Ricardo Corazón de León: ¿rey de Leyenda o rey de la Historia?

Ricardo I, por Merry-Joseph BlondelInglaterra puede presumir de haber tenido a los dos reyes que mejor asociamos con el concepto de perfecto caballero medieval. Uno pertenece a la Leyenda, pues es el rey Arturo; el otro pertenece a la Historia, pero él se soñó siempre legendario, y tal vez murió con la amarga sensación de no haber respondido siempre al alto concepto por el que se tuvo. Se trata de Ricardo I, conocido como Ricardo Corazón de León, una figura sobradamente conocida pero no ya por los amantes de la Historia sino por los del cine y la literatura. De hecho, el concepto que tenemos de este soberano dista mucho de corresponderse con el real, puesto que ha engrosado con toda justicia la galería de seres conocidos mejor por su avatar en la ficción que por el que le cupo en suerte en su paso por el siglo. Los niños, al menos en una época de sesiones de cine clásico los sábados por la tarde, aprendimos a reverenciar su nombre porque así lo hacía el gran Robin Hood. En los libros, quienes leímos a Walter Scott (cuando se lo leía) también aprendimos a respetarlo, porque en dos de sus mejores novelas, Ivanhoe y El talismán, dejaba de ser un mero ideal y asumía un papel activo al lado de sus héroes centrales. Pero fue el cine el que definitivamente nos dio otro rey Ricardo, y no me refiero ya a aquellas películas que perpetuaron su imagen gloriosa (incluidas sus siempre salvadoras intervenciones en el ciclo de Robin Hood), sino esas otras en las que, no siendo ya la figura central de sus respectivas tramas (tal vez porque no fue tan importante como se nos ha hecho creer), se nos mostró al Ricardo imperfecto, egoísta, incluso antipático: humano. Sobre todos estos Ricardos quiero hablar en el siguiente artículo.

Y es que no cabe duda de que, recorriendo las más importantes apariciones de Ricardo en la ficción (literaria y cinematográfica), cualquiera puede hacerse una cabal idea de gran parte de su trayectoria vital, que me voy a esforzar por recorrer siguiendo la cronología de su existencia. Ricardo nació en Oxford en el año 1157. Su padre era el rey Enrique II Plantagenet; su madre, Leonor de Aquitania, dos de las figuras más interesantes que dio el medievo. Su infancia y juventud, lógicamente, estarían marcados por el fuerte carácter de ambos.

Ricardo y su rival Felipe II Augusto de Francia, en una miniatura de 1261Hay que recordar, porque asimismo condicionaría el reinado de Ricardo, el particular conglomerado de territorios que dominaba la dinastía a la que pertenecía. El bisabuelo de Ricardo había sido Guillermo el Conquistador, el duque de Normandía que tiene el mérito de haber sido el último invasor con éxito de Inglaterra, cuya corona consiguió en 1066. Ahora bien, precisamente por este ducado, los reyes ingleses se convertían en vasallos de los reyes de Francia, circunstancia esta que pesó durante todo el resto del medievo y que alcanzaría su punto culminante con la famosa Guerra de los Cien Años. Enrique II, rey entre 1154 y 1189, añadió a estos dominios una porción todavía mayor de tierra francesa: por un lado, las posesiones familiares de los Anjou (desde este rey, incluyendo a Ricardo, la dinastía pasó a ser conocida como «angevina» o Plantagenet, por el apodo que el padre de Enrique se ganó debido a la hoja de retama o planta genista, en latín, con que adornaba su tocado, como símbolo de humildad); por otro, el rico ducado de Aquitania, en el suroeste de Francia, aportado al matrimonio por la madre de Ricardo, la famosa Leonor.

