Sobre sentimientos en la gran ciudad: Todos rieronElígeme

Cartel de Todos rieron, con su homenaje a su reparto coralEl cine siempre es imprevisible, por fortuna. Lo es el arte, en general, pero con más motivo el cine, por su condición de creación colectiva. Es decir, de nada valen las etiquetas o las valoraciones generales que se poseen sobre determinado autor, ya sea para apreciarlo o para rechazarlo, cuando de pronto nos encontramos ante una película que, para bien o para mal, nos desarma. Huelga decir que prefiero lo primero: que un director que no me gusta, de pronto me ofrezca una película que me encante. En estos últimos días, haciéndome un pequeño ciclo urbanita de los años ochenta, me ha sucedido con dos películas que había visto mucho tiempo atrás y que en su día me gustaron, pero que me había resistido a revisar teniendo en cuenta que casi todo lo que había visto después de sus dos respectivos directores me había disgustado bastante. Los dos realizadores están hoy poco valorados, pese a que cada uno, en décadas diferentes, gozó de algún prestigio crítico: Peter Bogdanovich, en los 70, y Alan Rudolph, en los años 80. Su caída fue tan rápida como su ascenso, si bien ambos, justo es puntualizarlo, han tenido ocasión de realizar carreras largas y más o menos estables. De las dos películas, una pasó desapercibida y la otra fue la que reveló a su autor. Ambas son crónicas urbanas protagonizadas por diversos personajes a la búsqueda casi desesperada del amor, y en las dos es fundamental, para la elaboración de la atmósfera, el trabajo con las canciones. No están plenamente logradas y no me extraña que, quien vea que se les dedica un artículo, enarque las cejas abiertamente, por cuanto, las dos, bordean peligrosamente el capricho o la tontería. Pero no puedo evitarlo: en la revisión, me han complacido bastante. Hablo de Todos rieron (1981), de Bogdanovich, y de Elígeme (1984), de Rudolph.

Nacido en 1939, el caso de Peter Bogdanovich es bastante curioso, puesto que su formación y orígenes en la profesión recuerdan bastante a los de los miembros de la nouvelle vague francesa, por disímil que luego sea su trayectoria con respecto a sus directores más notorios. Cinéfilo compulsivo y joven crítico en la misma escuela cahierista de los Godard, Truffaut o Rohmer (escribió libros donde reivindicaba a los directores clásicos que estos habían ensalzado, sobre todo a los maestros John Ford y Howard Hawks), Bogdanovich debutó en 1968 nada menos que a instancias de Roger Corman con El héroe anda suelto —el título español nada tiene que ver con el original, Targets/Objetivos—, una modesta incursión en el thriller con un fuerte componente metafílmico, no en vano su protagonista era un ya anciano Boris Karloff, a lo largo de una trama que aprovechaba al mito del terror para confrontar el viejo cine clásico con las formas supuestamente nuevas del Hollywood coetáneo, dando pie un producto bañado en la astucia típica del productor, mas resuelto con apreciable soltura por su debutante.

lastSu segunda realización, La última película (1971), seguramente sea siempre el film por el que se lo recordará, ya que son muchos los cinéfilos que sienten una especial devoción por este drama rural, situado a principios de los 50 y rodado en blanco y negro, que compagina la nostalgia tan cara al cineasta con la crudeza psicológica, y que destaca porque obra el prodigio de narrar el tránsito a la condición adulta de unos muchachos bajo un prisma crepuscular más propio de otras edades. La excelente acogida de la película convirtió a su autor en una especie de joven prodigio cuyos siguientes trabajos parecieron encarrilar adecuadamente su trayectoria profesional. Ahora bien, a partir de mediados de la década llegó una serie de fracasos que impusieron sobre él la etiqueta de «veneno para la taquilla», de la que ya difícilmente se desprendería, pese a que su carrera sería larga y más o menos estable. Mas ya no volvería a recuperar el predicamento de sus orígenes.

