Horror cósmico en la Antártida: de ¿Quién hay ahí? a La cosa

Estupendo cartel americano de La cosa, de John CarpenterPor horror cósmico muchos aficionados entienden una narración cuyos protagonistas se ven hostigados por terribles peligros a los que es difícil dar nombre o encontrar una explicación racional y tranquilizadora, que o bien provienen del insondable espacio exterior o bien se trata de amenazas que laten en nuestro planeta desde el mismo umbral de los tiempos. La acción se sitúa, por lo común, en parajes desolados, en geografías hostiles o en rincones solitarios, por lo común aislados del calor y protección de otros semejantes. Es un tipo de terror que enseguida asociamos con H. P. Lovecraft y su círculo, con Arthur Machen y Algernon Blackwood, o con alguna de las más lóbregas ficciones de William Hope Hodgson, como su inolvidable La casa en el confín de la Tierra. En este artículo voy a tratar de uno de los horrores más conocidos por el cine, si bien su origen, mucho menos conocido, es literario. En una base aislada en mitad de la Antártida, un puñado de científicos ha de hacer frente a la amenaza de una «cosa» procedente del espacio, que tiene la inquietante y casi omnipotente capacidad de duplicar a cualquier criatura viva, lo cual le permite camuflarse, como cucos, en el mismo corazón de esos grupos humanos cuyo dominio sobre la Tierra pretende suplantar. La historia nos lleva enseguida a un gran clásico del cine fantástico moderno: La cosa (1982), de John Carpenter. Pero también al film del que éste supone un remake, y por el que muchos cinéfilos sienten bastante cariño, El enigma… de otro mundo (1951). Claro que, retrocediendo más aún, llegamos al origen de ambos films, que no es sino un modesto pero muy sugerente relato pulp que porta el magnífico título de ¿Quién hay ahí?

Los aficionados a la ciencia-ficción (empezando por los propios y más relevantes escritores, de Asimov a Heinlein o Simak) reverencian el nombre de John W. Campbell jr como uno de los grandes editores de su género favorito, principalmente desde su puesto de editor de una de las revistas claves de la edad dorada del pulp, Astounding Science-fiction. Hoy día, de hecho, uno de los más importantes premios del género lleva su nombre. Campbell jr fue además un conocido autor de relatos fantásticos (si bien su acceso al cargo de editor acabó limitando su trabajo como escritor), que publicó muchas veces bajo el seudónimo de Don A. Stuart, guiño dirigido a su esposa, llamada Donna Stuart.

Portada original del libro donde se publicó el relato de John W. Campbell jrBajo ese nombre, precisamente, Campbell publicó en la revista que editaba, en el mes de agosto de 1938, el relato por el que hoy es más conocido. Lo tituló Who Goes There?, esto es, ¿Quién hay ahí?, una pieza realmente magnífica cuya influencia, en buena medida gracias a sus adaptaciones cinematográficas, ha sido colosal en el desarrollo del género. El autor reformuló el género de invasiones alienígenas proponiendo esa criatura ya celebérrima cuya amenaza proviene de su aterradora capacidad para imitar cualquier tejido vivo. Mucho antes de que se convirtiera en uno de los temas centrales de la ciencia-ficción, Campbell ya hacía realidad el peor temor del ser humano: perder aquello que nos diferencia del resto de los animales, nuestra identidad individual. De hecho, una de las frases más inquietantes del relato es aquella en que uno de los científicos señala que ese ser, sin duda, debe ser pacífico a su manera, pues su propia naturaleza hace que, para vencer, no necesite luchar… sino esperar pacientemente a sorprender a sus víctimas.

