Buenas adaptaciones de Henry James: ¿Qué hacemos con Maisie? y Las alas de la paloma

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Poster español de Qué hacemos con MaisieComo corresponde a un escritor tan prolífico y que lleva tanto tiempo bien situado en la bolsa crítica de la literatura, son muchas las películas que han adaptado la obra de Henry James. La primera vez que su nombre apareció en la gran pantalla fue en 1933, si bien de modo indirecto: La plaza de Berkeley (1933) era la adaptación de una obra de teatro muy popular en su momento que escenificaba (dándole una conclusión) una novela inacabada del escritor, El sentido del pasado. Todavía tardaría más de una década en «regularizar» sus estancias en el cine —abrió el fuego la magnífica Viviendo el pasado (1947), según Los papeles de Aspern—, pero ya no pasarían muchos años entre cada nueva película, con hitos como La heredera (1949), ¡Suspense! (1961) o La habitación verde (1978). En las últimas décadas del siglo XX, cuando se puso de moda el melodrama de época según clásicos literarios como Jane Austen, Edith Wharton o E. M. Forster, el nombre de James no pudo faltar, incluso sobrecargando (como los anteriores, por otra parte: fue un verdadero virus) las carteleras durante varios años. Entre las películas surgidas de su literatura ha habido de todo. Al hilo de las nuevas y recientes traducciones de dos de sus mejores novelas, que recogía en un comentario muy reciente, voy a hablar hoy de dos buenas adaptaciones, cada una muy distinta. ¿Qué hacemos con Maisie? (2012) pertenece a ese tipo de adaptaciones que traslada la intriga original a la época coetánea, con unos resultados inesperadamente atractivos. Las alas de la paloma (1997), en cambio, se asienta en el habitual despliegue de medios para reconstruir el entorno original y sin alterar casi nada la novela de partida destaca por la inteligente forma en que consigue singularizarla para que el resultado no quede en una hueca repetición. Ambas películas, por tanto, y cada una a su manera, son muy recomendables… aunque no figuren precisamente entre lo más conocido de su género.

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Vida, pasión y muerte del Capitán Marvel

El número 29 de Captain Marvel, por Stalin y una jugosa colaboración de John RomitaLos más veteranos aficionados al tebeo (si son veteranos no pueden llamarlo «cómic»), al leer el nombre del Capitán Marvel, lo asociarán de inmediato a un popular superhéroe nacido a mediados del siglo XX, de cierto parecido gráfico con Superman (traje vistoso con capa y el rostro al descubierto sin máscara encubridora alguna), publicado por la editorial Fawcett. Más tarde, Marvel sería el nombre adoptado en los años 60 por una editorial antes llamada Timely o Atlas, que acababa de revolucionar el género con la invención de su celebérrimo universo superheroico. Aprovechando el vacío legal en torno al original, Stan Lee, su gran patriarca, decidió que la Casa de las Ideas debía contar con un personaje que portara su nombre: es más, creó un personaje que fue llamado igual (irónicamente, años después el original debió cederlo por entero, ya legalmente y para siempre, pasando a ser conocido como Shazam, en origen el grito que provocaba su transformación). La trayectoria del nuevo Capitán Marvel no abarcó mucho más de una década en una editorial que ha cumplido ya más de medio siglo. Y sin embargo, los clásicos más incondicionales de la casa lo reverencian porque fue objeto de la atención de un creador completo, Jim Starlin, que tuvo la suerte (y la libertad) de encontrar en él al personaje con el cual dar pie a una de las más fascinantes sagas de la historia de la editorial, que concluyó con su muerte en una aventura de una inolvidable fuerza elegíaca. Y que, al contrario que otros muertos famosos de la casa (Jean Grey o Gwen Stacy) no ha resucitado, aunque otros personajes distintos heredaron el nombre. A su vida, pasión y muerte voy a dedicar el siguiente artículo.

