Episodios Nacionales, primera serie: las claves

Las claves            Los libros

Trafalgar, el inicio de los Episodios NacionalesEn 1873, el entonces joven escritor canario Benito Pérez Galdós publicaba una novela de no muy larga extensión, Trafalgar, que tenía la originalidad de presentarse como el primer capítulo de un proyecto de largo aliento con el cual su autor pretendía narrar la historia del siglo XIX español a través de la literatura. Si el proyecto ya parecía ambicioso de entrada, con el tiempo acabaría convirtiéndose en uno de los más conocidos ciclos de nuestras letras: los Episodios Nacionales. De hecho, habría de constar de 46 libros, divididos en cinco series (la última de las cuales quedó incompleta por la muerte del escritor), de las cuales acabo de leerme de cabo a rabo, por vez primera, la inicial. Siempre he llegado tarde a Galdós, en buena medida por no haber sabido dar, en mis días de tempranas lecturas, con la novela que me enganchara a su obra. Los manuales de literatura hicieron el resto: era un escritor «serio», y en España la aplicación de este adjetivo a una obra cultural suele ser para echarse a temblar. Y es una pena porque esta primera serie podría haber sido presentada como nuestro equivalente de los ciclos históricos-novelescos de un Alejandro Dumas, un Salgari, un Stevenson, un Walter Scott y tantos otros que han alimentado, en su propio idioma, las fantasías correspondientes de los niños franceses, ingleses o italianos. Nuestros lectores más jóvenes poco se han enterado de que no estamos ante una literatura aburrida, solo apta para adultos, sino, bien al contrario, desbordante de esas claves narrativas y de esos ingredientes argumentales que tan necesarios son a esas edades. Da igual: este adulto que no leyó los Episodios a la edad en que soñaba con los tres mosqueteros, la flecha negra, Ivanhoe o Sandokán los ha disfrutado con la misma excitación que si tuviera quince años.

Galdós se puso manos a la obra cuando todavía no era un escritor consolidado, pero sí lleno de ambiciones. La serie comenzaba su andadura en un momento muy delicado para España: cuando el Sexenio Revolucionario, que con tantas esperanzas había nacido, comenzaba a dirigirse hacia su fin, víctima de la tradicional imposibilidad española para la concordia. ¿Guiaba su mano un propósito de rearme moral y patriótico? Supongo que serán muchos los que hoy lean los Episodios con las cejas enarcadas, mas la lectura, al menos de esta primera serie, que aborda precisamente el nacimiento de ese sentimiento llamado patriotismo en nuestro país, revela a un escritor que entendió bien que los hondos conflictos políticos y psicológicos exigen una mínima ecuanimidad en el trazo para no incurrir en el panfleto o la soflama. Y en los Episodios ni los españoles son maravillosos ni los franceses execrables. Son seres humanos; por tanto, capaces de lo mejor y de lo peor.

Caricatura de Galdos, por Moya, de 1898Como corresponde a un proyecto de esta naturaleza, que exigía dominar unas épocas para Galdós ya muy pretéritas, el proceso de documentación fue imprescindible. Galdós habló con los testigos que pudo encontrar (se cuenta que la inspiración para Trafalgar se la dio un viejo marino superviviente de la batalla, en la que participara como grumete, a quien conoció en Santander), pero esa labor habría quedado en nada de no contar con la facilidad para hacer tan vívida la recreación de época, incluida la apropiación de muchas de las figuras que la protagonizaron. Galdós supo dar voz, de forma más realzada o más episódica, a Godoy, al duque de Wellington, a muchos de los más conocidos diputados de Cádiz, ¡a la reina María Luisa, en una escena memorable de La corte de Carlos IV!, o al guerrillero Empecinado, el último de los cuales, por la fuerza de su retrato, bien parece un personaje de ficción.

El primer ciclo está integrado por las siguientes novelas: Trafalgar, La corte de Carlos IV, El 19 de marzo y el 2 de mayor y Bailén (todas de 1873), Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz y Juan Martín el Empecinado (de 1874) y La batalla de los Arapiles (1875). Por supuesto, unas están más conseguidas, otras son irregulares y varias de ellas me parecen ya logros absolutos. Pero la sensación final es de un conseguido equilibrio: ninguna de ellas se lee por inercia y todas aportan algo a la peripecia personal y colectiva que narran, encontrándose siempre alguna página memorable o algún personaje sabroso.

