Falstaffiana o Wellesiana: Campanadas a medianoche

Poster de Campanadas a medianocheSi en más de una ocasión ese aire idolátrico que rodea a la figura de Orson Welles (del que él mismo fue su sumo sacerdote) se convierte en un lastre para sus películas como director y como actor —esa sensación de que cualquier contrapicado o cualquier ceja enarcarcada por El Gran Orson están pensados para sobrecogerse y musitar, si podemos inhalar aire suficiente para hacerlo, que «esto es el Cine»—, bastaría Campanadas a medianoche para rendir todas las defensas y unirse a ese culto que tantas veces ha parecido pura mitomanía. Pues contemplando sus imágenes, o admirando la magnífica mirada a que sometió los originales de Shakespeare —estamos ante el tipo de adaptación creativa que debería exigirse siempre ante la buena literatura, para no limitarse a aprovechar el talento ajeno—, no hay sino que rendirse a la evidencia: solo un hombre de talento incomparable habría sido capaz de realizar semejante maravilla. Del mismo modo, como puede apreciar cualquiera que se informe acerca de las precarias condiciones en que se desarrolló el rodaje, Welles refuerza aquí su reputación de mago de las imágenes, capaz de hacer creer que cuenta con los medios de una gran producción histórica, cuando ni de lejos es así. El continente y el contenido, las pretensiones y los resultados, nunca se fundieron mejor en una película de su autor como en esta obra, la última que filmó el cineasta dentro del cine comercial (aunque todavía rodaría un film de ficción más, si bien para televisión, Un historia inmortal, en 1968). Duele pensar que solo tenía 50 años (aunque, físicamente, parecía tener casi veinte más), la edad a la que muchos autores todavía tienen media carrera por delante para demostrar su talento: con esos mismos años, su admirado John Ford estaba en la guerra y le quedaba por delante todo el rosario de obras maestras del western a las que hoy lo asociamos; Hitchcock todavía estaba lejos de filmar Vértigo, Con la muerte en los talones o Psicosis; Hawks, todos los Ríos o El Dorado.

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En aquel tiempo, qué verde era mi valle…

Cartel espanol de Que verde era mi valle«Estoy empaquetando mis cosas en el mismo pañuelo que usaba mi madre cuando iba al mercado, y me voy de mi valle, y esta vez no regresaré jamás. Dejo atrás cincuenta años de recuerdos. Recuerdos… Es curioso que la mente olvide tantas cosas que suceden en el presente y, en cambio, conserve claro y brillante el recuerdo de lo que sucedió hace muchos años, de hombres y mujeres muertos hace tiempo. Sin embargo, ¿quién puede decir lo que es real y lo que no lo es? ¿Puedo creer que mis amigos han desaparecido cuando todavía sus voces son un canto en mis oídos? No, y repetiré que no una y mil veces, porque siguen siendo una verdad que vive en mi memoria. Ninguna cerca ni reja rodea el tiempo pasado. Se puede volver atrás y revivir lo que se quiera si se recuerda. Por eso, cierro los ojos a mi valle, tal como es hoy, y desaparece, y lo veo tal y como estaba cuando yo era niño, un valle verde, rebosante de vida…». De todas las películas que comienzan con una voz en off para introducirnos en su historia, ninguna tiene la capacidad de ¡Qué verde era mi valle! (1941) para desencadenar, desde su mismo inicio, la emoción más incontenible. Durante las dos horas siguientes, la película no es sino un encadenado de episodios, de imágenes y de diálogos cuyo primer, y casi único, objeto es conmover nuestra sensibilidad, consiguiendo que el niño que evoca la historia de su familia, en el valle del título, sean todos y cada uno de los emocionados espectadores. El propósito es tan extremo y tan radical que solo mediante la poetización de cada instante hubiera sido posible no incurrir en el sentimentalismo más atroz. Por fortuna, el director del estudio llamó para dirigir la película al más grande poeta que dio nunca el cine. Ese hombre era John Ford.