Campbell acertó plenamente al situar su acción en el espacio más solitario y desolador del mundo, el más adecuado para plantear esta disolución de la humanidad. Su estilo, ajeno a cualquier floritura (por ejemplo, es justo el opuesto de un Lovecraft), expone con sobria sencillez la acción, sin detenerse a efectuar ningún retrato psicológico —imposible, teniendo en cuenta que los habitantes de la base científica son 37 y que solo unos pocos llegan a tener nombre y voz—, y exponiendo su intriga ante todo mediante el diálogo, mediante las palabras: es decir, mediante otro rasgo humano por excelencia. Los personajes exponen así sus aprensiones, sus anhelos, también su capacidad analítica, su indomable capacidad para no rendirse por descorazonador que sea el peligro que se vive. Pero sobre todo, su miedo. ¿Quién hay ahí? es una reflexión sobre el miedo, miedo que cambia los comportamientos y las pautas humanas: uno de los expedicionarios demuestra su humanidad matando a uno de sus compañeros, enloquecido por su interminable ataque de histeria. Cambpell incluye una característica en la «cosa» que luego sería ignorada incluso por la fiel adaptación que hizo Carpenter: la entidad alienígena posee capacidades telepáticas, que no solo le permiten leer los pensamientos de sus antagonistas sino proyectar miedos primordiales en sus sueños.

La ironía final que reserva es Campbell es la forma en que la «cosa» es derrotada: al descubrirse que, siendo una especie colectiva, al mismo tiempo cada una de sus partes es un ser completo, ya sea una de las criaturas completamente copiadas… o una muestra de sangre. Así, atacado el plasma por un hilo de platino calentado, reacciona con dolor y rabia, con egoísmo muy individual, sin el menor sacrificio personal en beneficio del colectivo al que pertenece, delatando al falso humano del que ha sido extraída. Esta idea daría pie a una de las secuencias más intensas de la película de Carpenter.

Cartel de The Thing, versión Hawks

El relato fue adaptado por primera vez en 1951, justo en el alborear de la primera gran edad de oro del cine de ciencia-ficción en Hollywood, bajo un título diferente y supuestamente más impactante, ligeramente alterado en España: El enigma… de otro mundo. Se trata de una película por la que, en general, se siente gran cariño; incluso gozó de mucho prestigio entre los cinéfilos, y eso fue motivo para que se denigrase La cosa (que más que un remake, como se verá, es una adaptación más fiel del relato de Campbell) en el momento de su estreno, circunstancia ésta que ha acabado remitiendo en los últimos tiempos. En cualquier caso, y las cosas como son, esta fama —que ha permitido que a ella se acercaran espectadores que normalmente no frecuentan la ciencia-ficción de serie B— se debe a la implicación del gran cineasta Howard Hawks en el proyecto. Hawks figura como su productor, mientras que la realización la firma, en su debut en esta especialidad, Christian Nyby, montador de varios de sus films de la década anterior y que a partir de aquí inició una carrera como director que fue prolífica (en televisión) pero de la que no queda el menor recuerdo. De hecho, todavía colea la polémica acerca de la verdadera autoría de la dirección: incluso actores del mismo reparto afirman unos que fue Nyby en verdad y otros que fue Hawks el responsable. Particularmente, aunque no tengo espacio para extenderme, creo que lo normal es que Nyby dirigiera el film, pero que inevitablemente Hawks influyera todo lo que pudo en su labor e incluso que se hiciera responsable de alguna escena.

Cualquiera que conozca la película reconoce enseguida los clásicos elementos tan caros a Hawks, empezando por el protagonismo de un grupo de especialistas en algún oficio y los consiguiente elementos dramáticos: el calor humano que desprende la convivencia entre tipos de lo más diferente y la importancia del trabajo bien hecho, de la profesionalidad, como primer elemento en el respeto mutuo. Quizá el gran referente de este film, por la similitud del oficio, sea el magnífico melodrama aventurero Solo los ángeles tienen alas, de 1939. Por otra parte, quien quiera encontrar en The Thing from Another World ese aroma de horror cósmico del relato difícilmente lo hallará, porque esa impronta hawksiana lo devora casi todo, por desgracia para mal.