Trafalgar, por Auguste Mayer

El elemento que une las diez novelas de este primer ciclo es el protagonismo de su narrador en primera persona, Gabriel Araceli, al que se nos presenta siendo un rapaz de origen humilde, un pilluelo gaditano de catorce años que no tarda en ser arrastrado por el fragor de la guerra. Y es que el jovenzuelo, con notable sentido de la oportunidad, se las arreglará para estar siempre en primera línea de la Historia. Su bautismo de fuego es nada menos que en la batalla de Trafalgar, y después, como indican los títulos antedichos, vivirá en carne propia la conjura de El Escorial, el motín de Aranjuez, el Dos de Mayo, la batalla de Bailén, la entrada de Napoleón en Madrid, el sitio de Zaragoza (el de Gerona, escenario del séptimo título, es el único que no vivirá en persona, sino que se lo refiere un amigo), la proclamación de las Cortes de Cádiz, la guerra de guerrillas y el triunfo final del ejército anglo-hispano-luso mandado por Wellington contra los franceses. Con notable guasa, el mismo Galdós admite lo improbable de ese recorrido en labios del mismo duque cuando el propio Gabriel se lo refiere.

Este apretado programa propiciará en Gabriel un proceso de maduración personal, y también social, que lo llevará desde su condición de infante que ve en la guerra un juego fabuloso y emocionante al hombre lúcido que sabe bien que toda violencia, incluso aquella que nos envuelve sin haberla provocado directamente, solo conduce a la desolación. De hecho, en el inicio de Trafalgar, el personaje presenta los hechos como una evocación realizada desde su ancianidad, cuando el poso de toda una vida le permite reflexionar sobre el significado de aquellos hechos. Él mismo señalará que «mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero».

Malasana y su hija, por Alvarez DumontPuede decirse que este primer ciclo, por mucho que se publicara en diez partes diferentes, no es sino una gigantesca novela, incluso una novela-río destinada a contarnos la historia de un personaje cuya vida queda atrapada por eso que se llama las vicisitudes de la Historia (con mayúsculas). De hecho, debe recordarse que la literatura por entregas fue habitual en esa época y que la práctica totalidad de los grandes del XIX dieron a luz sus obras de este modo: el formato los obligaba a mantener una tensión constante en los lectores, para asegurarse de que estos volvieran «a por más». Un buen ejemplo es Dickens (cuya influencia es notoria, sobre todo en el tercer libro). Galdós, además, los escribió en muy poco tiempo: el primer episodio (que escribió en un mes) es de febrero de 1873; el último, del mismo mes pero de 1875. Dos años y más de dos mil páginas: si las contamos como integrantes de una sola novela, dejarían muy atrás enormes centones como son Guerra y paz, Los miserables o Ulises, y apenas podría medirse con En busca del tiempo perdido.

Galdós no dudó, por ello, en utilizar elementos propios del folletón tal como hoy lo entendemos, haciendo que el hilo argumental esté guiado por una peripecia sentimental que arrastra a Gabriel por todo el país, de tal modo que, por mucho que el joven se implica a fondo en ella como soldado, diríase que la guerra es solo el telón de fondo que perturba la obtención de su felicidad. Esta trama comienza en el segundo capítulo, La corte de Carlos IV, cuando el muchacho, instalado en Madrid, se enamora de una joven también de humilde extracción, Inés, quien, por estos birlibirloques del melodrama, resultará ser la hija natural de una condesa, y heredera de un rico mayorazgo, lo que la convierte en presa apetecible de las más diversas intrigas, quedando Gabriel excluido, en principio, por ser ya un pretendiente indeseado. Inés ha sido «interpretada» como un particular símbolo de España, anhelada y manipulada por todos, pero por encima de todo tiene a su cargo el clásico, y poco lucido, papel de damisela en peligro, sujeto pasivo de cuantos la rodean y pretenden disponer de su existencia y voluntad (lo que incluye casarla a su antojo), en espera de que su paladín la rescate y la conduzca al paraíso del matrimonio por amor. Ahora bien, es mérito de Galdós que, cada vez que le da espacio para expresarse (y no son muchas, es verdad), nos deje la impresión de que, en efecto, merece la pena recorrer medio mundo por estar a su lado.

