Star Wars: El ascenso de Skywalker o la importancia de un nombre

Episodio VII                  Episodio VIII

Poster original de Star Wars El ascenso de SkywalkerEl cierre de la coetánea saga Star Wars (al menos hasta que la voraz Disney decida que es hora de recargar la hucha) confirma definitivamente lo que ya habíamos constatado en los dos episodios anteriores: que esta tercera trilogía no es sino una reformulación de la primera, la que lo inició todo, la estrenada entre los años 1977 y 1983, de tal modo que cada nuevo título recoge los elementos de la película correspondiente, combinando, eso sí, a los personajes clásicos (lógicamente envejecidos, lo cual permite incluir un matiz crepuscular) con los nuevos (con los héroes igualmente agrupados en un triángulo formado por dos hombres y una mujer, y un tenebroso antagonista de enormes poderes). Así pues, Star Wars: El ascenso de Skywalker se remite a El retorno del Jedi (1983) del mismo modo que el capítulo anterior, Star Wars: Los últimos jedi (2017) lo había hecho con respecto a El Imperio contraataca (1980), esto es, con los rebeldes (ahora llamados la Resistencia) al borde casi de la aniquilación después del terrible cerco a que los ha sometido el nuevo imperio totalitario, conocido ahora como la Primera Orden. Pues bien, El ascenso de Skywalker calca casi literalmente las líneas maestras de El retorno del Jedi, de tal modo que brinda el triunfo de la Luz contra la Oscuridad en una sola batalla, en cuyo decurso perece el líder supremo de los villanos. Con una diferencia: el film de 1983 plasmaba esta idea sin credibilidad y mediante un conjunto de soluciones argumentales que conducían a la saga al terreno de su propia parodia, mientras que los responsables del presente título (liderados por J. J. Abrams en su regreso a la trilogía, después del «descanso» del film anterior, el peor del conjunto) consiguen llevar a buen puerto el mismo planteamiento, con una coherencia dramática, una fluidez narrativa y un conocimiento de los personajes que ya nos hubiera gustado a quienes, en su día, no soportamos El retorno del Jedi.

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Controvertido Elia Kazan (II): años de esplendor

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Viva Zapata, excelente trabajo de KazanPocas películas construidas a partir de un personaje real (por mucho que su trayectoria esté adaptada y reformulada al servicio de un mensaje) consiguen presentarlo con la fuerza dramática que posee el arranque de ¡Viva Zapata! (1952). Se trata de la embajada que unos humildes campesinos del estado de Morelos realizan ante el ya muy veterano dictador Porfirio Díaz para pedirle justicia en el caso de las tierras que la oligarquía local les ha arrebatado, mas el presidente, exhibiendo un paternalismo condescendiente, los despacha con palabras vagas, pidiéndoles paciencia. El plano general muestra al grupo comenzando a marchar, desconcertados, hacia la salida, revelándose así que uno de ellos, hasta entonces tapado por el conjunto, se queda inmóvil en el mismo sitio y entonces exclama: «Hacemos el pan con trigo, no con paciencia». Elia Kazan se implicó a fondo, con la ayuda del escritor y aquí guionista John Steinbeck, en el dibujo de ese hombre que no tardaría en convertirse en uno de los líderes más respetados de la Revolución mexicana, Emiliano Zapata, construyendo una muy ambiciosa reflexión sobre el fenómeno revolucionario que pretende recoger todas sus múltiples y contradictorias facetas. Así, y a partir del dibujo del personaje central (por supuesto, esquemático para quien lo confronte con el original), la película tiene tiempo de mostrar el doppo della revoluzione, y con ello la inevitable degradación de los ideales y, en especial, de esos hombres que hicieron posible el triunfo pero que, terminada la lucha, no saben cómo reemprender la vida «civil» pues tantos años con las armas en la mano no los han preparado para la paz.

