El doblaje barcelonés: la Metro, años 50 (I)

Metro I     II

Este artículo está dedicado a mi amigo Jorge Montalvo, el hombre que tiene en su cabeza el libro que el arte del doblaje tanto necesita.

El mítico león de la Metro

El famoso lema de la Metro Goldwyn Mayer (el estudio con más medios de todo Hollywood) decía que en sus películas había más estrellas que en el cielo. En la edad en que se forja la cinefilia (en mi caso, la segunda década de mi vida), la Metro era mi estudio favorito y no porque hubiera hecho algún estudio comparativo entre unas majors y otras, sino por una razón más sencilla y más subjetiva: porque sus películas tenían las mejores voces del mundo. Muy pronto descubrí que el doblaje no era algo natural que venía con las películas. En una época en que todo el cine clásico nos llegaba a través de la televisión y, por tanto, doblado, no tardé en advertir que había películas que «sonaban» estupendamente y otras, con los mismos actores, daba pena escucharlas. La nobleza de gestos de Ivanhoe o de Lanzarote del Lago (esto es, Robert Taylor) se expresa asimismo mediante una voz de vibrante armonía (esto es, la de Rafael Navarro, aunque su nombre tardé muchos años en saberlo). El genial duelo final de El prisionero de Zenda entre Rodolfo Rassendyll y Ruperto de Hentzau se desarrolla en un doble plano: el de la sugestiva armonía visual de ese ese combate en que miden sus espadas y en las elegantes invectivas que se cruzan sus voces (esto es, las de Rafael Luis Calvo y José María Ovies). De película en película, las mismas voces se perpetuaban en los mismos actores (no era el único estudio donde se hacía, claro, pero estas fueran las primeras que yo aprendí), creando una complicidad natural con el espectador: otro motivo para ver el film. A la vez, las palabras, esto es, las traducciones, poseían una fluidez maravillosa, producto de unas traducciones cuidadas como si fueran alta literatura. La magia del doblaje es difícil de describir a quien no la aprecia o a quien considera esta práctica una adulteración del cine. Hace ya muchos años que yo mismo me pasé irremediablemente al bando de las versiones originales, pero confieso que hay películas que me siguen pidiendo verlas como siempre. No falla: son películas de la Metro Goldwyn Mayer.

Voy a poner un ejemplo para mí genial. Se trata del inicio de Un americano en París (1952, en este artículo fecho las películas por su estreno español: por el año de su doblaje). Una voz surge sobre imágenes emblemáticas de la capital francesa, presentándose, y a partir de aquí los tres amigos protagonistas, interpelando directamente al espectador en Gene Kelly, el americano en Parísoff, van a ir sucediéndose en la descripción del lugar donde viven, guiándonos hasta encontrarnos con sus respectivos cuerpos mediante un ingenioso sistema de ensayo y error (por ejemplo, la cámara se pasea por varias ventanas hasta dar con Gene Kelly) y luego cada monólogo da paso al siguiente. Se trata de una introducción de notable ingenio, en la que se conjugan el talento de los guionistas, la orquestación de un gran director (Vincente Minnelli) y un trabajo de interpretación que conjunta admirablemente la gestualidad de los actores estadounidenses y las voces de unos dobladores en estado de gracia, que hacen inolvidable esta secuencia por la importancia en la misma de la voz over. Esa fue la magia del doblaje clásico. Esa fue la magia del doblaje Metro.

