Recorrido por los capítulos de Las Ciudades Oscuras (II)

I     II     III

Estupenda viñeta capitular de La frontera invisibleA la altura de 1996, a catorce años del arranque de su serie, es evidente que Schuiten y Peeters son bien conscientes de haber inventado un universo de una notable complejidad interior, cuyos márgenes escapan de las meras viñetas de los cuatro tebeos consagrados a él hasta ese momento. Intercaladas entre la realización de las distintas historias, el dúo va entregando a la imprenta toda una serie de obras aledañas que exploran distintos aspectos de ese mundo y sus ciudades. La primera fue Le mystere d’Urbicande, un presunto opúsculo publicado 50 años después de los acontecimientos descritos en este álbum en el cual un científico expone sus teorías sobre el episodio de la Red de Robik. A partir de ahí, llegan en cascada muchas otras, progresivamente complejas, pero siempre combinando textos de Peeters con ilustraciones de Schuiten. Quizá el más notable —con toda la prevención del mundo, creo que es aquí donde el dúo crea por primera vez el término «Ciudades Oscuras»— sea El archivista, publicado en 1987 pero corregido y ampliado considerablemente en 2000. Como ya señalé en la primera entrada de este conjunto dedicado a la serie, esta obra relata cómo, en «nuestro» mundo, Isidore Louis, responsable de investigación del Instituto Central de los Archivos, descubre en la Subsección de Mitos y Leyendas toda una serie de imágenes y documentos que revelan la existencia de un mundo paralelo llamado de Las Ciudades Oscuras. El catálogo de ciudades y los acontecimientos que desgrana en torno a cada uno de ellas, la enorme cantidad de sugerencias que contienen (por ejemplo, el juego sobre el concepto de universos paralelos, que proseguirá en los siguientes tebeos de las serie) y el preciosismo de las ilustraciones de Schuiten, convierten El archivista en una obra sin duda memorable.

La mayor parte de estos títulos son poco conocidos en nuestro país (en su mayoría no han sido editados siquiera), pero no deben ser menospreciados. Es evidente que para ellos, el esfuerzo de creación ha sido tan considerable en unos casos como en otros, y resulta absurdo pensar en estas otras como «obras menores». De hecho, espero en el futuro poder también dedicarles un comentario: será la señal de que su edición se ha normalizado. Y es que, a la vista de lo que Internet nos deja ver, el conjunto resultante, repito, constituye un fresco creativo absolutamente deslumbrante.

La chica inclinada (1996)

La chica inclinadaCon la publicación de este álbum cabe hablar de un punto de inflexión. Si los cuatro títulos previos eran independientes cada uno de los otros, a partir de aquí el dúo creador, actuando ya como conscientes demiurgos de su mundo, comienzan a trabajar el concepto de serialidad, dejando bien claro que hay una relación entre todas las Ciudades Oscuras, de tal modo que los habitantes de unas pueden muy bien saltar a las otras. El nexo de unión aquí es el filantrópico profesor Wappendorf, que había aparecido en Brüsel. Por otra parte, el planteamiento de la historia presenta también diferencias: en esta ocasión, no gira en torno a las características o rasgos particulares de una ciudad, sino de una persona, la chica inclinada del título. Schuiten y Peeters, por tanto, comienzan a otorgar relieve al elemento humano de su mundo: por supuesto, las peculiaridades del paisaje urbano seguirán siendo importantes, pero ahora pasan a un segundo plano en beneficio de los urbanitas.

