Recorrido por las lecturas de 2022

Lecturas del 2022

Voy a dedicar el primer artículo que publico en el blog en este recién iniciado 2023 a hacer un pequeño recorrido sobre algunas de mis lecturas del 2022 tan recientemente clausurado. Nunca lo había hecho y supongo que es una muestra de vanidad hacerlo (si el pensar que a alguien le puede interesar lo que uno escribe, sea lo que sea, no es ya vanidoso), pero una de las razones por las que hace ya bastantes años me decidí a abrir este blog fue, precisamente, para que constituyera mi memoria sobre lo que leo o veo. Confieso que en muchas ocasiones, si no hubiera dejado por escrito mis impresiones, más o menos detalladas, sobre las películas, libros y tebeos que he ingerido, poco rastro quedaría de semejante digestión salvo un vago recuerdo. En parte, se debe a la falta de método que siempre me ha guiado en mis elecciones. Creo una virtud que no tenga el menor prejuicio sobre géneros, épocas, países y estilos, y por ello intente ampliar mi conocimiento en cualquier dirección, pero un defecto la evidente dispersión que eso produce. Del mismo modo, ser capaz de leer en cualquier sitio y con rapidez tiene sus ventajas e inconvenientes: acumulo lecturas con facilidad pero por lo mismo los estratos superiores pueden acabar pensando demasiado sobre los anteriores e ir ocultando su recuerdo. Otra característica de mis lecturas es que cuando «entro» en un escritor o tema, por lo general sigo con los mismos mientras me dure el interés, de ahí la gran cantidad de artículos sobre ciclos literarios que hay en el blog. Una última cuestión que debo decir antes de dejar ya tanta autojustificación es que, a lo largo del año, me he visto «mediatizado» por el libro que estoy ya prácticamente concluyendo, que pretende abordar la cuestión, para mí tan atractiva, de las relaciones entre la literatura y el cine. Por tanto, he releído (o leído por primera vez) todas aquellas obras que necesitaba recordar o conocer para incluirlas en el mismo.

El arranque del año lo dediqué precisamente a esto, de ahí lo desordenado de mis primeras lecturas. Puesto que una sección del libro versa sobre el modo en que el cine ha abordado los clásicos imperecederos de la llamada literatura infantil (esa que nos enseña más sobre los adultos que sobre los niños), con frecuencia para modificar el conocimiento La casa de la alegría, de Edith Whartongeneral que se tiene sobre los mismos, procedí a releer por enésima vez Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, libro del que, por tópico que parezca, siempre descubro algo nuevo en cada ocasión. Hice lo propio con una magnífica novela de Edith Wharton, escritora que hace unos años conoció un revival editorial en España. Se trata de La casa de la alegría, una de las miradas más lacerantes que conozco acerca de la condición de la mujer, que Wharton efectúa a partir de un inolvidable personaje femenino, que no ha sido preparado para otra cosa que no sea agradar a los hombres y cazar un buen marido, y que pagará caro su mínimo sentido de la autonomía cuando descubre que, sin recursos, tampoco sabe cómo integrarse en las filas de la clase trabajadora. La novela tuvo una excelente adaptación por parte del británico Terence Davies, en 2002, que pasó injustamente desapercibida pese a que desarmaba la precariedad artística de la sobrevalorada película de Martin Scorsese, La edad de la inocencia, que adaptaba la novela más famosa de la autora por el mecánico procedimiento de abordar el libro de manera literal, descargando sobre una cansina voz en off su responsabilidad de traducirlo al lenguaje visual.

Shane, por Jack Schaefer, en la coleccion Frontera de ValdemarTambién cayeron en ese mes de enero libros de adscripción más popular (para mí, este término es orientativo y no despectivo: allá quienes solo lean cosas «serias»), como Shane, magnífico relato western de Jack Schaefer que dio origen al famoso clásico del cine Raíces profundas, al que supera en su dibujo de personajes, o En un lugar solitario, terrible novela de Dorothy B. Hughes conocida por su adaptación a cargo del gran Nicholas Ray. Esta última es muy libre, pues la novela es la crónica de un psicópata contada por él mismo (sí, siendo un libro de 1947 su modernidad es notable) y la película lo transforma en un relato pleno del fatalismo romántico tan caro a su director. Cada una en su registro, dos obras espléndidas. Hablando de cine, también buceé por entonces en varios libros de Javier Coma, ese gran conocedor del cine de Hollywood y de los géneros tanto literarios como cinematográficos, cuyos trabajos, pese a lo discutible de sus elecciones lingüísticas (sobre todo el uso del pretérito imperfecto para contar argumentos, gravísimo error que hace poco inteligibles sus recensiones), brillan por el enciclopédico suministro de datos y por la perspicacia analítica. En concreto recuperé un fenomenal ensayo, Las canciones del gran Hollywood, que contiene un aluvión de información en verdad imprescindible sobre las canciones, tanto populares como compuestas expresamente para la pantalla, que todos conocemos gracias al cine.

