Solo ante el peligro: ¿por qué nadie ayuda a Gary Cooper?

Cartel americano de Solo ante el peligroLas 10.30 de la mañana en una pequeña pero próspera población del Oeste llamada Hadleyville. El sheriff Will Kane, un hombre al que todos los ciudadanos de bien respetan por haber limpiado sus calles de todos los indeseables que las perturbaban, se casa con una bonita muchacha llamada Amy. Ignora en ese momento que tres de aquellos maleantes acaban de llegar al pueblo y esperan en la estación la llegada de un cuarto, Frank Miller, este ya un asesino peligroso que acaba de cumplir condena en prisión y vuelve para cumplir su promesa de vengarse de Kane. Llega en el tren de las doce, al medio día —título original del film, High Noon—, y en esa hora y media de margen, Kane descubrirá que no hay nadie en Hadleyville dispuesto a ayudarle contra los cuatro pistoleros: tendrá que enfrentarse, por lo tanto, solo ante el peligro. Los distribuidores españoles siempre han gustado de cambiar los títulos a las películas que estrenaban, pero hubo una época en que a veces incluso los mejoraban. Y este es uno de los casos. La imagen de Gary Cooper recorriendo, con progresiva angustia, las calles de esa ciudad donde se creía respaldado (y respetado), su rostro plagado de dudas al verse abandonado incluso por la mujer con la que acaba de casarse, de religión cuáquera y por tanto enemiga de cualquier violencia, que quería que se marcharan juntos antes de la llegada de Miller, es uno de los grandes iconos de la historia del western. Y el inmejorable título define con sencillez y contundencia la clave de esa angustia. Nadie va a ayudar a Will Kane.

Quienes desde su estreno en 1952 convirtieron Solo ante el peligro en uno de los westerns más populares de la historia, no dudaron en adorar a Gary Cooper por esa valentía impregnada de vulnerabilidad. La zozobra que expresan los paseos de Kane por las calles del pueblo o el momento en que, en la soledad de su oficina, no puede evitar hundir el rostro entre las manos, sobrecogido por la tensión, humanizan intensamente la figura de un westerner nada invencible —no extraña que quienes se educaran con este tipo de hombres del oeste no admitieran a los pistoleros de invencible puntería del western mediterráneo—, un hombre cuya mera presencia ya es una referencia moral. El mismo actor entraba ya en una edad madura que su rostro mostraba de modo visible (parece ser que, además, su salud empezaba a abandonarle y que diversas dolencias le afectaban en el momento del rodaje). Pero seguía siendo Coop, la encarnación de la nobleza en estado puro, y ese hálito de incertidumbre que le proporciona ese momento en que la vejez ya se asoma por la esquina ayuda a volver inolvidable su creación.

Desde el principio la película pareció ser algo más que un western. Los críticos la convirtieron en una parábola antimaccarthysta, una denuncia de la pasividad con que el pueblo americano permitió que se persiguiera por razones políticas —eran los años duros de la guerra fría— a todo aquel que alguna vez había tenido simpatías izquierdistas: en Hollywood, como bien se sabe, dio origen a una lista negra de profesionales que, sin ser acusados oficialmente de nada, dejaron de ser contratados por los estudios por largo tiempo. No en vano la verdadera alma del proyecto fue el guionista Carl Foreman (también productor, aunque esa acreditación se le retiró después), que vivió el rodaje, él también, con la angustia de estar a punto de ser llamado por el tristemente célebre Comité de Actividades Antiamericanas que presidía el tenebroso senador McCarthy. De hecho, Foreman ya no pudo asistir a la postproducción del film, puesto que su nombre enseguida sería inscrito en las famosas listas negras que arruinaron la vida de tantos profesionales de Hollywood. El productor Stanley Kramer, socio de Foreman y hombre con fama de progresista comprometido, lo abandonó a su suerte.

El inolvidable Will KaneAhora bien, ese prestigio ideológico no bastó a Solo ante el peligro —como a muchas otras películas— para hacerla «intocable». El mayor reproche que se le hizo al film fue por razones cinematográficas, y vino de manos de un director que suele figurar entre los tres o cuatro mejores directores de westerns, Howard Hawks (aunque, por entonces, las cosas como son, solo había dirigido dos: Río Rojo, de 1948, y Río de sangre, de 1952, de los cuales solo el primero era verdaderamente popular, antes y ahora).

Hawks siempre habló en tono agrio de la película, señalando la inverosimilitud dramática de su punto de partida —ese sheriff empeñado en buscar la ayuda de quien sea para enfrentarse a los pistoleros— y la inconsecuencia de algunas reacciones del protagonista (con una sigo estando de acuerdo, el momento en que no solo rechaza la ayuda del borracho del pueblo —subrayado: encima tuerto— sino que le da unas monedas para que siga bebiendo: no es propio de la nobleza de Will Kane). De hecho, la inmortal Río Bravo (1959) habría sido una especie de respuesta contra el título de Zinnemann: otra historia con un sheriff (otro icono de la nobleza, John Wayne) enfrentado a un puñado de pistoleros pero que, al contrario que Kane, tiene claro que no necesita a cualquiera, sino a hombres experimentados que sepan a qué se enfrentan.

