Rescato, convenientemente revisado y corregido, el artículo dedicado tiempo atrás a esta magnífica película que desde los veinte años figura entre mis imprescindibles de todos los tiempos.
Al cartel que figura junto a estas líneas debo mi descubrimiento de la memorable película que es El rapto de Bunny Lake (1965), de la que, a pesar de venir firmada por el gran Otto Preminger, nada sabía de antemano. Un cartel lleno de elementos inquietantes —la imagen de la pareja compuesta por una joven que parece cantar una nana al muchacho que acuna sobre su regazo, la mirada cuestionadora del hombre maduro que los observa, la silueta recortada del muñeco infantil— que transmite un indefinible sentimiento de zozobra que termina por completar el memorable lema: Bunny ha desaparecido… pero ¿existe Bunny? Como ya nos advierte este, la película parte de un sugerente argumento —la investigación de la desaparición de una niña se convierte de pronto en la investigación sobre si esa niña existe de verdad—, que se traba bajo el lógico formato del thriller de suspense pero que acaba conduciéndonos a un terreno cinematográfico por el que siempre he sentido especial predilección. Esto es, la obra que cuestiona, sin necesidad de recurrir a argumentos fantásticos, la supuesta consistencia de eso que llamamos «realidad». La obra que defiende que esta sólida capa que nos proporciona el firme punto de apoyo para enfrentarnos al mundo, en el fondo es de lo más quebradiza, puesto que depende del punto de vista o de la convicción con que los demás (no basta con uno mismo) la admitan. Y cuando esa capa se rompe es para dejarnos al borde de un abismo que, contra lo que dijo Nietzsche, ni siquiera nos mira, al que ni siquiera le importa la rapidez con que podemos caer por él y ser olvidados como si nunca hubiéramos importado a nadie. El miedo a no ser, el miedo a dejar de ser: de ellos se alimentan las peores pesadillas. Y El rapto de Bunny Lake es justo eso: una pesadilla que no se limita a sucederle a unos personajes, sino que se empeña en perturbarnos a nosotros mismos, los espectadores que creemos estar asistiendo a una mera intriga policiaca. Seguir leyendo