Veinte películas para la década de los diez (II)

I         II

Lucy, de Luc BessonLucy (2014, Luc Besson). Quién iba a decirme que me rendiría sin paliativos ante una película de Luc Besson, ese cineasta francés empeñado en clonar del modo más adocenado los éxitos del mainstream de Hollywood. Esa admirable sorpresa se llama Lucy, una película que, a priori, no parecía otra cosa que un híbrido de action movie y ciencia-ficción con ecos del cine de superhéroes (esto último lo subraya la presencia de Scarlett Johansson en el papel titular). Y desde luego, en principio no es sino eso, si bien contado con una fluidez avasalladora y, afortunadamente, sintética (su escueto metraje está tan bien ajustado que alargar más la historia la hubiera estropeado). El motor argumental es de estos que tanto gusta al mainstream, precisamente, pues se basa en una idea fácil de asimilar y más o menos contundente: una chica corriente comienza a sufrir una increíble mutación en su cuerpo bajo el efecto de una droga experimental que tiene la capacidad de estimular el completo aprovechamiento de la capacidad cerebral (cuando, nos explican, el ser humano habitualmente utiliza solamente el 10% de la misma). Esa mutación amenaza o bien destruirla o bien convertirla en alguien que, al final, no será ella misma, por lo que emprende una carrera contra el reloj de 24 horas para encontrar una cura antes de la completa absorción de la droga, mientras la mafia taiwanesa que creo esta a su vez la persigue sin descanso. Pues bien, bajo esta premisa, tan válida o tan inverosímil como cualquier otra, Lucy propone uno de los ejercicios narrativos más absolutos que ha visto el cine mundial en los últimos tiempos, tanto que diríase que esa droga es capaz de estimular al espectador tanto o más que a la protagonista, puesto que llega un momento en que lo que se cuenta deja de importar para absorbernos por completo el increíble aluvión de imágenes sugestivas. Además, la trepidante película de acción va evolucionando poco a poco hasta la ciencia-ficción más adulta, para acabar en los terrenos de la pura abstracción, a medida que la protagonista deja de ser Lucy y se convierte en la encarnación de la idea de humanidad, con ese inolvidable recorrido final, sin moverse de la silla donde está sentada, por todas las etapas de la evolución hasta el reencuentro con el primer homínido conocido, precisamente su homónimo, con una fortuna que, mido bien mis palabras, el mismo Kubrick de 2001, una odisea del espacio creo que habría envidiado.

Mi casa de ParisMi casa en París (2014, Israel Horovitz). Con más o menos razón, he acabado asociando ese cine que se adjetiva como intimista (me refiero a las películas que veo en salas de estreno) con una determinada tradición del cine francés que tal vez encontró su apogeo con la nouvelle vague (escuela Eric Rohmer antes que François Truffaut) y que allí por tierras galas nunca se ha perdido. En esta década ha habido unas cuantas que me han dejado huella (por ejemplo, de la directora y actriz Agnes Jaoui, o del escritor reconvertido en cineasta Philippe Claudel), pero a la hora de elegir una que me haya gustado especialmente, curiosamente, he optado por una película anglosajona. Se desarrolla, eso sí, en París y el título (el de la distribución española) se refiere al punto de encuentro entre los personajes principales (un escritor estadounidense dominado por la amarga sensación del fracaso, que acaba de heredar una casa en pleno barrio antiguo del Marais; la anciana que tiene en usufructo vitalicio esa casa, para desesperación del visitante, que aspiraba a venderla cuanto antes; y la hija de esta, que también está llegando a una edad que hace más notoria la reclusión en sí misma). Mi casa en París es la opera prima de Israel Horovitz, un director teatral de gran prestigio que, a sus respetables 75 años, se decide a adaptar, además, una obra propia. Desde lo alto de esa edad, propia ya del tiempo de la sabiduría emocional, Horovitz consigue traducir muy bien a imágenes un magnífico drama emocional en torno a la soledad, el dolor, el desarraigo, la falta de amor y, claro, la búsqueda del amor. Temas universales de este tipo de cine, pero que poco a poco van cediendo paso ante el que resulta ser su admirable y emotivo propósito central: proponer una mirada sobre el redescubrimiento en seres que ya no creían poder sorprenderse a sí mismos, proceso dentro del cual el recorrido por París resulta fundamentalmente atmosférico. Y por supuesto, mi más encendido elogio a la sensible actuación de su trío protagonista, formado por el un tanto desaparecido Kevin Kline, Kristin Scott Thomas (una de mis actrices favoritas del cine moderno, a la que esta década hemos visto en bastantes películas francesas —habla a la perfección su idioma—, algunas a las órdenes de los antedichos Jaoui y Claudel) y la muy veterana Maggie Smith.

