«Spanish Horror»: Pánico en el transiberiano y No profanar el sueño de los muertos

Poster español de Pánico en el TransiberianoDespués de haber recibido un olímpico menosprecio de los críticos durante años (y de haber servido, por lo general, de pasto para risas de los cinéfilos), el llamado fantaterror hispano —el mero vocablo elegido ya me parece cargante— parece disfrutar en nuestros días de una increíble revalorización. No la comparto en absoluto. Por mucho que se note que a algunos de sus principales responsables (Paul Naschy, Amando de Ossorio) les animaba un genuino amor por el género, la realidad es la que es: el terror español llegó con una década de retraso con respecto al resto del mundo, cuando (en su vertiente gótica, que es la qué había reinado durante más de una década) por doquier llegaba a su degradación, y lo que se creó en estas tierras ibéricas es un terror degradado, porque no podía ser de otro modo. Entre los defectos del fantaterror se encuentran: la lastimosa falta de talento de sus principales creadores (directores, guionistas, actores); la nulidad estética; el evidente propósito de sus productores de satisfacer, antes que otra cosa, el fácil morbo sexual para espectadores frustrados, aprovechando la relajación de la Censura; la depauperación presupuestaria, que de entrada obligaba a ambientar en tiempo coetáneo las historias de terror gótico que mal se avienen con el presente; el machismo indisimulado que afectaba a casi todo el cine de «consumo» patrio de la época (landismo y demás)… La lista es interminable, pero eso no quiere decir que todas las películas de esa época sean deleznables/desechables: estadísticamente es imposible. Aun contándolos con los dedos, hay títulos no solo dignos sino incluso valiosos. Y hoy quiero rescatar dos de ellos, dos films que incluso poseen renombre fuera de nuestras fronteras… aunque en gran medida sea porque no parecen españoles (de hecho, son coproducciones rodadas en inglés: spanish horror) pero que cuentan con el importante activo de estar dirigidas por dos realizadores patrios y que permiten sacar algo el pecho en un género al que tan pocas aportaciones reseñables ha hecho la industria nacional.

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Burt Lancaster, aventurero y acróbata

Burt Lancaster como Dardo, en El halcón y la flechaDebutante en el cine, directamente con rango de protagonista, con Forajidos, en 1946, solo dos años después Burt Lancaster ya daba pruebas de su enorme ambición al formar su propia compañía de producción junto a su amigo y agente Harold Hecht. La primera película en la que se implicó en tal labor —sin acreditarse: rara vez lo hizo personalmente— fue Sangre en las manos (1948, Norman Foster), un olvidado thriller, género al que pertenecen la mayor parte de sus primeros papeles, sin duda porque no quiso arriesgarse en su inicio en la producción. Su siguiente elección, sin embargo, ya es una prueba de personalidad: una película de aventuras que no es sino una versión libre de Robin Hood (el riesgo no está por este lado, claro), en la cual se reveló ante el público en una faceta que éste no podía esperar de él, dada la habitual sequedad de sus papeles para el cine negro. Es decir, la de aventurero de rubios cabellos y constante sonrisa, cuyas peripecias lo llevan a realizar un frenético conjunto de acrobacias que el actor, es evidente, ejecuta por sí mismo y sin ningún doble, por arriesgadas que fueran, algo lejos del alcance de la inmensa mayoría de las estrellas de Hollywood, normalmente dobladas en tales menesteres y enmascaradas mediante planos lejanos. Claro, lo que ignoraba el público es que la primera profesión importante de Lancaster había sido la de acróbata y artista de circo, que lo llevó incluso a trabajar en el famoso espectáculo de los Hermanos Ringling, hasta que en 1940 una lesión lo retiró de las pistas, por fortuna para los aficionados del cine.

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Las islas del doctor Moreau

Portada de la entrañable edición de La isla del dr Moreau en Tus Libros, de AnayaH. G. Wells dio la luz su novela La isla del doctor Moreau en 1896, después de haber publicado el año anterior La máquina del tiempo y La visita maravillosa. En esos años prodigiosos del final del siglo XIX, el joven autor todavía daría a la imprenta sus otras dos míticas novelas, El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898), además de varios libros de cuentos, y abriría la nueva centuria con Los primeros hombres en la luna (1902). Como bien diría mucho después Borges, gran admirador suyo, el conjunto de obras con que inició su carrera forman un corpus irrepetible, por más que Wells seguiría siendo un autor muy prolífico hasta su muerte en 1946: pero aunque todavía gozaría del favor público en buena parte de esa trayectoria, lo cierto es que lo que sobrevive de la misma son sus libros iniciales. En ellos, y bajo el nervio de un narrador sobrio y a la vez sugerente, Wells supo servir un conjunto de excelentes planteamientos de ciencia-ficción mediante los cuales desarrolló toda una visión particular del ser humano, de sus ambiciosos anhelos y de sus mucho más modestos logros. Como bien se sabe, la mayor parte de esos escritos ofrecen un sombrío panorama sobre el hombre, tanto más melancólico cuando viene servido por un fervoroso convencido del progreso humano.