Los autores bifurcan la trama en dos direcciones, en dos universos. En el de las Ciudades Oscuras, una niña, Mary Von Rathen, hija de un rico industrial, después de un paseo en montaña rusa (sin que pueda afirmarse que haya relación), se convierte en la chica inclinada del título: se ve incapaz de mantener la verticalidad, encontrando su punto de equilibrio en un grado de inclinación que irrita a cuantos la rodean, pues consideran que es una excentricidad que se pasa de la raya de su caprichosa personalidad. En el nuestro (y en el año concreto de 1898), un maduro pintor, Augustin Desombres, herido ante la incomprensión con que piensa que es recibido su arte, marcha a un paraje perdido en el interior de Francia, en la región de Aubrac, y allí se ve irresistiblemente fascinado por una vieja y abandonada mansión, completamente vacía por dentro, que adquiere y en donde empieza a pintar en sus paredes unos dibujos completamente insólitos que recrean un extraño mundo formado por esferas. Por supuesto, acaba produciéndose la confluencia de mundos —y aquí entra en acción la figura del profesor Wappendorf, a través del cual los autores realizan un homenaje/recreación del clásico De la Tierra a la luna, de Julio Verne—, pues Mary y él viajan hasta el lugar creado (o re-creado) por Desombres, donde el pintor y la muchacha viven una intensa pero efímera relación y ella, al regresar, recupera la verticalidad.

Por desgracia, y pese al interés teórico de todo lo reseñado, La chica inclinada revela una contraproducente inconcreción. Leyendo sus páginas, no se acaba de tener claro lo que pretenden narrar sus autores: una fábula (fácil) sobre el concepto de diferencia, una nueva prospección en el mundo de las Ciudades Oscuras, un relato de ciencia-ficción abstracta, una reflexión sobre la soledad y el acto de creación…. La chica inclinada supone una desequilibrada reunión de los temas que las previas historias de la serie habían ido desarrollado, que en ningún momento consigue dotar del interés necesario a su trama central, la que le da título (es curioso, que el personaje de Mary se «resarciría» en su reincorporación a la serie, en La teoría del grano de arena). Esa peripecia carece del grado de misterio necesario como para implicar al lector en su resolución: la razón de su inclinación es un enigma que desinteresa muy pronto.

Fundamentalmente, falla lo que en las previas historias otorgaba su relevancia a las tramas: la atmósfera. De hecho, lo mejor de este tebeo se encuentra en las páginas donde sí brilla un esfuerzo de atmósfera: en las apariciones del pintor. De acuerdo con ese juego de diferenciar texturas que ya habían ensayado antes, Schuiten y Peeters recurren a fotografías reales (obra de Marie-François Plissart) para ilustrar las andanzas de Desombres en el desolado rincón francés al que ha ido a parar. En particular, el individuo elegido para darle vida posee una expresión de infinito pesar existencial que basta para dotar de personalidad al personaje. Es una lástima que el esperado encuentro entre el pintor y Mary se desarrolle de modo tan precipitado como torpe, innecesario incluso además por cuanto su conclusión resulta tan abrupta como gratuita, de tal modo que acaba pareciendo una parodia de las previas relaciones entre hombre maduro y chica joven de los previos álbumes.

La chica inclinada, pese a todo, se lee con agrado, puesto que su estética visual en blanco y negro —que sería abandonada por el color en los siguientes y peores títulos del ciclo— todavía mantiene ese aroma de misterio sugestivo provocado por la atractiva hibridación de épocas y estilos. Es una pena que la historia central no consiga seducir como lo hacían las otras propuestas de la serie: el misterio de la inclinación de Mary no termina de interesar ni en sí mismo ni como alegoría o símbolo de lo que fuere. En el fondo, es una aventura que se lee con cierta indiferencia, y cuya conclusión, al contrario de lo que estábamos acostumbrados, resulta terriblemente decepcionante.