La espada de Rhiannon, de Leigh BrackettDespués regresé a una de mis debilidades, el pulp, saldando por ejemplo una cuenta pendiente, la de Leigh Brackett, ese nombre que muchos creímos masculino por haber escrito varios guiones desbordantes de virilidad para Howard Hawks (Río Bravo, El Dorado, El sueño eterno) y que resultó corresponder a una magnífica narradora, que destacó especialmente en la ciencia-ficción en su vertiente de space opera. Aparte de Brackett, efectué prospecciones en diversas antologías sobre los autores de la mítica revista Weird Tales, publicadas por las dos modestas y admirables editoriales que han rescatado el legado del pulp en nuestro país en los últimos veinte años, Barsoom y La Biblioteca del Laberinto (por cierto que una de las lamentables pérdidas del año ha sido la del dueño y alma mater de este proyecto, Francisco Arellano, que ojalá no muera con él).

Portada de la edicion en Alianza de Los tigres de MompracemSupongo que no es casual que estas lecturas me llevaran a ese gran escritor italiano que para mí practicó el pulp antes de existir el pulp: Emilio Salgari. En concreto, hice realidad un viejo proyecto, leer el ciclo entero de Sandokán, compuesto por once libros que previamente había ido reuniendo a lo largo de los años, procedentes tanto de las últimas ediciones disponibles como de librerías de ocasión y versiones digitales. De esa lectura extraje un conjunto de artículos donde expongo con atención las características generales de la saga y el análisis concreto del libro. Disfruté mucho de su lectura, por mucho que Salgari acabe repitiéndose más de lo conveniente, algo natural teniendo en cuenta que él escribía para vivir y no al revés, con lo que nunca sintió el menor reparo en reaprovecharse a sí mismo (algo que han hecho muchos practicantes de esa narrativa popular antes y después). Por lo demás, la fuerza narrativa, el sentido evocador con que materializa esos escenarios exóticos que acaban haciéndose domésticos y el romanticismo terrible que baña los mejores títulos del ciclo (Los misterios de la jungla negra, El Rey del Mar o El desquite de Sandokán) justifican el tiempo dedicado a este impar personaje.

Jardines de Kensington, de Rodrigo FresánA continuación acumulé diversas lecturas sin hilo común. Leí Stoner, un libro publicado en los años sesenta por John Williams (sí, como el compositor), olvidado un tiempo y hoy reivindicado, que constituye una sentida sinfonía sobre la tristeza; Sinsonte, de Walter Tevis (autor hoy de moda por el éxito de una serie de televisión basada en una de sus novelas, Gambito de dama, pero que por ejemplo ya había escrito obras tan conocidas como El buscavidas, conocida una vez más por su versión cinematográfica, eso sí), que propone una distopía cuyo planteamiento es excelente, como lo es un tono narrativo que huye del énfasis, pero que por desgracia no termina de apurar sus posibilidades; o Jardines de Kensington, una novela que me fue muy recomendada a raíz de los artículos que publiqué hace un tiempo sobre Peter Pan, del argentino afincado en España Rodrigo Fresán, acerca de un hombre-niño, creador de una saga literaria de ciencia-ficción protagonizada por otro ser peterpanesco, que permite al autor ofrecer un apasionante juego de espejos entre realidad y ficción y entre ficción dentro de la ficción, amén de reflexionar, claro, sobre el mito original creado por J. M. Barrie. Un libro apasionante que merece un artículo aparte que escribiré en cuanto lo relea (y será un estímulo para hacerlo pronto).

