El Corsario de Hierro: «¡por todos los Mac Meck!»

La primera aventura del Corsario de HierroUn joven alto y espigado, que viste siempre camisola blanca, chaleco rojo y botas de mosquetero. Un gigantón fornido (no le digas «gordo», si no quieres irritarlo), de amplias patillas pelirrojas y al que su kilt (no lo llames «faldita», si no quieres que se convierta ya en una fiera corrupia) lo delata como escocés. Y un tipo inverosímilmente escuálido, imposiblemente vertical (sus cabellos y su perilla remarcan la fuga de líneas), cuyo acento lo delata como italiano. Solo esta descripción basta para que un numeroso grupo de aficionados al tebeo cuya niñez se sitúa en la década de los 70 identifiquen enseguida a este trío de entrañables personajes: El Corsario de Hierro, Mac Meck y Merlini. Y esos nombres evocan toda una catarata de inmortales aventuras, momentos para el regocijo, y maravillosos personajes secundarios: un malvado lord inglés con la nariz llena de verrugas y una pata gotosa; un supuesto mago que intenta una y otra vez el mismo truco, esto es, destrozar a martillazos un reloj escondido bajo un pañuelo y luego rescatarlo intacto (truco que, pese a la pertinacia del mago, jamás salió bien); una especie de brujo de nariz ganchuda capaz de convocar las más alucinantes visiones; una esbelta espadachina veneciana; una infinitud de villanos jactanciosos y cobardes, capaces de concebir las más malvadas (y descacharrantes) torturas; un secreto edén escondido del mundo por impenetrables acantilados; combatientes luchando sobre tableros de púas; y un recorrido por todo el globo de la mano de la más dinámica aventura que se pueda concebir. Todo eso, y muchísimo más, es El Corsario de Hierro, uno de mis tebeos favoritos de todos los tiempos.

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El sentido de lo fantástico en Henry James

Portada de una edición inglesa de Otra vuelta de tuercaPese a que parece difícil encontrar, a través de su proyección pública —un hombre que siempre pareció serio y que se paseó por la vida sin querer dar nunca la nota—, un novelista más apegado al concepto de realidad, bien sabemos que en realidad fue todo lo contrario: Henry James fue uno de los mayores conculcadores del concepto de lo real que conoce la literatura. Y lo hizo de modo implacablemente lógico con lo que entendió por esencia de la narración: la ausencia de una certidumbre completa acerca de lo que se está narrando porque depende de la limitada percepción o información del personaje cuyo punto de vista ha adoptado el escritor. De este modo, la realidad queda limitada por una subjetividad de la que no se puede escapar: la realidad supone una interpretación por parte del protagonista. El autor aplicó este principio a su observación de ese mundo de la buena sociedad por el que se movió —con sus reuniones en el campo, sus viajes por la vieja Europa o sus romances por conveniencia— y en donde creó ese universo tan inconfundible que hoy su mero nombre tan bien sabe evocar. Pero con el tiempo acabó no solo cuestionando las certezas de sus personajes sino ingresando directamente en un espacio que el buen conocedor, aun con dificultades, identifica como genuinamente fantástico. Sí, Henry James también fue uno de los mejores cultivadores de lo fantástico. Pero lo hizo a su modo: suave, elusivo, casi inapreciable…

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John Ford y la Trilogía de la Caballería

Estupendo cartel promocional de Fort Apache

El concepto de «trilogía» parece tener un misterioso prestigio entre cinéfilos y críticos, incluso espectadores en general. Dejando al lado el posible atractivo simbólico que para algunos tiene el número tres, una trilogía parece prometer una unidad temática o compositiva entre determinadas obras de un cineasta considerado «autor»: así, tendríamos la trilogía de la incomunicación de Antonioni, la trilogía del silencio de Ingmar Bergman o la trilogía de los colores de Kieslowski. O bien, la prolongación en el tiempo de una trama que, por la extensión, promete ampliar el goce obtenido con una sola entrega: tendríamos, así, la trilogía de Star Wars (en realidad, dos trilogías), la de El Señor de los Anillos o la de Matrix. Sin embargo, para un conjunto nada desdeñable de cinéfilos cuya pasión por el cine de género fue alimentada por la llamada «primera sesión» de los sábados en la TVE de nuestra infancia, la trilogía por excelencia siempre será la Trilogía de la Caballería del gran John Ford. Todavía hoy, la mera mención de los títulos Fort Apache (1948), La legión invencible (1949) y Río Grande (1950) desencadena en mí la evocación de toda una serie de imágenes a cuál más entrañable: John Wayne guiando al Séptimo de Caballería contra los indios, los bailes del fuerte (con su imprescindible y bien cargado ponche), las esposas de los soldados despidiendo a sus maridos, silenciosas, sin saber si regresarán de la batalla, los jefes indios contemplando imperturbables la aparición de la caballería, la tropa entonando una canción popular para darse ánimos, el galanteo de los jóvenes oficiales con la hija del comandante… En esos momentos, ¿quién no desearía tener otra vez a mano, recién estrenado una mañana de Reyes, su amado Winchester y lanzarse a la calle en busca de apaches y comanches, que los muy desagradecidos han vuelto a escaparse de la reserva?