Predestination, de los hermanos SpierigPredestination (2014, Michael y Peter Spierig). Se conoce con el nombre de paradoja de la predestinación un suceso, propio de la ciencia-ficción, consistente en un viaje en el tiempo cuyo objeto es cerrar un círculo que ha de concluir con ese mismo viaje en el tiempo, de tal modo que la presunta alteración temporal queda contenida en un bucle y no se produce un verdadero cambio, ya que todo sucede como debía suceder. Películas tan conocidas como Doce monos —en realidad, La jetée, el fascinante mediometraje en foto-fija en que se inspiró este film— o la entrega inaugural de Terminator pertenecen a este sugestivo subgénero, pero no creo que ninguna película lo haya desarrollado de modo tan absorbente como este Predestination que seguramente será el más desconocido de la veintena de títulos que propongo, puesto que ni siquiera se estrenó en nuestro país, al que llegó directamente en formato doméstico. Su origen está en un relato muy breve (15 páginas) del especialista Robert A. Heinlein titulado Todos vosotros, zombis (1959), que los hermanos Spierig (guionistas y directores del film) entremezclan un tanto con la novela de Isaac Asimov El fin de la eternidad (1956). La historia comienza de modo muy sencillo: una conversación en un bar entre dos hombres, uno de los cuales le cuenta al otro la muy amarga historia de su vida; para su sorpresa, su interlocutor le demostrará que tiene las claves de los contratiempos y misterios que siempre lo han atormentado. No puedo contar más, porque se trata de uno de estos títulos a los que uno debe enfrentarse virgen de toda noticia previa (o casi: de algún modo debe saber que le va a interesar), pero aseguro a quien lo haga (y más, si le gusta esa temática arriba señalada), que se encontrará ante una de las experiencias más fascinantes que puede ofrecer el género. Y es que, más allá de la evidente brillantez de su sustrato argumental, lo que queda, ante todo, es la atmósfera de pesadilla que se asoma a las más negras profundidades del alma para dejarnos la triste conclusión de que el ser humano, ante todo, está condenado a la soledad.

Mad Max Furia en la carretera, de George MillerMad Max: Furia en la carretera (2015, George Miller). No he visto una sola de las películas que componen la trilogía Mad Max que lanzó a la fama a Mel Gibson, de ahí que no fuese a ver, en su estreno, lo que parecía un tardío (y patético) intento por parte de su ya muy veterano director, el australiano George Miller, de volver al candelero mediante un falaz recalentamiento de la saga que le dio relevancia. Ahora bien, y de modo muy parecido al de Lucy (película con la que comparte más de un elemento, comenzando por una trama que gira en torno a una persecución vertiginosa, solo que esta vez a través de ese medio desértico en que se desarrolla la conocida saga), una vez superadas las prevenciones, uno se enfrenta a una película formidable que, una vez más, no necesita excusas para dejar sin aliento al espectador por medio de un mayúsculo derroche narrativo y visual. En concreto, el film tiene la virtud de evocar de modo maravilloso un modelo de cómic fantástico que a muchos nos parece imprescindible: el que propuso, en los años 70, la revista francesa Métal Hurlant, con su suciedad, sus cuestionables antihéroes, su violencia lisérgica y su carácter alucinatorio, que expresaron artistas tan influyentes como Moebius, Alejandro Jodorowsky o Richard Corben, y que tan importante ha sido en el devenir del género en el cine, como prueban títulos como Blade Runner, Matrix o La ciudad de los niños perdidos. Fundamentalmente, Mad Max: Furia en la carretera exhibe un ímpetu increíble, admirable en un director de 70 años, con su aroma de aventura viril (y no incurro en ninguna paradoja, por mucho que buena parte de los personajes positivos centrales sean mujeres, comenzando por el personaje de Charlize Theron) y su muy bien medida oscilación entre el nihilismo y la búsqueda de la redención, de la esperanza.

