Mi tío Jacques Tati

Inolvidable monsieur HulotMi panteón particular de cómicos del cine está formado por dos estadounidenses (Buster Keaton y Jerry Lewis), un inglés aclimatado en Hollywood (Charles Chaplin) y un francés, Jacques Tati. A diferencia de los primeros, cuyas carreras fueron largas y prolíficas —en el caso de Keaton, aunque pasado el cine mudo perdiera la independencia artística y viviera una larga decadencia, no solo  no dejó nunca de trabajar sino que  en sus años dorados acumuló una filmografía impresionante en número—, Tati solo firmó un corto y seis largometrajes, de los cuales dedicó cuatro (aquellos en los que me centraré en este artículo) a un personaje recurrente al que bautizó como monsieur Hulot (sin que nunca supiéramos su nombre de pila). Tal vez quepa hacer una distinción entre el francés y los otros. Si las películas de estos giran de forma absoluta en torno a sí mismos, en el cine de Tati siempre da la sensación de que Hulot pasa por allí como hubiera podido no pasar. Hulot impregna de una plácida humildad a todas sus peripecias, y de hecho, aun siendo el protagonista nunca es el centro absoluto del universo: de hecho, lo fue siendo menos a medida que avanzaba su «saga». Esta modestia casi metafísica que lo envuelve crea una sensación de armonía extraordinaria. De todos los grandes cómicos señalados, Tati es el único cuya comicidad no descansa en la tensión o en la agresividad que el mundo ejerce contra ellos sino en la tranquilidad. El efecto que tiene su cine es el de despertar una admirable sensación de placidez: al menos en lo que a mí respecta, creo que nada consigue templar mejor los nervios que sus películas. Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

 

En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

Guillermo el gángsterAcabo de publicar en Café Montaigne un artículo (como otras veces, revisado y corregido después de aparecer en esta mano del extranjero) sobre una debilidad literaria personal que sé que comparten apasionadamente unos cuantos incondicionales, y que el resto, por desgracia, seguramente no conocerá. Se trata del inolvidable Guillermo Brown, cuyos libros son referencia imprescindible en la formación de varias generaciones en su Inglaterra natal y que, fuera de las islas, encontró en España su mejor tierra de adopción. Publicados por la editorial Molino, en los años cincuenta y sesenta gozaron de enorme fama (yo heredé mis primeros Guillermos de mi madre) y todavía en los setenta se defendieron, con nuevas ediciones (y peores, claro: cometieron la osadía de no incluir los entrañables dibujos del gran ilustrador de la saga, Thomas Henry), para ir declinando hasta desaparecer de la edición española. El último intento, no hace muchos años, compilando varios tomos, no debió de funcionar porque no aparecieron más. Y es una pena, porque estos libros son un tesoro. Parece literatura infantil, porque su protagonista es un niño de eternos once años, pero (Fernando Savater lo explica muy bien en el capítulo que le dedica en La infancia recuperada, primer texto en el que descubrí que había más lectores del personaje) sus andanzas carecen del tono blando y, por mucho que se disimule, finalmente moralizante de la mayor parte de las series de ese tipo (por ejemplo, Los Cinco) para proponer un canto a la transgresión que tiene pocos parangones en la literatura, especialmente porque Guillermo Brown no va ni mucho menos de rebelde, con o sin causa. La clave está en el punto de vista, el que aporta la admirable escritora que lo creó, Richmal Crompton. Esta antigua profesora de latín —que supo reírse de sí misma: el latín es la asignatura que más odian Guillermo y sus amigos los Proscritos, pues ¿qué sentido tiene estudiar una lengua muerta?—, retirada de la docencia por las consecuencias de una poliomielitis, entendió bien cómo situarse en la perspectiva de un niño y, sin mitificar banalmente la infancia, comprender que el mundo adulto es un universo de aburridas convenciones que no hay que destruir (Guillermo quiere bien a los adultos que lo rodean, su familia, aunque le fastidien sus intentos de controlar su libertad) pero sí del que lo mejor es alejarse el mayor tiempo posible. Nunca he dejado de leer y releer estos libros, siempre con una sonrisa en la boca… y con la triste certeza de que ya nunca podré unirme a esos Proscritos y vivir con ellos (vivir, que no es lo mismo que jugar) sus múltiples aventuras, sea encontrar espías alemanes en el cottage de al lado o pigmeos en el corazón de Inglaterra. Porque encontrarlos, creedme, siempre los encuentran.

