Spielberg y el cine sobre la opresión de los negros

Cartel espanol de El color purpuraCon todos los reparos que puedan hacerse sobre su obra, es evidente que, sin Steven Spielberg, el cine comercial del Hollywood moderno, lo que ahora llamamos mainstream, no habría sido el mismo. Desde su espectacular revelación comercial con Tiburón, en 1975, y por muchas décadas, su nombre siempre fue un reclamo para la taquilla, no en vano muy pronto se ganó el apelativo de «Rey Midas». El encasillamiento inicial del cineasta en el cine de género supuestamente más evasivo (aventura y ciencia-ficción sobre todo), y la dedicación con que, desde su faceta de productor, consolidó un modelo del cine de entretenimiento con tendencia a la trivialización humorística y a la blandura emocional hizo que su figura fuera notablemente menospreciada por la Crítica. Ahora bien, inevitablemente Spielberg acabó siendo tentado por otro tipo de cine, más serio y trascendente si seguimos hablando en términos convencionales, con el que obtendría el mismo éxito de taquilla pero que, además, le otorgó una «respetabilidad» que sus Indiana Jones no podrían haber conseguido jamás. Yo creo que los méritos y los deméritos de su cine se reparten, a partes iguales, entre sus películas serias y sus películas ligeras, pero unas y otras revelan al mismo director pues poseen el mismo estilo narrativo y conceptual, el mismo uso dramático de determinados recursos. El tiempo ha equilibrado el número de películas que pueden incluirse en uno u otro registro, pero dentro de los temas «importantes» a los que el cineasta ha dirigido su atención, me parece que destacan sus historias sobre el triste devenir de la población negra de su país, significativamente repartidas en épocas muy diferentes. Se trata de El color púrpura (1985) y Amistad (1997), con el epílogo que supone Lincoln (2012), películas irregulares pero también dotadas de un notable interés, ideales para estudiar a su responsable.

Aunque hoy se halle un tanto olvidada dentro de la vasta filmografía de su autor, en su momento El color púrpura tuvo una enorme importancia para Spielberg, pues constituía una arriesgada apuesta por un tipo de cine radicalmente diferente al propuesto hasta la fecha. Esto es, un cine que no privilegiaba la acción ni los efectos especiales ni el ritmo trepidante sino que se decantaba por narrar una historia intimista, centrada en personajes sencillos y con hincapié en sus adversidades sociales y personales a lo largo del tiempo. Para ello, el cineasta decidió adaptar una novela de notable éxito crítico y comercial, publicada en 1982 por la escritora afroamericana Alice Walker, con la cual esta había sido galardonada con el máximo premio literario nacional, el Pulitzer. Spielberg dudó acerca de su capacidad para abordar una historia cuyo protagonismo corresponde casi enteramente a personas de raza negra —hoy, probablemente, no se habría atrevido: las acusaciones de «apropiación cultural», multiplicadas por las redes sociales, lo habrían disuadido—, pero su empeño se saldó con otro triunfo económico y un primer respeto crítico. Curiosamente, quienes lo ningunearon fueron sus colegas de la llamada Academia de Hollywood: de las doce candidaturas al Oscar que recibió esa temporada, no obtuvo la correspondiente en su categoría a la mejor dirección. Mas no hay que alarmarse: recordemos que, en el futuro, ganaría dos, por otras tantas películas de «prestigio», La lista de Schindler (1993) y Salvar al soldado Ryan (1998). Además, ya se sabe que este premio, salvo cuando da la razón a nuestras filias personales, es una tontería supina…

A la hora de comentar la película, aun brevemente, parto con el hándicap de no haber leído la novela original: no puedo, por ello, saber el grado de fidelidad de la adaptación (más allá de algunos datos encontrados en la Red) y, por ende, decidir si las incoherencias que presenta la historia se deben a la escritora o a un trabajo deficiente del guion (lo firma Menno Meyjes, pero es fácil imaginar que Spielberg lo supervisaría concienzudamente hasta aprobarlo).