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El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

Portada de la primera edición en Lumen de El nombre de la rosaUn sagacísimo monje franciscano investiga una serie de espantosas muertes que están teniendo lugar en una abadía del norte de Italia donde se encuentra la biblioteca más extensa (e impenetrable) de la Cristiandad. En 1980, Umberto Eco, conocido semiólogo, crítico literario y erudito de temas muy diversos, nos contó esta prometedora historia bajo el bello y sugestivo título de El nombre de la rosa, y nos dio el que tal vez sea el último ejemplar de best-seller genuinamente «culto» dentro de una especialidad, la novela histórica, hoy tan de moda. Lo consiguió encontrando el punto justo de equilibrio entre el denso ejercicio de reflexión histórica (que engloba, por el contexto elegido, también la religiosa y la filosófica) con la entrega desinhibida al puro placer de la narración. No sé si soy todavía más subjetivo de lo usual al hablar de esta obra —yo mismo soy licenciado en historia medieval—, pero la revisión de esta novela (y sin pretender en ningún momento que sea una obra maestra: no quiero tampoco pecar por exceso) me ha deparado uno de los placeres del verano. Un placer que, no es raro en mí, entrevera lo literario con lo cinematográfico: me ha resultado imposible no mezclar, mientras leía, el maravilloso personaje protagonista de fray Guillermo de Baskerville con el rostro y el elegante ademán irónico del hombre que lo encarnó en la gran pantalla, Sean Connery, ni pasear por el interior de sus muros sin tener bien presente la mole prismática donde transcurre la película.

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Sherlock Holmes, de Miyazaki: «jajejijoju!»

Los principales personajes de la serieSi una noche, atravesando una calleja solitaria o el jardín mal iluminado de una añeja mansión, escuchamos cómo rasga el silencio una insólita carcajada que dice «¡jajejijoju!», ¡cuidado!, es posible que estemos a punto de caer en una trampa del malvado profesor Moriarty y sus atontolinados sicarios Todd y Smiley, pero también que el más dinámico de los Sherlock Holmes que han poblado el mundo esté ya corriendo, y nunca mejor dicho, en nuestra ayuda. Ay, que sea así, porque si no es Holmes puede que sean el gruñón del inspector Lestrade capitaneando la hueste de agentes de policías de Scotland Yard más numerosa e incompetente que uno sea capaz de imaginar. Puede que Sherlock Holmes no fuera nunca una serie de gran popularidad, que a los niños de la generación de Marco y Heidi les pillara ya en la adolescencia y, por tanto, en el momento en que ya se tiene que mirar por encima del hombro cualquier dibujo animado. Yo mismo no hice acuse de recibo de su existencia, pero años después, en una reposición escondida en la programación estival, al resbalar mi mirada por sus personajes, por sus fondos, en suma, por su atmósfera, no pude evitar un respingo, al apreciar el muy reconocible aroma de un director japonés, Hayao Miyazaki, del que ya había descubierto una obra maestra, Porco Rosso, y del que en ese momento no poseía la menor información. No puede ser casualidad que mi director favorito del cine moderno también se sintiera interesado por uno de los dos o tres personajes literarios imprescindibles que me han acompañado toda la vida.

