Harry Flashman, el cobarde más heroico que jamás haya habido

El personaje        Las novelas

Flashman, sus patillas y una mujer a sus pies

Aunque no lo registra la historia oficial, en la segunda mitad del siglo XIX hubo un militar inglés que estuvo implicado en buena parte de los acontecimientos bélicos y políticos más relevantes de esa era en que se construyó el imperialismo: por supuesto, el dominio británico de la India (de las guerras por Afganistán y el Punjab a la famosa Rebelión de los Cipayos), la lucha contra el tráfico de esclavos en aguas africanas y caribeñas, las campañas contra los indios norteamericanos (y en concreto, la famosa derrota del coronel Custer en Little Big Horn), las intrigas centroeuropeas que dieron origen a la unificación alemana, la guerra zulú, los intentos británicos por ampliar su influencia hasta los mares malayos (donde el oficial luchó codo con codo con James Brooke, el famoso Rajá Blanco al que luego Emilio Salgari convertiría en enemigo de su Sandokán) o al imperio chino (donde se vio enredado en la rebelión Taiping), etcétera. Su nombre, Harry Flashman, dueño de la Victoria Cross (la más alta distinción de la época), que acabó sus días con el título de caballero, el grado de general y la popularidad que solo se otorga a los héroes de la nación. Ahora bien, decir que estuvo implicado, tratándose de nuestro hombre, resulta harto ambiguo pues ¿habrá habido alguna vez un soldado menos amigo de afrontar el peligro… y que se haya visto lanzado más veces de cabeza a él? Pues si ha habido un cobarde más grande y que, sin embargo, no haya podido evitar tener la más alta reputación entre casi todos sus contemporáneos (sobre todo militares) ha sido él. Y ello hasta tal punto de que, de no ser porque el mismo Flashman, en el ocaso de su vida, superados ya los ochenta años, escribió las minuciosas crónicas de sus principales «hazañas», nunca se habría sospechado.

«Todo el secreto del noble arte de la supervivencia, para un hombre solo, reside en saber en qué momento exacto debe salir uno huyendo». Esta afirmación, que Flashman enuncia sin complejo alguno pero también sin jactancia —es, lisa y llanamente, la expresión de una actitud vital—, define bien a este soldado al que nada gusta menos que la guerra, la sangre, la violencia. Y que, desde su primera aventura, desarma al lector señalando que solo posee tres grandes habilidades: la capacidad para escapar, la habilidad para los idiomas y sus dotes fornicatorias. De la primera, mejor no hablar, pues una de las especialidades de Flashman a lo largo de su agitada trayectoria será salir del fuego para caer en las brasas. Su capacidad para los idiomas también lo pondrá en considerables peligros, al reservarle sus superiores alguna que otra peligrosa misión de espionaje. Y en cuanto a sus habilidades amatorias, más de una vez atraerán sobre él la atención de unas cuantas damas peligrosas: así, la famosa cortesana Lola Montes (a la que Max Ophüls dedicó una película); la reina madre del Punjab, una ninfómana de mucho cuidado; o el caso más increíble, el de la reina loca de los malgaches, Ranavalona, si bien es verdad que el hecho de convertirse, por unos meses, en su semental particular, le salvará la vida en ese reino aislado del mundo.

La primera aventura de FlashmanPor supuesto, Flashman es uno de los más irresistibles personajes de la literatura de aventuras jamás creado, mérito aún más extraordinario si tenemos en cuenta que su nacimiento se produce en 1969, y cuya saga se desarrolla a lo largo de doce entregas —trece en España: uno de sus libros, Flashman and the Redskins fue dividido en dos— que finalizaron en 2005, por muerte de su autor. Es decir, hablamos de una creación moderna que sitúa el foco de sus aventuras en la época dorada del género, es decir, la de los Kipling, Conrad, Verne, Salgari, Haggard o Conan Doyle… a quienes se remite con tanto cariño como descaro: Flashman llega a conocer a Sherlock Holmes y se cruza, por ejemplo, con un individuo que luego inspirará en el primero de los escritores citados al protagonista de El hombre que pudo reinar. Es más, una de sus novelas, Royal Flashman, es una parodia y al tiempo recreación de El prisionero de Zenda, como se reconoce, con la desfachatez típica del personaje (y claro, de su autor) en el final de la novela, en que hace aparecer al mismísimo escritor de esta novela, para plagiar su argumento de la peripecia «real» que vive el protagonista.

