Stanislaw Lem, la ciencia como ficción alegórica

El gran escritor polaco Stanislaw LemDescubrí a Stanislaw Lem, de modo inevitable, gracias al cine: la magnífica película de Andrei Tarkovski Solaris (1972) me condujo a buscar la novela, que recordaba haber visto en librerías gracias a la sugestiva portada (del argentino Óscar Chichoni) que le dedicó Minotauro (cuya traducción procedía no del original polaco sino de la versión francesa, como El Invencible, mi segunda lectura lemiana, también en la misma casa, pero entonces esto no lo sabía). El deslumbramiento fue instantáneo y el acceso a nuevos libros suyos (los publicados en su día por Alianza o Bruguera) inició una de las más fecundas experiencias literarias de mi vida, que todavía no ha concluido, entre las continuas relecturas de las novelas y cuentos con que armé mi primer conocimiento del autor y la afortunada publicación de buena parte de sus libros inéditos (ahora por parte de Impedimenta). Considero a este autor polaco uno de los escritores más densos y profundos de todo el siglo XX, y por tanto una de sus figuras fundamentales, y aunque tal vez sea el escritor de ciencia ficción que mejor ha conseguido superar el muro de cristal que suele retener a los practicantes de la literatura de género dentro del gueto de la indiferencia para quienes consideran que esta última no es «seria», es evidente que el reconocimiento de Lem todavía está lejos de ser completo. Para colmo, durante años la información disponible para el lector medio (sin acceso a fuentes de información en otros idiomas) ha sido realmente mínima. Impedimenta acaba de publicar, por fin, una biografía sobre el autor, escrita por un compatriota, Wojciech Orlinski, con el título de Lem. Una vida que no es de este mundo1, la cual, aunque decepcionante en líneas generales, por primera vez me ha permitido hacerme una cabal idea de la vida y trayectoria artística y profesional de este impar escritor. Por ello he podido animarme a escribir un artículo que aborde, de forma genérica, a este genio del que ya he tratado en este blog acerca de varias de sus obras concretas.

Lem nació en 1921 en Lvov2, ciudad situada entonces en Polonia pero cuya historia (a lo largo de la cual cambió muchas veces de dominio y de nombre) es bien significativa del convulso devenir de las tierras de Europa Oriental. Fundada hacia 1250 como uno de los principados que componían la medieval Rús (el núcleo eslavo que daría origen, con el tiempo, a Rusia), había pasado a la órbita polaca a mediados del siglo XIV y durante cuatro siglos fue una de las ciudades más importantes de aquella Polonia que fue gran potencia centro-oriental de Europa. En 1772, sin embargo, en el curso de la primera de las particiones que acabó haciendo desaparecer el reino polaco hasta el final de la Primera Guerra Mundial, Lvov se convirtió en dominio de los Habsburgo, emperadores de Austria (rebautizada posteriormente como Austria-Hungría), germanizando su nombre por el de Lemberg. Fue así que el padre del escritor, Samuel Lem, de profesión otorrino, había servido, en tanto que súbdito del imperio, como médico militar en el ejército austro-húngaro durante la Primera Guerra Mundial. Disuelto este conglomerado de naciones, Lvov pasó a ser objeto de disputa entre polacos y ucranianos, hasta que en 1923 se reconoció su pertenencia a Polonia. Stanislaw Lem, de lengua polaca, viviría allí su infancia y juventud, hasta que otra guerra mundial, la Segunda, trastocaría su existencia.

Lvov, Lemberg, Lviv, Leópolis, la ciudad natal de Stanislaw Lem

Lem fue una de tantas víctimas de una doble sinrazón: la ocupación nazi y la ocupación soviética. La primera exterminó a la práctica totalidad de la población judía de su ciudad; la segunda lo obligaría a marcharse para siempre de la urbe donde había crecido, puesto que la URSS, al anexionársela (desde entonces se llama Lviv) decidió de paso «sanearla» culturalmente, obligando a sus habitantes de origen polaco a «repatriarse» a Polonia. Los Lem se instalarían en Cracovia, ciudad donde el escritor pasaría ya el resto de su vida, donde acabaría sus estudios de medicina y donde se casaría en 1953 con Barbara Lesniak, nueve años menor que él y con quien compartiría el resto de su existencia. Ambos tuvieron un solo hijo, Tomasz, nacido cuando Stanislaw tenía ya 47 años.