Fragmento de Un americano en París

José María Ovies, la voz de GrouchoLos estudios Metro Goldwyn Mayer habían sido abiertos en Barcelona en 1933 y cerrarían sus puertas definitivamente en 1962. Fueron veinte años (con un par de pequeños intervalos a principios de los 40 y en la segunda mitad de los 50) en los que fueron sinónimo de excelsa calidad. Por supuesto, no fueron los únicos. De modo paralelo a la época principal del estudio que voy a abordar (por la mayor supervivencia de doblajes), los años cincuenta, Voz de España también nos dio trabajos maravillosos. Eso sí, las voces que doblaban en uno rara vez se asomaron por los otros, creándose así dos universos excepcionales y complementarios. En el segundo es donde trabajaban Juan Manuel Soriano, Felipe Peña, Carmen Lombarte, Maribel Casals o Alfonso Santigosa, a quienes tanto amé en otras películas míticas para mí como Tempestad en la cumbre, Sabrina u Obsesión. Mas sobre ellos hablaré en otro artículo. También es verdad que nos quedan muchos menos doblajes de Voz de España que de la Metro, no sé si porque la calidad técnica de estos fue la más avanzada de la época (esto tendrían que contarlo los especialistas del tema, mucho más preparados que yo). En cualquier caso, hay un nombre que ayuda a explicar la excelsa calidad Metro, y es el hombre que fue su principal director entre 1943 y 1962 (en la parte inicial de los cincuenta, su responsable absoluto), además de uno de los más grandes actores de doblaje de la historia, el asturiano José María Ovies.

Ovies reunió un equipo excepcional compuesto en realidad por pocas voces que, por tanto, solían aparecer en cada película. La característica principal era que cada una tenía un timbre por completo diferente al de las demás, complementándose a la perfección (por ejemplo, las dos principales actrices, Elvira Jofre y María Victoria Durá, eran respectivamente la «voz dulce» y la «voz grave»). Prácticamente todos habían llegado a la profesión en la pionera década de los treinta (en Voz de España, en cambio, la cantera de esas voces había sido la radio). Por otra parte, Metro era famosa por dedicar un tiempo considerable a cada grabación, inimaginable hoy, y los diálogos se memorizaban en vez de leerlos. Es decir, sus actores lo eran en el sentido pleno de la palabra. Si hoy el doblaje se ha convertido en una mecánica, entonces era un arte.

Quedan pocos doblajes de los años cuarenta (unos claramente arcaicos, otros ya memorables) pero es a partir de los cincuenta cuando ya contamos con la mayor parte de los trabajos de la Metro. Es la época, por tanto, que se puede estudiar con mayor solvencia. A principios de esa década, José María Ovies, que llevaba ya unos años encargado de su dirección, estabilizó un equipo formado por unas cuantas voces recurrentes, unas contratadas en exclusiva y otras que doblaban con preferencia a sus órdenes.

Vivien Leigh y Clark Gable en Lo que el viento se llevoLa Metro había puesto muy alto el listón justo en ese momento, cuando se encargó del doblaje del esperadísimo estreno de Lo que el viento se llevó, que tuvo lugar el 17 de noviembre de 1950. Durante décadas, este trabajo habría de considerarse la cumbre de la profesión, aunque en buena medida esta reputación se deba a la de propia película, considerada durante mucho tiempo la quintaesencia del Hollywood clásico. El elevadísimo número de personajes con diálogo hace que su reparto sea un catálogo de la práctica totalidad de voces que trabajaban en Barcelona en ese momento, con alguna ausencia significativa (Rafael Navarro, por ejemplo). El cuarteto protagonista gozó de un cast excepcional, no en vano los dos actores encargados de Escarlata O’Hara y de Rhett Butler (Elsa Fábregas y Rafael Luis Calvo) también han gozado de fama imperial incluso entre aquellos ajenos a la profesión. Sin embargo, Elvira Jofre en el papel de Olivia de Havilland y Víctor Ramírez en el de Leslie Howard merecen los mismos aplausos, como el de aquellos actores que tuvieron ocasión de lucirse en los papeles de menor relevancia: por ejemplo, el famoso acento pseudo-cubano con que Carmen Robles hace hablar a Mammy hoy se considerará racista pero, evidentemente, resulta entrañable.