Leonor de Aquitania, la llamada «reina de los trovadores», mujer de poderosa personalidad y refinados gustos culturales, fue esposa de nada menos que dos reyes: primero de Luis VII de Francia (que consiguió la nulidad de su matrimonio, tanto por la incompatibilidad de caracteres como por no darle más que hijas, y sabido es que en el reino galo la Ley Sálica vetaba el acceso al trono a las mujeres) y, acto seguido, y seguramente en buena medida por vengarse de la humillación que había sufrido, con Enrique II, el mayor rival del francés. Ahora bien, la relación entre ambos fue todavía peor, por mucho que Leonor le diera hasta ocho hijos a este soberano, entre ellos el mayor y heredero, Enrique, muerto antes que el padre, y los que serían los dos siguientes reyes de Inglaterra, los famosos Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra. Pues bien, todos los hijos se rebelarían contra el padre en algún momento, con frecuencia apoyados por la madre, a quien Enrique II acabó confinando en distintos castillos durante los últimos 17 años de su vida en común.

El cine ha dedicado dos películas a la figura de Enrique, y la gran curiosidad es que, tratándose de dos producciones completamente independientes, el mismo actor fuera seleccionado para darle vida en ambas ocasiones: Peter O’Toole. Las películas son Becket (1964) y El león en invierno (1968). La primera, centrada en el más famoso episodio de su reinado (su conflictiva relación con quien primero fuera su canciller y amigo, y después arzobispo de Canterbury y encarnizado enemigo, canonizado más tarde como santo Tomás Becket), escapa al propósito de este artículo. La segunda, entra de lleno pues contiene la aparición de Ricardo en su etapa más juvenil.

El leon en invierno, con Peter O'Toole y Katharine HepburnLa acción de El león en invierno se sitúa en la Navidad de 1183, en el castillo de Chinon (Francia), donde Enrique convoca a su familia: a sus tres hijos (Ricardo, Geoffrey y Juan; el heredero Enrique acaba de morir), al joven rey francés Felipe II Augusto (cuya hermana Alais vive en la corte angevina, pues es la prometida de Ricardo… si bien el ya maduro rey la ha convertido en su amante, a la vista de todos) y a su esposa Leonor. Los motivos del astuto Enrique son maniobrar de tal modo que se lleven a cabo sus deseos: otorgar la corona a su hijo favorito, el menor, Juan, en detrimento de Ricardo, a quien tiene por el delfín de su esposa, y darle también a Alais en matrimonio. Con estos interesantes mimbres, El león en invierno (magnífico título, a todo esto) se presenta como la clásica obra, de advocación shakesperiana, que escoge a unos personajes históricos sobradamente conocidos para efectuar una mirada sobre temas intemporales del ser humano: las relaciones de poder, la resistencia al envejecimiento, el papel del cariño o el odio en las relaciones familiares, etcétera.

Es una pena que, sin ser una película despreciable, el resultado final esté muy por debajo de lo que prometía, adoleciendo de inconveniente superficialidad, entre otras razones porque falta la atmósfera necesaria (pese a la extraordinaria banda sonora de John Barry) y adolece de una realización muy discreta, que deposita todo el peso de la dramaturgia en los actores, en especial en su pareja protagonista, por supuesto magnífica (O’Toole como Enrique y la inolvidable Katharine Hepburn como Leonor), aunque su sabroso duelo, como era de esperar, a ratos amenace con la exhibición de histrionismo.

El Ricardo que comparece en el film dista mucho del formidable Ricardo del mito. Se trata de un jovenzuelo más bien traicionero, embargado por un fuerte resentimiento hacia un padre al que culpa de no haberlo querido nunca, prefiriendo siempre a sus otros hijos (no extraña que, después, Ricardo y Juan se convirtieran en grandes enemigos). Sin embargo, el personaje no termina de convencer del todo, sin que ayude mucho, tampoco, la discreta interpretación del entonces joven actor que en el futuro se convertiría en uno de los intérpretes más prestigiosos del cine anglo-americano, nada menos que Anthony Hopkins.