Frankenstein de Mary ShelleyEntrada la primavera, y a propósito del capítulo dedicado en ese proyecto de libro a las versiones cinematográficas de los clásicos del terror, volví a los dos referentes indiscutibles, Mary Shelley y su Frankenstein o el moderno Prometeo, y Bram Stoker y Drácula. En este último caso, aproveché para devorar Algo en la sangre, la estupenda biografía que sobre el escritor y su contexto ha escrito David J. Skal, un especialista en cine y literatura de terror que es fuente imprescindible para quienes amamos el género. Y de paso, también otras obras de Stoker que ya tenía bastante olvidadas. Una espléndida, La joya de las siete estrellas, obra cumbre del subgénero sobre terror egiptológico, varias veces llevada al cine sin acercarse nunca a la altura de este original. La otra, La guarida del gusano blanco, tan fallida e irritante como sugestivamente delirante: se echa en falta una versión en cine que sepa cómo aprovechar lo mejor del planteamiento y cubrir sus lagunas. Por último, en esta inmersión en el horror, recuperé la deliciosa novelita La ciudad vampiro, del francés Paul Féval, una pequeña joya (pequeña por extensión) que, por sus ingredientes metagenéricos y sus cualidades referenciales, parece escrita cien años después del 1867 en que fue publicada.

Portada de Tom Adams para El cuadroDurante el verano, me concentré en un género que asocio precisamente a esta estación, el policiaco. No olvido que era en estos meses cuando, de pequeño, me leí buena parte de la obra de Agatha Christie que atesoraba mi abuelo. En concreto, repasé el pequeño ciclo de cinco libros protagonizado por el matrimonio Beresford, personajes menos conocidos que los míticos Hércules Poirot y Miss Marple pero que tengo muy claro que, en su deliciosa normalidad, la autora los sintió mucho más próximos, sobre todo el femenino. No en vano creció, maduró y envejeció con ellos a lo largo de los cincuenta años que separan el primero del último de sus libros, desde su contagiosa juventud en el primero al registro, sereno pero no apagado, de su ancianidad en el último. Uno de ellos, El cuadro, es una de las obras maestras de la autora, pues brilla en ella especialmente uno de los mejores rasgos de su literatura: la forma de dotar al pasado de un aroma deletéreo que acaba proyectándose como una mancha dañina sobre el presente.

De la novela-enigma pasé al hard-boiled (tan fundamental en el devenir del cine negro) y aproveché para cubrir otra laguna, la de Dashiell Hammett, un escritor al que había ido postergando por el escaso aprecio que siempre he tenido por El halcón maltés. Ahora, con el apoyo de su más reputada biografía, escrita por Diane Johnson, me he internado en su literatura, apreciando por fin buena parte de los valores que sus muchos admiradores señalan que posee, comenzando por ese modo de convertir la amoralidad en principio rector de su narrativa, por la notable inmediatez de su prosa y por el magnífico sentido del diálogo, rasgo a partir del cual se caracterizan sus personajes. De todas sus novelas, tampoco muchas, la mejor me ha parecido La llave de cristal, pero entre sus relatos hay muchos que dejan un fantástico recuerdo.

La radiante edad, de Antonio BáezEl verano no se fue solo en esto, claro. Una de las mejores novelas que leí en esa época es un título escrito y publicado muy poco antes por un malagueño que ha sido compañero mío como profesor de instituto, Antonio Báez, y que lleva el atractivo título de La radiante edad. El narrador de esta historia va evocando, sin banal nostalgia y sí con lúcida causticidad, episodios de su infancia y de su juventud (utilizando referentes cinematográficos para ordenarlos) al par que los va entremezclando con el inconcreto presente. El hecho de que muchos de los elementos biográficos de ese personaje coincidan con lo que yo conozco de Báez (sin que pueda decirse que lo conozca en realidad) hace que, por primera vez, me haya plantado ante el libro desde una posición diferente, incluso «privilegiada», a la de aquellos lectores para quien solo es un escritor, entreviendo de otro modo las cualidades de ese género hoy tan vigente que es la autoficción y que a mí me atrae bastante, gracias a autores como Enrique Vila-Matas o Javier Pérez Andújar. En cualquier caso, esto acaba siendo anecdótico ante lo esencial: La radiante edad es un espléndido ejemplo de novela en la que los modos del relato condicionan absolutamente su nudo dramático (esta característica, no tan habitual como debiera ser, curiosamente lo conecta con otros autores que, como ahora diré, habría de leer meses después, y que quién sabe si le gustan: al final, es cada lector quien vincula a unos autores con otros), de tal modo que la exposición verbal y la visión personal de la existencia que manifiesta este personaje-Báez se funden/confunden, convirtiendo los recuerdos, la vida, en un laberinto de palabras (un «amontonamiento», es el término exacto que él utiliza en una de las mejores frases del libro), que ha supuesto para mí una experiencia literaria absorbente.