Repasando su filmografía, queda bien claro que el género favorito del director siempre fue la comedia, con especial debilidad por su modalidad screwball, la entrañable «comedia loca» que vivió su esplendor en Hollywood antes de la Segunda Guerra Mundial, en la que obtuvo un enorme éxito con ¿Qué me pasa, doctor?, su tercera película. Ahora bien, su mejor incursión en el género seguramente sea este Todos rieron al que ya llego, una muy particular «comedia de detectives» en la que tuvo la buena ocurrencia de eludir esa tentación screwball que, de todos modos, nunca le sentó muy bien, para decantarse por un aroma de romanticismo gentil francamente atractiva.

Bogdanovich lo filma tras que parezca haber recuperado la sintonía con la industria tras la relativamente buena acogida de su película anterior, Saint Jack (1979), un trabajo en las antípodas de lo que había hecho hasta entonces (adaptación de un autor de prestigio, Paul Theroux; una historia «dura», más cercana al Hollywood descarnadamente realista de esa década que a las fábulas cinéfilas en que se había especializado). Todos rieron es una obra que Bogdanovich abordó con una implicación muy especial, en primer lugar por la historia de amor que vivió durante el rodaje con la joven actriz Dorothy Stratten, asesinada por su posesivo marido y descubridor poco después de su finalización y antes del estreno.

Ben Gazzara y Audrey Hepburn en Todos rieronAhora bien, y con independencia de este elemento sentimental, suponía un film de reafirma-ción personal, por su regreso a un mundo mucho más cercano que el recorrido por el Singapur del entrete-nimiento sórdido para occidentales, con ecos del cercano Vietnam, en que se acababa de sumergir. Bogdanovich volvía a la comedia, a un tipo de cine que sentía más propio, y lo hacía con riesgo, al tratarse de una película de financiación independiente, con un notable grado de control, en la que se implicó con intensidad el amplio reparto convocado, haciéndose unos responsables de otros cometidos e incluso aportando a miembros de sus familias al proyecto, como los dos maduros protagonistas, Ben Gazzara (que también lo había sido de Saint Jack) y Audrey Hepburn (por ejemplo, Sean, el hijo que tuvo con Mel Ferrer, es ayudante de dirección y encarna un papel secundario). El mismo director añadió a sus dos hijas pequeñas al equipo, encarnando precisamente a los dos retoños de Gazzara, y en la escena que protagonizan con este desprenden una notable autenticidad, como si en verdad el actor fuera su padre.

La anécdota central del film es mínima pero graciosa: los miembros de la agencia de detectives Odisea (especializada en el seguimiento de infidelidades matrimoniales) se enamoran de las mujeres cuya posible ligereza deben espiar, de tal modo que, en efecto, estas acaban siendo infieles a sus maridos. La estructura narrativa mediante la cual se desarrolla la trama consiste en la continua circunvolución por las calles de Nueva York (y en concreto, Manhattan), ciudad que luce rutilantemente bajo la fotografía del alemán Robby Müller, con la cámara siguiendo a los detectives mientras a su vez estos persiguen a sus objetivos de modo más o menos disimulado, y sus vidas profesionales y personales se funden y confunden atractivamente, haciendo honor al lema de la agencia, «Nunca dormimos».

Dorothy Stratten y John Ritter, la pareja joven de Todos rieronDos son en concreto, los casos/romances que se desarrollan durante los dos o tres días en que tiene lugar la historia. Por un lado, el enamoramiento del joven detective Charles (John Ritter, que hace una simpática recreación de un rol muy cinéfilo del género, el comediante torpe e intensamente romántico, con reminiscencias del cine silente: con toda la razón, se menciona a Harold Lloyd como la inspiración del personaje) hacia una joven y muy atractiva rubia, Dolores (Dorothy Stratten), casada con un celoso compulsivo (lo que supone un triste juego de espejos con la realidad). Por otro, la atracción que siente el maduro John (Ben Gazzara, cuyo notable aplomo y mirada sabiamente irónica hace consistente un personaje delirantemente irresistible para toda mujer joven con que se cruza) hacia Angela, la mujer casada y de ojos tristes cuyo marido, como aquel le dirá en un diálogo punzante, la hace seguir no por una sospecha concreta sino porque tipos como él creen que el engaño que habitualmente practican es una conducta genérica en cuantos los rodean. Este papel lo encarna Audrey Hepburn, en su último papel relevante para el cine, maravillosamente otoñal, que aporta con su mera presencia, con su naturalidad expresiva, esa nota de clasicismo tan querida por Bogdanovich.

