El hombre que tantos cuentos sabe
Los escritores que se saben complejos son sin duda un regalo puesto que, en arte, la ambición, aun cuando en muchas ocasiones pueda conducir a la pretenciosidad, es el mecanismo interior que impulsa al artista a extraer con fervor ese magma interior que, en caso de no poder hacerlo, los ahogaría. Es el caso de los Bulgákov, Henry James, Dostoyevski o Canetti. Pero luego están esos otros que son complejos sin saber que lo son, cuyo mayor anhelo es que, al llegar al final de la página, no deseemos otra cosa que pasarla y saber qué sucede a continuación; ahora bien, por debajo del mero placer de narrar, sus obras dejan en la conciencia un poso misterioso que se empeña en hostigarnos y descubrirnos unas zonas oscuras que la primera vez no advertimos. Hablo ahora de los Stevenson, Dickens, Kipling o Lovecraft. Hans Christian Andersen perteneció a esta segunda estirpe. Escribió lo aparentemente más modesto y caduco que puede haber en literatura, pero al mismo tiempo lo que produce una felicidad más inmediata, por el agradecimiento rápido y desinteresado que despiertan en el público al que parece que van dirigidos: cuentos para niños. Andersen nos habló del abeto que sueña con ser, tan solo, un árbol de navidad; del humilde soldadito de plomo que compensa su reducción a una única pierna con el valor y la abnegación sin límites; del niño que es el único que advierte que el emperador que exhibe tan vanidosamente su nuevo traje, en realidad va desnudo; del soberano que demasiado tarde se da cuenta de que el ruiseñor era más auténtico que el autómata con que lo reemplazó. Si el adulto que gozó con ellos de niño se atreve a recuperarlos más allá de la edad de la inocencia, tal vez se sorprenda descubriendo que esos cuentos inofensivos contienen más sombras de las que recordaba, que están poblados por poderosas imágenes sobre la fugacidad del tiempo, la precariedad de la fortuna, el tormento de la soledad o la sensación de no haber conseguido pertenecer a nada ni a nadie en el mundo. El cuento del que hoy quiero hablar es, sin duda, una de sus grandes obras maestras.