El “argumento” en Volverás a Región

La intención de este artículo es referir con algún detalle la trama de esta genial novela de Juan Benet, a modo de pequeña guía que ya me hubiera gustado a mí tener cuando la descubrí por vez primera. Después de varias relecturas (cada una más fascinada que en la anterior) y un artículo previo, me parece haber desbrozado, en la medida de lo posible, la tupida red de indeterminaciones que tanto me desconcertaron entonces (también me ha ayudado, claro, la consulta de análisis y fuentes de información que ahora son más abundantes, o por lo menos más fáciles de encontrar). Por supuesto, no estoy seguro de haber «acertado» en todos sus detalles, de modo que agradeceré la matización (o corrección, claro) de quien la haya comprendido mejor que yo. Con Juan Benet nunca se puede cantar victoria…

Volverás a Región: primera aproximación

La edicion más reciente de Volveras a Region, en DeBolsilloLeí por primera vez Volverás a Región (1968) con 17 o 18 años, en ese mágico año en que entonces la secundaria concluía con el llamado COU (Curso de Orientación Universitaria), que contaba con una asignatura de Literatura —en exclusiva: Lengua Española tenía sus propias horas, algo que hoy no existe… y luego nos quejamos de que los estudiantes leen poco—, dedicada además a las letras españolas del siglo XX. Lector hasta ese momento casi en exclusiva de los grandes narradores encasillados para la juventud (Verne, Stevenson, Salgari, Tolkien: mi hito de modernidad era, seguramente, Cien años de soledad, de García Márquez, leído en las madrugadas de cierta semana de exámenes, con las consecuencias de prever para mis notas), a lo largo de ese año me zambullí con ingenua valentía en la literatura «adulta», cuanto más complicada mejor: cayeron libros que no he dejado de amar desde entonces, como Pedro Páramo o La saga/fuga de J. B., más otros venerados un día y devaluados por la relectura (La colmena) y algunos que si terminé a duras penas fue por esa terquedad propia del final de la adolescencia. Volverás a Región fue uno de estos. Confieso no haber sentido jamás el desaliento como durante su ardua lectura: la mitad de la novela creo que no me enteré de qué rayos me estaba contando Juan Benet. Por entonces no teníamos Internet, claro, y las fuentes posibles que me hubieran aportado información o no estaban a mi disposición o no supe encontrarlas. De ahí que sepulté el libro en mis estanterías (literalmente: no tardó en quedar encerrado en un segundo término) y lo dejé dormir durante más de un cuarto de siglo. Y desde el día en que despertó no ha dejado de contarme cosas.

Desde sus primeras páginas, Volverás a Región se gana a pulso el calificativo de «obra críptica» que todavía posee (que, en general, posee la mayor parte de la novelística del autor). El lector, sobre todo el neófito en estas lides, o el impaciente, no tarda en sentirse abrumado por la falta de claridad del autor, que introduce personajes sin dejar bien claro quiénes son ni qué relaciones los unen, presentando cada acontecimiento con consciente vaguedad o jugando con repeticiones y situaciones especulares. Este supuesto enredo se debe, claro, al desprecio que Benet sentía por la narración lineal, pero también por el respeto que le merecía la capacidad del lector para salir adelante por sí mismo: gran admirador de clásicos como Cervantes o Conrad, no por ello dejó de ser un buen hijo literario del siglo XX, tomando como modelos literarios a Proust y, sobre todo, Faulkner.

Por otra parte, Volverás a Región es una novela antes de ideas y sensaciones que de incidentes. Si bien sus páginas incluyen un buen número de acontecimientos que, en otro tiempo, habrían dado para un prolijo novelón, no hay que olvidar —y este es el planteamiento de partida de la historia— que todo está tamizado por las impresiones y evocaciones, fuertemente impregnadas por la sensación de derrota de los dos personajes centrales cuya conversación (o monólogo contrapuesto, pues en realidad cada uno parece hablar para sí mismo y no con el otro) constituye el núcleo de la historia y en la que recorren continuamente ese pasado que para ellos contiene, a la vez, el único momento en que se sintieron vivos de verdad y el amargo fracaso que, en el presente, los ha convertido en meros seres residuales.

