a los más delicados (valga aposta la redundancia) pudiera ofender, sino porque su entramado dramático tensa hasta el límite de lo admisible la famosa suspensión de la credulidad. La vida es bella pretende emocionar a toda costa, y este propósito, ya se sabe, puede resultar admirablemente digno o bochornosamente enojoso. Yo mismo, cuando la vi en cines en aquel lejano enero de 1999 en que se estrenó en España, caí rendido por completo, y sin embargo a lo largo de las casi dos décadas que he tardado en volver a verla (y precisamente por ello) he ido sospechando que no me despertaría el mismo sentimiento. La revisión ha confirmado mis sospechas, aun cuando todavía guarde la gratitud que entonces me despertó el cineasta y reconozca no solo que posee momentos magníficos sino que encierra un admirable hálito de nobleza.

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Damas, vagabundos, dálmatas, aristógatos y demás mascotas Disney

Espaguetis con albóndigas, romanticismo entrañable en La dama y el vagabundo

Posiblemente no exista ningún autor (ni estudio cinematográfico) como Disney que haya sabido difundir mejor el mito de la mascota como mejor amigo del hombre. Personalmente, no he sentido nunca esa necesidad de tener cerca un animal como compañía (no digamos ya como depositario de amistad), pero la magia de las ficciones estriba en hacerte capaz de sentir por delegación sentimientos y emociones que en la vida cotidiana nos están vedados. Por otro lado, dentro de los dos vectores en que Walt Disney dividió su filmografía (la ilustración de cuentos clásicos «para niños»; las historias protagonizadas por animales), es evidente la notoria predilección que tuvo por el segundo de ellos, no en vano incluso las películas pertenecientes al primero desbordan de personajes del mundo animal que rinden notables servicios a héroes y heroínas (Blancanieves, La Cenicienta, Merlín el encantador). Disney fue uno de estos admirables autores que supieron encontrar lo grande dentro de lo pequeño: que nos demostraron, de hecho, que no existen personajes o historias o planteamientos pequeños, sino formas de mirar que adolecen de una simplista pequeñez. En unos casos dándoles características antropomórficas (sus emblemáticos Donald y Mickey, el cual, no se olvide, y por delirante que sea a poco que se piense, tenía a un perro por mascota, Pluto); en otros, manteniendo su específica apariencia animal (Bambi o las mascotas que justifican este artículo). Pero siempre, resultando casi más humanos que los humanos.

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A través del desierto, de Karl May: Old Shatterhand en tierras del Islam

La saga del Oeste

A través del desierto, en la estupenda edición de Reino de CordeliaUn joven alemán recorre tierras muy lejanas de su hogar, viviendo toda clase de aventuras mientras atraviesa desiertos, cruza llanuras y remonta ríos. Se llama Karl, pero todos lo conocen por un sonoro apelativo cuyo eco recorre el salvaje territorio como una leyenda. Es fuerte y audaz: de un solo golpe es capaz de derribar sin sentido a un hombretón hecho y derecho. Cabalga un caballo que no conoce igual, y dispara, con sobrenatural precisión, dos armas con las cuales se vuelve invencible, un enorme «mataosos» y una carabina de repetición Henry. Es un rastreador sin igual, hasta el punto de ser capaz de identificar la montura coja que cabalga dentro un grupo, y acertando la pata lisiada. Se expresa con facilidad en los idiomas de los pueblos indígenas con los que convive y siente un profundo respeto por su cultura, lo cual le vale la simpatía de todos aquellos hombres de bien con quien se cruza y con quienes forja amistades hasta la muerte. Sin embargo, mejor aún es su encuentro con los hombres de corazón mezquino y alma traicionera, a los cuales sin embargo sabe cómo humillar o como hacer que acaben bailando en su mano, pues sabe estimular como nadie la vanidad ajena en beneficio propio. Si añado que el escritor que narra sus aventuras es el alemán Karl May, sin duda muchos de los incondicionales de la literatura de aventuras pensarán que estoy hablando del más emblemático de sus personajes, el westman Old Shatterhand, protagonista de la más famosa de las sagas del autor, la que lo une con Winnetou, el noble jefe de los apaches. Pues bien, no. El personaje que he descrito líneas arriba vive en las páginas de la excelente novela A través del desierto, los territorios que cruza son el norte de África y el Oriente Medio, y los hombres con quienes forja amistad o enemistad son los creyentes del Islam. Y el apelativo por el que se estos lo conocen es el de Kara Ben Nemsi, o sea, Karl, el hijo de los alemanes.