MSDCOPU EC018El color púrpura se centra en la existencia, a lo largo de casi treinta años que van desde 1909 hasta 1937, de una mujer llamada Celie cuyas circunstancias no pueden ser más desdichadas. Víctima del abuso por parte de su padre (con quien tiene dos hijos, que este da en adopción, pese a sus ruegos), es entregada siendo todavía adolescente a un granjero viudo, Albert, que busca en ella una mera sirviente que cuide a sus asilvestrados hijos, ponga orden doméstico y le sirva de desahogo sexual cuando se le antoje (Celie considerará siempre el acto sexual como el momento en que él hacía sus «necesidades» en ella). Para colmo, su mayor dolor es que el marido expulsa de casa a su adorada hermana Nettie —la cual, después de escapar al padre abusador, se ha encontrado con idéntico peligro en casa del cuñado, resistiéndose con contundencia—, la cual, en el momento de la separación, le jura que la seguirá queriendo hasta la muerte y le escribirá cartas, esté donde esté. Esas cartas nunca llegarán: Celie ignora que Albert las ha interceptado durante años y se las ha ocultado.

Como es natural, para que funcione un drama pródigo en sufrimientos, el espectador debe identificarse con ese personaje cuyo devenir va a ser el suyo durante muchos minutos. Y el primer acierto de la película es que el segmento inicial, situado en 1909 y que presenta el contexto y los personajes, lo consigue, gracias a que está ejemplarmente bien contado. En primer lugar, la conseguida descripción que se hace de Celie (interpretada en esta parte por Desreta Jackson) como una muchacha apocada que, al maltrato y el menosprecio permanente que sufre solo opone mansedumbre, une un enorme complejo físico, simbolizado en que, cada vez que sonríe, oculta la boca con las manos. En segundo lugar, el film transmite muy bien la importancia de la relación entre esas dos hermanas cuyo insobornable cariño es su única defensa contra el mundo, justificando así la importancia de esa eterna espera por parte de Celie. Nettie, además, es el símbolo de su esperanza: el ser querido que sí supo luchar y que, pese a ser la menor, era su ángel tutelar, quien la enseñó a leer (en una de las secuencias más bonitas del film, pegando por toda la casa y el mismo cuerpo de Celie incontables papelitos con las palabras que debe aprender).

Whoopi Goldberg como Celie en El color purpuraCelie, aceptablemente interpretada por una casi debutante Whoopi Goldberg (que, enseguida, olvidaría el registro sensible revelado aquí para encasillarse en un estomagante registro cómico que, eso sí, la convertiría en estrella, si bien por medio de una serie de vehículos a cuál ya más olvidado), es, por tanto, el clásico personaje tan infeliz como sensible, pero cuya gracia se mantiene aun en las más adversas circunstancias. Dos personajes femeninos que, como Nettie, poseen el carácter que a ella le falta, serán los que supongan la catarsis para ella: uno de ellos (Sofía, la esposa de su hijastro), integrado es el sistema acabará vencido por este cuando intente hacer valer que es una persona plena; el segundo, Shug, cantante profesional, vive una vida al margen de las convenciones —las cuales, sin embargo, también trataron de aplastarla: de hecho, el amor de su vida fue, precisamente, Albert, pero el padre de él impidió el matrimonio—, mas su libertad la ha conseguido a cambio de una existencia errante en todos los sentidos, con el miedo constante a la soledad (de ahí que, periódicamente, se refugie en la casa del que pudo ser su esposo y ahora es su entregado amante: la brutalidad de Albert desaparece mágicamente con ella).

