John Carter en un Marte digital

John Carter, the movieYa señalaba en mi reciente artículo sobre el origen literario de este héroe pulp que el cine, insólitamente, había pasado de largo ante él, prefiriendo, con mucho, a los que después pisaron su estela, verbigracia Flash Gordon. Que bajo el título de Princess of Mars, y directamente para el video, se realizó en 2009 la primera aparición cinematográfica del personaje, interpretado por un actor especializado en la acción en formato televisivo o doméstico, Antonio Sabato jr, y que contaba con Traci Lords, antigua reina del porno, en el papel de la princesa Dejah Thoris. Pues bien, por fin alguien del departamento de marketing de una major del Hollywood actual, la Disney, se dio cuenta de que, con la tecnología digital actual, John Carter y su cohorte de maravillas podían dar pie a una comercial franquicia y dio el visto bueno para que el proyecto se pusiera en marcha. El resultado, un tremendo batacazo en taquilla. Pero, ironías de la vida, una muy aceptable ópera espacial…

Aunque no tenía por qué haber sido así —¿cuánto podía conocer el público potencial sobre el Ciclo de Barsoom?—, la película afronta el referente original con el mínimo respeto y cariño (por él y por sus admiradores), es decir, no lo utiliza como una mera excusa para enmascarar el tópico derroche de espectacularidad de siempre. Cualquiera que haya leído las novelas del ciclo (las tres primeras, en especial) encontrará, en efecto, a John Carter, a la princesa Dejah Thoris, a las diversas razas marcianas (los hombres rojos y los hombres verdes, por no hablar de la particular fauna creada por el escritor: los woolas o perros marcianos, los thoats o cabalgaduras, etcétera) y no a meros monigotes con esos nombres (lo cual no quiere decir que sean exactamente iguales a los diseñados por Burroughs: lógicamente, cada adaptación es hija de su tiempo y no es lo mismo, vaya que no, 1912 a 2012).

Los créditos señalan que John Carter adapta Una princesa de Marte, y es verdad que, en líneas generales, sigue su mismo desarrollo argumental, pero también lo es que contiene elementos argumentales de las otras dos novelas de la primera trilogía, sobre todo el recurso a los therns o las referencias a la particular religión de los marcianos de la que aquéllos son profetas y custodios. Del final del libro se prescinde olímpicamente: en él, John Carter salva in extremis al planeta del exterminio (por la parada de las enormes máquinas que proporcionan a Marte su atmósfera artificial, algo a lo cual en la película no se hace la menor referencia), antes de regresar a la Tierra del mismo modo inexplicable que partió de ella para aparecer en Barsoom. Nada de esto aparece en la película.

En especial, los guionistas dedican un amplio espacio a la presentación de John Carter antes de abandonar la Tierra, y esa libertad con respecto al original acaba siendo uno de los principales aciertos de la película, por dos razones. Primero, impregna de un loable sentido del misterio las extrañas características de su muerte: como en el libro, el cuerpo central de la aventura es la memoria que el sobrino de Carter (el mismo Edgar Rice Burroughs, a quien aquél llama Ned) lee tras la extraña muerte de su tío y las aún más extrañas instrucciones que ha dado para el descanso eterno de su cuerpo, encerrado en un mausoleo que sólo se abre desde dentro. Segundo, hace que el espectador se familiarice con el protagonista antes de que éste se convierta en el fabuloso aventurero interplanetario (dotado de fabulosas habilidades debido a la distinta gravedad, y ahora ya fácilmente carismático), demostrando que ese héroe ya estaba presente en el interior del Carter de la Tierra, por mucho que allí todavía no estuviera revestido del aspecto heroico.