James Arness en una foto detallada de su caracterización como El enigma de otro mundoPorque El enigma… de otro mundo pierde mucho con la revisión, muchísimo. En primer lugar, estorba lo que todavía mantiene su eco cinéfilo: pues, en efecto, hay mucho de Hawks en el film pero diríase un sucedáneo de Hawks y no su esencia. El retrato de ese grupo aparece considerablemente desdibujado: en todos los grupos hawksianos resplandece la personalidad de cada uno de sus integrantes, y aquí parecen conformar una masa homogénea entre la cual nadie se distingue de modo particular. Pero en especial falla lo esencial en esos grupos: el líder que cohesiona al grupo y sirve de ejemplo a todos. Es evidente que el mediocre actor Kenneth Tobey no puede aportar ningún carisma a su personaje —en la versión española todavía, pero es gracias a la personalidad del gran actor que lo dobla, Francisco Sánchez—, y diríase que Hawks lo advierte, de tal modo que acaba reduciendo su papel a la condición de pasmarote que da órdenes rotundas pero obvias. De hecho, las mejores ideas (empezando por el método para enfrentarse al monstruo) las proporciona uno de sus hombres, el encarnado por el actor Dewey Martin —al que Hawks intentó lanzar como «joven promesa» en dos de sus siguientes películas como director, Río de sangre (1952) y Tierra de faraones (1955). Por otra parte, otros dos elementos imprescindibles en el cine hawksiano aquí parecen reducirse a su parodia: un sentido del humor viril y cómplice que no puede ser más ramplón, y un romance entre hombre y mujer situados en plano de igualdad que en esta ocasión da pie a un par de escenas que provocan el rubor. Menos mal que apenas se reincide en ellas.

También desmerece mucho por su coyunturalidad: es un clásico film de la guerra fría (la mítica advertencia final con que concluye —«¡Vigilad los cielos!»— sirve para extraterrestres y para pérfidos comunistas), que desborda un antipático militarismo. Antipático por grosero: los soldados aquí son tipos nobles, simpáticos, valientes y humanos. Los científicos solo saben poner en peligro a la humanidad con su excesiva inclinación hacia lo racional (aquí, de modo burdamente reaccionario, como sinónimo de inhumano, o sea, poco americano), y en el mejor de los casos son como niños pequeños con un juguete nuevo (peligroso, eso sí).

Ahora bien, El enigma… de otro mundo sigue siendo un film estimable, y en mi opinión se debe a sus elementos menos hawksianos, y más propios del género en el que se inscribe. Cierto que la intriga pierde todos sus elementos de horror cósmico (no es desdeñable el traslado de la acción de la Antártida a Alaska, para justificar la presencia del ejército americano), pero con todo hay que reconocerse su importancia para fijar parte de la imaginería visual de este tipo de tramas sobre individuos encerrados en un espacio con una amenaza que los va diezmando, que tiene en la saga Alien su más conocido ejemplar: esa estructura espacial de pasillos que los personajes recorren angustiados sin saber por dónde llegará el siguiente ataque, ese hallazgo del aparato que advierte de la proximidad del monstruo (en este caso, un contador Geiger) y que crea un notable suspense… El presupuesto y los efectos especiales primitivos obligaron a prescindir de la naturaleza multiforme de la cosa, que pasa a ser un monstruo convencional, si bien se nos dice que es de naturaleza vegetal y se vivifica con la sangre). Pese a ello, su diseño no carece de encanto, con su evidente inspiración en la caracterización de Boris Karloff como Frankenstein (un actor altísimo, de más de dos metros, unas protuberancias craneales distintivas) y justo es reconocer que todas y cada una de sus apariciones dan pie a momentos espléndidos, sobre todo el inolvidable ataque que los soldados rechazan convirtiéndolo en una antorcha humana, que sería muy tenido en cuenta por John Carpenter para su propia versión.