A ellos debe añadirse una nutrida y muy simpática galería de personajes que reúne a los otros miembros de la agencia (destaca un tercer detective, Blaine Novak, asimismo coguionista, divertidísimo con su mera apariencia: una rizadísima pelambrera que esconde bajo una monumental gorra, gafas oscuras que no se quita casi nunca y un par de patines siempre al hombro), a las amigas o amantes de los protagonistas, con frecuencia ambas cosas, y a quienquiera que acabe formando parte del grupo, cada uno de los cuales recibe la adecuada atención, con conseguido sentido del equilibrio, y que están interpretados por un grupo de actores, jóvenes y maduros, que responden con gran convicción.

Los personajes de Todos rieron se patean ManhattanTodos rieron es una película que otorga una importancia fundamental a la comunicación gestual, a las miradas, ya sea para indicarse los detectives qué hacer a continuación o para atraer a las mujeres ante las que, en teoría, no deberían dejarse ver, y cómo no, a los besos (en pocas películas los personajes se besan tanto, y a varias bandas, como aquí). Es uno de los mejores homenajes que nunca se le ha concedido a la ciudad de los rascacielos, con un espléndido trabajo además con la banda sonora, compuesta por toda clase de standards estadounidenses (como el que da título a la película), que además no suenan caprichosamente sino que tienen siempre una función diegética, al tratarse de canciones que suenan en alguno de los interiores (de edificios, establecimientos o taxis) por donde transitan los personajes. Es divertida sin intentar nunca provocar la carcajada fácil y es romántica sin dejar nunca de contemplar con ironía la facilidad con que todos somos enamoradizos, dejándose bien claro que no existen los amores eternos sino las atracciones periódicas (y por tanto, promiscuamente sucesivas).

Y sobre todo, compagina muy bien la perspectiva sencillamente ingenua y lúdica del amor de la pareja joven con el lúcido desengaño vital de la madura: el personaje de Gazzara, por mucho que parezca no tener el menor problema para atraer al sexo opuesto (incluso a las más jovencitas, como esa taxista que se le pega descaradamente desde el primer momento en que lo ve, a quien encarna la guapa Patti Hansen, que se casó poco después con el rolling stone Keith Richards), en el fondo es un hombre que ha llegado a la madurez consciente de que, estando siempre rodeado de gente, está marcado, ante todo, por la soledad. Como señalaba más arriba, Todos rieron no es ni mucho menos una obra maestra pero sí una película que sabe hacerse especial, y que se deja ver con irresistible agrado. Es triste que fuera un notable fracaso comercial…

Emblematico poster de EligemeAunque Bogdanovich sea un ejemplo prototípico de director que no llegó a cumplir las expectativas que prometía, y hoy no se lo tiene apenas en cuenta, los críticos y cinéfilos, por lo menos, lo recuerdan. Ahora bien, ¿alguien se acuerda de Alan Rudolph? ¿Y de Elígeme? Esta película le proporcionó a su director y guionista la mayor relevancia de toda su carrera. Fue no tanto un gran éxito comercial como un éxito crítico y cinéfilo, hasta el punto de recibir enseguida la consideración de película de culto, de film-que-había-que-ver. Hasta ese momento, la carrera de Rudolph (nacido en 1943) había transcurrido sin llamar la atención, divididos sus trabajos entre varios productos seguramente alimenticios que no creo que haya visto nadie, y un par de películas con pretensiones, que tampoco se han difundido mucho. De pronto, seguramente de un modo que no esperaba ni él, dio en el clavo con este film a la vez íntimo y exhibicionista (en su forma absolutista de realizar un canto a la necesidad del amor), que lo situó en un puesto que, mal que bien, le permitiría mantenerse en Hollywood como director de aureola artística durante unos años, hasta que esa consideración fue erosionándose sin que casi nadie se diera cuenta… ni lo echara de menos. En su caso, hoy día sí hay que hacer un esfuerzo para recordar su nombre, y es evidente que quienes consiguen hacerlo es, ante todo, por Elígeme.

