Retrato del genio vulnerable: de Una mente maravillosa a Descifrando Enigma

Un genio matemático en espera de biografía

Intento justificar mi eterna negligencia hacia cuanto tiene que ver con los números con la consideración de que las matemáticas son cosa de genios… y de genios raros. Por supuesto, es una de las múltiples enseñanzas que he recibido a través de la ficción —y a estas alturas, la verdad, me parece tarde ponerme a comprobar si la realidad supera a la ficción, como dice el molestísimo adagio, o no tienen nada que ver—, y en especial por medio del cine. Recordemos, por ejemplo, Rain Man, con aquel autista que resultaba ser un genio de los números, o Pi. Fe en el caos, en la que el alucinado matemático protagonista buscaba la clave del universo en forma de teorema numérico. Las matemáticas y las personalidades peculiares siempre han estado bien ligadas en el cine (de hecho, el cine no se ha preocupado por las matemáticas salvo como forma de expresar la genialidad de seres peculiares). En el fondo es una forma más o menos tipificada, más o menos topificada, de abordar un minigénero que podríamos llamar de «genios vulnerables», y que se centra en individuos de gran inteligencia pero con graves trabas para llevar a cabo eso que se llama una vida social normal (junto al gremio de los matemáticos, el otro que suele ser pasto de estos films es el de los pintores: no hay sino que pensar, por ejemplo, en El loco del pelo rojo con respecto a Van Gogh). Hay dos películas emblemáticas del primer caso que son las que voy a comparar a lo largo de este comentario: Una mente maravillosa y The Imitation Game (Descifrando Enigma). Dos películas con muchos puntos en común y que por ello sirven a la perfección para distinguir la obra tópica y conciliadora de la que realmente intenta explorar el lado menos agradable del ser humano (incluso del ser humano «genial»).

Una mente maravillosa (2001, Ron Howard)

Un poster poco conocido de Una mente maravillosaEl genio matemático en torno al cual se construye esta película es John Nash, ganador del Premio Nobel de Economía de 1994, a partir del libro biográfico que sobre él escribió la periodista Sylvia Nasar y que constituyó un gran éxito en el año 1998. John Forbes Nash jr (nacido en 1928 y muerto este mismo año de 2015 en un accidente de tráfico), doctor en matemáticas por la universidad de Princeton, fue un relevante teórico en campos como la teoría de juegos. Sin embargo, la peculiaridad de su vida, y lo que interesa tanto a la autora de su biografía como a los responsables de la película, es que a finales de los años 50 empezó a ser víctima de la esquizofrenia y a sufrir alucinaciones. La relevancia de Nash, lo que es el punto central de la película, es que en determinado momento él mismo llegó a la conclusión de que aquéllas no eran reales y desde entonces, aplicando a su enfermedad sus propias teorías de solución de problemas, decidió ignorarlas pese a que no dejaron de aparecérsele en el resto de su vida.

El muy difícil reto de la película era hacer creíble un recurso siempre delicado, porque o se convence plenamente o se puede caer en la completa inverosimilitud: hacer compartir plano a seres que o bien no son vistos por todos los personajes o claramente solo existen en la mente de uno de ellos (en este caso, se funden ambas posibilidades). Un ejemplo de ese fracaso en el que tan fácil se puede incurrir lo constituye una película de Spielberg que ha sido olvidada con completa lógica: Always. Para siempre (1989). Pues bien, Una mente maravillosa me parece un fracaso aún mayor, por cuanto en este caso el planteamiento tenía considerables atractivos, pero sus responsables prefirieron antes la seguridad del éxito coyuntural que la posibilidad de la perduración en el futuro, suavizando y banalizando todos los elementos de mayor riesgo en beneficio de una fácil espectacularidad emocional. Dicho de otro modo, estamos ante el típico éxito de temporada, que en su día acapara taquillas y nominaciones al Oscar por abordar un «tema importante» y que poco tiempo después cuesta trabajo recordar. ¿O alguien recuerda Hijos de un dios menor, El indomable Will Hunting o la misma Rain Man?

