Hasta que llegó su hora: érase una vez el Oeste

Cartel español de Hasta que llego su horaSi hay un rebautizo español poco afortunado de un título original es el de Hasta que llegó su hora, rimbombante sintagma que esconde el nombre que Sergio Leone eligió para la que acabaría siendo la obra maestra de su filmografía: Érase una vez el Oeste. Como señala Carlos Aguilar en su maravilloso libro sobre el director, publicado en Cátedra (que tantas veces habré leído, y sin el cual no existiría este artículo, aunque no lo cite más), hay que tener en cuenta la consciente ausencia de la preposición: no es en el oeste, sino sencillamente, Érase una vez el Oeste. Recién encumbrado por el éxito de su previa Trilogía del Dólar con Clint Eastwood, que acababa de estrenarse triunfalmente en los mismos Estados Unidos, Leone consiguió un acuerdo de producción con la Paramount, que le permitió incrementar los presupuestos anteriores, abriéndole además a la contratación de astros yanquis de eminente categoría estelar (con ese clásico de clásicos como Henry Fonda a la cabeza). Y lo que decidió hacer fue el homenaje definitivo a la representación del western que tenía en su cabeza, amén de su subversión (o así lo vieron los críticos y cinéfilos que odiaron este film nada más estrenarse, iniciando una incomprensión que en las últimas décadas ha dado paso al culto que, creo yo, merece). Hasta que llegó su hora es una fantasmagoría absorbente, un punto y final, un callejón sin salida consciente de serlo en su carácter de elegía que convoca a todos los fantasmas del Clasicismo para devorarlos como Saturno a sus hijos, sin dejar prisioneros: o se venera hasta el delirio o se detesta en la misma medida.

El diapasón para comprobar la «tolerancia» que va a despertar la historia se encuentra, por supuesto, en su antológico arranque de diez minutos de duración, ocupado sencillamente por la espera de tres pistoleros en una solitaria estación de tren en mitad de la nada. La minuciosa atención a sus actos triviales (quitarse una mosca de encima, resguardarse de una gota que cae) y la inesperada derivación al humor surreal (el pistolero molestado por el insecto acaba atrapándola en el cañón de su pistola y el otro acaba bebiéndose el agua embolsada en el ala del sombrero) se expresa por medio de increíbles primeros planos dedicados a unos personajes de presencia episódica. Por otro lado, si estas situaciones presentan un increíble hiperrealismo en el uso del sonido y la escenografía, en realidad tensan hasta la exasperación el vector realidad del western tradicional. Y todo para culminar con la aparición final del hombre al que esperaban, un pistolero que se revela mediante un estremecedor sonido de armónica y que enseguida dará buena cuenta de ellos con sobrenatural puntería. Si este arranque no seduce, no rinde al espectador, éste debería dejar de ver en el acto Hasta que llegó su hora: no es su película.

Charles Bronson, el fascinante hombre de la armonica

Ahora bien, el planteamiento del film abona uno de los temas universales del género: las tensiones que provoca en el viejo Oeste la llegada de la civilización, simbolizada como en tantos casos por el inexorable avance del tren. El western nos enseñado que quienes son los portadores de aquella son los hombres de la Frontera, esos west men con un código propio ajeno a normas y leyes, que por ello luego se convierten en una molestia anacrónica que debe desaparecer. Este planteamiento, ya en la etapa clásica pero con más motivo en los años 60 (cuando los viejos maestros del género, por edad, fueron quienes se convirtieron en piezas de un tiempo pasado), inevitablemente está asociado al crepúsculo y lo expresó mejor que ninguna otra película la irrepetible El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford. Recuérdese que en ella los dos antagonistas, el vil pistolero encarnado por Lee Marvin y el noble e indomable westerner inmortalizado por John Wayne, antitéticos por conducta (y por ello destinados a enfrentarse a muerte), sin embargo están unidos por el mismo vínculo de la libertad y la independencia: por sobrar en ese mundo de reglas que tanto debió a ellos su llegada.

En Hasta que llegó su hora, los dos hombres del Oeste se dividen en tres. Sigue habiendo uno negativo sin remisión, Frank, el hombre que ejecuta los designios del magnate del ferrocarril Morton. Pero el Tom Doniphon de Wayne se duplica en dos, diferentes al par que complementarios: Cheyenne, el bandido perseguido por la justicia pero que se rige por un sentido muy personal del honor que le impide aprovechar su fuerza en beneficio de la injusticia; y Armónica, el misterioso pistolero al que solo conoceremos por el nombre del instrumento y que supone, por parte de Leone, la estilización del clásico pistolero solitario que llega quién sabe desde dónde y que pone su habilidad con las armas al servicio del bien para desaparecer después, incapaz de asentarse en sitio alguno.

