En Homonosapiens. Bartleby, el escribiente: “preferiría no hacerlo”

Working Title/Artist: Edward Hopper: Office in a Small City Department: Modern Art Culture/Period/Location: HB/TOA Date Code: Working Date: photography by mma 1979/89, transparency #11ad scanned and retouched by film and media (jn) 5_16_07

En Homonosapiens: Bartleby, el escribiente: «preferiría no hacerlo»

Cada vez que escucho la frase «Preferiría no hacerlo», no puedo evitar que una expresión de perplejo júbilo asome a mi rostro y, acto seguido, me lanzo a escrutar con atención a la persona que acaba de pronunciarla. Ha podido ser en el curso de alguna aburrida reunión de profesores o la respuesta de un alumno a alguna orden o petición que le acaba de hacer el maestro (no me ha pasado nunca a mí, lástima) o una conversación sorprendida al azar en el autobús. Siempre me pregunto: ¿ha sido a propósito? Es decir, si la persona que la ha proferido es bien consciente de la genealogía de la frase y la ha pronunciado a modo de ironía tal vez dirigida solo a sí mismo o como reclamo intelectual destinado a encontrar algún alma que lo comprenda (sí, en este caso no puede excluirse el ánimo pedante: pero bienvenida alguna pedantería de vez en cuando). Por lo común, resultó ser mera casualidad (tampoco han sido tantas veces), salvo en alguna ocasión memorable. Y es que la frase, en principio, no parece encerrar más propósito que intentar eludir algún encargo no deseado sin que parezca una insolencia hacia la persona que se lo ha encomendado, y también sin mucha esperanza de conseguirlo. Pero hubo sobre la tierra (o sea, en las páginas de una ficción, con el tiempo siempre más reales que cualquier incidente «real» que haya sucedido nunca) un ser que esgrimió esa respuesta como verdadero ariete frente al mundo, aun bajo su apariencia atenuada, para negarse a aceptar las imposiciones con que aquel intentaba ordenar su conducta.

Se trata de un joven de aspecto pálido y expresión impenetrable, que un día se presenta en el despacho de un próspero abogado de Nueva York para trabajar como escribiente suyo. Un hombre que alega llamarse Bartleby, sin especificarse nunca si es nombre o apellido, y cuyas primeras semanas en su nueva ocupación parecen indicar que se trata de un empleado ejemplar, que rinde a satisfacción sin expresar un solo murmullo de descontento. Hasta que un día, cuando su jefe le pide que le ayude a comprobar la exactitud de una copia documental que han realizado, le responde: «Prefería no hacerlo». Y, desde luego, no lo hace. Desde ese momento, y cada vez con mayor frecuencia, Bartleby deja de cumplir las órdenes o indicaciones de su empleador, refugiándose una y otra vez detrás de esa expresión cuya mecánica repetición acaba revistiéndola de un misterioso carácter de talismán, de tabú, hasta que llega un momento en que deja de hacer cualquier actividad, pero sin abandonar nunca la mesa de trabajo que le dieron el primer día. Es más, sin querer abandonar en modo alguno el lugar con el cual parece haber decidido fundirse, de tal modo que el perplejo abogado primero lo deja por imposible y luego, al ver que es imposible deshacerse de él (y no desea en ningún caso hacer uso de la fuerza legal, o de cualquier tipo), se plantea si quien tendrá que irse no sea él mismo.

El cuento que narra esta misteriosa y fascinante historia se llama Bartleby, el escribiente (el autor decidiría poco tiempo después incluso acortarlo, reduciéndolo al nombre de su protagonista). Lo escribió Herman Melville, el escritor estadounidense del siglo XIX que pervive en las páginas de la historia literaria por uno de esos libros a los que el tiempo ha convertido en clásico incontestable, y que por eso, creo, pocos leen: Moby Dick. El cuento es posterior. El fracaso comercial de esta obra magna a la que dedicó tantos esfuerzos —la tirada inicial jamás llegó a venderse del todo y acabó ardiendo en un incendio de los almacenes de la editorial— le decidió a intentar prolongar su relación con la literatura mediante obras de magnitud aparentemente menor: relatos y novelas cortas. Cuando hablo de magnitud, me refiero a sus páginas, porque la densidad que contienen obras tan complejas como Billy Budd, Benito Cereno, o la que hoy me ocupa, no es menor que la dilatada fábula sobre la ballena blanca. Bartleby es hoy lo que se llama «obra de culto», es decir, un relato no excesivamente conocido ni leído pero reverenciado por quienes han penetrado en su aparentemente impenetrable entraña. Borges, por ejemplo, consideró que anticipa el mundo insano de Kafka, con esas pesadillas que se caracterizan por narrar el asunto más ilógico por medio de la lógica más absurda. Otro escritor más o menos contemporáneo, Nathaniel Hawthorne, había escrito veinte años atrás un cuento, Wakefield, que pertenece a la misma familia de Bartleby (incluso en su elección de un título nominativo) al centrarse en un individuo de comportamiento no menos alienante y enigmático que el creado por Melville. La lectura sucesiva de estos dos relatos proporciona un mayúsculo placer literario: es decir, nos revuelve por dentro, nos obliga a perder por un momento la indiferencia ética con que preferimos movernos por el mundo aparentando hacer lo contrario. Y animo a leer también los dos artículos que he dedicado a cada uno de los cuentos en la revista Homonosapiens, añadiendo acto seguido, a modo de recordatorio, el segundo de los dos enlaces:

Wakefield y otros hombres que se perdieron

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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