Thomas Ligotti o la pesadilla de existir

Edición de Valdemar de La conspiración contra la especie humanaEn los últimos tiempos, la editorial Valdemar está consolidando en España la introducción de un escritor hasta hace poco apenas contemplado por nuestra edición pero de verdadero culto (y por una vez, no prefabricado ni basado en huecos deseos de mitomanía) fuera de nuestras fronteras. Se trata de Thomas Ligotti, nacido en Detroit en 1953, dueño de una obra no muy prolífica pero de una densidad extrema: de hecho, la brevedad es el signo distintivo de su autor, puesto que es el cuento el campo en el que se circunscribe la mayor parte de su obra. La información proporcionada en las solapas o en el prólogo con que el especialista Jesús Palacios presenta la primera publicación de Ligotti en la editorial lo entroniza como un descendiente de la estirpe de Poe y Lovecraft, a los que, desde luego, complementa o corrige (según el ánimo del lector), y con los que comparte el sentido obsesivo de la prosa, la capacidad para hacer que la atmósfera sea la gran protagonista de sus historias, el fetichismo de determinados objetos, en su caso las marionetas, el aroma de la decadencia y lo marchito o el relieve que se otorga a extraños cultos, a libros malditos, a seres de monstruosa divinidad que aguardan volver a filtrarse en nuestra realidad (o proclamar, definitivamente, que la Irrealidad es la verdadera dimensión real…). Como todos los autores que tienen de verdad cosas que decir, no es de lectura fácil —doy fe personal, porque en mi primer intento tuve que aparcarlo durante unos meses— y el poso que deja no se remansa tranquilo en nuestra memoria. Pero la insistencia termina por fructificar y revela a uno de los pocos autores contemporáneos de literatura fantástica que deja verdadera huella.

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El hundimiento de la Casa Usher en el cine de vanguardia

Cartel de La chute de la maison UsherEl relato que evoca por excelencia el nombre de Edgar Allan Poe es —con permiso de Los crímenes de la rue MorgueEl hundimiento de la Casa Usher (traducción que prefiero a la quizá más extendida de La caída…). Julio Cortázar lo definió como la «Gioconda de Poe» y su escueta extensión (21 páginas en la edición de Alianza, precisamente en la magnífica traducción del autor de Rayuela) ha permitido infinidad de análisis, de escrutinios, de interpretaciones, por lo común en clave autobiográfica. Indudablemente, es un catálogo de las grandes obsesiones de Poe: la sensibilidad extrema de sus personajes, el entierro prematuro, el horror mórbido, la creación de una atmósfera exterior a partir de un estado de ánimo interior, la increíble importancia que revisten los sonidos en el arte silencioso por excelencia… Es un cuento casi abstracto, puesto que en rigor poco narra, y quizá por ello, de todos los cuentos de Poe, es uno de los que mejor ha aprovechado el arte más abstracto después de la música, esto es, el cine (e ironías de las vida, dos de sus mejores adaptaciones, de las que ahora hablaré, fueron realizadas en el cine mudo: ironía, pues repito que Usher es un cuento «sonoro»). Al hilo de las siempre fascinantes relaciones entre la literatura y las (buenas) adaptaciones al cine, voy a destacar tres versiones, encuadradas no en el cine de terror convencional —en el que hay, desde luego, una buena ilustración, la dirigida por Roger Corman en 1960 con Vincent Price, y que dio origen al famoso ciclo Corman-Price-Poe—, sino en el cine de vanguardia.

