El camino, entre ¡Qué verde era mi valle! y Guillermo Brown

Portada de El camino, en destinolibroPor mucho que yo sea un apasionado de la relectura, nunca creí que volviera a sacar El camino del fondo del estante en que lo dejé después de los lejanos días del bachillerato; es más, ni siquiera había leído ningún otro libro de Miguel Delibes. El recuerdo que guardaba  era grato pero superficial, como propio de la historia que se deja leer en su momento pero sin especial estímulo. En principio, tan polvoriento rescate no se debía más que al escrúpulo que tengo por conocer, en lo posible, o recordar, en este caso, los libros cuyas adaptaciones al cine veo, con objeto de situar bien los méritos artísticos (no soporto las críticas que se los adjudican invariablemente al adaptador —por supuesto si lo consideran un «autor» excelso—, como por ejemplo, sucedió en su día con muchos comentarios acerca de la sobrevalorada versión que Martin Scorsese hizo de la excelente novela de Edith Wharton La edad de la inocencia, de tal modo que parecía que el cineasta también había escrito también el libro), y hace poco he repasado la bonita película que sobre el libro de Delibes hizo Ana Mariscal en 1963. Contaba con hacer una lectura más bien ligera, casi un picoteo, y sin embargo me he sorprendido deteniéndome cada vez más placer en los diversos episodios que lo componen, hasta el punto de ir sintiendo una progresiva admiración, sobre todo en su excelente segunda mitad. No en vano, en sus mejores momentos (sobre todo, en su excelente segunda mitad), he encontrado en ella una inesperada, y entrañable, evocación de dos obras por las que siento particular devoción: una película amada hasta la pasión, ¡Qué verde era mi valle! (1941), del genial John Ford, y un universo literario que, desde la infancia, me ha acompañado toda la vida, el del niño inglés Guillermo Brown, creación de la maravillosa Richmal Crompton.

Como ¡Qué verde era mi valle! —es decir, aclaro, y aun cuando sea la película mi referente emocional, como planteó el autor de esta novela, Richard Llewellyn, que publicó en 1939, con enorme éxito—, El camino versa acerca de la recapitulación que el personaje protagonista realiza de la vida en su pueblo natal (ubicado también en un valle, en este caso del norte de España), justo cuando está a punto de abandonarlo. Su mirada, por tanto, está henchida de una fuerte nostalgia, puesto que casi cada acontecimiento sucedido dentro de él diríase una pieza imprescindible para la cabal comprensión de las vidas de sus gentes humildes (humildad asociada a la complejidad, relación que en este caso trazo entre Delibes y el director Ford, especialista en dotar de una misteriosa densidad psicológica a las gentes más sencillas). Hay una diferencia, eso sí: el narrador de la historia de Llewellyn es un hombre adulto que se marcha del valle porque este ya no ofrece las posibilidades de subsistencia de antaño; el de El camino es un niño de trece años, Daniel el Mochuelo, al que su padre envía a la ciudad para estudiar el bachillerato: en términos de ese progenitor (que Daniel ni comprende ni acepta), para «progresar». Eso sí, en un caso y otro las peripecias se filtran bajo la misma mirada infantil (en la película, el protagonista Huw era objeto de una inolvidable interpretación por parte del actor-niño Roddy McDowall), lo cual, como es natural, condiciona totalmente la perspectiva que se ofrece del mundo rural, idealizado por completo para el Mochuelo.

guillermo-el-proscrito_thumbEn cuanto a las historias de Guillermo Brown —esa cumbre literaria del siglo XX que desgraciadamente va siendo olvidada poco a poco pero que, mientras quede vivo alguno de aquellos a quienes nos ha dado luz y conocimiento de nosotros mismos en todas las edades, siempre tendrá encendidos defensores—, lo primero es señalar que, como este con respecto a su entrañable pandilla de Los Proscritos, Daniel siempre anda en compañía de otros dos zagales (sus amigos Roque, el Moñigo, jefe por edad y, sobre todo, por vigor y carácter, y Germán, el Tiñoso), con los que vive toda clase de peripecias mientras contempla el tantas veces incomprensible mundo de los adultos. Como Richmal Crompton (hay que recordar que este nombre, tan aparente y pomposamente masculino, pertenecía a una mujer: una mujer que, de modo memorable, supo contar como nadie las aventuras intensamente masculinas de unos niños), Delibes sabe asumir con la misma natural facilidad, sin que se note el esfuerzo de caracterización, el punto de vista de los niños, en especial esa particular manera de razonar siempre implacablemente guiada por la lógica, aun cuando sea una lógica infantil que a los adultos, olvidados ya de que una vez también fueron niños, les parezca absurda y pueril.