maqueta camisa hospitalSignificativamente, Lem fue siempre muy reticente a hablar de esos años, pero su literatura los acabó reflejando de un modo u otro. Es muy destacable Provocación (1980), una de las varias reseñas sobre supuestos libros, en realidad apócrifos, que escribiría a partir de los años setenta, donde analiza el nazismo con una lógica que recuerda a la de LTI. Lingua Tertii Imperii, de Victor Klemperer, implacable desvelador de la sofística de Hitler y sus propagandistas. Con notable lucidez, Lem advierte de su condición de huevo de la serpiente del terrorismo moderno, con el que comparte la misma justificación: los crímenes han de ser justificados como «actos de justicia» para convertir al asesino en héroe al servicio de una causa ingrata. Por otra parte, este torturado bagaje personal dio origen a una primera novela que debiera haber constituido su puesta de largo en la literatura, El hospital de la transfiguración, concluida hacia 1948 pero que encontró tales trabas por parte de la Censura que no vería la luz hasta 1955, cuando Lem ya había decidido seguir el camino de la ciencia ficción. Esta novela se vería acompañada de otras dos (inéditas ya en España), De entre los muertos y Retorno, que su biógrafo Orlinski denomina Trilogía del Tiempo Perdido, en evidente referencia a Proust, y que asimismo verían la luz a mediados de los 50, pero ya sin la repercusión que esperaba su autor.

Pese a sus estudios médicos, y a la inquietud por la ciencia que lo había acompañado desde la infancia (y en especial por el conocimiento y fabricación de todo tipo de máquinas, lo cual le serviría magníficamente para su obra de ciencia ficción), Lem nunca pensó en dedicarse profesionalmente a la medicina, sino a la literatura. Por ello, desde su llegada a Cracovia se relacionó con diversas revistas que le publicaron todo tipo de trabajos. Uno de ellos fue una historia titulada El hombre de Marte —que había escrito durante la guerra—, y que probablemente concibió como un mero entretenimiento mientras planeaba empeños mayores. Ahora bien, cuando la publicación de El hospital de la transfiguración se reveló tan ardua, este joven que necesitaba no solo reafirmarse como escritor sino profesionalizarse (en el edén obrero no se podía ser un diletante en espera de encontrarse a sí mismo) tuvo que elegir otro camino. Y entonces, el contacto casual con un importante editor lo llevó a redactar otra historia de ciencia ficción, más ambiciosa, que tituló Astronautas (1951). El enorme éxito decidiría su especialización en los años siguientes, que ratificaría su siguiente novela en el mismo campo, La nebulosa de Magallanes (1955, inédita en español en este caso), así como los cuentos protagonizados por el viajero estelar Ijon Tichy, su personaje más carismático, cuya primera antología es de 1957 (si bien lo retomaría en diversas novelas futuras).

Stanislaw Lem no tardaría en convertirse uno de los autores polacos más conocidos fuera de su país, así como el referente intelectual de la ciencia ficción, gracias a las traducciones iniciales en alemán y en francés, idioma este último del que se vertería a muchos otros, como ya he señalado en el caso de nuestro país.

Portada de Solaris en Minotauro, ilustración del argentino Oscar ChichoniEdén (1959) marca el inicio de su madurez, a partir de una de sus tramas predilectas, el contacto entre un grupo de astronautas terrestres y los habitantes de un planeta lejano. Su década más creativa fue la de los 60, que comenzó con la publicación de su novela más conocida (y seguramente su obra maestra), Solaris (1961), el mismo año en que, casi conformando un póker, también dio a la luz Memorias encontradas en una bañera y Retorno de las estrellas. Más adelante aparecerían las también espléndidas El Invencible (1964) y La Voz del Amo (1968), nuevas vueltas de tuerca a sus reflexiones sobre la comunicación (del hombre con otras civilizaciones planetarias: en realidad, del hombre consigo mismo). Y todo ello lo redondeó con los divertidísimos, e inteligentes, cuentos sobre civilizaciones robóticas (pero muy humanas) que titulo Fábulas de robots, de 1964, y Ciberíada, de 1967, amén de los dos volúmenes dedicados a su inolvidable piloto Pirx (de 1968).

