El cazador: el dolor nos hace humanos

El cazadorEl cazador es la historia de tres amigos que marchan al Vietnam. Uno vuelve destrozado físicamente. Otro es destrozado moralmente, y no vuelve: desaparece allí. El tercero es el que da nombre a la película, el cazador (de ciervos, según el título original), y, aunque la guerra también vuelve del revés su mundo, sin embargo será quien regrese, digamos, mejor que como partió. Antes de la guerra, Michael (Robert De Niro) es alguien que, por mucho que forme parte reconocible de una comunidad (los rusos ortodoxos de la pequeña ciudad industrial de Clairton, Pensilvania) y de un grupo de amigos (los que fueron con él y los que se quedaron), no puede evitar sentirse al margen de todo y de todos. En la gran celebración que cubre la primera parte de la historia, la boda de Steven (John Savage), es evidente que es a quien le cuesta más fundirse en la fiesta general, salir a bailar (salvo cuando ya lleva generosas dosis de cerveza en el cuerpo), compartir calor, ternura, amistad, con todos los presentes. El grupo de amigos igualmente le resulta ajeno: señala que los quiere, sí, pero que son «una panda de gilipollas», y de hecho, afirma que el único a quien de verdad considera un amigo y un hombre de verdad es a Nicky (Christopher Walken), aunque él lo indica diciendo que es el único con quien le gusta salir de caza.

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Breve reseña de actualidad: The Master, Lincoln, Django desencadenado

Ahora que se acumulan los estrenos debido a la publicación de las nominaciones de los Oscars, voy a hacer una pequeña reseña de algunos de esos títulos que «lucharán» hasta el próximo 24 de febrero por conseguir las «preciadas» estatuillas. En concreto, sobre tres películas que sin duda han sido recibidas con gran expectación en función del renombre de sus directores, tres cineastas de distinta trayectoria pero que, hoy por hoy, figuran entre los nombres más prestigiosos del panorama cinematográfico de los USA. Se trata de The Master, de Paul Thomas Anderson, de Lincoln, de Steven Spielberg, y de Django desencadenado, de Quentin Tarantino. Tres películas «importantes», pues, y qué mejor para remarcar tal condición que señalar que, como parece hoy imprescindible en toda película que quiere ser «importante», su metraje se va mucho más allá de las dos horas: la que menos, 144 minutos.

Voy a abordarlas no por orden de preferencia, sino por el de visionado.

master_ver6De los tres títulos, sin lugar a dudas The Master es el que juega, de modo más obvio, la carta del cine de autor, y no porque los otros dos directores no lo sean, o así estén considerados, sino por la forma y las características de lo que realiza Paul Thomas Anderson. The Master asume una de las formas prototípicas del cine que se espera de un autor «denso» como pasa por ser (y él así parece asumirlo) Anderson. Es un tipo de película que persigue la hondura dramática desde el primer plano hasta el último adoptando la forma de lo que yo llamo cine que fluye. Es decir, un film que consiste en una serie de secuencias, de imágenes, de momentos relativos a unos personajes que nunca llegan a estar del todo perfilados, sin que en ningún momento exista la delimitación de una clara estructura argumental o narrativa, pero que, por supuesto, aspira a la continua sugestión visual y emocional: a eso tan resbaladizo que se llama belleza. Un tipo de películas que se pretenden totalizadoras.

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The Rover: el crepúsculo del aventurero