El camino es una de estas novelas que tienen la admirable cualidad de poder ser entendidas por los niños y disfrutadas por los adultos, por cuanto saben cómo tratar a cada uno de sus lectores, y crecer con ellos. En cuanto al primer nivel narrativo, resultan particularmente regocijantes varias de las barrabasadas protagonizadas por los tres amigos: su gamberrada al quemar al gato de la irascible Guindilla mayor concentrando la luz solar con una lupa a través del escaparate tras el cual dormita; o aquella otra en que aguardan el paso del tren rápido, en el túnel, haciendo de tripa (vamos, cagando: es parte imprescindible del reto viril), que acaba con sus calzones destrozados por el paso de la máquina y ellos obligados a volver al pueblo con el culo al aire. Travesuras todas tras las que acaban de rodillas, en clase, sometidos por su profesor al castigo de sujetar en vilo los tomos de la Historia Sagrada («con sus cien grabados a todo color», subrayará Daniel, como si cada uno pesara como una piedra).

Ahora bien, el episodio más «guillermino» es aquel en que, como el niño inglés (muy amigo de cambiar el rumbo sentimental de los adultos que le rodean, sobre todo sus incautos hermanos), urde el plan de buscarle una novia al severo maestro, que además sea la hermana de Roque, el Moñigo, con el propósito de aprovecharse luego de la supuesta benevolencia con que, a partir de ese momento, supuestamente contemplará a su cuñado y a los mejores amigos de este. El meticuloso trazado del plan (de un absurdo rigurosamente lógico, como se ha dicho) por parte de Daniel, el más inteligente del trío, y el jocoso desarrollo de la trama hubieran sido aplaudidos por la genial escritora inglesa.

Que verde era mi valle, version de John FordEl camino (1950) fue la tercera novela publicada por el autor, y la que encarriló definitivamente su carrera literaria. A la vez, es la primera ambientada en ese universo rural que se asocia de modo natural con el autor, si bien hay que señalar que la diversidad (de ambientes, de género, de tono) que se encuentra en sus libros desborda sobradamente esos límites. Aun así, novelas tan notorias como Las ratas (los críticos suelen coincidir en que se trata de su obra maestra) o Los santos inocentes (sobradamente conocida, aunque no sé si leída, gracias a la película de 1983) ratifican la importancia de ese espacio dentro de la obra del autor.

La mirada que Delibes arroja sobre el mundo rural desborda simpatía, incluso cariño, mas sin que eso implique, como podía temerse, que el escritor comparta ese antipático concepto que tanto recorre las letras españolas (y el conservadurismo ideológico de todas las épocas) tan bien expresado por el adagio «menosprecio de corte y alabanza de aldea». Esto es, la glorificación de lo rural como encarnación de los valores más profundos del hombre en contraste con la equivalente corrupción que implica el mundo de la ciudad. Desde luego, el rechazo que siente Daniel por ese «progreso» que identifica con la marcha a la ciudad en absoluto tiene que ver con este planteamiento, sino con su propio desconocimiento (y, como propio de un niño, su negativa a conocer algo que ignora si le va a gustar algo cuando tiene ante sí todo lo que le gusta: el universo infantil y el mito platónico de la caverna son equivalentes casi perfectos).

Y es que el gran mérito de El camino es su manera de hacer coincidir la sencillez expositiva del estilo con la mirada sencilla de su protagonista, Daniel el Mochuelo, sin pretender en ningún momento ceñirse exclusivamente al punto de vista infantil: para eso, Delibes hubiera utilizado el relato en primera persona, como haría en otras novelas. Así, la novela avanza con tranquila fluidez, describiendo en términos breves pero clarificadores a cada personaje, componiendo un mosaico diverso de piezas que no están dispuestas al azar puesto que, como el mismo protagonista irá comprendiendo a medida que su reflexión avanza, cada una de ellas deviene una pieza insustituible dentro de esa rica historia de personas (esa intrahistoria, por decirlo en términos unamunianos) que compone su pueblo.