Excelente fotografia del Juan Benet maduroPor otra parte, Benet, haciendo honor al título de su novela —cuya sugestiva sonoridad, antes que cualquier noticia sobre su contenido, reconozco que es lo que me impulsó a leerla en esos años jóvenes—, volvería a transitar el espacio de Región. De hecho, lo había presentado en su primera obra publicada, el libro de cuentos titulado Nunca llegarás a nada (1961), y a él pertenece la mayor parte de su obra posterior: Una meditación (1970), Un viaje de invierno (1971), La otra casa de Mazón (1973), Saúl ante Samuel (1980), El aire de un crimen (1980) —en su día finalista del mismísimo Planeta, con la que el escritor intentó «probarse» como escritor para eso que se llama el gran público—, Herrumbrosas lanzas (1983-1986) y En la penumbra (1989), más otros cuantos relatos. Varios personajes, por ende, comparecen en más de un libro (por ejemplo, el doctor Sebastián, uno de los centrales de Volverás a Región), siendo, en especial, Herrumbrosas lanzas todo un regalo para quienes, tras la lectura de la novela seminal, hemos buscado un mayor conocimiento sobre sus criaturas y acontecimientos, al tratarse de una especie de «edición ampliada» del relato sobre la guerra civil (entre muchas cosas más, claro) que comparece en aquella.

Con la publicación del primero de los tres volúmenes en que esta última obra fue dividida originalmente, Benet llegó al extremo virtuosismo de incluir un mapa de Región que él levantó personalmente, a modo de carta topográfica, y de la que ya no me separo cuando abro una cualquiera de sus novelas regionatas. Siempre he tenido debilidad por «controlar» los movimientos a través del espacio geográfico de los personajes cuyo rumbo sigo: es una práctica a la que me habituaron mis lecturas infantiles de Julio Verne. Recuerdo cuánto me desesperaba no encontrar en el atlas alguno de los minuciosos topónimos vernianos (y el placer que sentía cuando yo mismo, con bolígrafo, y después de deducir cuál era el lugar exacto donde encajarlo, situaba el enclave omitido: por ejemplo, cierto estrecho que atraviesan los viajeros polares de Aventuras del capitán Hatteras). Desde luego, entre los mapas de ficción, la joya de la corona siempre será el mapa que J. R. R. Tolkien incluyó en El Señor de los Anillos: hubo un tiempo en que hubiera podido reproducirlo de memoria.

Region, en el mapa que Benet incluyo en Herrumbrosas lanzasEl mapa de Región posee un realismo increíble, puesto que no se priva ni de incluir las curvas de nivel. Hay que recordar que el territorio inventado por Benet se reparte entre dos valles, los correspondientes a dos ríos, el Torce al oeste (a cuya vera se alzan las ciudades de Región, Burgo Mediano y Bocentellas, más el emblemático Puente de Doña Cau-tiva), y el Formigoso al este (cuyo enclave central es Macerta, la ciudad del territorio a donde, además, llega el ferrocarril). Esto es, la zona fiel a la República (el Torce) y la fiel a la rebelión (el Formigoso). Por otra parte, hay que avisar que Benet cambió el nombre del segundo de los ríos, no tengo claro en cuál de sus novelas, y le dio el nombre de Lerna —posiblemente por la evocación mitológica de dicha denominación—, pasando el Formigoso a ser un tributario septentrional de aquel. (En el mapa, para no provocar error, es el Lerna el río de Macerta.) Entre los dos valles se alza la áspera Sierra de Región, en donde cabe destacar varios enclaves de importancia tanto en la novela que nos ocupa como en la saga regionata: los puertos de montaña que disputan los dos bandos, el de Socéanos y el de La Requerida, más el impreciso lugar llamado Mantua (situado más o menos entre republicanos y rebeldes) y que todos tienen como tierra de nadie por ser el dominio del Numa, ese guardián ignoto que impide a balazos que nadie cruce sus límites.

