El hobbit: Peter Jackson «repite» El Señor de los Anillos

El hobbitDel mismo modo que sucedió con la reanudación por parte de George Lucas de la trilogía Star Wars mediante una nueva trilogía que iba a contar lo que había pasado antes de la primera, con el anuncio de la trilogía de El hobbit, supongo que más de uno se hizo la pregunta: ¿por qué? Hay una diferencia, claro. La saga Star Wars es una completa invención de Lucas; las dos trilogías de Peter Jackson adaptan una obra ajena que ya nos pertenece a todos, el maravilloso universo de J.R.R. Tolkien. En Lucas había un margen para creer que las historias poseerían los suficientes elementos de interés que harían que no importase que la conclusión de la nueva saga obligatoriamente estuviera determinada por los ineludibles hechos de partida de La guerra de las galaxias (1977). En Jackson, el margen es el delimitado por la modestia de la nueva novela adaptada, que Tolkien publicó en 1937, es decir, mucho antes del primer libro de El Señor de los Anillos, que llegó a las librerías en 1954, aunque su periodo de redacción se había extendido entre una fecha y otra.

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El castillo de Cagliostro: la princesa y el ladrón de guante blanco

El castillo de CagliostroEl debut en la gran pantalla de Hayao Miyazaki, después de su muy nutrida etapa televisiva, se produjo precisamente con la adaptación al cine del personaje titular de una de las series más populares de los años 70, si bien en Europa no sería descubierta hasta muchos años después, y para la cual el propio cineasta había trabajado. Se trata de Lupin III, personaje creado inicialmente para el manga por Monkey Punch (seudónimo de Kazuhiko Kato) en 1967, ladrón de guante blanco inspirado en el famoso Arsenio Lupin de Maurice Leblanc, del que vendría a ser su nieto, de ahí lo del ordinal. En la carrera de Miyazaki, por lo tanto, El castillo de Cagliostro (1979) tiene la particularidad de ser su único encargo: de ser, por ello, al menos en teoría, su película menos «personal», al ser un trabajo de presentación en el nuevo formato, una carta credencial para introducir y asentar su nombre en el medio del que ya apenas se separará en el futuro.

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El hombre que de verdad mató a Liberty Valance

El hombre que Liberty ValanceSi yo tuviera que escoger mi personaje favorito de toda la historia del cine ése sin duda sería Tom Doniphon, el hombre que en verdad mató a Liberty Valance. Quizá no exista otro personaje que inspire tanta sensación de seguridad en sí mismo, tanto carácter y determinación, que domine de tal modo la situación cada vez que está presente, y al que sin embargo tales cualidades al final nada le valgan porque lo pierde todo: la chica, el hogar, el futuro. Lo pierde porque es inevitable: porque él encarna ese pasado que ha permitido construir, con el valor de los pioneros y a sangre y fuego, un país, pero cuyas cualidades ya no son necesarias en ese futuro que hombres como él (e incluso su doble demoniaco, Valance) han permitido levantar. Y lo pierde a manos de un individuo que encarna otro tipo de nobleza, cierto —aunque esa nobleza, muchos años después (cuando arranca la acción), haya degenerado en un hombre menos digno, o quizá más humano, que el que fue en su juventud y le quitó a su chica—, un lechuguino venido del Este, alguien que trae la semilla del cambio, un cambio destinado a acabar con el mundo, violento y peligroso, en el que Tom Doniphon sabe moverse sin necesidad de nadie ni nada: la civilización.

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La historia interminable, una gran oportunidad perdida

La historia interminable[Este artículo cuenta con una versión más reciente, considerablemente revisada]. Sin lugar a dudas, La historia interminable fue el gran éxito de la literatura fantástica juvenil anterior a la aparición del fenómeno Harry Potter. Es decir, fue el libro que los padres se apresuraron a comprar a sus hijos para leerlos ellos también, hasta el punto de acabar saliendo del reductor espacio de partida y acceder al público en general. (Aunque tengo la impresión de que, poco a poco, está cayendo en el olvido.) De entrada, La historia interminable llamaba la atención por el particular cuidado de su edición. El libro tenía una cubierta de color cobre en la que destacaba un signo ovalado formado por dos serpientes que se mordían mutuamente su cola (variante del ouroboros, símbolo antiquísimo del eterno retorno, con una sola serpiente). En el interior, las letras estaban impresas a dos tintas, cobre y verde esmeralda, de acuerdo con la división de la historia entre el mundo real y Fantasia, y cada capítulo venía encabezado por una ilustración a toda página con dibujos alusivos su contenido, amén de una enorme letra capitular, obra toda de Roswitha Quadflieg. 26 capítulos, además, para las 26 letras del alfabeto latino, desde la A a la Z.

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Viaje al centro de la Tierra: Facilis descensus Averni

Viaje al centro de la Tierra, de Editorial MolinoEl tercero de los Viajes Extraordinarios es recordado, sin duda, como el más extraordinario de todos los periplos vernianos, y de hecho sigue siendo uno de los títulos por el que se considera a su autor uno de los padres de la ciencia-ficción. El mismo Verne fue consciente de la contradicción que entrañaba la empresa recién comenzada bajo la supervisión de su editor Hetzel, narrar para la juventud la gran novela de la ciencia y la geografía… publicando una aventura que se ve obligada a crear una geografía ficticia y a apoyarse en una ciencia obligatoriamente modificada para hacer creíble la peripecia. Pues ahí está la clave: en la credibilidad, en la verosimilitud. Ya lo señalaba su biógrafo español, Miguel Salabert, en el prólogo de su traducción para Alianza Editorial: la escrupulosidad, incluso el pudor, de Verne ante lo meramente fantástico es tal, que consigue que «la realidad, la inquietante realidad [vaya] invadiendo progresivamente e insidiosamente el dominio de la fantasía hasta superponerse totalmente a él, hasta expulsarlo de la conciencia».

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Australia terrible (II): Walkabout

WalkaboutComencé a hablar la semana pasada de ese cine australiano terrible que, en los años 70 y de la mano sobre todo de Peter Weir, no sólo reveló la existencia de esa isla al mundo de la ficción sino que vino a perturbar seriamente el concepto de «realidad» con sus fábulas sobre la relación entre civilización y regresión. Pues bien, media década antes de que Picnic en Hanging Rock (1976) y La última ola (1977) llamaran la atención cinéfila, un realizador inglés, previamente reputado como director de fotografía, marchó a Australia para filmar una película que en su día pasó bastante desapercibida y que ha ido adquiriendo poco a poco el estatus de film de culto.

Se trata de Walkabout (1971), film en el que los inmensos y desolados interiores del continente australiano son ya protagonista omnipresente y donde unos niños anglosajones y muy civilizados se tropiezan con ese ignorado magma pre-civilizatorio anterior a la llegada de sus antepasados europeos, bajo los rasgos de un adolescente aborigen. Una película en la que ya están presentes el sentimiento de regresión de la civilización, el poder alucinatorio del paisaje australiano, el juego con la posibilidad de que estamos rodeados por dimensiones paralelas, normalmente cerradas, pero que con la sensibilidad especialmente alterada por la belleza (terrible) del paisaje, pueden mezclarse, por la presencia (como un reproche mudo, como una amenaza hostil) del aborigen. Walkabout es eso y muchas cosas más, no todas equilibradas y no todas conseguidas, pero por encima de todo es uno de los films más fascinantes, misteriosos y malsanos que dio esa época, los primeros años 70, en que, no sé por qué, el cine dio en todos los países un buen número de films poco comprendidos en su momento, reivindicados después en no mucha medida, y que, desde perspectivas argumentales y estéticas muy diferentes, cuestionan de modo irresistiblemente sugestivo el concepto de la realidad, de los elementos que hemos aceptado que nos convierten en seres humanos: es la impronta de títulos como los de Weir, como Huellas de pisadas en la luna (1975, Luigi Bazzoni) o Sucesos en la IV fase (1974, Saul Bass).

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Gattaca: no hay gen para el espíritu humano

Gattaca Mientras aparecen los créditos, un hombre joven se exfolia cuidadosamente toda la piel, se pega a los dedos falsas huellas digitales con una gota de sangre, se ata al muslo una bolsa con orina… En resumen, sigue un ritual matutino que se adivina ya rutinario para convertirse en otra persona. Pues nos hallamos en un futuro antiutópico en el que ha dejado de existir la discriminación racial o cultural, para centrarse en la perfección física basada en la ingeniería genética. Los seres humanos ahora se dividen en Válidos o No Válidos, circunstancia determinada en el momento de la concepción. Vincent, el protagonista, todavía fue engendrado de acuerdo con el «viejo estilo», pero en el momento del parto el análisis de su sangre reveló que tendría problemas cardiovasculares y no le dieron más de treinta años de vida: en ese mundo, un condenado a puestos subalternos en la sociedad. Su padre prefirió reservar su propio nombre, Anton, para un segundo hijo, ya nacido según los rigurosos procesos de selección.

La historia que cuenta Gattaca es cómo el primer hijo, Vincent, destinado a formar parte de los parias pero estimulado desde pequeño por el sueño de volar al espacio, consigue cambiar su vida por la de otro cuya sangre y circunstancias genéticas sí le dictaminan como Válido. Vincent adquirirá una complicada máscara exterior, cambiará su nombre por el de Jerome Morrow, el Válido a quien un accidente ha truncado su permanencia en la élite y que le proporciona cuanto necesita para mantener el engaño a cambio de poder mantener su estilo de vida. Y sin embargo, no es Jerome quien entra en la corporación espacial Gattaca y consigue obtener un puesto el programa espacial, cumpliendo su sueño: es el Vincent miope, que consiguió aumentar seis centímetros de altura a costa de un doloroso alargamiento de huesos, que moldeó su débil cuerpo a base de agotadoras series gimnásticas, cuyo corazón tendría que haberse detenido hace tiempo, quien lo ha conseguido. Por una vez, la frase con que se publicitó la película no fue sólo un eslogan: No hay gen para el espíritu humano.

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Un anarquista en el fin del mundo: Los náufragos del Jonathan

Jonathan 001Julio Verne murió el 24 de marzo de 1905. Su obra, sin embargo, no iba a cerrarse en dicha fecha. El autor había dejado una serie de manuscritos, unos más o menos concluidos, otros en diverso estado de redacción. Su hijo Michel se hizo cargo de esas obras, llegando a un acuerdo con Jules Hetzel, hijo de Pierre, el gran editor de su padre, por el cual se encargaría de la preparación de esos manuscritos póstumos, con vistas a su publicación. Así, entre 1905 y 1919 verían la luz ocho novelas y un libro de cuentos: El faro del fin del mundo (1905), El volcán de oro (1906), Agencia Thompson y Cía (1907), El piloto del Danubio (1908), La caza del meteoro (1908), Los náufragos del Jonathan (1909), El secreto de Wilhelm Storitz (1910) y La asombrosa aventura de la misión Barsac (1919), más los cuentos de Ayer y mañana (1910). En 1977, el experto verniano Piero della Gondola descubriría, entre los papeles del escritor puestos a su disposición por la familia, esos manuscritos originales, y pudo comprobar así que Michel Verne había modificado a su antojo, y de modo considerable, la mayor parte de esos textos. Inclusive, para la última de las novelas vernianas, no encontró redacción original alguna, con lo cual pasó a considerar que su único autor había sido Michel. Los hijos de los dos hombres que levantaron ese monumento que son los Viajes Extraordinarios habían sido los responsables de una monumental manipulación a la que fueron ajenos los incondicionales de Verne por casi tres cuartos de siglo.

Para quienes leímos esas novelas antes de saber nada de su reformulación, resulta de lo más interesante la comparación entre las dos versiones. En Francia, por supuesto, existen ediciones de todas ellas. En España, se había hecho con El volcán de oro, y, el año pasado, con Los náufragos del Jonathan, ahora rebautizada como El ácrata de la Magallania (traducción de Carlos Ezquerra, edición en Erasmus). Sobre esta(s) novela(s) me dispongo a hablar.

Verne la había escrito, y concluido, hacia 1898 con el título de En Magellanie pero, bien por decisión propia o del editor, no se llevó a cabo la publicación, tal vez por insatisfacción con el resultado final o por incomodidad ante el hecho de haber dado rienda suelta a un tema inédito en su carrera. Es fácil comprender por qué: con En Magellanie, Verne ensayó algo que nunca antes había hecho: una novela de tesis, y en concreto una novela de tesis ideológica. No es que no se hubiesen filtrado antes ideas políticas en sus obras (bien al contrario), pero en todas ellas eran un elemento más dentro de una trama que nunca se subordinaba a la exposición de las mismas. Es justo lo contrario de lo que sucede aquí: Verne idea una trama que es poco más que una justificación sobre la reflexión que le interesa desarrollar, que no es otra que una mirada sobre el pensamiento socialista de su época (más en concreto, sobre el anarquismo), y la imposibilidad de llevarlo a cabo, por loables que sean las intenciones de sus defensores.

