El río: la vida fluye… nos guste o no

Bonita portada de El rio, de Rumer Godden, en AcantiladoNo es la primera vez que una magnífica historia se conoce por una película cuyo renombre mítico, y el de su director, oculta el punto de partida literario, y no por culpa del realizador, que se encarga sobradamente de alabar su calidad a quienes quieren escucharlos: otra cosa es que estos no se preocupen en averiguar si al menos una parte de la extraordinaria calidad de la historia que tanto estiman se debe a la persona que la creó en primer lugar. Un caso emblemático es el de El cuarto mandamiento (1942), de Orson Welles, película que muchos incluso consideran la mejor de su director, y que adapta una olvidada y excelente novela de Booth Tarkington, The Magnificent Ambersons (1918), que el director de Ciudadano Kane nunca se cansó de elogiar. Hay otros casos del mismo tenor, pero pocos me parecen tan significativos como el de El río (1951), película que muchos consideran una de las cimas del cine, con respecto a la novelita que adapta, publicada en 1946 por la escritora inglesa Rumer Godden, que enseguida fascinó a un director, el francés Jean Renoir, que por entonces vivía los últimos coletazos de un exilio en Hollywood cuyo resultado artístico no le estaba dejando satisfecho. En la novela de Godden encontró una obra fascinante, a la que dedicó una minuciosa preparación (entre su anterior película, última en Hollywood, Una mujer en la playa, y El río pasan cuatro años), incluyendo una larga estancia en la India para impregnarse de su aroma, que sería fundamental en el resultado final de la adaptación. Pues bien, al contrario de lo que sucede en la relación Welles-Tarkington, El río traduce de modo insatisfactorio la memorable combinación de mágica densidad y extraña ligereza que impregna la novela, por mucho que su traducción visual (sin lugar a dudas, hablamos de una película repleta de bellas imágenes) parezca la adecuada.

Rumer Godden pertenecía a esa fascinante estirpe de ingleses criados en la India debido a la condición de funcionarios del Imperio de sus progenitores: el caso más conocido, pero por supuesto no el único, es el del gran Rudyard Kipling. En 1945, con treinta y ocho años, regresó a su país natal para concentrarse definitivamente en una carrera literaria en la cual la India fue su gran tema. Ya le había dedicado varias novelas: una de ellas, Narciso negro, de 1939, había constituido el primero de sus grandes éxitos, siendo llevada al cine en 1947 por Michael Powell y Emeric Pressburger, con inolvidables resultados.

El río (1946) es una novelita de poco menos de 130 páginas (en la bonita edición que acaba de publicar Acantilado, con traducción de Javier Fernández de Castro), de corte evidentemente autobiográfico. La película se encarga de remarcarlo aún más, al hacer que toda la historia tenga una narradora subjetiva que evoca ese tiempo pasado desde la edad adulta, superponiendo por tanto un nivel de reflexión más. En el libro también existe esa perspectiva central, pero Rumer Godden no necesita recurrir al relato en primera persona (en la película Renoir prescindía de ella en diversas ocasiones, con cierta incoherencia). De hecho, la magia del libro comienza por la fortuna de su voz narrativa, por el modo en que Godden sabe situarse a la altura de Harriet, su personaje protagonista, la hija segunda de la familia protagonista, una niña sorprendida en el momento en que está comenzando a dejar la infancia para abrazar la adolescencia, estado en el que ya ha entrado su hermana mayor, Bea, hasta poco antes su compañera de juegos e intimidades, a quien contempla con una nueva curiosidad que no esconde el profundo resentimiento que siente por su «traición».

La escritora Rumer GoddenSin resultar artificial en ningún momento, ni tampoco traslucir un vacuo virtuosismo, Godden posee la admirable virtud de traducir en tercera persona ese rico y cambiante mundo interior de Harriet (una chica, además, que ha decidido convertirse en una gran escritora, lo cual remarca su indiscutible condición de portavoz de la autora), de su curiosidad inconstante y apasionada por dispares o a dejar la expresión de una idea por la mitad (característica esta que saca de quicio a su hermana Bea). Con ello, Godden se sitúa al nivel de los mejores narradores del punto de vista infantil, por casualidad o no buena parte de ellos británicos, del mismo Kipling (¿alguien ha leído Stalky y Cía?) a Richmal Crompton, la creadora del imborrable Guillermo Brown, pasando por J. M. Barrie, el padre del inmortal Peter Pan.