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Un hombre, una mujer, una guerra: de La Reina de África a Sólo Dios lo sabe

Inolvidables Charlie y Rosie, Bogart y HepburnLa guerra mundial, en un exótico rincón tropical muy alejado de Europa. Un hombre, más bien cínico y materialista, y una mujer de profundas convicciones religiosas, se ven obligados a convivir mientras hacen frente al enemigo, convivencia de la que, para sorpresa de ambos, que no pueden ser más diferentes, acaba emergiendo un vínculo sentimental. El mero enunciado de este argumento conduce a cualquier cinéfilo al recuerdo de una película por la que se tiene una inmensa simpatía, La Reina de África (1951), todavía hoy uno de los títulos más populares de John Huston. Curiosamente, seis años después, el director retomó el mismo planteamiento, solo que trasladándolo a medio mundo de distancia, a un pequeño atolón del Pacífico, y haciendo aún mayor la brecha inicial entre la pareja: si en el film anterior, la mujer era la hermana de un misionero, ahora es nada menos que una monja. Se trata de Sólo Dios lo sabe (1957), en mi opinión una película mejor. Ahora bien, tanto una como otra en general despiertan en mí más cariño que admiración: son películas que se siguen con complicidad y que están estupendamente interpretadas por cuatro intérpretes generosos y en estado de gracia. Sin embargo, no es suficiente porque me parece que falta lo esencial en un planteamiento de esta naturaleza (esto es, el inicio de dos historias de amor muy particulares, en medio del contexto más adverso): el romanticismo. Por desgracia, y pese a su aureola de cineasta aventurero, John Huston no fue, de ningún modo, un cineasta romántico. Y la aventura sin el romanticismo, por lo común, no pasa de ser una peripecia intrascendente. Que se lo digan a Indiana Jones…

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Algunas estancias en el castillo de Drácula

El castillo de Drácula, por Kabuto

No conozco sitio más terrible que el castillo de Drácula. Ni más fascinante. Desde que pisé por primera vez sus salones —fue con menos de diez años, en la versión Hammer con Christopher Lee—, no he podido resistir la tentación de volver una y otra vez a ellos. Los he conocido con muy diferentes aspectos: lujosos y opulentos, o reducidos a pura ruina; poblados por sombras o refulgentes de color; habitados por un solo y casi existencial vampiro o por una compañía de sugerentes mujeres, tan no muertas como su amo y señor; en imagen y en papel… El castillo de Drácula es el Lugar Prohibido del terror por excelencia. Quien entra en él es un incauto que ignora las ya de por sí alarmantes señales que se le han ido apareciendo por el camino… o un heroico perseguidor del mal que sabe bien lo que está haciendo, y que aunque comprende que las posibilidades de éxito son mínimas aun así penetra con valor en el lugar más pavoroso del mundo. Porque eso es lo que despierta el castillo: pavor. El pavor no es el miedo absoluto. Es la consciencia de que no puede existir un lugar poblado de maldad en mayor medida que éste; de saber que no hay una sola de sus piedras (por remedar a Chesterton) que no sea malvada. Aun así, y como todo Lugar Prohibido, cuando uno se halla ante su umbral, solo queda una opción: entrar en él, como el insecto no puede evitar ser atraído por el cálido y meloso interior de la planta carnívora. Lo que espera dentro, lo sabemos, es el vampiro, es el ser para el que el futuro no existe (y por tanto, para la ausencia de esperanza), es la promesa de la no vida (otros dirán que de la no muerte). Pero también la fascinación de lo desconocido, la febril expectativa de unos horrores que exigen ser paladeados. ¿Cómo resistirse a entrar en él?

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Publico en Delirio nº 15 un artículo sobre Metrópolis