Vayamos ya al argumento. La novela se organiza en varios estratos cronológicos, de acuerdo con ese principio del autor sobre la porosidad del tiempo, o sobre la diferencia entre el tiempo real y el tiempo de la memoria (o de las sensaciones). El primero tiene lugar en época coetánea (esto es, en los años 60), y transcurre en la casa-clínica, en las afueras de Región, del doctor Daniel Sebastián, uno de los personajes recurrentes del escritor (es más, ya había sido creado, al menos como «nombre», para los cuentos de su primer libro, titulado Nunca llegarás a nada, que publicó en 1961). El doctor, que ya apenas practica la medicina, vive recluido y alcoholizado, cuidando a un perturbado de gruesas lentes (la clave de esa perturbación se encuentra en un misterioso episodio contado a pocas páginas de principiar el libro: una noche, comenzada la guerra, su madre se marchó de la casa, dejándolo al cuidado de una mujer llamada Adela, y ya nunca más volvió).

A ese lugar llega una mujer en coche que luego será identificada como Marré Gamallo, hija del militar franquista que, a finales de 1938, conquistó el territorio para el bando rebelde. Marré no ha vuelto allí desde la inmediata posguerra, y lo hace para recuperar las sensaciones que vivió durante el conflicto: fue rehén de los republicanos, que se la llevaron con ella en su huida por las montañas, y allí vivió su única historia de amor verdadero. En torno al encuentro entre esos dos personajes, se perfilan tres estratos cronológicos:

Una casa cualquiera como la del doctor Sebastian1) El primero es el que se ciñe a esa noche situada en algún momento inconcreto de los años 60. Si la mujer (a la que se menciona ya ingresada en la cincuentena; del doctor solo cabe decir que, incluso en el relato de su juventud, siempre ha parecido un hombre mayor) se ha detenido en la clínica, a modo de parada antes de seguir su camino hacia el hotelucho de montaña donde vivió su historia (sin saber si este todavía existe), es porque en tal lugar pasó unos meses durante la guerra, si bien una de las incógnitas que no resolverá la novela es el grado de conocimiento previo entre el doctor y ella. En todo caso, Sebastián, tras su reticencia inicial a acogerla —de hecho, ha tenido que maniatar y drogar previamente al perturbado antes de dejarla entrar, debido a la agitación de este—, intentará disuadirla de su propósito.

El encuentro entre ambos solo puede llamarse diálogo en contadas ocasiones, puesto que en más de un momento adquiere la naturaleza de mero soliloquio: cada uno refiere sus propias circunstancias (las cuales dan pie al relato de los otros dos segmentos cronológicos), hablando más para sí mismos que para el otro, de tal modo que, a ratos, otras voces penetran en el relato: así, en los momentos de mayor intensidad, Marré se dirige a su antiguo amante, cuyo destino, tampoco concretado, no debió de ser otro que la misma muerte en esos días finales de la guerra.

Es en este segmento donde se encuentran, sin duda, los párrafos más complicados de la novela, hasta el punto de que en más de un momento se pierde de vista su sentido. Ahora bien, no es mero alarde sintáctico, puesto que el propósito de Benet es hacer corresponder la elección estilística con la profunda angustia existencial que destilan estos dos fracasados, atrapados en un presente estancado (de tal modo que el pasado ofrece una realidad mucho más confortable para ambos) cuyos signos de degradación exterior se corresponden con su propia ruina interior: para el doctor, esa vida enclaustrada, en compañía de un perturbado y bajo los efectos del alcohol; para la mujer, un matrimonio infeliz (porque nunca pudo aspirar a ser otra cosa), simbolizado por su esterilidad.