Corazón tan blanco, de Javier MaríasEn septiembre me sorprendió la triste e inesperada noticia de la muerte de Javier Marías cuando estaba leyendo para una tertulia entre amigos una de sus novelas más famosas, Corazón tan blanco. Añadí alguna otra que no conocía, como la primeriza Travesía del horizonte y la última que había publicado, Tomás Nevinson. La segunda de las citadas se lee con una ligereza inhabitual en el escritor, pues se trata de un pastiche de las novelas marinas con gotas de melodrama sobre vidas que se cruzan circunstancialmente en un espacio concreto, que gusta mientras se lee pero luego no deja mayor recuerdo. La última, retorno a los personajes de Berta Isla, es una pequeña decepción por cuanto, en esta ocasión, creo que Marías incurre en un exceso de páginas que no encuentra compensación en la densidad de lo contado. Ahora bien, Corazón tan blanco sí justifica su fama, pues es una muestra eminente de ese estilo que desde entonces lo caracterizará, y que descansa en el amor del autor por las circunvoluciones sobre algún episodio cuya importancia argumental tarda en advertirse y por las digresiones que no pueden ocultar que todo, absolutamente todo cuanto se menciona en sus historias, juega un papel imprescindible en el desarrollo no ya argumental sino dramático de sus ficciones. Un libro excelente.

Primera memoria, de Ana María MatuteEl resto del año, y con pequeñas excepciones, lo he pasado en el corazón de la literatura española, con una dedicación que no recordaba haber tenido nunca y que, por el momento, sigo manteniendo. He recorrido tanto autores coetáneos como clásicos del siglo XX y del XIX, con el objeto una vez más tanto de completar como de recordar. He leído así por primera vez a Ana María Matute, cuya Primera memoria me ha deslumbrado, al descubrir en ella una cualidad que, francamente, no abunda entre los literatos nacionales: la utilización del lenguaje no para contar o para describir, sino para expresar sensaciones, opción narrativa arriesgada pero que en sus manos se reviste de una notable belleza, de un sentido de la intuición que enriquece esta fábula sobre la pérdida de la inocencia.

Este elemento me llevó a la relectura de Duelo en el Paraíso, con la que comparte ambientación en los días de la guerra civil y perspectiva infantil. Es la única novela que por el momento he leído de Juan Goytisolo, quien la publicó a mediados de los cincuenta (cuatro años antes que Matute la suya), cuando todavía no se había decantado por la experimentación. La trama es excelente (un violento episodio protagonizado por niños que juegan a la guerra en las postrimerías de la captura de Cataluña por los soldados nacionales) pero su desarrollo decepciona, seguramente porque el escritor no es capaz de prescindir de tópicos anti-burgueses de la literatura comprometida de la época (Matute también los maneja, pero con mucha mayor habilidad), lo que provoca una molesta interferencia dialéctica que lastra el libro, desperdiciándose así la posibilidad de aportar un clásico nacional a la eximia tradición literaria sobre la crueldad de la infancia, que en tierra anglosajona tiene tantos libros de culto. Con todo, es muy estimable.

Otro descubrimiento inesperado ha sido el de Rafael Sánchez-Ferlosio. La mayor parte de la obra de este autor, de extensión incluso exuberante, se encuentra en el campo del ensayo pero solo ha escrito tres novelas, aunque las dos primeras sean todavía hoy sus títulos más famosos. Su debut en la ficción fue con Industrias y andanzas de Alfanhuí, una novela de la que los libros de lectura escolar de la EGB solían extraer numerosos fragmentos. Durante años intuí, por pequeñas catas en su interior, que se trataba de una especie de cajita abarrotada de preciosismo verbal, y aunque en efecto eso también lo es, cada uno de los episodios (de apariencia fabulesca, pero en el fondo bastante prosaicos) de ese extraño niño-duende de nombre tan bellamente sonoro despierta extrañas cadencias en el lector, aparentemente en el borde de la complacencia estética, pero que consiguen sugerir una indefinible densidad por debajo de esas palabras tan bien enhebradas.