Star Wars, el despertar de la Fuerza, de J. J. AbramsStar Wars: El despertar de la Fuerza (2015, J. J. Abrams). Ahora que ya ha concluido la tercera y, por el momento, última trilogía de la saga Star Wars, creo adecuado destacar con generosidad los méritos del film que la abrió. El primero, la ilusión generada en los antiguos seguidores (los que «nacimos» a la magia del cine con La guerra de las galaxias, en el ya lejano 1977) gracias al modo en que resucita el sabor de su ambiente clásico, despertando las ganas —que la segunda trilogía casi sepultó— por volver a situarnos en él y saber qué ha sido de sus habitantes. El segundo, el modo en que, retomando sin disimulo alguno las viejas películas (cada uno de los nuevos films no es sino una reformulación —o remake encubierto— de los correspondientes capítulos de la primera trilogía), consigue proponer ideas nuevas que complementan, e incluso mejoran, las de aquella. En concreto, aquí ya brilla el hallazgo psicológico de los dos protagonistas, Rey y Kylo Ren, jóvenes sucesores de las esperanzas respectivas del bien absoluto (simbolizado por el legado jedi) y el mal absoluto (un mal, sin embargo, imperfecto, pues su encarnador está desgarrado entre las dos herencias que se unen en él, la de su abuelo Darth Vader y la de sus padres Han Solo y Leia Organa), cuyo antagonismo, esbozado aquí, terminará deviniendo apasionante, mejorando todo lo propuesto por las trilogías anteriores, y que tan bien se encarna en las excelentes interpretaciones de Daisy Ridley y Adam Driver. Cierto, se trata de un film irregular, mejor en su primera hora (insólitamente reflexiva para una película de estas características: toda la presentación de Rey en Tatooine figura entre lo mejor de la saga entera) que en la segunda (curiosamente, no terminan de convencer los reaparecidos Han y Leia, en parte por los actores). Aun así, estamos ante un espléndido comienzo, mal continuado por Los últimos jedi pero muy bien culminado por El ascenso de Skywalker. Y no puedo concluir esta breve reseña sin volver a proclamar que pocos momentos me han entusiasmado más en los últimos tiempos (hasta el punto de gritar como un niño en plena sala de cine) como ese inolvidable instante, tan bien contado por Abrams, en que reaparece el que para mí —por encima de espadas láser, robots contestones o villanos de rostro acorazado— es el gran icono de la saga: el entrañable Halcón Milenario. [enlace]

Paterson, de Jim JarmuschPaterson (2016, Jim Jarmusch). Esta década ha sido, para mí, la del descubrimiento de un cineasta que lleva trabajando desde hace 40 años, y del que yo conocía algunas películas pero sin que, con alguna excepción, me hubieran atraído especialmente. Sin embargo, y esta es la magia del cine, un buen día prende la chispa y un cineasta antes solo agradable ahora se convierte en imprescindible y nos obliga a descubrir que incluso aquellos títulos que la primera vez contemplamos con indiferencia estaban ahí, dentro de nosotros, esperando a que por fin los valoráramos en lo que se merecen. Y qué gran satisfacción encontrar en sala de estreno una película a la altura de los grandes logros de su autor, ya más lejanos en el tiempo —Noche en la tierra, Dead Man, Ghost Dog, el camino del samurái—. Paterson, además, consigue el prodigio de erigirse en el film que ha sabido explicar mejor, mediante imágenes, algo tan aparentemente verbal como es la poesía (es decir, el arte escrito más abstracto de todos los que componen la literatura), a través de la convicción de que el acto poético nace de las sensaciones que acompañan al poeta a lo largo de su devenir diario. Para ello, Jarmusch nos sitúa ante una trama tan sencilla (aunque, en su caso, la palabra que se viene de modo natural a lo labios, o a las teclas, es minimalismo) como es narrar una semana, apaciblemente corriente, de ese poeta que se gana la vida como conductor de autobús en una pequeña ciudad y de su mujer, desbordante de ideas artísticas de todo tipo pero deliciosamente dispersa (he ahí la diferencia entre uno y otra). La sencillez de ese dibujo, aparte de crear una cadencia rítmica verdaderamente majestuosa, destruye de paso la idea hecha de que los poetas han de ser seres que respiran sublimidad. Y no puedo sino destacar la magnífica interpretación de Adam Driver (sí, el Kylo Ren de la nueva Star Wars), demostrando la versatilidad de su registro. [enlace]