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Tres Shakespeares de Kenneth Branagh

Kenneth Branagh, adicto a ShakespeareWilliam Shakespeare ha fascinado a muchos cineastas, que no han dudado en volver una y otra vez a este autor que, según Harold Bloom (expresando, más que un juicio exagerado, una admiración sin límites), es el inventor de la «personalidad humana». Lo ha hecho en todos los rincones del globo, lejos del teórico ámbito cultural de origen, lo que demuestra la universalidad de su arte: el japonés Akira Kurosawa o el ruso Grigori Kozintsev así lo prueban. Ahora bien, de todos quienes han vuelto una y otra vez al dramaturgo inglés, tal vez sean los más conocidos aquellos que han podido apoyar su aproximación en su propia imagen puesto que, al unir la doble condición de director y actor, pudieron adjudicarse el protagonismo de sus proyectos. Son tres sobre todo, a cuál más distinto. En el ánimo de sus incondicionales, Orson Welles es el único que ha podido tratar a Shakespeare de genio a genio. Para los suyos, Laurence Olivier aporta el toque de prestigio de la escuela británica y de quien, en vida, fue considerado recurrentemente uno de los mejores actores de su tiempo. Llevamos ya dos genios, por tanto, cada uno de los cuales, para que no se crea que estoy siendo sarcástico, firmó alguno de los mejores Shakespeares del cine. El tercero es también británico, por lo que en su día fue saludado como el nuevo Laurence Olivier, y debutó como autor «total» a muy joven edad, como Welles. En sus primeros años, vio brillar con fuerza su luz, si bien con el tiempo, si no apagándose, sí se fue mitigando. Se trata de Kenneth Branagh, quien, eso sí, supera a los otros dos en el número de películas que adaptan la obra de su autor predilecto.

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Baudolino busca al Preste Juan

El nombre de la rosa               El péndulo de Foucault             La leyenda del Preste Juan

Baudolino, de Umberto EcoEl nombre de Umberto Eco siempre será asociado a una de las mejores novelas que se han escrito sobre la Edad Media, El nombre de la rosa (1980), una de esas ocasiones afortunadas en que la erudición histórica (centrada en las querellas dentro de la Iglesia católica de la época) y la narración pura (adoptando la forma de un «policiaco medieval») han sabido enriquecer la una a la otra para crear un libro deslumbrante. En su segunda novela, El péndulo de Foucault, aun situada en ambiente contemporáneo, Eco asimismo echó mano de su profundo conocimiento de esa época histórica para sazonar con una gran cantidad de elementos sugestivos (el mito del ocultismo templario, la Cábala judía, la alquimia) ese supuesto plan secreto dispuesto desde antiguo que los protagonistas creen inventar y que otros toman por muy real. Finalmente, el novelista regresó plenamente al Medievo con otra obra que asimismo consiguió un gran éxito, Baudolino, que puede considerarse una combinación de las dos previas. De la primera, recoge el mismo propósito (incluso más ambicioso) de ejercicio de reconstrucción histórica a partir de una narración que no concede respiro al lector. De la segunda, el hecho de que su tema central es la creación, por parte del protagonista, de una elaborada fabulación acerca de un reino supuestamente imaginario que, sin embargo, acaba cobrando realidad. Este planteamiento tiene para mí un interés adicional por cuanto esa invención es nada menos que la de una leyenda que lleva fascinándome desde la infancia (¡la descubrí en un tebeo de superhéroes!) y que en esta novela encuentra la mejor plasmación literaria que yo mismo podía esperar: la leyenda del Preste Juan.

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Algunos melodramas de William Wyler

La trilogía con Bette Davis                      La heredera                        Horizontes de grandeza