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Los westerns de Robert Aldrich

Burt Lancaster, el genial canalla de VeracruzEl nombre de Robert Aldrich es uno de los primeros que aprendí a asociar a la figura de un director del que quería conocer más obras. Sin duda, se debió al impacto que provocaron en mí los dos westerns que rodó al principio de su carrera, Apache y Veracruz, ambos de 1954. Sin embargo, el tiempo ha ido maltratando notablemente su obra en mi aprecio, hasta tal punto de que siempre temo revisar cualquier película suya de la que guardo buen recuerdo: lo normal es que esa impresión se deteriore. He intentado leer cuanto ha caído en mis manos sobre este director para contrastar argumentos. Unos alaban la capacidad para expresar una visión del mundo (pesimista, endurecida) con independencia del argumento a través del cual la registra. Otros, el vigor de su narrativa. En el lado contrario, su tentación al artificio y al énfasis: sus ganas de dejar bien claro siempre que hay alguien al otro lado de la cámara. También fue inteligente. Pese al buen comienzo que tuvo, su carrera estuvo a punto de irse al traste en la segunda mitad de los cincuenta y cuando recuperó la posición, se juró no perderla. Fue tal vez el primer director-productor que tuvo claro que el espectador buscaba en las películas un «paquete» formado por unas estrellas atractivas, un argumento de impacto y la sensación de estar ante una film grande, y en sus películas más taquilleras de los años sesenta, de ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) a Doce del patíbulo (1967), lo aplicó con éxito. Aldrich abordó muchos géneros, como la práctica totalidad de directores de Hollywood con largas carreras, pero creo que sus mayores logros los consiguió en el western. A los cuatro ejemplos más relevantes de su participación en el mismo, los antedichos más El último atardecer (1961) y La venganza de Ulzana (1972) voy a dedicar el siguiente artículo. Seguir leyendo

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Los relatos de Rudyard Kipling

Retrato de Kipling, por CollierCada vez que regreso a Rudyard Kipling me veo obligado a quedarme un buen tiempo a su lado, aunque he acabado pensando que toda una vida se quedaría pequeña para hacerse una idea exacta de la compleja entraña de un literato al que muchos han querido reducir a su condición de escritor simple, incluso detestablemente simple. Por ello necesito recapitular un poco acerca de las impresiones, siempre cambiantes, siempre diversas, que me provoca su lectura. Como ya lo hecho en mi artículo sobre su gran novela Kim, no me detendré en la dimensión imperialista de su obra (que es indiscutible pero que no invalida su grandeza literaria). Kipling ambientó muchos cuentos en la India y, como me veo reducido a las limitaciones de un lector occidental que no es especialista en ese territorio y esa cultura, debo señalar que ese mundo del que nos dio su visión es insuperablemente convincente en términos dramáticos y, desde luego, artísticos. Esos relatos, lo más conocido de su producción, sin embargo no son lo único de toda ella: escribió cuentos situados en mar y en tierra, en el campo y en la ciudad, en el mundo contemporáneo o en la Antigüedad romana y el medievo. En todas las etapas de su vida creó obras deslumbrantes, y no hay nadie mejor que Borges (siempre Borges) para explicarlo. En el prólogo a los cuentos que seleccionó para su Biblioteca personal, recogiendo muestras de todas sus etapas creativas, señala que «los primeros son ilusoriamente sencillos, los últimos, deliberadamente ambiguos y complejos. No son mejores, son distintos». Y la clave, concluye, está en que «en todos ellos el autor, con sabia inocencia, narra la fábula como si no acabara de comprenderla y agrega comentarios convencionales para que el lector esté en desacuerdo». Es imposible que Borges haya sido el mejor lector del mundo; pero no lo es que los mejores solo pueden estar a su altura. Seguir leyendo

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Kim, el Amigo de todo el Mundo