Los problemas de tan mediocre película son múltiples pero es evidente que comienzan por la sensación de hallarnos ante el clásico film ejemplarizante en otra época tan habitual en las sesiones televisivas de sobremesa. Así, Una mente maravillosa aborda un tema de enorme interés dramático, e incluso narrativo, para decantarse, ante todo, por la ilustración, aburrida y banal, de un caso de superación personal, solo que con unos medios desorbitados para lo poco, poquísimo, que en realidad cuenta y con una duración asimismo desmesurada que se va más allá de las dos horas.

Lo cierto es que el sintético guión llama la atención por su trivialidad. Consiste, inicialmente, en la presentación de Nash como el clásico genio excéntrico que menosprecia a cuantos le rodean porque su mente demasiado abstracta apenas está preparada para la vida concreta. Tal como se cuenta, sin embargo, Nash es un freak del que tenemos que suponer, porque sí, que posee una mente brillante (olvidemos la estupidez del adjetivo elegido por los distribuidores españoles, propio de un libro de autoayuda) pero al que solo vemos comportarse como un caballero desconsiderado al que deben disculparse sus tics de «genio ensimismado».

El pésimo retrato que se hace de Nash (figura, repito, del mayor interés) tiene ante todo dos culpables: el director Howard y el actor Crowe. En cuanto a Ron Howard, su puesta en escena podría servir perfectamente como manual de tópicos de realización para este tipo de historias (travellings circulares en momentos de intenso pensamiento, alejamiento de la cámara para remarcar la soledad de personaje tan excepcional, etcétera.) Pero en especial, lo peor lo constituye la inexistencia de un trabajo narrativo sobre la subjetividad, cuestión fundamental con este argumento —ejemplo, la penosa escena en que Nash discute violentamente, en público, con el agente de inteligencia encarnado por Ed Harris que su mente enferma ha imaginado— y que hace que acabe siendo muy cansina la continua aparición, a cada paso que éste da, de los personajes creados por la mente del matemático.

De John Nash a Russell CroweEn cuanto a Russell Crowe, su presencia es en principio un notable miscasting, en cuanto que su físico musculado se aviene mal con el papel de ratón de biblioteca que interpreta. Pero es que además, este sobrevaloradísimo intérprete —crecido además por su reciente Oscar con la nefasta Gladiator (2000, Ridley Scott)— nos obsequia con una creación tan fácil como superficial. Crowe confunde la caracterización de una singularidad con la artificiosa acumulación de tics: la mirada gacha, la gesticulación con las manos, la media sonrisa, los andares vacilantes… Aguantar a Crowe supone un auténtico suplicio, y uno no se explica cómo Nash no lo denunció directamente por grave ofensa a su inteligencia.

Y es que John Nash termina siendo el gran perjudicado de la película, en cuanto que, en rigor, no existe Nash sino un monigote rubio del que se amplifica su presunto pintoresquismo en detrimento de la verdadera mirada sobre su complejidad, sobre sus dificultades para adaptarse ante un mundo real cuya trivialidad debía resultarle insoportable a su ansia de genialidad en todas las dimensiones, lo cual, se intuye, es lo que lo llevó a germinar el mundo de fantasías que tanto quebrantó su existencia. Al mismo tiempo, se elude un hecho fundamental: si la fantasía de Nash consistió en inventarse un trabajo como espía y en dejarse dominar por la idea de que América era el foco de una conspiración soviética, es porque el marco histórico era el adecuado, es decir, el escenario de la guerra fría y del maccarthysmo, el escenario de la paranoia anticomunista. Una sociedad que alimenta la paranoia es lógico que cree paranoicos. Pero a los responsables de Una mente maravillosa les pareció mejor dar al espectador un pastel lleno de crema, bien adornado por relucientes guindas, que mientras se come parece lo mejor que puede haber en el mundo… y que, como todos los dulces, no deja la menor huella, o si acaso una mancha en la ropa.