La presa de Porma, en 1961, en cuya ereccion trabajo Benet, o sea, en su RegionEl relato de esa noche se complementa con la descripción de esa Sierra de Región tan importante en todos los segmentos del relato. En el largo segmento «topográfico» con que da inicio la novela, Benet ya se detiene en esa misteriosa propiedad en las montañas llamada Mantua, ante la cual un cartel da un lacónico alto de prohibición, que vigila un guardián llamado Numa, que abate de un infalible disparo a cualquier intruso. La descripción física del personaje (con su vestimenta lanar, propia de «un pastor tártaro), su ubicuidad y su infalibilidad con la escopeta, más el enigma con que se envuelven tanto sus orígenes como la edad y la causa de su mandato (o el porqué de su aparente inmunidad ante toda ley: nadie parece cuestionar, en ninguna de las obra regionatas que lo cita, la legitimidad de su acción) lo convierten en una figura de raigambre mítica, como razonaré más adelante.

2) El segundo estrato, el más antiguo, se sitúa en el año 1925, y es el que más concierne al doctor, puesto que fue entonces cuando sintió la intensidad de la vida por primera y única vez. El centro del mismo es un incidente que tuvo lugar en el balneario-casino situado en la montaña (Cártago —sí, con tilde— es el nombre que finalmente le otorgará Benet en otras novelas, pero no aquí) y al que se hacen numerosas referencias como el inicio de la definitiva decadencia (moral, simbólica, económica) de Región. El por entonces joven doctor se enamoró de una mujer llamada María Timoner, amante de un también más joven Gamallo, quien prácticamente acabó jugándosela en una partida de cartas con un anónimo Jugador, también denominado por Benet como el «hortera» —la palabra debe entenderse en su acepción madrileña: así se llamaba en la capital a los antiguos mancebos de cualquier tienda, y por tanto se refiere a su aspecto vulgar y aparente.

Una vez más, de este personaje sabremos bien poco, ni siquiera su nombre o su destino, si bien Benet dedica muchas páginas (todas maravillosas) a contar el lugar y las circunstancias donde aparece: en la mina cercana al balneario donde los jóvenes regionatos son enviados por sus familias como si acudieran a a una especie de «escuela de vida». El joven se presenta en la sala dUna sala de juego, tal vez del balneario de Cartago, en Volveras a Regione juego con una moneda de oro que resulta invencible y desata la codicia de Gamallo. Mientras el militar vive solo para conseguir ese dorado talismán, el doctor ha propuesto a María una fuga y esta ha parecido aceptar, conviniendo una cita en una fonda situada en otro lugar de la montaña (seguramente, el hotel donde luego Marré vivirá su historia de amor). Sin embargo, el final de la partida es imprevisto: Gamallo acaba con la mano clavada a la mesa por una navaja (el miembro le quedará inútil para el resto de su vida) y María acaba huyendo con el Jugador/Hortera, perseguidos por una partida formada por su amante y otros «caballeros» de Región. El resultado de esa persecución nunca se explicará, pero María acaba teniendo como fruto a un hijo en una finca que Benet sitúa en Mantua, dejando la imprecisión de si se encuentra dentro de la propiedad guardada por Numa (en algún momento se sugiere que este es su protector) o en sus cercanías.

La reacción del joven Sebastián al verse postergado es buscar una esposa sustituta que llevar a su casa-clínica, encontrándola en la hija de los guardabarreras de Macerta. Este matrimonio nunca se consumará, y la mujer quedará sola en la casa, puesto que el doctor pasará todo el tiempo fuera de ella, regresando solo una vez al año, precisamente para atender a María, a quien también asistió en el parto de ese niño (al que llama su ahijado, y que es el hombre que se convertirá en el futuro amante de Marré, Luis I. Timoner: la «I», señala Benet, es de Incógnito). María permanecerá el resto de su vida allí aislada, ocultas sus facciones bajo un velo, hasta morir, de modo violento y asida a la moneda de oro, poco antes de la llegada de la República.