A la hora de hablar de los principales actores del cuadro de la Metro, por jerarquía empezaré por José María Ovies (1904-1965). Aunque, como buena parte de los dobladores clásicos, también hizo apariciones secundarias en el cine y así es como podemos otorgarle un rostro, la gran labor de Ovies fue ante todo la de ponerle la voz a otros (y sin acreditarlo). Presente en la profesión desde sus inicios, antes de alcanzar el rango de director (muy pronto, en 1943) ya había destacado como voz de actores entonces tan estelares como Charles Boyer o William Powell (que hoy se han perdido), y muy pronto de Groucho Marx o Walter Pidgeon, de lo que queda buena muestra. Antes de conocer su nombre, yo distinguía a Ovies como la «voz de genio», pues su timbre resonante parecía revestir de una especial inteligencia a sus personajes. Por ejemplo, dos de mis papeles favoritos de entre los suyos son dos fabulosos villanos en la modalidad de refinados genios del mal, el pérfido visir encarnado por Conrad Veidt en El ladrón de Bagdad (1944, si bien no es un doblaje Metro sino de los estudios Acústica) y el maquiavélico cardenal Richelieu inmortalizado por Vincent Price (y por Ovies) en Los tres mosqueteros (1949). Si a la inteligencia se unían el sarcasmo y la comicidad, entonces era imbatible, no en vano la tal vez más famosa de sus asociaciones será siempre la de Groucho Marx: suya es la voz que pronuncia en Una noche en la ópera (1951) el mítico diálogo que comienza con «La parte contratante de la primera parte será considerada la parte contratante de la primera parte». Hasta que Ángel María Baltanás dobló al James Cagney de Uno, dos, tres (1962) nadie pudo superar la velocidad de vértigo de ese recitado.

Fragmento de Una noche en la ópera

Ronald Colman en Niebla en el pasadoOtra evidente cualidad de Ovies fue la versatilidad. El asturiano dominaba todos los registros, desde el cómico (con Groucho como ejemplo emblemático pero no único) al trágico, pasando por el lastimero, el jovial, el cínico, etcétera. La interpretación de las suyas que podría valer como su obra maestra —aunque con estos actores, y salvo asignación errónea, resulta idóneo el famoso adagio de Oscar Wilde que dice que «Sólo los mediocres progresan. Un artista se expresa a través de un ciclo de obras maestras, la primera de las cuales no es menos perfecta que la última»— es la de Ronald Colman en la inolvidable Niebla en el pasado (1946), donde tuvo que hacer evolucionar a su personaje (un ex combatiente que ha de superar el traumático estado psíquico que le deja la primera guerra mundial hasta recuperar su condición de prohombre de los negocios y la política) desde la tartamudez inicial hasta la completa seguridad final en sí mismo, con momentos en verdad sublimes cada vez que lucha contra el gran drama de su vida: haber olvidado qué fue de su existencia entre el final del conflicto y el momento en que un shock le devolvió la conciencia de sí mismo (los espectadores lo sabemos bien: en esos años se enamoró y se casó con Greer Garson, que ahora es su secretaria personal pero que no quiere forzar su memoria y espera y espera a que él la recuerde por sí mismo). Un melodrama sublime, un papel muy goloso y una interpretación excepcional.

En la Metro, Ovies fue la voz de Spencer Tracy y también la de Gary Cooper, en este caso en otro doblaje mítico, el de Solo ante el peligro (1953). Pero mi asignación favorita siempre ha sido la de James Mason, cuya particular expresión de inteligencia tan bien se avenía con los matices de su voz. Lo hizo, por ejemplo, en Con la muerte en los talones, persiguiendo al gran Cary Grant (y por tanto al gran Rafael Navarro). Pero mi personaje favorito de esta asociación es el Ruperto de Hentzau de El prisionero de Zenda, tan memorable que el espectador se ve ante un dilema irresoluble: el héroe (magnífico) es Rodolfo Rassendyll, sí, pero él es un villano de tanta altura que uno no desea que sea derrotado y, por tanto, cuánto aplaude cuando al final, sin haber perdido el genial duelo a espada mas sabiendo que la llegada de refuerzos para el otro hace inviable cualquier victoria, abre la ventana y, en genial encuadre en picado, realiza la mejor salida de escena que he visto nunca en el cine, pues su espíritu práctico le dice que ya habrá tiempo para reanudar el combate.