El contacto de Verne, hombre profundamente conservador (como se deduce tanto del contenido de su obra como de su propia vida), con el anarquismo había sido mediante la sólida amistad con importantes figuras de la cultura francesa que profesaban dicho credo. En concreto, el geógrafo Elysee Reclus y el polifacético Gaspard-Felix Tournachon, periodista, ilustrador, aeronauta, pionero de la fotografía (es autor de la más conocida imagen de Julio Verne), conocido por su seudónimo de Nadar (obsérvese que Verne lo utilizó, bajo la forma del anagrama Ardan, como modelo de uno de sus tres viajeros del espacio en De la Tierra a la Luna). Aunque Verne nada tenía de anarquista, es evidente la atracción, más o menos subterránea, que para él siempre tuvo la figura del ácrata «modelo». La obra de Verne abunda en grandes solitarios que hacen de la libertad personal su completa bandera, siendo el más notorio de todos ellos el capitán Nemo. Como fuente de inspiración para el protagonista de El ácrata de la Magallania, sin embargo, suele señalarse un hecho real: la desaparición en tierras patagónicas de Johann Salvator, príncipe de Toscana, miembro de una importante familia nobiliar europea, el cual, en 1888, tras romper sus vínculos con la Casa Real austriaca, en cuyo ejército había rendido importantes servicios, adoptó el nombre de Johann Orth y, tras embarcarse con rumbo al confín de América del Sur, pareció evaporarse de la faz de la tierra. La rumorología luego hizo pasto con él, situándolo en los enclaves más dispares, pero a Verne parece ser que le atrajo sobre todo esa romántica ubicación en el confín del mundo, propia de un personaje que parecía haber roto por completo con su pasado. Hay que tener en cuenta que ese escenario debió interesarle sobremanera en sus últimos años, porque ahí ambientó dos de sus novelas finales, la que nos ocupa y la que lleva el sugerente título de El faro del fin del mundo.

El ácrata de la Magallania, de Erasmus EdicionesEn El ácrata de la Magallania, y sea cual sea el origen del personaje, éste no porta otro nombre que el apelativo de el Kaw-djer (el «Bienhechor» en la lengua de los indios del lugar), un misterioso forastero que recorre la zona del estrecho de Magallanes atendiendo a los indígenas gracias a sus conocimientos médicos, viviendo de los recursos de la zona en compañía de una pareja de indios, el piloto Karroly y su hijo Halg. Verne lo caracteriza desde el principio como un apasionado anarquista, y esa es la razón de su presencia en una zona del mundo que todavía no posee un dueño concreto (se la disputan los gobiernos de Chile y Argentina). El retrato que Verne ofrece del Kaw-djer es por completo positivo, como modelo de generosidad, abnegación, entrega a los demás y fortaleza moral. Lo cual no impide que el autor señale, desde el principio, el error que supone esa doctrina que se resume en la frase «¡Ni Dios ni amo!», que el exiliado gusta de pronunciar con pasión ante la apabullante naturaleza que lo rodea. Ateo, enemigo de todo gobierno, el Kaw-djer condensa en el grado supremo esa pasión por la libertad que tanto respira la obra de Verne. El gusto por la paradoja del muy burgués Verne se resume perfectamente en ese momento en que, al explicar cómo el Kaw-djer rehúye dar cualquier explicación a los representantes gubernamentales de la zona, el autor señala: «Son raros, y esperemos que lleguen a desaparecer por entero, los países en los que se pueda vivir fuera de toda costumbre, de toda ley, en la más absoluta independencia, sin ser molestado por ningún vínculo social» (Erasmus, pgs, 47-48, el subrayado es mío).

La refutación que realiza Verne de las ideas anarquistas, y comunistas en general —cuidado: no en el sentido que tendrá la palabra a partir de la Revolución Rusa, sino en el original, también utilizado por el anarquismo, de posesión en común de todos los bienes productivos— es por medio del obligado contacto del Kaw-djer con un grupo de náufragos procedentes de un barco estadounidense, el Jonathan, que encalla en la isla Hoste, muy cerca del confín meridional del continente americano. El Kaw-djer es testigo del infortunio, gracias a un magnífico recurso dramático de Verne: el personaje, sabedor del convenio chileno-argentino que termina por dividir y ordenar el territorio, se dirige al mismísimo cabo de Hornos sin saber a dónde lo llevarán sus pasos ahora, tal es el odio que tiene por leyes, gobiernos y fronteras… y allí , sin más lugar a dónde ir, el destino le envía a un grupo de desheredados (los pasajeros del Jonathan son pobres gentes que se dirigían a Sudáfrica para instalarse en una humilde concesión colonial) a los que ayuda a instalarse en ese perdido lugar, que el gobierno chileno les concede como territorio propio. El Kaw-djer se queda con ellos en ese último reducto independiente del mundo, pero allí asiste a la violenta anarquía que acaba apoderándose de la colonia, de tal modo que, ante las patéticas peticiones de los más responsables, deberá convertirse en lo que más odia: en su jefe.

Es decir, el más apasionado de los ácratas acaba recibiendo poderes absolutos, dictatoriales, por parte de esos náufragos-colonos (concepto éste muy propio de Verne) ante la triste constatación de que los hombres, sin leyes ni normas coercitivas sobre ellos, sin una autoridad carismática a la que obedecer, en suma, se convierten en lobos para aquellos que son más débiles. Por supuesto, la exposición de esta tesis carece de toda consistencia ideológica, incluso dramática. Verne no pierde el tiempo en desarrollos, en hacer evolucionar a su personaje de modo coherente: la escasa extensión de la novela es bastante perjudicial (en ese sentido, que el hijo llegara a duplicar el número de páginas en su versión, desde luego resulta más apropiado). Las situaciones siempre son simples; los conflictos, demasiado obvios; las transformaciones, rápidas. El Verne narrador omnisciente continuamente interfiere en el rumbo ideológico de su protagonista sentando cátedra de sus ideas negativas sobre el colectivismo, el socialismo, el anarquismo, etcétera. O sea, que las ideas pueden ser buenas, pero los hombres que las aplican (con excepción del Kaw-djer) suelen ser individuos embrutecidos y asociales, que sólo buscan el beneficio personal. Dicho de otro modo: la propiedad común es reivindicada por aquellos que no piensan trabajar y que abusan de los más débiles para salir adelante.

El Kaw-djer en la isla de HornosEl extremo más delirante acaba siendo la conversión del Kaw-djer a la fe en Dios, que se produce en las últimas y muy precipitadas páginas de la novela (desde luego, por mucho que el manuscrito se presente acabado, es evidente que hubiera necesitado un «barniz» final por parte de su autor antes de su publicación), que concluye con la inauguración de un faro en el cabo de Hornos.

Pese a estas incongruencias ideológicas y dramáticas, El ácrata de la Magallania no es una novela despreciable. La descripción de las circunstancias personales del Kaw-djer convierte a éste en un personaje atractivo, digno de la estirpe de Nemo, Hatteras y Phileas Fogg, por mucho que esté completamente desaprovechado. Del mismo modo, la capacidad de Verne para otorgar una enorme intensidad a la descripción de paisajes y escenarios dota a la Magallania de un interés particular, aunque ya no posea el lirismo de las primeras y mejores obras del autor.

La sencilla novela original consta de 16 capítulos, sin división en partes. Michel Verne suprimió cinco de esos capítulos, mantuvo 11 (con importantes modificaciones) y añadió 20 más, completamente de su propia cosecha, hasta llegar a los 31, divididos en tres partes. Las supresiones tienen lugar en la parte inicial del libro: Michel prescinde sin contemplaciones de las descripciones históricas, geográficas, etnográficas y naturalistas del escenario magallánico, para ir enseguida (capítulo 3) al tropiezo del Kaw-djer con los náufragos del Jonathan. Curiosamente, entre lo suprimido también figura todo lo relativo al encuentro del protagonista con los misioneros cristianos que intentan convertir a los indios: en Los náufragos del Jonathan no aparece uno solo de ellos, ni menciones a las iglesias que se instalan en la colonia de Liberia ni, por supuesto, hay conversión final del protagonista.

Lo que hace Michel es lo que no hizo Julio: narrar con el debido detalle la crónica de una degradación (la incontenible situación que se desata en la colonia) y el desgarrado proceso mediante el cual el Kaw-djer debe renunciar a sus convicciones libertarias y asumir el mando completo sobre esos desgraciados. Donde Julio, además, resolvía en pocas líneas el conflicto que le obliga a proclamarse jefe, Michel consigue crear una notable progresión en la tensión narrativa y dramática. Aunque el conflicto sigue siendo más bien primario y poco sutil —Michel inventa un par de personajes muy toscos, en apariencia seguidores del mismo ideario que el Kaw-djer, con el fin de convertirlos en villains de distinto grado—, sí resulta muy intenso, pues sabe expresar de modo magnífico el proceso de descubrimiento de la responsabilidad política y moral de que son acreedores, ante sus semejantes, los hombres de cualidades notables en los momentos de desesperación. Por ello, los añadidos de Michel se corresponden con la penosa forja de esa nueva colonia, de los conflictos que surgen durante sus primeros meses, cuando todavía no hay leyes ni jefes, e incluso va más allá, al narrar también con detalle el episodio del ataque a la isla por parte de unos indios patagones que obliga a los «hostelianos» a un esfuerzo de lucha conjunta que les otorga, por fin, ese sentido comunitario, esa identidad necesaria. Y lo hace con un lúcido sentido descriptivo de los conflictos humanos. El escepticismo de Julio, que conducía finalmente a la aceptación de la responsabilidad personal, cede en Michel a un feroz fatalismo biológico digno de Hobbes, que acaba condenando al Kaw-djer a un terrible vacío existencial, cuando se hunden completamente sus sueños e ideas. Así, la construcción de una sociedad próspera y pacífica se hace al terrible precio de un baño de sangre y de la claudicación de sus ideas libertarias por parte del hombre que hace posible el triunfo de aquélla.

Náufragos en el fin del mundoLos náufragos del Jonathan, hay que decirlo ya, y por encima de sus irregularidades, es una excelente novela, y lo es gracias a esa magnífica labor de reelaboración que el hijo efectúa sobre el argumento «prestado» por el padre. La diferencia estilística entre ambos es evidente: en las páginas que pertenecen exclusivamente a Michel desaparece cualquiera de las preocupaciones habituales en Jules por la exposición de las maravillas de la naturaleza, su sentido del lirismo o su habitual recurso narrativo a las preguntas retóricas, que abundan en El ácrata de la Magallania. Por otro lado, Michel incluso se permite incluir un guiño destinado a los lectores de su padre, o a éste mismo: dos niños huérfanos, los grumetes del Jonathan, reciben los nombres de Dick y Sand. Recuérdese que Dick Sand es el nombre del capitán de quince años (también huérfano e, inicialmente, grumete), ese personaje, hoy día muy cargante, con el cual Julio sublimó el anhelo de hijo ideal que hubiese deseado tener y que el díscolo y rebelde Michel nunca fue.

[El lector que desee conocer por sí mismo el final de esta espléndida novela debe dejar de leer aquí]

A este respecto, la conclusión de Los náufragos posee una fuerza inolvidable. En El ácrata, el Kaw-djer acaba aceptando plenamente su papel de líder de los colonos, y la novela concluye con la jubilosa inauguración del faro en el cabo de Hornos. Michel hace que el Kaw-djer renuncie a su jefatura cuando el gobierno chileno acaba imponiendo su «protectorado» sobre ese pequeño estado que tanta violencia ha conocido en su breve existencia, a cambio de la cesión personal de la misma isla de Hornos. Y allí marcha, sin despedirse de nadie, rumiando su fracaso, que Michel traduce de forma imborrable: «El libertario había dado órdenes, el igualitario había juzgado a sus semejantes, el pacífico había hecho la guerra, el filósofo altruista había diezmado a la muchedumbre y su horror por la sangre vertida no había conducido más que a derramar aún más». Consumido por el desengaño, el noble exiliado decide concluir sus días encerrado en el faro de Hornos, dando por tanto un último y desinteresado servicio a sus semejantes, pero sin querer saber nada de ellos, y no en vano esto lo simboliza la destrucción de la chalupa que lo lleva a la isla. La última imagen de la novela, puro Julio Verne también, sitúa al Kaw-djer en pie «como una altiva columna en la cima del arrecife», inescrutable, también orgullosamente dueño de su destino, como Nemo, como Hatteras, contemplando el mar sin fin que es metáfora de todos ellos, «lejos de todos, útil a todos, [donde] iba a vivir libre, solo; para siempre»

Esta novela, que Julio esbozó y que Michel reescribió casi por completo, lleva sólo la firma del primero. La historia de la literatura es paradójica: por su acción, el hombre que la transformó, sin advertir a sus lectores, ejerció un acto de manipulación completamente censurable. Pero su castigo es que esta notable manifestación de talento nunca llevará su firma, y quién sabe si los puristas de la obra del padre no conseguirán arrinconarla en el futuro, de tal modo que Los náufragos del Jonathan acabe en el desván de las obras malditas.

