John Carter de Marte, el primer héroe pulp

John Carter, por Frank FrazettaEste año que se nos acaba de ir tenía, entre sus múltiples efemérides, una que sólo han celebrado los incondicionales (incluso muy incondicionales) de la literatura de género: la publicación por entregas de la primera aventura de John Carter de Marte, a su vez primera novela de Edgar Rice Burroughs, el padre de Tarzán, y posiblemente también el primer ejemplar (al menos influyente, que no soy historiador del género) de la literatura pulp en general y de la llamada ópera espacial en particular. Flash Gordon o la trilogía Star Wars no existirían si ese ex soldado, buscador de oro, tendero, agente de la ley y no sé cuántas cosas más, cuyo nombre hoy apenas se recuerda en comparación con sus más famosas criaturas, no hubiera publicado esa aventura, por supuesto en uno de los primeros magazines pulps, All-Story Weekly, entre febrero y julio de 1912, y con el título de Bajo las lunas de Marte, luego rebautizado en la edición en libro por Una princesa de Marte, que es por el que hoy lo conocemos.

El éxito de las fantasías aventureras que Burroughs fue proponiendo llevó a su autor a ir desarrollando las principales por medio de una serie de «ciclos». El mayor, hay que insistir, fue el de Tarzán, que registra 24 novelas. El segundo en importancia de su carrera fue el de Marte, conocido como Ciclo de Barsoom (nombre que los marcianos dan a su planeta). 11 novelas lo integran, publicadas entre 1912 y 1943. John Carter no es el protagonista de todas ellas. Después de las primeras tres, las «canónicas» para sentar la descripción del escenario marciano, o sea, Una princesa de Marte más Los dioses de Marte y El guerrero de Marte, asimismo publicadas por entregas en la misma revista, a lo largo de 1913, Burroughs recurrió a los descendientes de la pareja protagonista de las primeras y a nuevos viajeros de la Tierra antes de regresar, en las últimas obras, a su personaje inicial.

La estupenda editorial madrileña La Biblioteca del Laberinto, haciéndose eco del centenario del ciclo, ha publicado hace pocos meses esas tres primeras novelas, con el subtítulo general de Bajo las lunas de Marte, así como una bonita edición a todo color de las planchas dominicales que sobre el mismo personaje realizó el hijo del propio Burroughs, John Coleman Burroughs, a principios de los años 40. Sobre esos tres primeros libros, puesto que no he leído ninguno de los demás (PulpEdiciones publicó una polémica edición de todos ellos en la década pasada), voy a efectuar mi comentario sobre el personaje.

John Carter en La Biblioteca del Laberinto

Una princesa de Marte se acoge a una estrategia narrativa eterna de la literatura, sea de género o no: el hallazgo de un manuscrito que encierra una historia extraordinaria. Una breve introducción «al lector», firmada por el propio Edgar Rice Burroughs, habla sobre el singular tío de éste, de nombre John Carter, de su muerte extraña y de las particulares condiciones que ha dejado estipuladas para el descanso eterno de su cuerpo, encerrado en un mausoleo que sólo se abre desde dentro. El oportuno escrito del tío John compone el cuerpo de la novela, que empieza con una memorable declaración: «Soy un hombre de edad muy avanzada, aunque no podría precisar cuántos años tengo. Posiblemente tenga cien, o tal vez más, pero no puedo afirmarlo con exactitud porque no envejecí como los demás hombres ni recuerdo niñez alguna» (traducción de Andrés Machalski, en la edición argentina de Intersea Saic que yo manejo). Párrafo de agradable regusto misterioso que en esta primera novela no tendrá aclaración, pues la historia concluye con el retorno obligado de Carter a la Tierra, tan inexplicable como fue su partida a Marte.

Al no haber un epílogo análogo a la introducción, el espectador debe considerar que el presagio que Carter siente en sus últimas líneas (que su mujer y su hijo marcianos están esperando su pronto regreso) se hizo realidad, y de ahí la misteriosa muerte que el sobrino Edgar recoge en el arranque de la novela. De hecho, Los dioses de Marte también se inicia con una introducción del sobrino, doce años después de la anterior, en que se reencuentra con John Carter —el cual se mantiene, sobrenaturalmente, en los treinta años de apariencia mientras que él ya es un hombre mayor—, y éste le entrega un nuevo manuscrito (que compone el cuerpo de la segunda y también tercera novelas del ciclo, pues en realidad son dos partes de la misma historia), tras lo cual se dirige a su mausoleo… y «desde entonces no he vuelto a ver al capitán John Carter de Virginia».