Fragmento de El prisionero de Zenda

stewart-granger-y-sus-sienes-plateadasDos voces masculinas se repartieron los papeles que entonces se denominaban de «galán maduro». Ya he señalado que Rafael Luis Calvo (1911-1988), haciendo honor a su asignación más celebrada, la de Clark Gable, el Rey de Hollywood, fue algo así como el rey del doblaje, si bien parece ser que su apodo cariñoso en la profesión era el de Papa. («Usted habla como Clark Gable», cuentan que le dijo una señora una vez; «No; Clark Gable habla como yo», respondió él con socarronería). Miembro de una eminente dinastía de actores (su hermano Eduardo también fue una reconocida voz del medio, si bien en Madrid), Rafael estuvo entre los pioneros del doblaje en los estudios parisinos de Joinville. Su voz era firme, rotunda, enérgica: viril en el sentido más noble del término, con lo que no extraña que enseguida se le encomendara todo tipo de galanes de Hollywood. A la vez, y sus trabajos en el periodo que nos ocupa lo demuestran con rotundidad, tenía una especial capacidad para la ironía. Es por ello que mi asignación favorita de entre las suyas siempre ha sido la de Stewart Granger, el actor inglés que más asocio al género aventurero.

Fragmento de Lo que el viento se llevó

Sus dos creaciones en Scaramouche (1952) y El prisionero de Zenda (1953) son sublimes: en ellas su voz se fundió indeleblemente con la distinción del actor y su gestualidad guasona, grave cuando la farsa cede a la tragedia, que hace tan inolvidables a Andrés Moreau y a Rodolfo Rassendyll, sobre todo en las escenas en que debe medirse con sus archienemigos, el noble Noel de Maynes (Víctor Ramírez) y el malvadísimo Ruperto de Hentzau (Ovies). Confieso que el mayor trauma que tengo acerca del doblaje no se debe a ningún trabajo perdido, de los múltiples que nunca nos llegarán, sino por uno que nunca se realizó, el de la obra maestra de este ciclo aventurero con Granger como protagonista, Los contrabandistas de Moonfleet (1955), dirigida por el genial Fritz Lang, no estrenada en su día en España. Cuando por fin se pudo ver en nuestro país fue por medio de una emisión televisiva para la que se hizo un doblaje imposible: ni los actores ni la sonoridad ni el contexto eran el mismo, y duele escuchar a Granger en el papel de su vida sin Rafael Luis Calvo.

Cary Grant en la inolvidable Con la muerte en los talonesRafael Navarro (1912-1993), como los anteriores, también había comenzado a trabajar a mediados en los años treinta y enseguida alcanzaría relevancia, en su caso asimismo como director de doblaje (fue él quien compartiría este puesto con Ovies en la última etapa de los estudios Metro). La voz de Navarro, sin la menor duda, es una de las más bonitas que jamás tuvo el cine español: encajaba como un guante para los personajes nobles. Mucho antes de que Manuel Cano, con su voz de seda, pasara a ser el referente de belleza sonora, Navarro ya había sentado cátedra, en su caso añadiendo una energía superior puesto que su timbre poseía una cualidad vibrante que, además de darle hermosura a la voz, le dotaba de un notable empaque (cojo el término del estupendo artículo que el autor del añorado blog Lady Filstrup le dedicó en 2008). Del mismo modo, otra cualidad de Navarro (en este caso es a Jorge Montalvo al que cito) fue la increíble capacidad que tuvo para ajustarse a cualquier actor al que se enfrentara, aun cuando tuviera que luchar con el recuerdo de otras asignaciones más familiares. El ejemplo emblemático es el Cary Grant de Con la muerte en los talones (1959), única vez, que se sepa, en que lo dobló, con un resultado genial: Navarro entendió de modo fenomenal el desconcierto del personaje, primero (es carcajeante la conversación telefónica que tiene con su madre, en la que intenta explicar lo inexplicable: su «No, mamá, no me dejaron rebajarlo», aludiendo al alcohol que le han hecho ingerir los villanos para así justificar el accidente con que han intentado quitárselo de encima, es antológico) y su capacidad de iniciativa, después (la escena de la subasta, en que intenta inútilmente conseguir que lo detengan a base de sabotearla).