Jonh Carter y Dejah ThorisHay un notable espíritu de síntesis en esa introducción, lógico porque tampoco era cuestión de retardar demasiado la partida hacia Marte. Carter es un buscador de oro que, cuando por fin parece haber encontrado un filón, es reclamado por el ejército de los Estados Unidos para ser reenganchado de modo forzoso, en cuanto que lo abandonó, tras la guerra, de forma irregular (luego sabremos por qué). El film consigue dibujar la personalidad indomable y rebelde a toda imposición del personaje mediante un encadenado de momentos en que golpea a cuantos intentan detenerlo y escapa una y otra vez de sus captores, y cuyo carácter vertiginoso incluso lo dota de cierto aire fantastique, anticipando de modo sugerente las cualidades, ahora ya directamente sobrehumanas, que adquirirá en Marte. Así, de una atrabiliaria cantina perdida en medio de la nada se pasa al despacho del teniente en el fuerte a donde es conducido, a la celda donde es encerrado tras partirle la nariz a aquél y a la libertad de las praderas tras romperle la crisma al carcelero, y por último, huyendo de los indios junto al malherido teniente, a una caverna en cuyo techo descubre unas extrañas inscripciones que le recuerdan a un arácnido.

En la novela, y en apenas tres páginas, Carter relataba muy someramente sus aventuras como buscador de oro y su excusa para llegar a la cueva, donde (como dije, de un modo muy pulp) se desvanecía, bajo la «influencia» de Marte… para despertar mágicamente trasplantado al planeta rojo. Pues bien, el guión cinematográfico se toma la molestia de justificar de modo más «razonable» ese traslado a Marte. En la cueva, John Carter tiene que luchar por su vida con un misterioso individuo que se ha materializado de la nada con un medallón que es el que permite ese viaje instantáneo (acompañado de unas palabras que el otro, antes de morir, pronuncia intentando huir pero que a quien afectan es a Carter). Por cierto, que la película explicita lo que la novela deja bastante en el aire (al menos en las tres que yo he leído): el cuerpo de Carter en Marte es una copia del original que permanece desvanecido, en aparente muerte, en la Tierra, de ahí la necesidad de ese mausoleo que sólo se abre por dentro y que así custodia la integridad de su cuerpo.

Mark Strong como el líder de los thernsEl espectador posee más información que el protagonista, porque la película se había iniciado directamente en Marte, con una pequeña introducción de la guerra perpetua en que viven sus razas y del extraño pacto que hace que el líder de los therns, el misterioso Matai Shang (Mark Strong) otorgue una mortífera capacidad de matar a Sab Than (Dominic West), el jeddak o emperador de la ciudad de Zodanga. Por supuesto, todo esto es invención de la película. En la novela sí aparecen Sab Than y su guerra contra la ciudad rival de Hélium, así como su aprisionamiento de Dejah Thoris, nieta del jeddak de esta ciudad, y de su propuesta de matrimonio como condición para detener el conflicto. Pero los therns no aparecen en parte alguna del libro (lo hacen a partir del segundo, Los dioses de Marte). En Burroughs, son otra de las razas marcianas, que lleva siglos beneficiándose del engaño en que tiene sumidos a los otros pueblos de Barsoom acerca de la religión de la que ellos son sus sacerdotes, el culto a la diosa Iss. En la película, los therns son un grupo misterioso de seres procedentes de otro mundo que pueden cambiar su apariencia externa, mimetizando la de cualquiera (incluso la de los propios protagonistas), que actúan como grandes manipuladores de los marcianos (ellos se llaman gestionadores de mundos), y que ya aspiran a extender su control sobre otros planetas, como la Tierra, de ahí la existencia de esa cueva que supone un portal entre ambos mundos.