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Controvertido Elia Kazan (I): años iniciales

I                 II

Controvertido Elia KazanSin duda, la controversia ha acompañado (casi) siempre a la figura de Elia Kazan. Inicialmente, su trayectoria pareció la misma encarnación del sueño americano: emigrante a su más tierna edad desde su Estambul natal, su talento lo impulsó a la primera línea del mundo de la cultura y del espectáculo de su país de adopción, del que se convirtió en un cronista crítico, que enseguida recibió aclamación y galardones, tanto por su trayectoria teatral en Broadway como cinematográfica en Hollywood. Sin embargo, ese sueño pudo quedar truncado al merecer la atención de los implacables inquisidores que llevaron a cabo la tristemente célebre «caza de brujas», y el episodio se saldó con su famosa denuncia de antiguos compañeros en el Partido Comunista. Tildado como traidor, esta sombra ética planearía desde entonces sobre su carrera, acompañándolo hasta la vejez (como se pudo comprobar con la muy dispar acogida que, dentro del propio Hollywood, supuso la concesión de un Oscar honorífico a su trayectoria en 1999). Del mismo modo, su valoración como cineasta también habría de sufrir grandes oscilaciones, desde el aplauso a la crítica, por su tendencia a dejarse llevar por el enfatismo a la hora de tratar esos «grandes temas» por lo que siempre tuvo debilidad. Yo mismo, hasta hace poco tiempo, lo tenía por un cineasta sobrevalorado y olvidable. Ahora bien, una reciente y exhaustiva revisión de su filmografía ha acabado por revelarme a un director que, con sus limitaciones e irregularidades, reviste un notable interés y cuenta con muchas películas excelentes, las suficientes como para reivindicar su figura.

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Tres clásicos de Sáenz de Heredia

Colorista poster de El destino se disculpa

Era el primo de Primo, o sea, el primo hermano de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Encima, la sombra de Francisco Franco siembre se cernió alargadamente sobre él, puesto que rodó los dos vehículos más serviles a su gloria, Raza (1941), ese ridículo folletón pergeñado sobre ideas de un tal Jaime de Andrade, que no era sino un seudónimo del Caudillo, y Franco, ese hombre (1964), el documental tipo No-Do con el que se pretendió conmemorar los «25 años de paz» que dio a los españoles. Es por ello que el nombre de José Luis Sáenz de Heredia siempre ha parecido arrastrar consigo un aroma a naftalina, a antigualla reaccionaria, etiqueta que, por desgracia, muchos asocian al cine rodado durante el franquismo cuando, todo lo contrario, es en sus años más «profundos» (de los años 40 hasta principios de los 60) donde se encuentran sus mejores títulos, en consonancia, no por nada, con lo que sucede por doquier en casi todas las cinematografías mundiales. Pues bien, Sáenz de Heredia rodó algunos de los títulos más relevantes de esos tiempos, como demuestran las tres muy diferentes películas que bien pueden considerarse las mejores de su filmografía. Se trata de El destino se disculpa (1945), una muy bonita fantasía sobrenatural, Los ojos dejan huellas (1952), un thriller de aliento existencial, del todo inesperado en el contexto en que se rodó, por su desembozado pesimismo, e Historias de la radio (1955), uno de los títulos más amados, y con toda la razón del mundo, de la época gloriosa de la comedia española. Sobre ellos quiero detenerme en el presente artículo. Seguir leyendo

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El Chancellor: la balsa de la Medusa de Julio Verne