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Trescientos no sólo eran los espartanos

El logo de 300

Aunque sea bajo la advocación del logotipo de una película por la que no siento ningún aprecio, mi blog alcanza esa cifra redonda de artículos: 300. Arrancaba este espacio un 12 de julio de 2012 con un comentario sobre la carrera de Hayao Miyazaki, director que ha sido un poco como mi tótem, al que he vuelto una y otra vez para ir desgranando poco a poco su maravillosa filmografía, y sobre el que me queda mucho por hablar. Desde entonces he ido sumando entradas, no con mera intención acumulativa aunque, claro, en poco más de tres años y tres meses, 300 parecen muchas. La apariencia externa del blog no ha cambiado mucho (vamos, no ha cambiado nada), lo cual indica o bien la jactancia del que piensa que todo está bien como está o el miedo del que es poco amigo de las variaciones temiendo, como le pasó a Wakefield, el personaje de Hawthorne, que un mero cambio de rutina altere de modo irremediable nuestro universo. De ahí que la imagen de portada del blog siga siendo la misma, un fragmento del cuadro Tránsito en espiral, de Remedios Varo, y que la tipografía y tamaño del título tampoco haya sufrido la menor variación. Por cierto que elegí en el último momento ese título, La mano del extranjero, que tomé de una espléndida película italiana que adaptaba un relato del mismo título de Graham Greene, y hoy ya ni recuerdo todos los otros que barajé, a tal punto me siento identificado con el escogido.

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El pequeño salvaje: ¿la educación lo puede todo?

Cartel original de El pequeño salvajeHacia finales del año VII de la Revolución, o sea, de 1799, fue encontrado en el bosque de La Caune, en el departamento francés de L’Aveyron, al sur del Macizo Central, un niño en estado de desnudez que tenía todas las trazas de llevar viviendo en soledad desde mucho tiempo atrás. Tras diversos episodios de captura y fuga subsiguiente, finalmente el muchacho fue conducido a París y sometido a examen por una comisión de sabios. El niño no hablaba y se comportaba de modo manifiestamente huraño y salvaje: se dictaminó que debía de tener en torno a los once o doce años de edad y que probablemente había sido abandonado en el bosque con cuatro o cinco. El doctor Pinel, director del manicomio de Bicêtre, señaló que el muchacho era un deficiente mental (a tal motivo atribuía su abandono en la naturaleza) y que por dicha razón nunca aprendería a hablar ni recuperaría el tiempo perdido durante su infancia. Pero un joven médico, recién titulado, el doctor Itard, defendió que el niño podía ser sometido a un proceso educativo para poder ingresar de nuevo en la sociedad de los hombres. En aquel inquieto ambiente revolucionario, colofón de un siglo de luces favorables para todo cuanto tuviera que ver con el progreso social y personal, el doctor Itard recibió una pensión del gobierno para llevarse al niño a su casa, donde, con la ayuda de su ama de llaves, la señora Guérin, poder atenderlo adecuadamente. La historia hoy la conocemos ante todo por el cine, gracias a El pequeño salvaje (1970), la famosa película que sobre el caso rodó François Truffaut con un evidente grado de implicación, y que todavía hoy constituye una de los mejores títulos de su muy desigual filmografía.

