Recordando a Elliott Gould: La máscara de acero y Testigo silencioso

Elliott Gould, estrella del Hollywood de los 70Debo al gran Carlos Aguilar y su Guía del Cine el haberme puesto sobre la pista de un par de películas tan poco conocidas como atractivas, La máscara de acero (1973) y Testigo silencioso (1978), las cuales me revelaron a un magnífico actor, muy típico de la fascinante y atípica década de los 70 y sobre el que ha caído cierto e injusto olvido: Elliott Gould. Con su característica cabellera rizada y su mirada entre escéptica y socarrona, Gould fue un intérprete muy propio de esa época en que el concepto de galán clásico de Hollywood pasó a mejor vida. Gozó de bastante popularidad en esos años, que aprovechó para hacer todo tipo de papeles (¡incluso al lado de los Teleñecos!), pero de todos ellos mis favoritos son los de esas dos películas citadas. Son dos modestos films de género que, como los buenos films de género, se las arreglan inmejorablemente para exponer sugerentes miradas sobre el ser humano. La máscara de acero cruza los géneros de espionaje y ciencia-ficción para exponer una triste reflexión sobre el concepto de identidad, a partir de la historia de un científico a quien los rusos, tras salvar su vida después de un accidente, lo devuelven al mundo libre embutido en un cuerpo de acero que impide saber si es quien dice ser. Testigo silencioso, no solo mejor que el anterior sino incluso un film espléndido, al tiempo que ofrece un argumento magnífico —el juego al gato y al ratón (de inesperado resultado) entre un sádico asesino y el en principio insignificante cajero de banco que le birla en sus narices el producto de un atraco— elabora un muy malsano juego de espejos entre dos personajes en principio antagónicos pero que quizá no lo sean tanto. Por cierto, que en mi memoria sentimental, ambas ligan a Gould con el excepcional actor de doblaje que le dio su voz (vibrante, enérgica, maravillosa), Rogelio Hernández, que también diera vida en español a actores como Paul Newman, Marlon Brando o Michael Caine.

La revelación de Gould se había producido con una comedia hoy totalmente olvidada, Bob y Carol, Ted y Alice (1969), del no menos olvidado Paul Mazursky, en un papel que le valió su única nominación al Oscar (en el apartado de mejor actor secundario). Pero fue Robert Altman quien lo lanzó al estrellato, con su famosa película MASH (1970), llamándolo luego dos veces más, una de ellas para un film relevante en su día por abordar (desde el clásico punto de vista desmitificador de la época, mira qué gracia) al inolvidable detective Philip Marlowe: Un largo adiós (1973). El tirón conseguido esos años le valió incluso una colaboración con Ingmar Bergman para su único film americano, La carcoma (1971), donde compartió reparto nada menos que con los geniales Max Von Sydow y Bibi Andersson.

En fin, con la llegada de los años 80, la carrera de Gould fue perdiendo peso estelar, pasando a la televisión o a películas de muy escaso fuste. Aun así, ocasionales personajes secundarios, en ambos medios (por ejemplo, el padre de los hermanos Geller en Friends), volvieron a familiarizarnos con su rostro. Para mí, por ejemplo, resulta magnífica su interpretación en American History X (1998), en el papel del profesor judío que asiste, con perpleja impotencia, al arrebato racista del protagonista con cuya madre acaba de entablar una relación sentimental. Gould, precisamente, pertenece a una familia de judíos ucranianos y responde al molde clásico del antisemitismo: un apellido prototípico (el verdadero es Goldstein) y unos rasgos de manual (pelo rizado y nariz prominente, esa misma que el furioso Derek Vinyard/Edward Norton le dice que le va a arrancar y meter por el culo). El plano de Gould, superado totalmente ante el horror del racismo desaforado, en el porche de los Vinyard (donde tremola una enorme bandera estadounidense), es para mí el mejor momento, incluso inolvidable, de esta película tan brillante como equivocada.