Portada de la edicion americana de Kim, diseñada por Lockwood KiplingHay unas cuantas novelas en la historia de la literatura que se leen bajo la sensación de que nadie en particular las ha escrito: que, al modo de los arquetipos platónicos, existen desde siempre y que leerlas no es descubrirlas sino recobrarlas. Por lo común, son obras cuyas páginas pasan por nuestros ojos sin esfuerzo, como si nos hubiéramos embarcado en un viaje plácido por un río cuya suave corriente nos conduce de modo sereno pero inquebrantable al mar abierto. Pertenecen a ese tipo de historias (más raras que las contrarias) que nos producen una maravillosa sensación de optimismo sin que este nos resulte enojoso, nos parezca tópico o nos provoque mala conciencia. Nos reconcilian con la humanidad, aunque una relectura atenta también acabe revelándonos algún rincón oscuro: la buena literatura suele ser más sombría que luminosa, de ahí la sorpresa jubilosa que sentimos ante este segundo caso. Hablo, por ejemplo, de La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, de El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton o de Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne. Y hablo también de Kim, la tercera y última de las novelas que publicó ese escritor llamado Rudyard Kipling, cuyo sonoro nombre parece exigir que torzamos el gesto por su condición de cantor del imperio británico pero al que me parece difícil que nadie que tenga el suficiente conocimiento de su obra pueda no estimar como uno de los grandes narradores de todos los tiempos. El mismo George Orwell, severo crítico del autor desde el conocimiento de quien también transitó por los dominios del Imperio británico, ya señaló en su día que cinco generaciones literarias lo habían despreciado, pero que nueve décimas partes de sus miembros estaban totalmente olvidados, mientras que Kipling «sigue ahí». Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Amor y muerte en Esnapur

Seetha ante la diosa

En Café Montaigne: Amor y muerte en Esnapur

En los salones del Café Montaigne siempre hay espacio para la aventura. Y en ellos acabo de publicar un artículo (revisión y corrección del que antes paseé por esta mano del extranjero) sobre una de las cumbres del género y, por lo tanto, del cine en general. Se trata de una revisión apasionada del díptico formado por El tigre de Esnapur y La tumba india, mediante el cual el genial director Fritz Lang regresó a su Alemania natal (de la que se fuera en 1933, con el ascenso del nazismo) después de que su aventura en Hollywood no acabara como merecía. Se sitúa en un reino de la India, gobernado por un maharajá que aspira a su modernización y que por ello convoca a un arquitecto alemán, Harald Berger, con el que enseguida hace amistad. Pero Berger se enamora de una bailarina, Seetha (de raíces irlandesas), a la vez que el soberano, el cual, al descubrir que esta, a quien ya contaba con hacer su esposa, le corresponde, monta en cólera, ordena su persecución y captura y decide convertir las escuelas y hospitales para cuya construcción había hecho venir a Berger en un mausoleo, en una tumba para sepultar en ella a esa mujer a la que ama y a la que, al no verse amado, ha decidido matar. Los amigos de los documentos antropológicos, de las visiones críticas del colonialismo (aunque aquí, al menos, no aparecen los ingleses) y de los directores-entómologos no encontrarán aquí su película. El tigre de Esnapur-La tumba india es una fábula romántica en su estado más puro, donde lo que cuenta, ante todo, es el lirismo, las sensaciones (abiertas y subterráneas), la acción a través de las cuales se expresan los caracteres mejor que con mil palabras, la sugestión visual, la narración que no se detiene pero que, misteriosamente, consigue suspenderse mágicamente en el terreno de la abstracción. Cine para disfrutar, para soñar, para descubrir después que nos ha hecho pensar. Y con una Debra Paget cuyas danzas constituyen una cumbre del erotismo onírico en la gran pantalla.

Debra Paget baila en Esnapur

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Sufrimiento y purificación en Paul Schrader

Paul SchraderA los cinéfilos y a los lectores siempre nos gusta encontrar en las imágenes o en las páginas de nuestros autores el rastro de sus propias vidas, unas vidas que, como es inevitable, en la mayor parte de estos fueron tan banales como las nuestras. En el caso de Paul Schrader el primer dato que aparece en sus pormenores biográficos no puede ser más sugestivo: no vio una sola película hasta cumplidos los dieciocho años. La razón estriba en que se crio en el seno de una estricta comunidad calvinista que practicaba ese credo cristiano, especialmente absurdo y rigorista, según el cual la omnipotencia divina es tan absoluta que conoce quién va a salvarse en el mismo momento en que cada ser humano viene al mundo. El signo de estar entre los elegidos es formar parte de esas comunidades de creyentes y seguir fielmente unas reglas cuyo signo exterior es llevar una vida de severo ascetismo moral y personal, que excluye cualquier tentación diabólica, entre las cuales, por supuesto, figuran esos simulacros de vida que son las ficciones, especialmente las más realistas, las películas. Con dieciocho años, el joven Schrader escapó y, tras descubrir el cine, decidió dedicar su vida al mismo. Y lo consiguió, bien que lo consiguió. En primer lugar, proponiéndose como un magnífico guionista, especialmente conocido por su asociación con Martin Scorsese. Pero después como un director muy activo a la vez que personal, cuyo sello autoral consiste en la exposición de la odisea interior de unos personajes condicionados por un pasado atroz que los ha convertido en seres que se complacen en la soledad al tiempo que buscan una purificación que solo podrán ganarse después de una explosión de violencia fatal. El camino a la redención a través del dolor, un concepto nada lejano del credo calvinista, que ensayó primero en su famoso guion de Taxi Driver y que luego él mismo plasmaría en toda una serie de películas de cruda densidad moral.