sugestivo-cartel-anunciador-de-blade-runner-2049Blade Runner 2049 (2017, Denis Villeneuve). Cierto: cuando comenzaron a llegar los rumores de que se estaba preparando una secuela de Blade Runner (1982), otra de mis películas de cabecera, yo también pensé que no podía haber proyecto más innecesario. Ahora bien, Blade Runner 2049 acabó estrenándose, y la sorpresa no pudo ser más grata. Y es que no solo demuestra un profundo conocimiento de los parámetros del original sino que, además, se niega a recrearlos sin más sino que, por el contrario, hace evolucionar admirablemente la premisa original, y esto sin abandonar el registro en que brillaba el primer Blade Runner: la misma y bella cualidad de thriller de ciencia-ficción existencial. El primer acierto es hacer que el personaje central sea directamente un replicante, por supuesto intensamente humano (por mucho que sea despreciado y vejado por los hombres de verdad, y que ni siquiera pueda aspirar a un nombre, sino a un número de serie, que él abrevia por el sugestivamente kafkiano K.), cuya misión, eso sí, es la misma que la del antedicho: eliminar seres artificiales como él, pero de estatus ilegal. La trama, sugestivamente, comienza con el hallazgo del cadáver de la replicante Rachael (la protagonista del primer film), que encierra el enigma de que tiene trazas de haber muerto al dar a luz, con lo que eso supone de «amenaza» para la humanidad, y a partir de ahí se construye una pieza igualmente reflexiva, amparada en una elaboración estética que, con coherencia, asume el diseño visual que tanto nos impresionó hace más de 25 años. Blade Runner 2049 arrastra, sin duda, considerables defectos (un metraje excesivo, varias incongruencias y callejones sin salida en el desarrollo del guion… y el personaje de Jared Leto), pero contiene otros magníficos (por ejemplo, el encantador que encarna nuestra Ana de Armas, un holograma informático que supone la única posibilidad sentimental para el protagonista), amén de la indiscutible constatación de que, aun cuando no pueda competir en poder de sugestión con el film de 1982 (no hay nada como la primera vez…), la puesta en escena de Denis Villeneuve supera rotundamente la de Ridley Scott, que para mí siempre fue su peor lastre. [enlace]

Wonder Wheel, de Woody AllenWonder Wheel (La noria de Coney Island) (2017, Woody Allen). No es por llevar la contraria sin más (lo he razonado en varios artículos de este blog), pero la etapa del director neoyorquino que comienza con Match Point en 2005 solo es comparable a la también muy brillante de los 80. Podía haber elegido alguna otra obra de esta segunda década, pero creo que La noria de Coney Island resalta en la filmografía del autor por constituir una de las películas más desesperanzadas de su carrera, y sin lugar a dudas la mejor representación de uno de sus grandes temas, la frustración femenina (como La rosa púrpura del Cairo o Blue Jasmine). Para ello, Allen hace que su personaje central viva y trabaje en el famoso parque de atracciones neoyorquino, en los años 50, un lugar concebido para procurar supuestamente alegría y felicidad a sus visitantes y que, por ello, supone el mejor escenario posible para narrar la historia de una infelicidad, la de la pobre Ginny (Kate Winslet), atrapada en una vida sin horizontes y que cree encontrar una efímera luz en la historia de amor que vive con un joven aspirante a escritor. Con acierto, Allen no presenta ninguna heroína romántica sino una mujer corriente, que como tantas otras en los Estados Unidos alguna vez tuvo aspiraciones de actriz y que ha tenido que contentarse con trabajar como camarera en el parque y soportar un horizonte doméstico desolador. La complejidad de la propuesta se plasma, sobre todo, en el modo en que Allen funde esas inquietudes existenciales de su último cine con la atmósfera de desarraigo moral que baña el teatro de los grandes autores de la época (Eugene O’Neil, Arthur Miller), bien relacionada por medio del amante con aspiraciones literarias de la protagonista. Y ello por no hablar de un magnífico trabajo de puesta en escena (precisamente el capítulo que siempre se ha criticado más en Allen), sobre todo en su valoración dramática de los escenarios, en especial de esa casa de Ginny en el corazón del propio parque, que carece de paredes pues solo tiene ventanas y que supone un símbolo especialmente memorable de que la protagonista está condenada a no poder evadirse jamás de la vulgaridad cotidiana que la rodea.