Magallania

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Australia terrible (I): Picnic en Hanging Rock

La novela de Joan Lindsay, en ImpedimentaAl cine debo la firme sensación de que hay pocos lugares más inquietantes sobre la tierra que Australia. Ese enorme continente, pródigo en espacios vacíos, cuya densidad de población no llega a los tres habitantes por km2, ha acabado encarnando para mí, gracias a varias películas de los años 70, la imagen de un espacio que no ha conseguido superar el conflicto entre atavismo y civilización propio de un país tan «nuevo», y en cuyas inmensas planicies se esconde, siempre, el fantasma de la regresión. Inquietud que nace, por ejemplo de la mirada imperturbable, casi alienígena, de esos aborígenes a quienes los intrusos ingleses casi borraron de la faz de la tierra o de esos inacabables desiertos interiores donde de pronto emergen misteriosas formaciones rocosas que parecen esconder indecibles secretos.

El aura preternatural que emana de esa vaciedad australiana se halla en la base de dos magníficas realizaciones que —junto a otra incluso mejor, también basada en el sentimiento de la regresión, pero situada en espacios urbanos: La última ola, de 1977— siguen componiendo, ya casi de modo irrepetible, mi imaginario australiano. Una de ellas es, sin embargo, inglesa, aunque fue rodada en Australia: Walkabout (1971, Nicolas Roeg). La otra se trata de Picnic en Hanging Rock (1975, Peter Weir), una de las películas que reveló la existencia del cine de su país en el mundo entero a mediados de los años 70.

Picnic en Hanging Rock cuenta una historia sencilla, muy sencilla. El día de San Valentín del año 1900, un grupo de alumnas y un par de profesoras del selecto Colegio Appleyard, situado en el campo australiano, se dirigen a una pintoresca formación geológica conocida como Hanging Rock para compartir un día de esparcimiento. Tres alumnas y una profesora suben a la Roca y desaparecen sin dejar el menor rastro; otra, más pequeña, regresa llorando y en estado de shock. La policía y los lugareños registran a fondo el lugar pero no encuentran la menor huella de las desaparecidas. Sólo una de ellas será descubierta con vida cuando, una semana después, un joven que también había estado de picnic esa misma tarde y las vio subir a la montaña, vuelve al lugar para buscarlas y la encuentra. Eso sí, la joven tampoco sabrá dar la menor fe de lo que le había pasado a ella o a sus compañeras. Y la película concluye sin que llegue a darse la menor explicación sobre lo que realmente sucedió.

Cualquier reseña sobre esta película suele indicar que está basada en un suceso real de la crónica de misterios sin resolver de Australia. En Internet pueden encontrarse muchas referencias a ella: lo sospechoso es que los datos que ofrecen parecen más bien el resumen pormenorizado de la película, más alguna teoría (morbosa o peregrina) sobre los hechos. Lo único cierto es que el film está basado en una novela que ha quedado injustamente eclipsada por el recuerdo de la cinta. Fue publicada en 1967 por Joan Lindsay (nacida en 1896), obteniendo un enorme éxito en su país natal que ignoro si trascendió fuera de las lindes australianas. En nuestro país fue publicada hace ahora dos años por Impedimenta, en una muy bonita edición (como todas las suyas, por otra parte), con traducción de Pilar Adón.

Las niñas perdidasPor supuesto, en buena medida la sugestión que produce la novela y lo que cuenta es que la propia autora deja desde el primer momento en el aire la cuestión de si está novelando unos hechos reales o si lo está inventando todo. «El lector tendrá que decidir por sí mismo si Picnic en Hanging Rock es una historia real o ficticia. En cualquier caso, semejante cuestión parece no revestir demasiada importancia, dado que el fatídico picnic tuvo lugar en el año 1900, y los personajes que aparecen en este libro llevan mucho tiempo muertos.» La propia escritura de la acotación ya es buena indicadora del sutil sentido de la ironía que va a embargar toda la narración, y que indica, desde el primer momento, la extraordinaria sabiduría de esa escritora que, más allá de los 70 años, supo entregar una obra tan imborrable, que merece ser reivindicada no sólo por haber dado pie a un film de culto. En cualquier caso, y volviendo al tema de la presunta realidad, lo incontrovertible es la existencia de esa aglomeración rocosa cuyo nombre ya es de por sí significativo: la Roca del Ahorcado.

El argumento de la novela parte, por supuesto, de la minuciosa exposición de todo lo sucedido en ese día fatal, y ya en esas páginas se presenta la estructura narrativa de la obra: el protagonismo coral, que hace que su prosa posea un efecto caleidoscópico en el que el centro dramático va de un personaje a otro, de un escenario a otro, incluso recurriendo a presuntos artículos periodísticos, informes policiales o cartas personales. La historia avanza con venenosa diafanidad: los hechos más terribles (no sólo hay desapariciones, sino varias muertes violentas, una de ellas en un incendio, y un suicidio) son relatados con engañosa placidez, y es mérito de Joan Lindsay que la ironía, incluso el sarcasmo, implícitos siempre en la descripción de los personajes (la mayor parte de ellos considerablemente desagradables), sin embargo no impongan de modo redundante la voz de la autora. Es por ello que, si bien bajo la belleza de las imágenes del film bulle una indudable pulsión malsana, encuentro mucho más inquietante, más sutilmente maligna, la prosa del libro.

Así, la novela abunda en pequeños toques casi impresionistas en que, sin hacer evidente su intención, surge el efecto maléfico. «En la Roca, la oscuridad que había estado agazapada durante todo el día en sus fétidos orificios y cuevas se mezclaba ahora con el crepúsculo», escribe Lindsay para referir la inquietud que provoca en el joven Mike la caída de la noche sin haber concluido su búsqueda. O a modo de resumen, con una coda inesperadamente sarcástica, para señalar el efecto que ha tenido el suceso en sus protagonistas: «El picnic perturbó el normal desarrollo de sus vidas, en algunos casos de modo muy violento. Y lo mismo sucedió con numerosas criaturas de presencia mucho más insignificante. Arañas, ratones, escarabajos…».

La película, ya lo decía líneas arriba, sigue con gran fidelidad la novela (repitiendo literalmente buena parte de sus diálogos), y de hecho Joan Lindsay le otorgó abiertamente su bendición. Peter Weir afrontaba su segunda película, y en ella ya aparece, y en generosa medida, la cualidad que la mayor parte de la Crítica suele considerar que es la clave de su mejor cine: su capacidad para levantar atmósferas bañadas de sensualidad. Ahora bien, en Picnic en Hanging Rock hay un abuso de un elemento que en la novela se encuentra totalmente controlado: el esteticismo. La prosa de Lindsay se encuentra en el punto justo entre el barroquismo y la sencillez; si bien se complace en muchos momentos en la descripción de ambientes y sensaciones, siempre sabe cómo parar cuando puede incurrirse en el exceso, y además lo hace con esas abruptas codas que señalaba en los ejemplos anteriores, difuminando con ello la sensación estética en beneficio del efecto malsano.

Weir apuesta por la saturación esteticista, ejerciendo una opción arriesgada que, es cierto, funciona en muchos momentos, sobre todo en su magistral tercio inicial, no por nada el que ilustra la excursión a Hanging Rock. En ello ayuda un efecto fotográfico vaporoso del que quedó muy satisfecho, así como el cuidado de una banda sonora en la que destacan las composiciones para flauta de pan del rumano George Zamphir junto a (inolvidables) incorporaciones de fragmentos de Bach o Beethoven, así como diversos efectos realizados con sintetizador en aquellos momentos en que parece que es la propia Roca la que impone su sonoridad preternatural a la atmósfera.

El Colegio Appleyard (Martindale Hall)Ese inicio del film ya señala cuál será el diapasón que marcará la historia. Por encima de la natural alegría de un puñado de adolescentes que marchan a pasar un día de asueto lejos de los muros donde cada día se les impone la disciplina académica, Weir va introduciendo una serie de notas que hacen nacer en el ánimo del espectador una sensación de inquietud. Las secuencias iniciales podrían pasar por una apoteosis de la cursilería: jovencitas atándose sus corsés unas a otras, risas y bucles candorosos corriendo a alinearse para recibir las últimas instrucciones de la directora… Pero este aparente azucaramiento esconde algo más: algo que late en la atmósfera más que en las acciones. La más atractiva de las excursionistas, Miranda, se nos ha presentado hablando con una condiscípula, Sara, en unos términos que no hacen dudar de que ésta se halla enamorada de aquélla; misteriosamente, Miranda la reconviene: «No debes amarme tanto; pronto no estaré». No tardaremos en advertir que si Miranda, por su belleza y pureza, es el centro de admiración de profesoras y condiscípulas, Sara en cambio es algo así como el patito feo: es la única alumna castigada a permanecer en la escuela, obligada a memorizar unos poemas que considera absurdos y que se niega a declamar ante la señora Appleyard, pues prefiere recitar los suyos propios…

En el camino, las excursionistas charlan sobre la aureola de misterio del lugar a donde acuden; a las palabras de la racionalista profesora McCraw sobre su antigüedad, una de las muchachas afirma que el lugar ha estado «esperándolas» a ellas todos esos millones de años. Más tarde, ya en el lugar del picnic, los relojes se pararán a las doce del mediodía. Las alumnas no tardan en abandonarse a la indolencia sensual que parece demandar la naturaleza que las rodea (y la música elegida para la banda sonora, especialmente el adagio del Concierto para Piano nº 5 de Beethoven, parece en verdad mecerlas como a las hojas de los árboles). Miranda y otras tres compañeras piden permiso a la joven profesora de francés para explorar la roca; el plano en que Miranda mira por última vez a mademoiselle Poitiers (filmado con un suave, casi perezoso, ralentí) parece desatar un éxtasis tanto erótico como estético en la joven docente, que cree reconocer en su alumna favorita un ángel de Botticelli. Conforme las jóvenes ascienden, se diría que la roca va abriéndose para sumirlas en su seno (sólo recibe con hostilidad a Edith, la menos atractiva, la que se dará media vuelta); una de las jóvenes, contemplando desde las alturas a los pocos excursionistas que rompen la diafanidad del encuentro con la naturaleza, exclama que, de no ser por ellos, podría pensarse que no hay nadie más en el mundo entero; conforme dejan atrás las ataduras terrenales y liberan sus sentidos, se despojan de más convenciones: sus zapatos y sus medias. La forma como Weir narra este sentimiento de liberación es sublime: dos panorámicas que convergen desde distintas direcciones y se sobreimpresionan suavemente, una sobre el bello rostro de Miranda, otra sobre la solitaria roca. Por último, la adolescente gordita no quiere seguir adelante: sus tres compañeras, saltando sobre las rocas con las piernas desnudas, parecen ser engullidas por un hueco de la montaña…

La Roca del Ahorcado¿En qué dirección apunta el film acerca de la desaparición de las muchachas? En uno de los libros que más ha influido en mi percepción del cine fantástico, la obra de José María Latorre llamada así precisamente, El cine fantástico (1987, Ediciones Dirigido por…), éste apuntaba una lectura «mágica»: en medio de tanta belleza, en el reconocimiento de su propia sensualidad en marco tan propicio, las muchachas realmente se volatilizan, incorporándose a la armonía de la naturaleza. A mí personalmente, y como señalaba en la introducción de estas líneas, esas imágenes me producen un sentimiento de regresión, de ingreso en una realidad distinta, al modo de uno de los relatos más fascinantes, e incómodos, que he leído nunca, El pueblo blanco, de Arthur Machen, autor señalado por varios críticos como la fuente de inspiración de la película, cuento que constituye una de las más geniales exploraciones que ha dado la literatura sobre la posibilidad de que, en determinados momentos y bajo el influjo de determinada sensibilidad, la realidad se moldee, se transforme, se abra de un modo impredecible a nuestro paso.

Hay múltiples lecturas (repito: casi todas ellas ya implícitas en el libro). Por ejemplo, otra, no lejana de las anteriores, tiene que ver con el juego de contrastes entre la liberación sensual que viven las muchachas en Hanging Rock y el encorsetamiento de normas y convenciones que se vive en la escuela, metáfora (como todas las escuelas que aparecen en el cine, sobre todo si son internados anglosajones) de la propia sociedad que un día las acogerá. Sobre todo es la señora Appleyard, la directora, quien actúa como símbolo de la opresión, desde su aspecto (severa vestimenta, severo peinado —parece una encarnación de la Reina Roja tal como aparece en las ilustraciones canónicas de John Tenniel para la «Alicia» de Lewis Carroll—, severos gestos) a su comportamiento, que parece complacerse en la humillación, en el trato despectivo tanto sobre las alumnas como sobre sus empleados. En cualquier caso, en todo momento flota en el aire la sensación de que algo anómalo ha ocurrido, algo malsano: los propios lugareños, que actúan como una masa simple e instintiva, lo constatan, exigiéndole a la policía una explicación que ésta no puede darles (ante todo, porque no la hay) pero que ellos, en su tosca racionalidad, necesitan.