La sombra de un hombre (1998)

La sombra de un hombreLos dos siguientes títulos confirman la desigualdad del anterior e incluso están a punto de terminar con la serie. El peor, sin duda, e incluso un cómic francamente mediocre, es La sombra de un hombre, del que no hay prácticamente nada que se pueda rescatar. Es más, señalo que si alguien tiene la mala suerte de iniciarse en la serie por este título, raro será que quiera reincidir en algún otro. En principio, la historia repite el planteamiento de la anterior: de modo completamente inexplicado, un individuo se ve afectado por un extraño fenómeno (en este caso, que su sombra adquiere color), sufriendo progresivamente el rechazo de las personas de su entorno íntimo hasta que rompe con su vida cotidiana. El protagonista es un hombre completamente anodino —como bien simboliza su oficio: es agente de seguros— que vive una vida apaciblemente burguesa e incluso acaba de casarse con una muchacha de gran belleza. Vida que se ve tirada por la borda desde el momento en que sufre su desgracia, la cual lo va convirtiendo en un paria que huye del contacto con sus semejantes.

La atonía marca por completo La sombra de un hombre, empezando por su condición de vacua repetición. En todo caso, habría tenido sentido como precedente de La chica invisible y no al revés, por cuanto ese carácter de fábula sobre la Diferencia que comparten era mucho más complejo en el precedente. Por ejemplo, Albert Chamisso, el protagonista, acaba encontrando la aceptación e incluso la realización personal al entrar en contacto con el mundo heterodoxo por antonomasia, el mundo del espectáculo. Justo como le sucedía a la chica inclinada, solo que para ella su estancia circense era solo un paso hacia su definitiva reconciliación personal.

La historia tiene como escenario una nueva Ciudad Oscura, llamada Blossfeldstad, la cual, de modo significativo, carece de cualquier particularidad especial salvo el hecho de haber tenido antes otro tiempo, Brentano, circunstancia que nada aporta a la trama ni al retrato urbano. Es una ciudad de altos edificios, por cuyas alturas se desplazan sus habitantes en vehículos aéreos, idea que, a esas alturas, ya había sido sobradamente mostrada en otros cómics de la escuela Métal Hurlant y que el cine había hecho familiar a los espectadores, desde Blade Runner (1982) a El quinto elemento (1997), esa olvidada superproducción que levantara en Hollywood el cineasta francés Luc Besson. En cuanto al diseño visual de la urbe, Schuiten y Peeters regresan al modelo del art-nouveau, con su gusto por las fachadas curvilíneas y la ornamentación por medio de molduras y salientes de todo tipo. La presentación gráfica sí introduce una novedad, pero que no resulta especialmente memorable: los fondos urbanos ante los cuales se pasean los personajes están coloreados directamente sobre el dibujo a lápiz, sin entintado, intentando otogarles así un aire onírico que, en mi opinión, no se consigue en absoluto.

En su completa indefinición, pocas cosas pueden destacarse del cómic. En todo caso, que mantiene la serialidad con los anteriores al hacer aparecer, por tercera vez consecutiva, al profesor Wappendorf en un rol secundario. Y que hace gala de una sobrecarga de referencias artísticas y literarias que en este caso parecen incluidas por un prurito cultista que aquí resulta más bien fastidioso. Así, el nombre del protagonista es una obvia variante de Adalbert von Chamisso, el escritor romántico alemán autor de La maravillosa historia de Peter Schlemihl, precisamente la historia de un hombre que vende su sombra al diablo. La empresa donde trabaja se llama Assicurazioni Generali, nombre que enseguida asociamos al inevitable Kafka puesto que el escritor praguense trabajó en una aseguradora del mismo nombre durante un año. El edificio que aparece como sede de la empresa es una obvia variante del famoso diseño de la Torre de Babel de la película Metrópolis (1925), de Fritz Lang, uno de los iconos más famosos de este film. Si en La chica inclinada aparecía Julio Verne, aquí interviene uno de sus personajes más célebres y entrañables, Michel Ardan, pero despojado de toda cualidad entrañable.