La muerte tiene un precio, y lo pone FrankUnas tierras son el objeto de codicia que sirve de motor a la trama: el hombre que lo compró años atrás, previendo el paso del ferrocarril por ese lugar que contenía el único manantial de agua en muchas millas a la redonda (de ahí que diera el nombre de Sweetwater a su asentamiento), es asesinado con sus tres hijos al principio de la película por Frank y sus hombres. Lo que no saben es que estaba esperando la inminente llegada de la mujer con la que se casó un mes atrás en Nueva Orleáns, Jill, que acto seguido se convierte en el objetivo de los desalmados. Ahora bien, inesperadamente la mujer encontrará la ayuda (por distintos motivos) de los otros dos: de Cheyenne y de Armónica.

Las novedades que aporta Leone afectan a Frank y a Armónica, no por nada unidos por el inescrutable propósito de venganza del segundo contra el primero, por razones que solo se conocerán al final, cuando termina de cobrar forma el evanescente flash-back en que se van esbozando dichos motivos. Frank vislumbra la llegada de esos nuevos tiempos que representan los corruptos políticos y hombres de negocios a quienes representa Morton —la tuberculosis ósea que padece, y que lo encierra en un corsé que robotiza sus movimientos es el adecuado símbolo de esa podredumbre interior— y siente la tentación de ser como ellos. «Has cambiado, Frank», le dirá Morton, al ver cómo se deleita sentado en su sillón, ante su propia mesa, mientras saborea un buen cigarro y un vaso de su caro whisky, recordándole que, al principio, él se encargaba personalmente de ejecutar sus órdenes y ahora está rodeado de hombres. «Llegará un momento en que solo des órdenes», remarca. Hay que señalar que Henry Fonda, hasta entonces prácticamente asociado a papeles de extrema nobleza, se avino a crear un personaje en las antípodas de su imagen, envilecido más allá del mero encallanamiento, capaz de matar a un niño de un balazo a quemarropa.

En cuanto a Armónica, es antes un espectro que un ser de carne y hueso, un arquetipo, una quimera, como remarca el rostro pétreo, impenetrable de un Charles Bronson convertido en fascinante icono antes que en intérprete. Un espectro que se anuncia mediante un toque fantasmal del instrumento que le da nombre y que se convierte en el equivalente al doblar de campanas por los muertos. De hecho, Armónica es un heraldo de la muerte (como adivina con lucidez Cheyenne), de la muerte para Frank. No en vano, cada vez que este le pregunta quién es, responde con el nombre de gente a la que el mismo Frank mató. No en vano, en el primer duelo que protagoniza en el film recibió una herida de bala (lo constata el mismo Cheyenne, al ver el agujero y el rastro de sangre en su camisa) de cuya curación sin embargo no queda constancia alguna, como si, al igual que el mismísimo Lobezno, tuviera la capacidad de regenerar todo daño.

Jason Robards como Cheyenne en uno de los carteles de Hasta que llego su horaPor último, Cheyenne, ni es un pistolero vesánico ni un espectro enigmático, sino un hombre que ama la vida y la acción, el verdadero west men que rinde culto a la libertad por encima de todo. En rigor, encarna otro emblemático arquetipo del género, el del bandido generoso, pero Leone lo impregna de una pícara socarronería en cierto modo emparentada con la de su inolvidable «feo» de su previa El bueno, el feo y el malo (1966), y que sabiendo ser igualmente amenazador, amén de presentar un aspecto sucio y destartalado, sin embargo manifiesta ante todo una condición extraña en el western tal como lo entendía su autor: humanidad. A través de este personaje realmente entrañable, Leone consigue evitar la tentación de dejarse devorar por su autosugestión hacia lo excesivamente abstracto y gratuito: podría decirse que es quien sujeta al director con los pies en el suelo. Y un aplauso por la genial interpretación de Jason Robards, extrovertido casi todo el tiempo, sobrio cuando no son necesarios los gestos extremos. Su despedida final de Jill y su salida de escena forman parte de lo más emotivo de la película.

Frente a ellos, el personaje femenino encarnado por Claudia Cardinale (tan irresistible físicamente como espléndida actriz), diríase en apariencia destinado a resultar tan débil e indefensa como dicta su condición en el género (y que Leone había reprochado en diversas declaraciones). Ahora bien, mágicamente, Jill, acaba simbolizando a la Mujer, de modo tal vez no original pero sí convincente, es decir, el ser que en ese mundo despiadamente masculino representa la permanencia sobre la errancia, la fertilidad sobre la esterilidad, el amor sobre la violencia. Los hombres se irán después de saciar su violencia irracional, pero Jill permanecerá, haciendo realidad el sueño del hombre que murió por él, porque al final es en ella y no en el inanimado tren donde se halla la verdadera semilla de la civilización.

Hasta que llegó su hora es, por ello, la fábula cinéfila definitiva mediante la cual Leone selló su concepto del western. Una fábula que, por tanto, mira hacia el mito bajo el filtro de la voluntad subjetiva de quien ha crecido viendo incontables films del género y crea su propio arquetipo fundiendo perspectivas y jugando con ellos al tiempo que las respeta y transmuta. Como en sus mejores películas —sobre todo, la antedicha El bueno, el feo y el malo, pero también la bellísima Érase una vez en América—, lo hace tensando al máximo los elementos que hasta entonces habían construido el verosímil del género, estilizándolos de tal modo que acaban lindando con la pura fantasía.