[El lector que desee conocer por sí mismo el final de esta excelente historia debe dejar de leer justo aquí]

En su segunda mitad, la película resulta mucho más pobre, puesto que el montaje final se ve obligado a concentrar sucesos y personajes, y a prescindir de muchas situaciones y desarrollos que enriquecen considerablemente la historia (por ejemplo, en torno al joven Mike). En cualquier caso, ambas acaban con el suicidio de Sara, devorada tanto por su incapacidad para superar la desaparición de su compañera como por la incertidumbre de su propio futuro (su tutor no da señales de vida y la señora Appleyard, que la detesta porque nunca ha dado el «bueno tono» que ella cree que merece su escuela, amenaza con echarla), con lo cual la pequeña, huérfana, siente incrementado de modo insoportable su sentimiento de orfandad. En la novela, la señora Appleyard se dirige a la Roca para morir allí ella también. En la película, cuando el jardinero, tras descubrir el cuerpo de la niña, acude a avisar a la directora, la descubre sentada en su mesa de mando, embutida por completo en un traje de luto, con la mirada ya perdida…

P. D. Por cierto, redactando estas líneas he hecho un último descubrimiento en Internet. Parece ser que la autora escribió un capítulo final para su novela, explicando el destino real de las muchachas, pero dejó instrucciones de que no se publicara hasta después de su muerte. Desde luego, no figura en la edición de Impedimenta que obra en mi poder. Y tampoco sé si quiero conocer esa explicación. ¿Hace falta?

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Picnic en Hanging Rock / Picnic at Hanging Rock. Año: 1975.

Director: Peter Weir. Guión: Cliff Green, según la novela de Joan Lindsay. Fotografía: Russell Boyd. Música: Gheorghe Zamfir y Bruce Smeaton; fragmentos de Beethoven, Bach y Mozart. Reparto: Rachel Roberts (Sra. Appleyard), Helen Morse (Mademoiselle de Poitiers), Anne Lambert (Miranda), Dominic Guard (Mike), Margaret Nelson (Sara). Dur.: 115 min.

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El milagro de Ana Sulllivan: la llave del mundo está en las palabras

El milagro de Ana SullivanThe Miracle Worker («La hacedora de milagros») es el título de un guión para televisión que William Gibson escribió a partir de la autobiografía de Helen Keller, una figura muy conocida de la historia de la pedagogía y la lucha contra la minusvalía. A los 19 meses, una enfermedad la había dejado ciega y sorda, y por ello, aunque ya había empezado a hablar, también muda, al ir olvidando poco a poco los sonidos. En ese estado de absoluto aislamiento, a los 6 años sus padres contrataron como maestra a una muchacha de veintipocos, Anne Sullivan, que había sufrido bastantes operaciones en los ojos y que de hecho había pasado gran parte de su infancia en la ceguera. Anne Sullivan consiguió enseñarle la relación entre las cosas que podía tocar (su contacto con el mundo real) y las palabras, abriéndola de nuevo a la vida. Dotada de una gran inteligencia, Helen Keller se convirtió en una respetada escritora, e incluso parece ser que en cierta medida volvió a hablar mediante sonidos. El éxito del dramático televisivo animó a Gibson a convertirlo en una obra teatral estrenada en Broadway, en 1959, también con enorme eco crítico y comercial. Y fue esto lo que animó a trasladarla al cine, confiándosela al hombre que primero la había dirigido en televisión, Arthur Penn, con la misma pareja de actrices que la había estrenado en el teatro, las desconocidas Anne Bancroft y Patty Duke.

El material de The Miracle Worker es evidente que encerraba toda clase de posibilidades. Por un lado, la historia de Helen Keller y su abnegada maestra se prestaba a la confección de un relato sobre la superación personal muy del gusto del público de ayer y de hoy. Sin embargo, también permitía efectuar una mirada sobre temas universales como la incomunicación, la necesidad de ligar pedagogía y amor o el concepto de la diferencia. La fortuna es que El milagro de Ana Sullivan es ambas cosas a la vez: un inolvidable relato pleno de sentimientos, pero expuestos sin sensacionalismo ni sensiblería, hasta el punto de que su clímax final acaba emocionando del modo más lícito; y también un bonito retrato sobre un conjunto de seres caracterizados por la infelicidad (la muchacha que no ve ni oye, los padres que son ciegos y sordos ante lo que realmente necesita la hija en quien solo ven un ser desamparado, y la tenaz mujer que, precisamente por conocer bien lo que es el desamparo, se niega a dejar que Helen se convierta en un mero objeto de lástima).

El director Arthur Penn se haría famoso después por títulos tan sobrevalorados como Bonnie y Clyde (1967) o Pequeño gran hombre (1970), y tanto él como los críticos que lo aplaudieron (mucho en su día, aunque hoy está bastante olvidado) se quisieron ver ante el equivalente estadounidense del autor europeo, innovador y comprometido, tan propio de los 60. Como la historia del cine encierra una sorpresa tras otra, es una paradoja que sea su película más modesta, en apariencia menos «personal» y más «burguesa» de todas, esto es, El milagro de Ana Sullivan, la que siempre pervivirá de su obra y la que le merece, al menos, el crédito de tener un film que amar y defender.

Helen Keller y su maestraLo cierto es que Penn acierta con el tono y la atmósfera desde el primer momento. Un rasgo muy inteligente del guión original es hacer que, antes de que aparezca en pantalla la heroína con quien el espectador deberá identificarse, Ana Sullivan, primero se tome en consideración tanto el drama de la pequeña (que, de entrada, va a parecer un pequeño e insoportable «monstruo») como, sobre todo, el de esos padres destrozados por una tragedia del todo inesperada y que se encuentran condenados a vivir en compañía de alguien a quien al mismo tiempo aman y odian, en cuanto que ha alterado de modo brutal sus vidas. Penn lo expresa muy bien todo. El prólogo cuenta el descubrimiento por parte de los padres del estado de su hija, y Penn concentra toda la escena en un único plano en contrapicado, desde el interior de la cuna y casi desde la perspectiva de la pequeña Helen —por fortuna, en ese casi está la clave: hubiera sido demasiado extremo, demasiado pretencioso, identificar absolutamente el punto de vista del espectador y el de la niña—, de tal modo que, con la ayuda de la iluminación de Ernest Caparros, que aquí alcanza una sustancia expresionista, queda genialmente dibujado el horror que sienten primero la madre y luego el padre mientras descubren que su pequeña ni ve ni oye pese a las palmadas que dan, los gritos o la lámpara que agitan convulsivamente sobre ella.

Esa textura de cine de terror va a proseguir durante la secuencia de los créditos. Es una buena idea hacer que la primera imagen de Helen en la película sea un encuadre de ella desde el otro lado de la balaustrada de la escalera de su casa. Así, Penn, con tanta sencillez como intuición, transmite la idea de la prisión en que el mundo se ha convertido para la pequeña, una prisión cuyos barrotes se proyectan sobre ella. No menos siniestras resultan las imágenes siguientes: Helen dejándose envolver por las sábanas que cuelgan tendidas (sólo cuenta con el tacto para sentirlas, pero al mismo tiempo, y envueltas en ellas se expresa la condición de que su minusvalía convierte su existencia en una fantasmagoría); o Helen caminando por el campo con los brazos extendidos, gesto habitual en un ciego, pero que, teniendo en cuenta el tono con que está rodado y su situación después de las escenas anteriores, vuelve a invocar una atmósfera propio del terror: ¿no camina la pequeña como un zombi tambaleante, y ello cinco años antes de que George A. Romero rodase su famosa película sobre el tema? Hay que añadir la música inquietante de Laurence Rosenthal, que cuando parece alcanzar su momento más melódico diríase que casi se vuelve atonal, extraña, rara.

El resto de la historia recupera ya la linealidad narrativa, pero hay que tener en cuenta que el escenario en el que va a recluirse es en una propiedad campestre que parece muy aislada de cualquier entorno habitado, y donde no falta un bosquecillo evanescente en el que se «esconde» una casita abandonada (que Ana Sullivan utilizará para recluirse dos semanas con su pupila lejos de cualquier interferencia sentimental de los padres). Ese espacio retratado en blanco y negro de una propiedad rural donde suceden cosas misteriosas y el protagonismo que se da a la infancia como una etapa especialmente delicada y vulnerable del ser humano, ¿no retrotraen a grandes películas coetáneas hermanadas por el bello sentido del dolor con que retratan la infancia, de ¡Suspense! (1961), de Jack Clayton, a Matar a un ruiseñor (1963), de Robert Mulligan, joyas todas del onirismo cinematográfico?

Victor JoryEl dibujo del hogar de los Keller es, por tanto, fundamental para enmarcar la historia de la niña Helen y de su maestra. Y es justo señalar que si las interpretaciones de Anne Bancroft y Patty Duke son dignas de todos los elogios que se han vertido sobre ellas (y fueron justamente premiadas por doquier), no lo son menos las de los actores que encarnan a los Keller: el veterano Victor Jory, cuyo rostro casi labrado en piedra sabe componer con enorme ductilidad un personaje de apariencia inflexible, a la medida del nombre familiar con que es llamado por su esposa, el Coronel, pero del que en realidad todos hacen lo que quieren; la magnífica Inga Swenson sabe transmitir toda la cualidad doliente de su personaje sin cargar nunca las tintas, encarnando de modo magnífico el desgarro en su grado máximo; e incluso el joven Andrew Prine, que da vida al hermano que es evidente que, por su «normalidad», se siente tratado como el otro en su círculo familiar, lo cual justifica el profundo sarcasmo, engañosamente cínico, con que se comporta ante todos (es inolvidable el modo en que, en la escena final, impide que su padre salga de la sala a rescatar a la niña nuevamente rebelde de su profesora, y así destrozar la obra de enseñanza que ésta ha hecho en las dos semanas de aislamiento).

En el retrato de ese lugar es muy importante la condición de los Keller como una prototípica familia señorial del Sur: no es difícil imaginar su propiedad como la antigua plantación que debió ser y a esos criados negros como los antiguos esclavos, tratados siempre con el mismo paternalismo. No puede dudarse que el Coronel se ganó su apelativo combatiendo en la guerra contra el norte, esa que todavía enciende su ira cuando su hijo Jimmy le discute la incompetencia de los militares del sur —conversación magníficamente trabada con las evoluciones de Helen de plato en plato, como un incordio tolerado por todos, lo cual primero llama la atención de su maestra, que lo ve por primera vez y después se indigna y decide ponerle fin a tal comportamiento. El rechazo del Coronel a las brusquedades de Ana es genial, pues expresa al mismo tiempo el complejo de debilidad de un hombre que sabe bien que su autoridad en la casa es poca, el remordimiento por haber dejado que, llevados de la lástima, Helen se comporte como un animalillo salvaje, y el recelo que para un caballero del sur como él merece, por principio, todo yanqui (y Ana Sullivan lo es).