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Atraco a las tres: ladrones castizos a las puertas del desarrollismo

Cartel de Atraco a las 3Al otear a la despampanante belleza que acaba de entrar en la sucursal, José Luis López Vázquez salta de su silla y corre a abrirle paso al interior de la oficina exclamando: «¡Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo!». ¿Es posible no sonreír con complicidad nada más imaginarnos esta frase con la voz aguda y nasal del gran actor? Atraco a las tres es la historia del particular robo que seis oficinistas deciden perpetrar contra la propia sucursal bancaria donde trabajan, según las coordenadas temáticas de un minigénero que llevaba tiempo de moda en el thriller internacional. Ahora bien, por supuesto no es una mera parodia del mismo, sino una película con su indiscutible (y encantadora) personalidad propia, que la proyecta más allá del limitado campo de influencia que poseen las parodias. De la mano de sus infelices protagonistas, cierto es, la sonrisa, cuando no la abierta carcajada, se le escapa incontenible al espectador, pero el film también acaba destilando una indudable amargura, sin duda soterrada y temperada siempre por la ternura. Pero amargura al fin y al cabo, porque entre las regocijantes imágenes de Atraco a las tres se cuela también un certero retrato de la España de la época, una España donde todavía era muy visible el miserabilismo de los largos años de obligada autarquía, por mucho que el país, de la mano del famoso desarrollismo, se dirigiera ya viento en popa hacia una prosperidad que llevó al régimen franquista a proclamar, con desmedido orgullo, que el Caudillo nos había convertido en la décima potencia del mundo. Entre líneas (a veces, de modo más frontal de lo que se puede pensar hoy: tal vez sea impensable en una Corea del Norte, pero en las dictaduras occidentales la libertad crítica se filtra por más grietas de lo que se cree), el cine español del franquismo fue mucho menos monolítico de lo que pudiera creerse.

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Cuestionario de otoño

Questions... decía Batty en Blade RunnerComo ya hice a comienzos de año, recojo un cuestionario procedente de un excelente blog, Barrilete Cósmico, que sigo hace tiempo y con cuya autora comparto diversas inclinaciones, en especial sobre lo fantástico y lo aventurero, ya sea en cine, literatura y cómic (y también la sugestión por los gatos, solo que en mi caso a distancia…). Vuelvo a señalar por tanto que este tipo de ejercicios (además de ser un incontenible ejercicio de vanidad: ¿por qué han de interesar nuestras opiniones?), al menos en mi caso, no me los tomo como una forma de categorizar para siempre mis propios gustos, sino como una manera de detenerme en determinado punto y echar la vista atrás. Se descubre así que autores y libros que una vez hubieran estado en todo cuestionario sobre gustos personales ahora se han desvanecido, y que otros los han reemplazado, en ocasiones de un modo tan intempestivo que no deja de sorprendernos. En el fondo, este blog ya es un gigantesco cuestionario sobre mis gustos y mis opciones personales: quiero creer que asimismo me ayudan a definirme, así como a comprobar cómo todo lector, todo espectador, no es, no puede ser, siempre el mismo con el paso del tiempo. En fin, en las respuestas me he extendido seguramente más de lo recomendable: la eterna observación (o crítica) que me hacen muchos de mis amigos o de quienes se asoman al blog es la longitud de las entradas, pero en esta Red por la que sé que la mayoría puede viajar durante horas pero sin dedicar más que unos breves momentos a cada rincón que visita, creo que también debe haber un espacio para paseantes más sosegados a los que les guste dedicar el tiempo que haga falta a aquel tema que haya llamado su atención. Es lo que yo busco en internet, y lo aplico a rajatabla en mi propio blog.

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El río y Narciso negro: ¿qué es la India?

El convento al borde de las montañas de Narciso Negro

Rumer Godden (1907-1998) es el nombre de una escritora inglesa que se crió en la India (donde vivió hasta 1945), país que aparece sobradamente recogido en su literatura. No he leído nada de esta autora —no he tenido ocasión—, pero su nombre está en la raíz de dos películas de gran importancia. Una de ellas es un clásico incontestable de la historia del cine (para muchos, una de sus cumbres): El río (1951). La otra es, todavía, eso que se llama film de culto, concepto hoy día trivializado por su excesivo uso (se le aplica a cualquier película que le guste mucho a alguien que tenga donde escribirlo), pero que en tiempos se usaba para referirse a esos títulos ignorados o menospreciados y que de pronto redescubre un grupo reducido de cinéfilos: se trata de Narciso negro (1947). Sin haber estado nunca en este país, las ficciones y la lectura de su historia (que, como bien se sabe, es otro tipo de literatura) ha despertado en mí una notable sugestión que, sospecho, poco tiene que ver con la India real. Hace tiempo dediqué un comentario al imaginario occidental sobre este territorio (sospecho que de los sueños), y ahora añado dos películas muy distintas entre sí a ese visionado. Dos películas que, pese a sus vínculos comunes, son completamente diferentes. Una está rodada en el mismo lugar donde transcurre la acción; la otra recrea sus escenarios en decorados levantados en suelo inglés. Una quiere reflexionar sobre la India de modo realista (aun no pudiendo evitar caer en la  idealización); la otra ni lo intenta: se proclama con orgullo como una fantasía onírica.