The Imitation Game (Descifrando Enigma) (2014, Morten Tyldum)

Excelente cartel de The Imitation GameEn los rótulos finales de The Imitation Game se nos indica que, según los historiadores, el desencriptamiento de la máquina Enigma redujo en dos años el final de la guerra y salvó 14 millones de vidas. Una estimable película, Enigma, dirigida en 2001 por Michael Apted —que, por otro lado, nada tiene que ver con la que nos ocupa ni en ella aparece nuestro protagonista— es la que se encargó de revelar a casi todo mortal corriente la importancia de ese artefacto. Enigma era la máquina mediante la cual los alemanes codificaban todos sus mensajes durante la II Guerra Mundial, y su perfección radicaba en que cada 24 horas, y ante la posibilidad de que los desencriptadores enemigos pudieran descifrarlos, cambiaban la configuración de la máquina. Era necesario, por tanto, ir a la raíz de la máquina y no a sus mensajes. Desde luego, esto lo cuenta Descifrando Enigma (desde ahora usaré este título, pese a que sea mucho más vulgar que el original), pero también mucho más, y eso es lo que hace tan relevante este film, a años luz del anterior: porque ofrece un retrato no solo convincente sino admirable en términos dramáticos del peculiar «genio vulnerable» que resolvió el problema, el hoy tan reivindicado Alan Turing.

Alan Turing (1912-1954), por desgracia, no es conocido meramente como un genio de las matemáticas, héroe oculto de la II Guerra Mundial y creador de una máquina que fue el eslabón imprescindible en la creación de los modernos ordenadores. En 1952, después de que un turbio robo en su domicilio atrajera sobre él la atención de la policía, su homosexualidad salió a la luz pública… en un país en el que estaba en vigor una infame ley que penalizaba dichas relaciones y que, como a Oscar Wilde 50 años atrás, lo llevó a la cárcel bajo la acusación de «indecencia grave y perversión sexual». Incapaz de afrontar el encarcelamiento, Turing aceptó ser sometido a la castración química, proceso que no solo le provocó graves alteraciones físicas sino que lo trastornó definitivamente. En 1954 apareció muerto por envenenamiento con cianuro: pudo ser un suicidio (se encontró a su lado una manzana en la que se había inyectado dicha sustancia) pero, claro, las extrañas circunstancias también dieron pábulo a la teoría del asesinato. Hace tan solo dos años, y en uno de estos actos cuyo objeto es alimentar la autocomplacencia de toda sociedad del presente acerca de la justicia con que ahora sabe tratar el pasado, recibió el «indulto» de toda culpa por parte de la reina Isabel II.

El crítico Israel Paredes Badía dio el afortunado título de Descifrando a Turing a su crítica de esta película en el nº 451 de la revista Dirigido por. Y es que, en efecto, el film (utilizando como hilo conductor, eso sí, la investigación sobre la máquina alemana) tiene como foco dramático el intento de acercarse a la compleja personalidad de su protagonista. Para ello, el guión se desarrolla en tres planos cronológicos. El principal es el que refleja el cómodo subtítulo de la distribución española y se centra en la investigación desarrollada en el complejo de la inteligencia británica en Bletchley Park y en la relación de Turing con sus colaboradores. Pero la historia también se proyecta hacia delante y hacia detrás: a 1951, centrándose en la investigación de la policía acerca del robo en el domicilio del protagonista y su desenmascaramiento posterior por el inspector que dirige el caso; y a los años 20, para asistir a los primeros y dolorosos pasos del niño Turing en una prototípica public school británica, y en especial a su amistad con el único condiscípulo que sabrá ver más allá de su condición de bicho raro.