He hablado mucho de los Keller, del escenario de la historia, de la atmósfera que Penn confiere a las imágenes. Hora es de hacerlo de Ana Sullivan, y confieso que es difícil separar el personaje de la actriz que lo interpreta (lo cual indica, en buena parte, la fuerza de su interpretación). El fuerte de Anne Bancroft, como demuestra su filmografía posterior, eran los personajes dotados de un gran carácter, pero la estupenda actriz consigue, al mismo tiempo, transmitir la fragilidad que esconde esa firmeza. Fragilidad primero física, puesto que pasó muchos años en la oscuridad, se echa diariamente, y de modo notoriamente aparatoso, gotas en sus delicados ojos, y todavía tiene que utilizar lentes oscuras —en un magnífico momento, ante un gran Victor Jory al que dan ganas de abrazar y consolar, el Coronel, a quien azora no ver los ojos a quien está reprendiendo, le pide que se las quite y ella, con sencillez, le explica el motivo de por qué las lleva siempre puestas, azorando aún más al lastimoso hombretón por su falta de delicadeza. Pero fragilidad también interior, en cuanto que guarda el tremendo recuerdo de un pasado de infausta tristeza, presidido por el recuerdo de su estancia en asilos donde la única compañía eran ancianas abandonadas por todos, enfermos de diversa condición y todo tipo de parias, así como por el dolor que le produjo la muerte de su pequeño hermano, quien también era un lisiado. Penn reconstruye esos recuerdos utilizando un recurso que tal vez se halla al límite de lo pretencioso, pero que resulta eficaz: unas imágenes muy granulosas, tanto que no se puede distinguir con precisión a los personajes que hablan en la banda de diálogo, parangón visual de ese mundo de tinieblas o penumbra en que vivió la mujer que ahora lo recuerda con pesar.Ana Sullivan, por tanto, sólo ha conocido el lado más amargo de la vida —aunque, señalará, eso es lo que la hizo fuerte— hasta que abandona el colegio de niñas ciegas donde se ha educado como maestra para marchar a la propiedad de los Keller en Tuscumbia, Alabama. Otra de las imágenes imborrables de la película es, precisamente, la despedida que le hacen los niños ciegos a Ana en la estación: cuando el tren empieza a moverse, el director de la escuela debe reorientar a los pequeños desvalidos a los que se ha dicho que saluden al frente, lo cual remarca de modo muy triste su desvalimiento.El alfabeto de los sordos y ciegos¿Una ciega para enseñar a otra ciega?, exclama, de modo bastante obtuso, el Coronel al descubrir, exagerándola, la condición de Ana Sullivan. Pero no sólo alguien capaz de saber lo que deber ver un ciego, sino capaz de no dejarse arrastrar por la conmiseración que a todos despierta Helen. El milagro de Ana Sullivan narra dos procesos: por un lado, el arduo esfuerzo de la maestra por hacer comprender a su pupila la relación entre las cosas del mundo y esos signos que la pequeña toma como un juego curioso pero sin sentido; por otro, la enseñanza de unas normas de comportamiento que la conviertan en una persona civilizada e independiente sin importar su minusvalía.

Siempre llamará la atención la minuciosidad de la larguísima secuencia en que Ana, sola en el comedor familiar con la pequeña, entabla lo que sin la menor duda es un combate al mismo tiempo físico y psicológico. Penn prescinde de música y alarga el plano cuanto puede para remarcar la extenuación que esa lucha provoca en las dos mujeres, no dudando en provocar abiertamente la incomodidad del espectador, que desea que todo acabe pronto. Es un espléndido juego dramático: puesto que pronto se comprende que no puede acabar como todos desearíamos (Helen claudicando y convirtiéndose en una personita razonable, así por las buenas), se establece una muy significativa identificación entre el espectador y los Keller, pues llega un momento en que casi (¿o sin casi?) deseamos que Ana sea, utilizando palabras del Coronel, más «flexible»: o sea, que se rinda y deje a la niña hacer nuevamente su santa voluntad, para que secuencia tan desagradable se distienda por fin (o acabe). Pero ni Ana Sullivan ni Arthur Penn ceden. El resultado es espléndido: Penn no muestra lo que acaba por pasar, que es Helen quien cede, sino que lo resuelve de modo elíptico, pasando la acción al exterior, donde la familia espera con tensa expectación, a que por fin se abra la puerta de la casa. Y la niña sale llorando y busca a su madre para abrazarla, pero la extenuada Ana le dice a Kate Keller que ha comido con su cuchara «y se dobló su propia servilleta». En esa afortunada frase, y en la impresión que el sencillo acto provoca en la madre, sin necesidad de que se nos haya mostrado visualmente, se concentra todo un mundo de sabiduría y emoción, el que proporciona su grandeza a El milagro de Ana Sullivan.

Patty DukeEsta fundamental escena hace innecesario que el resto de la historia deba mostrar en detalle el doble proceso de enseñanza aludido, permitiendo así centrarse mejor en el dibujo de las necesidades emocionales de los personajes. En este sentido, sin duda lo más duro reside en que Ana, por mucho que sea ella quien, sabemos todos, tiene las llaves que pueden abrir el cerrado mundo de Helen, en ningún momento consigue establecer con ella un contacto basado en el cariño o en la ternura. Magnífica Patty Duke en su delicado rol —delicado porque, aunque suela parecer lo contrario y de ahí que se recompense con tanto premio (por ejemplo, a ella misma) a quien hace de minusválido o enfermísimo, en el fondo es tarea fácil para cualquier intérprete con la mínima técnica o con sentido del exhibicionismo—, su rostro, obligadamente sobre-expresivo, siempre se detiene en el momento en que se espera que manifieste un mínimo cariño hacia quien estamos viendo que se esfuerza tanto por ella. Esta dureza emocional sin duda ayuda considerablemente a evitar que el desarrollo de la historia incurra en la blandura: hubiera sido contraproducente. Todo, sin embargo, conduce para su inolvidable clímax final.

[El lector que desee conocer por sí mismo el final de esta excepcional película debe dejar de leer aquí]

Se inicia con la escena de la esperadísima cena (la segunda comida familiar que se nos muestra en la película), y ese estupendo plano general, situado desde detrás de la niña, mediante el cual Arthur Penn consigue inquietar al espectador sobre el resultado de la misma, antes de que suceda, antes de que esa servilleta caiga al suelo, por desgracia no por torpeza, la primera vez. Y esta vez no es necesario prolongar la lucha: Ana coge del brazo a Helen y la lleva a la fuente para llenar la jarra de agua que ha vertido. El momento en que, por fin, la niña asocia el agua que cae sobre sus manos con los signos que le enseña la maestra, en rigor (y aunque la misma Helen Keller escribió que sucedió así) parece un deus ex machina tensado hasta el límite de lo creíble. Pero la convicción dramática siempre será superior a la lógica realista, y el acierto en la puesta de escena, la mejor forma de hacer creíble la emoción más incontenible. En el final, Helen entrega a su maestra, cuyo cariño por fin ha sabido comprender, las llaves que le escondió la primera vez que le vio: en el sencillo y bonito simbolismo de esta bellísima escena se encuentra la clave de la honestidad emocional de El milagro de Ana Sullivan.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El milagro de Ana Sullivan / The Miracle Worker. Año: 1962.

Director: Arthur Penn. Guión: William Gibson, según su propia obra teatral, a su vez basada en su guión para TV, inspirado en la autobiografía de Helen Keller La historia de mi vida. Fotografía: Ernest Caparros. Música: Laurence Rosenthal. Reparto: Anne Bancroft (Ana Sullivan), Patty Duke (Helen Keller), Victor Jory (Capitán Keller), Inga Swenson (Kate Keller), Andrew Prine (Jimmy Keller). Dur.: 106 min.

Inicio con esta película otra sección del blog que titulo “Cine y educación”, y en la que hablaré sobre historias centradas en procesos de aprendizaje, en profesores y alumnos, en maestros y discípulos, en instituciones escolares, campo que, como profesor yo mismo de Historia/historias, no puede evitar tocarme de forma especial.

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Las aventuras del capitán Hatteras: hacia el norte, siempre hacia el norte

El capitán Hatteras, por MolinoSiempre me ha parecido incomprensible que Las aventuras del capitán Hatteras (1864-65) siga siendo el más ignorado de los grandes títulos de su autor: ni siquiera ha recibido el «honor» de una adaptación al cine, cuando obras más mediocres cuentan incluso con más de una. En España, por ejemplo, hace años que cuesta trabajo encontrar el libro. No está en los catálogos de las principales editoriales que en los últimos veinte, incluso treinta años, se han tomado más interés por la obra del escritor francés (Valdemar, Alianza Editorial o la desaparecida colección «Tus Libros» de Anaya). Sí fue publicada por Planeta en una colección, de formato lujoso, basada en las primeras ediciones españolas de Verne, por Gaspar y Roig, que pretendió reeditar su obra completa (aunque se detuvo con tan sólo 25 novelas), y está ya descatalogada. De tal modo que sólo puede encontrarse hoy en día, y difícilmente, en las librerías de viejo y en los saldos de ediciones populares de kiosco (Orbis, Salvat) o de las viejas ediciones de la casa madre de Verne en España por excelencia como fue Molino.

Segunda novela de los Viajes extraordinarios, primera obra maestra del autor, Hatteras es la crónica del descubrimiento del polo norte y uno de los más paradigmáticos ejemplos del concepto que de la literatura de aventuras tuvo su autor. Es decir, aborda una incursión en el territorio de lo desconocido para mejor humanizarlo (el mundo polar de la época, que en el segundo tercio del siglo había convulsionado la historia de los descubrimientos gracias a toda una serie de viajes y expediciones de enorme eco popular, las cuales, por supuesto, son consignadas escrupulosamente por Verne siguiendo su inveterada costumbre de hacer inevitables todos los antecedentes a la aventura vivida por sus propios protagonistas), ofrece el retrato de unos personajes a través de unas cualidades aparentemente externas y susceptibles de resumirse en unos breves rasgos (que sin embargo, saben otorgar una admirable riqueza expresiva: recuérdese que los personajes vernianos se caracterizan antes por sus acciones que sus pensamientos), convierte el escenario por el cual avanzan en un personaje más en el curso de la novela (y los parajes árticos se prestan admirablemente a todo el desarrollo de esa fuerte carga poética con que Verne sabía investir la descripción de las maravillas terrenas), y su desarrollo narrativo ofrece la adecuada dosificación de episodios «fuertes» que se incardinan de este modo con mayor armonía a la trama central.

La novela, además, utiliza un recurso tan ingenioso como es retrasar la entrada en escena de su protagonista, creando una atmósfera de expectación muy lograda: de ese modo, el lector, mucho antes de que el formidable Hatteras haga acto de presencia explícita, tiene ocasión de elaborar a su modo un esbozo del superhombre con el que no tardará en trabar contacto. Esta forma de conseguir retratar a un personaje mucho antes de que éste aparezca posee esa magia única que consiste en sugerir antes que mostrar. Por otro lado, ese detalle provoca además otra circunstancia que confieso que a mí me impactó en el momento de mi primera lectura, siendo tan sólo un niño: [spoiler] que el personaje que en el primer momento parece ser el protagonista, o al menos aquél que encauza inicialmente la acción, el segundo de a bordo, acabe no ya postergado bruscamente nada más aparecer el verdadero capitán, sino que incluso, por una pirueta que a mí se me antojó en su momento fascinadora, acabe convertido en el villano de la historia, el hombre que rebela a la tripulación y la incita a abandonar a su jefe.

Hatteras y su perro DuckFrecuentemente se ha reprochado a Verne la falta de consistencia de unos personajes que, en el mejor de los casos, suelen ser un conjunto de tipificaciones. Pues bien, en la novela que nos ocupa, Verne da vida a dos de sus más grandes criaturas, el capitán Hatteras, desde luego, pero también uno de sus compañeros, el entrañable doctor Clawbonny. Hatteras, el primero en esa sucesión de hombres que se bastan a sí mismos y a su voluntad (que luego engrosarán el capitán Nemo, Phileas Fogg, Miguel Strogoff, Kaw-djer o el profesor Otto Lidenbrock), queda perfectamente retratado por esa grandiosa frase que pronuncia cuando ya se encuentra a la vista del objetivo de su vida: «No hay obstáculos infranqueables; sólo voluntades más o menos enérgicas». Inasequible al desaliento, animado por un único norte en su vida (nunca mejor dicho), Verne se complace en presentarlo bajo rasgos físicos incluso sobrehumanos: el único expedicionario al que el frío no parece afectar, cuyo organismo parece animado por un fuego interno exclusivo de él (¿un volcán, tal vez?). Esa imagen tan típicamente verniana del superhombre que desafía a la naturaleza con los brazos cruzados sobre el pecho ya existe en esta novela. Hatteras es, pues, un personaje-símbolo, en el que se encarnan las principales fijaciones vernianas a la hora de retratar eso que se ha llamado el anticipo del super-hombre nietzscheano: un hombre ajeno a los sentimientos (en él, la lealtad o la amistad sincera que acaba profesando por Clawbonny no son un rasgo de sentimentalismo sino de reconocimiento a una naturaleza digna de la suya, si bien en otro terreno), invulnerable a los cataclismos que le envía una naturaleza que se niega a dejarse revelar sin hacer pagar un precio, inasequible al desaliento, generoso en último extremo cuando comprende que ya no le resta nada sobre el mundo, y por tanto, destinado a despojarse de su alma en ese rincón a cuya conquista ha consagrado su existencia entera.

Clawbonny, por otra parte, supone una de las creaciones humanas más inolvidables del universo verniano. Si Hatteras es el fulminante que anima a cuantos participan en su aventura, el sabio doctor es el necesario aglutinante, aquél en quien confluyen todas las voluntades gracias a su irrenunciable capacidad para la concordia. Verne, siempre animado por instruir al mismo tiempo que se instruía (cuánto se lo hemos agradecido aquéllos que nos tropezamos con su compañía siendo pequeños), lo utiliza como portavoz de sus enseñanzas: enseñanzas que, hay que decirlo con rotundidad, nunca se convierten en meras digresiones que aparten a escritor y lector del camino más importante de la pura peripecia. No; en la concepción verniana de la aventura, ya hemos dicho que resulta imprescindible apoyarse en unos jalones previos: aquellos «descifradores» de la naturaleza que se enfrentaron a la misma tarea antes que los ahora protagonistas. Además de que, dentro de la hábil estrategia estructural del bretón, muchas de esas magistrales lecciones deparadas por Clawbonny, aparte de contribuir a la atmósfera de conocimiento que impulsan sus novelas (si un lector de Verne no se ha sentido impelido a saber más sobre esos parajes retratados en sus novelas, o cuando menos a seguir en un atlas los recorridos de sus rutas, no es un verdadero «vernómano»), también relajan momentáneamente el decurso de la trama: a no dudar, unas pocas páginas después, un acontecimiento inesperado pondrá a prueba el ánimo y el valor de unos personajes que ahora se limitan a complacerse en esa sed por el conocimiento que tanto parece haber olvidado el hombre del siglo XX.