La máscara de acero (1973, Jack Gold)

Cartel italiano de La máscara de aceroPaso ya a las dos películas en las que me quiero detener. La máscara de acero comienza cuando un importante científico occidental, el profesor Lucas Martino, tiene un terrible accidente de tráfico justo en la frontera del Telón de Acero, cayendo en el lado comunista, donde es atendido. Tiempo después, es devuelto al mundo libre pero sometido a una increíble transformación: con sus rasgos físicos literalmente embutidos en un cuerpo de acero, prodigio de la cirugía soviética, que así pudo salvarlo de la gravedad de las heridas recibidas. El problema es que ahora resulta imposible determinar si es quien dice ser. Antes de devolverlo a su trabajo en el importante programa espacial que dirigía, es urgente establecer con claridad que es el profesor Martino y no un impostor colado por la KGB: un implacable agente del FBI, Sean Rogers (Gould), es encargado de dicha misión.

La máscara de acero se beneficia, de entrada, de su adscripción a un magnífico género entonces en boga: ese cine de espionaje desencadenado en el momento (desde la resolución de la crisis cubana a principios de los 60) en que la guerra fría parecía haber descartado el tono de confrontación inminente que había desprendido la década previa, estancándose en un estado de aparente baja intensidad, enredada en un turbio médano de intrigas, maquinaciones y entrega de secretos de importancia final muy relativa. Un género que gira en torno a la deshumanización del hombre en medio de esas rivalidades supuestamente sublimes entre dos sistemas ideológicos cada uno de los cuales se considera el modelo redentor de la humanidad, y que dio películas tan excelentes como El espía que surgió del frío (1965), La carta del Kremlin (1970) o Scorpio (1973).

Dentro de esas coordenadas, el título que nos ocupa se plantea como un film-problema, un thriller que gira en torno a la resolución de un enigma, de uno solo pero fundamental. Para ello, el guión adopta una doble estructura argumental expresada bajo la forma de la narración paralela. Por un lado, la trama en tiempo presente gira en torno a la confrontación entre Rogers y Martino, con el agente del FBI como implacable inquisidor, incapaz de creer que ese «hombre de acero» sea el auténtico científico: ¿por qué iban a los rusos a devolver a un científico de su talla, pudiendo evitarlo… o engañarles? Por otro, la situada en el pasado muestra lo que sucedió al otro lado del Telón de Acero: el cerco a que Martino es sometido por el astuto coronel Azarin (el gran Trevor Howard), el jefe del espionaje de la Unión Soviética. De hecho, la película se esfuerza en presentar a los dos interrogadores, el del mundo totalitario y el del mundo libre, como caras de una misma moneda, de los cuales es víctima inocente ese científico que irá descubriendo que no solo puede haber perdido la posibilidad de regresar a su trabajo (a lo único que le importa en el mundo: el escrutinio de su vida por Rogers y Azarin revelará que carece de vida privada o amigos) sino incluso su identidad. Pues el objeto de la doble estructura es ir creando en el espectador la duda acerca de si Rogers tiene razón y los soviéticos, al no poder convencer a Martino de que se pasara a su bando, han creado un doble que ha memorizado todos los datos de su vida.

El doctor Martino, con su máscara de acero, y su interrogador, Trevor HowardLos mejores agentes de ambos bandos asedian y acosan a Martino con el mismo objetivo: doblegar su resistencia y obligarlo a someterse a sus expectativas, aun cuando éstas sean diferentes. Bajo esta pretensión, es inteligente que el guión simultanee ambas narraciones haciendo que se mezclen. Tanto Rogers como Azarin obligan a Martino a registrar su pasado en busca del más nimio detalle: el primero para tratar de hallar en él el dato que confirme o desmienta de modo definitivo su identidad; el segundo para reconstruir del modo más completo posible su biografía, pues pronto queda claro que lo que pretende es enviar a Occidente a un impostor —es decir, justo lo que Rogers sospecha— que pueda pasarse por el científico e integrarse de nuevo en el Proyecto Neptuno, ahora a su servicio. Así, un flash-back iniciado a instancias de Rogers nos devuelve de pronto al territorio soviético donde Azarin estaba escuchando de Martino justo el mismo relato. Es un recurso bastante atractivo y de indudable fortuna dramática, que patentiza que Martino difícilmente puede aspirar a recuperar su identidad, su condición humana, en suma, ante la implacable presión de esos individuos a los que ya no interesa como ser concreto sino como un símbolo cada vez más abstracto, más deshumanizado.