De Alan Turing a Benedict CumberbatchPor medio de esos tres estratos cronológicos, el film intenta señalar las claves de una existencia marcada por la sensación de ser diferente. Esa sensación apartó a Alan del resto de niños normales y, si bien lo capacitó para resolver uno de los grandes acertijos de la II Guerra Mundial, su éxito ni siquiera le sirvió para obtener el reconocimiento social: el obligado secretismo impuesto por el MI6 tras el éxito de la misión le impidió disfrutar del prestigio que debía haberle dado su logro. De ahí que en 1951, Alan Turing sea, tan solo, un profesor universitario, solitario y «raro», de quien es lícito sospechar. Además, nos hallamos en el peor contexto posible para quienes deben evitar las suspicacias ajenas, la guerra fría. Este escenario histórico, es evidente, supone un eslabón entre el presente título y Una mente maravillosa y sirve a la perfección para mostrar una primera marca que explica la diferencia de densidad entre ambos: el segundo film sí se preocupa en relacionar contexto y problemática personal. De hecho, la película no elude la existencia de espías comunistas entre los colaboradores de Bletchley Park: recuérdese que en los años de la guerra fría el Reino Unido se vio asolado por varios casos que revelaron que eminentes personalidades de la cultura (por ejemplo, los famosos Cinco de Cambridge, uno de los cuales estuvo en el equipo de Turing) y la política británicas llevaban décadas espiando para la URSS.

«A veces, es la gente de la que nadie espera nada la que hace cosas que nadie podía imaginar». Esta frase sirve como leit-motiv conductor de la historia de esa Diferencia. Puede parecer un tópico, pero lo cierto es que las tres veces que se pronuncia en pantalla son memorables, y cada una de ellas, significativamente, se produce en un segmento cronológico distinto de los tres por donde se desarrolla la historia. Dos veces la escucha Turing; una, se la dedica a otro personaje. La primera vez viene de labios de Christopher, el noble condiscípulo que se convierte en su único amigo y en su primer (y también único) amor —Christopher es el nombre que Turing dará luego a la máquina con la cual descifrará Enigma—, después de ayudarlo a defenderse de los condiscípulos que lo ridiculizan por su condición de bicho raro. La segunda vez es la respuesta que el protagonista le da a la joven Joan Clarke cuando ésta, sorprendida de la insistencia de él por contar con su colaboración —es decir, la de una mujer, en una época en que las guerras las ganan los hombres— en su equipo, acude a su casa para rescatarla de unos padres convencionales que no quieren dejarla ir a vivir fuera de casa y en compañía exclusivamente masculina. Por último, la tercera vez tiene lugar hacia el final de la película, cuando Joan lo visita, después de la repercusión que ha tenido su caso y comprueba que la castración química a que está siendo sometido está destrozando tanto su cuerpo como su mente. Ante las dolorosas preguntas que él le hace, planteándose si acaso haber sido más normal le habría salvado del estado en que ahora se encuentra, ella le recuerda que esa falta de normalidad es lo que le permitió resolver un problema que salvó tantas vidas: el adagio, en sus labios, provoca uno de los momentos más intensamente emotivos de la película.

El equipo que descifró la máquina EnigmaDescifrando Enigma elude la práctica totalidad de los errores en que incurre Una mente maravillosa, empezando por su realización. Rehuyendo la fácil tentación de una puesta en escena que intente ser tan «compleja» como el ser que retratan, el desconocido director danés Morten Tyldum acierta con un trabajo firme pero diáfano, cuya fría apariencia tiene por objeto permitir que sean las sensaciones, incluso las sospechas, del espectador las que delaten la excepcionalidad. La historia ya es de por sí interesante: había que dejar que su densidad envolviera al espectador. El segmento principal ya de por sí está muy conseguido, pues se sabe hacer apasionante la investigación en Bletchley Park a partir de detalles y elementos muy clásicos: las dificultades sociales de Turing y su facilidad para manifestar su absoluta intolerancia hacia la mediocridad, el lento desarrollo de un mutuo aprecio entre los miembros del equipo, incluso la obligada inclusión del imprescindible momento eureka, en que unas palabras casuales ponen en marcha los complejos engranajes del cerebro del protagonista para darle con la clave…

Si The Imitation Game sólo fuera Descifrando Enigma ya sería un film estupendo, de interés ininterrumpido. Pero es mucho más, por supuesto, pues sobre el magnífico suspense de su intriga principal sabe abrirse a toda una pluralidad de temas y cuestiones, particulares de la época y generales del hombre en cualquier época, que enriquecen el tema central de la película (el enigma Turing).