Ahora bien, si yo tuviera que señalar una fuente de inspiración más o menos directa, diría que Flashman es una versión cínica, incluso hard, de uno de los personajes más injustamente desconocidos de la literatura de aventuras, el fanfarrón pero nobilísimo brigadier Gerard, creado nada menos que por Arthur Conan Doyle. Las andanzas de este personaje, por desgracia, se circunscriben a solo dos volúmenes de menos de una veintena de cuentos, pero le valen para alcanzar la gloria eterna: joven, de buena estampa (con las mejillas cubiertas, por supuesto, por flamantes patillas) y magnífico jinete, Gerard, al contrario que Flashman, no le da jamás la espalda al enemigo, pero no por ello dejamos de apreciar el aire de familia entre ambos. Sin duda que el autor del segundo leyó bien al primero.

Por supuesto, el autor subvierte los conceptos básicos que desplegaron (casi) todos aquellos novelistas, comenzando por la nobleza proverbial de la mayor parte de sus personajes. Flashman es aventurero no por vocación sino por azar, un azar que, eso sí, él mismo, con su comportamiento tantas veces irreflexivo, se empeña en provocar una y otra vez. Pero no solo no es un personaje noble, sino que directamente tiene la nobleza como uno de las mayores imposturas, todo lo más locura, que puede presentar el ser humano, y en concreto el hombre europeo que se lanza a recorrer el mundo con la excusa de extender la civilización. Flashman se ríe sin misericordia alguna de todos los iluminados, y reconoce a la legua a todos aquellos que, como él, son unos cínicos: eso sí, hay una distancia entre tipos y tipos de cinismo y lo que no llega a ser el personaje es un aprovechado ni un malvado, siendo incluso capaz de desperdiciar la ocasión única de quedarse con un diamante capaz de convertirlo en millonario y acabar con sus crónicos problemas económicos —el Koh-i-noor o Montaña de Luz, al que Salgari dedicó una inmortal novela—, solo por darse el gusto de restregárselo al estirado superior que lo está haciendo valer en menos (en una de las pocas ocasiones en que el servicio de Flashman no es del todo reprobable) y marcarse un tanto con la «devolución» de la joya a la Corona.

George MacDonald FraserEl autor, George MacDonald Fraser (1925-2008), escocés, aunque nacido en Carlisle (Inglaterra), había participado en la campaña de Birmania durante la II Guerra Mundial, y después se alistó en los Gordon Highlanders, sirviendo con ellos hasta 1947. Es evidente que esos años en el ejército le sirvieron de mucho para otorgar la tremenda credibilidad que posee el ambiente militar de su obra posterior. Reintegrado a eso que se llama la «vida civil», Fraser pasó los siguientes veinte años ejerciendo la labor de periodista. A finales de los años 60, y para ver si así salía de una mala situación económica, Fraser dio a la impronta la primera novela de Flashman… y el éxito fue instantáneo, de tal modo que pudo consagrarse a la escritura, tanto literaria como de guiones para el cine.

El escritor utiliza la clásica excusa del conjunto de manuscritos aparecidos mucho tiempo después de que sus protagonistas ya estén muertos. En las páginas iniciales del primer volumen de la serie, titulado sencillamente Harry Flashman —y subtitulado por la editorial (de acuerdo con ese temor hispano a promocionar una obra titulada con un nombre propio sin más aclaraciones) como Un espía al servicio del Imperio Británico—, se explica que esos papeles han aparecido en 1965, con ocasión de la venta de unos enseres domésticos en la casa que perteneció al famoso general sir Harry Flashman, héroe victoriano, y remitido al pariente más próximo, que es quien lo entrega a Fraser, el cual se presentaría, así, como el editor de unas memorias genuinas. (Y de hecho, uno de los atractivos de todas las novelas es el profuso número de notas a pie de páginas, todas interesantísimas, que van aclarando o comentando —unas veces para darle la razón, otras para corregir sus inexactitudes— los asertos del memorialista, y que denotan la profunda labor de documentación que existe detrás de cada aventura.)