El rostro deformado como si fuera plastilina de La CosaLa cosa, como ya he señalado, por mucho que fuera considerado un remake —lo único que comparte con el film de Nyby es el título y un homenaje a una de sus escenas más famosas, el estupendo momento en que los expedicionarios se despliegan por el hielo hasta formar un círculo que delata la forma de la nave enterrada—, es en realidad una adaptación fiel del relato de Campbell, al que devuelve su ambientación en una base científica antártica, sin militares, el carácter imitativo y multiforme de su criatura y la atmósfera de horror cósmico. Teniendo en cuenta la diferencia de longitud entre el relato y el metraje de la película, el guión (gran curiosidad: lo firma un hijo del gran Burt Lancaster, de nombre Bill) desarrolla con mayor extensión la historia. Las principales diferencias estructurales son la reducción del número de investigadores de 37 a una cantidad más manejable, una docena, y la invención (muy afortunada) de un prólogo como es que la amenaza, bajo la forma nada monstruosa de un perro, llega a la base norteamericana perseguida (de modo frenético y sin tiempo para dar explicaciones, lo que les resulta fatal) desde un helicóptero por los miembros de la «cercana» base noruega. Más adelante, los americanos visitarán esa base para descubrirla completamente devastada, con huellas de una terrible lucha, algún cadáver espantoso (un hombre congelado con la garganta y las muñecas abiertas y la sangre colgando congelada como una estalactita, acierto visual de lo más bizarre) y un amasijo informe que no se sabe muy bien qué es (uno de los iconos del film: el cuerpo con la cabeza dividida en dos mitades divididas por un pliegue como de plastilina, con un rictus de locura asesina que bien merece el adjetivo de cósmica).

Ahora bien, el justificadísimo lugar cimero que La cosa ocupa en ese espacio sugestivamente incierto que intersecta el terror y la ciencia-ficción se debe a la formidable atmósfera de hosca e insondable soledad que posee, pura esencia del horror cósmico, insisto. Esa soledad nace, claro, del pavoroso escenario donde se desarrolla la acción —la Antártida en el inicio del invierno polar, con su inmenso manto blanco, sus tormentas de nieve que impiden ver a dos pasos y la conciencia de que nadie puede venir a ayudarnos—, pero también del aura primordial que acaba provocando la odisea en sus personajes centrales. El gran hallazgo dramático es que el terrible temor de aquéllos a perder su identidad (su individuación, esto es, su humanidad), genera, por paradójico que sea, una reclusión de todos en sí mismos, una completa desconfianza en el semejante, una pérdida por tanto de toda empatía, y con ello, de toda humanidad. No en vano, en una de las escenas más recordadas, y en el momento álgido en que todos desconfían de todos, el protagonista dispara sin dudar contra uno de sus compañeros… que luego, al realizarle la prueba de identidad humana que ingenia, resultará que no era en absoluto una de las cosas.

Esta conciencia de abandono, de impotencia ante fuerzas inexorables que además aumentan el pavor por su antigüedad (el hallazgo de la nave revela que lleva más de 100.000 años descansando entre los hielos), emparenta la película, como han dicho muchos antes que yo, con la atmósfera de misterio sagrado que emana del gran relato de H. P. Lovecraft En las montañas de la locura. Ya el relato de Campbell (ambos, además, fueron publicados en la misma revista, si bien el de HPL es un par de años anterior) se bañaba en el aura de este otro —por ejemplo, la descripción del cuerpo congelado del alienígena participa del mismo gusto por lo grotesco que los seres con que se tropezarán los personajes del Abuelo—, pero la película de Carpenter sabe hacer lo propio de modo independiente, y la red de referencias que surge así en direcciones distintas pero complementarias resulta apasionante.

Kurt Russell, espléndido MacReady en La CosaSi en el film de Hawks-Nyby hablaba de la desarmante falta de carisma del protagonista, en La cosa sucede todo lo contrario. Desde el mismo inicio (es el primero de los personajes que aparecen en pantalla), Carpenter otorga a MacReady un evidente peso carismático sobre todos los demás. Bien ayudado por el aplomo del mejor Kurt Russell —el que hizo de este y del Serpiente de 1997: rescate en Nueva York dos personajes inolvidables—, Mac se destaca enseguida por su determinación, por la seguridad de sus acciones, por la decisión con que asume el liderazgo cuando se duda de la humanidad del jefe de la expedición, Garry, desplazando incluso al que se ha propuesto primero («Necesitamos a alguien con un carácter más estable», se justifica).