Como Todos rieron, la película cuenta los encuentros y desencuentros, a lo largo de unos pocos días (sobre todo, unas pocas noches) de un conjunto de personajes que buscan desesperadamente el amor. Eve (inolvidable Lesley Ann Warren, cuya particular sensualidad desgarrada no obtuvo nunca mejor aprovechamiento) es la dueña de un bar de copas, que está dejando atrás la juventud sin haber encontrado todavía al hombre de su vida y ya ha recibido tantas decepciones que apenas puede creer que este vaya a aparecer alguna vez. Nancy (Genevieve Bujold, con su clásico aire de pajarillo indefenso con más carácter del que parece), bajo el alias de la Doctora Amor, lleva un programa radiofónico de gran éxito al que llaman toda clase de desorientados sentimentales —entre ellos, la misma Eve—, pero que, a su vez, se cree incapaz de amar y va por el mundo cambiando continuamente de casa y de relaciones, a modo de entomóloga de las relaciones humanas.

En el centro del triángulo se halla Mickey (Keith Carradine), que acaba de salir de una institución mental, arrastra una maleta con todas sus posesiones, entre ellas los vestigios de un pasado del que va contando pequeñas dosis a quien le pregunta, componiendo un mosaico que parece fantasioso (piloto militar, profesor universitario, espía y, por último, homicida) y, sin embargo, es auténtico. A estos tres deben añadirse otros dos personajes relevantes: Zack (Patrick Bauchau), el amante actual de Eve, un francés maduro y distinguido, de ocupaciones más bien turbias, y Pearl (Rae Dawn Chong), la joven esposa de Zack, que se pasa las noches en el bar de Eve, pues aunque esta no la conozca, ella sí sabe de sus relaciones con su marido.

Lesley Ann Warren y Keith Carradine, Eve y Mickey en EligemeEl guion une a estos cinco personajes bajo la inevitable advocación del azar. Mickey, recién salido del manicomio, lo primero que hace es ir al bar de Eve porque ya existía antes y con ese nombre: de hecho, esa Eve fue la primera muchacha a la que pidió en matrimonio. Eve busca compañera de piso no porque la necesite para pagar su bonita casa sino para no estar tan accesible a los hombres (o eso quiere creer), y es la misma Nancy quien responde al anuncio. Zack llama a casa de Eve y quien coge el teléfono es Nancy, quien no puede evitar hacer de asesora sentimental y atraer la atención de aquel. Pearl le ofrece su casa a Mickey y lo envía a un garito de juego, al saber que su plan inmediato es conseguir dinero para ir a Las Vegas y ganar allí el capital suficiente para empezar (delirantemente, Las Vegas es su ciudad natal). Zack pierde a las cartas con él, poco después se lo encuentra en su casa, con Pearl, y por último, besando a su amante: ¿cómo no desear que ese entrometido desaparezca para siempre y perseguirlo con una pistola?

Del azar al capricho, como es evidente, suele haber un paso, y sin embargo Elígeme tiene la virtud de hacer que esta estructura caprichosa, incluso absolutista, esté contada con la necesaria convicción como para que los espectadores decidamos arrojar a un lado la lógica y dejarnos llevar por el imprevisible desarrollo de la trama. Tan imprevisible como el mismo protagonista masculino, ese tipo que asegura que solo besa a las mujeres con las que está dispuesto a casarse, y que no solo lleva ya dos matrimonios a sus espaldas, mas el que no pudo tener lugar con la primera Eve, sino que hace la misma proposición a las tres mujeres de la historia. Ahora bien, desde el primer momento se intuye que la única historia que verdaderamente cristalizará, porque era la más necesaria, es la que lo une con la anhelante Eve.

Las dos actrices de Eligeme, Genevieve Bujold y Lesley Ann WarrenNo extraña que una reflexión concienzuda desnude la caducidad de la película, a la que se le notan demasiado sus urgentes anhelos de modernidad, con su estética nocturna, el uso de la banda sonora plagada de bonitas canciones que interpreta Terry Pendergrass o su insistencia en resultar moralmente anticonvencional. Aun así, Elígeme no engaña: el sentido del romanticismo que destila, pese a sus ropajes modernos, es entrañablemente clásico. Y es por ahí por donde convence. Lo hace de un tirón, porque a poco que se hubiera creado alguna incertidumbre acerca de lo que el espectador está viendo, todo el conjunto se hubiera desmoronado (y repito: no extraña que muchos no se traguen el contenido, y lo consideren una tontería). Porque es cierto: más que una filosofía del amor, lo que transmite Elígeme es un estado de ánimo. Si se conecta con él, la película se seguirá con placer; si no, fastidiará profundamente.