El testimonio de Yarfoz, de Sánchez FerlosioSu tercera y última novela, que me ha parecido extraordinaria, es El testimonio de Yarfoz, una obra que en cualquier otro escritor pasaría por extravagancia —se trata de una historia ambientada en un espacio ficticio propio de cualquier saga de fantasía heroica, con sus reinos, conflictos bélicos, sabios y paladines, que adopta los modos de la crónica sobre un héroe y que incluye un mapa con el que poder seguir el trayecto de los personajes—, pues él desdeña este registro para contar con minucioso realismo la crónica de una queste en la que no pasa nada en esos términos heroicos mientras se detallan características topográficas, económicas, sociológicas, políticas y legislativas de los territorios y pueblos por donde transcurre dicho trayecto. Y no hay el menor engaño, pues desde el mismo arranque, este lector (irreductible enamorado de El Señor de los Anillos o de las historias de Robert E. Howard) se rinde incondicionalmente ante la asombrosa propuesta de Ferlosio: aceptar que la clave que rige la trayectoria de los personajes centrales es el rigor de las palabras, pues todo cuanto se nos cuenta está subordinado al mecanismo con que el lenguaje sabe componer y explicar los conceptos. Siempre me ha parecido cargante ese término que se aplica a algunos creadores, el de ser «un autor riguroso», pero en este caso no doy con otro mejor. El subyugante atractivo de El testimonio de Yarfoz radica en el modo en que el sustrato verbal domina y condiciona el curso de la narración, sin que por ello esta caiga en el ensimismamiento pedante. Bien al contrario, confieso haber leído la novela de un tirón, aunque (como se deduce de este torpe encomio) no sea capaz de explicar por qué me ha seducido tanto, y de ahí que me haya resultado imposible escribir ningún artículo dedicado a ella, por mucho que me senté horas y horas para hacerlo, ya que no conseguí pasar de tres o cuatro ideas triviales. Quizá porque es una novela que, pese a la armonía de que está impregnada, no se deja explicar.

La sed de sal, de Gonzalo Hidalgo BayalLa actual edición de Yarfoz lleva un buen artículo final de un escritor más joven pero que fue muy amigo de Ferlosio, Gonzalo Hidalgo Bayal, y eso me ha conducido a una novela de este último, publicada en 2013 aunque entonces no me enteré de ello, que se llama La sed de sal. El título es un palíndromo, que expresa bien la clave de la historia. La trama es sencilla pero atractiva: un joven es detenido y recluido en un lugar aislado por el jefe de policía local de un pueblecito en el que ha desaparecido una joven que se teme que haya sido víctima de un crimen sexual, desarrollándose a partir de entonces un extraño juego de vinculaciones entre el forastero y los diversos lugareños que tienen algo que ver con ese suceso. Hidalgo Bayal comparte con Ferlosio la capacidad de hacernos creer que todo cuanto sucede se ampara no en los hechos sino en las palabras y en las ambiguas sensaciones que estas despiertan (como Antonio Báez, el escritor utiliza de modo muy oportuno distintas referencias cinematográficas). El resultado es una misteriosa fábula metafísica que gira en torno a temas como la identidad, la duplicación o ese sentimiento de culpa que, en el sentido puramente kafkiano del término, albergamos todos nosotros, que ha sido uno de los más inesperados hallazgos del año.

Las novelas de Torquemada, de GaldosFinalmente, he aprovechado esta incursión en las letras españolas para seguir profundizando en mi conocimiento del que, desde que lo redescubrí hace pocos años, tengo por el mejor autor de nuestras letras, Benito Pérez Galdós. Cada vez que leo otra de sus obras me reafirmo en la increíble versatilidad de un hombre al que durante muchos años tuve por escritor unidimensional. Mi último hallazgo ha sido el conjunto de cuatro novelas que dedicó al mismo personaje, el prestamista Francisco Torquemada, previa figura secundaria en algunas novelas anteriores, las cuales hoy se publican de modo conjunto bajo el título de Las novelas de Torquemada. Como pienso dedicar un artículo inmediato a esta obra —escribir sobre Galdós me parece más fácil que sobre Ferlosio, sí—, no adelanto nada sobre ella salvo señalar que posee todas las virtudes cardinales de este escritor: la diversidad de registros expresivos; la capacidad para caracterizar a sus personajes mediante su caudal verbal; el sentido del humor; la facilidad para transmitir el aire de una época a través de tramas con interés propio (nunca deberíamos olvidar que la literatura es una fuente esencial de conocimiento histórico); la original gracia con que subvierte la figura del tradicional narrador decimonónico…