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Henry James, el «historiador de la conciencia refinada»

Retrato de Henry James, por John Singer SargentLa reflexión crítica que más ha influido en mi concepción del arte de la ficción se la debo al crítico cinematográfico (y escritor con devoción por lo fantástico), José María Latorre, tristemente desaparecido el año pasado. Refiriéndose a un gran director inglés que renovó el cine de terror (y que, por especializarse en dicho género, sufría entonces un notable menosprecio), escribió: «Como todos los hombres que hablan en voz baja, Terence Fisher tardó en ser escuchado». La sugerencia antes que el subrayado, la alusión antes que el énfasis, la elipsis antes que la exhaustividad: del mismo modo que no se tiene razón por proclamarlo más alto que nadie, el arte no se expresa mejor por querer expresar más. Como lector/espectador, detesto que me lo den todo hecho, que me lleven de la mano: prefiero buscar yo mismo el camino, aunque a veces no encuentre la dirección correcta. No hay reglas fijas, por supuesto, y así tengo entre mis autores predilectos a algunos, como Dickens o Dostoyevski, que jamás se caracterizaron por la discreción expresiva. Pero no puedo evitar sentir simpatía por esos autores que escogen la senda de la narración en voz baja, por mantener las palabras de Latorre. Y en literatura, no se me ocurre otro ejemplo mejor que el de un escritor norteamericano que quiso sentirse inglés (y acabó nacionalizándose británico un par de años antes de morir) y que se caracteriza por una obra en la que nada se da por sentado, en la que los acontecimientos parecen fluir sin que el espectador nunca esté seguro de hacia qué dirección se dirigen y que siempre deja con la sensación de que, en alguna parte de la historia, ha debido haber algún elemento que se nos ha escapado. Joseph Conrad, con admirable agudeza, lo llamó el «historiador de la conciencia refinada». Su nombre, Henry James.

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Del revés y otras películas de Pixar

Los pequeños personajes de Del revés. Inside Out

En el año 1995, una película de animación provocó un impacto sin precedentes entre los incondicionales de esta forma de hacer cine (no es un género, pues como es lógico todos los géneros admiten la expresión animada). Se trataba de Toy Story, el primer film creado enteramente mediante animación digital de la historia. Los espectadores que asistieron a su estreno enseguida supieron que se hallaban ante una película cuyos dibujos tenían una textura completamente diferente a la habitual: eran dibujos con una profundidad más propia de las películas «reales». El film llevaba el sello de un estudio, Pixar (cuya cortinilla de introducción viene marcada por un flexo que aparece en pantalla saltando sobre las letras de su nombre para aplastar a la i y girar su bombilla encendida al espectador) que ha acabado siendo, con razón o sin ella, el sinónimo de la mejor animación que ahora puede hacerse. El éxito del film fue estruendoso y aunque inicialmente siguió conviviendo con el dibujo tradicional, hoy parece haber ganado la batalla —salvo en Japón, cuyo anime es allí indestructible— y cualquier producción, incluso modesta, exhibe este formato. En las dos décadas de existencia de este sello, Pixar ha conseguido que el estreno de casi todos sus títulos sea considerado el gran acontecimiento del mundo de la animación, suplantando en esto a la Disney (hasta que ésta ha hecho lo lógico: comprar Pixar). El reciente estreno de Del revés (Inside Out) es una buena muestra, y a propósito de ella voy a recordar algunos de los films más relevantes del estudio.

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¿Quién necesita a Mary Poppins… teniendo a La bruja novata?

Cartel anunciador de La bruja novataEs muy evidente que la Disney pretendió con La bruja novata (1971) repetir el éxito arrollador de Mary Poppins (1964), cosa que estuvo muy lejos de obtener, cuando menos en repercusión comercial y mitómana. Y es que ambos comparten el mismo planteamiento: el encuentro entre unos niños que sienten la ausencia de los padres (en este caso, porque ya son huérfanos) y una mujer, soltera y con poderes mágicos, que viene a cubrir el hueco de aquéllos, conduciéndolos a una serie de aventuras maravillosas. Como Mary Poppins, la nueva trama (trasladada a la pantalla por la misma pareja de guionistas) viene punteada por numerosas canciones de los hermanos Sherman —ninguna de las cuales, sin embargo, ha quedado en la memoria, aunque en general son de lo más graciosas—, cuenta como plato central con una secuencia de dibujos animados en la que se insertan los actores reales e, incluso, el actor protagonista es el hombre que hizo del señor Banks, David Tomlinson, intérprete de quien nadie recuerda papel alguno fuera de estos dos que hizo para la Disney. Menos relevante es otro factor común, la dirección a cargo de Robert Stevenson, puesto que este realizador se hizo cargo de la práctica totalidad de las producciones de imagen real del estudio en esos años, y de hecho entre uno y otro film había firmado otros cinco, alguno tan popular (al menos en su momento) como Ahí va ese bólido (1968), que abrió la serie del inefable «escarabajo» Herbie. En fin, tanta comparación debe concluir señalando que, pese a su muy inferior renombre, La bruja novata me parece una película bastante superior a su referente, y al menos en mi memoria despierta incluso el recuerdo entrañable que nunca consiguió conmover la historia de esa envarada niñera con paraguas volador.