La balsa de la medusa, de Gericault

Si existe una novela sorprendente en la carrera de Julio Verne, escrita en la mejor etapa de los Viajes Extraordinarios, y que puede dar la medida de lo que podía haber sido su obra de no verse perpetuamente limitada por las directrices que su editor Hetzel le impuso como educador de la juventud, esta es El Chancellor. Escrita en 1870, una carta enviada por Verne a Hetzel en febrero de 1871 ya supone una buena indicación de la novedad que suponía: «Le llevaré un volumen de un realismo espantoso […] Creo que la balsa de la Medusa no ha producido nada tan terrible…». Las breves líneas antedichas ya indican cuál era su trama: la crónica de un naufragio que conduce a sus supervivientes a una balsa donde vivirán días de inexpresable agonía cuya final parece encaminarlos de modo inexorable hacia la muerte, una muerte terrible, que además los espera después de verlos caer al estadio más indigno del hombre como mero ser impelido a la supervivencia. Hetzel dudó considerablemente a la hora de publicarla y lo hizo finalmente, pero con retraso: primero por entregas en Le Temps a lo largo de 1874 y finalmente como libro en 1875. El resultado, sin la menor exageración, es una de las cumbres de su autor, una novela injustamente desconocida seguramente por su condición de anomalía entre las obras maestras más notorias de Verne, ya que, por su formato breve y su aliento trágico, parece tener poco que ver con esas epopeyas de la geografía que asociamos a él. Triste destino el de una creación literaria que deja bien sentado que Verne fue un escritor mucho más versátil de lo que se cree.

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Reivindicación de Jerry Lewis

jerry-lewis

Ningún cómico me ha hecho reír más en mi niñez que Jerry Lewis. Era verle hacer una sola de sus famosas muecas, o escuchar un tono de su característica voz nasal (la del genial Miguel Ángel Valdivieso, claro, pues entonces la únicas películas que podíamos ver eran en su versión doblada) y comenzar a soltar la carcajada, sin poder parar. Sin embargo, si Lewis hubiera sido tan solo un cómico divertido, es posible que su cine hubiera acabado sido una antigualla más o menos nostálgica (algo parecido amenaza al cine de los hermanos Marx, cuyo humor es tan disolvente como el del primero pero cuyas películas, por desgracia, adolecen en su mayoría de monotonía cinematográfica). Y es que si un cómico se limita a hacer reír y no da el siguiente paso que se ha de exigir al verdadero creador (expresar su concepto del mundo a través de los recursos propios del medio), su eficacia acabará limitada por el tiempo en que se agota la gracia que nos hace todo chiste, por ácido que sea. No es el caso del autor de El profesor chiflado, cuyas mejores películas revelan, en cada revisión, una complejidad dramática y una entidad artística que aseguran su perduración. Y ello por una razón fundamental: porque contó con dos magníficos directores a la altura de su talento. Uno de ellos fue Frank Tashlin, el hombre que extrajo su cine de la mera fórmula para potenciar mediante una espléndida imaginería visual toda la corrosividad moral y social de sus posibilidades cómicas; el otro, tal vez aun mejor, fue… él mismo, Jerry Lewis, cuando acabó asumiendo el completo control de un mundo cuya pertinencia sigue completamente vigente.

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Vila-Matas o la literatura como enfermedad

El novelista catalan Enrique Vila-MatasComo buena parte de los lectores que hoy lo tienen como un escritor de culto (aunque, por fortuna, ha sabido dar el salto editorial a un primer plano, si no de ventas en el sentido de un Pérez-Reverte, sí de relevancia profesional y cultural), descubrí al catalán Enrique Vila-Matas por una novela corta en extensión pero densa, incluso vasta, en resonancias, que publicó en 1985: Historia abreviada de la literatura portátil. Después, sin embargo, no volví a leerlo hasta muchos años después, para rendirme ya por completo: cayeron consecutivamente unos cuantos más de sus libros, lo cual, teniendo en cuenta al autor, me dejó exhausto, y la cuestión es que si no he avanzado más en mi conocimiento del mismo es porque esas novelas me han atrapado de tal modo que, de cuando en cuando, vuelvo a ellas sin decidirme a probar otras. Hablo, ante todo, de la trilogía que, definitivamente, impuso su nombre en la primera línea de la literatura española y que su entonces editor, Gonzalo Herralde, denominó, no sin cierta pomposidad, como La Catedral Metaliteraria. Se trata de Bartleby y compañía (2000), El mal de Montano (2002) y su excepcional culminación, Doctor Pasavento (2005). Su lectura parece conducirnos al interior de un bucle, a una cinta de Moebius que nos atrapa en un laberinto sin aparente salida que gira en torno a la indisoluble interfaz que para él hay entre vida y literatura, entre realidad y ficción. Tres libros en los cuales se traza una compleja red entre el autor, el lector y un buen número de escritores (de mundos literarios) que acaba conformando un universo realmente peligroso, porque posee tantas puertas y tantas habitaciones que se corre el riesgo de querer permanecer para siempre en cualquiera de ellas.