Las Cruzadas, de 1935Ricardo ascendería al trono en 1189, como ya he señalado. Cuando lo hace, su renombre como guerrero ya es universal: su apodo de Corazón de León data de los primeros años de su reinado. Desde luego, su mera apariencia no dejaba indiferente. Era de buena estatura para la época, de cabellos rubios y rostro atractivo, que había heredado de su madre la atracción por la cultura, hasta el punto de componer versos él mismo. Pero por encima de todo, su vocación era la milicia, la guerra, y ya desde muy joven había destacado por sus cualidades para la estrategia y, sobre todo, por su enorme valor personal. Ricardo todavía perteneció a la estirpe de reyes que partían a la batalla encabezando a sus propias tropas, lo cual le ganó la adhesión inquebrantable de cuantos combatieron a sus órdenes. Lógicamente, la imagen que transmitía Ricardo es la de un guerrero de enorme virilidad, y sin embargo, desde mediados del siglo XX, diversos historiadores han ido señalando la alta probabilidad de que fuera homosexual. Se casó una vez, con la princesa navarra Berenguela, pero no tuvieron hijos (de hecho, apenas se vieron pues Ricardo, haciendo honor a la tradición familiar, se llevó muy mal con ella). Diversas fuentes señalan que entre él y el ya mencionado Felipe Augusto hubo algún tipo de relación amorosa (en El león en invierno esto se pone en labios del mismo Ricardo), por mucho que acabaran convertidos en enemigos irreconciliables por sus conflictos feudales y su antagonismo en la Cruzada.

La película que mejor se ciñe a la imagen mítica de Ricardo es Las Cruzadas (1935), dirigida por Cecil B. DeMille, por otra parte uno de estos títulos que justifican la fama que siempre ha tenido Hollywood de sacrificar la verdad histórica, en sus producciones del género, en beneficio de las exigencias estelares o narrativas. Y, desde luego, el film acumula tan considerable sarta de insensateces, que esto mismo acaba siendo uno de sus grandes atractivos. Al actor que encarnó a Ricardo, Henry Wilcoxon, hoy no lo recuerda nadie, si bien su rostro será familiar, ya a edad más madura, como actor secundario en muchas películas conocidas, por ejemplo del mismo DeMille. Este director intentó promocionarlo como gran estrella (ya le había dado el protagonismo masculino en su previa Cleopatra, de 1934), mas sin mucho éxito. Dentro del dibujo de Ricardo que hace la película (un percherón rudo e infantil, primario en sus alegrías y en sus enfados, en sus odios y en sus amores), Wilcoxon no lo hace mal, pues de todos modos DeMille prácticamente no exigía a sus actores (incluyendo a los estupendos que dirigió más de una vez, como Gary Cooper o Charlton Heston) más que poseer una apariencia bella y una estampa física formidable.

Henry Wilcoxon como Ricardo, y Loretta Young como Berenguela, en Las Cruzadas, de DeMilleA DeMille, muy popular durante muchas décadas y al que me parece que se le está olvidando poco a poco, se le vincula tenazmente con un tipo de cine-espectáculo, con profusión de medios y ambición, en el que desarrolló ante todo dos temas: la historia de su propio país y la glorificación religiosa, ya fuera mediante películas «históricas» del estilo de la que nos ocupa o mediante adaptaciones bíblicas, entre las que se cuentan sus películas más conocidas, como Sansón y Dalila (1949) o Los diez mandamientos (1956). Ahora bien, cualquiera que lo conozca bien sabe que, en realidad, y bajo la excusa argumental que fuere, lo que le interesaba realmente era el puro melodrama sentimental, la batalla de sexos (a veces de una osadía sado-erótica notable, como en el primero de los títulos antedichos) protagonizada por un hombre y una mujer iguales en cuanto a fortaleza de carácter, que al principio tienen que chocar y luego están destinados al amor más sublime.

Pues bien, Las Cruzadas se aviene a esta definición como anillo al dedo. En teoría, es la crónica de la más famosa de las Cruzadas, la tercera (1187-1191), predicada tras la caída la ciudad de Jerusalén (que había sido conquistada por los cristianos un siglo atrás, en el curso de la primera). También es conocida como la Cruzada de los Reyes por la participación de Ricardo y de Felipe Augusto, por no hablar de que el gran rival de los cristianos fue Saladino, otro soberano sobre el que ha descendido la leyenda, en este caso como paradigma de la nobleza islámica. Como se sabe, las desavenencias entre los jefes cristianos condicionaron el desarrollo de la empresa, que contó con un éxito rotundo (la conquista de San Juan de Acre, en donde se lució el mismo Corazón de León) pero que acabó de modo agridulce, con un acuerdo entre Ricardo y Saladino por el cual los peregrinos cristianos vieron garantizado su libre tránsito hacia los Santos Lugares. Eso sí, la Cruzada sirvió para consolidar la leyenda de Ricardo como el mejor caballero de la cristiandad: no solo no perdió uno solo de los combates en que participó, sino que su carisma y coraje resplandecieron con luz propio. Ricardo, desde luego, demostró en Palestina que había nacido para la guerra.