En los años 70 iría dejando de lado la ficción en beneficio de los libros formados por ensayos sobre libros inexistentes. Aun así, a esa década pertenecen dos novelas extraordinarias, Congreso de futurología (1971), para la cual rescató a Ijon Tichy, y La fiebre del heno (1976), magnífica novela policiaca de ambiente futurista que suponía su regreso a un género en el que ya había deparado otro estupendo thriller, en este caso impregnado por una atmósfera propia del terror, La investigación (1959).

Su vida fue todo lo plácida que puede ser en una dictadura totalitaria en que, además, las comodidades de la vida cotidiana (como él mismo comprobaba viajando, por razones editoriales, a capitales como Berlín o París) eran mínimas. Admirablemente, se negó a dejarse instrumentalizar por el régimen, con el que mantuvo una relación distante aunque no beligerante. En los años 80, sin embargo, después de que el general Jaruzelski echara por tierra las esperanzas levantadas con la eclosión de Solidaridad, decidió marcharse del país, primero a Berlín, para instalarse finalmente en Viena, donde pasaría siete años, de 1981 a 1988. Orlinski lo denomina un «semiexilio» por cuanto nunca rompió oficialmente con el régimen de su país. Este sería el marco en que crearía sus últimas dos novelas, una estimable, Paz en la tierra, la otra estupenda, Fiasco, que además cerraría su carrera en la ficción.

Ilustracion de Daniel Mroz para Ciberiada

Stanislaw Lem aún viviría veinte años más, en los que no publicaría ningún otro libro, aunque seguiría colaborando con diversas revistas. Problemas de salud, cansancio o la sensación de haber dicho cuanto podía decir: el admirador puede escoger la justificación que prefiera acerca de su silencio, porque el libro de Orlinski resulta más bien impreciso. Murió el 27 de marzo de 2006: no recuerdo (aunque tal vez soy injusto) que en los medios nacionales se le dedicara el espacio que merecía. Da igual, porque mientras otros que concitaron exuberantes obituarios han ido pasando al olvido, los libros de Lem están más vivos que nunca y se está traduciendo lo que todavía no se encontraba en español: esto último debemos agradecérselo a Impedimenta, cuyas bellas ediciones tanto han rescatado las antiguas traducciones (la mayoría de la impar Jadwiga Maurizio) como se están encargando de las nuevas (por desgracia, inferiores a las anteriores).

La obra de Lem, en general, puede dividirse en tres categorías. La primera se corresponde con su adscripción a la ciencia ficción pura, en esa versión que los estadounidenses denominan hard por su propósito de recrear con la mayor credibilidad científica posible el futuro, su organización social y, en especial, su parafernalia tecnológica. En esta se encuadran la mayor parte de sus novelas y buena parte de sus relatos, entre los que destacan los del piloto Pirx.

diarios de las estrellas, en edicion de edhasaLa segunda es su incursión en la literatura satírica, también con trasfondo sci-fi mas con una considerable libertad compositiva: a ella pertenecen, especialmente, varias de sus colecciones de cuentos, como las del viajero Ijon Tichy, que empezaron a aparecer en diversas revistas desde inicios de los años 50 y que acabaron siendo recopilados en la antología titulada Diarios de las estrellas, o las dedicadas a las particulares civilizaciones robóticas inventadas por el autor a medio camino entre la fábula satírica y el cuento de hadas guasón (a una y otras dediqué hace tiempo un artículo, al que remito). Eso sí, determinados libros suponen una perfecta intersección de ambas perspectivas, en especial Congreso de futurología, cuyo protagonista, no por nada, es el mismo Tichy, al que rescataría para dos de sus últimas novelas, Regreso a Entia y Paz en la Tierra, que también participan de las dos. (También he abordado a Tichy en otros artículos, por lo que lo dejaré a un lado en el presente comentario.)

Por último, el ensayo (en el que se inscribe su ambiciosa Summa Technologiae, de 1964), que en los años 70 y principios de los 80 dio paso a lo que se ha llamado ensayos-ficción, un conjunto de supuestas reseñas de libros inexistentes que sirvieron al autor para plasmar su concepto de múltiples asuntos: la filosofía, la antropología, la sociología, la Historia y, por supuesto, la literatura. Estas colecciones se titulan Vacío perfecto (1971), Magnitud imaginaria (1973), Golem XIV (1981) y la ya mencionada Provocación, que acabaron siendo agrupadas por el autor, con algún que otro añadido, bajo el epígrafe Biblioteca del siglo XXI.