Por cierto que Fraser ya se marca un primer guiño al presunto realismo de esas memorias, al identificar a su protagonista con un personaje secundario de una novela victoriana, de enorme popularidad en las islas pero poco conocida fuera de ella, Los días escolares de Tom Brown (1857), construida sobre las propias experiencias personales de su autor, el novelista Thomas Hughes, en la famosa escuela de Rugby y en donde aparece un matón que atormenta al personaje protagonista y que es expulsado de aquélla por borrachín. Ese matón se llama… Flashman, y de hecho, su saga comienza precisamente con su reconocimiento de que ese matón no es una invención literaria sino él mismo y con la narración en primera persona de su expulsión, que será lo que precipite su ingreso en el ejército, pese a su escasa inclinación por cualquier tipo de acción que no sea entre sábanas.

Malcolm McDowell, a priori no el Flashman que uno hubiera elegidoEl «editor» indica que esos papeles debieron de ser escritos entre 1900 y 1905, cuando el autor ya era un octogenario: es un hallazgo que, pese a que quien cuenta los hechos sea en teoría un anciano, lo haga mezclando el vigor de un hombre en plena juventud con la cínica lucidez de quien jamás se ha engañado sobre su exacta condición… y sobre la increíble suerte que le permitió edificar su brillante carrera y cimentar su gran prestigio social. Y es que Flashman se presenta, desde el primer momento, como el cobarde más grande y más afortunado de todos los tiempos, cobardía que, en efecto, ha quedado disimulada para (casi) todo el mundo bajo la fama de un notable heroísmo. Alguien que, para su regocijado asombro, descubrirá que el héroe no se hace, sino que nace: pues solo por una increíble buena estrella puede explicarse el cúmulo de circunstancias que lo llevarán a construir su reputación. Hay una adaptación al cine de sus aventuras —en concreto, del segundo de sus libros, Royal Flash—, que no posee el menor prestigio y de hecho está completamente olvidada (dirección de Richard Lester y protagonismo de Malcolm McDowell: dan pocas ganas de exhumarla), pero cuyo rebautizo español, con ser chusco, no puede ser más acertado a la hora de definir al personaje: El cobarde heroico.

Entrando en las interioridades de la saga, Harry Flashman es el único vástago de un miembro de la gentry (la clase propietaria rural de Inglaterra) y de una dama de aristocrático abolengo. En la primera novela, su incontinencia sexual acaba conduciéndolo al matrimonio (so amenaza de escándalo) con la hija de un rico industrial escocés. Pese a su poco prometedora introducción, Elspeth se convertirá en el principal personaje secundario de la saga: bella, rubia, sensual… y una completa cabeza de chorlito, que como es natural incluso desencadenará alguna aventura del marido (en Flashman y señora se convierte en el objeto del interés romántico de un pirata malayo), el cual, además, desconfía todo el tiempo de que, en sus largas ausencias, su coqueta esposa no haya hecho uso de la misma liberalidad en la cama que él mismo. Claro que él, no precisamente un tipo celoso, de poco podría quejarse puesto que (siempre por necesidad, eso sí) incurrió varias veces en bigamia: con una duquesa danesa, con la hija de un jefe apache, con la exuberante madame de un burdel de Nueva Orleáns…

Ahora bien, y es un excelente detalle de la obra, por mucho que Flashman sea incapaz de resistirse a cualquier hembra medianamente atractiva —«si algún asno les dice que no hay nada más desagradable que una belleza con unas copas de más, sólo puedo decir que siempre resulta más interesante que una institutriz sobria», es otra de sus descacharrantes afirmaciones— y, claro, de serle mínimamente fiel a su mujer (incluso en sus mismas narices), nuestro hombre se declara irremediablemente enamorado de ella, reconociendo además que uno de sus atractivos es, precisamente, esa ligereza intelectiva que la hace por completo deliciosa. De hecho, en la mencionada novela, Fraser acierta al dar también voz narrativa a Elspeth, mediante la inserción de fragmentos de sus diarios, verdaderamente regocijantes por la desarmante ingenuidad de sus relatos (en efecto, ni en la boca del lobo ella parece pillar nunca lo que de verdad está pasando) y por la carcajeante prosa (con muchas palabras en mayúscula, pero muchas) con que nos regala.