Fragmento de Con la muerte en los talones

En la primera parte de la década, Navarro compaginó trabajos con otros estudios, pero en la Metro fue, ante todo, la voz de Robert Taylor. Este actor, simpático pero no muy consistente en su faceta de galán joven, ganó aplomo con los años. En la Metro de los cincuenta se repartió con Stewart Granger el ciclo aventurero, corriendo a su cargo las aventuras medievales, para las cuales encadenó un entrañable conjunto de paladines en su sentido más noble, a los que tan bien se ajustó su timbre musical. La Metro preparó un duelo en la cumbre entre sus dos estrellas del género, el film de aventuras marinas con trasfondo cainita Todos los hermanos eran valientes (1954), asignando con inteligencia el papel de hermano bueno a Taylor y el de canalla (aun redimido al final) a Granger. Y el doblaje repitió la estupenda confrontación: la nobleza vibrante de Navarro frente al sarcasmo elegante de Calvo. Un duelo excelso.

Fragmento de Todos los hermanos eran valientes

Charlton Heston en Ben-HurEn los años finales del estudio, cuando este fue gestionado por la distribuidora que se hizo cargo de la Metro en España, Dipenfa, ya contratado en exclusiva como actor y como director, Navarro se hizo cargo de la práctica totalidad de actores protagonistas que se pusieron al alcance de su atril y, aun cuando fuera de modo efímero, dio gloria escuchar su voz con el rostro de Grant, Gregory Peck, Robert Mitchum, Henry Fonda o Alec Guinness (El cisne es otro de los doblajes de mi primera memoria, y la frase final que su personaje dedica a Grace Kelly, justificando el título, es imborrable). De todos ellos, hubo uno al que bastó con que lo doblara cinco veces (eso sí, justo los papeles que lo convirtieron en una estrella del firmamento de Hollywood) para que haya quedado como su voz por excelencia. Se trató de Charlton Heston y esos papeles (entre ellos nada menos que Moisés, Ben-Hur, el Cid y el líder de las fuerzas asediadas por los bóxers durante los famosos 55 días en Pekín) bastaron para añadir un adjetivo más a sus condiciones: para siempre, Rafael Navarro sería la voz de la épica y de la mística, de la grandiosidad en estilo puro.

Fragmento de Los diez mandamientos

Otro miembro fundamental del equipo masculino ha sido más olvidado, aunque nada tiene que envidiar a los anteriores. Se trata del ya citado Víctor Ramírez, de quien hay tan pocos datos que ni puedo dar las fechas de su vida, si bien se sabe que estuvo activo en la profesión entre 1933 y 1980, muriendo tal vez por entonces (fueron muchos los actores que murieron con las botas puestas). Es curioso que fuera la voz de los dos grandes paradigmas del musical de Hollywood, Fred Astaire (si bien sus doblajes de los años treinta con Ginger Rogers se han perdido) y Gene Kelly. Ramírez tenía un timbre por completo distinto a los demás: no era joven ni viejo, no era elegante ni tosco, no era sobrio ni histriónico. Sencillamente, era personal en el sentido más creativo del término. Y era un actor genial. Lo demostró haciendo que actores sin especial relieve o talento de pronto parecieran maravillosos.