El pirata, portada de Daniel GilAparecida en 1923, The Rover —término difícil de traducir, algo así como «trotamundos», significado que connota una vida agitada, y que ha motivado que en España, según las ediciones, haya sido reconvertido en El Hermano de la Costa o El pirata, éste último, por ejemplo, en la edición de Alianza en la que yo lo he leído— fue la última novela que Joseph Conrad vio publicada en vida. Su trama está ambientada en los días de la Revolución Francesa, durante la etapa napoleónica del Consulado. Un viejo marino, Peyrol, que ha pasado cincuenta años en el mar, y en especial en la famosa Hermandad de la Costa (una forma honorable de llamar a la piratería) del océano Índico, regresa a su patria para pasar allí ya el resto de sus días. Desembarcado en Tolón, el puerto de la armada francesa en el Mediterráneo, busca un lugar donde retirarse a pasar sus últimos años en la comarca donde nació (aunque de ella guarda poco recuerdo) y encuentra refugio en la granja donde viven dos mujeres, la anciana tía Catherine y su sobrina Arlette, una joven que padece algún tipo de trastorno psicológico que la convierte en una niña sometida a periódicos arrebatos. Junto a ellas vive un torvo individuo, Scevola, antiguo sans-culotte, que se ha arrogado el derecho a «protegerlas», al tiempo que así se aprovecha de la propiedad, y que recibe con gran hosquedad al intruso masculino. Son los días de la guerra entre Francia e Inglaterra, en los cuales la flota mediterránea todavía juega un importante papel, y Peyrol se verá entremezclado, aun sin quererlo, en el conflicto, cuando un teniente de la armada, Réal, llega también a la granja en pos del cumplimiento de una misión de engaño al enemigo inglés que bloquea la costa.

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Drácula de Bram Stoker, o cómo el Señor de la Noche se hizo bebedor de absenta

Drácula de Bram StokerSi en su día detesté profundamente esta película —me pareció un Drácula hecho para gustar a aquellos que consideran tontas las historias de vampiros—, veinte años después me parece todavía peor: una tontería que quiere convertir el género en un género fino para gente fina y que quiere hacer pasar su estomagante sobrecarga visual como una apoteosis de arte culto, olvidando en el empeño lo esencial, a su memorable personaje central. ¿Qué se le había perdido a Coppola en el género vampírico? A la vista del resultado, dudo que el director amara el género y menos el personaje original: sencillamente, en el guión que le presentó la actriz Winona Ryder olió un hit comercial que le ayudara, de modo definitivo, a obtener el gran éxito que necesitaba para superar la mala racha que, desde principios de los 80, lo llevó a la ruina económica y a la indiferencia crítica, y que había empezado a remontar con su título justo anterior, el tercer Padrino (1990).

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El callejón de las almas perdidas: ascenso y caída del Gran Stanton

Nightmare Alley, o El callejón de las almas perdidasSiempre he pensado que cualquier obra que ostenta un título memorable debería estar a su altura. Me pasó, hace muchos años, al descubrir esta película estrenada como El callejón de las almas perdidas, cuyo título posee un eco al tiempo sugerente e indefinible: sin saber de qué trata, es realmente difícil averiguarlo por el título, pero precisamente esa poética indeterminación es lo que atrae. Es, eso sí, un afortunado rebautizo de la distribución española, pues el original es Nightmare Alley, o sea, «Callejón de pesadilla». (Tal vez inspirado en el título de otro film previo, llamado en ingles y en español La isla de las almas perdidas, que adapta la famosa novela de H.G. Wells La isla del Dr. Moreau; en cualquier caso, inspiración de lo más oportuna, como luego se verá.) La primera referencia que, por fin, conseguí leer sobre ella, aun en su brevedad, prometía el cumplimiento de ese «axioma». Se encontraba en el magnífico diccionario de películas de Carlos Aguilar, titulado durante su época de edición en tapa blanda como Guía del Video-Cine y ahora, en tapa dura, siempre en Cátedra, Guía del Cine. Aguilar, además, remarcaba su excepcional singularidad dentro de la producción del mítico Hollywood del star-system, lo cual incrementó mis deseos de verla.

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John Carter en un Marte digital

John Carter, the movieYa señalaba en mi reciente artículo sobre el origen literario de este héroe pulp que el cine, insólitamente, había pasado de largo ante él, prefiriendo, con mucho, a los que después pisaron su estela, verbigracia Flash Gordon. Que bajo el título de Princess of Mars, y directamente para el video, se realizó en 2009 la primera aparición cinematográfica del personaje, interpretado por un actor especializado en la acción en formato televisivo o doméstico, Antonio Sabato jr, y que contaba con Traci Lords, antigua reina del porno, en el papel de la princesa Dejah Thoris. Pues bien, por fin alguien del departamento de marketing de una major del Hollywood actual, la Disney, se dio cuenta de que, con la tecnología digital actual, John Carter y su cohorte de maravillas podían dar pie a una comercial franquicia y dio el visto bueno para que el proyecto se pusiera en marcha. El resultado, un tremendo batacazo en taquilla. Pero, ironías de la vida, una muy aceptable ópera espacial…