Antonio Casas, Asuncion Balaguer y el nino Jose Antonio Mejias en El camino, de Ana MariscalAsí, para Daniel (para el autor), que todos ellos sean imprescindibles no quiere decir que no los examine bajo una mirada adecuadamente crítica, comenzando por ese mismo padre al que los años de sacrificio para que hijo sea lo que él no ha podido ser tienen la desgraciada consecuencia de agriarle el carácter, de bañarlo de una severidad distante con respecto a un hijo que habría preferido el cariño antes que el progreso. Desde luego, no es Daniel quien templa los defectos de sus vecinos, sino que bien al contrario —con la naturalidad que da haber convivido con ellos desde siempre— los refiere como parte sustantiva de su naturaleza, sin que ni siquiera eso convierta a aquellos en quienes son más ostentosos en seres indeleblemente negativos.

En este sentido, destaca un personaje, el de la solterona beata y timorata apodada la Guindilla mayor, autoproclamada conciencia moral del pueblo, que no para de fastidiar al cura con increíbles remilgos de conciencia (el colmo: acusarse de que, de haber sido inglesa, sería tan hereje como todos los nacidos en las isla británicas). En realidad, esos continuos apremios al sacerdote —al único hombre al que puede acosar sin que parezca inmoral— lo que dejan entrever es una profunda necesidad de cariño, y Delibes le concede el descubrimiento del amor «de verdad» cuando ya parecía del todo estéril para la vida. Ahora bien, y es buen detalle de la ecuanimidad del autor hacia sus personajes (siempre he pensado que este rasgo diferencia al buen escritor del malo), y del consiguiente respeto por el lector, esto no la hará más simpática: así lo indica el agrio tratamiento, sopapos incluidos, con que obsequia a su nueva hijastra, después de que esta haya estado desaparecida durante unas horas el mismo día de la boda. Eso sí, no lo hace por crueldad sino, alega, porque ahora que es su madre debe comenzar desde el primer momento a educarla…

El camino, en version Ana MariscalLa mirada comprensiva del autor hacia sus personajes responde a ese humanismo cristiano que tanto suelen citar los analistas del autor (recuerdo a Fernando Lázaro-Carreter, en su entrañable manual de literatura de COU, que tanta huella y tan buenos conocimientos me dejó), y que en la novela tan bien simboliza, precisamente, el personaje del cura, don José (cuyo nombre Delibes suele acompañar del epíteto «que era un gran santo», pero no con pretensiones homéricas sino domésticas). Precisamente, el humor tierno (a ratos ácido, pero nunca sarcástico) es otra de las cualidades que traban la amistad entre novela y lector, y que tiene buen ejemplo en ese conjunto de motes que identifica a cada habitante del pueblo, sustituyendo a su nombre de pila. No puedo sino destacar dos, tan elaborados que casi desmienten la supuesta simplicidad rural: el maestro es don Moisés, el Peón, porque «avanza de frente pero come de lado», aludiendo al tic nervioso que le provoca una mueca recurrente en rostro, o el verdaderamente genial que lleva el padre del Tiñoso, Andrés, «el hombre que de perfil no se le ve» (por su delgadez, claro).

Es evidente que Delibes efectúa una elegía del mundo rural bañada en una inmensa simpatía. Elegía porque no puede ocultarse que el autor (a la altura de 1950, cuando estaba a punto de comenzar el éxodo rural que iría vaciando el interior de España) es bien consciente de que se trata de un mundo destinado a ir languideciendo, a poco que la juventud advierta que el futuro se encuentra lejos de allí. Miguel Delibes registra esa memoria emocional de Daniel con la misma sobriedad de carácter que se advierte ya en ese niño, un niño que tal vez intuye, con miedo, que alguna vez dejará de contemplar su pueblo con la misma devoción del presente, de esa noche en que lo recapitula todo con la voracidad del sediento que tal vez teme acabar saciado del agua (como muestra ese magnífico párrafo, en el último capítulo, en que, mediante el clásico y agradecido recurso de la enumeración emocionada, pasa revista a cuantos pequeños detalles del pueblo le resultan imprescindibles).