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Tennessee Williams en el cine (II)

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Cartel original de De repente, el ultimo verano

Si hay una obra de Tennessee Williams que está completamente invadida por lo biográfico hasta límites estremecedores es De repente, el último verano, pieza en un acto estrenada en el llamado Off-Broadway en enero de 1958. Si alguna vez el autor proyectó su sombra en su propia ficción del modo más malsano y a la vez catártico, como un modo de conjurar sus demonios interiores o desatarlos para siempre, fue en esta ocasión. En ella, Violet Venable, una acaudalada dama de Nueva Orleáns, convoca a la mansión donde se ha aislado tras la reciente muerte de su idolatrado hijo Sebastian, a un joven médico que está ganando una gran notoriedad con una nueva técnica quirúrgica de lobotomía. Su intención es que someta a su propia sobrina Cathy a dicha operación: el doctor debe decidir si la muchacha está verdaderamente perturbada o si el objeto de su tía no es sino silenciarla para siempre, pues ella es la única testigo de la muerte de Sebastian (a quien acompañó en su viaje estival a Europa, sustituyéndola a ella, compañera durante tantos años), y de ese episodio cuenta un relato espeluznante. El mismo dramaturgo había vivido en sus carnes un episodio similar: en 1943, su madre autorizó que se le practicara una lobotomía a su única y adorada hermana Rose, que padecía esquizofrenia desde tiempo atrás, y que quedó reducida para siempre a un estado infantil. Un año después fue llevada al cine con resultados tan memorables que la película bien puede ser considerada como la obra maestra del cine de Tennessee Williams.

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En Homonosapiens: Los superhéroes, la mitología del siglo XX

John Byrne, uno de los grandes creadores del tebeo de superheroes

En el campo del tebeo de superhéroes (casi iba a decir del tebeo en general) tengo comprobado, desde hace mucho tiempo, lo difícil que es convencer de sus posibilidades artísticas e intelectuales a aquellos que nunca han entrado en él. Entiendo que, de entrada, los elementos narrativos que constituyen sus características básicas —héroes enfundados en uniformes coloristas y distinguidos con apodos muchas veces pueriles dotados de superpoderes que han de exhibirse en algún tipo de combate como centro dramático de cada episodio— pueden resultar difícilmente digeribles a quienes no los han «asimilado», cuando menos, en su niñez, que es esa época en que no nos planteamos qué es eso de «asimilar» sino que, sencillamente, decidimos si algo es bueno o malo porque nos entretiene o no. Sin embargo, el escéptico debería preguntarse si no resultan no menos absurdos los tópicos que adornan otros géneros que acaso él sí ha aceptado desde mucho tiempo atrás (pienso en el western, por citar uno con puntos en común, comenzando por el uso imprescindible de la violencia y la distinción, a simple vista maniquea, entre héroes y villanos) y que ya no cuestiona. He dedicado mucho espacio en este blog a ello, y ahora me complace participar con un artículo sobre el tema en el dossier El poder del mito mediante el cual la revista digital Homonosapiens colabora con la VII Olimpiada de Filosofía, organizada por la AAFi (Asociación Andaluza de Filosofía). Se titula Los superhéroes, la mitología del siglo XX y en él planteo la relación entre el género y esa superestructura, a la vez simbólica y narrativa, cosmogónica y, por qué no, filosófica, que es la mitología, o lo que es lo mismo, sobre la necesidad del hombre de dotarse de unas categorías que expliquen los interrogantes que lo rodean, ya sean sobre el mundo, la trascendencia (o la ausencia de trascendencia) o el propio concepto de humanidad. No está pensado únicamente para el experto —aunque espero que este también pueda disfrutarlo— sino para un público general que no tiene por qué haber leído los comics superheroicos pero que, desde luego, conoce a sus personajes más relevantes porque es imposible no hacerlo en un mundo en que tan de moda están por su estruendoso triunfo en cine. Y espero que su lectura justifique su inclusión en un dossier que va a desgranar toda una serie de excelentes artículos sobre el Mito desde ópticas de todo tipo, entre las que espero no desentone la mía.