Una buena forma de describir la evolución de la ciencia-ficción, desde los ejemplares que intentan ser más serios y «científicos» hasta la desprejuiciada celebración del pulp, es atendiendo al modo en que los personajes de la Tierra, en distintas y significativas obras, y por orden cronológico, consiguen abandonar nuestro planeta azul y cruzar el espacio. En De la Tierra a la Luna (1865-70), el pudoroso Julio Verne se toma todas las molestias del mundo para hacer verosímil en términos científicos la posibilidad del viaje a las estrellas —tanto, que buena parte de sus cálculos acabaron haciéndose realidad un siglo después cuando la NASA puso en marcha su programa espacial— e incluso se negó a sí mismo (y a sus lectores) los atractivos del aterrizaje en la luna por no ser capaz de idear, de acuerdo con los avances más plausibles de la época, el modo de regresar a la Tierra. En Los primeros hombres en la Luna (1901), H.G. Wells se deja de zarandajas e inventa un mineral antigravitatorio, la cavorita, que resuelve el problema sin entrar en mayores digresiones: eso sí, Wells no lo hizo por menosprecio hacia lo científico, sino porque el propósito de su novela era efectuar uno de sus estudios sobre la naturaleza más profunda del ser humano a partir de una premisa fantástica. Pues bien, en Una princesa de Marte, Burroughs ya ni siquiera necesita plantear un viaje: su protagonista se desvanece en una cueva de la Tierra y, al despertar, se encuentra directamente sobre la superficie del planeta rojo.

El banth de FrazettaLa trama es sencilla. John Carter, antiguo capitán del ejército confederado y buscador de oro en Arizona, llega a Marte porque sí, y sin hacerse la mínima pregunta, se zambulle con entusiasmo en el curso de la historia marciana. La cual es muy sencilla, en el fondo: hay varias razas que están enzarzadas en conflictos inmemoriales, no sólo unas con otras, sino entre ellas mismas. Aprovechando que la diferente gravedad le ha otorgado unas cualidades sobrehumanas —podemos decir sin rubor que se convierte en Superman para los marcianos: puede dar saltos de 30 metros de altura y derribar, e incluso matar, de un solo derechazo a los numerosos gigantes que pueblan su suelo—, Carter se convierte en el guerrero perfecto y, como en el cuento de hadas o en el mito y la leyenda a los que Burroughs, en el fondo, se remonta, obtiene sus recompensas clásicas: el amor de una princesa, el honor de la comunidad y la gloria política como príncipe de la ciudad de Hélium.

Un guerrero, eso sí, que es epítome de la nobleza y la gallardía de la humanidad a la que representa, en contraste con el deshumanizado belicismo de los marcianos. De hecho, los hombres verdes con los que se tropieza en un primer momento (y entre los cuales se contará su mejor amigo en el planeta, Tars Tarkas) forman una suerte de sociedad espartana, con idéntico culto a la dureza emocional, que incluye la dilución de los lazos familiares (los niños nunca conocen a sus padres, puesto que los huevos de los que nacen son incubados todos juntos durante cinco años en enormes construcciones, y cuando salen de ella son entregados de manera aleatoria a las mujeres sólo para recibir las mínimas nociones antes de comenzar su formación guerrera).

John Carter es el primer héroe pulp no porque viva maravillosas aventuras en un ambiente del todo exótico e irreal —ojo, los novelistas pulps no necesitaban abandonar la Tierra, y ni siquiera abandonar los escenarios occidentales, para crear ambientes exóticos e irreales)—, sino porque el mismo dibujo del personaje lo convierte en un ser que vive única y exclusivamente para la acción, para la aventura, lo más violenta posible. Bien lo afirma en un determinado momento de El guerrero de Marte: «Me gusta demasiado un buen combate para necesitar ninguna otra razón para tomar parte en cuantos se presenten» (pg. 112, traducción de Carmen Ruiz del Árbol).