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Reivindicación del remake M…aldito

El remake de M, por Joseph LoseyLa historia del cine está repleta de remakes, esto es, de títulos que, de acuerdo con la literalidad del término inglés, rehacen películas previas (cuando la nueva se basa en una obra literaria de prestigio, se suele hablar, en cambio, de «nueva versión»). Muchas grandes películas, de hecho, son remakes, pero el término ha sido utilizado muchas veces de modo peyorativo cuando el film de partida es considerado un clásico tan indiscutible que no era necesario «volverlo a hacer». No son pocos los que detestan el Psicosis de Gus Van Sant (1998) con respecto al de Hitchcock (1960) como si fuera un innecesario insulto, si bien también son muchos quienes lo consideran un arriesgado experimento, por tanto digno de respeto e incluso admiración, en su propósito de repetir plano tras plano del original pero con la inevitable alteración que supone el cambio de textura, color, intérpretes, contexto, etc. No puedo opinar en primera persona porque nunca lo he visto. Sin embargo, después de muchos años buscando una copia adecuada, sí he conseguido contemplar el que seguramente sea el remake primero más despreciado y vilipendiado y después más ignorado y olvidado del cine. El desprecio se debe a que el film que rehace es nada menos que M, el vampiro de Dusseldorf (1931), obra magna del gran Fritz Lang, que siempre denigró su existencia (es comprensible puesto que era el film del que tal vez estaba más orgulloso). El remake se tituló, sencillamente, M (1951), y lo dirigió un hombre entonces poco relevante pero que una década después, casi insospechadamente, se convertiría en uno de los más respetados nombres del cine de autor europeo (se había instalado en Inglaterra), es decir, Joseph Losey. Tengo a Lang como uno de mis tres o cuatro directores predilectos y M, el vampiro de Dusseldorf como un film memorable. Sin embargo, el remake no solo creo que dialoga con el original en términos de igualdad durante muchos momentos, sino que en determinados elementos alcanza un interés superior.

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Andanzas y fábulas de Álvaro Cunqueiro

Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, de CunqueiroSeñala Andrés Trapiello, en frase ya famosa, que los escritores de derechas ganaron la guerra civil pero perdieron los manuales de la literatura. En el caso de Álvaro Cunqueiro, es probable que hablemos de un derrotado por partida doble. Cunqueiro optó por una escritura que de inmediato se ganó la reprobación de la ortodoxia ideológica como literatura de «evasión». En un momento en que triunfaba (entre la crítica) el compromiso literario, bien trabado a esa corriente realista que siempre nos han querido hacer creer que es la esencia de la cultura española, el gallego publicaba fábulas protagonizadas por unos personajes llamados Merlín, Ulises o Sinbad, que transcurrían en escenarios en apariencia medievalizantes, en realidad atemporales, y que demostraban un notable amor por los cuentos y por el uso de un lenguaje plagado de imágenes sensoriales. Como mucho, a Cunqueiro se le aplicaba el tópico de que, por su origen gallego, era inevitable su tendencia a la fábula y a las concesiones a la pura imaginación. «¡Soñar es muy cansado!», dice el personaje de uno de sus libros, y otro responderá: «Pero es lo más antiguo que hay». El hombre aprendió a soñar antes que a hablar, es la lección que nos transmite el escritor, pero sus personajes no son meros soñadores que cierran los ojos y dejan vagar la imaginación, sino hombres para quienes la fabulación es la sustancia de la que está hecha la realidad. El errante Ulises, que aspira a encerrar el mundo en mil historias, el sabio Merlín, para quien lo maravilloso es mera costumbre, el impaciente Sinbad contemplando el mar que tal vez no vuelva a surcar pero que sabe que siempre estará dentro de él o el melancólico rey cuya existencia es la eterna espera de un hombre que se llama Orestes son avatares eternos de ese ser infinitamente complejo que todavía espera que alguien recomience el relato y pronuncia las palabras que siempre justificarán a la humanidad: érase una vez…