El tiempo cura toda intransigencia que se hace en nombre de una supuesta pureza cinéfila. Yo también juzgué Solo ante el peligro con el ceño fruncido, durante muchos años, reconociéndole solo una indudable habilidad para crear un ritmo sin desmayo (y es que, por supuesto, no dudaba en volverla a ver cada cierto periodo). Porque el tiempo ha acabado siendo el mejor aliado del film, sin necesidad de comparaciones: Río Bravo es estupenda, cierto, pero Solo ante el peligro también es una magnífica película, que si no desborda la autenticidad moral y vital del título protagonizado por Wayne, sí lo hace con respecto a otras muchas cualidades, de las cuales, en apretado resumen, las principales son: su magnífica atmósfera de tensión, su memorable galería de rostros (sobre todo los más secundarios), el excepcional sentido del montaje y, claro, la adictiva creación de Gary Cooper. Resulta imposible ver la película y no desear estar en Hadleyville para demostrarle al sheriff Kane que, al menos, podía haber contado con nuestro brazo.

Sigo pensando, eso sí, que no llega a ser del todo convincente que Kane se vea tan abandonado a su suerte cuando unos minutos atrás todo eran parabienes. Quizá el guión no tenía que haber ido uno por uno a todos los personajes que, en el arranque del film, arropan a Will y Amy en su boda. Por ejemplo, la famosa escena de la iglesia, cuando Kane acude para convocar en pleno a los buenos ciudadanos del pueblo, respira un exceso de didactismo, subraya demasiado las intenciones parabólicas del guión de Foreman. En cambio, destaca la visita que le hace al hombre que fuera su maestro —encarnado por Lon Chaney jr, hijo del mítico actor de terror y él mismo mito secundario de ese género—, quien también le deniega ayuda pero alega un motivo comprensible: con su ya avanzada edad y su artritis, sería un estorbo y una preocupación. Pero es un error moral: aunque intuimos que el viejo tiene razón, su discípulo Kane no precisaba de una lección de lógica sino del apoyo de un amigo del que sepa que está dispuesto a enfrentarse a la muerte con él, por desproporcionado que sea el envite.

Grace Kelly como la joven cuáquera AmyUno de los atractivos de los buenos films es que, a cada revisión, se revaloriza un elemento que antes no habíamos apreciado tanto. Para mí ha sido, en este caso, es el papel en la trama de la esposa de Kane, Amy, a quien interpreta una guapísima Grace Kelly. El doblaje siempre nos había escamoteado la declaración de que es cuáquera, aun cuando la lectura de críticas y el detalle, nada secundario, de que la pareja no sea casada por el sacerdote del pueblo (que se lo reprochará después) sino por el juez de paz, ya lo había advertido. En cualquier caso, Grace Kelly, con gran esfuerzo personal, supera sus problemas de ductilidad —es tópico, pero es cierto: Alfred Hitchcock fue quien mejor supo aprovecharla— y consigue hacer comprensible una actitud que, por otro lado, y en el contexto emocional de la película, el espectador no admite. Encima, consigue no desentonar al lado de una actriz siempre espléndida como Katy Jurado, quien encarna a la antigua amante de Kane: las escenas que comparten juntas son espléndidas.

Solo ante el peligro hizo escuela en el western de los 50 por la importancia de la balada que abre la película, y que no solo es una canción para agradar a los espectadores y luego vender discos, sino que posee una importancia dramática incuestionable. Curiosamente, la idea se le ocurrió a uno de los genios anónimos del film, el montador Elmo Williams, quien advirtió que su trabajo —esencial, teniendo en cuenta la naturaleza de la trama, con su constante cambio de escenarios y personajes— necesitaba el refuerzo de un leit-motiv que punteara esas transiciones. Y es que, en primer lugar, la letra de la balada es narrativa, cuenta lo que va a suceder en pocos minutos, desde el punto de vista de Kane dirigiéndose a su esposa con el maravilloso estribillo que dice: Do not forsake, oh my Darling / No me abandones, amor mío. Pero es que, además, la canción reaparece de tanto en tanto a lo largo del metraje (incluso su música es tarareada por el sicario que encarna Lee Van Cleef con su armónica), sirviendo como magnífico punto de anotación de la atmósfera, tan importante como el continuo recurso a los relojes que nos recuerdan que el tiempo se agota para que el sheriff encuentre ayuda. Además, las imágenes de la apertura son espléndidas. A los sones de la canción van apareciendo uno por uno los tres pistoleros cuya llegada marca el inicio del drama: primero el alto y afilado Lee Van Cleef, luego el jactancioso Sheb Wooley y por último el siniestro Robert J. Wilke. Tres rostros alucinantes que componen otro de los más reconocibles iconos de un film que abunda en ellos.