La singularidad de El color púrpura es que la causa fundamental de la infelicidad que sufre Celie (y como ella, todas las mujeres de la historia) no radica tanto en el racismo del entorno en que viven (Georgia, en el corazón del Profundo Sur) como en el cerril egoísmo masculino del patriarcado negro, que considera a la mujer como una posesión personal del hombre. Las mujeres de El color púrpura sufren, por tanto, una doble discriminación, la de su color de piel y la de su sexo, siendo más dolorosa, cuando menos para Celie, la segunda, puesto que quienes someten su libertad y la convierten en un objeto doméstico son los «suyos». Estamos, por tanto, ante un film de reafirmación feminista antes que ante una denuncia del racismo, y nada lo deja más claro que el leer que la propia Alice Walker sufrió críticas acerbas de su propia comunidad al hacer hincapié en ese nefasto patriarcado, como si remarcar los elementos negativos de la cultura propia suponga darle argumentos al enemigo racista: los «negros» son víctimas siempre de otros, y no pueden serlo de ellos mismos.

Oprah Winfrey, en El color purpuraEs más, cuando de pronto aflora el mensaje antirracista —es decir, cuando aparecen los primeros personajes blancos, por supuesto mezquinos incluso cuando son bienintecionados—, la película entra en un gran bache. Es el caso del atropello que sufre Sofía por negarse a sufrir la humillación: el precio será la mutilación (pierde un ojo al ser golpeada por un sheriff… que creía que iba a ayudarla), la cárcel y, para salir de ella, la obligación de convertirse en sirvienta de la acomodada blanca que provocó el episodio fatal. Lástima que el episodio desborde de tosco maniqueísmo y acabe en los terrenos de la pura caricatura, teniendo en cuenta además que el personaje de Sofía tampoco está bien dibujado y que la luego famosa Oprah Winfrey realiza de él una interpretación tan ostentosa como mediocre.

En cambio, mucho mayor interés posee el personaje de Shug (y la interpretación de Margaret Avery es magnífica), pues es ella quien, finalmente, despertará el instinto de libertad y el respeto personal de Celie —significativamente, será quien la impulse a «liberar» su sonrisa—, amén de su adormecida sensualidad, en una escena que luego no tiene continuidad (tal vez en el libro sí: puede ser uno de los elementos autobiográficas que la escritora volcó en su novela, en este caso su bisexualidad, asumida públicamente). Justo es señalar que cuando Shug está en escena, la película incrementa su interés (todo lo contrario de lo que sucede con Sofía), y que además permite lucir otra de las virtudes del film, su magnífica elaboración musical, gracias al talento de Quincy Jones, asimismo productor. La preciosa canción El blues de Miss Celie, que Shug compone para ella y le canta en la taberna del hijastro de Albert supone, precisamente, el primer reconocimiento en público (ante el asombro del resto de parroquianos) de su condición de ser humano. No hay que olvidar, por otra parte, el complejo sustrato del personaje, que la lleva a hacer compatible su amistad hacia Celie con el hecho ostensible de ser la amante de su marido, y en su propia casa. Por otra parte, la relación con Shug dignifica un tanto a Albert, al revelar una vulnerabilidad inesperada hasta entonces: es más, puede decirse que él también ha sido una víctima del patriarcado negro, por no haber podido ser feliz con quien amaba (con el corolario de hacer infeliz a quien no ama).

El color púrpura es, por tanto, una película de lo más estimable, perjudicada por un metraje más extenso de la cuenta y con digresiones innecesarias, pero que carece de la grandiosidad emocional que su historia deja entreverar a ráfagas. Seguramente la clave se encierre en el incisivo apotegma con que Carlos Aguilar, en su Guía del Cine, resume el fracaso de Spielberg: «Lástima, pero John Ford solo hubo uno». Y es que, en efecto, pese a que la realización desborde claridad expositiva y las imágenes posean una considerable belleza, no debe confundirse esto, como muchos han hecho, con el clasicismo que tantas veces se ha relacionado con el autor. En última instancia, falta ese feeling tan fácil de identificar pero tan difícil de reproducir que sí poseía el genial director de ¡Qué verde era mi valle! (1941), y que hace que el dibujo de personajes y acontecimientos posean eficacia narrativa pero no alcancen esa pegajosa profundidad dramática que desencadena la verdadera identificación emocional con las criaturas de ficción. Pese a todo, pocas veces Spielberg ha estado tan cerca de conseguirlo.