La maravillosa luminosidad del poloHatteras, pues, aparece en torno a la página cien de la novela que lleva su nombre. Hasta entonces, el libro tenía sus concomitancias con el previo título de Verne, Cinco semanas en globo: la atención centrada sobre los preparativos de una expedición que se presume audaz, el decurso de las primeras incidencias de la travesía y la intercalación de pasajes de contenido didáctico a cargo del «sabio» del viaje, el doctor Clawbonny. A partir de entonces, sin embargo, la novela se convierte en la historia de una obsesión, y esta circunstancia la convierte en un título prácticamente sin parangón en la obra verniana. Cierto que en esta no tardarán en aparecer libros y personajes animados por idénticos parámetros que los caracterizan a Hatteras, pero en ellos la obsesión no es el único motor de historia y de narración: en Veinte mil leguas… el personaje de Nemo es temperado por la propia peripecia personal de los tres náufragos que alcanzan el Nautilus; en Viaje al centro de la tierra, su propia condición de relato iniciático en estado puro provoca que incluso la obstinación de Lidenbrock quede en segundo plano ante la progresiva fascinación de su sobrino Axel por la aventura que están protagonizando…

Sin embargo, en Hatteras nada suaviza el hecho de que es la voluntad, la obsesión, el vórtice de volición de un solo hombre, lo que impulsa la aventura, vórtice ante el que los otros personajes no han sino de someterse. Clawbonny, el personaje en principio destinado a enlazar con el ánimo del protagonista, sin embargo pasa a constituir sólo un ingrediente más en la monomanía del hombre a quien acaba literalmente por venerar: en Clawbonny no existe la iniciación que sí se produce en personajes como Axel o Picaporte, aparentes parangones de la función narrativa de Clawbonny. Éste llega a limitarse a dar cuerpo racional a las aventuradas teorías de Hatteras, actuando como memoria del pasado histórico y científico en el que se apoya la expedición polar.

La navegación entre los hielosEsa obsesión es la que provoca las páginas más admirables de este libro admirable, la que crea esa atmósfera de sordo resentimiento que nace en el barco a partir del instante en que éste se ve obligado a invernar entre los hielos, el que anima el en principio inútil raid hacia el sur en el que los protagonistas encuentran al capitán americano y, finalmente, el que los incita a sobrevivir sin por ello renunciar al grandioso proyecto de conquista del polo. Cuando al fin los cinco supervivientes encuentran recursos y un lugar donde invernar en ese recóndito paraje al que dan el nombre de Fort Providence, Verne relaja conscientemente el tono de la narración: es hora nuevamente para la distensión, para la animada charla didáctica del doctor al calor de la estufa e incluso para la inserción de algún animado episodio que dé sabor a la monotonía de la invernada polar, cual es el asedio de los osos a la Casa del Doctor. Pero las páginas anteriores… No quiero pecar de hipérbole al afirmar que en ellas se contienen algunos de los momentos más grandiosos no ya de Verne sino de toda la literatura de aventuras. Resulta imposible no rendirse a la magia de lo sobrehumano, tanto en cuanto a la evocación de los fascinantes parajes helados que cruzan los personajes como en el épico aliento de sus esfuerzos: momentos como aquél en que la niebla los rodea y, elevados sobre ella gracias a la altura de los témpanos circundantes, descubren que su trineo está siendo saqueado por las fieras del ártico, o el formidable relato de cómo consiguen dar buen uso a la última bala que les queda a los infortunados atenazados por el hambre, poseen una fuerza tal que atrapa al lector sin aliento entre renglones sobre los cuales la ávida mirada pasea una tensión que hace muchas páginas que ha dejado de ser de este mundo.

El tono obsesivo, dejado de lado durante la invernada (salvo en los instante de tensión nacionalista entre Hatteras y el norteamericano Altamont) no tarda en reaparecer con la llegada de la naturaleza. Como preludio, Verne construye un bellísimo capítulo, «La Arcadia Boreal», en el que magnifica la consideración pionera del viaje haciendo que los dos capitanes y el doctor se paseen por un paraje nunca hollado por el hombre, como demuestra el hecho de que toda la fauna presente en el lugar se acerque sin el menor asomo de miedo al entrañable Clawbonny. Nada más concluir este episodio, Verne provoca sin más tardanza la definitiva comunión de espíritus e intereses entre los expedicionarios, y los lanza a la definitiva conquista del polo. El autor, concienzudo estudioso de las más recientes crónicas árticas, sitúa en los alrededores del polo nada menos que el mar libre. Error geográfico mayúsculo provocado por el último de los exploradores del polo anteriores a la redacción de la novela, el médico norteamericano Elisha Kane, uno de cuyos hombres, en el punto más septentrional alcanzado, afirmó haberlo visto. Uno de los geógrafos más prestigiosos de la época, el alemán August Petermann, apodado el Sabio de Gotha, apoyó la teoría del mar libre proporcionando la tesis de que un brazo de la Corriente cálida del Golfo se internaba en el Ártico, otorgando la necesaria validez científica, al menos por unos años.

El volcán en el corazón del poloError geográfico, cierto, pero hallazgo poético en manos de Verne. El encuentro del mar libre no tarda en verse acompañado por la aparición de una atmósfera literalmente cargada de presagios, al final de la cual se encuentra el volcán en cuyo cráter confluyen todos los meridianos: el polo geográfico. Esta feliz idea, de una fuerza poética incuestionable (el fuego en el corazón del reino del frío), es el símbolo más perfecto de la obra verniana, que no dudará en recurrir una y otra vez a tal fenómeno de la naturaleza: Viaje al centro de la Tierra, La isla misteriosa, Los hijos del capitán Grant, Héctor Servadac… todo un conjunto de obras en las cuales el volcán gozará de un significado diverso, ocasionando la salvación o casi la destrucción de sus héroes de un modo siempre majestuoso: ¿no supone el volcán también una metáfora perfecta del propio Julio Verne, ese escritor apacible y de costumbres burguesas que escondía un alma fascinada por los espacios libres bajo su seno?

[El lector que desee conocer por sí mismo el final de esta magnífica novela debe dejar de leer esta reseña justo aquí]

Después de planear, inicial y muy consecuentemente, la muerte de su héroe en el escenario de su triunfo (triunfo que le despojaba ya de cualquier sentido a su vida), Verne tuvo que rehacer su propósito inicial a instancias de su editor Hetzel, que se negó a permitir que el héroe se suicidara. Particularmente, sostengo que esta imposición del editor nos regala el más bello de los finales de la saga verniana. El capitán, ajeno a la aureola heroica con que el mundo entero le ha investido gracias a su hazaña, deja su alma en el polo y vuelve a Inglaterra recluido dentro de sí mismo, en una apacible locura. Internado por sus amigos en una tranquila casa de reposo, a la que acuden continuamente a visitarlo, el instinto de Hatteras no puede evitar seguir fiel a la obsesión de su vida: esa inclinación hacia el norte que seguirá manifestando en sus paseos, acompañado por la leal presencia de su perro. ¿Acaso las obsesiones pueden concluir de modo absolutamente feliz?

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Excalibur: una espada, una tierra, un rey

Excalibur 2Sin lugar a dudas, Excalibur está concebida para resultar la definitiva versión cinematográfica de la leyenda artúrica, y por ello sus responsables la afrontaron con el ánimo de que el incondicional encontrara en ella cuanto se supone que debe estar. Desde los combates de Uther Pendragon por el trono de Inglaterra, ayudado por su consejero, el mago Merlín, hasta el engendramiento del futuro rey en Ygraine, duquesa de Cornualles, bajo un hechizo que lo camufla bajo los rasgos de su esposo; desde el episodio de la espada en la piedra hasta los combates para que Arturo sea reconocido rey por los vasallos que se resisten a aceptar a un soberano de dudoso origen; desde la amistad con el mejor caballero del mundo, Lanzarote del Lago, y la boda con la hermosa Ginebra hasta la constitución de la Tabla Redonda; desde el adulterio de la reina con Lanzarote al episodio del Santo Grial; desde la batalla final contra su hijo Mordred hasta la desaparición final, en el mar, llevado por unas hadas, se supone que a la mágica isla de Avalón. Todos los episodios, elementos y personajes (o casi) que cualquiera es capaz de identificar en la leyenda, se hallan presentes, y es fortuna del guión del propio Boorman y Rospo Pallenberg, a partir de una adaptación de éste último de la obra de Thomas Malory, que la síntesis parezca consecuente en tan apretado metraje y no aparezca el fantasma del apresuramiento o de la mera adición.

Esto se debe al uso de dos procedimientos: el primero, el abundante uso de la elipsis; el segundo, la hábil fusión de motivos artúricos surgidos en muy diversos momentos de la leyenda. La muerte de Arturo de Malory, escrita en el siglo XIV, ya era de por sí un centón que rehacía, condensaba o adaptaba los numerosos materiales previos. El guión afirma seguir a Malory pero, cuando lo cree necesario, se aparta de él. Otro principio guía a los escritores: la síntesis, para lo cual no dudan en tomar del corpus artúrico diversos elementos que ayudan a ceñir todavía más la trama sobre los personajes centrales. Por ejemplo, si en Malory Arturo engendra a Mordred en su hermana Morgawse, aquí se elimina su abundante parentela y se reduce a Morgana, que se acuesta con Arturo bajo la apariencia de Ginebra para consumar de tal modo su venganza: recogen así una de las muchas variantes del mito en torno a la concepción de Mordred, precisamente aquella que elimina innecesarios personajes y que concentra dramáticamente la trama, pues el episodio tiene lugar justo después de que Arturo haya descubierto, desolado, la traición de su amada esposa, y de que a su vez Morgana haya acabado por completar su educación en las artes mágicas encerrando a su maestro Merlín en una cárcel de cristal (en la leyenda, era la Dama del Lago, la ninfa Viviana o Niviana, la culpable del encierro de Merlín, su amante: pero aquí la Dama del Lago sólo aparece como una presencia encargada de entregar y volver a recuperar a Excalibur).

Nigel Terry, ArturoOtro ejemplo de síntesis es el tratamiento que se da a Perceval. El personaje tiene a su cargo, por supuesto, un importante papel en la empresa del Grial (es quien encuentra el Castillo del Grial y tiene la visión del mismo, que no sabrá resolver satisfactoriamente en un primer momento), pero además es quien la culmina, ante la ausencia en el guión de Galaad, el hijo de Lanzarote, quien en la obra definitiva sobre el tema (La búsqueda del Santo Grial) era el caballero elegido, por su pureza sin mácula, para resolver el misterio. Por cierto que, en el episodio del Grial, Arturo es, asimismo, quien desempeña la función del Rey Pescador. Perceval va a ser además el personaje que permanezca con Arturo hasta el final y quien acabará arrojando la espada al lago para que la Dama se la lleve de nuevo debajo de las aguas (en la Vulgata y en Malory este papel estaba reservado al caballero Girflete, o a Bediver).

Pallenberg y Boorman, lógicamente, realizan a su vez una «poda», que elimina por ejemplo personajes como Tristán e Isolda (que de todos modos habían sido añadidos a la leyenda procedente de su propia tradición independiente, debido a la atracción refulgente de la figura de Arturo), o el mencionado Galaad. Del mismo modo, un integrante tan fundamental de la Tabla Redonda como es Galván/Gawain, el sobrino del rey Arturo, aquí se ve reducido a un papel no muy lucido, servir como juguete de Morgana en la escena en que acusa a la Reina de ser la causante de la reiteradas ausencias de Lanzarote, provocando el Juicio de Dios en defensa de su honor, juicio en el que será derrotado por aquél, y que terminará por echar definitivamente a la una en brazos del otro.

Fundamentalmente, la visión que ofrece Excalibur del mito artúrico se decanta por los elementos de la mitología céltica (galesa sobre todo) que sirvieron de magma más o menos informe a la primera gestación de la leyenda. Este componente mitológico (o pagano) expresa la necesaria dependencia que existe entre el hombre y la naturaleza: las acciones humanas tienen su reflejo en el mundo natural en el que se integran. Excalibur compone una majestuosa cosmovisión que casi podríamos calificar (si pudiéramos eludir el concepto cristiano de la palabra) como panteísta, y que en el plano visual remarca la insistencia de la fotografía en expresar sentimientos y pasiones a través de la luz (o la oscuridad) ciñéndose sobre los escenarios naturales.