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Irrational Man: una reflexión sobre la medianía antes que un problema moral

Poster de Irrational ManEs irónico que el mejor Woody Allen —esto es, el de esta última década suya profesional, iniciada con su salida fuera del confortable escenario estadounidense— sea recibido, por lo común, con displicencia y, lo escribo tras meditarlo seriamente, con resignación. Casi como si molestara que aquel cineasta que para muchos fue una referencia indiscutible de cine culto y sofisticado intelectualmente, o sea, cine con pedigrí, siguiera cumpliendo el mismo ritmo laboral de sus años de apogeo crítico y cinéfilo: una película por cada curso cinematográfico. Lo digo no ya por el menor eco comercial de su cine (no he leído cifras pero, con excepciones antes y ahora, yo creo que sus películas siguen concentrando, más o menos, el mismo número de espectadores) sino por la relevancia crítica y cinéfila que se le dispensa. Estos días, a propósito de su estreno anual, Irrational Man —en verdad irracional que la distribución española no haya traducido el título (que es la presentación de toda obra y su primera definición), como si fuera un blockbuster para adolescentes o público crecidito con mentalidad adolescente—, he procurado leer cuanta crítica he podido (la mayoría a través de la Red: ediciones digitales de periódicos nacionales, revistas de cine directamente concebidas para Internet…) acerca de este film, debido al desconcierto que me ha provocado, y la conclusión que he sacado es que, además de no tenerlo en mucho, la mayor parte de los críticos diríanse que están molestos por «haber tenido» que escribir acerca de él. Menudo fastidio: otra vez el vejete este. Adelanto ya que a mí me ha parecido una película muy interesante, plenamente coherente con el tono cáustico y nada complaciente de su última etapa, pero perjudicada por los defectos del Allen de siempre, en especial su escasa preocupación por la narración visual, aquí más visible por cuanto que la trama obligaba a cuidar más que nunca este aspecto.

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Harry Flashman, el cobarde más heroico que jamás haya habido

El personaje        Las novelas

Flashman, sus patillas y una mujer a sus pies

Aunque no lo registra la historia oficial, en la segunda mitad del siglo XIX hubo un militar inglés que estuvo implicado en buena parte de los acontecimientos bélicos y políticos más relevantes de esa era en que se construyó el imperialismo: por supuesto, el dominio británico de la India (de las guerras por Afganistán y el Punjab a la famosa Rebelión de los Cipayos), la lucha contra el tráfico de esclavos en aguas africanas y caribeñas, las campañas contra los indios norteamericanos (y en concreto, la famosa derrota del coronel Custer en Little Big Horn), las intrigas centroeuropeas que dieron origen a la unificación alemana, la guerra zulú, los intentos británicos por ampliar su influencia hasta los mares malayos (donde el oficial luchó codo con codo con James Brooke, el famoso Rajá Blanco al que luego Emilio Salgari convertiría en enemigo de su Sandokán) o al imperio chino (donde se vio enredado en la rebelión Taiping), etcétera. Su nombre, Harry Flashman, dueño de la Victoria Cross (la más alta distinción de la época), que acabó sus días con el título de caballero, el grado de general y la popularidad que solo se otorga a los héroes de la nación. Ahora bien, decir que estuvo implicado, tratándose de nuestro hombre, resulta harto ambiguo pues ¿habrá habido alguna vez un soldado menos amigo de afrontar el peligro… y que se haya visto lanzado más veces de cabeza a él? Pues si ha habido un cobarde más grande y que, sin embargo, no haya podido evitar tener la más alta reputación entre casi todos sus contemporáneos (sobre todo militares) ha sido él. Y ello hasta tal punto de que, de no ser porque el mismo Flashman, en el ocaso de su vida, superados ya los ochenta años, escribió las minuciosas crónicas de sus principales «hazañas», nunca se habría sospechado.