Gabriel Araceli e Inés, ilustracion de El 19 de marzo y el 2 de mayoAdemás, demostrando la riqueza de recursos que en poco tiempo se plasmará en su genial ciclo literario de los años 80 (el que tiene a Fortunata y Jacinta como símbolo de su talento), Galdós manifiesta una notable destreza en esa exposición sentimental, sin caer nunca en la banal crónica rosa. Bien al contrario, y como ya he indicado del episodio de Bailén, se las arregla para unir de modo inextricable el destino colectivo del país, presa de la incertidumbre, bañado por rachas de optimismo inmensurable y de pesimismo acendrado, con el devenir de la relación entre los dos jóvenes. Así, por ejemplo, en el clímax de uno de los episodios más importantes del conflicto, la batalla de Bailén, Gabriel se enajena literalmente del combate que lo rodea para enfrascarse en la lectura de unas cartas que, descubiertas por casualidad, iluminan el misterio que rodea a su amada: conseguido recurso literario que disuelve la sensación de monotonía hacia la que parecía encaminarse el demasiado largo y detallado episodio del encuentro bélico que da título al libro.

La serie se orquesta como eso que los alemanes y los escritores pedantes (vamos, como yo) llaman Bildungsroman, una novela de educación y progreso destinada a convertir al niño sin horizonte social en un hombre resuelto y asentado en la vida. A lo largo de sus aventuras, Gabriel pasa de ocupar el estadio social más bajo (el correspondiente a un huérfano criado prácticamente en la calle) cuyo oficio natural parece ser la servidumbre (o la cuerda de presos, a la que queda encadenado en el final de Napoleón en Chamartín) hasta convertirse en un militar cuyo heroísmo reconocerá el mismo Wellington. La guerra, por supuesto, será su escuela pero el objetivo que lo empujará en la búsqueda del progreso será su amor.

Que valor, desastre de la guerra por GoyaLa aureola «didáctica» de los Episodios ha sido otro lastre para su difusión entre el lector amante de la literatura de género. Ay si Galdós lo hubiera podido predecir… Porque esta primera serie supone una peripecia repleta de acción y desbordante emoción, como corresponde a la crónica de un muchacho que vive en primera persona una guerra. Con el pulso narrativo de los escritores anteriormente citados, Galdós consigue situarnos en el corazón mismo de la acción bélica, sabiendo transmitir, a la vez, la emoción de los actos en que uno arriesga la vida, la descripción rigurosa del suceso (recuérdese el carácter documental que subyace bajo las evocaciones de sus célebres episodios) y la lucidez con que se reflexiona sobre el horror de la violencia humana. La ductilidad del escritor (una de las grandes virtudes de su literatura) lo hace capaz de registrar lo más desolador de la guerra (los asedios de Zaragoza y Gerona, en verdad alucinantes) pero también de saber reproducir el esprit aventurero propio de la capa y espada (por ejemplo en el último episodio, en el memorable segmento en que se interna como espía en la Salamanca donde se han pertrechado los franceses), por no hablar del conseguidísimo aire de western que tiene su descripción del mundo de los guerrilleros en la novena entrega.

Y es que, insisto de nuevo, esta crónica de la Guerra de la Independencia está muy lejos del panfleto. El niño que, en Trafalgar, sueña con que su amo, el capitán retirado don Alonso Gutiérrez, desafiando la sensatez de su esposa, se reenganche en la flota y lo lleve con él, descubrirá de modo dramático que una batalla no es un juego sino una pugna que se resuelve sin mayores heroísmos, mediante el demoledor efecto de una artillería que mata y mutila a distancia, de modo muy poco honorable. Con la lucidez que proporciona el hundimiento de los mitos de la niñez, Gabriel juzga con imparcialidad al enemigo, los ingleses, y adivina en ellos la misma naturaleza humana que en los suyos. Es más, su juicio sobre sus propios compatriotas no vacila en conducirlos de la sombra a la luz. Así, en El 19 de marzo y el 2 de mayo (la primera fecha es la del Motín de Aranjuez, sublevación popular que acabó con el valimiento de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando), la visión que se da de las masas no puede ser más ambivalente: el «pueblo» que en Madrid se subleva contra las tropelías de los franceses muestra ese día su faz más espontánea y heroica, pero mes y medio atrás había sido un títere manipulado por los nobles fernandinos, mereciéndose, en suma, el calificativo de «populacho». Y en Juan Martín el Empecinado (una de las obras maestras de la serie), la imagen que da de los guerrilleros no puede ser más áspera: la vanidad insaciable de unos y la innegable condición de meros bandidos de otros es causa de división en el bando español.