Comentadas estas diferencias, los guionistas de la película ya subsumen sus invenciones en el curso general de la trama de Una princesa de Marte, que lleva a John Carter a despertar muy cerca de uno de los depósitos de huevos de los hombres verdes, a entrar en contacto con éstos y su líder Tars Tarkas (destinado a convertirse en su gran amigo), a conocer a la princesa Dejah Thoris, a la que intenta rescatar de las apetencias de las distintas razas marcianas, a enamorarse de ella y, por último, a unir a hombres verdes y rojos para liberar Marte de Sab Than. Eso sí, todo ese desarrollo argumental viene sabrosamente punteado por las intervenciones de los therns, y en especial de su líder Matai Shang, que acaban siendo de lo más atractivo de la trama. De hecho, la mejor escena del film (y que carece de cualquier acción) es aquélla en que Matai Shang, teniendo bajo control mental a John Carter, lo conduce a lo largo de Zodanga (cuyos habitantes están celebrando los inminentes esponsales de su gobernante), demostrando cómo es él quien, en la sombra, controla los hilos del planeta. Y todo ello mientras va adoptando diversas apariencias, masculinas y femeninas, hasta volver al aspecto monolítico que le otorga el actor Mark Strong.

Los monos blancos de BarsoomLa mejor cualidad de este John Carter radica, sin duda, en la fluidez con que se plasman en la pantalla todos los componentes de la película: los argumentales, los narrativos y los visuales. En este sentido, y como señalaba, el film se beneficia grandemente de las posibilidades actuales de la CGI para recrear de modo ultrarrealista cualquier escenario fantástico, y de situar en ellos a toda una panoplia de razas y criaturas no menos imposibles. Es por ello que supone un acierto que la Disney eligiera como director a un hombre como Andrew Stanton, responsable previo de dos de los mejores títulos de la Pixar, Buscando a Nemo (2002) y el maravilloso Wall-E. Batallón de limpieza (2008), y que está acreditado también en labores de coguionista. Teniendo en cuenta que John Carter es una de estas películas que —como la trilogía de El Señor de los Anillos (2001-2003) de Peter Jackson— han abolido las fronteras tradicionales entre el cine «real» y el cine de animación, era una decisión muy lógica, por el conocimiento y habilidades que Stanton podía aportar, desde el segundo, a su fusión con el primero.

Gracias a su experiencia en este terreno, Stanton se preocupa en todo momento porque la «limpieza» visual y narrativa constituya el núcleo central de un trabajo que, por su naturaleza, está realizado en gran parte en las paredes de una sala de animación digital. Y lo consigue sin que ese abrumador trabajo parezca el único norte de los responsables del film: las escenas más abiertamente animadas (por ejemplo, todas las proezas físicas de John Carter, en especial las que lo convierten en un saltamontes humano) están magníficamente contadas para hacer que el protagonista y el escenario se fundan de modo coherente. Inclusive, en aquellos momentos más propios del cine «real» en que el inexperto Stanton podía haberse dejado guiar por las fórmulas más habituales, y acomodaticias (por ejemplo, los combates), no lo hace, olvidándose de filmar por medio de los habituales planos cortos que intentan (estérilmente) transmitir el caos de un combate, sino que deja «respirar» los encuadres para que el espectador sea bien consciente de todo cuanto sucede en la pantalla. El mérito es notable.

Ganados por el buen pulso narrativo, nos podemos dejar llevar también por el derroche visual empeñado en mostrar maravilla tras maravilla (al contrario, pues, que algún bodrio coetáneo de pretensiones similares, como el Conan el bárbaro [2011] de Marcus Nispel), o sea, las ciudades marcianas, sus paisajes o el Templo de Iss. Hay que señalar que los hombres rojos de aspecto humano creados por el novelista —¡en el libro, pese a su apariencia mamífera, incluidas las mamas femeninas, ponen huevos!— aquí son de piel sonrosada (aunque, eso sí, llena de tatuajes y pinturas guerreras), más que nada para facilitar el romance interracial entre el protagonista y la princesa Dejah Thoris. En cambio, se respeta la atractiva apariencia de los tharkianos con sus cuatro brazos: los diseñadores digitales de la película, desde luego, no olvidan las ilustraciones del mejor dibujante que se ocupó del ciclo, el gran Frank Frazzetta (también eximio portadista para Conan, a todo esto). Debe decirse que debajo de los dos tharkianos de mayor relieve en la trama, Tars Tarkas y su hija Sola, se esconden nada menos que Willem Dafoe y Samantha Morton. Los demás actores, ya con rostro propio, también resultan muy eficaces. Ya se ha hablado de Mark Strong, pero quisiera destacar a James Purefoy, que encarna un personaje de simpático carácter guasón, con idéntica eficacia a como poco antes había dado vida al trágico Solomon Kane en el film del mismo título rodado en 2009 por Michael J. Basset, y que es otro ejemplo de que todavía hay esperanza para el buen cine de aventuras fantásticas.