A lo largo de este año he leído más libros de los reseñados, y si no aparecen debidamente reseñados es para no alargar demasiado el artículo. Debo agradecer los buenos momentos compartidos con autores como Ángel L. Chinea, Lola Clavero, Emilio La Parra, Simon Leys, José Joaquín Rodríguez, Friedrich Dürrenmatt, Abraham Riesman, James M. Cain, o Will Levinrew, entre otros. Compruebo que entre las obras leídas no hay ninguna de varios de los escritores que son para mí tan imprescindibles que raro es el año en que no leo alguno de sus libros, de Julio Verne a Henry James, de Stanislaw Lem a R. L. Stevenson. Espero remediarlo pronto…

Libros, libros

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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10 respuestas a Recorrido por las lecturas de 2022

  1. David P. Ugalde dijo:

    Feliz año nuevo, José Miguel. Estupendo artículo para empezar el año, tan lleno de sugerencias y de estímulos (el artículo, digo, el año no sé) que me ha sabido a poco, jajaja. Es curioso: algunas de las obras que citas las tengo por ahí esperando su momento (la biografía de Stoker, el de Fresán, Ferlosio…). «Corazón tan blanco» se me cayó de las manos este verano, me chirriaban esas extrañas construcciones verbales de Marías. Habrá que intentarlo en otra ocasión. Hubiera querido comentar algo en tu anterior entrada sobre Capra, pero, siendo un autor que admiro, todo su cine me pilla un poco lejos en el tiempo. Más tarea para este año. Un abrazo!

    • Feliz año, David, y gracias por este comentario. Espero que encuentres pronto el momento para esos libros que tienes en espera, porque merecen mucho la pena. En cuanto a Marías, sé bien que es un autor que entra o no entra. Si entra, resulta admirable; si no, no habrá remedio… Un abrazo y que sigas pasándote por aquí.

  2. Manuel Pozo dijo:

    Hola José Miguel.

    Qué envidia me das, que puedes leer. Mi cerebro ya pertenece al siglo XXI , por lo que apenas me ha dado este año 2022 para leer parrafadas sueltas de ensayos cinéfilos y alguna novela, pero corta.
    Como curiosidad te comento que vivo en la misma ciudad que Gonzalo Hidalgo Bayal. De hecho trabajé con su mujer (profe de latín como él) antes de que se jubilara, y me lo encuentro de vez en cuando cuando tiro la basura y él se da el paseo inspirador diario, extramuros. Confieso que leí un par de cosas suyas y me cargaron. Esta sed de sal que glosas no la manejo.
    ¿Frankenstein te parece una novela soportable? La leí hace muchos, muchos años, y a diferencia de la excelsa Drácula de Stoker con la que es norma compararla, me pareció una cosa infecta e insufrible.
    ¿De verdad Shelley merece la pena? Dime que sí y lo intento de nuevo.
    Feliz año, y ya te agradezco de antemano todo lo que quieras contar.
    Abrazos

    • Hola, Manuel. Como digo en el artículo, siempre he tenido facilidad para leer rápido (con lo bueno y malo que esta facilidad acarrea, ya lo he dicho) y de poder hacerlo en casi cualquier lugar y condiciones. De Hidalgo Bayal conocía una novela previa, «Paradoja del interventor», que no me gustó mucho, entre otras razones porque la misma situación (un hombre que por razones entre absurdas e imponderables no puede abandonar la pequeña ciudad donde ha quedado retenido por azar) acababa de leerla en otra novela mucho mejor, incluso genial («Metrópolis», de Ferenc Karinthy: el título, estúpido, es de la edición española pues nada tiene que ver con la película de Lang). Esta la hojeé en la librería y las páginas al azar por las que resbaló mi mirada me atrajeron y la compré. Ahora, tengo claro (como el caso de Javier Marías del comentario anterior) que estoy ante una novela que o gusta o que resultará cargante: mi mujer, buena lectora también, que me dio a conocer al escritor en su día, no pudo pasar del tercio de páginas.

      En cuanto al «Frankenstein» de Mary Shelley, a mí sí que me parece una obra maestra. Hace años le dediqué un artículo en el blog, cuyo enlace te pongo por si tienes curiosidad, y paciencia, por conocer mis argumentos:

      Frankenstein o el eterno Prometeo, de Mary Shelley: ¿quién es el monstruo?