Portada de Delirio 15En el número 15 de la estupenda revista Delirio acaba de ver la luz un artículo mío que lleva por título Metrópolis frente a Metrópolis: de Fritz Lang a Thea von Harbou. Como ya informaba hace casi justo un año a propósito de otra colaboración que acababa de salir en el entonces nº 13 de Delirio —en torno a la novela de John Wyndham Los cucos de Midwich y sus adaptaciones al cine bajo el título de El pueblo de los malditos—, la revista es un ambicioso proyecto de encuentro de la ciencia-ficción y la fantasía, bajo cualquier tipo de formato (breve, eso sí), del cuento al esbozo, del poema al ensayo, de la ilustración al tebeo. Su alma máter lo es, a su vez, de la estupenda editorial La Biblioteca del Laberinto, modesta empresa madrileña que lleva ya unos cuantos años (por desgracia, todavía no recompensados con la repercusión merecida, por lo menos en cuanto a su llegada a las librerías, y mi Málaga es triste ejemplo de ello) intentando cubrir un hueco en esos géneros: la fantasía que todavía escapa del reconocimiento más o menos culto que sí han conseguido sus autores y obras más emblemáticos. Su oferta, eso sí, no se detiene en un solo registro. Aunque el pulp norteamericano de la primera mitad del siglo (Burroughs, Howard, Kuttner, Hamilton…) es su gran protagonista, por sus siempre coloristas ediciones han pasado desde autores más consagrados con sus páginas menos conocidas (Lovecraft) a escritores españoles actuales (Antonio Arrarás) y del pasado, cuya entrada en este catálogo sorprenderá a quienes los conozcan de otras referencias (Agustín de Foxá, Luis Araquistáin), pasando por nombres procedentes de ámbitos literarios poco visitados en español (el rumano Gheorghe Sasarman, autor del excelente libro-catálogo de ciudades imaginarias La cuadratura del círculo).

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La curiosa historia del Drácula de Bela Lugosi y su contrapartida hispana

Cartel del Drácula de Tod BrowningDrácula tiene casi la misma edad que el cine. Es decir, la inmortal novela de Bram Stoker, cuyo protagonista es uno de los personajes de ficción (¿es de ficción, no?) más paseados por la gran pantalla, se publicó en 1897, dos años después de la primera proyección de los hermanos Lumière. Dejando aparte una película húngara de 1921, perdida, que parece que apenas coge de ella el nombre de la criatura, la primera vez que fue llevada al cine fue en la excepcional película Nosferatu, el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y ello, como se sabe, sin solicitar los derechos a la persona que por entonces los poseía, Florence Stoker, viuda del escritor, lo cual llevó a cambiar los nombres y poco más. Es por ello que la primera adaptación «oficial» del libro es la película homónima Drácula (1931), producida por el mítico estudio Universal que, gracias a su éxito y el de la inmediata El doctor Frankenstein, estrenada unos meses después, desencadenó la primera edad de oro del cine gótico asociada a los más famosos monstruos del género: los antedichos más la momia, el hombre lobo, el fantasma de la ópera, etcétera. Eran los primeros tiempos del cine sonoro, y la industria todavía experimentaba los profundos cambios traídos por el sonido. Uno de ellos, efímero, fue la fabricación de versiones en otros idiomas de las películas más destacadas de cada estudio, rodadas en los mismos decorados y con idéntico guión. Pues bien, casi el único caso en que disponemos de esa versión especular para poder comparar los resultados es, precisamente, la versión hispana de Drácula, usualmente comercializada en dvd y blu-ray con la inglesa y por ello fácilmente accesible. La confrontación entre ambas, curiosamente, y para escándalo de los puristas de «lo único» revela un título que, en determinados aspectos, es mucho mejor en español que en inglés, como intentaré señalar en las líneas siguientes.

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El bueno, el feo y el malo: por un puñado de oro