Los héroes del pulp no intentan abrir caminos a la ciencia ni al progreso del conocimiento humano, ni necesitan excusas más o menos humanitarias. Existen, única y exclusivamente, porque quien los ha creado, apreciando intensamente el tipo de aventura y ambientes que otros crearon en la rica literatura de género anterior, deciden volver a re-crearla desde un punto de vista meramente lúdico, dejándose guiar antes por la emoción o el mero placer de contar, olvidando el viejo prurito realista de los novelistas del género de aventuras. (Cuidado, y mira que hay que hacer incisos: ello no quiere decir que esos personajes, ambientes y aventuras no resulten realistas; es otra cuestión, que tiene que ver antes con el propósito del escritor que con el resultado de su creación: que nos resulte verosímil o no ya dependerá de su talento como narrador y no del contenido más o menos real de sus tramas.) Son héroes que se expresan por sus acciones y no por sus pensamientos, de ahí que cuando resultan memorables, lo son en grado sumo, y cuando no, son anodinos a más no poder. Héroes mecidos por el azar. El «dominio» de la casualidad llega a ser para Carter un verdadero arte: salientes del muro cuando se cae desde lo alto de una torre, una manada de salvajes bestias a la que se tropieza justo en su noche de sueño mensual para mejor atravesar el rincón que custodian, árboles cuyo interior hueco esconde una vía de escape cuando se está rodeado de infinidad de monstruos…

La princesa Dejah ThorisComo todo héroe pulp, Carter es tan viril que rompe corazones allá por donde va. En Los dioses de Marte, además de su esposa, tiene a otras dos mujeres (bellísimas, claro) rendidas a sus pies: la pérfida Phaidor (hija del thern supremo) y la noble Thuvia (que con el tiempo se casará con su propio hijo Carthoris). Buena prueba de esa ingenuidad de Burroughs es que Los dioses de Marte concluye con eso que en inglés llaman un cliffhanger (un final que deja la historia en un momento de tremendo suspense): encerrada en una celda giratoria, encastrada en la roca, de la cual no podrá salir en un año, la última imagen que de su esposa puede ver John Carter es cómo la celosísima Phaidor (que comparte con Dejah Thoris la prisión) se abalanza sobre ella con un puñal. Pues bien, cuando en el tercer capítulo se vuelve a los mismos personajes… resulta que ninguna consecuencia había tenido ese incidente, e incluso Burroughs lo narra con tal falta de énfasis que casi diríase que fuimos los lectores quienes imaginamos su dramatismo.

Una princesa de Marte es un relato mas ortodoxo, es decir, todavía más deudor de la tradición aventurera previa, mientras que las dos siguientes novelas ya se abandonan por completo a la acción por la acción, olvidando cualquier tipo de estructura argumental, prescindiendo de cualquier ley de causalidad o del menor embarazo ante la mera acumulación. En Una princesa de Marte, como digo, todavía se observa cierta lógica estructural en la presentación de ambientes y personajes. Incluso, Burroughs dedica bastante páginas a la descripción antropológica de los pueblos marcianos, si bien nada tiene que ver ésta ya no digamos con un Verne sino ni siquiera con un Salgari, ese autor al que yo califico de pre-pulp. Todo, eso sí, resulta muy sencillo. Los pueblos marcianos se clasifican por su color: a los hombres verdes y rojos del primer título se añadirán los blancos (no en el mismo sentido de Carter), negros e incluso «amarillos» en los dos siguientes. Por cierto, que todos los marcianos, incluidos los más cercanos a los humanos, son ovíparos: ¡el mismo hijo de John Carter y Dejah Thoris nacerá de un huevo, y si esto no es ingenuidad pulp no sé qué pueda ser! La indumentaria es mínima, hasta el punto de que los marcianos prácticamente van desnudos: por supuesto, esto permite algunas estampas de un erotismo tal vez naif, pero bastante sugerente. La fauna marciana parece contar con pocas especies, que no son sino versiones grotescas de nuestros perros, caballos, leones o gatos. En fin, digamos que Una princesa de Marte es el más «reflexivo» de los capítulos de la trilogía inicial.