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Nuevas ediciones de Henry James: Lo que sabía Maisie y Las alas de la paloma

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Portada de Las alas de la paloma en Alba, con dibujo de John Singer SargentCelebramos este año de 2016 el centenario de la muerte del gran escritor Henry James y la industria editorial española —de la que hay que reconocer con júbilo que lleva muchos años de idilio con este autor— se está volcando especialmente. James ha sido un autor muy publicado en nuestro país, pero por desgracia muchas de sus ediciones lo han sido con traducciones francamente malas, que hicieron creer a muchos abrumados lectores que se las tenían que ver con un autor abstruso en el plano formal (alguno de esos traductores, divertidamente, utilizó las introducciones de sus ediciones para despotricar contra sus predecesores, señalando que él mejoraba con creces los malos resultados anteriores). En fin, entre las diversas publicaciones que están llegando a las librerías sobre el escritor, destaco dos nuevas ediciones de obras ya conocidas en España pero cuyas traducciones por fin permiten admirar debidamente su genialidad. Porque se trata de dos obras maestras del vasto universo jamesiano. La primera, Lo que sabía Maisie (1897) es un turbador relato en el que James se adentra (un año antes que en su celebérrima Otra vuelta de tuerca) en el sencillo y a la vez tortuoso punto de vista infantil. La segunda, Las alas de la paloma (1902), considerada desde siempre una de sus obras culminantes, demuestra por fin el por qué de esa aseveración: en ella se encuentra, probablemente, la exposición más fascinante de las claves de su literatura.

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Nota: colaboro con Homonosapiens

Kevin Costner como el maquiavélico Francis Underwood, en House of Cards

Comienzo desde hoy mismo una colaboración mensual en la excelente revista digital Homonosapiens, cuyo principio matriz, como indican sus responsables en su declaración de  intenciones, es «aspirar a proporcionar un entretenimiento consciente a sus lectores» a través de una «temática diversa a través de la cual se intentará lanzar la pregunta: ¿somos realmente Homo Sapiens?». Ayudar a la reflexión a través del entretenimiento y la divulgación, dos máximas con las que me identifico plenamente, como atestigua mi blog. La revista se divide en una serie de secciones cuyos nombres son sobradamente expresivos: Actualmente, Filosóficamente, Culturalmente, Humanamente… Y tal vez en recuerdo del famoso adagio de Kant Sapere aude (Atrévete a pensar), la revista ostenta como lema Incitar a pensar. Por cierto, que el formato de la revista exige entradas de mucha menor extensión que la que estoy acostumbrado a ocupar, lo cual va a suponer, como es lógico, un reto en la búsqueda de concisión y síntesis.

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La isla del tesoro: el botín era la aventura

Portada de La isla del tesoro en la entrañable versión de Daniel Gil para Alianza BolsilloComo se sabe, dos de los grandes clásicos de eso que con gran condescendencia se llama «literatura juvenil» fueron concebidos para entretener a un pequeño a cargo del hombre que se ganaría la inmortalidad con su invención. Uno es Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll; el otro, La isla del tesoro (1881), de Robert Louis Stevenson. Alicia nació a lo largo de un perezoso paseo en barca por el Támesis; La isla del tesoro es producto de la pertinaz lluvia escocesa. Una tarde de un húmedo mes de agosto, al observar que su hijastro, Lloyd Osbourne, aburrido por el obligado encierro, había comenzado a dibujar una isla, Stevenson comenzó a llenarla de nombres sugestivos: la Colina del Catalejo, la Isla del Esqueleto… El niño vio enseguida que esa isla encerraba una buena historia y se la pidió a su padrastro: solo puso una condición, que en ella no hubiera mujeres. Al ritmo febril de un capítulo por día, Stevenson dio nacimiento a la historia de Jim Hawkins, del cocinero de a bordo John Silver el Largo y del tesoro escondido del capitán Flint. Cada noche lo leía a la concurrencia, y el continuará la tuvo en vilo durante aquellos días estivales. El resultado se conoce bien: un clásico imperecedero de la literatura (sin etiquetas) de todos los tiempos, cuyo atractivo, como saben muy bien quienes lo aman sin reservas, estriba en la mágica fusión entre la narración pura y sin coartadas con la densidad moral que proporciona su ambigua atmósfera de iniciación. Asumiendo como propias las palabras de Fernando Savater, es «la historia más hermosa que jamás me han contado».