Uno de mis personajes favoritos de la historia del cine es el marqués Noel de Maynes, el enemigo de Scaramouche (1952). Actor casi siempre discreto, Mel Ferrer en esta ocasión consigue estar sublime. Como no he escuchado nunca su interpretación en versión original, de momento sigo creyendo que esto se debe al conseguido disfraz con que el intérprete queda oculto tras el memorable personaje. Visualmente, se basa en el porte delgadísimo del actor, su inesperada sonrisa digna de Alan Davis (espero que haya cinéfilos que compartan mi amor por este dibujante para comprender lo que digo) yMel Ferrer, Noel de Maynes en Scaramouche la elegancia con que el actor exhibe su esgrima (en cambio, a Granger se le nota más el esfuerzo; claro, él no es esgrimista de cuna sino de entrenamiento: no es un aristócrata). Sonoramente, en los irrepetibles tonos con que Ramírez envuelve a De Maynes, impregnándolo de un aroma de perdedor con clase cuya tragedia es que no sabe que lo es hasta que es demasiado tarde. Y es que Noel de Maynes, con todos esos apellidos que remontan su familia a la noche de los tiempos, está condenado a perder el mundo de privilegios sin el cual no concibe la existencia y a la mujer que ama en manos de ese patán que cree poder cruzar impunemente su espada con él y que lo odia con todas sus fuerzas porque abusó de su talento con la esgrima para ejecutar a su mejor amigo, sabiendo que en duelo nunca podría ser su igual. Y el talento de Ramírez consigue que el espectador no pueda odiar a De Maynes: que intuya que no es un malvado irredimible sino un hombre maldito por su soberbia clasista.

Fragmento de Scaramouche

Louis Calhern como el abogado Emmerich de La jungla de asfaltoLa última voz masculina que no falta en las películas Metro de principios de los 50 es la de Ramón Martori (1893-1971), un veterano del doblaje, incluso en catalán, que fuera también un magnífico secundario de cuerpo entero en los años dorados de Cifesa. Su voz poseía un tono majestuoso, muy apropiado para personajes venerables a los que era obligado escuchar. Eso sucede con los personajes que el actor británico Finlay Currie hizo para Ivanhoe (1952), Quo Vadis (1953) o Ben-Hur (1959): respectivamente Cedric el Sajón, padre del héroe, San Pedro y el patriarca Baltasar. No digamos ya su Julio César en la versión Mankiewicz. Sin duda, poseía una voz distinguida, pero su talento supo, incluso con un mismo actor, Louis Calhern, el rostro al que más lo asociamos, otorgarle tanto un tono íntegro y noble (el del fiel coronel Zapt en El prisionero de Zenda) como sutilmente decadente (su memorable abogado corrupto Alonzo D. Emmerich de La jungla de asfalto, de 1950, el mejor papel tanto de Calhern como de Martori).

Fragmento de La jungla de asfalto

Gene Kelly como DartagnanAparte de todas estas voces, hubo más. Dos en concreto pudieron hacer época, pero por diferentes circunstancias quedaron en una posición inferior. La primera es la de Emilio Ruiz, el galán joven por excelencia del equipo de Ovies justo antes de este esplendor de los años cincuenta. Por desgracia, dejó Barcelona por Madrid en el año 1951 (poco tiempo después, en 1955, dejó la profesión por completo y esto le ha privado de haber sido uno de sus nombres míticos, como merecía su talento). Los trabajos supervivientes de Ruiz revelan a un actor literalmente encantador, dotado de una voz gentil y cantarina con la que es fácil dejarse mecer. En la Metro fue el primer doblador de Gene Kelly (Víctor Ramírez lo heredó tras su marcha): si siempre se ha dicho que la elección del bailarín hace que Los tres mosqueteros (1949), donde el americano hace de D’Artagnan, funda la aventura con el musical, la genial cadencia que Ruiz imprime a su interpretación subraya esta condición.