Director William Wyler circa 1946 ** I.V. Debo confesar que yo también me he dejado llevar en algún momento por las modas críticas que han azotado la figura de William Wyler. Cuando era pequeño y comencé a fijarme en los nombres de los directores, el de Wyler lo asocié pronto a la garantía de ver películas de calidad. Ahora bien, tan pronto empezaron a caer en mis manos textos críticos —y ya se sabe que este hombre, en los años 50, pasó de tener un gran prestigio a ser considerado el modelo de director impersonal y académico (!)—, yo mismo me convencí de que sus películas eran tan «sólidas» como «limitadas» (!!). El tiempo se encarga de abrirnos los ojos y cualquier revisión seria de su cine deja bien claro que Wyler fue un extraordinario director al que ha perjudicado la diversidad de una carrera larga y estable (confortablemente recompensada con el éxito y, oh cielos, con los Oscars: en este sentido, no hay ningún otro que acumule más premios, en las categorías más importantes, con el conjunto de su filmografía, entre ellos tres propios al mejor director). La crítica de auteur lo contempló con displicencia, pues no parecía propio de tal categoría un director del que se echaba en falta algún tipo de concepto o planteamiento recurrente (de esos que se resumen con una etiqueta, al estilo de John Huston y el «tema del perdedor» o Alfred Hitchcock y el «mago del suspense») ni contaba con ninguna vinculación con intérpretes a los que hubiera convocado secularmente para un mismo tipo de personaje (como John Wayne respecto a Hawks o Ford, o Cary Grant con el mismo Hawks o con Hitchcock). Qué impersonal, cierto.

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Ricardo Corazón de León: ¿rey de Leyenda o rey de la Historia?

Ricardo I, por Merry-Joseph BlondelInglaterra puede presumir de haber tenido a los dos reyes que mejor asociamos con el concepto de perfecto caballero medieval. Uno pertenece a la Leyenda, pues es el rey Arturo; el otro pertenece a la Historia, pero él se soñó siempre legendario, y tal vez murió con la amarga sensación de no haber respondido siempre al alto concepto por el que se tuvo. Se trata de Ricardo I, conocido como Ricardo Corazón de León, una figura sobradamente conocida pero no ya por los amantes de la Historia sino por los del cine y la literatura. De hecho, el concepto que tenemos de este soberano dista mucho de corresponderse con el real, puesto que ha engrosado con toda justicia la galería de seres conocidos mejor por su avatar en la ficción que por el que le cupo en suerte en su paso por el siglo. Los niños, al menos en una época de sesiones de cine clásico los sábados por la tarde, aprendimos a reverenciar su nombre porque así lo hacía el gran Robin Hood. En los libros, quienes leímos a Walter Scott (cuando se lo leía) también aprendimos a respetarlo, porque en dos de sus mejores novelas, Ivanhoe y El talismán, dejaba de ser un mero ideal y asumía un papel activo al lado de sus héroes centrales. Pero fue el cine el que definitivamente nos dio otro rey Ricardo, y no me refiero ya a aquellas películas que perpetuaron su imagen gloriosa (incluidas sus siempre salvadoras intervenciones en el ciclo de Robin Hood), sino esas otras en las que, no siendo ya la figura central de sus respectivas tramas (tal vez porque no fue tan importante como se nos ha hecho creer), se nos mostró al Ricardo imperfecto, egoísta, incluso antipático: humano. Sobre todos estos Ricardos quiero hablar en el siguiente artículo.

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El primer emperador de China

Este artículo apareció inicialmente en la revista digital Homonosapiens

Los famosos soldados de terracota de la tumba del Primer EmperadorUna de esas fascinantes vinculaciones entre distintas expresiones del arte y la ficción que tanto me gusta rastrear la encuentro entre dos obras de dos artistas que no pueden parecer más diferentes: el escritor argentino Jorge Luis Borges y el cineasta chino Zhang Yimou. En el ensayo inicial de su libro Otras inquisiciones (1952) —y sabido es que, en Borges, los límites entre el ensayo y la ficción son muy tenues—, titulado La muralla y los libros, el escritor aborda la figura del hombre que en la historiografía china aparece como el unificador del país. Se trata de Shih Huang Ti (tal como figura en el relato borgiano, que hace uso del anterior método de trasvase de las palabras chinas al alfabeto latino, el llamado sistema Wade-Giles), o Qin Shihuang (según el que ahora es aceptado como el más correcto, tanto por la historiografía como por el sistema llamado Pinyin, el mismo que nos ha arrebatado nuestro entrañable y tradicional Pekín, sustituyéndolo por el más impersonal Beijing). La historia registra que Zheng, soberano de Qin, uno de los siete Reinos Combatientes, fue conquistando todos los demás, a finales del siglo III a. C., unificando el territorio de tal modo que, a partir de ese momento la idea de unidad imperial nunca se perdió, aun cuando el país pasara por épocas de división. De su importancia da fe el hecho de que el término China, por el que se ha conocido siempre a todo el país, procede de esa primera dinastía fundada por Shihuang: es la latinización del término tal como fue transcrita por los romanos, el primer pueblo europeo que supo de su existencia. Como es sabido, el nombre clásico del país siempre fue el de Zhongguo o Reino del Medio (en el sentido de ocupar justo el centro del mundo, apología de la propia identidad que figura en más de un nombre étnico o territorial, comenzando por Alemania).

