Este artículo, ahora corregido y ampliado, apareció previamente en la revista digital Homonosapiens.
Es posible que el mayor trauma que sufriera en mi infancia haya sido el no haber padecido, ni siquiera por unas pocas pero consoladoras horas, la que entonces consideraba la enfermedad más estupenda del mundo: la amnesia. No quiero dármelas de Guillermo Brown (quien, por otro lado, utilizó este truco más de una vez), pero me hubiera sido de lo más útil en alguna de las ocasiones en que, acongojado debido a alguna tropelía claramente imputable a mi persona, adivinaba la inminente actuación del brazo justiciero de mi padre. Y es que ser amnésico no podía ser más emocionante: ignorar cualquier circunstancia sobre la identidad propia pero sin embargo, seguir reteniendo en la cabeza todos los conocimientos adquiridos durante la vida olvidada (por ejemplo, dejar bien claro, por la forma de acertar un diagnóstico ante una suma de síntomas, que uno tenía que ser médico). Asimismo, rodeado de oscuridad, el amnésico se encuentra de continuo al borde de la luz, solo que esta se empeña en deslumbrarlo con un único fogonazo: unas líneas negras sobre el fondo blanco de la bata de la mujer a la que está besando o el dolor físico que de pronto le provoca el examen de una cicatriz cuyo origen no recuerda. Por último, lo más sugestivo es que el amnésico sueña por lo común cosas absurdas y siempre habrá un especialista (a ser posible, una guapísima analista que se pone gafas en los momentos en que hay que parecer más inteligente) que entresaque prodigiosas claves sobre la identidad perdida de ese confuso magma de signos que nadie más entiende.