La mayor ambigüedad que provoca este episodio es que, si el incidente de la partida tiene lugar en 1925 (y la fecha está claramente datada), Luis Timoner nace más o menos en ese año, por lo que será un niño en los años de la guerra, difícilmente imaginable como el vigoroso amante de Marré (de cuya madre, por otra parte, solo se dice que murió en la casa de Región donde luego ella misma fue a vivir con sus tías, en los días de la guerra). Ahora bien, teniendo en cuenta que la imprecisión temporal forma parte de la atmósfera emocional de la novela, hasta el punto de que Benet llega a personificar al mismo Tiempo en los recuerdos tortuosos del doctor, tampoco importa mucho si las fechas concuerdan o no: repito que el tiempo, en Región, es un presente estancado, degradado, perpetuamente entrópico. Por otro lado, no deja de ser muy sugerente, que los hijos de esa pareja tan tormentosamente separada (María y el militar) acaben viviendo la historia de amor desesperada que a ellos les estuvo vedada.

Una imagen cualquiera de la guerra civil, para Region3) El tercer y último estrato se desarrolla durante la guerra civil en Región, que da pie a muchas de las páginas más memorables de la novela, denotando la atracción que Juan Benet sentía tanto por el conflicto como por la estrategia y el armamento militares, temas de los que reunió múltiples libros en su vida. En el primer tercio de la novela se cuentan los vaivenes de la guerra en Región, más o menos reducidos a dos campañas. Una primera ofensiva nacional que fracasa, pues el oficial al mando desoye los consejos de Gamallo, integrante de su estado mayor. La segunda, a finales del año 38, ya es dirigida por este, ascendido por entonces a coronel, y se salda con el éxito, si bien él morirá en una emboscada en la montaña, cuando dirigía el hostigamiento contra los milicianos fugitivos. Buena parte de estas campañas serán luego narradas con todo lujo de detalles por Benet en la ya varias veces mencionada Herrumbrosas lanzas, en las que los nombres fugazmente esbozados se convierten en personajes centrales que cobran una fuerte identidad propia, de tal modo que su lectura supone un complemento inexcusable de Volverás a Región. Lástima que el autor, después de tres libros, no concluyera su obra, deteniéndose sin llegar a narrar con el detalle debido los días de la desbandada final en que se desarrolla la particular aventura sentimental de Marré, de ahí que solo nos quede la «versión» (deshilachada, críptica en grado sumo) de la novela seminal.

Y es que la muchacha permanece en Región toda la guerra (trabando relación con algunos personajes apenas esbozados, protagonistas luego en Herrumbrosas lanzas: Juan de Tomé, apunte de una primera relación que no llega a más, y Eugenio Mazón), siendo tomada como rehén en los días finales y obligada a marcharse con los fugitivos de la ofensiva de su padre en su huida a las montañas. Será en ese periplo donde Marré viva su iniciación y plenitud sexual con varios de los fugitivos (incluyendo un concubinato forzado con su jefe, Julián Fernández) hasta que, en ese hotel al que luego querrá volver (y que regenta una mujer apodada Muerte), conoce por fin el amor verdadero, durante unos efímeros días, en brazos de Luis Timoner. Abandonada al fin, Marré regresa a Región, a la casa del doctor (donde se menciona explícitamente a la vieja Adela y al niño perturbado), donde ya había sido alojada brevemente.

Juan Benet, sentado en el suelo, en el dia de su boda

Todos y cada uno de estos tres segmentos son unificados por el mismo estilo, exasperante pero a la vez muy sugestivo (es evidente vanidad, pero el gozo que se vive cuando el lector desbroza algún momento especialmente complicado —y son muchos más los que mantendrán su enigma— es indescriptible), timbrado además por el fascinante uso que el autor hace de dos elementos.