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El capitán Kronos, espadachín y cazador de vampiros

Poster de Capitán Kronos, cazador de vampirosA principios de los 70, la productora británica Hammer Films, que había reinado en el género del terror gótico desde la segunda mitad de los años 50, daba ya síntomas de un alarmante decaimiento. En el campo del cine de vampiros, que había revolucionado en 1958 con el Drácula de Terence Fisher, acababa de conocer un intento de renovación con la llamada Trilogía Karnstein —inspirada inicialmente por el precioso relato Carmilla, del irlandés Joseph Sheridan LeFanu— que, en el fondo, solo buscó la explotación de la lujuria fácil (por entonces) del público natural del género, el masculino, ofreciendo abundante despliegue de desnudos femeninos para contar lo mismo de siempre. ¿Era total el agotamiento? Es triste, pero la productora tuvo entre manos la película que podía haber encabezado la necesaria renovación que precisaba, y que dejó escapar dándole un tratamiento calamitoso. Se trata de uno de los títulos menos conocidos del estudio, Capitán Kronos, cazador de vampiros (1972), una película que, situada en los mismos ambientes rurales y vagamente centroeuropeos de tantos títulos suyos, se permite cambiar las características y las reglas del juego tanto de las criaturas vampíricas como de los implacables cazadores que buscan su erradicación. La propuesta: un caza-vampiros que lucha no con una cruz sino con una espada y unos monstruos que no matan al modo tradicional, chupando sangre, sino esencias vitales.

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Una cuestión de matices: de Washington Square a La heredera

Poster español de La herederaMe apasionan las relaciones entre literatura y cine. Una de las facetas más atractivas que posee el mundo de la narración (visual y escrita) es el descubrimiento de las claves que condicionan cada uno de esos medios a través de la comparación entre un original concebido para ser leído en negro sobre blanco y su traslado a imágenes. No solo es apasionante; es también esclarecedor, a la hora de repartir con justicia los méritos de una obra (¡cuántas veces se los han llevados las películas, por puro desconocimiento del libro en que se basaban!). Por supuesto, cuando una de las dos fuentes, la original  o la adaptación, es inmensamente superior a la otra, la comparación carece de valor. Pero cuando ambas son notables —y eso quiere decir que la película no debe contentarse con verter, tal cual, el argumento novelesco a la pantalla—, es una actividad muy enriquecedora. Pues bien, tal vez la primera vez que tuve ocasión de descubrir estas relaciones fue cuando leí la novela de Henry James Washington Square, cuya memorable historia ya había tenido ocasión de conocer a través de una excelente película, La heredera (1949), dirigida por un hombre de gran prestigio en su momento, William Wyler. Siendo bastante similares en la estructura argumental (o sea, siendo fiel la película al libro), ambas presentan las suficientes divergencias —en la forma de narrar los mismos hechos y definir a los mismos personajes, sobre todo, pero también en la atmósfera y en el uso de la tensión dramática— como para que la comparación resulte de lo más estimulante.

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Curiosas variantes de Sherlock Holmes en los años 80