A DeMille esto le da igual: si Ricardo participa en la cruzada, toma Acre y pacta con Saladino, todo se debe… a la mujer. Para librarse de su promesa matrimonial hacia Alicia, la hermana de Felipe Augusto (en el film, porque no le gusta; en la realidad, como ya sabemos, porque había sido la amante de su padre), acepta ir a la Cruzada, tan pronto la Iglesia le garantiza que esa empresa exime a sus participantes de todo juramento anterior. Si el motivo real por el que se casó con Berenguela (en Chipre, camino de la Cruzada) fue por razones políticas concertadas por su madre, para reforzar sus posesiones en el sur de Francia, en la película lo hace porque su padre, el rey de Navarra, cual mercachifle, se lo pone como condición para abastecer de carne y grano a sus extenuadas tropas. Lógicamente, un matrimonio así no puede empezar bien, pero como era de esperar, y después de muchas escenas de pura comedia sentimental, el amor más absoluto los domina. Ahora bien, como el resentido Felipe exige a Ricardo que se separe de ella, bajo la amenaza de retirar a sus soldados y comprometer así la Cruzada, la muy noble Berenguela se deja malherir por los sarracenos, siendo salvada por el mismo Saladino, el cual ¡se enamora rendidamente de ella! De ahí que, en el final, el pacto histórico entre los dos hombres se produzca por el intermedio de esa mujer a la que ambos aman, y a la que, con elegancia, el musulmán deja volver con su auténtico enamorado.

El talisman, en Tus Libros AnayaMás de un siglo antes de esta película, el novelista al que se considera uno de los padres del Romanticismo, el escocés Walter Scott, ya había abordado la misma Cruzada en su novela El talismán (1825). Creador prácticamente él solo de la novela histórica en su sentido moderno, Scott convirtió a Ricardo en el verdadero protagonista de la historia, casi al par que su antagonista y a la vez inevitable amigo Saladino, erigiéndolos en modelo de caballeros, cada uno según su carácter. Es decir, Scott ni puede ni quiere eludir el violento y caprichoso carácter del inglés, su forma de anteponer el orgullo y el honor personal a las necesidades de la diplomacia, pero a la vez resalta su nobleza, su capacidad para rectificar una decisión apresurada y el indiscutible carisma que emana de su figura. En cuanto a Saladino, además de subrayar en su persona ese tópico del oriental como hombre ambiguo y sutil (su capacidad para el disfraz: en la novela pasea no menos de dos identidades fingidas), resalta su inmensa generosidad para con el enemigo y, sobre todo, su serenidad y altura de miras, las propias de un gobernante verdaderamente ejemplar (y que Ricardo, esto lo deja bien claro el novelista, no posee).

Un tanto olvidada, como en general lo está este autor para mí tan entrañable (y excelente), El talismán es, por otra parte, una magnífica novela que no sé si calificar de aventuras por cuanto, realmente, poca acción hay en ella. Scott privilegia, ante todo, las dos cualidades eminentes de su literatura: el exacto dibujo de los personajes a través de los diálogos y la exuberancia con que dibuja cada detalle del escenario, de las armás, de las vestimentas o de las costumbres, delatando a ese «anticuario» (en su significado de entonces, que él mismo difundió en el título de otra de sus grandes obras: el especialista interesado en los más mínimos detalles de lo antiguo) que latía en él antes de convertirse en literato. Y no sé si uno aprenderá mucho de las Cruzadas con su lectura, pero desde luego se acerca a ellas con mucho más deleite que el libro más erudito.