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Apunte VII. Spiderman: Homecoming. El Hombre Araña vuelve a casa

Spiderman de Andrew Garfield                 Spiderman, personaje de tebeo

Poster de Spiderman HomecomingEl estreno de Capitán América: Civil War (2016) confirmó los rumores publicitarios: Spiderman iba a aparecer en ella, lo cual suponía el regreso a su casa, a Marvel Studios. Recuérdese que los derechos tanto del trepamuros como de los X-Men, los personajes que iniciaron el reinado marvelita, habían sido vendidos en su día a Sony y Fox respectivamente, de ahí que hasta ahora permanecieran fuera del cohesionado Universo Marvel Cinemático que, organizado en torno a Los Vengadores, manda ahora mismo en las pantallas del mainstream. Consecuencia del acuerdo con Sony, la participación del bueno de Spidey en el tercer Capitán América respondía a un mercantilismo bastante reprochable: una intervención «especial» cuyo evidente objeto era promocionar el inmediato lanzamiento en solitario (tercer Spiderman que nos proponen en quince años, por cierto). Pues bien, dentro de lo que cabe, nos encontramos con varias sorpresas. El personaje aparecía rejuvenecido, en manos de un actor, Tom Holland, que sí parece un chico con mentalidad de high-school, es decir, sin las «oscuridades» del trepamuros del previo díptico The Amazing Spiderman. Es más, el mismo Tony Stark, Iron Man, es quien lo reclutaba para reforzar su grupo de héroes que se enfrentaba al del Capitán en dicho film, y le proporcionaba su famoso traje (!). Nueva sorpresa: la normalmente anciana tía May era encarnada por la encantadora Marisa Tomei, una actriz deliciosa y con radiante aspecto juvenil (aun habiendo superado ya los 50). Y durante el combate que implica a Spidey en la película, sus intervenciones rezuman buen humor y dinamismo, dos características del personaje frecuentemente olvidadas en el cine. Traducción: el objetivo se lograba con creces; daban ganas de ver más del personaje.

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La galería de inadaptados de Horst Buchholz

La turbia fotogenia de Horst BuchholzQuizá fuera el impacto generado por la figura de James Dean lo que cambió el paradigma del actor joven en el cine mundial. En su estela, en esos irrepetibles años situados en torno al cambio de década, de los 50 a los 60, y en distintos países del mundo, fueron apareciendo una serie de apuestos intérpretes de turbia fotogenia e intenciones ambiguas, de los que lo más sensato era no fiarse. Es el caso de los franceses Alain Delon y Jean-Pierre Belmondo, del inglés Albert Finney, del polaco Zbigniew Cybulski, incluso a escala modesta de nuestro Julián Mateos, recientemente reivindicado por el gran Carlos Aguilar. En Alemania surgió el nombre de Horst Buchholz, un joven intérprete que apuntaba maneras de gran estrella y que enseguida alcanzó proyección internacional, encadenando diversas producciones de alto nivel, a las órdenes incluso de grandes como Billy Wilder. Nunca fue un gran actor; es más, incluso en sus mejores interpretaciones no suele faltar algún momento en que, sencillamente, no aguanta el plano. Sin embargo, confieso sentir cierta simpatía por él, pues lo asocio a varias películas no precisamente míticas pero de enorme interés, en las cuales interpretó, despertando siempre una gran empatía con el espectador, el mismo papel: el del joven inadaptado que, pese a sus esfuerzos por enderezar su destino torcido, acabará plegándose al infortunio. En concreto, quiero reivindicar tres títulos: el ignoto y extrañísimo film alemán Das Totenschiff (1959), traducible como La nave de los muertos; el thriller británico que lo reveló fuera de su país, La bahía del tigre (1959) y una producción estadounidense de gran presupuesto, que gira insólitamente en torno al asesinato de Gandhi, Nueve horas de terror (1963).

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Debilidades personales (II). Amour fou a la española: A los que aman y El invierno de las anjanas

Patxi Freytez y Olalla Moreno, la pareja protagonista de A los que aman

Esta segunda entrega de la serie que he titulado Debilidades personales sin duda responde más que ejemplarmente al espíritu con el que la concebí: el elogio y la reivindicación de películas no amparadas por el manto del reconocimiento general o por el capricho particular de la mitomanía. Opciones personales, que uno sospecha que son difíciles de compartir, pero que no por ello dejan de resultar muy especiales para quien esto escribe. Y en este caso más, porque se trata de dos películas españolas, no muy lejanas en el tiempo, que destacan por proponer, de modo insólito en nuestras latitudes, una exaltación del amour fou, del cine romántico de época en su cualidad más íntimamente germánica, inflado por tanto de retórica literaria en el dibujo de personajes y, sobre todo, en la plasmación de los diálogos. Se trata de A los que aman (1998), de la luego consagrada Isabel Coixet, y El invierno de las anjanas (1999), por el contrario la única película hasta la fecha de Pedro Telechea. Dos películas con un sentido del riesgo considerable, que sus autores asumen hasta la médula, comprometiendo por completo la verosimilitud de lo que narran sin guardarse las espaldas con el fácil colchón de seguridad de la ironía o el distanciamiento (lo cual suele ser el disfraz de la más indigna cobardía), sino bien al contrario: quemando las naves con gallaría. Dos películas, por tanto, sobre cuyas imágenes flota en más de una ocasión, no lo niego, la posibilidad de incurrir en el ridículo más desatado. Pero también dos películas, al menos para mí, muy especiales. Y que en su día muy pocos fuimos a verlas. Seguir leyendo

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