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Memorables amnésicos

Un crimen dormidoDebo a dos ficciones de intriga descubiertas a edad muy temprana mi fascinación por la amnesia. Una es una novela póstuma de Agatha Christie titulada Un crimen dormido (1976), que contiene el último caso de la entrañable Miss Marple. Otra es una película de Alfred Hitchcock, Recuerda (1945). No recuerdo en qué orden las conocí, aunque tengo la vaga sensación de que fue la novela, leída un verano que pasé de vacaciones con mi abuelo, compulsivo lector de la escritora británica, razón por la cual yo devoré pronto la práctica totalidad de su obra. En cualquier caso, ambas arraigaron en mi imaginación con indudable fortuna: desde entonces, y por muy mala apariencia que tenga la ficción que la contenga, cualquier historia en la que aparezca algún caso de amnesia llama mi atención.

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John Carter de Marte, el primer héroe pulp

John Carter, por Frank FrazettaEste año que se nos acaba de ir tenía, entre sus múltiples efemérides, una que sólo han celebrado los incondicionales (incluso muy incondicionales) de la literatura de género: la publicación por entregas de la primera aventura de John Carter de Marte, a su vez primera novela de Edgar Rice Burroughs, el padre de Tarzán, y posiblemente también el primer ejemplar (al menos influyente, que no soy historiador del género) de la literatura pulp en general y de la llamada ópera espacial en particular. Flash Gordon o la trilogía Star Wars no existirían si ese ex soldado, buscador de oro, tendero, agente de la ley y no sé cuántas cosas más, cuyo nombre hoy apenas se recuerda en comparación con sus más famosas criaturas, no hubiera publicado esa aventura, por supuesto en uno de los primeros magazines pulps, All-Story Weekly, entre febrero y julio de 1912, y con el título de Bajo las lunas de Marte, luego rebautizado en la edición en libro por Una princesa de Marte, que es por el que hoy lo conocemos.

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Veracruz: dos cabalgan juntos

Batalla de gigantes en VeracruzVeracruz narra la muy particular historia de amistad y rivalidad que se desarrolla entre dos aventureros norteamericanos que, poco después del fin de la guerra civil de los Estados Unidos, cruzan la frontera con México, dispuestos a contratarse como mercenarios de cualquiera de los bandos que se enfrentan en otra guerra fratricida: la que opone a los partidarios del autoproclamado emperador Maximiliano, gobernante austriaco pero apoyado por las tropas francesas de otro emperador, Napoleón III, y a los del legítimo presidente del gobierno, Benito Juárez. Uno de ellos, Ben Trane, combatió por el Sur en la reciente guerra y, perdido todo en el conflicto, marcha más al sur aún en busca del dinero necesario para poder reconstruir su arruinada propiedad. Del otro importa poco su pasado, pues se adivina no muy distinto de ese presente por el que pasea su insolente forma de vivir, haciendo planes para poco más que el inmediato futuro, o sea, mañana. Eso sí, Erin encuentra en Trane (de modo instintivo, por supuesto: nada de reflexivo hay en él) el reflejo invertido de sí mismo, o sea, primero un igual y después un hombre cuya tranquila elegancia no oculta que es tan capaz de valerse por sí mismo como él («No entiendo como el Sur pudo perder la guerra», exclamará en determinado momento, lo cual es tanto una agudeza de las muchas que lo definen como la expresión de una sincera admiración). Trane encuentra en Erin, muy probablemente, el hálito incontenible de vida que le faltó en la guerra al decadente Sur de los nobles caballeros como él mismo

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El Señor de los Anillos: de J.R.R. Tolkien a Peter Jackson (III)

Las dos torres (2002)

Las dos torresAl contrario que el primer título, en su momento Las dos torres me pareció el más flojo capítulo de la trilogía (tal vez porque también el segundo tomo de la novela me lo parece), y sin embargo me he tropezado con la monumental sorpresa de que no sólo es una película mucho mejor que la anterior sino un film excelente en sí mismo, en el que no pesan nada las tres horas de metraje y donde, por fin, hace acto de presencia la gran ausente, hasta ese momento, de la saga: la densidad psicológica.