Galdos, por Sorolla

A la vez, Galdós entendió bien que una novela tan «larga» debía contener la adecuada galería de personajes atractivos. Ya el mismo Gabriel es un ejemplar personaje protagonista: no solo es el adecuado intermediario entre la historia y el lector sino un tipo que evoluciona con coherencia. El niño que abre los ojos en Trafalgar o que sueña con un raudo encumbramiento en la corte de Godoy no es el mismo que termina convirtiéndose tanto en un soldado curtido por la experiencia como en un hombre de notables recursos, como demuestra en su aventura salmantina, engañando como quiere a esos franceses a los que viene a espiar.

El dramatis personae de los Episodios, lógicamente muy extenso, abunda en creaciones memorables a las que el escritor dota de considerable vida, principalmente a través de ese recurso de cuyo dominio lo considero uno de los mejores en toda la literatura universal: el diálogo. En particular, brilla en el dibujo de personajes ya maduros, cuando no en el mismo umbral de la ancianidad, pobres infelices a quienes inicialmente parece revestirlos de trazos ridículos pero a los que, de la mano una vez de esa ecuanimidad ya mencionada, acaba concediendo una notable dignidad o, cuando menos, un pequeño momento de gloria. Pienso en don Celestino, el tío clérigo de Inés, acérrimo defensor de Godoy, al que considera su protector pues solo ha tardado catorce años en concederle el pequeño beneficio eclesiástico de que disfruta; o del Gran Capitán, tremendo apodo bajo el que se escuda un humilde subalterno del ejército que, ante sus iguales, restalla de hidalguía militar: Galdós le otorgará el honor de cumplir su sueño, que no es sino morir defendiendo Madrid ante Napoleón cuando ya todos se han rendido…

Guerrillero espanolDesmintiendo una vez más esa etiqueta de «seriedad» que ya quisiera haber desterrado, los Episodios son regocijantes en más de una ocasión. Galdós fue un maestro a la hora de crear tipos cómicos que no sospechan que lo son. Destacan sobre todo dos: Malespina, un émulo del barón de Munchausen a quien mal puede llamarse trolero sino fantasista por convicción, capaz de creerse a pies juntillas su conversión en genio de la artillería admirado y reconocido por cuantos grandes hombres conoce la época (de haberle hecho caso, él solito hubiera ganado la guerra); y el Marqués, un diplomático defenestrado por Godoy, que se pasa todo el tiempo presumiendo de la enormidad de secretos internacionales que continuamente le llegan gracias al enorme tapiz de sus relaciones (es otro personaje que parece ser confidente de Napoleón), y que todo el tiempo finge tener que callar, cuando en realidad no desea otra cosa que parlar. Lógicamente, la única escena en que aparecen juntos, en Bailén, compitiendo en gargantuescas fantasmadas, es absolutamente genial: resulta imposible parar de reír mientras uno la lee.

Ahora bien, no cabe duda de que los dos personajes de mayor densidad son aquellos, precisamente, que Galdós utiliza tanto para simbolizar su premisa ideológica (el fin del Antiguo Régimen y el paso a un mundo de mayor fluidez social) como para crear el contrapeso especular de sus dos jóvenes enamorados. Se trata de los padres de Inés, ella una mujer de elevada posición y él un estudiante de extracción humilde cuyo amor fue obstaculizado por la familia de ella (y la claudicación de ella). Veinte años después, sin embargo, y en el convulso mundo de esa guerra que también sirve para dar pie a una constitución que sanciona un final de etapa (aunque las clases dominantes se resistirán todavía mucho tiempo), esa madre, inicialmente tan férreamente opuesta a la relación de Gabriel con Inés como fue obstaculizada la suya propia, aprenderá a aceptar el amor inconmovible y la tenacidad heroica del joven de baja extracción.