En Homonosapiens: Los superhéroes, la mitología del siglo XX

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Tennessee Williams en el cine (I)

Paul Newman y Elizabeth Taylor, inolvidables en La gata sobre el tejado de zincTengo a dos dramaturgos por dos de los más excelsos «guionistas» de la historia del cine. Con esto quiero señalar, obviamente, que sus obras —muchas y muy diferentes, pues ambos fueron considerablemente prolíficos— han dado pie a múltiples películas, cada una de las cuales, con independencia de sus resultados finales, al menos de entrada proponen una puerta de entrada a dos universos considerablemente atractivos. Uno de ellos, eviden-temente, es William Shakespeare; el segundo, salvando las distancias con el anterior, es Tennessee Williams. El mero nombre de este autor basta para evocarnos a unos personajes excesivos o al borde del exceso (patriarcas que hacen del Poder la razón de su vida y cuya víctima en primer término es su propia familia; seres ensimismados que intentan permanecer, inútilmente, al margen de la corriente de la vida; individuos degradados en los que todavía brilla una chispa del resplandor original que tuvieron; patéticas criaturas que todavía creen posible el amor, la redención o, sencillamente, la huida de la vulgaridad), por lo común vinculados de una manera u otra al Profundo Sur, encarados unos a otros por enfrentamientos de raíz moral que se expresan en términos sexuales (o al revés) y sin eludir la importancia de la condición social en su conflicto. El cine entendió bien la originalidad de su obra (aunque fuera porque el morbo de la misma atrajo al público a las salas durante cerca de quince años, entre 1951 y 1964), y si bien «su» cine es para muchos sinónimo de histeria e histrionismo sin medida, un examen atento de sus películas revela que, en general, fue un dramaturgo con muchas suerte en sus adaptaciones.

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El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

(El presente artículo, convenientemente editado y ampliado, es una versión del publicado previamente en la revista digital Homonosapiens.)

Poster de El nadador, de Frank PerryEn las poco más de veinte páginas de su relato El nadador, el escritor estadounidense John Cheever creó la más imborrable alegoría del fracaso que he leído nunca. Y lo hace por medio de un argumento en principio insólito. Una mañana de verano, Neddy Merrill, un hombre maduro pero todavía en buena forma, decide atravesar, marchando de piscina en piscina, los trece kilómetros que van desde la casa de unos amigos en la que se halla reponiéndose, junto a su esposa, del alcohol de la noche anterior, hasta la suya propia, donde probablemente sus cuatro hijas estén jugando en ese momento al tenis. Cheever articula su historia jugando con una resbaladiza y finalmente deletérea ambigüedad en torno a ese hombre que emprende lo que al principio parece una odisea juguetona, incluso fabulesca, destinada a servirle de himno a su propio esplendor. Sin embargo, de párrafo en párrafo, casi de renglón en renglón, diversos elementos van añadiendo sus dosis de inquietud a la aparente diafanidad de la historia, primero revelando lo que de absurdo hay en esa «hazaña», y luego, poco a poco, la verdad: ni es verano, ni ese hombre se halla en su plenitud, ni hay familia, ni una casa propia, al final del camino, a la que regresar. Es un modelo de relato engañosamente sencillo, cuya densidad es una cuestión de estilo, de saber medir la frase, de elegir unas palabras; un relato que plantea una intriga (¿qué sucede de verdad con ese hombre?), pero en el que no importa tanto la mera resolución del misterio como el análisis crítico de una realidad a partir de unas circunstancias progresivamente inquietantes.