Este breve recorrido debería bastar para señalar la enorme complejidad de la obra del escritor y para desmentir el lugar común de la banalidad de la ciencia ficción. No hay que olvidar que si él se acabó consagrando a ella fue, en parte, porque era un género al que la censura prestaba poca atención —este menosprecio es idéntico, irónicamente, al que despertaba en el mundo capitalista: es literatura para lectores poco exigentes, ya se sabe, pero en el mundo comunista permitió un inesperado oasis de libertad crítica, como revela el caso paralelo, en la URSS, de los hermanos Strugatski; no por nada, también Tarkoski los acabaría adaptando, en su genial Stalker (1979)— y, en parte, porque advirtió que era una tierra especialmente abonada para la densa reflexión que su mente exigía. El campo de temas, y de perspectivas, que aborda la obra de Lem es tan vasto que, de entrada, requiere precisamente a lectores a los que no les guste que los cojan de la mano para pensar. Es mérito de la capacidad narrativa de Lem que esto no derive en molesto cripticismo sino que sus novelas posean una admirable fluidez: Solaris es densa pero no impenetrable, y puede disfrutarla tanto el lector de Borges como el que siente debilidad por las space operas.

Isaac Asimov, un Lem en tono menorSi tuviera que elegir a otro autor especializado para efectuar una aproximación con respecto a Lem, es evidente que tendría que ser el estadounidense (de origen ruso) Isaac Asimov. El primer parangón, por supuesto, estriba en la formación científica de ambos escritores, que les permitió dar una credibilidad a los escenarios y las divagaciones futuristas de sus ficciones de la que muy pocos autores del género fueron capaces. El segundo, el propósito de especulación con que ambos abordaron ese acercamiento al futuro (si bien, en el caso de Asimov, con un marcado regusto pulp, propio del medio donde nació y creció como escritor). Ahora bien, y por mucho cariño que yo le tenga a este último, no puede haber comparación entre ambos: Lem poseía en grado sumo aquello que le faltaba a Asimov, una poética propia y una verdadera creatividad literaria, sin las cuales los siempre interesantes planteamientos de este acaban quedando muy por debajo de lo que permitían. Nunca hay que olvidarlo: por buenas que sean las ideas y los argumentos, sin estilo no puede haber buena literatura.

Los argumentos de Lem situaron a sus personajes bien sobre la Tierra del futuro (Retorno de las estrellas, Memorias encontradas en una bañera, Congreso de futurología), bien sobre distantes planetas (Edén, Solaris, El Invencible), abordando en varios libros los condicionamientos del viaje estelar. En todos los casos, la ambientación científica posee una completa verosimilitud, que es parte fundamental del trabajo de atmósfera. Sin embargo, Lem no pretendió realizar ningún tipo de anticipación: no jugó a aprendiz de adivino. Como los mejores autores del género, utilizó los escenarios del futuro para hablar del hombre del presente. En este sentido, el punto de vista del autor siempre fue el de un notable pesimismo antropológico (disfrazado de un regocijante sentido del humor cuando era necesario), una de cuyas muestras es el enunciado de lo que él llama el principio de Lem: «Nadie lee nunca; si lee, no entiende nada; si entiende algo, lo olvida inmediatamente». Pese a que esta máxima pudiera parecer destinada a disuadirnos a sus propios lectores, animo a persistir: el premio es invaluable.

Lem manos a la obra

De todos los temas que le ofrecía el género, el escritor se sintió especialmente interesado por el relativismo de la visión antropomórfica de la realidad y, en relación con esto, la imposibilidad de comunicarse, o siquiera comprenderlo, con aquello que no encaja dentro de esos parámetros de lo humano. En concreto, Lem plasmó esta inquietud a través de una trama que se repite de modo obsesivo en su obra: el contacto con una civilización extraterrestre. Un argumento base que el autor utilizó para desarrollar una serie de alegorías sobre el ancestral ensimismamiento del ser humano, una criatura en teoría nacida para realizarse en comunidad pero cuya incapacidad para escapar de los límites de sí mismo lo condena, inveteradamente, a la soledad. De este modo, Lem se une a una gloriosa tradición literaria que comienza con Melville y Hawthorne y llega hasta Chesterton y Kafka, como bien supo ver Borges, un escritor que no creo que leyera a Lem pero que, de haberlo hecho, estoy seguro de que le hubiera entusiasmado (su inclinación por la invención de falsos libros perfectamente verosímiles, claro, es otro eslabón entre ambos).