Cubierta de Flashman y los pieles rojas, de EdhasaUno de los elementos más inteligentes a partir del cual Fraser consigue dotar a la saga de una considerable densidad son las continuas referencias que, desde la primera novela, va haciendo Flashman a todos los episodios aventureros, a todos los affaires románticos (perdón, sexuales), a todos los personajes famosos con que se ha ido cruzando en su vida, muchos de los cuales acabarán apareciendo en el correspondiente volumen de sus episodios mientras que de otros nos quedaremos con la miel en los labios. Y es que ya he señalado que, a lo largo de su azarosa vida, Flashman se tropieza con un buen puñado de auténticas personalidades de la historia real, entre ellas nada menos que un joven Bismarck (al que le hace una faena que el orgulloso junker no olvidará, lo cual provocará una de sus aventuras, precisamente Royal Flash) y un joven Abraham Lincoln, al que el autor recrea de modo admirable, sorprendiendo a Flashman por su inteligencia socarrona y, de paso, salvándolo de un buen apuro en manos de unos esclavistas. Al lado de estas figuras de la historia —añadamos a Disraeli, al presidente Grant, a la famosa emperatriz viuda de la China y claro, a la reina Victoria—, en su prurito de incrustar a su personaje con la mayor verosimilitud en el corazón de la Historia, también son rigurosamente reales los oficiales que le envían de un lado a otro, las gobernantes cuyo lecho prueba o los aventureros en cuyo rumbo se cruza, como señala el «editor» en las notas a pie de páginas. Incluso un joven pero ya con hirsuta barba Karl Marx realiza un papel de figuración en una de las novelas…

Teniendo en cuenta el momento, finales de los años 60, en que Fraser comienza la publicación de su saga y el carácter iconoclasta con que trata las convenciones del género, podría pensarse que Flashman es un ejemplar de una moda muy propia de esa época de irreverencia y de gozosa reivindicación de la libertad moral: la desmitificación. Sin embargo, y pese a superficiales parangones, nada más lejos de la realidad. En primer lugar, y fuera de uno o dos ejemplos, la corriente desmitificadora que inundó el cine y la literatura mundiales no fue sino un asunto coyuntural que hoy, piadosamente, se ha olvidado. Aunque no hubiera debido de ser así, por lo común la desmitificación subordina la posiblemente encomiable intención crítica a una actitud ya nada defendible: la reclamación de superioridad artística (y también moral) sobre el modelo que se desmitifica, bañada en el mejor de los casos en pura condescendencia de un autor hacia un tipo de ficción que él, con desprendida «nobleza», se propone dignificar.

Sin embargo, Fraser no desmitifica, puesto que no toma a burla los elementos del género, sino que, siendo bien consciente de que en el momento de su redacción era ya imposible recrearlos sin incurrir en el remedo mecánico, se zambulle sin ningún complejo en su mundo y en sus convenciones para someterlos a una mirada desacralizada, realista según los cánones del momento en que el autor escribe. El riesgo era incurrir en el anacronismo de hacer que unos personajes de una época piensen y razonen como si pertenecieran a otra. Pero no es así: Fraser hace que su Flashman sea un muy verosímil militar británico del siglo XIX al que nada revienta más que la beatitud de los críticos del imperialismo. Y no por que él mismo sea imperialista —con franqueza, mientras tenga alcohol y una buena hembra a mano, eso a él le da igual—, sino porque sabe bien lo fácil que es ser un santurrón a distancia. Y Flashman, si hay algo que conoce bien, es la venalidad instintiva de la naturaleza humana.