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El Cuarto Mundo, de Jack Kirby

Orion en la portada del numero 1 de The New GodsUn buen día de principios de los años 70, el Rey, o sea, Jack Kirby, abandonó Marvel, la editorial a la que había brindado sus mejores creaciones, del Capitán América a Thor, de La Patrulla-X a Los Vengadores. Llevaba tiempo sintiéndose postergado, tanto en reconocimiento artístico (en beneficio de Stan Lee, con quien pusiera los cimientos del Universo Marvel, pero que era mucho mejor publicista de sí mismo) como en compensación económica y libertad creativa. Casi podía pensar que su mayor ganancia había sido ese apodo de Rey que el siempre burbujeante Lee le había puesto años atrás (en inglés, debido a la aliteración tan del gusto de su inventor, tiene cierto aroma superheroico: King Kirby al modo de Peter Parker o Matt Murdock). La falta de motivación había provocado cierto estancamiento en su arte, pero la creatividad seguía bullendo incontenible en su interior, como ese volcán dormido que algún día debe despertar. Y así, en 1970, el mundo editorial de los superhéroes se agitó con la brusca noticia de que había sucedido lo impensable: Kirby abandonaba Marvel y se marchaba a la Distinguida Competencia, esto es, a DC, con un contrato ventajoso que le otorgaba la libertad que pedía para hacerse con la completa responsabilidad de sus propias obras (edición, guion y dibujo). El resultado fue a la vez frustrante y fabuloso. Frustrante, porque las expectativas con que comenzó esta etapa acabaron diluyéndose de modo desconcertante y por diversas razones. Fabuloso, porque el ímpetu que el Rey reservaba en su interior creó un increíble conjunto de personajes, escenarios y argumentos que dejó inicialmente sin aliento y que hoy posee un aliento mítico incuestionable. Se trata, por supuesto, de El Cuarto Mundo.

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De los doce hombres, uno sí tenía piedad

(El presente artículo, convenientemente editado y ampliado, es una versión del publicado previamente en la revista digital Homonosapiens.)

Excelente cartel moderno de Doce hombres sin piedadYa nos hemos acostumbrado, pero el primer hallazgo de este inmarchitable clásico que responde al nombre de Doce hombres sin piedad es la ingeniosa variación que propone con respecto al típico thriller judicial que tanta gloria ha procurado al cine estadounidense. Y es que, cuando lo habitual era centrar la trama en el match entre un noble e ingenioso abogado y un fiscal por lo común astuto y marrullero, cuyo objetivo común es persuadir con su actuación a los jurados, el autor de la original pieza televisiva, Reginald Rose, no le dedica el menor espacio a tan emblemáticas figuras para concedérselo, por entero, a esos doce ciudadanos en cuyo juicio descansará finalmente el veredicto de culpabilidad o inocencia. Por eso, la trama comienza cuando el juez —presidiendo el encuadre con el gesto entre serio y aburrido de quien ha pronunciado muchas veces esas palabras: del funcionario de la justicia— se dirige a los doce jurados para recordarles que la conclusión de su deliberación, al tratarse de un caso de pena capital, debe ser unánime y estar condicionada por la ausencia de la menor duda razonable. El jurado se levanta y entonces el encuadre cambia, para mostrar ahora su salida de la sala desde el punto de vista del acusado, sentado y con las manos unidas, quién sabe si por nerviosismo o porque está musitando una muda plegaria: de esos hombres depende su vida. Y para concluir este prólogo, el director le dedica ahora un plano en soledad, la soledad del acusado: y vemos que éste no es sino un muchacho de rasgos nada llamativos. En esos momentos, no es ni un culpable ni un inocente sino un hombre que afronta una espera. Una tensa espera.