Aniquilacion, de Alex GarlandAniquilación (2018, Alex Garland). A punto de concluir esta lista, ratifico la especial abundancia de propuestas de ciencia-ficción adulta con otra de las películas menos conocidas de la misma, entre otras razones por haber sido estrenada directamente en la plataforma Netflix. Aniquilación adapta una buena novela del escritor Jeff VanderMeer que reformula el magnífico planteamiento de los hermanos Strugatski para su novela Stalker. Picnic extraterrestre (llevada al cine por Andrei Tarkovski en una sobrecogedora obra maestra cuya sombra también planea sobre el presente film). Es decir, la incursión de un grupo de expedicionarios (en este caso, enviados por el gobierno) en una misteriosa zona que posee sus propias leyes biológicas, cuyo origen parece ser extraterrestre y donde, además, cobran una especial importancia los condicionantes y traumas psicológicos que sus visitantes arrastran consigo. El joven realizador Garland, también guionista, modifica determinados elementos de la novela —lo cual hace especialmente enriquecedor el conocimiento correlativo de ambas obras—, añadiendo un matiz diferente del libro al hacer que la protagonista (Natalie Portman) penetre en la zona condicionada por el desesperado amor que siente por su marido, destrozado precisamente por una estancia previa en ese lugar. El viaje que propone Aniquilación, por tanto es a la vez exterior e interior, y ambas dimensiones se equilibran admirablemente: en cuanto a lo primero, estamos ante una película de enorme atractivo visual; en cuanto a lo segundo, ante una bonita reflexión sobre la incomunicación. Una película, por lo tanto, que recomiendo calurosamente. [enlace]

toy-story-4-ultima-entrega-de-la-sagaToy Story 4 (2019, John Cooley). A los tan conocidos nombres de los estudios clásicos del cine mundial, las últimas décadas han añadido otros dos con los que los aficionados nos hemos familiarizado con devoción, ambos pertenecientes al género de la animación: el japonés Ghibli (paladín del dibujo animado clásico) y el estadounidense Pixar (locomotora de la animación tridimensional, la cual, salvo en Japón, parece haber desplazado definidamente al anterior). Precisamente, el título que lo inició todo, Toy Story (1995), el primero creado enteramente por ordenador, fue el que inauguró la saga que concluye con este último film de mi lista. Casi 25 años después, Toy Story 4 cierra un ciclo (vamos, así parece) que destaca, admirablemente, porque cada uno de los cuatro títulos que lo compone ha ido mejorando, y matizando, el anterior hasta conformar una inolvidable propuesta que tanto cumple el primer mandamiento de este género «para niños» (entretener y divertir) como ofrece una inesperadamente muy madura reflexión sobre la condición humana, simbolizada en esos modestos y tenaces juguetes cuya primera misión es… entretener y divertir a los niños. Creía difícil que la magnífica Toy Story 3 (2010) pudiera ser mejorada, pero el presente film lo consigue, modulando aún más el dibujo de sus personajes, en especial de su protagonista, el cow-boy Woody, de tal modo que, sin traicionar ninguna de sus características esenciales, lo mejora, es decir, lo humaniza a través de un proceso tan propio de «nuestra» especie como es progresar desde la dependencia de los demás a la completa libertad personal. Y todo esto sin prescindir ni del virtuosismo ni del regocijante sentido del humor ni del encanto de los personajes, tanto los habituales como las nuevas incorporaciones (como ese impagable muñeco construido a partir de un tenedor desechable cuyo instinto lo empuja constantemente a tirarse a la basura): de la magia de la mejor Pixar, en suma. [enlace]

Es posible que esta lista se haya realizado antes de tiempo, porque en el momento de realizarla quedan por estrenar diversas películas de 2019 a buen seguro relevantes (adelanto una: 1917, de Sam Mendes, que me ha gustado mucho), pero vuelvo a insistir en que este tipo de propuestas no tiene más objeto que el placer cinéfilo de recontar gozos cinematográficos e intentar transmitirlos a los demás, buscando el saludable efecto-contagio. Nada más pero nada menos.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Veinte películas para la década de los diez (II)

  1. Marajjos dijo:

    Gracias por la relación de películas. Me abre los ojos a títulos que no conocía ni siquiera de oídas.