De hecho, el siguiente trabajo que Rudolph realizó tras el éxito del presente, Inquietudes (1985), ya se encarga de desnudar dolorosamente el artificio que ronda sus imágenes. Esta película es una especie de prolongación o variante de la anterior, con la que posee numerosos vasos de comunicación, desde el mismo planteamiento sentimental a la estética urbana, el uso de canciones y la presencia de dos de sus actores (Carradine y Bujold, si bien parece como si el director se empeñara, de modo especialmente ridículo con respecto a él, en dejar claro que no repiten ni papel ni actuación ni, lo más burdo, caracterización física). Dotada de una trama de thriller progresivamente ridícula, hasta desembocar en un final intolerable que le falta directamente al respeto al espectador (no digamos si este valora el film seminal), Inquietudes sí es una bobería con ínfulas que solo denota incompetencia y pretenciosidad, insoportable desde cualquier punto de vista.

Yo vi Elígeme en una emisión televisiva, supongo que nocturna (no puede ser de otro modo, pienso), a finales de los ochenta, y no había vuelto a verla (ni a querer verla) desde aquella primera vez. En otra noche de varias décadas más tarde se ha producido una misteriosa sintonía que tal vez sea producto de la casualidad o, como decía líneas arriba, del estado de ánimo. Tal vez por ello, dudo que vuelva a verla en mi vida. En cambio, no descarto que lo haga de nuevo con Todos rieron, más clásica en el fondo (a Bogdanovich le gustaría leer esto), menos coyuntural, y más reconocible en sus imágenes y sonidos. Cuando menos, qué buena forma de anticipar el placer de volver a Nueva York…

Los actores de Todos rieron

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Todos rieron / They All Laughed. Año: 1981

Director: Peter Bogdanovich. Guión: Peter Bogdanovich y Blaine Novak. Fotografía: Robby Müller. Reparto: Ben Gazzara (John Russo), Audrey Hepburn (Angela), John Ritter (Charles), Blaine Novak (Arthur), Dorothy Stratten (Dolores), Colleen Camp (Christy). Dur.: 115 min.

Título: Elígeme / Choose Me. Año: 1984

Dirección y guion: Alan Rudolph. Fotografía: Jan Kiesser. Reparto: Genevieve Bujold (Nancy), Keith Carradine (Mickey), Lesley Ann Warren (Eve), Patrick Bauchau (Zack), Rae Dawn Chong (Pearl), John Larroquette (El camarero). Dur.: 106 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Sobre sentimientos en la gran ciudad: Todos rieronElígeme

  1. JAVIER A dijo:

    “Choose me” es una película muy original, diferente, muy “ochentóxica”. La he dado varios repasos y esa atmósfera que envuelve las imágenes es fascinante. La atracción Carradine-Warren desprende un aroma a carnalidad muy creíble, apuntalada por la voz profunda de Pendergrass que parece abrazar a los amantes. Es una pequeña joya escondida. Una rareza atemporal.

    • En efecto, y por ello es una lástima que Rudolph hiciera acto seguido “Inquietudes” (no sé si la has visto) porque lo que hace es retorcer el mismo planteamiento de “Elígeme” (con añadidos innecesarios e insufribles) y poner de relieve todos los defectos que en su película anterior supo eludir o sortear. En cualquier caso, sigue pareciéndome el hito de la carrera de Rudolph ya que, o se esconde alguna joya desconocida en los films que no he visto (los anteriores a este y los últimos, que ya creo que o no se han distribuido en España o lo han hecho sin la menor repercusión) o no ha vuelto jamás a rendir tan alto.

      • JAVIER A dijo:

        No pude con “Inquietudes”. Demasiado pretenciosa. Todavía sigo enamorado de Eve …
        Llegué a la película escuchando las canciones de Teddy Pendergrass y Luther Vandross que sonaban en “Área reservada” en RNE. El programa lo dirigía de lunes a viernes a las 14h el inolvidable y ya fallecido Antonio Fernández.

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