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Los viajes de Simbad el Marino en el cine clásico

El mejor Simbad del cine, John Philip LawSi la aventura más perfecta es el mar, como dijo Fernando Savater, el aventurero por excelencia es aquel que emprende el viaje impelido irremediablemente por el ansia de conocer qué hay al otro lado del horizonte. ¿Extraña que estos aventureros encuentren maravillas por doquier? Se puede llamar Ulises, y se puede llamar Simbad, el Ulises de Las Mil y Una Noches (no por nada hay evidentes elementos de la Odisea en la saga del segundo). El atractivo que ha despertado este personaje en generaciones de lectores se puede apreciar por el elevado número de ficciones en las que nos han sido contados sus viajes, en cine o en literatura (Álvaro Cunqueiro nos regaló así una de las más bellas novelas que ha dado este país, Cuando Sinbad vuelva a las islas). Recuérdese que el personaje que aparece en Las Mil y Una Noches es un hombre que evoca sus viajes, ya en la madurez, ante unos amigos. El incidente que lo provoca es el lamento que escucha en la calle de un infeliz que se gana la vida como porteador y contempla con tristeza, y también con envidia, el feraz jardín ante cuya puerta se ha detenido y los suculentos efluvios que desprende el banquete que sus huéspedes se están dando. Si ese pobre proletario llama la atención de su dueño es porque tienen el mismo nombre (Simbad), pero es fácil advertir una doble intención en su relato: primero un propósito moral (comunicarle a su tocayo que cada uno es dueño de su destino, por bajo que sea el peldaño donde iniciamos nuestro camino en la vida) y segundo, la propia reflexión que transmite el recuerdo de los avatares, algunos de ellos ciertamente terribles, que él mismo tuvo que atravesar hasta llegar a su posición actual.

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Algunas impresiones sobre James Joyce

James Joyce and me¿Es posible ir a Dublín y no sentir deseos de leer a James Joyce? La ciudad entera está invadida por estatuas, imágenes, museos, exposiciones, iconos de todo tipo y, por supuesto, no falta un conjunto de placas que recuerdan muchos de los lugares mencionados en Ulises. Joyce puso en el mapa literario (no sé si también en el geográfico) la ciudad donde nació, la cual hoy le rinde reverencia, del mismo modo que Irlanda entera presume de su escritor más relevante (no digo mejor: la patria de Swift, Wilde, Stoker, lord Dunsany, Yeats o Beckett no necesita proclamar a nadie por encima de los demás). Tal vez sea irónico puesto que Joyce no tuvo precisamente muy buena opinión de su tierra natal, de la que detestaba su provincianismo, que derivaba en buena medida de su victimismo nacionalista, y se esforzó en huir de ella tan rápido como pudo, lo cual no quiere decir que no siguiera viviendo en ella, al menos en el universo de las letras. Yo nunca había estado en Dublín hasta hace varias semanas y, aunque en principio no era mi propósito, he acabado sintiéndome capturado por la «necesidad» de leer a Joyce. Mi conocimiento de él era superficial. Cierto, a los diecisiete años, cursando el antiguo COU, en pleno periodo de seducción por la modernidad literaria, me leí Ulises —todavía recuerdo la expresión de censura del librero que me facilitó los dos ejemplares (los de la edición de Lumen, con traducción de Valverde), dirigida no a mí sino al supuestamente abusón de mi profesor de literatura: cohibido, no le expliqué que era un trabajo voluntario—, que no me gustó (salvo un capítulo, o así me quise convencer: el último, el famoso monólogo interior de Molly Bloom). Y debido a la buena impresión provocada por la película de John Huston Dublineses (1987) también había leído el cuento que esta adaptaba, Los muertos, que sí he considerado siempre una obra maestra aunque, hasta ahora, no me había impulsado a conocer el resto del libro. Y ahora sé por qué: tenía que ir a Dublín para sentir esa necesidad.