La imborrable imagen de Gary Cooper por las calles de Hadleyville

Su llegada, atravesando a caballo la calle principal rumbo a la estación, es recibida de muy diversas maneras por los ciudadanos de Hadleyville: una mujer de aspecto mestizo, tal vez hispana, se santigua a su paso, pero los parroquianos que esperan que abra el saloon en vez de la iglesia lo acogen con alborozo: para algunos, la vida en el pueblo es demasiado aburrida desde que gente como esos pistoleros fueron expulsados. En determinado punto de la calle, la cámara los encuadra desde un interior, que resultará ser el juzgado de paz del pueblo, donde se están casando Will y Amy. A partir de ese momento, la película se construye bajo la inexorable sombra de ese tren que llegará justo al mediodía, componiendo una estructura narrativa que hace de la repetición un elemento de exasperación tonal que resulta imborrable.

Si muchas veces resulta difícil señalar la importancia del montador en el resultado final de una película, no es el caso de Solo ante el peligro. Ya lo he dicho, la labor de Elmo Williams, justificadamente reconocida con el Oscar, es excepcional, pues otorga un ritmo extraordinario a unas imágenes ya de por sí atractivas. El momento que mejor simboliza la importancia del montaje es ese frenético encadenado de imágenes justo cuando, por fin, llega a Hadleyville el sonido del tren de las doce, y hay tiempo para mostrar la reacción de cada uno de los personajes, siendo el más inolvidable el plano que muestra la tensa alegría de los tres pistoleros, todos tan próximos a la cámara y tan juntos que parece increíble que haya espacio para encuadrarlos.

Con el reconocimiento de la labor de Williams no pretendo minusvalorar la labor del director Fred Zinnemann. Sin embargo, hay que señalar que ésta no es excepcional, o por lo menos no es regular en todo momento. Ciertamente, Zinnemann está muy afortunado en la composición de encuadres o en la puesta en escena de las confrontaciones dialogadas (espléndidas las secuencias en la taberna o entre el encargado del hotel y la esposa de Kane), pero mucho menos al ilustrar las escenas de acción. Una es directamente mala, la pelea en el establo entre Gary Cooper y su ayudante, Lloyd Bridges. Pero también resulta algo decepcionante el duelo final: nada que ver con escenas similares de Anthony Mann o John Sturges en escenarios también de poblachos del oeste. Es decir, Zinnemann se mueve mejor en los momentos en que puede lucir su formación estética en el cine alemán de entreguerras: el espléndido uso de picados y contrapicados para señalar la tensa angustia del sheriff o de los ciudadanos de Hadleyville, las siempre oportunas apariciones de los relojes que juegan con la sensación, falsa por otro lado, de que la película está rodada en tiempo real.

Imagen emblemática de Solo ante el peligro... que no aparece en pantallaSolo ante el peligro, en fin, encierra un magnífico reparto al lado de Cooper, cada uno de los cuales, por pequeño que sea su papel, tiene un momento de lucimiento. En concreto, y junto a los tres pistoleros ya señalados, debe destacarse a Howland Chamberlain encarnando al cínico conserje del hotel, que le dice fríamente a Amy que algunos del pueblo piensan que éste tenía más vida cuando allí estaba el pistolero Frank Miller, o Larry J. Blake como el encargado del saloon, que también tiene su momento cuando, después de ser derribado de un puñetazo por Kane (al dejarse sorprender cuando calcula, en voz alta, cuánto tardará el sheriff en caer), le reprocha que éste se ha aprovechado de su condición profesional, y el mismo marshall, con embarazo, reconoce su razón de modo implícito al darle la mano para levantarse. En fin, una película es grande cuando su escena culminante, por muchas veces que la hayamos visto, sigue impresionando tanto como la primera vez: y aquí es el momento en que, vencido el duelo en el último momento y gracias a la intervención decisiva de Amy, que le salva la vida disparando por la espalda a uno de sus oponentes, fundida la pareja en un abrazo de dolorosa comprensión, los buenos ciudadanos de Hadleyville, superado el peligro, salen para aclamar al héroe. Pero éste los mira con hosco desprecio, arroja su estrella a la polvorienta calle y sube al carro con su esposa para dejar atrás para siempre a aquellos que siempre dan palmadas en la espalda con el viento a favor. Gary Cooper no los necesitaba.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Solo ante el peligro / High Noon. Año: 1952.

Director: Fred Zinnemann. Guión: Carl Foreman; relato The Tin Star, de John W. Cunningham. Fotografía: Floyd Crosby. Música: Dimitri Tiomkin. Reparto: Gary Cooper (Sheriff Will Kane), Grace Kelly (Amy), Katy Jurado (Helen Ramírez), Lloyd Bridges (Harvey Pell), Thomas Mitchell (Jonas Henderson). Dur.: 85 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Solo ante el peligro: ¿por qué nadie ayuda a Gary Cooper?

  1. Renaissance dijo:

    Precisamente lo que más recuerdo de la película es esa sensación de angustia ante un duelo que llegaría una hora puntual, y el abandono al que someten al sheriff todos los habitantes del pueblo. Hay otros detalles que ´si son un poco incongruentes con el personaje, pero vista la intención como parábola del McCarthysmo, resultan un poco más claros.

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