El personaje femenino se presenta en La corte de Carlos IV y, desde el primer momento, deslumbra. Se trata de la condesa Amaranta (el protagonista le da este nombre falso, alegando su encumbrada posición: los críticos alegan inspiración en la duquesa de Alba plasmada por Goya en varios retratos), aristócrata deliciosamente dieciochesca, de notable belleza y franca amoralidad, que trastoca seriamente el ánimo de Gabriel hasta el punto de estar a punto de tentarlo con el encanallamiento. Aun cuando Galdós tLa duquesa de Alba, por Goyaiene el buen gusto de no insistir, a nadie se le escapa el morbo erótico que despierta en el lector avisado esta atracción que el protagonista siente por la madre y por la hija: aquella encarna la tentación de los placeres prohibidos; esta la llamada de la sensatez.

En cuanto al personaje del padre, llamado Santorcaz, seguramente sea el personaje más complejo de la historia. Destruido por el encono de la familia de Amaranta, que lo obliga a marcharse a Francia, donde se convertirá, primero, en revolucionario jacobino y, después, en soldado de Napoleón, y vuelto a España con la invasión, se cruzará en el camino de Gabriel, al principio sin sospechar la relación que habrán de tener ambos hombres. Su propósito es un tortuoso deseo de venganza: de su amada, por rendirse y dejarlo a su suerte; de la familia de ella, por intentar destruirlo; de España, por su mezquindad social y moral. Galdós le otorga un tratamiento considerablemente ambiguo: a ratos tenebroso genio del mal (desde su puesto de jefe de policía de Madrid nombrado por José I), a ratos delirante orate (sabedor ya de que la guerra está perdida y él, de nuevo, ha sido derrotado, se dedica a organizar una red masónica con la que pretende minar las raíces de la sociedad, proyecto en verdad absurdo), en las dos últimas novelas será el implacable enemigo de Gabriel en su propósito de recuperar a Inés.

Esta primera serie de los Episodios Nacionales (me reservo para el futuro seguir con la lectura de la segunda, que parece igualmente prometedora) se devora con ansiedad. En su decurso argumental la peripecia no aminora un momento, y tampoco lo hace la fluidez del estilo. Quiero concluir destacando un fragmento que vale por toda la obra de muchos. Se trata del momento de mayor impacto de toda la saga, y una de las cimas de la prosa galdosiana, situado justo en la conclusión de El 19 de marzo y el 2 de mayo, que narra, literalmente, el fusilamiento del propio Gabriel (o sea, su muerte en primera persona), mediante unos renglones finales en los que diríase que las palabras de su dueño se van deshaciendo como su mente va agonizando, y el lector siente que lo arrastran al vacío y que debe cerrar el libro antes de que descubra que esa subjetividad puede conducirlo más allá de donde es prudente asomarse…

Los fusilamientos del 3 de mayo, por Goya

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Episodios Nacionales, primera serie: las claves

  1. Leí todos los Episodios Nacionales entre los 18 y 20 años. Aproximadamente hace 65 años. Creo que han influido en mi forma de entender España, su Historia y su política. No sólo del periodo en el que transcurre este grndioso relato. Tenía a mi disposición los tres tomos editados por la Editorial Aguilar, en papel biblia y tapas de simil piel color rojo. Eran de mi abuelo paterno y cuarenta años después de su muerte llegaron a mi poder junto con el resto de su pequeña pero selecta y muy bien seleccionada bibioteca, que es para mí un tesoro.

    • Mi abuelo también tenía todos los Episodios en una edición muy fea, con libros de pastas oscuras y rugosas, que invitaban poco a un niño a curiosearlos. De las que hay en el mercado echo en falta una con las estupendas ilustraciones para la segunda edición de las dos primeras series. En librerías de saldo se encuentran algunos ejemplares de una edición popular (creo que se vendió en kioscos) que tuvo el patrocinio de la Fundación Cajamadrid, que las tiene todas. Eso sí, con alguna enorme pifia: en «Gerona» falta toda la introducción en que Gabriel encuentra al amigo que luego le narrará el sitio: empieza directamente por su relato.
      En fin, leído combinando varias ediciones, el gozo ha sido el mismo: un descubrimiento, por mucho que haya sido tardío.

  2. Alvaro dijo:

    Maravillosa reseña, una vez más. Una delicia leerte. Gracias

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