El tercio inicial de La cosa, para mi gusto insuperable y de lo mejor que ha dado el cine fantástico moderno, no necesita mostrar (todavía) abiertamente la adscripción del film a la monster movie ni lucir (todavía) los estupendo efectos especiales que enseguida exhibirá. Bastan la opresión existencial que provoca ese espacio que, por alucinado contraste, exhibe una blancura y diafanidad completas; la inquietud de los viajes al exterior en busca de respuestas (a la base noruega o al lugar donde los habitantes de ésta encontraron la nave extraterrestre y a su náufrago estelar); la sospecha de la inmediata violentación de la vulgar cotidianeidad con que Carpenter describe tan bien las tareas de los científicos. En especial, perturban todas y cada una de las imágenes del perro, del intruso, moviéndose por la base como si estuviera observando antes que mirando, como si estuviera tanteando el espacio antes de hacer algo, como si una inteligencia superior pareciera guiar todos sus actos: es memorable ese plano en que, asomado a una ventana, espía el regreso de Mac y el doctor desde la base noruega, como adivinando el giro inmediato de los acontecimientos, y a continuación se desliza, silencioso, en una habitación. El encuadre, desde fuera, solo deja observar la sombra de uno de los expedicionarios sobre la pared. Cuánta razón tiene Ángel Sala (en su análisis del film para la colección Cult Movies, en Midons Editorial, 1998), de que el fundido en negro subsiguiente de Carpenter es como un grito ahogado en el silencio.

El torso que se convierte en boca de La CosaPor supuesto, gran parte del impactante horror que despierta el film residirá siempre en los geniales diseños del monstruo multiforme por parte de Rob Bottin. En su momento, una de las grandes críticas que se le hizo al film fue su presunta dependencia de la espectacularidad vacua. Sin embargo, y como bien señala Carlos Aguilar (en el nº doble 14/15 de Nosferatu), el talento de Carpenter y sus colaboradores es la coherencia con que ese despliegue está plenamente justificado «desde una perspectiva dramático-alucinante». El repulsivo espanto (que, al mismo tiempo, y de modo malsano, fascina desde el punto de vista estético) de las creaciones, mutaciones y malformaciones de la «cosa» forman parte indisoluble de ese sentimiento de horror malvado que impregna el film. Y es que, ahora sí, la criatura (por mucho que actúe siguiendo su instinto de pervivencia) despierta una sensación de maldad genuina, suprema, completa, que no puede eludirse, y que en el fondo contagia los actos egoístas y descontrolados de los humanos a quienes quiere absorber. Los enormes dientes en que se transforma el torso de una de las víctimas, amputando las manos del doctor que intentaba hacer reaccionar el corazón de quien creía un compañero; el rostro implacable del biólogo cuando se acerca a Garry y le silencia al tiempo que lo mata mientras sus manos se funden con el rostro de éste; la forma en que los trozos de la «cosa» generan larguísimas patas a modo de espantoso arácnido (con la connotación desagradable que ya poseen de por sí estos seres)… Todos ellos conforman momentos inolvidables, verdaderas cumbres del terror.

Por otra parte, y esto ya es una aportación personal del director Carpenter (ausente del relato), La cosa ostenta un halo de pesimismo que, como puede sospecharse a medida que se va desarrollando la historia, anticipa que la odisea de los protagonistas no puede acabar bien. De modo coherente con el resto de su filmografía (para Carpenter, el género no admite finales felices), la conclusión transmite un desesperado nihilismo, tratado sin embargo de modo admirablemente sobrio. La «cosa» destruye el generador de la base, condenando a los supervivientes a morir tarde o temprano por congelación. Y cuando, al menos, Mac cree haber destruido todo rastro de ella, en el último momento aparece uno de sus compañeros, que ya creíamos olvidado, Childs (Keith David), que alega haberse perdido entre la tormenta. Y allí quedan los dos, a pocas horas para que el incendio de la destruida base se apague y con él la única fuente de calor, con la duda en la mente de Mac (y en la nuestra) acerca de si acaso Childs no es el último avatar adoptado por la «cosa», con lo cual su sacrificio de nada habrá servido, pues el monstruo, como ya hizo durante miles de años, puede esperar unos pocos meses más congelado y despertar con la llegada del equipo de rescate…