Si bien está presente desde sus primeras obras, es en Edén donde ese planteamiento alcanza su primera plasmación madura: los científicos que naufragan en el planeta titular se encuentran ante el problema de juzgar la naturaleza exacta del sistema socio-político que parece regir a la extraña raza dominante del lugar, cuestión fundamental puesto que del acierto en el juicio depende la decisión que han de tomar acerca de si intervienen o no en lo que, a simple vista, parece una dictadura que sojuzga con violencia a una parte de los habitantes. Son varias las novelas en que volvería a retomar este planteamiento, ya sea mediante el mismo planteamiento, el viaje a un mundo extraño (Solaris, El Invencible, Fiasco) o haciendo que un mensaje (o algo que parece un mensaje) extraterreno sea recibido en la Tierra por unos científicos desconcertados (La Voz del Amo). Todas ellas, aun complementarias, son distintas entre sí, y sus argumentos permitieron a Lem explorar múltiples direcciones dramáticas: la arrogancia imperialista que suele guiar el trato del ser humano con quien, desde su perspectiva, debe ser inferior; la incomunicación desde un punto de vista no solo científico sino puramente existencial; los fantasmas personales que bullen en el interior de todos nosotros; el uso deshumanizador de la ciencia…

Solaris, version TarkovskiLa mejor manifestación de la premisa se encuentra en la maravillosa Solaris. Lem urdió aquí la mejor creación salida jamás de su pluma: Solaris es un mundo acuático, enigmático, que desde hace varios siglos se resiste a los estudios de los terrestres (los cuales, en ese tiempo, han creado una vasta ciencia, la solarística, dedicada a la interpretación de la naturaleza del planeta: Lem le dedica múltiples, y fascinantes, páginas a referir sus premisas, que no solo no sobran, sino que son imprescindibles). Y es que ese océano-mundo parece poseer una inteligencia, o al menos un propósito, además de ser capaz de generar formas sólidas, más o menos efímeras, sobre su superficie. El protagonista, Kris Kelvin, recién llegado a la pequeña estación orbital desde la que los terrestres estudian el planeta, descubrirá que los científicos de a bordo no están solos (aunque intenten ocultarle a sus visitas, cuya naturaleza, desde el primer momento, le incita a preguntarse no sólo de dónde han salido sino qué son).

Enseguida, él recibirá su propia visita: al despertar, encuentra a su lado a Harey, la mujer a la que amó y que se suicidó diez años atrás, muerte de la que se culpa puesto que ella utilizó una sustancia que él había traído a la casa y el motivo fue el abandono del hogar por su parte. Harey no sabe cómo ha llegado hasta allí, pero es ella: tiene el mismo físico de la mujer de diecinueve años que fue (él en cambio es diez años mayor), repite sus mismos gestos, la misma forma de hablar, incluso tiene en el brazo la señal de la aguja con que se inyectó la solución que la mató. Y sin embargo, Kelvin advierte varias diferencias: la primera es que no admite separarse más de unos metros de él; la segunda, que posee recuerdos que no debería tener, sobre personas que él conoció después de su muerte. Confuso, agobiado, asustado también, claro, Kelvin la introduce en un pequeño cohete y la lanza al espacio: la mata de nuevo, sin duda. Mas pocas horas después ella volverá a reaparecer, sin recordar ese suceso. La verdad es evidente: Solaris tiene la capacidad de leer los anhelos o los traumas más íntimos de quienes lo orbitan y darles vida.