Los rostros de Eastwood, Van Cleef y Wallach

Desde que de pequeño vi en la tele Hasta que llegó su hora (1968) —con el formato en Scope recortado al tamaño 4:3, como era usual en aquellas emisiones catódicas—, he sentido siempre una fascinación muy especial por el director italiano Sergio Leone, el hombre que no creó pero sí revolucionó el western mediterráneo, esa variante «degradada» del norteamericano que hasta tiempos muy recientes fue universalmente despreciada por los críticos y cinéfilos serios, como bien indica el desvalorizador pero hoy entrañable remoquete que le dieron: spaghetti western. Aun con esos encuadres amputados, la fuerza indescriptible de sus imágenes (aun niño, pude advertir lo distinta que era de una peli del Oeste «normal», por mucho que apareciera Henry Fonda, o con más motivo: el noble Fonda hacía de canalla vil como pocos) me pareció de otro mundo: esos irresistibles primeros planos (de cualquiera, no solo de las estrellas, con tal de tener un rostro singular), ese uso de la música (y esa música, dominada por la belleza indescriptible de la voz femenina que cantaba el tema principal), esos elementos que parecían copiados de cualquiera de nuestros juegos infantiles de pistoleros (la puntería infalible o la chulería manifiesta de sus personajes), esa increíble parsimonia con que se contaba todo (la espera inicial de los pistoleros en la estación de tren)… Pero Hasta que llegó su hora es ya una obra casi de retirada y reflexión del western: pues fueron los tres que rodó con Clint Eastwood aquellos en los que fue conformando su mirada sobre el género. Se trata de Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), cada uno mejor que el anterior, y el último en concreto, al que voy a dedicar el siguiente comentario, ya un film excepcional, casi en condiciones de competir con el protagonizado por Henry Fonda y Charles Bronson.

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Cuando Verne ríe: Una fantasía del doctor Ox

El más extravagante relato de Verne, El doctor OxEn la distancia, puede cometerse el error de recordar a Verne como un autor severo. Sin embargo, el humor es un componente básico de sus Viajes extraordinarios. Como el gran narrador que era, sabía de la riqueza que depara el contraste entre tonos: la intensidad de la aventura requiere muchas veces del contraste con la distensión para mejor preparar al lector. Personajes como el Paganel de Los hijos del capitán Grant, el Passepartout de La vuelta al mundo en 80 días o la pareja de periodistas de Miguel Strogoff dan buena fe de ello. Decir humor no quiere decir bufonadas: ninguno de esos personajes es precisamente un bufón, aunque sí resulten pintorescos, pero el sentido del humor los enriquece y enriquece la peripecia en la cual participan. No hay que olvidar que las primeras armas de Verne fueron en el teatro, en esas piezas de bulevar con que quiso iniciar su carrera literaria y que, por lo que sabemos, tienen más de bufo que de serio. Ese llamado esprit d’boulevardier impregna más de una novela del autor, empezando por la emblemática De la Tierra a la Luna, que contiene quizá las páginas más divertidas de Verne, pero nunca domina por completo el tono de una historia. Nunca… salvo en Una fantasía del doctor Ox, nouvelle o relato largo más que novela propiamente dicha que se encuentra entre las narraciones más insólitas surgidas de su pluma.

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Recordando a Elliott Gould: La máscara de acero y Testigo silencioso

Elliott Gould, estrella del Hollywood de los 70Debo al gran Carlos Aguilar y su Guía del Cine el haberme puesto sobre la pista de un par de películas tan poco conocidas como atractivas, La máscara de acero (1973) y Testigo silencioso (1978), las cuales me revelaron a un magnífico actor, muy típico de la fascinante y atípica década de los 70 y sobre el que ha caído cierto e injusto olvido: Elliott Gould. Con su característica cabellera rizada y su mirada entre escéptica y socarrona, Gould fue un intérprete muy propio de esa época en que el concepto de galán clásico de Hollywood pasó a mejor vida. Gozó de bastante popularidad en esos años, que aprovechó para hacer todo tipo de papeles (¡incluso al lado de los Teleñecos!), pero de todos ellos mis favoritos son los de esas dos películas citadas. Son dos modestos films de género que, como los buenos films de género, se las arreglan inmejorablemente para exponer sugerentes miradas sobre el ser humano. La máscara de acero cruza los géneros de espionaje y ciencia-ficción para exponer una triste reflexión sobre el concepto de identidad, a partir de la historia de un científico a quien los rusos, tras salvar su vida después de un accidente, lo devuelven al mundo libre embutido en un cuerpo de acero que impide saber si es quien dice ser. Testigo silencioso, no solo mejor que el anterior sino incluso un film espléndido, al tiempo que ofrece un argumento magnífico —el juego al gato y al ratón (de inesperado resultado) entre un sádico asesino y el en principio insignificante cajero de banco que le birla en sus narices el producto de un atraco— elabora un muy malsano juego de espejos entre dos personajes en principio antagónicos pero que quizá no lo sean tanto. Por cierto, que en mi memoria sentimental, ambas ligan a Gould con el excepcional actor de doblaje que le dio su voz (vibrante, enérgica, maravillosa), Rogelio Hernández, que también diera vida en español a actores como Paul Newman, Marlon Brando o Michael Caine.