Buen afiche de La cosa 2011

Para concluir este comentario, una breve referencia a la última versión de esta historia, estrenada en 2011 con el mismo título de La cosa, filmada esta vez por el holandés Mathijs van Heijningen. La cosa se presenta, siguiendo una moda muy coetánea, como una precuela del título de Carpenter, que cuenta por ello lo que sucede en la famosa base noruega a partir del hallazgo contenido en la nave espacial naufragada en la Antártida, concluyendo justo con el momento en que los tripulantes del helicóptero parten en persecución de la «cosa» bajo la forma del perro. Sin embargo, asimismo bien puede pasar por un remake mimético del film de 1981, ya que, en el fondo, lo que hace es repetir los mismos elementos narrativos y escenográficos e incluso buena parte de las soluciones argumentales. Por tanto, la duda que provoca este innecesario film es si está dirigida a fans acríticos de la primera, dándoles otra cucharada de lo mismo, o bien a aquellos que no han visto el film de Carpenter, aprovechando así los méritos del trabajo de otros. Lo más significativo de esta nueva Cosa es que esta vez su indomable protagonista es una mujer —de físico muy menudo, lo cual hace inverosímiles varias de sus proezas físicas—, tanto por seguir la «corrección» ahora imperante como por arrimarse a la saga Alien, no en vano ese personaje acaba pareciendo un trasunto de la Ripley incansablemente encarnada por Sigourney Weaver. Es más: aun anterior en un año, recuerda considerablemente el último capítulo de esta serie, Prometheus (2012). En cualquier caso, y aun repudiando su falta de personalidad, La cosa 2011 es una película que, como mínimo se deja ver y entretiene sin problemas, sin duda porque había que hacerlo muy mal como para que una historia tan estupenda no siguiera atrayendo.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El enigma… de otro mundo / The Thing from Another World. Año: 1951.

Dirección: Christian Nyby. Guión: Charles Lederer. Fotografía: Russell Harlan. Música: Dimitri Tiomkin. Reparto: Kenneth Tobey (Capitán Hendry), Margaret Sheridan (Nikki), Robert Cornthwaite (Dr. Carrington), James Arness (La cosa). Dur.: 87 min.

Título: La cosa / The Thing. Año: 1982.

Dirección: John Carpenter. Guión: Bill Lancaster. Fotografía: Dean Cundey. Música: Ennio Morricone. Reparto: Kurt Russell (MacReady), Keith David (Childs), Richard Dysart (Dr. Copper), Donald Moffat (Garry). Dur.: 109 min.

Título: La cosa / The Thing. Año: 2011.

Dirección: Mathijs van Heijningen. Guión: Eric Heisserer. Fotografía: Michel Abramowicz. Música: Marco Beltrami. Reparto: Mary Elizabeth Winstead (Kate Lloyd), Ulrich Thomsen (Dr. Halvorson), Joel Edgerton (Sam Carter). Dur.: 103 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Horror cósmico en la Antártida: de ¿Quién hay ahí? a La cosa

  1. Renaissance dijo:

    Determinadas películas acaban con el sambenito de “ser un remake de” en lugar de considerarlas una adapción distinta del libro (u otro formato) original.
    Sin duda me quedo con la versión de Carpenter, donde estaba en plena forma y encadenando películas de horror muy lovecraftiano como también lo fue La niebla. Porque exceptuando el contar con una fuente de autoría reconocida, La cosa siempre me pareció la única versión hasta la fecha de En las montañas de la locura de la que podremos disfrutar.

    • Tienes razón: yo he leído más de una referencia a que la película de 1951 era cine “digno” y el remake “indigno”, primero por osar CORREGIR a Hawks, y luego porque todo era una excusa para los efectos especiales. Carpenter estaba en plena forma, y esta película culmina todo lo que había hecho prácticamente desde su debut: es una pena que a continuación entrara en un bache del que tardaría una década en recuperarse. En cuanto a En las montañas de la locura, no sé si alguna vez llegará por fin la adaptación de este genial relato, pero en efecto queda “La cosa” como lo más cercano a él que se haya hecho nunca. Y con una mejora: Rob Bottin, desde luego, diseña criaturas horrendas mucho mejor que el entrañable Abuelo, del que, para mantener el horror, casi es mejor no imaginarse la criatura que surge de eso que él describe…

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