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Metrópolis frente a Metrópolis: de Fritz Lang a Thea von Harbou (II)

Maravilloso poster de Boris Bilinsky para la película Metrópolis

Una parábola de misticismo cristiano

La fascinación que sigue despertando Metrópolis, de Fritz Lang, no solo no se ha agotado todavía sino que sigue creciendo, gracias a su imperecedera estampa visual, tan influyente en la historia del cine, tan homenajeada, tan plagiada o tan bien absorbida por determinadas obras. De la no menos imprescindible Blade Runner (1982) al diseño del entrañable androide C3PO de la saga Star Wars (que masculiniza sin mayores variantes la forma del robot del inventor Rotwang) o el dibujo de múltiples ciudades futuristas del cómic, empezando por la saga de El Incal, de Jodorowsky y Moebius, podríamos citar una verdadera ristra de referencias. Los numerosos artistas de talento que unieron fuerzas tuvieron muy claro que para dar vida a ese mundo distópico debían hacer convivir en paradójica armonía lo ultratecnológico (ese famoso plano de la ciudad futurista, con sus enormes rascacielos y sus carreteras aéreas) con lo arcaizante (los aeroplanos muy años 20 que surcan el cielo de ese mismo plano o los múltiples elementos medievales que recorren su entraña).

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Metrópolis frente a Metrópolis: de Fritz Lang a Thea von Harbou (I)

Este artículo, ahora mínimamente reelaborado, fue publicado en el nº 15 de la revista Delirio.

Portada de la edición inglesa de la novela Metrópolis, de Thea von Harbou

Habrá quien no haya visto Metrópolis (1927), pero creo que existen pocos aficionados al cine que no conozcan su renombre, que no hayan contemplado alguna de sus imágenes o visto alguna de las películas que existen porque una vez existió Metrópolis. Se trata, por lo tanto, de uno de los films más conocidos de la historia, y sin embargo parte de su sugestión radica en que se trata también de los más misteriosos. En primer lugar, muy pocos espectadores han podido disfrutar la versión inicialmente estrenada en enero de 1927: el fracaso de los primeros pases hizo que el film fuera retirado de las salas y, a partir de entonces, iniciara una carrera de remontajes, en especial para su exhibición extranjera. La principal la realizó la Paramount —que había participado en la financiación del film— para el estreno norteamericano, amputándola en un tercio de su metraje. Esta versión es la que volvió a Europa y se exhibió en cines. Con el paso de los años, y convertido el film en uno de esos títulos de referencia que todos conocen pero pocos han podido ver, llegó la hora de la restauración. Abrió la veda un músico pop con inquietudes cinéfilas, Giorgio Moroder, que impulsó en 1983 un muy discutible trabajo (metraje muy reducido, horrendas cancioncillas a cargo de ídolos del momento en la banda sonora) que sin embargo tuvo la virtud de redescubrir el film. Dos décadas después, el especialista Enno Patalas, comparando copias depositadas en distintos archivos repartidos por el mundo, consiguió montar la versión más fiel posible al original, con una duración cercana a las dos horas. Por último, en 2008 apareció una copia completa del negativo original en el Museo del Cine de Buenos Aires. La copia estaba en muy mal estado y además, en los años 70, el negativo había sido pasado a 16 mm, con lo cual los nuevos empalmes muestran claramente su deficiencia frente al resto del metraje, pero ha permitido disponer por fin de una versión razonablemente fiel a la que concibió su director Fritz Lang.

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Volverás a Región: el lugar donde se acumula la entropía

Portada de Volverás a Región, de Juan Benet, en DestinolibroEn 1968, un escritor colombiano por entonces afincado en Barcelona, sorprendió al mundo literario con una novela que enseguida reclamó el marchamo de genial con su mera evocación: Cien años de soledad. Como escenario de la jubilosa vastedad narrativa que Gabriel García Márquez proponía en sus páginas figuraba uno de los lugares ficticios más famosos de la literatura: Macondo. No era, claro, el primer espacio inventado «como si fuera real» por un autor. Descontando, claro, las tierras fantásticas al estilo de la isla de Utopía, el País de las Maravillas o la Tierra Media, más de un escritor ya había propuesto lugares moldeados sobre la realidad pero lo suficientemente personales como para poder obrar sobre ellos con absoluta independencia. El más famoso antes de Macondo (y resulta muy adecuado evocarlo pues el autor que nos va a ocupar durante las siguientes líneas siempre lo tuvo un poco como su gran maestro) es el condado de Yoknapatawpha inventado por el norteamericano William Faulkner. En España también contamos con unos cuantos del estilo: la Celama de Luis Mateo Díez o la Obaba de Bernardo Atxaga. Pero es posible que el territorio mítico de nuestras letras por excelencia —aunque tengo la sensación de que muy pocos han sido capaces de internarse por él— es el que lleva el muy afortunado, por sugestivamente reiterativo (lo cual ya es una clave de su entraña), nombre de Región. Y aunque había nacido algunos pocos años atrás en un relato corto, el libro en que realmente alcanzó carta de naturaleza lo publicó su autor, el madrileño Juan Benet, en el mismo año que García Márquez el suyo (aunque la fecha de la edición es de 1967, llegó a las librerías realmente en enero del 68). Se trata de uno de los libros más difíciles, incómodos e irritantes, de nuestra literatura: Volverás a Región. Paradójicamente, o quizá por ello mismo, también de los más fascinantes.