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Horror cósmico en la Antártida: de ¿Quién hay ahí? a La cosa

Estupendo cartel americano de La cosa, de John CarpenterPor horror cósmico muchos aficionados entienden una narración cuyos protagonistas se ven hostigados por terribles peligros a los que es difícil dar nombre o encontrar una explicación racional y tranquilizadora, que o bien provienen del insondable espacio exterior o bien se trata de amenazas que laten en nuestro planeta desde el mismo umbral de los tiempos. La acción se sitúa, por lo común, en parajes desolados, en geografías hostiles o en rincones solitarios, por lo común aislados del calor y protección de otros semejantes. Es un tipo de terror que enseguida asociamos con H. P. Lovecraft y su círculo, con Arthur Machen y Algernon Blackwood, o con alguna de las más lóbregas ficciones de William Hope Hodgson, como su inolvidable La casa en el confín de la Tierra. En este artículo voy a tratar de uno de los horrores más conocidos por el cine, si bien su origen, mucho menos conocido, es literario. En una base aislada en mitad de la Antártida, un puñado de científicos ha de hacer frente a la amenaza de una «cosa» procedente del espacio, que tiene la inquietante y casi omnipotente capacidad de duplicar a cualquier criatura viva, lo cual le permite camuflarse, como cucos, en el mismo corazón de esos grupos humanos cuyo dominio sobre la Tierra pretende suplantar. La historia nos lleva enseguida a un gran clásico del cine fantástico moderno: La cosa (1982), de John Carpenter. Pero también al film del que éste supone un remake, y por el que muchos cinéfilos sienten bastante cariño, El enigma… de otro mundo (1951). Claro que, retrocediendo más aún, llegamos al origen de ambos films, que no es sino un modesto pero muy sugerente relato pulp que porta el magnífico título de ¿Quién hay ahí?

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El silencio del mar o la dignidad de un enemigo

El silencio del mar, en edición de CátedraEn febrero de 1942, en plena Francia ocupada por los alemanes, aparecía un volumen de apenas cien páginas titulado El silencio del mar, firmado por un desconocido autor llamado Vercors. Era una publicación clandestina, como lo era la editorial que había sido creada para la ocasión bajo el sugestivo nombre de Editions de Minuit, Ediciones de Medianoche. Lo que cuenta esa historia es la relación que se entabla entre un oficial alemán, francófilo y bienintencionado, con los dueños de la casa (en un pueblecito de la campiña gala), un anciano y su sobrina, a quienes comunica su ferviente anhelo de un enriquecimiento mutuo de sus culturas una vez que pasen esos tiempos de guerra. El libro tuvo una enorme repercusión, entre otras razones porque el mismo general De Gaulle, desde su refugio en Inglaterra, lo saludó con alborozo y procuró su edición más allá de las fronteras de Francia. Y eso que ese planteamiento del misterioso Vercors, lógicamente, fue recibido con polémica, en cuanto que ofrecía el dibujo de un ocupante alemán bajo una luz positiva. El silencio del mar, por tanto, tuvo la audaz pretensión de señalar que el enemigo al que debemos odiar puede ser un hombre digno, pero también de plantear un interesante elemento de reflexión: ¿tiene cabida la dignidad cuando ésta forma parte de una cohorte indigna? A este pequeño relato, que acaba de ser magníficamente editado en nuestro país por Cátedra (en compañía de otros cuentos del autor), y a la película de Jean-Pierre Melville que lo adaptó en 1949 (y que fue el vehículo a partir del cual yo accedí en primer lugar a la historia), voy a dedicar las siguientes líneas.