All-Story Weekly y la saga de MarteLos dos siguientes, aunque se publicaron separados en el tiempo en el mismo All-Story Weekly y luego se editaron bajo la forma de dos libros diferentes, en realidad forman una aventura en dos partes. El regreso de John Carter a Marte tiene lugar en un punto de lo más inesperado, ese misterioso territorio a donde los muy longevos y casi inmortales marcianos marchan a morir de modo voluntario siguiendo el único río del planeta, el Iss. Carter descubrirá el horror que existe detrás de esa creencia religiosa: lo que les aguarda a los peregrinos no es la paz eterna sino la más terrible muerte a manos de unos monstruosos hombres-planta que succionan toda la sangre o de los salvajes monos blancos que ya habían aparecido en el primer libro. Los custodios de esa tétrica verdad son los therns, la especie de casta sacerdotal de Barsoom, que mantienen el engaño desde tiempo inmemoria para medrar a costa de él.

Es ciertamente singular que, bajo el formato de un sencillo e incluso tosco relato pulp, Edgar Rice Burroughs cuele un nada encubierto ataque contra la falsedad de los mitos religiosos y contra la hipocresía de las instituciones que los sustentan. Eso sí, el autor riza el rizo sin el menor rubor: si los barsoomianos en general son engañados por los therns, estos a su vez son engañados y explotados por otro pueblo, los llamados a sí mismos Primeros Nacidos, pueblo de piel negro que vive bajo el polo sur marciano, y cuya diosa viviente, Issus, adorada por todos como omnipotente, en un inesperado arranque de ironía, en vez de ser la escultural y lasciva belleza de esperar… es una viejecilla calva y desdentada, mezquina a más no poder, y además caníbal.

No quiero engañar a nadie: Bajo las lunas de Marte no es literatura de gran calidad (no por su condición pulp, aclaro). Burroughs no es, ni mucho menos, un Lovecraft o un Robert E. Howard, y su personaje John Carter no puede compararse ni de lejos, aunque parezcan surgidos del mismo molde, al gran Conan. De hecho, Howard escribió una novelita, Almuric, claramente inspirada en el Ciclo de Barsoom, cuyo héroe titular resulta mucho más convincente que el modelo. Pero la sana convicción narrativa de Burroughs, lo evocador de esa re-creación humana de Marte y la rápida capacidad que posee para situar al lector en mitad de la acción no pueden sino despertar una entrañable simpatía, además de que se lee tan rápido que no da tiempo a aburrirse. Por no hablar de esos momentos inesperados que suele poseer casi cualquier fantasía pulp. Uno de ellos, alucinante, es cuando John Carter ha de atravesar la muralla rocosa que circunda el ártico a través de unas cuevas que sirven al mismo tiempo como necrópolis y como barrera inexpugnable para todo intruso, pues los cadáveres están depositados sobre el suelo para que su hedor disuada a cualquier visitante. Ese «pantano de carne corrompida» que, con lujo de detalles, debe atravesar Carter creo que sirve mejor que cualquier imagen para aplicar una palabra inglesa tan difícil de traducir como bizarre.

La película de John CarterEl ciclo ha conocido prolongaciones literarias a cargo de otros escritores (siguiendo el destino de buena parte de los héroes del pulp, como Conan) o adaptaciones a otros medios narrativos, como el tebeo (tiras de prensa, comic-books, el más famoso de los cuales lo publicó Marvel en una colección titulada John Carter, Warlord of Mars, formada por 28 números y tres anuales entre junio de 1977 y octubre de 1979, cuya mejor pareja artística estuvo formada por el guionista Marv Wolfman y el dibujante Gil Kane). Pero, por insólito que parezca, en el largo siglo de existencia del séptimo arte, no había sido llevado al cine hasta justo este año que nos ha dejado. En estos tiempos en que el Hollywood más comercial se ha abonado a la creación de una serie de blockbusters, de cada uno de los cuales se espera que dé pie a una franquicia cómoda en términos comerciales, la Disney ha pensado que el personaje de Burroughs, cuyo atractivo entorno por fin puede ser recreado con exhaustiva fidelidad por el avance de la tecnología digital, podía ser una mina de oro. Triste ironía: el tremendo fracaso de la película puede que haya cerrado la puerta por otra buena temporada al personaje. Y la cuestión es que, no sé si por querer ir a contracorriente, a mí la película, titulada John Carter, y dirigida por Andrew Stanton, me ha parecido de lo más estimable. Pronto hablaré sobre ella.

 

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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