El personaje Los relatos La película
Cuando pensamos en Conan el cimerio es inevitable pensar en un hombre corpulento, de anchas espaldas y musculatura hipertrofiada. Es la imagen que le ha dado el cine, la del culturista Arnold Schwarzenegger, que lo popularizó, pero no anda tampoco muy lejos de la descrita por Robert E. Howard en sus cuentos, a su vez difundida por grandes ilustradores del cimerio como Frank Frazetta o Boris Vallejo: un hombre de constitución robusta, cuello de toro y piernas bien asentadas sobre el suelo. Sin embargo, el Conan favorito de muchos es un joven espigado y ágil, de facciones finas compensadas con gruesas cejas, de largos cabellos dibujados casi hebra por hebra y de expresión a la vez sombría e inteligente. Es el Conan que inmortalizó un genio del dibujo llamado Barry Windsor-Smith (aunque entonces solo firmaba Barry Smith, el término intermedio se lo añadió años después, quizá como reafirmación orgullosa del genio que ya se reconocía a sí mismo) en los primeros números del tebeo que tanto ayudó a popularizar al personaje, comenzando por su apodo más conocido, Conan el bárbaro. Si los relatos de Howard transpiran una fulgurante fuerza primitiva, Smith convirtió sus aventuras en un ensueño arrebatador, transmutando el continente hiborio en una sucesión de ciudades de paredes enjoyadas y rejerías finamente trenzadas, de bosquecillos de cuento de hadas y de monstruos que en teoría son espantosos pero que desprenden una fascinante belleza. Su etapa con el personaje fue apenas un suspiro en la longeva saga literaria, tebeística y cinematográfica en que aquel se ha desenvuelto, pero ¡qué irrepetible suspiro!