Cartel de Amistad, de SpielbergLa segunda aproximación de Spielberg al tema de la opresión de la raza negra es Amistad, uno de los títulos menos conocidos de toda su filmografía, no en vano en el momento de su estreno fue recibido con gran indiferencia. Las circunstancias que rodearon su filmación son curiosas. En ese año de 1997, el cineasta estrenó dos títulos: El mundo perdido (secuela de Parque Jurásico) y el que nos ocupa. Este apretado programa se llevó a cabo después de un descanso de tres años (como realizador, al menos), tras aquella triunfal temporada de 1993 en que también había presentado dos películas: el mencionado film de dinosaurios, que se convirtió en el título más taquillero de todos los tiempos, y el trabajo que, definitivamente, lo hizo ingresar en el olimpo de los directores «respetables», La lista de Schindler. ¿Es posible que Spielberg pensara en repetir la jugada, con otro film de dinosaurios como complemento de la película comprometida que era su apuesta central? En cualquier caso, el primer film sí respondió comercialmente, pero el segundo fue uno de sus más grandes fracasos en este terreno. Justicia poética, ambos comparten olvido. Amarga ironía: la revisión de Amistad descubre una película mucho mejor de lo que se pensó en su día, muy por encima, por ejemplo, del sobrevaloradísimo Schindler.

Spielberg aborda un episodio real que sucedió hacia 1839. Un grupo de africanos se rebelaron contra la tripulación del barco español que los transportaba como esclavos, la goleta La Amistad, y después de matar a varios de sus marineros, intentaron obligar a otros dos a devolverlos a su lugar de origen. Sin embargo, estos consiguieron engañarlos y conducirlos al puerto estadounidense de New Haven, donde fueron detenidos y se convirtieron en el epicentro de un incidente internacional, al ser reclamados por diversas instancias: el gobierno español (reinaba entonces la niña Isabel II, bajo la regencia de su madre María Cristina) como propietario original de los esclavos, los armadores del barco que los capturó y los dos españoles que condujeron La Amistad a aguas estadounidenses. Ahora bien, New Haven es un puerto norteño y, enseguida, los muy activos círculos abolicionistas se arrogan su defensa. La clave está en un resquicio legal del sistema estadounidense: la esclavitud no está prohibida en su territorio, pero sí el tráfico de esclavos. Hay que demostrar que los fugitivos fueron secuestrados en África y no esclavos de nacimiento vendidos en Cuba a los armadores españoles.

Anthony Hopkins como el ex presidente John Quincy Adams, en Amistad, de SpielbergEl cuerpo del relato aborda las múltiples intrigas (políticas, ideológicas, económicas) que se desencadenan en torno a esta cuestión, que se complica cuando el mismo presidente Martin Van Buren apele la primera resolución de libertad, debido a las presiones que recibe por parte de los políticos representantes de los estados esclavistas, en un momento en que la tensión nacional por dicho motivo era considerable (estamos a apenas dos décadas de la guerra civil) y él mismo se encontraba en campaña electoral, por lo que necesitaba los votos del sur. El hombre que se hizo cargo ahora de su defensa era una figura de talla: nada menos que el ex presidente John Quincy Adams (lo había sido entre 1825 y 1829), conocido como el Viejo Elocuente, quien consiguió la definitiva libertad.

En el momento de su estreno, yo mismo me aburrí de lo lindo con Amistad. La revisión le beneficia en gran medida, si bien sigo viéndole un lastre fundamental: el abuso de la prolijidad. Se trata, en general, de un defecto consustancial a la filmografía de Spielberg: pocas carreras abundan en tantas películas con guiones tan mal estructurados, tan amigos de extenderse en pesadas dilataciones o en innecesarias digresiones, normalmente con un mínimo de dos horas y media de metraje. Siempre he pensado que, con media hora menos en la generalidad de sus trabajos, pocas filmografías actuales serían tan atractivas como la suya.