El título original de La máscara de acero —poco creativo, e incluso confuso, el rebautizo español— es ¿Quién?, pues el film se basa en una novela de 1958 publicada por un olvidado escritor de ciencia-ficción, el lituano-norteamericano Algis Budrys. Ese pronombre interrogativo da idea de que en la novela tiene mayor relevancia la reflexión existencial que la intriga de espionaje, y es que, advierto, al comparar ambas obras se reconoce que lo mejor de la película ya se encuentra en el libro, que es el que establece las coordenadas del drama existencial en torno a la dificultad de determinar qué es lo que conforma realmente la esencia de nuestro ser. No en vano, Budrys fue un autor característico del género en la segunda mitad del siglo XX, un hombre preocupado no por lejanas galaxias ni héroes del espacio sino por una ciencia-ficción con los pies bien aferrados a la Tierra, que utilizaba sus premisas fantásticas para mejor hablar del mundo que le rodeaba, en la tradición de un John Wyndham o un Fredric Brown.

Edición española de Quién, la novela de Algis BudrysLa narrativa de Budrys, directa y sin florituras, con un toque de sequedad muy agradecido, resulta ciertamente eficaz para ir construyendo, lenta pero minuciosamente, la dolorosa angustia emocional que afecta a ese hombre consciente de haber perdido la apariencia de humanidad. ¿Tanto dependemos de nuestra envoltura exterior? La máscara de acero plantea una reflexión acerca de dónde reside nuestra verdadera identidad: ¿en el interior, como cacarean los tópicos del humanismo más edulcorado? ¿En nuestra envoltura exterior, esa que nos gusta creer que no nos condiciona pero que, a la hora de verdad es la carta de presentación que nos distingue frente al resto de los seres humanos?

Aun lastrada por evidentes defectos —la pobreza de sus medios: la caracterización «acerada» de Martino es más bien risible, como se puede ver en las fotografías que incluyo; una realización muy pobre, que da a la película la apariencia de un telefilm; cierta falta de vigor en el relato—, La máscara de acero es una película muy estimable, cuyo aroma de desengañada tristeza (bien expresada, aunque no sé si de modo involuntario, por el feísmo visual de sus imágenes) provoca una evidente adhesión emocional en el espectador, quien acaba sintiendo una notable compasión por esa figura zarandeada que, embutida en su apariencia plateada (nunca veremos el rostro del actor Edward Bova), no solo siente una completa incertidumbre ante lo que va a ser de él, sino que, obligado a evocar su vida pasada desde el presente por los dos interrogadores, advierte que fue entonces cuando puso la semilla de la deshumanización posterior: que quizá ahora, cuando menos hombre parece, es cuando por fin está alcanzando el estadio de la humanidad. [–spoiler hasta el final del párrafo–] Y es que Martino descubrirá la triste verdad de que el dolor nos hace humanos. En el inolvidable final de la película, cuando el agente Rogers acude a verlo en su retiro en la granja donde se crió, en la cual lleva varios meses dedicado únicamente al cultivo de la tierra, para decirle que por fin han llegado a la conclusión de que es quien dice ser y le permiten volver a su puesto, éste se niega a hacerlo. Al preguntarle el desconcertado Rogers qué debe decirles a sus superiores, aquél contesta: «Dígales que nunca más seré Lucas Martino».

Testigo silencioso (1978, Daryl Duke)

Poster original de Testigo silenciosoTestigo silencioso es otro film igualmente modesto. Ni siquiera tiene nacionalidad norteamericana sino canadiense (está ambientado en Toronto), si bien parece la clásica producción puesta en marcha por Hollywood en un territorio donde los gastos de rodaje son más baratos con el reclamo de algún nombre conocido (en este caso, claramente el mismo Gould) sin más objeto que el de completar cartelera. Los nombres que acompañan al protagonista son los de dos actores que una década atrás habían rozado el estrellato, la actriz inglesa Susannah York y el partenaire de Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas, Christopher Plummer, que además es canadiense. Junto a ellos, nombres entonces desconocidos pero que luego ganarían relevancia: el guión (basado en una novela que no conozco) es de Curtis Hanson, futuro director de nada menos que L. A. Confidential (1999) y los productores son Andrew Vajna y Mario Kassar, responsables futuros de la franquicia Terminator. En cuanto al director, el también canadiense Daryl Duke, su trabajo lo hizo ante todo para televisión: el más importante (o así), la dirección de la en su día muy célebre, y melosa, El pájaro espino (1983).