¿Quién fue en realidad Turing? ¿Quién quiso ser, qué creyó ser? La gran virtud en el dibujo del personaje es que la obligada mirada sobre la soledad a que le empuja su doble condición de genio y de homosexual no elude una implacable ecuanimidad. Turing camina por el mundo diciendo en todo momento a quienes le rodean, superiores y subordinados, cuanto le pasa por la cabeza, sin rebajar la crudeza de sus observaciones. Él se justifica arguyendo su insobornable opción por la sinceridad, por la «verdad», y un espectador simple podrá incluso aplaudirlo, pero ¿es que los genios están dispensados de la buena educación? ¿Se puede argumentar seriamente que la buena educación es sólo otro modo de llamar a la hipocresía, como pretende hacer Turing? ¿Quién quiere estar rodeado por tipos tan absolutamente sinceros que hagan la vida imposible por querer llamar a todo por su nombre, hasta lo más trivial?

Portada de la revista Time acerca de la película y el biografiadoTuring se cobra varias víctimas debido a la actitud con la que camina por la vida. La primera, la joven Joan, a quien —para evitar que se deje convencer por sus padres para volver a casa— propone matrimonio, ocultándole su homosexualidad, y más tarde no duda en revelarle la verdad con brutalidad (es lástima que el papel lo interprete la siempre rígida Keira Knightley, que le resta matices a su también complejo personaje). Y no hay que olvidar que si, en 1951, Turing atrae la atención de los policías es por el abierto menosprecio con que los trata al intentar echar tierra sobre el asunto del robo en su apartamento. Descifrando Enigma, por tanto, consigue presentar el estudio de la excepcionalidad que él supone bajo un prisma que combina la crítica y la admiración, el retrato objetivo y la toma de partido subjetiva, sin permitir nunca que se convierta en un mero prototipo de nada. Turing es una víctima, cierto, pero tanto de un sistema moral y legal deleznable como de sí mismo. Y Benedict Cumberbatch sabe expresar con extraordinaria sensibilidad la complejidad del personaje como Russell Crowe no comprendió el suyo: la mejor forma de hacer creíble a un ser excepcional no es subrayar las diferencias más o menos pintorescas con sus semejantes, sino conseguir convencernos de que, para él, la excepcionalidad es un estado cotidiano del alma, que algunas veces lo conduce a éxtasis de arrebatada brillantez, pero que normalmente es una infranqueable barrera frente a sus semejantes, una barrera que dificulta su tránsito por un mundo para él demasiado vulgar.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Una mente maravillosa / A Beautiful Mind. Año: 2001.

Dirección: Ron Howard. Guión: Akiva Goldsman; libro de Sylvia Nasar. Fotografía: Roger Deakins. Música: James Horner. Reparto: Russell Crowe (John Nash), Jennifer Connelly (Alicia Nash), Ed Harris (Parcher), Christopher Plummer (Dr. Rosen). Dur.: 135 min.

Título: The Imitation Game (Descifrando Enigma) / The Imitation Game. Año: 2014.

Dirección: Morten Tyldum. Guión: Graham Moore; libro de Andrew Hodges. Fotografía: Oscar Faura. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Benedict Cumberbatch (Alan Turing), Keira Knightley (Joan Clarke), Matthew Goode (Hugh Alexander), Rory Kinnear (Detective Nock). Dur.: 114 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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