Cartel original de El secreto de la pirámideSabido es que no ha habido vida más longeva que la de Sherlock Holmes: ningún otro personaje de ficción ha sido objeto de tantas historias añadidas, o sea, apócrifas, al canon oficial de sus andanzas, lo que los incondicionales del personaje llaman con entrañable guasa el Canon de Conan. Lo fue ya en vida de su creador, el escocés Arthur Conan Doyle, y tras su muerte se multiplicaron en progresión geométrica. La literatura primero y luego, lógicamente, el cine reprodujeron las mismas coordenadas trazadas por el autor y jugaron con ellas, por ejemplo, haciéndolo entrar en relación con otras figuras de la ficción más o menos coetáneas (Fu Manchú, Drácula y otros genios del mal) o de la misma realidad victoriana, ya fueran notorios criminales como el emblemático Jack el Destripador o figuras de la cultura como Oscar Wilde o Sigmund Freud. Se ha creado así una especie de cinta de Moebius en la cual girarán seguramente hasta el final de los tiempos el gabán, la lupa y la gorra de cazador sin las que ya no concebimos a su dueño, las habitaciones de Baker Street en las que Holmes cataloga la antigüedad de sus papeles por el espesor de la capa de polvo depositada sobre ellos, la fiel señora Hudson, el obtuso inspector Lestrade, las frases como «El juego vuelve a comenzar» o «Elemental, mi querido Watson», etcétera. Pues bien, voy a detenerme hoy en tres películas filmadas todas ellas en los años 80 donde dichos elementos fueron sometidos a unas muy curiosas variaciones (cambiándolos para no cambiar nada, en realidad), de tal modo que, en pocos años, asistimos a un Sherlock adolescente en El secreto de la pirámide, a un Sherlock ratonil en Basil, el ratón superdetective y a un Sherlock que no es Sherlock pues es una mera tapadera del verdadero genio del tándem, el doctor Watson, en Sin pistas. Ninguna de ellas está plenamente lograda, pero qué diablos: si los pastiches existen desde la vida misma de Conan Doyle es porque los holmesiómanos no podemos pasarnos sin un avatar, cualquier avatar, de nuestro personaje favorito.

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Terence Fisher, 1958: el mejor Drácula

Poster del Drácula de la HammerEn 1955, una modesta productora inglesa (que cumplía los veinte años de trayectoria) encontró de pronto el camino hacia el éxito con una película de ciencia-ficción que, curiosamente, adaptaba un serial de la televisión: El experimento del doctor Quatermass (1955). Sería, sin embargo, en otra rama del cine fantástico en la que el estudio se haría un nombre, el terror gótico. Alguien intuyó que se podía aprovechar la repercusión que estaba obteniendo la emisión de los viejos clásicos de la Universal en la tele. La maldición de Frankenstein (1957) fue el resultado y el verdadero inicio del esplendor de la Casa del Martillo. Drácula (1958), lógica segunda entrega del ciclo, alcanzó aún mayor popularidad, y consagró para siempre a su pareja de actores protagonistas, Peter Cushing y Christopher Lee, como dos de los nombres imprescindibles del género, al mismo tiempo que demostraba que ningún otro director como Terence Fisher entendía que el terror no depende de unos argumentos que incluyan monstruos o elementos malignos, sino de una forma de organizar el espacio y de mover a sus criaturas fantásticas por él: de crear un lenguaje fantástico. En eso, Drácula es insuperable. Para mí, sigue siendo la mejor película de vampiros de todos los tiempos —solo pongo en el mismo plano Nosferatu, el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y Vampiros (1998), de John Carpenter—, entre otras razones porque pocas como ella han sabido entender lo que es el mito del no muerto: una mirada sobre la tragedia que supone la destrucción de la normalidad. En el fondo, el tema fundamental de toda película de terror. Y de la vida del hombre…

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Han raptado a Bunny Lake, pero… ¿existe Bunny?

Al cartel que figura junto a estas líneas debo mi descubrimiento de la memorable película que es El rapto de Bunny Lake (1965), realización de la que, a pesar de venir firmada por el gran Otto Preminger, nada conocía. Un cartel lleno de elementos inquietantes —la imagen de la pareja compuesta por una joven que parece cantar una nana al muchacho que acuna sobre su regazo, la mirada cuestionadora del hombre maduro que los observa, la silueta recortada del muñeco infantil— que transmite un indefinible sentimiento de zozobra que termina de completar el memorable lema: Bunny ha desaparecido, pero… ¿existe Bunny? Como ya nos advierte éste, la película parte de un sugerente argumento —la investigación de la desaparición de una niña se convierte de pronto en la investigación sobre si esa niña existe de verdad—, que bajo el formato del suspense nos conduce a un tipo de cine por el que siento especial predilección. Esto es, la obra que cuestiona, sin necesidad de argumentos fantásticos, la supuesta consistencia de eso que llamamos «realidad»; la obra que defiende que esta sólida capa que nos proporciona la base firme para enfrentarnos al mundo, en el fondo es de lo más quebradiza, puesto que depende del punto de vista o de la convicción con que los demás (no basta con uno mismo) la admitan. Y cuando esa capa se rompe es para dejarnos al borde de un abismo que, contra lo que dijo Nietzsche, ni nos mira, ni mucho menos le importa la rapidez con que podemos caer por él y ser olvidados como si nunca hubiéramos concernido a nadie. El miedo a no ser, el miedo a dejar de ser: de ellos se alimentan las peores pesadillas. Y El rapto de Bunny Lake es justo eso: una pesadilla que no se limita a sucederle a unos personajes, sino que se empeña en perturbarnos a nosotros mismos, los espectadores que creíamos estar asistiendo a una mera intriga policiaca.