Importantes sus responsables o no entonces, más tarde o nunca, Testigo silencioso es un magnífico trabajo en equipo, que parte de un motor argumental francamente ingenioso, incluso genial: el cajero de una institución bancaria enclavada en un centro comercial de Toronto anticipa que un individuo disfrazado de Papá Noel va a cometer un atraco, por lo que sustrae previamente una gran cantidad de dinero y después se las arregla para que parezca que, en efecto, han sido objeto de un robo por parte de aquél, que pudo escapar; el frustrado ladrón, que ha conseguido escapar, es, claro, el único que sabe la verdad y empieza un acecho mortal sobre el protagonista, quien descubrirá pronto que aquél es un sádico muy violento.

Si múltiples films de intriga parten de un motor argumental sugestivo pero luego no consiguen sostener un desarrollo a su altura, eso no ocurre con Testigo silencioso, cuya trama no conoce un solo bache de interés, y que incluso ofrece mucho más de lo que podía esperarse: el espectador se encuentra con que lo que importa en este film no es meramente la cuestión de si Miles Cullen conseguirá salir con bien de su enfrentamiento con el psicopático Reikle, y si además conseguirá quedarse con el dinero. Y es que Cullen y Reikle son dos personajes que interesan tanto o más que las circunstancias que los unen, gracias a su buen dibujo y a las magníficas interpretaciones de los dos actores que los encarnan, Gould y Plummer, embarcados en un duelo verdaderamente memorable.

Cullen y Reikle, frente a frenteTestigo silencioso desgrana, en primer lugar, una bonita reflexión acerca de lo poco que conocemos a las personas que nos rodean, e incluso a nosotros mismos. Al principio de la historia, Cullen es presentado como un hombre solitario, con aficiones solitarias (resolver problemas de ajedrez, coleccionar peces raros) y que, consiguientemente, vive solo en un pequeño pero bien ordenado apartamento, sin más relaciones que las profesionales o la visita periódica a su padre, que está recluido en una residencia de ancianos, ya sin contacto con el mundo (y en lo que, quizá, ve un reflejo de su propio futuro). La opinión general que se tiene sobre él la ejemplifica, de modo poco delicado, su compañera Julie, quien dice de él que «es como una caja con poco efectivo».

Julie es, claramente, objeto del interés romántico de su compañero de trabajo, quien sin embargo tiene que tragarse que la muchacha no solo tiene una aventura con el jefe de ambos (un hombre casado), sino ser utilizado como hombre-carabina cuando les conviene. El primer elemento que llamará la atención sobre Miles (por parte de sus compañeros, de los clientes y de la misma Julie) es por algo tan superficial como haberse convertido, por unas breves horas, en objeto de la atención mediática: no por su actitud durante el atraco —la policía sí advierte que pudo hacer más: dio muy tarde la alarma, aunque todos toman por miedo lo que fue intencionado—, sino por el efecto que produjo al salir en televisión, por su «fotogenia». La muy antipática Julie (aunque convengo en que, en parte, esta antipatía procede también de la que me inspira la actriz que le da vida, la siempre sosilla Susannah York) de pronto se siente atraída y mira, por primera vez, lo que había dentro de la caja, sorprendiéndose de encontrar a un hombre atractivo e incluso complejo. «¿Te conoce alguien realmente, Miles?», le llegará a preguntar.