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Los Héroes Más Poderosos de la Tierra en el cine: Los Vengadores y Vengadores: La era de Ultron

Poster promocional de Los Vengadores, con Iron Man chupando plano

Los impacientes se lo habían ido perdiendo, hasta que se corrió la voz: había que esperar a que finalizaran los larguísimos títulos de crédito de las películas de Marvel Studios, porque incluían una especie de epílogo que hacía las veces de anuncio de otra película de héroes, y sin que tuviera que ser precisamente la secuela de la que acababa de concluir. Comenzó en Iron Man (2008), en cuya escena final aparecía por primera vez Nick Furia para hablarle a Tony Stark de la Iniciativa Vengadores. En El increíble Hulk (2008) era esta vez Stark quien solicitaba al general Ross, el perseguidor de La Masa, que abandonara su persecución del coloso esmeralda para unirse a la misma Iniciativa. Iron Man 2 (2010) concluía con la impactante imagen del martillo de Thor clavado en el suelo cual espada Excalibur. Precisamente en Thor (2011), Furia enseña al doctor Selvig, científico especializado en los contactos estelares, un maletín con el Teseracto, artefacto de incalculable poder que enseguida aparecerá en la película del abanderado, ignorantes ambos de que Loki, el malvado hermano del dios del trueno, también acecha. Por último, en Capitán América: El primer vengador (2011), el director de SHIELD intenta reclutar al recién despertado héroe para salvar el mundo. Tenía que ocurrir, los anuncios eran claros (el final del final de Capitán América incluye una especie de tráiler). Marvel Studios estaba preparando la película que uniera a los grandes pesos pesados del Universo Marvel en un gran crossover que no sólo rematara con coherencia el trasvase al cine de los tebeos (es decir, que uniera, como en el papel, las trayectorias de todos para formar el supergrupo de Los Vengadores) sino que supusiera el aldabonazo definitivo del proyecto iniciado años atrás. Y se saldó con éxito atronador (nunca mejor dicho): Los Vengadores (2012) se convirtió en el título más taquillero de la franquicia y elevó la espectacularidad de los efectos digitales un peldaño más alto aún.

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Recorrido por los capítulos de Las Ciudades Oscuras (II)

I     II     III

Estupenda viñeta capitular de La frontera invisibleA la altura de 1996, a catorce años del arranque de su serie, es evidente que Schuiten y Peeters son bien conscientes de haber inventado un universo de una notable complejidad interior, cuyos márgenes escapan de las meras viñetas de los cuatro tebeos consagrados a él hasta ese momento. Intercaladas entre la realización de las distintas historias, el dúo va entregando a la imprenta toda una serie de obras aledañas que exploran distintos aspectos de ese mundo y sus ciudades. La primera fue Le mystere d’Urbicande, un presunto opúsculo publicado 50 años después de los acontecimientos descritos en este álbum en el cual un científico expone sus teorías sobre el episodio de la Red de Robik. A partir de ahí, llegan en cascada muchas otras, progresivamente complejas, pero siempre combinando textos de Peeters con ilustraciones de Schuiten. Quizá el más notable —con toda la prevención del mundo, creo que es aquí donde el dúo crea por primera vez el término «Ciudades Oscuras»— sea El archivista, publicado en 1987 pero corregido y ampliado considerablemente en 2000. Como ya señalé en la primera entrada de este conjunto dedicado a la serie, esta obra relata cómo, en «nuestro» mundo, Isidore Louis, responsable de investigación del Instituto Central de los Archivos, descubre en la Subsección de Mitos y Leyendas toda una serie de imágenes y documentos que revelan la existencia de un mundo paralelo llamado de Las Ciudades Oscuras. El catálogo de ciudades y los acontecimientos que desgrana en torno a cada uno de ellas, la enorme cantidad de sugerencias que contienen (por ejemplo, el juego sobre el concepto de universos paralelos, que proseguirá en los siguientes tebeos de las serie) y el preciosismo de las ilustraciones de Schuiten, convierten El archivista en una obra sin duda memorable.