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Caspar David Friedrich, el pintor de lo sublime

El viajero contemplando el mar de nubes, de Caspar David FriedrichEn las últimas dos décadas, Caspar David Friedrich ha sido el pintor desconocido más visible para los lectores españoles, y desde luego, el más manoseado. Y ello por una circunstancia curiosa: por haber sido una especie de moda, si se quiere un recurso cómodo, para los diseñadores de portadas de libros en nuestro país. La lista de publicaciones que han llevado un cuadro de Friedrich en la cubierta es incontable: solamente del que acompaña este párrafo de apertura, el maravilloso El viajero contemplando el mar de nubes, yo mismo tengo en mi casa cuatro o cinco (y he registrado en las librerías españolas unos cuantos más, hasta llegar al menos a la decena). El motivo es evidente: hay pocos pintores como él cuyos cuadros desprendan ese conjunto de sentimientos que asociamos a lo sublime: la serenidad, la melancolía, la soledad en su grado más inmensurable. Y lo hizo mediante obras de gran belleza, que desprenden un sentido de la armonía que parece hacerlas especialmente adecuadas como ilustración de portada para vender un libro. No en vano, Friedrich ha sido calificado muchas veces como el pintor de la calma, en cuanto que, en efecto, su obra parece sumergida en una perenne quietud. Una quietud polisémica, porque puede traducirse de distintos modos, y ello porque sus cuadros, una vez ejecutados y expuestos, parecen abandonar al autor —llevándose, eso sí, una expresión de sí mismo— para buscar al espectador e incluirlo en un juego participativo que no es unívoco ni determina siempre idéntica respuesta. Este es uno de los rasgos esenciales de la escuela pictórica (y, en general, del movimiento intelectual) que hoy llamamos Romanticismo, y de la cual Friedrich es una de sus máximas figuras.

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El corazón del ángel o la sombra que se perseguía a sí misma

Poster español de El corazón del ángelEs una pena que haya obras que nos fascinaran absolutamente la primera vez que nos tropezamos con ellas y que revisadas a una edad con mayor sentido crítico (o, y tal vez ahí está la tristeza, menos ingenua) no ya es que reduzcan su impacto, sino que quedan despojadas de todo su valor. El caso emblemático para mí es una película titulada El corazón del ángel (1987), que todavía hoy posee bastante eco entre mucha gente (sobre todo quienes la disfrutaron en su momento). Y lo puedo entender, porque —si las obras se redujeran a su esqueleto argumental o al cúmulo de las ideas que contiene su planteamiento, sobre el papel— existen pocas historias más atractivas, en especial para aquellos a quienes nos han interesado siempre las intrigas que cuestionan el concepto de la realidad, que siguen un camino y de pronto revelan otro muy distinto (aunque ya se había ido advirtiendo a lo largo de su curso), y que además, es una debilidad personal, tienen en la amnesia un elemento fundamental. El corazón del ángel narra la búsqueda que realiza un detective de medio pelo sobre un antiguo cantante de moda en los años 40 (la acción se ambienta una década después) del que lo último que se sabe es que quedó amnésico tras haber sufrido un brutal traumatismo de guerra. Su investigación no tarda en dar con aquellos que lo conocieron en sus días de apogeo y que, seguramente, saben mucho más de lo que dicen, pero cada uno de los hombres y mujeres que interroga acaba apareciendo después terriblemente asesinado, de tal modo que él se convierte en el primer sospechoso. Y la verdad, desde luego, superará cuanto él podía haber imaginado…

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La brillantez según Mankiewicz: Eva al desnudo y De repente, el último verano