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Stalker, de los hermanos Strugatski a Andrei Tarkovski

Estupendo poster francés de StalkerEs sintomático que, en casi todos los países sometidos durante el siglo XX al totalitarismo comunista floreciera el cultivo de la fantasía, en la literatura y en el cine. Es lógico: la intelligentsia crítica (y en este caso, además, política) de todo tiempo y lugar ha considerado al género fantástico el hermano pobre de la cultura. ¿Cómo van a ser «serias» historias que versan sobre vampiros, fantasmas, lugares encantados, viajes en el tiempo o en el espacio, etc…? Vamos, sobre cosas que no existen, cuando la realidad es tan confortable. Esta actitud, por supuesto, solo delata pereza intelectual (o algo más grave, claro), y es bien significativo que las autoridades comunistas, tan preocupadas por cercenar toda libertad de expresión, permitieran el florecimiento de la fantasía en su territorio. Zotes como suelen ser casi todos los censores (en España tenemos un buen muestrario), no parecieron advertir que el género, y en concreto, su variante conocida como ciencia-ficción era algo más que pistolitas de rayos láser, naves surcando el cosmos e invasores extraterrestres: que servía de modo inmejorable para la crítica de la realidad. Pues los buenos ejemplares de esta corriente utilizan la incursión en sociedades del presunto futuro para mejor criticar el presente (quizá tengo que rectificar: los censores a veces sí advierten la peligrosidad del género, como demuestra la prohibición en fecha tan temprana como los años 20 de Nosotros, de Yevgeni Zamyatin, hoy día considerado uno de sus títulos más importantes). El presente artículo va a girar sobre una muestra eminente de ciencia-ficción soviética, primero en la literatura y luego en el cine. Se trata de la historia conocida como Stalker, una magnífica novela de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski difundida en Occidente gracias a la maravillosa versión que de ella hizo (con la complicidad de los propios autores, co-firmantes del guión) el gran cineasta ruso Andrei Tarkovski.

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Corredor sin retorno: a quien los dioses quieren destruir…

il_570xN.417035576_o99yCorredor sin retorno (1963) comienza con una frase que dice: A quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco, que se atribuye a Eurípides e incluso está fechada (425 a. C.), pero que parece que es apócrifa de este dramaturgo griego. En cualquier caso, de Eurípides o no, con autoridad clásica o sin ella, es una buena forma de comenzar una película que a continuación sigue con una reflexión en voice over de su protagonista, que con tono sombrío señala: «Esta es mi historia, hasta donde puedo contar». Lo cierto es que Corredor sin retorno, con mejor o peor resultado, es una de estas películas que obliga a verlas tan pronto uno conoce su historia: para investigar desde dentro un crimen nunca resuelto que se cometió en un sanatorio mental y cuyos testigos fueron tres de sus pacientes, un ambicioso periodista se hace pasar por loco, pero a medida que va profundizando en su indagación, su contacto con la realidad comienza a deslizarse por la pendiente… Hoy día pocos argumentos tienen capacidad para sorprendernos, y seguro que el de esta película dirigida y escrita por Samuel Fuller se ha contado otras veces y en distintos ámbitos (¡hasta en España, con Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena!). Ahora bien, quien haya visto esta historia a edad temprana —y aunque la revisión no sea lo que mejor le sienta— desde luego ya nunca podrá prescindir de ella: el recuerdo de la tremenda fascinación que nos provocó es uno de esos tesoros de la memoria que demuestran lo quebradiza que es la objetividad. Ay, quién sabe si esos dioses destructivos también se han fijado en nosotros para qué retorcidos fines…

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