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El noble escepticismo de El Coyote

Primer numero de El Coyote, en la edicion ForumEl descenso de los niveles de analfabetismo entre las llamadas masas populares, que en unos países se produjo antes y en otros después, llevó a unos niveles de lectura que difícilmente podrán igualarse nunca, al menos mientras dure el fácil reinado del audiovisual en sus múltiples formatos. Esos lectores necesitaban algo que leer que no fuera «complicado» y que, por supuesto, resultara «entretenido». Las editoriales se lo dieron y fue así que floreció un tipo de literatura caracterizado por la claridad narrativa y el uso recurrente de unos elementos argumentales y escenográficos que ponen en el énfasis en el alejamiento de la realidad «cotidiana». Esto ya existía: es la llamada literatura de género practicada por los Stevenson, Conan Doyle o Rider Haggard, pero ahora sus propuestas llegaron a más gente mediante un tipo de edición de poco coste y que, industrialmente, se realizó en serie. En el mundo anglosajón, sobre todo en los Estados Unidos, fue conocido como pulp: despreciado por los lectores y críticos que se consideraban cultos, el tiempo ha acabado por dejar bien claro que incluso en las condiciones aparentemente menos artísticas los creadores de verdad siempre florecen, de tal modo que hoy no es tan delirante reconocer que la obra de un H. P. Lovecraft o un Robert E. Howard puede poseer la misma densidad dramática y producir el mismo placer estético-narrativo que la de los escritores consagrados en las historias oficiales de la literatura. En España tuvo lugar el mismo fenómeno, quizá con algunas décadas de retraso, de tal modo que ese reinado de la aquí llamada literatura popular tuvo lugar entre los años veinte/treinta y los sesenta/setenta, en su tramo final ya en evidente decadencia. Ese retraso se manifestó en la apuesta de las editoriales y de los propios escritores por reproducir los modelos venidos de fuera y aparentar extranjeridad no solo en los personajes y las ambientaciones sino en el propio uso de seudónimos anglosajones por parte de los autores. Ahora bien, está por realizar no ya su reivindicación sino su mismo estudio, más allá de encomiables intentos (en la bibliografía situada al final del artículo levanto acta de aquellos que me han guiado en mi pequeña incursión), y es por ello mayor el asombro que produce el descubrimiento de escritores dotados de una deslumbrante capacidad narrativa y de obras que producen un placer mayúsculo. Quizá la punta de un iceberg del que apenas conozco su pequeña cúspide sea el barcelonés José Mallorquí y el cuantioso ciclo que escribió, en los años centrales del siglo XX, sobre el justiciero enmascarado conocido por El Coyote.

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Johnny Guitar nunca da la mano a un pistolero zurdo

cartel-belga-de-johnny-guitarDos grupos de hombres armados, en el interior de un saloon, se miden en tan tenso tenso silencio que es fácil presagiar que cualquier pequeño incidente desencadenará el tiroteo: y un vaso comienza a rodar sobre la tarima dirigiéndose hacia el vacío. Mas entonces una mano entra en el cuadro y con inolvidable gesto enérgico lo deposita sobre la madera. El hombre alto y rubio que lo recogió, mucho más adelante en la historia, cuando otro tipo se dirige hacia él para saludarlo, lo detiene con una respuesta cortante: «Nunca le doy la mano a un pistolero zurdo». Un gesto inolvidable y una réplica antológica. Si los westerns clásicos abundan en escenas e imágenes de este tenor, Johnny Guitar (1954) está erigido de modo tan absoluto sobre estos elementos que acaba por parecer un homenaje meta-genérico dirigido por uno de esos directores-cinéfilos tan propios del futuro que hubiera viajado en el tiempo a la época dorada del género para dotar a su película de los actores y la sustancia visual del clasicismo. Seguramente no exista otro western que haya generado tanta literatura, con el consiguiente riesgo de cansancio incluso entre sus admiradores. Pero siempre acaba funcionando, porque tras las imágenes sempiternas, tras los diálogos grabados en la memoria, tras el chocante uso del color, el espectador intuye a un director que hace necesarias las sensaciones tantas veces experimentadas. Un director para el que parece pensado el concepto de cine de autor porque todas sus grandes películas, pertenezcan al género al que pertenezcan y sin necesidad de firmar su guion, parecen capítulos de una misma historia de amor. Cambian los nombres y las profesiones. El hombre y la mujer unas veces están en el Oeste y otras en un lugar solitario, unas veces son amantes de la noche y otras veces se encuentran en una casa en sombras. Pero siempre identificamos, detrás de ellos, el hálito compulsivamente romántico de Nicholas Ray.