Archideseable Claudia Cardinale en Hasta que llego su horaEn sus manos, el tiempo y el espacio adquieren una sustancia distinta, del mismo modo que la atmósfera se construye a partir de una mágica fusión de la escenografía, los rostros y la música. En este sentido, el trabajo de Ennio Morricone resulta más importante que nunca. Leone hizo que compusiera la música antes del rodaje con objeto de que los actores interpretaran las escenas bajo sus envolventes sones, para así adecuar el tempo de sus movimientos y del de la propia cámara a las geniales tonadas. Por tanto, no es ya que la banda sonora sea una de las más elaboradas y complejas de la historia del cine, con un elevado número de tema de igual importancia (para cada personaje), no ya es que su presencia posea una fundamental importancia dramática, sino que es que dictó el mismo curso de cada escena. Un ejemplo emblemático es la primera aparición de Frank: el movimiento de la cámara, que lo sigue desde atrás, viene acompasado con la música para que el fundamental momento de la revelación de su rostro (con la subsiguiente sorpresa de que el asesino sea Henry Fonda) coincida con el incontenible crescendo de la composición.

Poster promocional de Hasta que llego su hora

Igualmente, y subrayando así que Bronson y Fonda son, en realidad, caras de la misma moneda, es significativo que el tema de la armónica no solo defina musicalmente al inescrutable vengador, sino también al malvado pistolero: la diferencia es que para aquél basta el rasgueo desnudo, mientras que para Frank (como simbolizando esa sofisticación que le echa en cara Morton) el tema ya es desarrollado por toda la orquesta. Del mismo modo, el tema de Cheyenne, ejecutado con una guitarra cantarina, evoca esa pícara alegría del bandido. Ahora bien, la cumbre de esta música es el tema de Jill, cuyo excelso lirismo (ensalzado por la limpia voz de Edda Dell’Orso), define la pureza emblemática del concepto de Mujer que maneja Leone: ¿cómo no rendirse a la escena en que aparece, la llegada de Jill en tren, con ese maravilloso travelling con grúa que acaba revelando el soberbio decorado de la ciudad?

[Quien no conozca el final de esta película debe dejar de leer aquí]

Duelo a muerte entre Armonica y Frank, Charles Bronson y Henry FondaComo en El hombre que mató a Liberty Valance, los hombres del Oeste están condenados a desaparecer. Lo hará Frank, aun cuando en su caso pueda señalarse que era una muerte anunciada por su pretensión de «convertirse» en Morton, ese cadáver viviente. Lo hará el mismo Cheyenne, si bien hasta su salida de escena desborda socarronería: herido mortalmente (pero sin que ni los otros ni el mismo espectador lo descubra hasta que se desplome en el conmovedor final), Cheyenne no se «va» hasta asegurarse de que todo queda en orden y que Jill queda en la seguridad de ese establecimiento al que acaban de llegar los constructores del ferrocarril. Solo entonces asume que es tiempo de morir.

En cuanto al propio Armónica, matará a Frank en duelo singular —de genial resolución: encuadrado de espaldas, el disparo mortal hace que dé media vuelta sobre sí mismo, encarándose al espectador—, terminando entonces de materializarse el flash-back en toda su extensión. No solo el pistolero mató con especial sadismo, y ante sus propios ojos, al hermano de Armónica, siendo este un niño, sino que fue él mismo quien, para mayor saña, puso en sus labios el instrumento musical: es el creador, por tanto, de esa criatura mitológica en todo su sentido). Cumplida la empresa que daba único sentido a su vida, tras lo cual nada le quedará por hacer en ese lugar (desde luego no la muda declaración de amor que se puede leer en los ojos de la anhelante Jill), también él se marchará, pero no porque le aguarde otra villanía a la que hacer frente en otro lugar, sino porque habrá de deshacerse literalmente en esa nada de la que vino, como muchos años después hará el jinete pálido concebido, de modo nada casual, por Clint Eastwood. El cine siempre se alimenta de sí mismo, pero pocas veces con la encendida sugestión con que supo hacerlo aquí Sergio Leone. Érase una vez el Oeste.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Hasta que llegó su hora / C’era una volta il west. Año: 1968

Director: Sergio Leone. Guión: Sergio Donati y Sergio Leone; historia de Dario Argento, Bernardo Bertolucci y Sergio Leone. Fotografía: Tonino Delli Colli. Música: Ennio Morricone. Reparto: Henry Fonda (Frank), Charles Bronson (Armónica), Jason Robards (Cheyenne), Claudia Cardinale (Jill), Gabriele Ferzetti (Morton). Dur.: 165 min.

Sergio Leone con sus cuatro estrellas de Hasta que llego su hora

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Hasta que llegó su hora: érase una vez el Oeste

  1. alvaro dijo:

    Siempre lo consigues: otra magnífica entrada, para una película inolvidable, donde cada fotograma, cada segundo es puro cine, puro arte, pura sustancia del país fantasma de los Mitos. Gracias 😉

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