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Han Solo, el patito feo de Disney Star Wars

Los personajes de Star Wars                            La guerra de las galaxias

Cartel de Han Solo, una historia de Star WarsCierto, yo también creo que no era especialmente necesario que Disney decidiera asomarnos a la juventud y primeros pasos del emblemático Han Solo —como tampoco lo había sido saber cómo fueron conseguidos los planos de la Estrella de la Muerte, en el previo Rogue One (2016). Una de las gracias de todo carismático aventurero de pasado ambiguo es justo eso, la ambigüedad de su pasado, que hace tan atractiva la especulación acerca de su vida anterior al momento en que nos lo presentan, y que permite que cada uno dote de contenido particular a las referencias sugeridas por los diálogos o por los encuentros con antiguos conocidos del personaje en cuestión. Ahora bien, en su voracidad, la Disney había encontrado un modo de no agostar con excesiva rapidez el nuevo filón que había supuesto la compra a George Lucas de su franquicia Star Wars: proponer una nueva trilogía, estrenar sus títulos con menor intervalo que las dos anteriores (de dos en dos años y no de tres en tres) y, jugada maestra, rellenar el año de descanso con eso que los americanos llaman spin off (y nosotros, tan sugestionados por la fácil sonoridad del inglés, hemos dejado sin traducir), esto es, aventuras integradas justo en el pasado anterior al film con el que se inició la saga, la mítica La guerra de las galaxias (1977). La jugada salió muy bien con la antedicha Rogue One, pero pinchó inesperadamente con Han Solo, hasta ahora el único fracaso comercial de la franquicia (¿realmente estas películas pueden perder dinero?). La ironía es que, si Rogue One es un título mediocre y sin interés, Han Solo acaba erigiéndose como un muy estimable film de aventuras espaciales, digno precisamente del film de partida.

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El «argumento» en Volverás a Región

La intención de este artículo es referir con algún detalle la trama de esta genial novela de Juan Benet, a modo de pequeña guía que ya me hubiera gustado a mí tener cuando la descubrí por vez primera. Después de varias relecturas (cada una más fascinada que en la anterior) y un artículo previo, me parece haber desbrozado, en la medida de lo posible, la tupida red de indeterminaciones que tanto me desconcertaron entonces (también me ha ayudado, claro, la consulta de análisis y fuentes de información que ahora son más abundantes, o por lo menos más fáciles de encontrar). Por supuesto, no estoy seguro de haber «acertado» en todos sus detalles, de modo que agradeceré la matización (o corrección, claro) de quien la haya comprendido mejor que yo. Con Juan Benet nunca se puede cantar victoria…

Volverás a Región: primera aproximación

La edicion más reciente de Volveras a Region, en DeBolsilloLeí por primera vez Volverás a Región (1968) con 17 o 18 años, en ese mágico año en que entonces la secundaria concluía con el llamado COU (Curso de Orientación Universitaria), que contaba con una asignatura de Literatura —en exclusiva: Lengua Española tenía sus propias horas, algo que hoy no existe… y luego nos quejamos de que los estudiantes leen poco—, dedicada además a las letras españolas del siglo XX. Lector hasta ese momento casi en exclusiva de los grandes narradores encasillados para la juventud (Verne, Stevenson, Salgari, Tolkien: mi hito de modernidad era, seguramente, Cien años de soledad, de García Márquez, leído en las madrugadas de cierta semana de exámenes, con las consecuencias de prever para mis notas), a lo largo de ese año me zambullí con ingenua valentía en la literatura «adulta», cuanto más complicada mejor: cayeron libros que no he dejado de amar desde entonces, como Pedro Páramo o La saga/fuga de J. B., más otros venerados un día y devaluados por la relectura (La colmena) y algunos que si terminé a duras penas fue por esa terquedad propia del final de la adolescencia. Volverás a Región fue uno de estos. Confieso no haber sentido jamás el desaliento como durante su ardua lectura: la mitad de la novela creo que no me enteré de qué rayos me estaba contando Juan Benet. Por entonces no teníamos Internet, claro, y las fuentes posibles que me hubieran aportado información o no estaban a mi disposición o no supe encontrarlas. De ahí que sepulté el libro en mis estanterías (literalmente: no tardó en quedar encerrado en un segundo término) y lo dejé dormir durante más de un cuarto de siglo. Y desde el día en que despertó no ha dejado de contarme cosas.