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El hombre que pudo reinar: Huston, pálida sombra de Kipling

Cartel español de El hombre que pudo reinarEl cine, arte vampírico por excelencia, hace que al nombrar El hombre que pudo reinar no pensemos, ante todo, en su creador, el gran escritor Rudyard Kipling, sino en Michael Caine y Sean Connery con casacas rojas rodeados por una multitud de indígenas hostiles o riendo a carcajadas hasta provocar un alud en pleno Hindu-Kush. La película ha suplantado en buena medida al relato, y el nombre de John Huston al del genial narrador anglo-indio. Es injusto, claro: ya lo decía José María Latorre, el escritor y crítico al que tanto debe mi «educación» en el cine, que bien insistía en la importancia de las fuentes de una película a la hora de consignar sus méritos reales. Durante mucho tiempo, Kipling ha tenido mala fama —el vocero del imperio británico y todo eso—, y en cambio la de Huston ha sido magnífica, hasta tal punto que esta película, en concreto, ha sido difundida como un manifiesto anticolonialista por aquellos que, al mismo tiempo, despreciaban al escritor. Quien se acerque a la novela descubrirá que las virtudes de la película parten de ella, y que a ella se subordinó Huston con modestia. Incluso con demasiada modestia, puesto que aportó tan pocas cosas que, en mi opinión, no hay comparación entre ambas. El hombre que quiso ser rey (es el título de la edición de Destino que tengo en mi biblioteca) es un complejo relato no sobre el colonialismo sino sobre el ser humano, y en todo caso sobre su capacidad de autodestrucción, incapaz de medir bien la influencia de un medio donde se cree superior. El hombre que pudo reinar es una muy estimable película que funciona mejor en la memoria que en el presente inmediato: un desequilibrado intento de fundir clasicismo y naturalismo y que, cuando brilla, no es gracias a Huston sino a sus dos magníficos actores.

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Tres versiones de Macbeth: Welles, Kurosawa, Polanski (II)

Trono de sangre (1957, Akira Kurosawa)

Estupenda portada de la reciente edición en dvd de Trono de sangreTrono de sangre es el nombre con que se conoce la versión que en 1957 el gran director japonés Akira Kurosawa realizó de Macbeth. Aunque no era la primera vez que el cine japonés adaptaba a un autor occidental —el mismo cineasta ya lo había hecho con Dostoyevski y su novela El idiota en 1951—, en su momento fue considerada una notable audacia su traslado al mundo de los samuráis. La empresa, sin embargo, no era tan descabellada, pues el medievo luciferino que Shakespeare refleja en sus tragedias podía encajar, con unas cuantas salvedades, en el turbio Japón anterior a la pacificación del país por el shogunato Tokugawa realizada a principios del siglo XVI. La arbitrariedad del poder y la ética guerrera del samurái admiten perfectamente a los personajes shakesperianos: es más, las ásperas tierras niponas parecen otro avatar del duro y desagradecido páramo escocés que registra las maldades de Macbeth y su esposa. Pues el gran acierto del planteamiento de Kurosawa es hacer que el cúmulo de sangre derramada por su Macbeth, aquí llamado Washizu, parezca inevitable consecuencia de esa tierra ingrata y de esos tiempos violentos en los que es mejor dar el primer golpe que esperar a recibirlo. No en vano, entre las modificaciones que el cineasta realiza sobre el original está el hecho de que el daimio (señor feudal) Tsuzuki —el equivalente al rey Duncan del original— no sea en absoluto la encarnación de nobleza que es aquél sino que se insista en que obtuvo su posición del mismo modo que Asaji, la lady Macbeth del relato, anima a Washizu a que alcance la suya. Treinta años después, en Ran, el director volvería a matizar el relato shakesperiano mediante la misma exacerbación del ambiente de sangrienta lucha por el poder del Japón medieval con respecto a la Inglaterra de partida.

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Tres versiones de Macbeth: Welles, Kurosawa, Polanski (I)