De hecho, él mismo advierte, hacia el final, que todo no puede ser inmutable, sino que deviene, que cambia. La muerte de su amigo Germán actúa como bisagra simbólica, como final de etapa, pero la transformación se ha ido produciendo ya desde antes, de modo sutil como es todo cambio provocado por el inevitable desarrollo de la vida. Y qué mejor ejemplo que el de esa pequeña, la Uca-uca (la hijastra de la Guindilla, precisamente), que desde que este tiene memoria lo sigue todo el rato con sus grandes ojos atentos, eterna enamorada (y celosa de la atracción de Daniel por la Mica, la joven y atractiva hija del indiano, por más que esta tenga diez años más que él: otra comparación con Guillermo Brown, siempre enamoradizo de muchachas que le sacan media vida), que habiendo sido constante fuente de irritación para él acaba siendo presencia confortable e incluso tierna. Ella será la última persona que aparezca del libro, y el sencillo y bonito diálogo final que los une (él le pide que nunca se quite las pecas, como quiere hacer su madrastra) equivale tanto a una bonita declaración de amor como a la constatación de que el ascetismo de la niñez queda atrás, al llorar….

El Delibes de los 50

Posdata. ¿Y esa película gracias a la cual he recuperado la novela? La persona que la dirigió (y co-escribió) es Ana Mariscal, que en las historias del cine español figura como la primera mujer que dirigió con continuidad dentro de nuestra industria (diez películas entre 1953 y 1968), si bien sin especial repercusión crítica ni mucho menos comercial. De hecho, este mismo título, aunque pudiera pensarse lo contrario por lo ilustre del original literario, tuvo muchas dificultades para estrenarse y en su día pasó completamente desapercibido, si bien hoy día pasa por ser un pequeño clásico de nuestro cine. Sin duda, y aun cuando la realización adolece de cierta mecanicidad y le falta ese sentido lírico que la historia permitía, resulta una película entrañable, en cuanto buena traducción de tan magnífico original, al cual, además, Ana Mariscal sabe hacer honor con un sentido de la modestia que impide la menor caída en la pretenciosidad o en lo que no quería hacer el autor, la fácil apología rural.

Como sucede con tantos títulos de los 50 y 60, la película se beneficia de uno de esos maravillosos repartos que tan fácil era reunir en su época. Eso sí, me permito destacar a dos actores: a Joaquín Roa en su fenomenal creación de don José, ese sacerdote un tanto carca pero a la vez dotado de una profunda comprensión del ser humano; y a Julia Caba Alba dando vida a la Guindilla mayor, especialmente memorable por cuanto no solo reproduce a la perfección ese registro de beata remilgada y rígida del personaje original sino que le añade (porque brotaba con naturalidad de la propia actriz) una ternura soterrada que impide que se le coja una total antipatía cuando sus actos así lo merecen, y que hace perfectamente coherente el romance final, ya de por sí sobriamente emotivo en el libro, con Quino, el Manco, que la humaniza en la novela.

Ahora bien, merece destacarse en especial la pareja infantil que encarna a Daniel el Mochuelo y a la Uca-uca (a la que la directora presta una especial relevancia dramática —no quiero parecer tópico, pero tal vez aquí se halle la cualidad de su mirada femenina—, lo cual, en mi opinión, supone su mejor aportación al trabajo de adaptación). El protagonista fue encarnado por un actor, José Antonio Mejías, que luego no tendría continuidad dentro de la profesión pero que resulta verdaderamente magnífico en su sensible expresividad, incluso con su propia voz, algo extraño en esos días en que lo normal era que mujeres adultas doblaran a niños y niñas (y añado, por si pareciera que lo estoy criticando, de modo fenomenal: recuérdese a Matilde Vilariño, Selica Torcal o Mª Dolores Gispert, la voz de Pippi Calzaslargas). En cuanto a la Uca-uca, la niña elegida sí se convirtió en actriz adulta y de prestigio, Maribel Martín, pero ya aquí, a la tierna edad de nueve años, consigue componer uno de los mejores dibujos del amor incondicional que conozco en el cine.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El camino. Año: 1963

Director: Ana Mariscal. Guión: Ana Mariscal y José Zamit, según la novela de Miguel Delibes. Fotografía: Valentín Javier. Música: Gerardo Gombau. Reparto: José Antonio Mejías (Daniel, el Mochuelo), Maribel Martín (La Uca-uca), Joaquín Roa (Don José, el cura), Julia Caba Alba (La Guindilla mayor), Maruchi Fresno (La Guindilla menor), Antonio Casas (El padre). Dur.: 95 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a El camino, entre ¡Qué verde era mi valle! y Guillermo Brown

  1. Renaissance dijo:

    No había vuelto a pensar en este libro desee que entregué un resumen en el colegio, como parte del plan de lecturas. Olvidado y aparcado entre varias docenas de obras recomendadas, como lectora habitual del fantástico, no le había hecho demasiado caso pero me había quedado con la facilidad de lectura, el estilo rápido y asequible, y cierto punto de humor a veces muy bruto, a veces impredecible, que acompaña al entorno del Mochuelo.
    Lo cierto es que la comparativa con Guillermo Brown ha sido inesperada pero también acertada…en el fondo El camino es una versión un tanto más cruda de la campiña inglesa de Crompton.
    (Ahora, como teoría inesperada entre libros, ¿Y si Manolito Gafotas fuese descendiente de Daniel, una vez instalado en Madrid?)