Dejah ThorisTambién resulta eficaz la pareja protagonista, por mucho que ni Taylor Kitsch ni Lynn Collins posean una especial personalidad. Eso sí, sus personajes denotan la diferencia existente entre el mundo en que escribió Burroughs y el actual. Allí donde el Carter original era un indomable luchador que gusta de lanzarse a una buena pelea por el mero placer de hacerlo y sentirse así un hombre, el nuevo Carter es un hombre marcado por la violencia (la pérdida de su mujer y su hija en la guerra civil, cuyo recuerdo periódicamente lo asalta, y es nuevo mérito del film que no parezca el clásico trauma impostado con el que se intenta dotar de «densidad psicológica» a un personaje), y que por lo tanto se niega a dejarse arrastrar de nuevo por ella, de ahí que, en el prólogo, se negara a volver al ejército y que, en determinado momento, proclama literalmente que «la guerra es algo vergonzoso». Por ello, al llegar a Marte, y al contrario que el personaje original, este Carter intenta permanecer al margen de los conflictos marcianos, ocupado en encontrar la forma de volver a casa. Así, es tachado más de una vez como un «hombre sin causa», en especial por su princesa, que desea unir a un campéon tan indomable a la suya. Otro de los buenos momentos de la película es aquél en que Carter, intentando cubrir la huida de Dejah Thoris, se deja por fin arrastrar a lo que más odia, a una batalla sin cuartel contra sus atacantes, acumulando con rapidez una pila de cadáveres a su alrededor gracias a esas habilidades que lo convierten en una letal máquina de matar. La planificación de la secuencia es espléndida, pues Stanton funde, con gran fuerza dramática, el montaje de la batalla con el momento en que, en el pasado y en la Tierra, Carter asistió al terrible descubrimiento de los cuerpos malparados de su familia y los enterró con gran dolor.

También esta Dejah Thoris es hija de su tiempo. En las novelas, y por mucho que se encomie constantemente su carácter indomable, en el fondo es una princesa «típica», es decir, alguien a quien hay que salvar todo el tiempo de constantes peligros. En John Carter, 2012, es una guerrera consumada, que maneja las espadas con mortífera habilidad y que, por ello, puede bromear de igual a igual con el poderoso terrícola diciéndole que «se ponga detrás de él». Además, posee notables conocimientos científicos, y es por ello por lo que los therns intentan eliminarla. Dejah Thoris ha descubierto el noveno rayo, que es justo la letal fuerza que los therns dominan y que han otorgado a Sab Than para convertirlo en su leta testaferro. ¿Y el octavo rayo? Hay que saber que los siete rayos son los que componen el espectro visible por el ojo humano, si bien Burroughs recoge también un concepto entre metafísico y esotérico, muy en boga en su época (por ejemplo, fueron popularizados por doctrinas como la teosofía de la entonces muy célebre Helena Blavatsky). El octavo rayo es una fuerza descubierta en Marte que es la que permite volar a las máquinas aéreas que componen los principales logros de la ingeniería marciana. Un recurso muy pulp, que recuerda a la cavorita de Wells en su condición de invención para prescindir de enojosas explicaciones científicas.