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El camino, entre ¡Qué verde era mi valle! y Guillermo Brown

Portada de El camino, en destinolibroPor mucho que yo sea un apasionado de la relectura, nunca creí que volviera a sacar El camino del fondo del estante en que lo dejé después de los lejanos días del bachillerato; es más, ni siquiera había leído ningún otro libro de Miguel Delibes. El recuerdo que guardaba  era grato pero superficial, como propio de la historia que se deja leer pero en la que no encontramos especial estímulo. En principio, tan polvoriento rescate no se debía más que al escrúpulo que tengo por conocer, en lo posible, o recordar, en este caso, los libros cuyas adaptaciones al cine veo, con objeto de situar bien los méritos artísticos (no soporto las críticas que se los adjudican invariablemente al adaptador —por supuesto si lo consideran un «autor» excelso—, como por ejemplo, sucedió en su día con muchos comentarios acerca de la sobrevalorada versión que Martin Scorsese hizo de la excelente novela de Edith Wharton La edad de la inocencia, de tal modo que parecía que el cineasta también había escrito también el libro), y hace poco he repasado la bonita película que sobre el libro de Delibes hizo Ana Mariscal en 1963. Contaba con hacer una lectura más bien ligera, casi un picoteo, y sin embargo me he sorprendido deteniéndome cada vez más placer en los diversos episodios que lo componen, hasta el punto de ir sintiendo una progresiva admiración. No en vano, en sus mejores momentos (sobre todo, en su excelente segunda mitad), he encontrado en ella una inesperada, y entrañable, evocación de dos obras por las que siento particular devoción: una película amada hasta la pasión, ¡Qué verde era mi valle! (1941), del genial John Ford, y un universo literario que, desde la infancia, me ha acompañado toda la vida, el del niño inglés Guillermo Brown, creación de la maravillosa Richmal Crompton.

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En Café Montaigne: El nombre de la rosa

En Café Montaigne: El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

Portada de la primera edicion en Lumen de El nombre de la rosaAcabo de publicar en la revista digital Café Montaigne una reseña sobre la novela El nombre de la rosa, que en el ya lejano 1980 supuso uno de los mayores éxitos de ventas de la literatura mundial. Su autor, Umberto Eco, era un ensayista sobradamente conocido, e influyente, pero este libro supuso su primera tentativa en el campo de la ficción, que luego seguiría frecuentando con otros títulos por lo común bien acogidos, pero ya sin superar nunca su opera prima. Ahora que tan de moda está la novela histórica, hasta el punto de que los autores nacionales ya deben estar teniendo problemas para encontrar algún reinado, episodio o contexto sobre el que nadie haya arrojado todavía su mirada, conviene recordar que Eco no se limitó a situar una historia en tiempos pretéritos con personajes hablando y comportándose como si hubieran nacido anteayer, sino que efectuó un notable ejercicio de reconstrucción moral y filosófica, cuya gran virtud es saber dar vida al pasado pero sin olvidar que lo que hace perdurable cualquier obra (esté ambientada en la época, género o cultura que sea) es su capacidad para resultar universal. Eco creó además un personaje inolvidable, ese monje investigador que es mucho más que un homenaje a Sherlock Holmes, pues su intensa humanidad lo distingue del mero ejercicio bibliófilo. El artículo que publico en Café Montaigne está extraído de la entrada propia que ya publiqué en este mismo blog, solo que concentrado exclusivamente en el libro. Para quien sienta interés, además, por leer un comentario sobre la excelente versión cinematográfica en la que Sean Connery encarnó a Guillermo de Baskerville, incluyo ese enlace:

El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

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Veinte películas para la década de los diez (II)

I         II

Lucy, de Luc BessonLucy (2014, Luc Besson). Quién iba a decirme que me rendiría sin paliativos ante una película de Luc Besson, ese cineasta francés empeñado en clonar del modo más adocenado los éxitos del mainstream de Hollywood. Esa admirable sorpresa se llama Lucy, una película que, a priori, no parecía otra cosa que un híbrido de action movie y ciencia-ficción con ecos del cine de superhéroes (esto último lo subraya la presencia de Scarlett Johansson en el papel titular). Y desde luego, en principio no es sino eso, si bien contado con una fluidez avasalladora y, afortunadamente, sintética (su escueto metraje está tan bien ajustado que alargar más la historia la hubiera estropeado). El motor argumental es de estos que tanto gusta al mainstream, precisamente, pues se basa en una idea fácil de asimilar y más o menos contundente: una chica corriente comienza a sufrir una increíble mutación en su cuerpo bajo el efecto de una droga experimental que tiene la capacidad de estimular el completo aprovechamiento de la capacidad cerebral (cuando, nos explican, el ser humano habitualmente utiliza solamente el 10% de la misma). Esa mutación amenaza o bien destruirla o bien convertirla en alguien que, al final, no será ella misma, por lo que emprende una carrera contra el reloj de 24 horas para encontrar una cura antes de la completa absorción de la droga, mientras la mafia taiwanesa que creo esta a su vez la persigue sin descanso. Pues bien, bajo esta premisa, tan válida o tan inverosímil como cualquier otra, Lucy propone uno de los ejercicios narrativos más absolutos que ha visto el cine mundial en los últimos tiempos, tanto que diríase que esa droga es capaz de estimular al espectador tanto o más que a la protagonista, puesto que llega un momento en que lo que se cuenta deja de importar para absorbernos por completo el increíble aluvión de imágenes sugestivas. Además, la trepidante película de acción va evolucionando poco a poco hasta la ciencia-ficción más adulta, para acabar en los terrenos de la pura abstracción, a medida que la protagonista deja de ser Lucy y se convierte en la encarnación de la idea de humanidad, con ese inolvidable recorrido final, sin moverse de la silla donde está sentada, por todas las etapas de la evolución hasta el reencuentro con el primer homínido conocido, precisamente su homónimo, con una fortuna que, mido bien mis palabras, el mismo Kubrick de 2001, una odisea del espacio creo que habría envidiado. Seguir leyendo

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Veinte películas para la década de los diez (I)

I            II

Jose Coronado en No habra paz para los malvado

Acabo de seleccionar veinte títulos para la votación que sobre las mejores películas de la década de los diez efectúa el muy original y espléndido blog Diccineario, cuyo autor es un gran cinéfilo, Antonio Martín. (Cierto, la década finaliza realmente este 2020, del mismo modo que el siglo XXI comenzó el año 2001 y no el anterior, pero la magia de los cambios «redondos» es muy poderosa en términos de calendario, y de todos modos tan arbitraria, en términos artísticos, es una acotación u otra.) Más de una vez he participado, en la Red o entre amigos, en este tipo de eventos, por los que siento debilidad, y que, en mi caso y sé que en el del mismo Martín, tiene como propósito no pontificar una lista canónica sino señalar una serie de títulos significativos y, sobre todo, permitir a los cinéfilos que lo seguimos compartir gustos y debilidades. A la vista de las obras elegidas, creo que la lista recoge bien la que creo mi principal inquietud frente a la ficción: me encanta la diversidad de ópticas, de géneros, de formas de concebir el cine (o la literatura, o el tebeo, o el arte en general). Hay en ella obras de animación y de acción «real» (también esas otras que combinan ambas al estar realizadas en buena medida mediante efectos digitales); hay cine de autor y cine comercial (incluso cine que, claro, combina de modo estupendo ambas características); hay cine estadounidense (el más numeroso: 12 contra 8 títulos) y cine europeo, incluso asiático; hay obras sobre las ha habido consenso crítico y otras que no lo han tenido, ni mucho menos. En cualquier caso, espero que precisamente esta heterogeneidad haga interesante el pequeño comentario que, a modo tanto de justificación como de invitación a su visionado (es, siempre, el principal objetivo de este blog), acompaña a cada título.