La familia protagonista, de la que nunca sabremos su apellido (y ni siquiera el nombre de los progenitores: en el mundo de Harriet solo hay nombres de pila), está formada por el padre, director de una fábrica de yute, la madre y los cuatro hermanos, tres chicas (Bea, Harriet y la pequeña Victoria) y un niño (Bogey), amén de numerosos sirvientes, de los cuales quien actúa casi como un miembro más del grupo familiar es Nana, una mujer de origen angloindio que es quien se encarga de cuidarlos y a la vez de supervisar todas las necesidades de la casa. Todos ellos viven junto a la fábrica, en una casa de dos pisos con un amplio jardín al borde de un río al que tampoco se da nombre, pero que se supone que es el Ganges (si bien, en la vida real, Godden vivió junto a uno de los brazos del Brahmaputra, en lo que hoy es Bangladés). El mundo exterior se filtra escasamente dentro del interior de la gran casa y cuando lo hace es por medio de visitantes, amigos de la familia: Valerie, una jovencita de mejor posición que vive en la orilla opuesta del río, y a quien Harriet contempla con suma desconfianza al considerarla como una intrusa que la ha reemplazado en su intimidad con Bea, y en especial el capitán John.

Hay dos grandes temas que centran la novela, pero que se imbrican de modo maravillosamente fluido con el mero relato de la cotidianeidad de una familia, como son el crecimiento y la vida. La vida es un continuo devenir a imagen y semejanza de esas aguas al borde de las cuales vive la familia protagonista: a veces es triste y a veces alegre, a veces pesimista y a veces optimista, pero en cualquier caso es absurdo intentar acotarla, porque al final siempre sabrá cómo abrirse espacio. Ahora bien, lo que nos hace descubrir esta cualidad lábil y sinuosa de la vida es que crecemos, «nos guste o no», como le dice Nana a Harriet al principio de la novela, frase que la niña adapta como un leit-motiv vital.

El Ganges, el rio sagrado de la India

La ambientación cronológica posee cierta imprecisión, muy propia del tono evanescente que domina la historia. A ratos diríase que la guerra todavía está sucediendo, como un telón de fondo lejano para los niños pero muy cercano para los adultos, y a ratos parece que estamos en la inmediata posguerra. El personaje que más aproxima al lector (y a Harriet y su familia) con la realidad es precisamente el del mencionado capitán John. Se trata de un veterano de la guerra, en la cual sufrió un doloroso cautiverio que le costó la mutilación de una pierna (camina, cojeando, gracias a una prótesis). Habitante del mismo lugar donde viven los protagonistas, ocupado en un trabajo del que no se da detalles, el capitán los visita continuamente —no tanto por estar con los adultos como con los niños: se señala que le gusta frecuentar el cuarto de los niños, quizá porque prefiere las preguntas directas de estos («¿por qué no luchó hasta perder la otra pierna?», dice la pequeña Victoria) a los silencios corteses e incómodos de los mayores—, incluso pasando estancias en la casa, siempre convaleciente, ya sea del dolor que le producen unas heridas de las que no parece haberse curado… o del dolor existencial en que parece permanentemente sumido.

Godden parece otorgar al capitán aparentes características propias de los héroes románticos (la aureola de sufrimiento, el ascetismo expresivo, la forma de influir en quienes lo rodean con mínimos actos), pero tiene buen cuidado en dejar bien claro que nada es tan ajeno al romanticismo como el padecimiento real del personaje. A lo largo de la historia, se va produciendo un acercamiento, una intimidad espiritual entre él y Harriet, entre esos dos seres que, cada uno a su manera, como es natural, sufren. Inicialmente, Harriet no duda en considerarlo uno de los intrusos que intentan separarla de Bea, pues cree que está enamorado de ella, y no siente lástima en absoluto del respeto que los adultos le piden por esa condición doliente del antiguo oficial. Es un dolor silencioso, en cualquier caso: el capitán habla tan poco que Harriet no tarda en advertir que cuando lo hace, deja siempre la sensación de haber dicho algo memorable. El capitán John será el primero en apreciar las cualidades literarias de la niña y con quien acabe compartiendo su mundo: es decir, el río, los olores que presiden el paso de las estaciones, el nombre de las flores y árboles que surgen a su paso.