En fin, cabe señalar que sus autores parece que reconocieron los pésimos resultados, realizando notables modificaciones en la nueva edición de 2009. Que yo sepa, esta versión sigue inédita en nuestro país, por lo que no puedo comentarla, pero parece ser que realiza los siguientes cambios: eliminación de 5 páginas y añadido de 8 nuevas; el protagonista pasa a convertirse ahora en el narrador de su propia historia; diversas viñetas han sido retocadas y, por último, el final está reelaborado. Habrá que estar atento a su publicación.

La frontera invisible (2002)

La frontera invisibleAl contrario que las dos previas aventuras, La frontera invisible vuelve a proponer un punto de partida de notable interés y que, además, dentro del conjunto de Las Ciudades Oscuras, permitía seguir añadiendo elementos y desarrollando las ideas sobre ese misterioso mundo. La acción esta vez se sale del marco urbano para concentrarse, ante todo, en un enorme y solitario edificio con forma de enorme domo, que está situado en mitad de la nada y que es la sede del Centro de Cartografía, lugar a donde llega el joven protagonista, Roland de Cremer, para ocupar un puesto. El gran tema de La frontera invisible, así pues, ya no es el de la forma de la ciudad, sino el de la forma del espacio y su posible manipulación en manos de la política. Los urbatectos, los planificadores urbanos, los mantenedores de ciudades y los constructores de grandes urbes dejan paso a los creadores de mapas, a los modestos reproductores a escala de la naturaleza del mundo.

La gigantesca y un tanto devastada cúpula donde tiene su sede el Centro de Cartografía constituye un espacio considerablemente sugestivo, un mundo con sus propias leyes, que evoca La torre. Así, se alza en un paraje inconcreto —el viaje que realiza Roland al principio de la historia parece recorrer vastas distancias—, está medio abandonado y para recorrer sus vastas superficies se emplea un sistema de velocípedos que circulan por raíles colgantes del techo.

Pese a tan seductor escenario y a las sugerentes connotaciones proporcionadas por el recurso a la cartografía —con sus consiguientes reflexiones sobre la imposible reproducción literal de la realidad, o la manipulación política a que se presta esta ciencia—, La frontera invisible no convence. En primer lugar, mientras se lee, se tiene la sensación de que la historia no termina de arrancar nunca, que una vez situado a su personaje protagonista en el escenario central, Peeters y Schuiten no tienen muy claro qué hacer con él. De hecho, la historia funciona mejor mientras se describe el espacio que cuando se narran las peripecias de sus habitantes, las cuales acaban resultando francamente pobres y, sobre todo, indefinidas. Así, la historia va dando bandazos: el relato de iniciación, al estilo de Las murallas de Samaris, con un joven protagonista siendo poco a poco alienado por un espacio cuyas leyes no termina de comprender; la intriga política; el thriller abstracto tan caro a sus autores, a partir del hallazgo, en las nalgas de una joven prostituta del Centro, de un misterioso mapa que parece contener una incierta clave… Su parte final, que podía haber sido francamente sugestiva, va convirtiendo a Roland, poco a poco, en un alucinado que huye del Centro con la muchacha (convenciéndose a sí mismo de que así la protege de quienes quieran asesinarla para enterrar con ella su «secreto») y es perseguido por el dictador del país, el mariscal Radisic. Pero, a esas alturas, la ausencia de interés del protagonista y de su odisea impide que ese giro argumental posea la cualidad fantasmagórica que reclamaba, por mucho que el final resulte un acierto: capturados los dos fugitivos, el mariscal, al contemplar con sus propios ojos el «secreto», decide con irritación que es una franca estupidez y vuelve completamente trivial la odisea de Roland, que acaba abandonado y despreciado por todos, incluida la chica.