En primer lugar, creo que al film le sienta muy bien el recorte que el guión hace con respecto al segundo volumen de la trilogía tolkieniana. Como señalaba líneas arriba, la primera parte del libro concluye con la victoria del Abismo de Helm, y a la segunda se le cercena la larga y dolorosa peripecia que Frodo y Sam (con Gollum) viven en las puertas de Mordor (todo lo cual se añade a la conclusión y justifica su mayor duración: cuatro horas).

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El Señor de los Anillos: de J.R.R. Tolkien a Peter Jackson (II)

La labor de Peter Jackson

Argonath sobre el río Anduin, por Ted NasmithBuena parte de la literatura que ha generado la película desde el momento de su estreno señala quién es en realidad el gran protagonista de la saga: el formidable, y hasta entonces prácticamente virgen en cine, paisaje natural de Nueva Zelanda. Aunque en gran medida la elección de la tierra natal de Jackson como escenario de rodaje se debió a razones económicas, lo cierto es que, ante esas imágenes, no parece posible concebir otra Tierra Media que la tierra neozelandesa. Su exuberante diversidad de parajes (bosques casi impenetrables, llanuras onduladas, ásperos roquedos, montañas nevadas, ríos rugientes) diríase que era lo que J.R.R. Tolkien tenía en mente cuando concibió su mundo alternativo y trazó su famoso mapa. Es más, es tan extraordinario que a ratos uno tiene la tentación de creer que esos paisajes también han sido generados por la misma magia digital de Weta Workshop, la empresa de efectos especiales creada por Jackson para la ocasión. En cualquier caso, la interacción entre los escenarios «reales» y los añadidos por Weta es tan completa que, como señalaba, ha hecho entrar al cine en otro estadio de la perfección artificial. Las gigantescas estatuas de los Argonath dominando las paredes del río Anduin, y que sobrecogen a los viajeros de la Compañía mientras reman corriente abajo, son el ejemplo más eminente que se me ocurre.

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El Señor de los Anillos: de J.R.R. Tolkien a Peter Jackson (I)

Un libro que cobra vida

The Fellowship of the RingEs evidente que, para bien y para mal, El Señor de los Anillos en versión de Peter Jackson ha supuesto un antes y un después en la historia de la fantasía cinematográfica. Desde ella, ya ha quedado claro que no hay proyecto que no pueda hacerse realidad, por complicada que parezca su materialización en función de sus contenidos argumentales o visuales. La famosa obra de J.R.R. Tolkien ya conocía una adaptación previa —que no llega a ocupar ni la mitad de los tres libros que la componen, debido al fracaso comercial del primero de los dos títulos que debían adaptarlos—, en 1978, a cargo de Ralph Bakshi, pero había sido en el campo de la animación. En imagen real, y pese a todas las películas que habían ido jalonando el triunfo definitivo de la recreación en imágenes de «cualquier cosa», debe reconocerse que es a Peter Jackson a quien le corresponde el mérito de haber roto para siempre la última barrera. O sea, la fusión del cine de imagen real y del de animación, para poder dar vida a cualquier escenario, a cualquier efecto especial, con una verosimilitud tan completa que la sensación de «magia» que en su día provocaron los grandes genios de la especialidad (de George Pal a Ray Harryhausen) ha quedado desterrada del cine. Pues El Señor de los Anillos, pasado el impacto de la primera sorpresa (es decir, la visión del primer capítulo, La Compañía del Anillo), ha hecho perder ya esa vieja y cosquilleante sensación de complicidad, tal vez de asombro, que producía la animación artesanal.

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Estamos en Nochebuena, luego… ¡Qué bello es vivir!

Qué bello es vivir 2Las fábulas no necesitan ser realistas, es decir, contar historias «posibles», sino ser convincentes, esto es, dejar en suspenso el sentido corriente de la credulidad de que hablaba, en frase famosa, Coleridge. Frank Capra, después de tres años consagrado al llamado esfuerzo bélico mediante la realización de documentales de guerra, se propuso dejar a un lado la obligada inmersión en lo real a que se sometió ese tiempo y dotar a América de otra fábula como las que lo habían llevado a lo más alto del escalafón antes del estallido del conflicto (recuérdese: tres Oscars al Mejor Director en seis años).