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Tratado sobre la soledad cósmica en el tiempo y en el espacio: Interstellar

Matthew McConaughey en el poster de InterstellarDespués de la extraordinaria acogida de su Trilogía del Caballero Oscuro, sin duda Christopher Nolan se enfrentaba a un reto especial con su nueva película, y más en un cineasta empeñado, de modo admirable, en prorrogar la noble tradición del viejo Hollywood, esto es, unir espectáculo narrativo y visual, lo que siempre se ha entendido por cine «entretenido», con las ambiciones artísticas y dramáticas necesarias para librarlo del fantasma de la mera ligereza. El resultado es Interstellar (2014), un film acerca de un viaje a través de la galaxia para encontrar un nuevo hogar a la humanidad, amenazada por la progresiva extinción de los recursos alimentarios en la vieja y gastada Tierra. Un viaje al espacio exterior que también, claro, constituye un viaje interior tanto para los propios protagonistas como para la raza humana en general. Con esas premisas, más el propósito de partir escrupulosamente de los conocimientos más actuales sobre el estudio del universo, era evidente que para un hombre de la ambición de Nolan el referente no podía ser otro que el mismísimo Stanley Kubrick y su 2001, una odisea del espacio (1968), que para tanta gente sigue siendo —no para mí, pues me parece un film muy envejecido y sobrevalorado— el hito imprescindible, en cine, de la ciencia-ficción «adulta». Como era de esperar, el resultado es excesivo en sus pretensiones, alargado en su metraje, ampuloso en sus ambiciones de densidad, farragoso para los no iniciados en la ciencia e incluso discutible argumentalmente por los cabos sueltos que se va dejando aquí y allá. Pero, también como siempre, es un formidable mecanismo visual y narrativo, dotado de una considerable intensidad psicológica.

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Recorrido por los capítulos de Las Ciudades Oscuras (I)

I       II      III

Las murallas de Samaris (1982)

Nueva edición española de Las murallas de SamarisComo señalé en mi artículo introductorio al mundo de Las Ciudades Oscuras, Las murallas de Samaris es el capítulo inicial de la serie cuando ésta, lógicamente, todavía no debía estar en la mente de sus dos autores, esos dos compañeros de instituto reencontrados gracias al medio artístico del cómic, Benoit Peeters y François Schuiten. Su publicación se realizó primero por entregas en las páginas de la revista belga A suivre, a partir del nº 53, de mayo de 1982, hasta el 56. Esta revista pertenecía a la poderosa editorial Casterman, la casa madre, por ejemplo, de las aventuras del Tintín de Hergé, que al año siguiente editaría la historia ya con forma de álbum, sin que por supuesto apareciera en parte alguna de su portada o interior ninguna referencia al que sería después el título general de la serie. En 1998, sería reeditado, y sus autores aprovecharían para realizar algunas modificaciones: por ejemplo, se retocarían algunas páginas del final para hacer aparecer (joven) al protagonista de la siguiente reunión del dúo, el urbatecto Robick de Urbicanda, y así fortalecer los lazos de serialidad que en un principio no existían. Como solo he leído la reedición no puedo comparar, pero reconozco que no me gustan este tipo de operaciones: legalmente, la obra pertenecerá a sus autores, pero una vez que sale de las manos de estos, pasa a ser patrimonio universal. En cualquier caso, repito, solo conozco la versión reeditada. Peeters añadiría también un texto titulado Regreso a Samaris, donde reflexiona sobre el proceso de creación de la historia.

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