8be318a6e48d58c199a12896726c10a8Como en muchos de sus dramas históricos y varias de sus tragedias (de Ricardo III a El rey Lear), William Shakespeare encontró en la Crónica de Inglaterra, Escocia e Irlanda, de Holinshed, publicada en 1577, la historia de Macbeth, asesino del rey escocés Duncan y cuyo desordenado reino (entre 1040 y 1057) tuvo su punto final con su propia muerte violenta a manos de Malcolm, hijo de su antecesor. Escrita hacia 1606, Macbeth es una de las grandes tragedias de su autor y una de las obras más fascinantes que haya dado nunca la literatura universal: lo es por su fuerza alucinada, por la grandeza terrible de sus personajes, por el elevado número de frases y parlamentos inolvidables (de ninguna obra como de ésta se han extraído tantas citas célebres) y, en especial, por la atmósfera luciferina, extremadamente visual, que hace que el espectador no solo escuche a los personajes sino que sea capaz de ver el entorno que los rodea. Aunque puede que en parte se deba a mi escaso background teatral, conforme leo más a este genial autor —incluso cuando lo veo representado sobre las tablas— soy más rotundo en mi apreciación de que si Shakespeare fue dramaturgo es porque en su época no existía el cine: que fue completado de modo irrebatible cuando nacieron las imágenes en movimiento y se pudo dar la adecuada cobertura visual a sus palabras. Y qué mejor ejemplo precisamente que Macbeth, tal vez la obra de las suyas que mejor suerte ha tenido en su traslación al cine: nada menos que tres cineastas de la relevancia de Orson Welles, Akira Kurosawa y Roman Polanski posaron sus ojos en ella para recrearla con resultados memorables, aunque ninguna de las tres adaptaciones consiga extraer todo lo que hay en ella. Y es que, no nos engañemos, la mejor versión de Macbeth… es la de Shakespeare.

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Retrato del genio vulnerable: de Una mente maravillosa a Descifrando Enigma

Un genio matemático en espera de biografía

Intento justificar mi eterna negligencia hacia cuanto tiene que ver con los números con la consideración de que las matemáticas son cosa de genios… y de genios raros. Por supuesto, es una de las múltiples enseñanzas que he recibido a través de la ficción —y a estas alturas, la verdad, me parece tarde ponerme a comprobar si la realidad supera a la ficción, como dice el molestísimo adagio, o no tienen nada que ver—, y en especial por medio del cine. Recordemos, por ejemplo, Rain Man, con aquel autista que resultaba ser un genio de los números, o Pi. Fe en el caos, en la que el alucinado matemático protagonista buscaba la clave del universo en forma de teorema numérico. Las matemáticas y las personalidades peculiares siempre han estado bien ligadas en el cine (de hecho, el cine no se ha preocupado por las matemáticas salvo como forma de expresar la genialidad de seres peculiares). En el fondo es una forma más o menos tipificada, más o menos topificada, de abordar un minigénero que podríamos llamar de «genios vulnerables», y que se centra en individuos de gran inteligencia pero con graves trabas para llevar a cabo eso que se llama una vida social normal (junto al gremio de los matemáticos, el otro que suele ser pasto de estos films es el de los pintores: no hay sino que pensar, por ejemplo, en El loco del pelo rojo con respecto a Van Gogh). Hay dos películas emblemáticas del primer caso que son las que voy a comparar a lo largo de este comentario: Una mente maravillosa y The Imitation Game (Descifrando Enigma). Dos películas con muchos puntos en común y que por ello sirven a la perfección para distinguir la obra tópica y conciliadora de la que realmente intenta explorar el lado menos agradable del ser humano (incluso del ser humano «genial»). Seguir leyendo

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Samuráis y pistoleros, giri y amistad, Oriente y Occidente: Yakuza

Estupendo poster americano de YakuzaHoy está al alcance de cualquier cinéfilo con curiosidad (o de quien sienta interés general por Japón) todo tipo de información sobre esas castas particulares que caracterizan la historia del llamado país del sol naciente, en especial los famosos samuráis y los también célebres yakuzas. Los primeros fueron popularizados por las películas de Akira Kurosawa (Los siete samuráis, Trono de sangre, Ran…); los segundos, mucho antes de que se oyera hablar de Takeshi Kitano, encontraron en la magnífica película Yakuza (1975, Sydney Pollack) su mejor carta de difusión en Occidente. Sus responsables (fundamentalmente los hermanos Leonard y Paul Schrader —este último guionista de varios de los primeros y más conocidos films de Scorsese y a su vez muy personal director), desde luego, está claro que se tomaron el proyecto como una especie de manual básico sobre los elementos de esos dos géneros tan fascinantes, fundiéndolos con el thriller (el cine de género) occidental a partir de un contraste entre mundos que a ratos puede parecer muy evidente pero que no deja de resultar inolvidable. Pues Yakuza es una exquisita combinación de modos, de mundos, de géneros, de actores de dos espacios muy diferentes pero, a la vista está, complementarios, que empieza como el clásico film norteamericano sobre el individuo solitario capaz de meterse en el mayor lío por amistad y concluye como una película de samuráis (o un western con katanas) que acaba asumiendo y valorando una ética de la lealtad muy distinta a la occidental, con imborrable sentido de la melancolía.

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