Fragmento de Los tres mosqueteros

Marlon Brando como Marco AntonioEl segundo actor procedía de la radio, donde era una estrella, Juan Luis Suari (1924-1957), cuyo timbre limpio fue ganando presencia en los repartos del estudio sobre todo cuando Rafael Luis Calvo, a mediados de la década, los abandonó. Ovies confió en él plenamente, otorgándole actores que llegaron ocasionalmente a los estudios, aun no siendo estrellas originales de la Metro (Burt Lancaster, Robert Mitchum o el Kirk Douglas del primer doblaje de Cautivos del mal, de 1954). Un papel bastó para demostrar su talento: nada menos que el Marco Antonio que Marlon Brando encarnó en Julio César (1954). El famoso discurso del personaje ante el pueblo romano, donde ha de mantener un equilibrio irónico entre la condena a los asesinos de su amigo (y en especial a Bruto, «que es un hombre honrado») y la prudencia que la situación le aconseja, se basta para acreditarlo. Como he señalado, sustituyó a Calvo al marcharse este, heredando a Stewart Granger. Y aunque sus trabajos fueron eficaces, en este caso nunca he podido evitar preferir a este, sobre todo porque se benefició de películas mucho mejores. Fuego verde no es Scaramouche, claro. Desgraciadamente, un accidente de moto truncó la vida del actor en 1957, con apenas treinta y tres años. De su popularidad (radiofónica) da fe la asistencia multitudinaria de los barceloneses a su funeral, como señalan las fuentes de la época.

Fragmento de  Julio César

Mi felino favorito, el leon de la Metro

Las imágenes son propiedad de Turner Entertainment, actual poseedora de los derechos sobre los clásicos de la MGM. Todos los clips están realizados con mero propósito divulgativo, incluso educativo, y sin el menor ánimo de lucro pues este blog no tiene otro objetivo que compartir amor por el arte y la cultura con cualquier interesado.

Este artículo no podría haberse realizado sin los datos aprendidos en diversas fuentes, en especial el pionero libro de Alejandro Ávila La historia del doblaje cinematográfico (CIMS, 1997), ni existiría sin los datos proporcionados por la espléndida página eldoblaje.com y el estimulante intercambio de información, opiniones y saludable amor por este arte de sus foros y chats, en los que participo bajo el alias de danvers. Mi agradecimiento a tantos amantes del doblaje como dobaldor, Joaquín, Iñaki, Enjolras, Joan, Manolo Cano, thehardmenpath, Josef, enzo1988 y tantos otros de una lista muy considerable, pero en especial, una vez más, a Jorge Montalvo.

 

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a El doblaje barcelonés: la Metro, años 50 (I)

  1. Renaissance dijo:

    No conocía esta faceta del doblaje, ni que este se desempeñara memorizando los diálogos, lo que sí los hacía muy similares al trabajo de los actores o del teatro radiofónico.

    He visto relativamente poco cine clásico, de este, sí que es patente la sonoridad de este doblaje que se acababa haciendo más familiar que las voces originales. Después también caí en la versión original, al veces por obligación (el «si ves cine sin doblar aprenderás inglés» y «el doblaje dificulta el aprendizaje de idiomas» ha acabado por hacer más daño que otra cosa, y es una muestra más de esa tendencia a convertir el ocio en algo productivo). Ahora vuelvo a recuperarlo por comodidad, aunque el actual se considera, ante todo, una actividad profesional, que incluso tiene sus problemas de intrusismo, donde las voces famosas acaban teniendo preferencia frente a los dobladores formados.

    • La memorización de los diálogos se hizo únicamente en la época clásica, con actores cuya procedencia de las tablas o de la radio los había preparado para esta labor. Los directores de doblaje consideraban que formaba parte de la preparación del papel y de su mejor interpretación, sin distracciones de lectura. Como es natural, eso se fue perdiendo y hoy es inconcebible.

      Como digo en el artículo, sin apenas posibilidad de elección, casi todo el cine que yo vi durante mucho tiempo fue doblado. El fastidio que me fue provocando la decadencia imparable de esta profesión y la llegada del dvd fue haciendo que me acostumbrara a la vose. Los detractores del mismo (muchos de ellos actores del cine «a cuerpo entero») siempre han esgrimido dos razones para quejarse de él. Una, en efecto, que por su culpa en España se habla poco y mal el inglés, lo cual me parece risible. En Portugal o Grecia, por ejemplo, no hay cine doblado y no se sabe que sus habitantes sean políglotas de excepción.