Por otra parte, el genuino espíritu de la aventura alienta las páginas de la saga: Flashman no solo arranca carcajadas por el cinismo de su protagonista, sino que también posee el vigor narrativo y la capacidad para hacer convincente cualquier escenario propio de los grandes del género (por ejemplo, son inigualables todos sus episodios bélicos, verbigracia su recreación de la famosa carga de la brigada ligera). Las aventuras de Flashman siempre se apoyan, antes que nada, en la magnífica capacidad del autor para hacer vivir esos mundos pretéritos. Es cuestión, como he dicho, de buena documentación, pero también de muchas lecturas aventureras, de un oído instintivo para los ambientes y, no se olvide, de modestia. Fraser puede tomarse libertades con la historia, pero nunca transmite la sensación de que se pone por encima de su personaje, sino que cabalga, huye, combate, huye, busca hembras y, en fin, huye con él, compartiendo en todo momento su suerte, sin guardarse nunca la fácil carta del distanciamiento.

Y al final, por mucha cobardía que alegue ese vigoroso anciano que recrea para nosotros los hechos de su juventud; por mucho sarcasmo cínico con que repase la historia (para él siempre con minúscula); por mucha lucidez con la que nos transmite la conclusión de que, en todas las partes del mundo y pertenezcan a la cultura que pertenezcan, los seres humanos son iguales, hay también otra conclusión que sus aventuras nos transmiten: el gozo por haber vivido con pasión los más agitados acontecimientos. Ahí es donde se denota que George MacDonald Fraser es un autor posterior a la era de la aventura clásica: en el modo en que, al final, su personaje no es sino un avatar concebido para que cada lector se introduzca dentro de él y se catapulte a unos mundos y unos escenarios que nada tienen que ver con nosotros… salvo en el ámbito de los sueños. Y qué mejor avatar que Harry Flashman, ese canalla que todos habríamos querido ser… aun cuando fuera por unos instantes, en el lecho de alguna maharaní india, cabalgando sobre la inmensa pradera americana o en el momento de descubrir que, esta vez, no hay huida posible y que, quizá porque ya no queda otro remedio, uno sí es capaz de plantar los pies en el suelo y combatir contra el enemigo que está desencadenando todas las furias del mundo contra nosotros.

Ilustración de Gino D'Achilles para Flashman y la Montaña de Luz

Apéndice: los libros de Flashman. Aunque es mi intención comentar en un futuro artículo aventura por aventura, incluyo a continuación la lista completa y por orden de publicación de sus libros en Edhasa. Hay que señalar que la editorial se decantó por seguir el orden cronológico de las andanzas de Flashman y no el decidido por el autor, que lo alteraba a su antojo. Del mismo modo, los volúmenes 6 y 7, crónica de las aventuras del protagonista en el Salvaje Oeste, surgen de la división de una única novela (tal vez por su considerable extensión), de tal modo que así la saga española tiene 13 títulos y la inglesa, uno menos.

1. Harry Flashman. Un espía al servicio del imperio británico.

2. Royal Flash

3. Flashman y señora

4. Flashman y la Montaña de Luz

5. Flashman el libertador

6. Flashman se va al Oeste

7. Flashman y los pieles rojas

8. Flashman y la carga de la brigada ligera

9. Flashman y el gran juego

10. Flashman y el ángel del señor

11. Flashman y el dragón

12. ¡Tres hurras por Flashman!

13. Flashman a la conquista de Abisinia

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Harry Flashman, el cobarde más heroico que jamás haya habido

  1. Manuel dijo:

    No lo he leído, y tengo bastante curiosidad. A juzgar por tu análisis de la novela de “desmitificación”, estas que escribe Frasier serían un afortunado polo opuesto de “El capitán Alatriste”, por citar otra saga de éxito perdurable.

    • Pues aunque no he leído ninguno de los Alatristes, habiéndolo hecho sin embargo con otras novelas del autor (aventuras en tiempo presente, como “El club Dumas” o “La carta esférica”), casi podría aventurar que sí, en cuanto que Reverte lo que persigue es, precisamente, recuperar ese aroma clásico del género en el dibujo de personajes y situaciones y, sobre todo, en la ética que evoca de continuo, para mi gusto con más entusiasmo y mimetismo que fortuna. Dicho de otro modo, Flashman nunca podría haber sido concebido por Reverte.

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