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A vueltas con El hombre que fue Jueves

Jueves againPuesto que yo mismo la había propuesto para una tertulia que hacemos unos amigos, he leído por enésima vez la novela de este autor conocida bajo el fascinante título de El hombre que era Jueves. Y el entusiasmo ante esta «gozosa pesadilla», como tan bien la definió su traductor Alfonso Reyes (Una pesadilla es el subtítulo que el mismo escritor dio a su ficción, que los despistados no deben olvidar) ha sido tan incontenible como la primera vez que la leí. Ahora mismo no tendría el menor reparo en calificarla como la mejor novela de todos los tiempos. Y sí, claro que exagero, más que nada porque ese mero enunciado empobrece el conocimiento de la literatura de quien la profiere: un lector (o un espectador) solo debería decir eso justo después de leer esa obra que tanto le ha entusiasmado. Y en cualquier caso, sí afirmo sin vacilar que, a mis ojos, casi ninguna otra posee la increíble fluidez que esta revela (únicamente alguna del gran Robert Louis Stevenson, no por nada el modelo confeso de Chesterton, y la fuente de inspiración concreta de esta particular fantasía); la desbordante capacidad para hacer que devoremos la página y saltemos a la siguiente; que leamos una frase ingeniosa o una frase divertida y, además de paladear el ingenio y la diversión, nos inquiete sospechar que hay algo más detrás de ellas. Además, lo digo ya, después de un buen puñado de relecturas del libro —acotación: descubro que solo son cinco, pero me parece que la he tenido que leer cada año de mi vida desde que la descubrí—, acabo de decidir lo que quiero ser en la vida, lo que hubiera querido ser en la vida: alguien capaz de conducirse por ella como su inolvidable protagonista, el poeta detective Gabriel Syme. Es decir, con la misma capacidad tanto para asombrarse como para complacerse con el asombro; con el mismo ingenio en los labios; con el mismo valor y el mismo sentido del riesgo; con el mismo concepto jubiloso de la amistad; con la misma ecuanimidad para juzgar a quien parece horrendo o detestable. Dicho de otro modo: yo hubiera querido ser Jueves.

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Isaac Asimov, el polígrafo desmedido

El ciclo de los robots                    La Trilogía de la Fundación

isaac-asimovEn determinado momento de sus Memorias, a la altura de 1968, cuando ya llevaba escribiendo cerca de treinta años, Isaac Asimov recuerda el momento en que advirtió que estaba a punto de publicar su libro número cien y cuenta cómo decidió conmemorarlo con una nueva obra que llama, sencillamente, Opus 100, y que consistiría en una especie de antología de lo más significativo de su carrera. El escritor moriría en 1992. En el lapso entre una fecha y otra no pasó el mismo intervalo temporal y, sin embargo, cualquier búsqueda de información en Internet señala que la firma del escritor se encuentra en más de cuatrocientos libros, algunos de ellos no como autor completo sino como editor, prologuista o comentarista (muchos son antologías). Isaac Asimov es uno de los escritores más prolíficos que hayan existido: él, racionalista confeso y por tanto ateo irremisible, escribió que, de existir el paraíso, para él sería una habitación llena de libros y con una máquina de escribir, un lugar de donde no haría falta salir nunca. A eso lo llamó claustrofilia, hermosa palabra que más de uno hacemos nuestra. Y escribió de todo. Ha pasado a la historia como maestro de la ciencia-ficción, pero sobre todo publicó obras de divulgación, de todo tipo: científica, literaria, histórica, genealógica, bíblica… Como titulo este artículo, fue un polígrafo desmedido. Llevo leyendo a Asimov toda la vida —desde que, a principios de los 80, devoré su fabulosa antología Los robots— y es evidente que nunca podré leer (ni lo pretendo) más de una pequeña parte de su obra, que ni siquiera está publicada en su totalidad en nuestro país. Sin embargo, escribo sin vacilación que jamás me he aburrido con él. Podrá tener obras brillantes, obras discretas y obras desaprovechadas, pero nunca he tenido la sensación de estar perdiendo el tiempo, y la seguridad de saber que todavía me quedan sobradas historias y ensayos suyos que anticipo que leeré con sereno placer supone uno de los estímulos de ese futuro que yo también quisiera claustrofílico.

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