El trío estelar de Eva al desnudo... con la fugaz Marilyn Monroe en medio

El nombre de Joseph L. Mankiewicz viene asociado, de inmediato, a un término: brillantez. Mankiewicz fue uno de los pocos autores completos del Hollywood clásico en el sentido francés del término, es decir, director de sus propios guiones. Esto le convirtió en un hombre con un mundo propio, con un cine reconocible al instante. Así, cuando uno piensa en sus películas inevitablemente desfilan por la mente determinados elementos: estructuras narrativas sofisticadas que alternan los puntos de vista de varios personajes, personajes enclaustrados en universos absolutistas que toleran mal la intrusión, la concepción del Juego como una de las bellas artes, un sentido del cinismo que no es tanto una defensa contra el mundo como una mejor forma de entenderlo, el manierismo como atributo expresivo de la complejidad… Brillantez intelectual, dramática y estética, en suma. Un conjunto sin duda atractivo que, sin embargo, revela a un autor contradictorio (¿cómo no serlo, en realidad, con esas señas de identidad?) que cuenta con magníficas películas pero también con tropiezos… quizá por no saber superar el mayor peligro que ronda en estos casos, la autocomplacencia. Voy a ilustrar mi premisa hablando de dos de sus títulos más famosos, Eva al desnudo (1950) y De repente, el último verano (1959), advirtiendo de entrada que, para mí, el verdaderamente conseguido (incluso tensando los límites de lo conveniente) es el segundo, mientras que el primero me parece un título sobrevalorado, que se refugia cómodamente en su aparente brillantez (repito el término más de lo defendible, lo sé) para ser una obra más blanda y convencional de lo que parece.

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El día en que Gwen Stacy murió

La portada del 122 de Amazing Spiderman, con Gwen muerta y Spidey jurando venganzaUn mal día de 1973 Gwen Stacy murió. Fue arrojada desde lo alto del puente de Brooklyn por el Duende Verde, archienemigo de Spiderman. Murió sin llegar a saber que el trepamuros era la personalidad secreta de su novio, Peter Parker, la explicación a tantas incógnitas de la vida de éste: sus repetidas ausencias, sus misteriosas huidas en medio de alguna situación peligrosa, que le habían dado fama de cobardica entre sus amigos y conocidos. (¿O llegó a decírselo el mismo Duende en esas horas, silenciadas por la crónica, que median entre su secuestro y su hora final, no en vano, si éste era el archienemigo del Hombre Araña, es porque era el único que conocía su verdadera identidad?) Gwen Stacy no tenía ningún rasgo llamativo de su personalidad: pero era rubia, era guapa, era la chica de Peter Parker, o sea, era nuestra chica. Y con eso bastaba. La muerte de Gwen nos reveló de pronto, en plena adolescencia, que la vida también es eso que de pronto se acaba o que a la vuelta de la esquina y sin mediar aviso (es fama que parte de la leyenda de este deceso es que no se lo esperaba nadie) nos puede estar aguardando la pérdida, el olvido, el fin. Los adultos fruncían el ceño al vernos leer tebeos (y encima de superhéroes), porque eso no era la vida. Cómo se equivocaban: de acuerdo en que eso no era toda la vida —¿por qué hay quienes quieren creer que los contagiados por las ficciones corremos el riesgo de no distinguir entre realidad y fantasía?—, pero sí una parte importante de ella, que en esa época nos definía. Gracias a la magia de sus creadores, todos éramos Peter Parker, todos éramos Spiderman. Por eso, Gwen Stacy también se nos murió a nosotros, a un océano de distancia de Nueva York, en otro universo si no de papel, sí también de sueños.

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Los duelos morales en los westerns de John Sturges