Por otra parte, esta dilatación se debe a la debilidad de Spielberg por el didactismo, por el exceso de explicaciones para que todo meri-dianamente claro, sin duda por el temor a que el desarrollo de la trama (con tantos personajes y actuaciones) resulte farragoso. El problema del didactismo nos lleva a otro de los defectos del autor, la superficialidad que poseen, en general, sus películas, por culpa de un exceso de simplificación que, en más de un momento, incurre en el maniqueísmo. Así, no falta ese final «justiciero» en que los británicos vuelan la fortaleza africana donde se recluye a los esclavos recién capturados (cuya existencia había sido negada por los esclavistas), la demagógica intervención del presidente Van Buren para que quede bien clara la culpabilidad institucional del estado o, y esto ya es más propio del cine histórico made in Hollywood de toda la vida, la burda imagen que muestra a la niña Isabel II como una boba que da saltitos en la cama y hace cuanto le dictan los políticos que la rodean.

McConaughey y Hounsou, en segundo termino, en AmistadEs irónico que, pese a la pretensión de Spielberg de subrayar que está contando Historia, si Amistad interesa, y mucho, es por lo bien que expone su historia, sin que importe mucho que fuera real o no. Cierto es que, en aras de la exacta reproducción histórica, el guion maneja un excesivo número de personajes, sin que todos queden bien dibujados (lo que demuestra, una vez más, que no es cuestión de dedicar muchos minutos a su retrato sino de saber contar con precisión lo que se ha decidido contar). Por ejemplo, el personaje encarnado por Morgan Freeman diríase que existe solo para justificar la intervención de tan venerable intérprete, porque su mera presencia aporta la suficiente legitimidad a una exposición antirracista.

Al menos, quedan bien definidos los personajes centrales: Cinqué, el esclavo que asume el liderazgo del grupo; Baldwin, el joven abogado que se encarga de su defensa; y el propio Quincy Adams. Todos ellos, por cierto, muy bien interpretados, el primero por un actor entonces novel, Djimon Hounsou, cuya impresionante presencia desprende, en efecto, la sensación de proceder de un mundo mucho más sencillo y puro, el segundo por Matthew McConaughey, y el tercero por un Anthony Hopkins en el apogeo de su prestigio, que supera la tentación de incurrir en la pomposidad del «personaje de composición» (por mucho que el exceso de caracterización física lo haga temer), consiguiendo que su veterano ex presidente desprenda una noble humanidad.

La excelente realización de Spielberg consigue que el drama expuesto se siga con interés de principio a fin, y que incluso provoque la curiosidad suficiente como para que, concluida la película, uno desee saber más sobre el incidente: yo pertenezco a ese conjunto de espectadores a los que el cine ha ayudado a educar. Abundan, por tanto, los momentos logrados. Así, la parte inicial, con la rebelión de los esclavos en mitad de la noche (y ese sugerente, y fantasmal, encuentro en alta mar con otra embarcación en la que unos ricachones celebran una fiesta) o la estupenda conducción de todas las secuencias en la sala de juicios, por no hablar de la buena idea de hacer que uno de los africanos comprenda el sentido de la Biblia que ha quitado a uno de los abolicionistas, gracias a las ilustraciones que contiene. Pero, fundamentalmente, donde la película despierta admiración es en su fenomenal reflexión en torno a la contradicción entre la emotiva apología de la libertad que se halla en la raíz de la fundación de los Estados Unidos y la imposición legal de que esos africanos deban demostrar, por mor de las complejidades de ese equilibrio entre norte y sur, que son hombres libres secuestrados y no esclavos fugitivos. Por ello, toda la parte final de la película resulta especialmente memorable.

