Ciudadano Kane El cuarto mandamiento Sed de mal Campanadas a medianoche
En algún momento de nuestras vidas, Ciudadano Kane dejó de ser la mejor película de la historia del cine, o por lo menos la película con mayor vitola de genialidad del mundo, y se convirtió en una especie de molestia. Un ejemplo. En el año 2010, en sus números 401 y 402, la mejor revista de cine de este país, Dirigido por…, dedicó un dossier a Orson Welles y se vio «obligada» a incluir dos artículos sobre su ópera prima, uno defendiendo la perennidad de sus valores, el otro cuestionándolos. ¿Cómo es posible que este film, que tantas páginas encomiásticas mereció, se haya convertido en la película que parece exigir más justificaciones al hablar de ella? Tal vez porque con ella todos arrastramos un pecado original. ¿Puede existir alguien a quien Kane no le haya gustado la primera vez? Es decir, si esa primera vez fue a una edad que los cinéfilos todavía podemos llamar de la «inocencia». Mi caso es como el de todos: la palabra fascinación se revela muy pobre para explicar aquella experiencia vivida con once o doce años, y solo puedo compararlo con la que sentí al leer, más tarde, Cien años de soledad, y descubrir que la narración literaria no nace «sola», sino que alguien decide cómo contarla. Y sin embargo, yo también, al ir revisándola, no puedo evitar advertir, con tristeza, que las películas «cambian»: claro, somos nosotros los que hemos cambiado al volverla a ver. Cuentan que, a llegar a Hollywood en 1940, Welles, con tan solo 25 años, exclamó que el cine era «el más maravilloso tren eléctrico con que se puede jugar». Tal vez ahí esté la clave: llega un momento en que dejamos a un lado los juguetes que tanto nos hicieron disfrutar. Pero tengamos cuidado: porque si alguna vez nos da por mirar en ese trastero de la memoria donde los abandonemos, tal vez volvamos a sentir, desde «el invierno de nuestro descontento», cuánto gozamos con él. Estremece pensar que ese insolente mozalbete al que, por una vez, Hollywood le dejó hacer lo que le vino en gana, anticipara esa sensación que todavía, por edad, no podía sentir, y construyó en torno a ella la clave de su película. Solo que él la llamó Rosebud.