La frontera invisible, desde luego, mejora mucho la impresión dejada por La sombra de un hombre, sobre todo en el espacio gráfico. Toda la aventura está marcada por un suave preciosismo que complace notablemente, destacando sobre todo las magníficas viñetas a toda página que abren cada capítulo y en las cuales Schuiten juega con las formas, los trampantojos y la sensualización del paisaje mientras anticipa algún momento de la trama que se va a desarrollar en las páginas subsiguientes. Del mismo modo, el tratamiento del color es mucho mejor, con un predominio de los tonos rojizos y anaranjados que proporcionan un aroma crepuscular muy coherente con el desarrollo de la trama. No es suficiente para dotar a la historia de la debida densidad, pero al menos permite que su lectura sea grata.

La teoría del grano de arena (2007)

La teoría del grano de arenaLa última entrega de Las Ciudades Oscuras deja el buen sabor de constituir la obra maestra de la serie y un cómic, además, delicioso y de una desarmante simpatía. Esto último, una característica hasta ahora ausente del ciclo, se debe a que Schuiten y Peeters consiguen trabar una red de afectuosas conexiones entre sus creaciones y el mismo espectador, que en buena medida deriva de la familiaridad que éste siente ya ante todos y cada uno de sus elementos. En buena medida, esto se debe a que tanto su escenario como sus personajes principales son viejos conocidos: el primero es la ciudad de Brüsel y los segundos, Constant Abeels, el protagonista precisamente del álbum homónimo, y Mary von Rathen, ídem de La chica inclinada. Y todo ello para someterlos a una peripecia que recupera, de los primeros títulos de la serie, su magnífico espíritu de la ciencia-ficción abstracta pero muy bien trabado con ese nuevo matiz «humano» (ahora ya plenamente logrado) de los desiguales tebeos previos. El resultado es encantador: una obra que se lee con fascinado placer y entrañable complicidad, que denota el cariño que intuimos en sus dos creadores hacia unas creaciones con las que, no en vano, llevaban conviviendo, a esas alturas, por espacio de 25 años.

Brüsel, año 784. La última vez que nos paseamos por sus calles dejamos la ciudad en un muy precario estado, sometida a una inundación de consecuencias imprevisibles. Han pasado 25 años y la urbe se ha recuperado, ha conseguido superar las contradicciones provocadas por los megalómanos planes de sus urbanistas y vive una existencia plácida y sin problemas. ¿Sin problemas? En el mismo centro de la ciudad comienza a tener lugar una serie de pequeños sucesos, que inicialmente parecen triviales pero que no tardan en multiplicar sus efectos y consecuencias, hasta amenazar con sumir de nuevo la ciudad en el caos. En una casa (la de Constant), comienzan a aparecer piedras que, sea cual sea su tamaño, siempre pesan exactamente 6.793 gramos. En otra, la invasión es de arena, en cantidades cada vez mayores hasta acabar desbordando la capacidad de la dueña para arrojarla de la casa, con lo que se escapa por las ventanas e inunda las calles aledañas. El orondo dueño de un restaurante, Maurice, empieza a perder peso hasta que acaba flotando el aire, como si la gravedad lo fuera rechazando poco a poco. Son los primeros acontecimientos singulares, y los que centrarán la atención de la historia, pero no los únicos: de acuerdo con esa teoría del grano de arena a la que hace referencia el título, esta serie de acontecimientos «pequeños» comienza a propagarse a lo largo de toda la ciudad. El burgomaestre, ante lo extraño de esos hechos, llama a una especialista, una «coleccionista de fenómenos sin explicación». Y ésta resultará no ser otra que Mary von Rathen, la chica inclinada.

La clave del enigma —los autores, si bien juegan con su característica atmósfera de misterio inexplicable, esta vez terminan aclarando todos los puntos en cuestión— se halla en la llegada a Brüsel de un forastero proveniente de las exóticas tierras periféricas de ese mundo, un bugti (cuyo aspecto, turbante y luengas barbas incluidas, parece el de un habitante de las estepas asiáticas), que porta un extraño talismán con la vaga forma de una esfera armilar, el nawaby, cuyo extravío desata todos los sucesos.