Nicol Williamson, MerlínEn este sentido es como hay que interpretar el papel de Merlín a lo largo de la historia. Por un lado, la figura del mago al lado del rey Arturo recuerda, indefectiblemente, la pareja formada por el rey y el druida del acervo céltico: si el monarca terreno obtiene poder y grandeza se debe ante todo a la inestimable colaboración del druida-mago, conocedor de los poderes ocultos y, sobre todo, vaso comunicante con los misterios de la Naturaleza, dominios imprescindibles para garantizar el triunfo del rey. Desde sus primeras apariciones, la relación de Merlín con la naturaleza primigenia es una característica esencial del personaje. Cubierto siempre por un particular casco que se ciñe a su cabeza de forma lisa y sin el menor adorno, apoyado en un cayado cuya punta puede convertir en una luminaria, Merlín aparece siempre como si acabara de materializarse entre los árboles del bosque (aunque no se señala abiertamente en ningún momento que posee dicho poder), y su mirada siempre parece insatisfecha, cansada, consciente de que por mucho que ponga sus poderes al servicio de los monarcas terrenales, el triunfo que pueda conseguir es poco más que una breve postergación de su desaparición final (a lo largo del film, Merlín insiste continuamente en que se acerca la «hora del hombre» y que «los días de nuestra especie —incluye en ella a Morgana como nigromante a quien él mismo ha instruido— están contados»). El cristianismo ya está barriéndolos.

Elemento original del guión lo constituyen las continuas referencias de Merlín al dragón (símbolo céltico por excelencia, todavía hoy grabado en la bandera de Gales: también lo está en la bandera de Arturo) que lo conforma todo, en el sentido de constituir algo así como el espíritu del mundo, tanto en un sentido simbólico como literal (la niebla sobre la que cabalga el transformado Uther hacia Tintagel es el «aliento del dragón»; cuando Arturo clava su espada en el suelo, entre los dos amantes descubiertos, la tierra tiembla y el propio Merlín muestra un rictus de dolor y exclama que ha sido clavada en la espina dorsal del dragón). Ya Arturo, conversando con Merlín la primera noche tras haber arrancado a Excalibur de la piedra, le había dicho que la espada también forma parte del dragón, a lo que el mago le respondió: «Aprendes pronto».

Aparte de la función de Merlín como intermediario, como traductor, de la relación simbiótica entre el Hombre (expresado a través del Soberano) y la Tierra, idéntica función poseen diversos objetos de carácter simbólico, los más importantes de los cuales son la espada Excalibur y el Grial.

En Excalibur —y de ahí el pleno acierto de titular con su nombre la película, más allá de su sonoridad y de la rápida relación que todo espectador efectúa con el contenido de un film encabezado por semejante título—, los guionistas convierten la espada en el símbolo del dominio de su reino por parte del soberano, con la resonancia mítica ya señalada. Al principio del film, Uther exige a Merlín la Espada prometida: el mago la obtiene de una mano femenina que emerge de las aguas de un lago. La espada que Merlín entrega a Uther trae la luz (las primeras escenas del film habían sido singularmente sucias y oscuras) y la armonía (la paz y el reconocimiento de un único soberano: «¡Una tierra, un rey!», grita Uther). Armonía que luego Uther arriesgará por lujuria, demostrando que no es el más digno para portar la espada y traer la prosperidad al reino: , misión por tanto que será trasladada a su heredero Arturo. Ahí es donde alcanza su magnífico sentido otra de las estupendas ideas de Boorman y Pallenberg: el indigno Uther, en el momento de su agonía final, se arrastra hasta alcanzar una enorme piedra rocosa y clava en ella la espada (lo cual supone tanto un último acto de egoísmo en tal hombre —así ninguno de sus matadores podrá apoderarse de ella— como un misterioso acto marcado por el Destino, que Merlín interpreta enseguida arrojando sobre Excalibur la profecía que hará que la soberanía del reino quede en suspenso —apresada en la espada como luego él quedará apresado en cristal— hasta que el niño que lleva en brazos alcance la edad adulta y pueda reclamar su herencia).La espada en la piedra

En este sentido, el guión resulta muy sugestivo, por hacer aparecer la espada en el relato desde el primer momento, magnificando por tanto su papel simbólico, efectuando una conseguida innovación que no está en la leyenda original pero que sí entronca con la propia evolución de Excalibur dentro del mito. Siguiendo fuentes literarias que unifican, los guionistas introducen dos espadas. La primera es la que obtiene Uther y que será arrancada después por Arturo de la piedra: esa espada se romperá cuando el mismo Arturo utilice de modo ilegítimo su poder, para poder derrotar al invencible Lanzarote con malas artes. La segunda vuelve a ser ofrecida por la Dama del Lago y supone para Arturo una segunda oportunidad: reconstruida mágicamente, el rey ya no le volverá a dar mal uso y, cuando se siente morir, hace que el último caballero que sobrevive junto a él, Perceval, la devuelve a su seno, a las aguas, donde espera para recibirla la misma mano femenina que se la entregó.

El mal uso de Excalibur, por tanto, acarrea el desastre. Más tarde, y como símbolo del dolor que le provoca la traición de su esposa y mejor amigo, Arturo renuncia a Excalibur, dejándola clavada entre los dos amantes que duermen desnudos y confiados a sus pies. Lanzarote, al despertar, lo comprende enseguida, lanzando un grito desgarrado: «¡El rey sin espada, la tierra sin rey!». Los signos de decadencia ya habían sido observados en la corte de Camelot: el mismo Arturo, ante las acusaciones de Galván contra su mujer, había señalado que el precio de la paz, de la victoria, era el anquilosamiento físico y moral, del cual nacen la mezquindad y la postración.

La maldición cae sobre Inglaterra. Con el rey postrado por una enfermedad moral cuyo origen se halla no sólo en la traición de sus seres más queridos sino en el inevitable crepúsculo de una forma de vida que sólo entiende de ortos y ocasos (es una de las bellas lecciones de la película), Inglaterra se convierte en una terra gaste, una tierra yerma invadida por la sequía, la esterilidad de los campos y el frío. Visualmente, Boorman lo expresa bien: a la naturaleza verde y lujuriosa de la primera mitad del film, ahora opone los campos enlodados, los árboles con ramas secas y el suelo cubierto por una nieve que ni siquiera es blanca (símbolo de una pureza perdida) sino sucia, terrosa. Sólo en otro objeto de fuerte carga simbólica, como Excalibur, puede recaer la misión simbólica de la Restauración moral, y ese será el papel del Grial.

El Santo GrialEn general, el episodio del Grial ha recibido los mayores reproches del film. Es cierto que abusa del componente misticista, que las apariciones del niño Mordred embutido en una armadura dorada y a los sones de Wagner resultan demasiado amaneradas, que la visión que tiene Perceval del Castillo del Grial se resuelve de modo torpe. Pero no estoy de acuerdo con quienes afirman que está mal integrado en la trama, que en realidad, si figura, es por puro completismo. En absoluto. En plena coherencia con ese trasfondo pagano en que se basa el film, la demanda del Grial adquiere un sentido pleno: el de devolver a la tierra el vigor, la fuerza, la salud física y moral que simboliza su rey cansado.

¿Cómo justificar, así a bote pronto, la desmedida importancia que de pronto se confiere a un objeto que hasta entonces no había sido nombrado en momento alguno a lo largo del film? He aquí otra de las críticas que se hacen al episodio. Pues bien, encuentro que Boorman y Pallenberg lo resuelven apelando a dos cosas: a las expectativas y conocimientos previos del espectador sobre el Grial y su importancia; y a la convicción de la escena en que Arturo encomienda la misión a sus caballeros (es vital el encuadre que muestra al rey, encogido en su trono, canoso, sombra de lo que una vez fue), en especial la sintética línea de diálogo en que la resuelve: «Debemos hallar lo perdido, el Grial. Sólo el Grial hará crecer hojas y flores. Registrad la tierra, los laberintos del bosque en todos sus confines. Sólo el Grial nos redimirá. Buscad». Sencillo pero muy eficaz.

Los caballeros de la Tabla Redonda recorrerán el país yermo durante años y años, sin ver la luz del sol, cruzando eriales o parajes de nevada desolación, muriendo uno tras otra ya víctimas de los elementos, de la furia del pueblo (azuzado por monjes que lo excitan mediante prédicas milenaristas: en uno de ellos, sucio y desgreñado, Perceval reconocerá a un enloquecido Lanzarote) o de la maldad de Mordred y su madre Morgana, que coleccionan caballeros colgándolos de un árbol para que los cuervos devoren sus despojos. Perceval es quien encuentra, por fin, el Castillo del Grial y a quien se plantea su enigma: «¿Qué secreto guarda el Grial? ¿A quién sirve?». Si fracasa la primera vez, en la segunda sabrá dar la respuesta: el Grial ha de servir al rey Arturo, encarnado por esa voz celeste, pues «vos y vuestra tierra sois uno». En el acto, y a través de una de las múltiples elipsis que jalonan el film, Perceval se halla de nuevo en Camelot con el Grial en la mano, ante el envejecido Arturo, haciéndole beber el contenido del cáliz: inmediatamente, revitalizado por el mágico elixir, el rey se pone en pie presto para llamar a la batalla final contra Mordred. Al paso del nuevo ejército que cabalga con su rey al frente, la naturaleza vuelve a florecer con jubilosa exuberancia.

Hay más hallazgos del guión, como por ejemplo la vinculación de la magia merlinesca con el antiguo druidismo céltico (los círculos de piedra, evocadores de Stonehenge —que en la tradición artúrica elevó el propio mago—, que presiden dos momentos tan centrales de la trama y de las peripecias del mago como son el hechizo inicial para dar a Uther el aspecto de Cornualles o su aparición final ante Arturo, antes de que su espíritu penetre en el campamento de Mordred para llevar la perdición a su madre); o la estupenda forma de resolver la rebelión de los nobles que se niegan a admitir que un mozalbete de origen oscuro vaya a ser su rey: cuando Arturo tiene a su merced a Uriens, al admitir la justicia de las palabras de éste (ni siquiera es caballero para considerarse al menos su igual), le entrega Excalibur y se arrodilla ante quien un momento antes estaba derrotado para solicitarle la investidura, lo cual gana la admiración de su oponente.

Helen Mirren, MorganaEs cierto que Excalibur también posee considerables defectos. El primero es la nula prestancia de sus principales intérpretes, en especial de Nicholas Clay/Lanzarote del Lago y Cherie Lunghi/Ginebra, que son poco más que dos cuerpos bellos e inexpresivos: especialmente lamentable está la actriz, que es incapaz de justificar por qué es capaz de levantar tales pasiones. Nigel Terry está algo mejor como el rey Arturo, sobre todo a partir del momento en que aparece ya madurado con la barba (como mozalbete imberbe está un tanto ridículo). Pero quienes brillan sobremanera son Nicol Williamson como Merlín y una Helen Mirren francamente excitante, quién lo diría para quienes la conocemos sobre todo en su madurez (la Reina Isabel, recuérdese), encarnando a Morgana: una buena idea visual es relacionar su paciente maldad con la figura de otro ser paciente y negativo por naturaleza, la Araña, a partir de los tejidos que suele llevar, evocativos siempre de una tela arácnida.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Excalibur / Excalibur. Año: 1981.

Director: John Boorman. Guión: John Boorman y Rospo Pallenberg, según la novela La muerte de Arturo, de Thomas Malory. Fotografía: Alex Thomson. Música: Trevor Jones (y fragmentos de Wagner y Orff). Reparto: Nicol Williamson (Merlín), Nigel Terry (Arturo), Helen Mirren (Morgana), Nicholas Clay (Lanzarote), Cherie Lunghi (Ginebra). Dur.: 140 min.

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Génesis de la leyenda artúrica

La espada en la piedra, o Merlín el encantadorEstudié Historia Medieval en la universidad, y tan «rara» elección (fuimos sólo tres en mi promoción) se debió casi por completo a mi muy temprana fascinación por el mito artúrico. Quiero dedicar unos cuantos artículos del blog a este tema, en especial, a su adaptación al medio cinematográfico. Por ello, como punto de partida, incluyo un trabajo de síntesis sobre el surgimiento de la leyenda, cuestión casi tan apasionante como ella misma. Desde aquí dejo presente mi agradecimiento, ante todo, al especialista Carlos García Gual, cuyo libro «Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda», publicado en Alianza Editorial, fue mi puerta de entrada a su conocimiento. En su primera edición, este libro contaba en su portada con una bella ilustración de Aubrey Beardsley, que incluyo en el arranque del artículo, y que muestra a Bediver arrojando Excalibur a las aguas para que la Dama del Lago la recoja y la guarde hasta que el rey Arturo regrese de la mágica tierra de Avalón a devolver el honor y la justicia a este mundo.