      Eso sí, recuerda que hay dos versiones de este libro, la de la primera edición y la que la misma escritora retocó, suavizando algunos elementos transgresores. La primera se encuentra en Cátedra; la segunda en Alianza.

      ¡Un abrazo y feliz año nuevo para ti también!

  3. Manuel Pozo dijo:

    No sé si te refieres a Metrópolis con lo de novela difícil. Es lo mismo, ya me la he apuntado. De Bayal he leído un par de libros y se me hizo un poco pesado, además de que me recuerda demasiado a otros autores. Pero sí veo claramente que es un buen escritor. Como curiosidad -no había caído, pero mi mujer me dice que te lo comente, jeje- siempre que pasa por mi casa se detiene a mirar una bibliotequilla que tenemos a pie de calle.

    Me comprometo firmemente a revisar Frankenstein, supongo que mejor en la edición de Cátedra. Antes leeré tu entrada. Pero, de verdad, recuerdo perfectamente la sensación casi de indignación que me produjo su lectura (posiblemente no lo terminé) porque me parecía horriblemente escrito. Quizá manejé una edición de esas muy baratas en las que traduce el mono del portero, pero de verdad que me parecía insufrible. Le daré otra oportunidad.

    ¡Un abrazo compañero!

    • Sí, léete la versión Cátedra. Lo explico en el artículo: Mary Shelley, en la segunda edición, para suavizar un poco el libro para las mentes bienpensantes, alteró algunos pasajes de la novela. No es que sean fundamentales para su comprensión, pero puesto que la razón no fue para mejorarla, es preferible leer la versión original. Y espero que tu impresión negativa (nunca había leído semejantes «improperios» contra esta novela jajaja) sí se debiera al traductor o a un mal momento. Ya me contarás.

  4. David P. Ugalde dijo:

    Aprovecho para sumarme al entusiasmo por «Frankenstein». Es una obra maestra descomunal, maravillosa. A mí me dejó estupefacto, tanto más porque es una de esas obras que crees que conoces porque has visto mil adaptaciones y resulta sorprendente en grado sumo. De hecho, me gusta más que «Drácula», que también es excepcional. Eso sí, en su calidad de fábula desprecia toda noción de realismo, o de verosimilitud, si se prefiere. Es algo que al principio me sacó un poco de la novela, pero enseguida me dejé arrastrar por el ímpetu del estilo de Mary Shelley. ¡Imprescindible! Un saludo.

    • Totalmente de acuerdo, David. «FRankenstein» es una cumbre del género. Leyéndolo, creo percibir que la escritora todavía se siente perteneciente al primer mundo, el de la Ilustración, y sin embargo su obra ayuda a acabar con este y traer el siguiente estadio cultural, el del Romanticismo. Yo también lo prefiero a «Drácula» que es más irregular en el mantenimiento de su interés. La parte inicial en el castillo de Drácula es genial pero a medida que avanza la trama pierde fuerza y capacidad de sugestión, y la parte final incurre demasiado en el sentimentalismo dulzón contaminado por el personaje protagonista. Las dos novelas, eso sí, justifican todavía hoy su paternidad del género terrorífico gótico.

  5. Renaissance dijo:

    Además de escribir (no todo lo que leo acaba en el blog), llevo una libreta donde anoto las lecturas, autor y fecha de finalizacion como registro..empecé en septiembre de 2005 y hoy llevo unas páginas del segundo cuaderno.
    Gracias a tu blog también he releído algunos clásicos «infantiles», que se revelan con mucho mas contenido y profundidad que muchos Best sellers que llenan escaparates.
    Lo mismo ha pasado con muchos autores españoles que se habían quedado relegados a la memoria de los libros de texto, que o bien habían trabajado en algún momento ficción no realista, o sus narraciones eran más interesantes de lo que pensaba.
    Por un año más de lecturas, y espero poder leer más entradas sobre Verne, Stevenson o Lem (o mismamente, dejar de pedir y empezar a leerme Diarios de las estrellas:)).

    • Tenemos en común, por lo que veo, ese minucioso detenimiento anotador. Yo también registro compras de libros (no todos los leo en el momento de la compra y muchos están pendiente de lectura), lecturas, relecturas y en mi caso visionado de películas. Esos archivos, realmente, son una pequeña historia de mi vida desde el momento en que decidí hacer esas anotaciones.

      Brindo por ese año de lecturas, y que caigan esos autores y muchos otros que aún ni puedo imaginar. Y que escribamos sobre ellos, claro.

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