El primero es la repetición: personajes que se llaman igual (o a lo mejor son el mismo, sorprendido en diferentes dimensiones de su vida: por ejemplo, Adela, la mujer que cuida del niño pero también la guardiana de Marré en los días de la desbandada); circunstancias familiares calcadas (tanto Marré como el doctor o el mismo Gamallo están marcados por una infancia sin ternura, en hogares que hoy llamaríamos «desestructurados»: de hecho, la visión que ofrece Benet del universo familiar en toda su literatura es terrible); elementos recurrentes (el coche negro en que se marcha la madre del niño luego tiene un eco en el coche negro en que aparece Marré tres décadas después, justificando que este pobre perturbado crea que quien regresa es su progenitora)…

El segundo es el uso de la evocación mítica. En primer lugar, por la mera existencia del Numa, cuya sombra es latente a lo largo de toda la novela, hasta tal punto que ha acabado deviniendo la única certeza inmutable de los regionatos, que en su definitiva degradación acechan la llegada ocasional de algún forastero en automóvil camino de la sierra para acudir, una de las noches inmediatas a esa aparición, a la torre de la devastada iglesia que se alza en El Salvador, el pueblo más cercano a Mantua, a que se produzca la detonación que señala la renovación de ese «sacrificio» (o expiación) que el incauto ofrenda, sin saberlo, en nombre de todos. (Por cierto que Benet acabaría publicando en 1978 un relato, titulado Numa, una leyenda, que supone una sobrecogedora obra maestra: escrito desde el punto de vista de este ser —y por tanto, humanizándolo de modo inesperado—, precisamente explora la naturaleza de la misión que lo ata a la montaña regionata desde un tiempo que él mismo ha olvidado y sin que ni siquiera él sepa su motivación exacta ni la naturaleza de quien o quienes se la han encomendado.)

Más allá de esta figura, hay muchos otros elementos míticos, que contribuyen a dotar a Región de su condición de espacio recluido en sí mismo y, por tanto, con leyes propias. Sin ser exhaustivos, Marré Gamallo se convierte en una involuntaria Ifigenia durante la guerra; el Jugador/Hortera recibe su moneda/talismán de una barquera, y aunque se invierte así el rito griego (son los muertos los que portan una moneda en su viaje al otro mundo para el barquero Caronte), asimismo se mantiene su relación con la Muerte; esta misma se hipostasía en una figura velada que está a punto de llevarse, antes de tiempo, a María Timoner (es el mismo doctor el que lo impide), la cual, en su vida recluida en Mantua, acabará adoptando idéntica apariencia velada; el Tiempo acaba compareciendo, en el delirio del doctor, como una criatura más que se pasea por Región, condicionándolo todo, lo cual quizá explique las incongruencias cronológicas…

[Quien no conozca el final de esta novela, debe dejar de leer aquí]

Portada de Volverás a Región, de Juan Benet, en DestinolibroLa conclusión de Volverás a Región no puede ser mejor. Avanzada ya la noche —que, por otra parte (y como no podía ser menos) se dilata de modo inconcebible—, el doctor despierta de la modorra provocada por su abundante ingestión de alcohol (ese vino sin duda peleón que Benet se inventó para Región, y que llama castillaza) y descubre que la mujer se ha marchado. Acude a soltar al perturbado, pero este, soliviantado por la firme creencia de que ha sido su madre quien llegó esa noche, lo mata salvajemente, quedando luego atrapado (muy simbólicamente) en la casa, al haber cerrado previamente el doctor con llave todas las puertas, por mucho que pase las horas golpeándolas y sollozando la reiteración de su pérdida. En cuanto a Marré, su inexorable destino final será contado por Benet de modo maravillosamente elíptico con esa inolvidable oración final que dice «… hasta que con las luces del día, entre dos ladridos de un perro solitario, el eco de un disparo lejano vino a restablecer el silencio habitual del lugar».