    Dos cosas solamente. La primera, que si me permites la “regañina”, con todo cariño, pero es imperdonable en un blog que tiene tal variedad de filmes comentados, que no esté incluida la trilogía de Mad Max. Por lo menos la segunda película, que es la que le da consistencia a la saga. Estando a una gran altura Furia en la carretera, como bien comentas, sin embargo todos los elementos de esta que están ya en la segunda, el nihilismo, el antihéroe, etc. Hasta Mel Gibson está para mi gusto genial en la encarnación de un hombre corroído por una tragedia interior, se nota que esta bien dirigido, en una etapa anterior a la creación de su personaje estereotipado, excesivo e histriónico, que desarrolló en Arma Letal y ya nunca abandonó. Así que ya sabes, espero tu comentario de esta trilogía con impaciencia. Es lo malo de que lo hagas tan bien.

    Y la segunda, que personalmente disiento de la valoración de Blade Runner 2049. Para mí fue un pestiño insufrible, excesivo metraje, ritmo lentísimo, un protagonista con la capacidad expresiva de una loncha de jamón de york (tiene películas en las que está bien, fracture por ejemplo, pero está tan empeñado en transmitir introversión llena de profundidad que es muy difícil que de el tono), una reentrada de Harrison Ford que se cierra en falso porque en realidad no aporta nada, y una pretenciosidad en el mensaje que quiere transmitir que pienso que al final se queda en fuegos de artificio. Y no me gusta el papel que le hacen hacer a Ana de Armas, más que una faceta sentimental, parece una “muñeca sexual virtual” De todas formas, como me gustan tanto tus críticas, prometo darle una segunda oportunidad.
    Un saludo.

    • Hola, Marajjos, y ante todo muchas gracias por tu prolijo comentario, puesto que me encanta que el blog sirva, precisamente, de cauce de comunicación entre cinéfilos.

      Por supuesto que te permito que me regañes (con cariño, claro, jaja), pero créeme que, por muchas entradas sobre cine que tengo publicadas, siempre serán muchísimas más las ausencias que las presencias. Es más, tengo muchas cuentas “pendientes” de obras y autores que me encantan y que todavía no han “caído” por no haberlos vuelto a visitar en el tiempo que “La mano del extranjero” lleva existiendo. Aun así, y como digo en el artículo, la trilogía Mad Max no la he visto nunca: en el momento de su estreno, todavía era pequeño para tener el estímulo de ir a verlo con amigos (no digamos ya con mis padres), y luego no ha habido ocasión. Es evidente que, después del buen sabor de boca producido por la recuperación de la saga, sí figura entre mis proyectos para el futuro, de modo que espero que alguna vez puedas leer mis impresiones sobre la misma.

      En cuanto a “Blade Runner 2049”, es curioso que los reproches que le haces (exceso de metraje, lentitud de ritmo, protagonista inexpresivo, pretenciosidad desmedida) son los mismos que le hacen a la primera los detractores que también tiene. Yo fui al cine con las garras afiladas y me rindió pronto, por las razones que explico (por cierto, supongo que habrás visto el enlace al final del párrafo en que hablo del film, y que lleva al artículo de larga extensión que le dediqué en el momento de su estreno). Coincido en que Ryan Gosling no traspasa la pantalla como demandaba el personaje (es un actor que, sin resultar molesto, me deja frío siempre que lo veo, incluida la celebérrima “La La Land”), pero en cuanto al personaje de Ana de Armas, creo que siendo, en efecto, un programa diseñado para entretenimiento sexual, la forma en que Z. la trata, como a un ser humano delicado, la libra sobradamente de esa condición y hace que, ella sí, me resulte imprescindible. Desde luego, la película tiene bastantes defectos (pero la primera también, aunque, claro, sigue pareciéndome el hito imprescindible), pero se redime por esa manera de respetar el ambiente original y al mismo tiempo interesar en sí misma. Te animo por ello a que le des esa segunda oportunidad: de hecho, yo mismo la vi dos veces en el momento de su estreno, y la segunda vez me gustó aún más.

      Espero, por todo esto, que sigas paseándote por aquí. ¡Hasta pronto!

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