No otra fábula en realidad, sino LA fábula: una especie de summa de sí mismo que volviera a situar el nombre de Frank Capra donde merecía y que devolviera al espectador la confianza perdida por los años difíciles, ese espectador que ya se había reído y emocionado sobradamente con El secreto de vivir (1936), Vive como quieras (1938), Caballero sin espada (1939) o Juan Nadie (1941). Sabido es que el resultado no es el que esperaba: la acogida que recibió su película fue más tibia que popular; su carrera jamás recuperaría la posición perdida; y el film, tildado de anacrónico y de sensiblero en su momento, fue entrando en el olvido. ¡Qué esperaba una película que empieza con un plano del cielo estrellado que preside una conversación entre Dios, San José… y un ángel de segunda categoría que espera obtener, por fin, sus alas, acudiendo en ayuda de aquel mortal por quien tantas plegarias se están alzando al cielo! Olvido que se convirtió en desprecio en las décadas siguientes, esas en las que el cine creyó entrar en su edad «adulta». Pero la película poco a poco acabó alcanzando un nuevo estatus mítico gracias a las proyecciones televisivas en fechas navideñas, hasta que llegó el momento de su reevaluación crítica.

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Viñetas vampíricas: La tumba de Drácula

Tomb of Dracula nº 1Si en cine, el rostro de Drácula es múltiple y diverso, y cada cual tiene su favorito, desde el nosferatu Max Schreck al húngaro Bela Lugosi, del aristocrático Christopher Lee al «romántico» Gary Oldman, en el tebeo (creo) reina un único señor de los no muertos: el Drácula de Gene Colan. La morada desde la cual derramó su maléfica influencia, una magnífica colección titulada La tumba de Drácula.

La editorial que la publicó fue la mítica Marvel, la casa donde nacieron algunos de los superhéroes más famosos del tebeo, de Spiderman a La Masa/Hulk, del Capitán América a Los Vengadores y al Motorista Fantasma, todos ellos ahora todavía más populares por el éxito de sus versiones cinematográficas. Pues bien, aunque el nombre de la editorial lo asociemos, antes que nada, a este género, lo cierto es que el gran rector de la misma, el mítico Stan Lee, tan buen guionista como avispado editor, no desdeñó abrir todas las puertas posibles a sus tebeos. En ese momento de expansión que fueron los primeros años 70, Marvel dio curso a la Fantasía Heroica (Conan el bárbaro), a las artes marciales (The Hands of Shang-Chi, Master of Kung Fu) o a la llamada blaxploitation (Power Man). Y también se hizo eco de la repercusión mundial del género gótico, lanzando una línea de cómics de terror cuyo buque insignia fue la excelente serie La tumba de Drácula, compuesta por 70 números entre septiembre de 1972 y agosto de 1979.

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El hobbit: Peter Jackson «repite» El Señor de los Anillos

El hobbitDel mismo modo que sucedió con la reanudación por parte de George Lucas de la trilogía Star Wars mediante una nueva trilogía que iba a contar lo que había pasado antes de la primera, con el anuncio de la trilogía de El hobbit, supongo que más de uno se hizo la pregunta: ¿por qué? Hay una diferencia, claro. La saga Star Wars es una completa invención de Lucas; las dos trilogías de Peter Jackson adaptan una obra ajena que ya nos pertenece a todos, el maravilloso universo de J.R.R. Tolkien. En Lucas había un margen para creer que las historias poseerían los suficientes elementos de interés que harían que no importase que la conclusión de la nueva saga obligatoriamente estuviera determinada por los ineludibles hechos de partida de La guerra de las galaxias (1977). En Jackson, el margen es el delimitado por la modestia de la nueva novela adaptada, que Tolkien publicó en 1937, es decir, mucho antes del primer libro de El Señor de los Anillos, que llegó a las librerías en 1954, aunque su periodo de redacción se había extendido entre una fecha y otra.

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