    • A mí tampoco me había ocupado un solo pensamiento en décadas… de ahí la sorpresa que me ha supuesto descubrir que me decía cosas que no esperaba (y que podía relacionarla, sin complejos, con obras a las que vuelvo continuamente). El descubrir un trasunto rural de los Proscritos no ha sido poca cosa.

      En cuanto a Manolito Gafotas, no he leído nada suyo (y no es excusa el que sea un libro de diferente “generación” a la mía, porque tengo buenas referencias), de modo que lo anoto para el futuro.

  2. Marajjos dijo:

    Donde fuera leí que la auténtica patria de un hombre es su niñez. Podría aplicarse a los libros que has comentado aquí.
    A mí de Delibes en el Instituto me tocó cinco horas con Mario, el camino le tocó estudiarlo a un hermano. Entonces lo leí y me gustó mucho. En casa conocíamos a Delibes por Diario de un cazador y Diario de un emigrante, es un autor que le encanta a mi padre. Que curiosamente, encaja un poco en el perfil de Mochuelo.
    Y al Guillermo de los libros de la editorial Molino lo conocí cuando me lo regalaron estando convaleciente de una fractura de pierna. Era el personaje de una serie británica que echaban en la tele en aquellos días, y supongo que la editorial aprovechó el tirón. De la serie no recuerdo nada, pero el libro me entusiasmó tanto que después leí varios más. Apuntas que resulta curioso que una mujer sepa retratar un universo tan viril como el de semejante torbellino de niño, ¿quizás porque lo aborda desde la perspectiva una madre? Sin pretender cosificar por géneros, pero me parece evidente que la percepción psicológica del mundo infantil siempre o casi siempre será más acentuada en la mujer.
    Definitivamente rejuvenezco cuando leo esta página, no puedo dejarla.
    Un saludo.

    • Marajjos, toda una responsabilidad (que asumo con gozo 🙂 ) de rejuvenecerte (de rejuvenecernos) recordando lecturas que forman parte de nuestra vida y, sobre todo, de nuestra niñez. Y unir “El camino” con Guillermo Brown ha sido un auténtico descubrimiento, que a mí también me ha trasladado a otro tiempo y a otras aulas, en una posición muy diferente a la que ahora ocupo dentro de la clase.

      Los libros de Guillermo se publicaban en España desde varias décadas atrás. La serie la emitieron en 1980, creo que sin mucho éxito (aunque, como entonces apenas había un par de cadenas, cualquier programa nuevo tenía una repercusión considerable), y eso sí, supongo que la editorial (Molino) sacaría nuevas ediciones de los libros. Yo ya llevaba años de lecturas de Guillermo, y la serie no me gustó mucho porque no encajaba con mi imagen visual de los personajes.

      En cuanto a mi reflexión sobre Richmal Crompton deriva del modo en que yo me identificaba por completo con la narración (es decir, con la manera en que ella se “introduce” en la mente de unos niños que ejercen claramente de niños, como sucede a esa edad), como si fuera “uno de nosotros”. De hecho, solo años después descubrí que era una mujer quien escribía; en cambio, Enyd Blyton, autora de “Los Cinco”, mi otra lectura de niños ingleses de la época, siempre me pareció mucho más blanda, más delicada, de ahí mi eterna afirmación que los Proscritos habrían odiado a Los Cinco nada más conocerlos (sobre todo al archiperfecto Julián, el hermano mayor). Daría algo por saber más cosas de Richmal Crompton, por tener alguna biografía suya: mis datos, los que incluyo en el artículo al que se enlaza desde aquí (https://lamanodelextranjero.com/2014/09/28/guillermo-brown-el-travieso-el-proscrito-el-genial/) , me indican que fue profesora, que perdió el uso de una pierna, que fue feminista, creo que no llegó a casarse nunca y que durante medio siglo acumuló libro tras libro para legarnos una saga inolvidable.

      ¡Un abrazo y gracias!

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