El logotipo del film

Por cierto que la idea más pulp de la película es el modo en que Carter aprende el idioma marciano. Si en los libros, por una vez Burroughs resulta lógico (el terrestre lo aprende poco a poco, a fuerza de convivir con los hombres verdes), el guión lo resuelve en un instante: Sola le da algún tipo de bebedizo de insólitas capacidades lingüísticas. Puestos a ello, uno prefiere el modo en que la estimable El guerrero nº 13 (1999, John McTiernan) —una película de abierta adscripción pulp, a todo esto— resolvía la inicial ignorancia del idioma vikingo por parte de Ibn Fadhlan/Antonio Banderas: un encadenado de planos de éste escuchando la conversación nocturna de sus compañeros, hasta ir captando poco a poco más palabras, en un genial y delirante efecto, que ha de creerse por su irresistible convicción: poco a poco, entre el abstruso aluvión lingüístico de los vikingos, van «apareciendo» palabras en idioma cristiano, hasta que el protagonista lo entiende ya todo.

Título: John Carter / John Carter. Año: 2012.

Director: Andrew Stanton. Guión: Andrew Stanton, Mark Andrews y Michael Chabon. Fotografía: Dan Mindel. Música: Michael Giacchino. Reparto: Taylor Kitsch (John Carter), Lynn Collins (Dejah Thoris), Mark Strong (Matai Shang), Willem Dafoe (Tars Tarkas), Samantha Morton (Sola), Dominic West (Sab Than). Dur.: 132 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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5 respuestas a John Carter en un Marte digital

  1. benariasg dijo:

    Acabo de ver esta peli, que había postergado dadas las desastrosas críticas que atesora (pasear por los resúmenes de filmaffinity no deja absolutamente ninguna gana de darle una oportunidad); pero tu crítica me ha animado y he de decir que he disfrutado enormemente con ella. Me ha parecido muy divertida y bien realizada, una verdadera peli de aventuras sin más pretensión que hacer pasar un rato estupendo, y lo consigue. Mi único reproche es que visualmente son muy parecidos los ejércitos y el espectador se confunde. A pesar de sus dos horas largas, no se hace nada cansina. Un acierto la recomendación. He desempolvado algunos libros del ciclo de novelas en Venus, por si me animo a echarles un vistazo, ¿los conoces?

    • johncobble dijo:

      Sí, ya había leído “Una princesa de Marte” y estas Navidades leí las dos novelas siguientes. Precisamente hablo un poco de ellas en el comentario anterior a éste sobre JOhn Carter. Y son historias pulp, incluso muy pulp: dependen del estado de ánimo, y por tanto a ratos divierten y a ratos resultan demasiado tontas. Eso sí, se leen de un soplo y tienen su sabor.

  2. benariasg dijo:

    Sí, leí tu entrada sobre Burroughs. Me refería a las de Carson Napier en Venus, ¿las conoces? Las ponen como lo mejor de E R B en SF. Tengo dos de la antigua colección Weird SF de Valdemar…

  3. Renaissance dijo:

    Cuando ví la película solo sabía que estaba basada en el ciclo de Marte de Burroughs, que no había leído, pero el que funcione bien conociendo tan poco de los libros, demuestra que a nivel de guión no es un desastre: no eché de menos la trama de las máquina de la atmósfera, aunque con alguna otra situación fui indulgente porque siendo un pulp y una película de entretenimiento, me limito a exigir que esta sea coherente consigo misma y que su duración no se limite a una exposición de efectos especiales (que no lo ha sido. Debe ser de las pocas recientes que he encontrado y que no tienen el guión de excusa para presumir de infografía).
    También es curioso el desfase que se ha ido produciendo entre el género pulp y el cine: hoy sería posible adaptar muchas obras que en tiempos sería imposible, pero que se han quedado como una anécdota que nos gustan a cuatro gatos.

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