A partir de esta genial premisa, Lem desgrana una serie de turbadoras reflexiones que abarcan desde la inquietud existencial a la metáfora de la divinidad (en un sentido deísta y desdeñoso: Solaris es el dios que después del acto creador se encierra en sí mismo, abandonando a sus criaturas a su suerte), de la inagotable necesidad de trascendencia del ser humano al temor de la soledad en su sentido cósmico: en realidad, cada hombre es un universo en sí mismo y es discutible que podamos comunicarnos de verdad unos con otros. Solaris, sin la menor duda, es uno de los libros capitales de la literatura moderna, dueño de una densidad psicológica, de una atmósfera de desgarro emocional a la vez que de misterio primordial (es sugestivo, por tanto, el contraste con su ambientación futurista), de una capacidad para la reflexión filosófica y, en fin, de un pegajoso dibujo de personajes que justifican la extraordinaria sugestión que ha despertado en cuantos se han asomado a él, comenzando por el genial cineasta ruso Andrei Tarkovski, el cual no se contentó con adaptarlo sino que se decidió a contarnos su muy personal mirada sobre el mismo, divergente y a la vez estremecedoramente complementaria. El propio Lem lo advirtió, con disgusto, con la mera lectura del guion, enfrentándose de modo tan agrio con el cineasta que rompió toda relación con el proyecto que, irónicamente, haría que más de uno de sus futuros lectores se acercara a sus libros. Quien escribe este artículo, como decía en el inicio del mismo, es uno de sus beneficiados.

Inmortales Kelvin y Harey, en el Solaris de Tarkovski

1 El motivo de esta decepción radica, ante todo, en la excesiva dispersión de ideas, de información, de concreción sobre muchos momentos de la vida del autor, y sobre sus obras. Su responsable, Orlinski, recurre con fruición a fuentes epistolares pero no por ello consigue acercarnos más a Lem: se tiene la impresión de que dedica demasiado tiempo a cuestiones que parecen poco relevantes, como la minuciosa crónica de la relación del escritor con los coches, que a establecer con claridad las coordenadas de su vida. Una vida, cierto es, que una vez concluida la guerra ya carece del posible estímulo de la variedad (una vida «normal», para entendernos, si puede ser normal vivir bajo una dictadura totalitaria), pero no por ello necesitada de menos capacidad de análisis y de precisión en el dibujo biográfico.

2 La traductora, Bárbara Gil, utiliza el término español de Leópolis, que confieso que no conocía hasta esta lectura, cuyo uso recomienda la RAE en su política de castellanización de topónimos. Por otra parte, el trabajo de Gil me parece muy discutible, no tanto por las puntuales incorrecciones como por insólitas decisiones de traducción, en la estela por desgracia muy frecuente de incontables colegas que ni parecen tener la preparación cultural que antes se consideraba necesaria en esta profesión ni lo compensan mediante un minucioso trabajo de información. Llamar Cortina de Hierro al entrañable Telón de Acero; utilizar el término XX Encuentro para referirse al famoso XX Congreso del PCUS en que Jruschov denuncia el estalinismo; ignorar que la famosa novela de Arthur Koestler Darkness at Noon se conoce en España como El cero y el infinito y no mediante la traducción literal La oscuridad a mediodía; traducir Baviera como Bavaria… y otros ejemplos por el estilo (no corregidos por la adecuada supervisión de su trabajo, un elemento que echo en falta en casi cualquier editorial, por encomiable que esta sea) enturbian su lectura. Aun así, y pese a mis reticencias tanto hacia el autor como hacia la traductora, insisto en que, hoy por hoy, estamos ante un libro imprescindible para el admirador de Stanislaw Lem.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Stanislaw Lem, la ciencia como ficción alegórica

  1. Renaissance dijo:

    Aquí está una de mis tareas pendientes…hasta el punto de haber regalado a una persona aficionada a la ciencia ficción sus Diarios de las estrellas, sin que se me hubiera ocurrido guardar una copia para mi.
    Es precisamente después de leer Picnic junto al Camino (quizá por relacionar Solaris y Stalker) cuando me di cuenta que había una parte importante de la ficción por descubrir.

  2. JavierF dijo:

    Supongo que cuando te refieres a la impar traductora Joanna Orzechowska, en realidad quieres decir Jadwiga Mauricio. Orzechowska fue la traductora de Solaris para Impedimenta. Saludos.

    • Uf, en efecto, es a Jadwiga Maurizio a la que me refiero. Como estaba releyendo «Solaris» en el momento de redactar el artículo, supongo que se me coló el nombre de esta otra traductora, también polaca. Tengo a Jadwiga Maurizio por una de las grandes de la traducción, de modo que me siento muy mal por haber inducido a confusión entre quienes hayan podido leer el artículo con el error. ¡Muchas gracias por habérmelo dado a conocer y así poder rectificarlo!

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