Wyatt Earp y Doc Holliday, Burt Lancaster y Kirk DouglasLa gran década del western, en mi opinión, es la de los 50. El número de grandes títulos estrenados y de espléndidos directores que a él se consagraron es ciertamente notable. En concreto, y aparte de las obras de los maestros más venerables —por ejemplo, John Ford con Centauros del desierto o Howard Hawks con Río Bravo—, el aficionado asocia esos años a la dedicación intensiva de varios directores que filmaron consecutivamente un buen puñado de títulos irrepetibles a modo de ciclo, algo que siempre estiman mucho los cinéfilos y mitómanos en general. Los nombres más conocidos son los de Anthony Mann, Budd Boetticher y Delmer Daves, que merecieron (en especial los dos primeros) los favores de la crítica para revaluar su obra bajo la etiqueta de «autores». A su lado, en un peldaño no discuto que inferior, también se desarrolló la obra de otro director que no mereció semejante atención pero que también brindó espléndidas películas. Se trata de John Sturges, un realizador cuyo nombre dice poco pese a firmar uno de los títulos más famosos del género, Los siete magníficos (que irónicamente no figura entre sus grandes aportaciones), y que dirigió en la segunda mitad de los 50 cuatro excelentes westerns que giran en torno a un rasgo dramático y argumental común, el duelo, moral tanto como físico, entre dos personajes de equivalente peso carismático, que dirimen en él mucho más que sus vidas: la rúbrica de que la decisión que tomaron en cierto momento (y que los alejó del otro) fue la correcta

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Las películas de Waldemar Daninsky (II)

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Doctor Jekyll y el hombre loboEl título de la película Doctor Jekyll y el hombre lobo (1972, León Klimovsky) parece indicar sobradamente que, con esta historia, Jacinto Molina rizó el rizo de lo admisible en su afición a los cócteles de monstruos, hasta incurrir por exceso en la parodia involuntaria. Y aunque la película es de las más mediocres de todo el ciclo, lo cierto es que no lo es por la idea: es delirante, cierto, pero no tan descabellada como puede parecer a simple vista. No en vano el mito creado por el gran novelista R. L. Stevenson y el hombre lobo poseen numerosos vasos comunicantes. En ambos casos, existe la transformación de un hombre bueno, «normal», en un monstruo feroz y violento, y aunque en el caso de Jekyll & Hyde es más evidente, también el licántropo podría considerarse un caso agudo de doble personalidad, que supone la incontrolable liberación de todo ese poso instintivo, por tanto descontrolado, que anida en el alma humana. No en vano hay un precedente, y muy notable (aunque injustamente menospreciado): el primer film de hombres lobo del cine, El lobo humano (1935), de la Universal, es claramente una variante de la historia de Stevenson. Molina inventa que el nieto del famoso doctor Jekyll (recuérdese que, como casi siempre, la ambientación es contemporánea), al que Waldemar Daninsky ha recurrido para hallar una curación, le inocule el suero de su abuelo justo en el momento de la transformación en licántropo, para que en quien se convierta sea en Mr. Hyde, y justo entonces inyectarle el antídoto que este descendiente aventajado ha conseguido inventar. Claro, nada sucederá como estaba pensado.

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Miguel Strogoff o el elogio de la tenacidad

Portada de Miguel Strogoff, en Editorial MolinoEs probable que Miguel Strogoff no sea un ejemplar emblemático de los Viajes extraordinarios de Julio Verne, y que por ello (y pese a ser una novela considerablemente popular) no suela figurar entre los libros del autor que uno recomendaría para conocer bien sus principales características. Es decir, aun siendo en efecto la historia de un viaje no hay ninguna aparición de elementos científicos ni mucho menos anticipatorios; no hay una crónica del dominio de la naturaleza por el hombre; no se establece la minuciosa reseña de los viajeros que han precedido a los protagonistas en el descubrimiento del espacio que atraviesan y que, por tanto, vinculan a todos ellos en la cadena del progreso humano; y ni siquiera existe el simbolismo iniciático y casi esotérico que permitió a algunos la revalorización del escritor en las últimas décadas del siglo XX. Miguel Strogoff es, sencillamente, una aventura en estado puro que, eso sí, está atravesada por los magníficos resortes narrativos que hacen de Julio Verne uno de los más grandes cultivadores del género (y por tanto, para mí, de la literatura). Un libro quizá por ello, en el fondo más depurado que otros, menos digresivo, más directo, a la medida de su formidable personaje protagonista. Un personaje inolvidable no por la riqueza de rasgos con que se lo dibuja, sino sencillamente por la maravillosa convicción con que, de su suma de virtudes, Julio Verne lo convierte en símbolo de la tenacidad. Porque, antes que otra cosa, eso es lo que es esta novela: una apología de la tenacidad, la propia del hombre que debe atravesar un espacio lleno de peligros porque, una vez que ha aceptado hacerlo, se ajusta a su lema irrenunciable: «¡Llegaré!»

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