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En Cherburgo o en Rochefort: je chante

Cartel español de Los paraguas de CherburgoÉrase una vez un musical que tenía muy mala fama y respondía al nombre de Los paraguas de Cherburgo. Para este joven cinéfilo que amaba el género tal y como lo planteaba Hollywood, había motivo para desconfiar de un film que, para empezar, no era estadounidense sino francés, donde hasta la frase más trivial se cantaba, sin la menor pausa, y donde no se bailaba, toda una herejía para quienes crecimos con Gene Kelly, Cyd Charisse y Fred Astaire. Encima, las informaciones señalaban que lo que se contaba cantando y cantando sin parar era una vulgar historieta de amor entre dos jovencitos que se amaban y se separaban, sin mayor alternativa argumental. Y para colmo, las valoraciones críticas que podían encontrarse no se cansaban de insistir en un mismo calificativo: cursilería, al que hacían preceder del demoledor adjetivo desarmante. Pues bien, la mejor forma de comprobar la calidad de cualquier obra de arte siempre será asomarse a ella. Y Los paraguas de Cherburgo (1964), asumiendo con naturalidad esa evidente tentación por la cursilería que planea siempre sobre ella, supone una operación de verdadera radicalidad en torno al concepto clásico de musical, tanto por su completo contenido cantado como por plantearlo a partir de una atmósfera de sencilla melancolía que, increíblemente,  justifica por completo la estructura. La sorpresa se saldó con un éxito monumental, por lo que tres años después el mismo equipo ejecutó un segundo musical, Las señoritas de Rochefort (1967), esta vez en términos más ortodoxos pero con resultados igualmente encantadores. Dos películas que, además, pueden esgrimir el singular valor de constituir los únicos musicales no estadounidenses que han podido competir con sus grandes títulos.

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En Recuerda que has leído: Mujercitas

MujercitasAcabo de publicar en el blog literario Recuerda que has leído un breve artículo sobre Mujercitas, ese clásico de la literatura «para niñas» que últimamente se reivindica bastante, sobre todo desde un punto de vista feminista. En él, intento señalar tanto sus indiscutibles méritos como sus evidentes lastres, en realidad tan interprenetrados unos de otros que esto constituye uno de sus principales atributos. El artículo supone, por otro lado, una reelaboración de uno anterior publicado en este mismo blog, en el que hacía pareja con otro ejemplar de la novelística juvenil leído durante décadas, el Ben-Hur de Lewis Wallace, solo que el libro de Louisa May Alcott vive un esplendor editorial y el otro no consiguió revitalizarlo ni su reciente (y ya del todo olvidado) remake. Como complemento al artículo, quiero hacer una pequeña reseña, precisamente, sobre la nueva adaptación cinematográfica del libro de Alcott que acaba de estrenarse, si bien, por una vez, diríase que es el revival literario el que ha justificado la existencia del film y no al revés, como tantas veces ha sucedido. Conviene recordar que, en el caso de Mujercitas, los magnates del cine siempre se han empeñado en ofrecer a cada generación una nueva versión, como han hecho con otros libros de fervor popular. Descartando dos ignotas adaptaciones realizadas durante el cine mudo, en concreto llevamos cuatro. De la primera, Las cuatro hermanitas (1934), dirigida por George Cukor, poco puedo decir pues guardo un recuerdo lejanísimo de ella, salvo para señalar que el hoy absurdo título parece deberse a que así fue traducida en alguna de las primeras versiones españolas del libro. La segunda, ya titulada Mujercitas (1949), es la más popular y todavía suele visitar los hogares navideños a través de la televisión. La tercera, de 1994, me aburrió muchísimo en su día: es la clásica película que no se esfuerza en absoluto en aportar algo que induzca a pensar que su existencia tenga valor por sí misma y no por vampirizar un libro que podía haberse ahorrado semejante ilustración. La coetánea, en cambio, me ha parecido una película de lo más estimable, incluso con momentos excelentes, sobre todo porque, por una vez, es una adaptación que sí se esfuerza en ofrecer algo distinto, aun siendo muy fiel al original. Es cuestión de enfoque, de tono: de creatividad.

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