El tenue hilo argumental narra el devenir de la familia protagonista a lo largo de un año, del comienzo de un invierno al otro, señalados ambos por la celebración hindú del Diwali, favorita de los niños porque la noche se llena de miles de lamparitas que convocan en torno a sus tambaleantes llamas a toda una legión de insectos. Un año que para Harriet es el año en que advierte que el tiempo pasa, que la vida fluye (nos guste o no): por su hermana Bea, por el capitán John, por ella misma. Un año en el que no sucede nada y, sin embargo, sucede todo.

Bogey, en el film, tratando de hipnotizar a la cobraEso sí, habrá un acontecimiento remarcable: la muerte del pequeño Bogey mordido por una cobra, de lo que se culpará la misma Harriet (y todos, aunque solo algunos lo expresen en voz alta: es inolvidable la conversación que mantiene Nana sobre el incidente y su irresponsabilidad) porque era la única que conocía la existencia del reptil en el jardín y las intenciones del niño de hipnotizarla como los faquires del bazar. Por otro lado, y al igual que ese río que renueva sus aguas continuamente sin que lo advirtamos, también la vida se renovará en el interior de la familia, sin apenas tiempo para atender al dolor de la pérdida: con el nacimiento de un nuevo miembro, otra niña.

Rumer Godden cuenta la historia mediante una forma de narrativa que algunos (yo mismo: me encanta la expresión) llaman impresionista. Es decir, sin sujetarse a ningún tipo de estructura formal —no hay ni capítulos y apenas alguna separación entre distintos fragmentos— ni tampoco argumental, saltando de hilo en hilo, de incidente en incidente (o de no incidente), justo al modo en que se desarrolla la vida en un niño, sin hitos importantes (como no sea alguna de las diversas celebraciones rituales), de tal modo que diríase que todos sus episodios se ordenan de un modo como podían haberse ordenado de otro. Lo hace además mediante una prosa al tiempo de encantadora ligereza y de bellísimo lirismo, que consigue aquello que más suele admirarse en un escritor: la creación de un universo propio, que al mismo tiempo es el de la escritora y el de su personaje protagonista, el de los personajes que recorren sus páginas y, mágicamente, del mismo lector adulto que se ve trasladado a esa casa al borde del río como si él mismo hubiera vivido en ella, tal es la magia que desprende.

Cartel de El rio, de Jean RenoirLeído el libro, resulta todavía más claro lo que ya se intuía habiendo visto la película por primera vez: los dos años que Jean Renoir pasó en la India, preparando la adaptación, lo hicieron caer seducido ante sus atractivos. Por eso, a lo largo de la película conviven, sin terminar de unirse del todo, dos propósitos: el relato de Godden que tanto le había gustado y una especie de documental antropológico sobre el medio y la cultura india (alguien ha medido en 17 minutos los planos e imágenes que reflejan aquellos sin influir directamente en la trama). Por todo esto, El río, película, intenta abarcar más de lo debido y se queda en tierra de nadie en la mayor parte de sus diferentes dimensiones: la mirada fascinada sobre la India, la reflexión sobre la atracción/confrontación entre oriente y occidente, el cuento familiar, el relato iniciático de sentimientos, la crónica existencial…

Renoir introdujo algunas modificaciones a la novela —con la aprobación de la escritora, que no en vano firmó el libreto como coguionista— que, sin embargo, no son especialmente trascendentes. Es más, quien deje pasar el tiempo entre la lectura y el visionado, o al revés, creerá que la correspondencia entre ambas es absoluta. Sin embargo, sí hay diferencias. Una de ellas es que el personaje del capitán John llega a la vida de la familia central con el arranque de la historia (en la novela, lleva tiempo viviendo con ellos), lo cual sitúa su presencia en el eje mismo del recorrido vital de Harriet, cuando en el libro aquella se va haciendo progresivamente importante. Es más, Renoir modifica la sabrosa relación del libro, marcada por la progresiva comprensión, para convertirla en un proceso de atracción bajo la forma del primer amor que vive la muchacha, vulgarizándolo bastante.

Al menos, esto permite introducir un personaje (el del vecino de los protagonista y primo del capitán) que acaba siendo tal vez el secundario más sabroso de la película, cuando menos por la afortunada decisión de entregárselo a Arthur Shields, entrañable actor irlandés asociado a pequeño pero jugosos papeles en varios clásicos de John Ford. El resto de actores, en cambio, adolecen de la debida intensidad emotiva, comenzando por el que encarna el fundamental personaje del capitán.