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Hasta que llegó su hora: érase una vez el Oeste

Cartel español de Hasta que llego su horaSi hay un rebautizo español poco afortunado de un título original es el de Hasta que llegó su hora, rimbombante sintagma que esconde el nombre que Sergio Leone eligió para la que acabaría siendo la obra maestra de su filmografía: Érase una vez el Oeste. Como señala Carlos Aguilar en su maravilloso libro sobre el director, publicado en Cátedra (que tantas veces habré leído, y sin el cual no existiría este artículo, aunque no lo cite más), hay que tener en cuenta la consciente ausencia de la preposición: no es en el oeste, sino sencillamente, Érase una vez el Oeste. Recién encumbrado por el éxito de su previa Trilogía del Dólar con Clint Eastwood, que acababa de estrenarse triunfalmente en los mismos Estados Unidos, Leone consiguió un acuerdo de producción con la Paramount, que le permitió incrementar los presupuestos anteriores, abriéndole además a la contratación de astros yanquis de eminente categoría estelar (con ese clásico de clásicos como Henry Fonda a la cabeza). Y lo que decidió hacer fue el homenaje definitivo a la representación del western que tenía en su cabeza, amén de su subversión (o así lo vieron los críticos y cinéfilos que odiaron este film nada más estrenarse, iniciando una incomprensión que en las últimas décadas ha dado paso al culto que, creo yo, merece). Hasta que llegó su hora es una fantasmagoría absorbente, un punto y final, un callejón sin salida consciente de serlo en su carácter de elegía que convoca a todos los fantasmas del Clasicismo para devorarlos como Saturno a sus hijos, sin dejar prisioneros: o se venera hasta el delirio o se detesta en la misma medida.

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Niños náufragos: de Dos años de vacaciones a El señor de las moscas

Ilustracion de Bocquet para la portada de Dos anos de vacaciones de la editorial MolinoLa isla es uno de los espacios esenciales donde se ha desarrollado la historia de la humanidad, y por tal razón su riqueza simbólica es complejísima. Uno de sus significados de mayor potencia, derivado de su condición de tierra rodeada por todas partes por el mar, ha dado origen a la voz aislamiento. Es por ello que el robinsonismo es y será siempre uno de los temas fundamentales del imaginario cultural: la isla como lugar donde el hombre se encuentra apartado del curso hasta entonces normal de la existencia, pero también el espacio donde puede reiniciar la historia de la humanidad desde el principio. El microcosmos que representa al macro-cosmos. Como se sabe, fue el Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe el iniciador del mito, pero no tardaron en tomar posesión de él muchos otros creadores, y de dar pie a toda una serie de variaciones. Una de las más sugestivas es la que excluye a los náufragos de la edad adulta: los convierte en niños o adolescentes, y añade por tanto un nuevo matiz a la empresa crusoeana, la de la imperfección asociada a la infancia. ¿O es al contrario, y los niños lo que representan es al hombre adulto sin las restricciones del así llamado proceso de madurez, demostrando que, en todo caso, este no es sino una de las formas de autoprotección que el hombre se da contra sí mismo? Dos novelas bien conocidas representan cada uno de los extremos de la idea. Una la escribió el francés Julio Verne dentro de su ciclo de viajes extraordinarios: Dos años de vacaciones; la otra, el inglés William Golding y la llamó El señor de las moscas. Antagónicas y complementarias, vinculadas por múltiples elementos pero al mismo tiempo de intenciones radicalmente opuestas, no concibo que nadie que haya leído una con devoción no se asome, cuando menos por curiosidad, a la otra. De mi lectura paralela, en este verano que acaba (¿qué mejor época para naufragar?), deriva el siguiente artículo.

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