Los dos Taylor, Robert y Elizabeth, en IvanhoeScott fue también uno de los grandes impulsores de la leyenda de Ricardo como el noble rey que había de unir a sajones y normandos contra la avaricia de su hermano, el príncipe Juan, que estaba esquilmando el reino en su ausencia. Lo hizo en una novela incluso mejor que la anterior, la estupenda Ivanhoe (1820), cuyo punto de partida es otro episodio real, el cautiverio de Ricardo a su vuelta de la Cruzada, capturado primero por el duque Leopoldo de Austria, a quien había humillado, con su prepotencia habitual, durante el sitio de Acre —por cierto, este es el argumento central de El talismán—, y entregado después al emperador Enrique de Alemania. Las películas de Robin Hood (con Robin de los Bosques, de 1938, como mejor versión del tema y Errol Flynn como encarnación suprema del arquero de Sherwood) nos han familiarizado con la imagen del noble rey del que sus buenos súbditos esperan que restaure la justicia y la igualdad, vilipendiadas por el usurpador príncipe Juan. En general, en todas ellas el rey comparece justo al final, después de que Robin haya hecho casi todo el trabajo, para repartir premios y castigos. Y quien recuerde la muy estimable versión en película de Ivanhoe (1952) —cuya imagen más perdurable se debe a la increíble belleza de Elizabeth Taylor— también tendrá presente que, además de aparecer el arquero y sus hombres como personajes secundarios, una vez más el rey Ricardo llega en el último momento para acabar con las villanías de su hermano.

Ivanhoe, novela, en principio, tiene como motor argumental la preocupación por las exigencias del rescate de Ricardo. Sin embargo, quienes lean la novela descubrirán, con sorpresa, que el rey aparece por sus páginas desde muy temprano momento, si bien de modo anónimo y embutido en una armadura negra que le otorga completa libertad de movimientos y no le impide dejar sentadas sus magníficas cualidades como guerrero en el torneo donde asimismo Ivanhoe (también de incógnito) triunfa como campeón ante el mismo príncipe Juan. Este torneo se celebra en Ashby, y ya habrán reconocido los amantes de la leyenda de Robin Hood que en él tenía lugar la famosa competición de tiro con arco en la que su flecha se clavaba justo en el centro de la diana, hendiendo el dardo clavado antes y en el mismo lugar por otro rival. Walter Scott, por tanto, reformula el mito del arquero de Sherwood, haciendo que ese caballero de armadura negra se una a los hombres del aquí llamado Robin de Locksley (supuesto nombre real del proscrito) para liberar a Ivanhoe y sus amigos del cautiverio en que ha caído a manos de los templarios, sicarios del príncipe Juan en la novela. Se trata, por tanto, de toda una inversión de términos: aquí Ricardo posee un papel activo, de tal modo que el hombre supuestamente cautivo en Centroeuropa ayuda a liberar al joven caballero que lideraba la empresa de su rescate.

Richard Harris es Ricardo Corazon de Leon en Robin y Marian, con Sean ConneryConcluyo esta lista de ficciones en torno a Ricardo con la única de las obras que (al menos, en lo que yo sé) incluye su muerte, cerrando así el arco cronológico de su vida en el cine y la literatura. Se trata de la inolvidable Robin y Marian (1976), revisión crepuscular de la figura de Robin Hood a la luz de un planteamiento maravilloso: por mucho que la decadencia física degrade inevitablemente al ser humano y que conduzca al desengaño, el idealismo puro siempre estará dentro del corazón de aquellos que no se resignan al conformismo y acabará devolviéndolos a la lucha, por achacosos que ya estén.

Recuérdese que los hechos de la película se sitúan mucho tiempo después de que Robin y sus hombres restituyeran la justicia a Inglaterra (o eso creyeran). Pues la originalidad del argumento es que, justo después, siguieron al rey Ricardo a Tierra Santa y desde entonces no solo no han regresado a la Alegre Inglaterra —donde enseguida el príncipe Juan reinstauró el abuso— sino que se han visto arrastrados sin descanso por la belicosidad de su soberano. La película comienza justo por el famoso episodio en que Ricardo perdió la vida, en tierras de esa Francia que siempre amó mucho más que al país que hoy lo idolatra (en realidad, solo lo pisó seis meses en todo su reinado), el asalto al castillo (en Châlus, en el Lemosín) de un vasallo rebelde, sufriendo un flechazo en el cuello que no fue mortal pero que le provocó una gangrena que sí le costó la vida, grotesco final para tal combatiente.