El capitan John y las tres amigasAhora bien, la más importante modificación radica en la desaparición del personaje de Bea: aquí Harriet es la hermana mayor, Valerie su fiel amiga, y a ellas dos se añade una tercera muchacha, completamente inventada para la ocasión, que Renoir utiliza para vehicular a través de ella parte de sus reflexiones sobre el contraste entre oriente y occidente. Se trata del personaje de Melanie, la hija del primo del capitán John, hija de inglés e india, atrapada por tanto entre dos culturas, que por ello se siente en tierra de nadie. Las cosas como son, este personaje sí introduce unas pretensiones y una trascendencia que desvirtúan un tanto la sencillez (la densa sencillez, repito) del libro, y su conflicto además no está bien trabajado. Si el mayor reproche que se le puede hacer a una película occidental que aborda el mundo de Oriente es incurrir en la tentación del exotismo, El río lo hace en un más de un momento por culpa de este personaje, que diríase concebido para que Renoir pueda concentrar en un personaje su mirada sobre los elementos visuales y culturales de la India. Un error, por tanto.

En particular, la principal carencia del film con respecto al libro se encuentra en la incapacidad de Renoir —demasiado seducido por otras cosas: por su propio acercamiento a la India, aun inevitablemente mucho más superficial que el de la escritora, quien después de todo no era una turista fascinada sino alguien que vivió allí largos años— para situarse en el punto de vista de sus personajes. Por el contrario, Rumer Godden posee la admirable virtud de saber situarse a la altura de su joven protagonista, de su curiosidad, de su energía, de su inflexible forma de enjuiciar a los demás. Ya he dicho que El río es (quizá junto con otro libro único e irrepetible, El gran Meaulnes) la mejor expresión que ha dado la literatura de esa experiencia al tiempo dramática y emocionante que es crecer.

El río, película, sin duda, ofrece un catálogo de imágenes preciosas, pero debido a su irregularidad dramática la sensación final que queda es la de haber asistido a un ejercicio intrascendente de fascinación occidental. Salvo una secuencia, esta sí a la altura de la novela, y sin necesidad de haber sido extraída de esta, que sí posee la textura de lo mágico, de ese fluir incontenible, instintivo de la vida, que es el momento, justo previo al hallazgo del cuerpo muerto de Bogey, en que se nos muestra, plano a plano, el sueño de todos los habitantes de la casa. Un bello instante de poesía dentro de una película que deja bien claro que detrás de sus imágenes se necesitaba a un poeta a tiempo completo, lo que Jean Renoir no era.

Portada de una edicion inglesa de El rio, de Rumer GoddenEl río, novela, sí deja entrever a una artista que sabía cómo hablar de la vida mediante el lirismo. A lo largo de ese año perezoso que enmarca la historia, Harriet irá evolucionando desde el profundo egotismo inicial hasta aprender a mirar más allá de las apariencias, lo cual, en el fondo, es uno de los ritos de paso fundamentales hacia la edad adulta. No lo hará sola, por supuesto. Dentro de este proceso es fundamental el personaje de Nana, que encarna la sabiduría práctica de la vida que mana sin imponerse por la fuerza. Es como el río: ella está siempre ahí, fluyendo, a veces inapreciable por la fuerza de la costumbre, de pronto rotunda en la verdad que revela a la niña, como una súbita crecida de la corriente. Así, a través del sufrimiento (la muerte de Bogey y el sentimiento de culpa consiguiente) y la necesidad de observarlo todo, Harriet irá abriendo esa concha, descubriendo que, aun poseyendo un «mundo» (como se ufana: ¿y quién no, sobre todo aquellos que se creen dotados de la capacidad de la creación artística), es necesario abrirse a la empatía y la comprensión de los demás, y no solo de aquellos a los que queremos porque sí, porque nos han venido dados desde que somos pequeños. En la bella forma en que se expresa este proceso se encuentra la clave de esta maravillosa novela de Rumer Godden.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El río / The River. Año: 1951

Dirección: Jean Renoir. Guion: Jean Renoir y Rumer Godden, según la novela de ésta. Fotografía: Claude Renoir. Música: M. A. Partha Sarathy. Reparto: Nora Swimburne (La madre), Esmond Knight (El padre), Patricia Walters (Harriet), Thomas E. Breen (Capitán John). Dur.: 109 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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