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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6 respuestas a El “argumento” en Volverás a Región

  1. Alvaro dijo:

    Sólo he leído un relato de Juan Bente: Subrosa, publicado en aquella mítica iniciativa de “Alianza Cien”. No lo entendí mucho, pero, por raro que resulte, me encantó. Contiene la descripción de una tormenta tropical que se abate sobre un barco que deviene, así, inolvidable: más que una descripción, Benet parece enfrentarte con un ciclón esculpido con palabras. Doy fe de que, en temática marinera, jamas he vuelto a leer que se le parezca. Por otra parte, tu descripción de “Volveras a Región” y de toda la mitología oscura “regionata” no puede ser más tentadora para un lector enamorado del gótico como soy yo … lo que ya no sé es si, algún dia, Cronos el Majestuoso y mis propias porfías darán para un esfuerzo (que sé sería recompensado) como el que exige afrontar un viaje al alma de Región (además, que me conozco, querria leerlo todo, todo y entenderlo todo, todo ..) En fin, si alguna vez, la Musa me lleva por esos caminos benetianos, me pasaré por aquí, otra vez, para busca un Sherpa en la Noche. Gracias.

    • Pues me alegra pensar que alguna vez vaya a poder servirte de bitácora en el “proceloso” océano benetiano :). Por cierto que no he leído este relato que citas, de modo que me lo apunto para mi próximo revival sobre el autor (del que me he reservado además el que parece su libro más más más difícil, “Saúl ante Samuel”). Ya lo contaré (espero).

  2. elblogdebutz dijo:

    Hola José Miguel
    Acabo de terminar Volverás a Región y me encontré con tu blog al buscar algunas claves sobre el argumento. Gracias por despejar algunas de las incógnitas de la novela de Benet. Seguri vuelvo a visitarte blog. Es una gozada!!

    • Muchas gracias por tu comentario, porque en buena medida mi propósito al escribir este artículo ha sido compartir asombro con quien se interne en el territorio regionato y, en lo posible, ayudarlo a desbrozar esta fascinante espesura. Todo eso teniendo en cuenta, claro, que es imposible creer que no hay más incógnitas, más misterios, que una próxima lectura revele que estamos muy lejos de comprender.

      Un abrazo y gracias otra vez.

  3. Adolfo Ferrando dijo:

    Hoy he concluido (por fin) la lectura de Volverás a Region.
    No sabia bien cuando intente aproximarme al libro por primera vez de question se trataba, ni a donde me conduciría. Había leído Nunca Llegarás a Nada y el Aire de un Crimen y me Había conquistado la forma y la atmósfera de JB. La fecha era Septiembre del 2005. Sobra decir que desistí en el empeño múltiples veces. He tenido el libro en la mesa de noche, en la oficina, en la cartera con la que viajo… Soy Asturiano y resido en Nueva York. El libro ha vuelto con migo a Asturias casi en cada viaje en un esfuerzo de conjurar una realidad presente que me ayudase a navegar sus páginas.
    Por fin una estancia en Asturias más duradera, el camino trazado por múltiples lecturas previas y el tomar notas marcando una especie de mapa argumental a medida que leía me han permitido llegar a puerto hoy. Aún electrizado me encontré revolviendo en mis notas cuando buscando quien me confirmase si el camino trazado era en algo correcto he llegado a la mano del extranjero. Magnifico. Muchísimas gracias.

    • Estas bonitas palabras tuyas justifican uno de mis propósitos principales al escribir el artículo: ayudar a otros, como a mí también me han servido otras fuentes sobre el autor, a desbrozar esta maravillosa jungla de palabras y conceptos que es “Volverás a Región”. Como indico en el artículo, el desconcierto con que me lo leí por primera vez, sin enterarme apenas de nada, fue grande, y entonces no encontré ninguna “ayuda”. La lectura que ha dado origen al artículo ha sido como la tuya: apuntando casi todo lo que leía, escribiendo detalladamente el argumento (incluso indicando las páginas en mi entrañable edición de Destino), repasando una y otra vez los pasajes oscuros. Y siempre con la sensación de que todavía quedan muchos puntos oscuros que espero ir desbrozando con el tiempo… y con la ayuda de los admiradores del libro, que no somos muy ostentosos en número pero sí, desde luego, en tenacidad.

      Un abrazo y gracias a ti.

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