El motivo del rey es enajenar a ese vasallo la supuesta estatua de oro que ha encontrado en sus campos; mas la estatua era de piedra y los habitantes del lugar prácticamente viven en la miseria, mas no toleran la ensoberbecida intervención del rey, que no duda en hacer prender fuego al castillo, ante las protestas del horrorizado Robin. El castigo es que el anciano vasallo, enfurecido, arrojará con sus propias manos un dardo que se clava en el cuello del rey —no resulta tan inverosímil la fuerza del viejo si la entendemos en términos simbólicos: es más la mano de Dios que la del hombre la que guía su pulso—, que provocará su muerte. La violencia arbitraria más que la codicia, el embrutecimiento de una vida que ha hecho de la acción (de cualquier acción) un hábito tan adictivo que ya importan poco las razones que muevan a emprenderla, son las razones por las cuales Ricardo no puede no verse arrastrado a pendencia tan nimia. Ricardo muere así en manos de su fiel Robin (hubiera sido muy bello que en la realidad histórica también así hubiera sucedido), ante la incontenible tristeza de este, que lo amaba de verdad, por mucho que (como bien se quejaba el rey) haga ya mucho tiempo que lo juzga con dureza.

La otra buena idea de esta película es que el actor que encarna al rey sea Richard Harris, actor irlandés que ya también dejaba atrás su mejor época, lo cual se aviene muy bien al toque decadente de su personaje, pero que, sobre todo, es el único intérprete1 que ha encarnado, y con esto cerramos el círculo que nos lleva al inicio de nuestro artículo, a los dos soberanos que encarnan el ideal de caballero inglés, al rey Ricardo y al rey Arturo (en el musical Camelot, de 1967). El único histórico de los dos fue contemporáneo de la elaboración de la leyenda, pero es seguro que hubiera dado la mitad de su reino (seguramente, la parte inglesa, que le importó tan poco) por haber podido aspirar a grabar sobre su tumba el mismo epitafio que aquél: «Hic iacet Arthurus (Ricardus), Rex quondam Rexque futurus, es decir, «aquí yace Ricardo, el rey que fue y que será». Su cuerpo está enterrado en la abadía de Fontevrault, en el Anjou, junto a sus padre; mas su corazón, el Corazón de León, está en la catedral de Ruán, en la Normandía donde comenzaron las alegrías y también las desdichas de su dinastía. Su corazón… de león, claro.

La tumba de Ricardo, en la abadía de Fontevrault

1 En realidad, hay otro intérprete que ha dado vida a ambos personajes, y es… el mismo Sean Connery. Ahora, si bien el papel de Arturo lo interpretó con rango protagonista (en El primer caballero, de 1995), el segundo papel, el de Ricardo, lo ejecuta como «aparición invitada» en el final de Robin Hood, príncipe de los ladrones (1991) y, de hecho, ni siquiera se acredita en el reparto. Por otra parte, ambos títulos son bodrios indignos de sus respectivas leyendas.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Ricardo Corazón de León: ¿rey de Leyenda o rey de la Historia?

  1. JAVIER A dijo:

    Excelente semblanza del “Rey León” y completísima referencia a la filmografía en la que aparece su figura. Tengo un recuerdo inolvidable del Robin Hood interpretado por Errol Flynn y la aparición final de Ricardo para restaurar el orden y la justicia. Bendita infancia.
    Enhorabuena por el artículo.

    • ¡Muchas gracias, Javier! Como a ti, mi primer rey Ricardo fue, por supuesto, la noble figura que aparecía en el final del Robin Hood de Errol Flynn imponiendo de nuevo la paz y la justicia en el reino. A partir de ahí, llegué al de Walter Scott y solo en último lugar al Ricardo nada simpático de las películas británicas en que aparece. Y que quieres, es evidente que el primero lo asocio a recuerdos más perdurables.

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