Cartel de la pelicula Lincoln, de SpielbergEste segmento de la filmografía de Spielberg sobre el trato dado en el país a la población negra se cierra con la película que consagró al presidente que abolió la esclavitud, Lincoln (2012). Aunque ya he hablado sobre este film en otro artículo (en compañía de otros de su misma temporada), voy a dedicarle un comentario más breve. Lo primero es recordar que no estamos ante un biopic del antedicho, sino al relato, precisamente, de las complejas circunstancias que llevaron a la aprobación por el Congreso de la famosa 13ª enmienda constitucional que liberó a los esclavos. Se trata, sin duda, de un planteamiento del mayor interés, pues la película nos descubre que tan honorable decisión se consiguió sin eludir ni los sobornos ni las trapacerías ni las presiones. Eran veinte votos afirmativos los que se necesitaban, y el film narra cómo van obteniéndose casi hombre por hombre, haciendo honor a la memorable frase que se pone, al final de la película, en boca del hombre que lidera a los diputados abolicionistas en la cámara, Thaddeus Stevens (encarnado por un estupendo Tommy Lee Jones) y que dice así: «La ley más importante de la historia de los Estados Unidos se ha aprobado a través de un proceso corrupto orquestado por el hombre más puro y honrado del planeta».

Desde luego, es de lo más encomiable la valentía con que se expone el hecho evidente de que quienes apoyaron a Lincoln no lo hicieron precisamente por su falta de prejuicios racistas, sino por conveniencia política o por razones más censurables. Spielberg maneja con mano maestra todos los momentos de debate parlamentario, luciendo así de nuevo la habilidad para las escenas colectivas ya demostrada en Amistad, película con la que, es evidente, compone un impremeditado díptico acerca de las relaciones entre política, legalidad y libertad en torno a la cuestión de la esclavitud.

Del mismo modo, Lincoln posee la práctica totalidad de defectos de la anterior, en su forma de acercarse a la Historia con un exceso de solemnidad, amén de su exceso de prolijidad, por no hablar, en este caso, del esteticismo luminoso impuesto por Janusz Kaminski, el principal director de fotografía de Spielberg, cuyo trabajo a mí siempre me parece demasiado pomposo. Por supuesto, destaca la composición de Daniel Day-Lewis, pues aunque, como en el caso de Hopkins, uno teme a priori ver antes al actor que al personaje, enseguida se impone el verosímil realista que perseguían intérprete y director. Y al contrario que en Amistad, en este caso la escena final casi es la mejor de toda la película: concluida esa aprobación que culmina la labor de su vida, ya en el calor de su hogar, Thaddeus Stevens entra en la cama con los ojos plenos de emoción para brindársela a la mujer amada con que ha compartido su existencia, de modo íntimo pero secreto, pues es… su ama de llaves negra.

La famosa estatua del Lincoln Memorial, en Washington

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El color púrpura / The Color Purple. Año: 1985

Director: Steven Spielberg. Guión: Menno Meyjes; novela de Alice Walker. Fotografía: Allen Daviau. Música: Quincy Jones. Reparto: Whoopi Goldberg (Celie), Danny Glover (Albert), Margaret Avery (Shug), Oprah Winfrey (Sofia). Dur.: 154 min.

Título: Amistad / Amistad. Año: 1997

Director: Steven Spielberg. Guión: David Franzoni. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Reparto: Morgan Freeman (Theodore Joanson), Anthony Hopkins (John Quincy Adams), Matthew McConaughey (Baldwin), Nigel Hawthorne (Martin Van Buren), Djimon Hounsou (Cinqué). Dur.: 155 min.

Título: Lincoln / Lincoln. Año: 2012

Director: Steven Spielberg. Guión: Tony Kushner, basado parcialmente en el libro Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goodwin. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Reparto: Daniel Day-Lewis (Abraham Lincoln), Sally Field (Señora Lincoln), Tommy Lee Jones (Thaddeus Stevens), David Strathairn (Seward). Dur.: 150 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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