Los autores singularizan los elementos fantásticos mediante una elección visual tan curiosa como atractiva. Las páginas del tebeo son de un suave gris ceniza, como todos los dibujos que aparecen sobre ellas, para así resaltar, mediante un sencillo uso del color blanco, los fenómenos singulares: la joya, las piedras de Constant, la invasión de la arena, la figura de Maurice (al principio, solo su barriga), la nube flotante que acompaña a otro brüselense, etc. El álbum recupera, así, el blanco y negro (con el añadido del gris) de los mejores títulos de la serie, dejando atrás un uso del color que, con la excepción de Brüsel, sus seguidores no podemos evitar asociar con lo menos interesante de la creación del dúo.

Constant Abeels y las piedras que aparecen en su casaEstablecidos estos parámetros argumentales y visuales, a la vez sencillos y complejos, Schuiten y Peeters desarrollan su historia con una enorme placidez que no excluye un conseguido sentido del misterio inexplicable, fundiendo de modo indeleble, como ya señalaba, las dos dimensiones básicas que caracterizan su serie. Los autores manejan de modo magistral la narración paralela de las andanzas de su protagonismo coral, y consiguen, por vez primera en la serie, que un hálito de cálida humanidad descienda sobre sus personajes. El mejor ejemplo es el de Constant Abeels. Si en Brüsel no pasaba de ser un personaje-pretexto que encarna a la víctima infeliz de unas circunstancias a la vez triviales y abominables, en La teoría del grano de arena se convierte en un ser humano de carne y hueso, que nos resulta cotidiano y entrañable. Constant sigue cantando la inolvidable La mer, de Charles Trenet, como hacía en Brüsel, pero en esta ocasión diríase que los reconocibles y evocadores sones de la canción se empeñan en resonar en la misma habitación donde leemos sus nuevas aventuras. Del mismo modo, si en La chica inclinada no conseguíamos identificarnos plenamente con la odisea de Mary von Rathen, aquí nos unimos de buena gana a sus investigaciones —es todo un hallazgo esa nueva ocupación de la muchacha, perdón, ya mujer, como detective de lo sobrenatural—. En especial, es sintomático que Schuiten y Peeters no necesiten unir a sus dos personajes mediante una relación sentimental o sexual, al estilo de las de sus otros álbumes, sino que desarrollan entre ellos una relación de amistad basada en la comprensión y en la mutua simpatía. Repito una vez más: es ese feeling de humanidad lo que permite que volvamos a saborear el gusto por el misterio abstracto.

En sus páginas finales, se nos revela que uno de los sucesos singulares que han tenido lugar a lo largo de la historia —la progresiva desaparición de los objetos de una gran casa en el corazón de la ciudad, hasta su completo desvanecimiento— tiene como explicación que ésta ha reaparecido en otra ciudad de otro mundo: una urbe llamada Bruselas. Schuiten y Peeters, así, terminan de dar la vuelta de tuerca al concepto de universos paralelos que es una de las claves manejadas por la serie, y lo hacen mediante un cariñoso guiño a su propia labor en la llamada «vida real». Pues esa casa es la Casa Autrique, la primera obra modernista de su idolatrado Victor Horta en la Bruselas finisecular del XIX, en cuya restauración colaboraron diseñando sus espacios interiores.

Con esta solución metaliteraria, La teoría del grano de arena parece haber cerrado el ciclo de Las Ciudades Oscuras. Desde su publicación, en 2008, los autores no han vuelto a realizar ninguna obra nueva, si bien se han implicado en las reediciones de las anteriores, modificando y añadiendo algunas de ellas, lo cual indica que siguen ocupados en su creación. Quién sabe si en algún lugar de la vasta red de universos paralelos no está emergiendo ya alguna ciudad singular donde el urbatecto Robick, el profesor Wappendorf o la coleccionista de fenómenos sin explicación acaben encontrándose en la investigación de algún nuevo enigma urbano.

Mapa del mundo de Las Ciudades Oscuras

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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