Tal vez, el mejor papel de Christopher Plummer en el cinePues en efecto, Miles Cullen va a resultar un hombre de una complejidad y, sobre todo, unos recursos con los que nadie contaba, ni siquiera él mismo. Y la persona que va a actuar como revulsivo para sacarlos a la luz va a ser ese tipo disfrazado de Papá Noel que, al descubrir en las noticias la cuantía de un botín que él sabe que no se ha llevado, decidirá, por supuesto, que ese cajero no se va a burlar de él así como así. Reikle —un Plummer genial, en un registro sorprendente— es un delincuente con tendencias sádicas: esa noche paga el enfado por su fracaso (y sobre todo, por haber sido engañado por Cullen) matando a golpes a una prostituta. Plummer, de hecho, baña a su Reikle de un halo de sexualidad malsana y obsesiva: a Elaine, la muchacha también de vida alegre a la que envía para enredar a Cullen y averiguar lo que pueda, le preguntará si es buen amante y si es mejor que él. «Nadie es como tú», le responde ella, y la respuesta, una vez más, se baña en ambigüedad acerca de su alcance exacto. Un detalle francamente morboso (y del que no se hará nunca mención expresa) es que las uñas de Reikle son evidentemente postizas, y afiladas: sugieren una inclinación hacia las perversiones más violentas, de las cuales será el espectador quien tenga constancia cuando Cullen descubre sobre la piel desnuda de Elaine las marcas de profundos arañazos que se han convertido en cicatrices. El mismo rostro de Reikle aparece siempre con las pestañas perfiladas con rimel y en su aparición final, cuando acude de nuevo al banco de Cullen para recoger el dinero que, supuestamente, éste se ha avenido a entregarle, el disfraz que elige ahora ya lo traviste por completo: una mujer de elegante atractivo.

El gran acierto dramático de Testigo silencioso, claro, descansa sobre la magnífica confrontación, tanto física como metafísica, que se desarrolla entre ese empleado introvertido y ese asesino absoluto, en cuyo curso éste, incluso, acabará reconociendo, admirado, los increíbles recursos que manifiesta el tipo que él creía inicialmente un alfeñique con suerte: el modo en que lo envía a pasar un tiempo a la cárcel, acusado del robo de un vehículo que el mismo Cullen se ha atrevido a cometer, la forma en que se deshace sin dejar rastro del cadáver que le ha dejado en su mismo apartamento, con la cabeza desgajada y metida en la pecera…

[Quien no conozca el final de esta espléndida película debe dejar de leer aquí]

Genial Christopher Plummer como el sádico ReikleDe hecho, si Reikle acaba perdiendo —incluida la vida, en la trampa mortal a que Cullen lo atrae en el mismo centro comercial donde todo empezó— es por no superar la extraña fascinación que le despierta ese individuo: seguramente, con otro habría empleado desde el primer momento su método más sangriento y directo. Reikle intuye en Cullen un doble, que en su caso será «oscuro» en cuanto que supondrá su perdición: es estupenda la idea visual de que, en la rueda de sospechosos después de la detención, el asesino parezca estar mirando al banquero a través del cristal, aunque no sea posible. En fin, Testigo silencioso, desde la dignidad del cine de género sin aparentes pretensiones, constituye un film espléndido, de ritmo sin desmayo y muy bien dirigido por el desconocido Daryl Duke, como prueban la estupendas secuencias que abren y cierra el film en el centro comercial o el buen tratamiento que se confiere a los distintos escenarios del film (del banco al apartamento del protagonista). Y tanto aquí como en La máscara de acero, Elliott Gould ofrece el mismo despliegue de tenso aplomo, de enérgica contención que al mismo tiempo desprende una formidable personalidad. Y ahí es donde Gould demuestra que los buenos actores, clásicos o modernos, son aquellos que obligan a mirarlos, a atender el menor de sus gestos, porque tienen la capacidad de convencernos de que, en ese momento, no existe otro intérprete capaz de hacer mejor ese papel.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: La máscara de acero / Who?. Año: 1973.

Dirección: Jack Gold. Guión: John Gould; novela ¿Quién?, de Algis Budrys. Fotografía: Petrus R. Schlömp. Música: John Cameron. Reparto: Elliott Gould (Sean Rogers), Trevor Howard (Azarin), Joseph Bova (Lucas Martino). Dur.: 93 min.

Título: Testigo silencioso / The Silent Partner. Año: 1978.

Dirección: Daryl Duke. Guión: Curtis Hanson; novela Think of a Number, de Anders Bodelsen. Fotografía: Billy Williams. Música: Oscar Peterson. Reparto: Elliott Gould (Miles Cullen), Christopher Plummer (Reikle), Susannah York (Julie), Céline Lomez (Elaine). Dur.: 106 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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