      La segunda, que si los espectadores españoles no ven sus «propias» películas es por esa competencia desleal. También falso, y además esconde una falta de autocrítica alucinante. En los tiempos en que no se podía ver nada de vose (de los cuarenta a los sesenta), el cine español hacía cifras de espectadores ante las que hoy babearían los profesionales, con lo mismo tiene que ver con la calidad de unas épocas con respecto a otras. Ello por no hablar de la falta de respeto a compañeros de profesión que están detrás del atril. Y estos suelen responderles de la misma manera: a ellos se les entiende lo que dicen, porque de eso depende su trabajo; a muchos de los actores más conocidos del cine «entero», no.

  2. Manuel Pozo dijo:

    Precisamente el otro día aproveché para ver de nuevo, ya que la han repuesto en cine para preceder a Babylon, Cantando bajo la lluvia, con el doblaje antiguo espléndido, que hasta algunas canciones traducen, y me decía a mí mismo… «Jo, esas voces que oigo ahí, en ese mundo colorido, de fantasía y optimismo, cuando terminaban su jornada salían a las grises calles adoquinadas de una España en la que no existía ni el 600 aún, un país tristón y empobrecido del que, al día siguiente, tienen que volver a escapar para grabar más escenas».
    Esos actores de voz eran portentosos, y esos doblajes una obra de arte. A mí me ocurre que cuando tengo que ver una peli antigua miro si el doblaje es antiguo o lo han cambiado o es moderno, de esos que solo se oyen voces sin alma y zapatazos. Si es moderno indefectiblemente la veo en VO, y si no está la opción disponible -como en la inefable flixolé- me la pirateo sin reparo alguno.
    Pero sin me encuentro con una buena copia que además conserva el doblaje antiguo, como me pasó casualmente poco antes de que publicaras esto con Niebla en el pasado, doy palmas con las orejas.
    A los ultras en contra del -buen- doblaje que se empeñan en que hay que ver el cine tal y como se hizo y tal y cual, hay que recordarles que vemos copias digitalizadas en pantallas pequeñas mientras enredamos con el móvil de lo que se rodó para ser proyectado en una sala oscura, rodeado de decenas o cientos de personas que reaccionan, como tú, en una pantalla de 30 ó 40 metros cuadrados.

    Muchas gracias por tu texto, tan rico y bien documentado. Aunque lo leí hace unos días tengo pendiente remirarlo tranquilamente, disfrutando de cada ejemplo que has puesto para acompañarlo.

    Un saludo, compañero.

    • El doblaje de «Niebla en el pasado» es excepcional, con voces en estado de gracia. Solo tiene una pega, y es la traducción de nombres propios, costumbre patria de antaño (por ejemplo, en literatura, donde incluso se españolizaba el nombre de los escritores, al estilo de Carlos Dickens y demás), de tal modo que el protagonista es llamado Carlos Rainier. Aun así, se disculpa por su excelencia.

      Y en «Cantando bajo la lluvia», en efecto, Miguel Ángel Valdivieso, voz de Donald O’Connor, se atrevió a doblar la canción «Make’me laugh», convertida en «Haz reír». De hecho, esta película tiene dos doblajes, el del estreno y el del reestreno de los años 70. Este último no me gusta porque a Kelly lo dobló ahora una vez inadecuada (estupenda, pero inadecuada: Manuel Cano), y sin embargo Valdivieso volvió a hacer el mismo personaje y creo que volvió a grabar la misma canción, aunque esto ya no lo puedo asegurar pues hace mucho que no cae en mis manos una copia de ese segundo doblaje.

      Un abrazo y gracias por tus palabras, que me animan a seguir con estos artículos, que me resultan más laboriosos de lo normal por la confección de esos fragmentos de doblaje.

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