Bediver lanza Excalibur a las aguas, por A. BearsdleyCuando nos acercamos a la leyenda artúrica con la pretensión de conocer con más profundidad su génesis y desarrollo, nos tropezamos con un hecho realmente fascinante: se trata, por usar una expresión inglesa que resume la idea mucho mejor que su traducción en español, de una legend in progress. Ese conjunto de personajes y elementos que habíamos conocido en distintas historias no posee una formulación «canónica» o definitiva: no hay un Mito central, una novela fundamental, una fuente A de la que parten todas las demás fuentes B, C o D. Bien al contrario, la leyenda artúrica es el resultado de un largo proceso de elaboración y conjunción, que bebe de fuentes históricas, mitológicas y literarias por igual (aunque, dependiendo del estudioso, la interpretación intente dar prioridad a uno de esos caminos por encima de los otros).

Los especialistas artúricos remontan el origen del mito al turbulento periodo de transición entre la marcha de las legiones romanas de Britania (por el Edicto de Honorio, de 410) y la consolidación de las invasiones sajonas. Ese siglo V es también conocido en la historiografía inglesa como las Dark Ages, las Edades Oscuras, un tiempo de tinieblas que se conoce poco y mal, fundamentalmente a partir de crónicas y anales redactados mucho tiempo después: la Historia ecclesiastica gentis anglorum, de Beda el Venerable (primer tercio del siglo VIII) o la Crónica anglo-sajona (conjunto de anales datados entre el siglo V y el IX).

La primera obra que se cita, de cara a la creación del mito, sin embargo, no es propiamente histórica sino apologética: De excidiu et conquestu Britanniae (Sobre la ruina y el lamento de Britania), escrita a mediados del siglo VI por el monje britano Gildas. Se trata más bien un sermón en el que motiva la invasión anglosajona como un castigo divino por los vicios del pueblo británico. En ella, menciona una gran victoria de los britanos frente a los invasores en la batalla de Mons Badonicus; las tropas britanas son lideradas por un caudillo al que da el nombre de Ambrosio Aureliano, britano-romano de noble familia.

Ese borroso personaje y esa aún más borrosa batalla son la piedra sobre la que se cimenta la hipótesis histórica del mito. Una obra dos siglos posterior, la Historia Brittonum, escrita hacia 830 (y atribuida tradicionalmente al monje Nennio), contiene la primera referencia en lengua latina a Arturo, que es ahora el caudillo que vence en esa batalla, la cual, además, pertenece a un conjunto de doce (número siempre sospechoso en fuentes cristianas medievales, por su carácter simbólico) combates entablados contra los sajones. No se le menciona como rey sino como dux bellorum, expresión traducible, quizás, como jefe guerrero o líder en las batallas: la especialista Gloria Torres Asensio[1], sin embargo, señala que tal denominación no excluye el carácter regio de ese Arturo, sino que puede esconder sencillamente una traducción al latín del concepto britano de bretwalda, título que señala al rey que en determinadas ocasiones recibía el mando supremo temporal por parte de otros soberanos. Según la profesora, Arturo además es mencionado como un personaje ya conocido que no necesita presentación, lo que indica que el autor de la Historiano inventó el personaje, que debía gozar de una cierta fama previa.

Justas entre caballerosA esa vertiente histórica del personaje hay que añadir el magma aportado por los poemas y cuentos del acervo céltico sobre el que se impuso, primero, la dominación anglosajona y, después, la conquista normanda. Los antiguos britanos se habían fragmentado territorialmente, en función del devenir de las invasiones, en tres grupos: los britanos del norte (sur de Escocia y norte de Inglaterra, en términos geográficos actuales), los britanos galeses y los emigrados a la península armoricana que debido a sus nuevos habitantes pasaría a ser llamada la Pequeña Bretaña. Unidos inicialmente por una lengua común, con sus variantes, estos pueblos desarrollarían una tradición literaria oral emparentada con el conjunto céltico que también tenía lugar en Irlanda y que si ha sobrevivido es por la labor de translatio al lenguaje escrito que llevaron a cabo monjes irlandeses, galeses y bretones a partir de los siglos XI y XII.

Los textos, sobre todo galeses (tanto poemas como obras en prosa, pertenecientes a los famosos Mabinogion), ya hacen mención de Arturo (definitivamente rey), de su espada Kaledvwlch (de caled, «duro», y vwulch, «cortadura»), después latinizada como Caliburna, de sus principales caballeros, Keu y Bedwer (después Kay y Bediver, senescal y copero respectivamente en la corte artúrica), de Myrddin, mago-vate-bardo sobre el que luego se formulará la figura indispensable de Merlín… Especialistas celtófilos como Jean Markale[2], por supuesto, consideran que éste es el sustrato principal sobre el que se forjará la literatura artúrica posterior, interpretando siempre ésta como trasposiciones más o menos claras de subterráneos mitos célticos.

En cualquier caso, la creación literaria que otorgaría carta de naturaleza al mito artúrico fue la Historia de los reyes de Britania, escrita por el clérigo galés Geoffrey de Monmouth hacia 1136. Bajo la apariencia de una crónica histórica «seria», Geoffrey relata en su obra la historia de los britanos desde su primer rey (nada menos que Bruto, bisnieto de Eneas, que otorgaba pues el prestigio de la pátina clásica a la genealogía británica) hasta los tiempos de decadencia en manos de los sajones. El espacio dedicado al rey Arturo es sólo un tercio del libro, pero sin duda es el más conocido, no en vano convierte a ese pEl último sueño de Arturo, por Burne-Jonesersonaje de vago tejido histórico-mitológico en un soberano de refulgente esplendor, dominador no sólo de Britania sino de la Galia y de Europa septentrional. En la obra de Geoffrey ya se encuentran bien delimitados los principales elementos del mito: el mago Merlín; la concepción de Arturo gracias a un hechizo de aquél que otorga a su padre, Úter, una falsa apariencia para engañar a Igerna, esposa del duque de Cornualles; la reina Ginebra; la traición de su sobrino Mordred (reconvertido después en su propio hijo ilegítimo); la batalla final donde perece la mayor parte de la caballería artúrica, y la misteriosa marcha final del malherido rey a la isla de Avalón, clave de la llamada «esperanza bretona» que sustenta parte del atractivo de la leyenda: el rey Arturo volverá desde ese más allá mágico cuando Inglaterra lo necesite; incluso cuando años después, los monjes de la abadía de Glastonbury, por razones de prestigio, elaboraron un montaje en torno al supuesto hallazgo de las tumbas de Arturo y su esposa, en la lápida de éste hicieron grabar la expresión «Hic iacet Arthurus, rex quondam rexque futurus» («Aquí yace Arturo; fue rey otrora y lo será en el futuro»)[3].

Pese a que la historia artúrica está ubicada en tierras inglesas, habla de glorias inglesas y los primeros forjadores del mito radicaron en Inglaterra, sin embargo su elaboración literaria posterior, la que realmente acabaría por sellar los elementos fundamentales de la leyenda y la situaría en la primera fila del éxito, tuvo lugar en Francia, donde recibiría el nombre de la materia de Bretaña.

El primer eslabón le corresponde a Robert Wace, traductor en 1155 de la Historia de Geoffrey desde el latín al francés, desde la prosa al verso (bajo la forma de octosílabos pareados), con el título de Roman de Brut. Esta translatio desde un idioma ya no comprensible para las élites no eclesiásticas obró la fortuna de la historia: prueba de ello es que su retorno a la isla de origen, en inglés, se hiciera a partir de una traducción de la traducción de Wace, a principios del siglo XIII. Wace, de acuerdo con el principio medieval de que las historias y leyendas podían ser libremente reelaboradas, no se limita a una mera traducción, sino que amplifica el original e introduce nuevos elementos. Uno de ellos sería esencial para el mito: la creación de la Tabla Redonda.

La obra de Wace fue acogida de muy buen grado en la corte de Enrique II y Leonor de Aquitania: los Plantagenet patrocinarían la difusión del mito artúrico, no en vano la imagen de ese Arturo que había dominado la Galia servía como inmejorable propaganda para unos soberanos que tenían extensas posesiones en el continente (Aquitania, Normandía) y que mantenían una ambigua relación feudal con los reyes de Francia, quienes a su vez basaban gran parte de su prestigio en su descendencia de otro soberano de leyenda, Carlomagno.

El cuento del GrialUn par de décadas después, un escritor cortesano, Chrétien de Troyes, crea la imagen definitiva del mundo artúrico, configurando un ambicioso proyecto imaginario destinado a la élite cortesana que encargaba y leía sus obras. En títulos como El Caballero del León o El Caballero de la Carreta, Chrétien expone una estructura narrativa que hará fortuna: el rey Arturo deja de ser el gran monarca guerrero de las obras en latín para convertirse en el gran señor fainéant cuyos caballeros parten para resolver las aventuras que se plantean ante la Corte. En su última obra, que quedó inacabada por su muerte, El cuento del Grial, Chrétien creó uno de los emblemas imperecederos de la leyenda: el Grial, un recipiente todavía indeterminado que se le aparece al protagonista de la novela, el joven Perceval, en el castillo de un monarca tullido, el Rey Pescador, formando parte de un misterioso cortejo integrado también por una lanza que sangra. El misterio no será resuelto en ese momento por Perceval (deja pasar el cortejo sin preguntar su significado: al contrario que en los recursos típicos del género, el fracaso va a residir no en la derrota de una acción sino en la propia inacción, en el hecho de no haber formulado la pregunta).

Del éxito de su roman inacabado da fe el hecho de que en las décadas siguientes fuera objeto de hasta cuatro continuaciones, en el curso de alguna de las cuales el objeto empieza a evolucionar a lo que luego será. Otros autores escriben su propia versión del tema, alcanzando especial calidad el Perlesvaus o el Alto Libro del Grial, novela anónima en francés, y sobre todo el Parzival del alemán Wolfram von Eschenbach, obra sobre la cual el músico Wagner compondría su Parsifal.

Los continuadores franceses de Chrétien convertirán el Grial en el centro de la leyenda artúrica. El caballero Robert de Boron, en las décadas iniciales del siglo XIII, es el primero en acercarse a ella con la pretensión de dedicar un ciclo compuesto por varias obras, en verso, la primera conservada en su versión original (José de Arimatea o la Novela de la Historia del Grial), las otras en versiones prosificadas por otra mano. A lo largo de ellas, la historia de Arturo y sus caballeros pasa a convertirse en una parábola de la historia de la Salvación al girar toda ella en torno al Grial. Objeto que se define ya como el cáliz de la Última Cena donde fue recogida la sangre que Cristo derramó en la crucifixión (es decir, se convierte ya para siempre en el Santo Grial). La Tabla Redonda deja de ser una mera orden de caballería para constituirse en la prolongación en el tiempo de la mesa de la Última Cena. Uno de los elementos introducidos por el caballero Boron tendrá especial fortuna en la iconografía artúrica: se trata de la espada que aparece clavada en el yunque y que revelará la legitimidad del joven Arturo para ostentar la corona de Inglaterra.

Arturo y LanzaroteCon Robert de Boron, por lo tanto, el mito artúrico se reviste de fuertes connotaciones cristianas, que cristalizarán definitivamente con el siguiente eslabón de la cadena: la llamada Vulgata o Lanzarote-Grial, el magno ciclo, ya en prosa, que contiene todo el desarrollo de la historia de Arturo y sus caballeros desde la misma Pasión de Cristo y la historia del Santo Grial hasta la batalla final en que perece la caballería artúrica. La Vulgata está compuesta por cinco obras que culminan el proyecto de ciclo (sólo esbozado) por Robert de Boron, elaboradas entre 1215 y 1230. El núcleo más importante y de mayor éxito (del que da fe el gran número de manuscritos conservados) es el llamado Lanzarote en prosa, compuesto por tres obras: el Lanzarote propiamente dicho, La búsqueda del Santo Grial y La muerte del rey Arturo. La Vulgata es una obra anónima, pero los estudiosos consideran que, con llevar la mano de escritores distintos, sin duda se observa que existió una coordinación entre todos ellos, lo que el experto Jean Frappier denomina una «arquitectura común»[4].

El éxito de la Vulgata no detendría el flujo de re-elaboraciones; de hecho, apenas una veintena de años después, un autor desconocido que por razones de prestigio usurpa el nombre de Robert de Boron recompone el ciclo del Grial (los expertos le han dado el nombre de Post-Vulgata), si bien de su empeño apenas ha sobrevivido una de sus partes, centrada en el mago Merlín.

Una obra culminaría toda la literatura artúrica y en cierto modo le pondría fin: La Morte Darthur (La muerte de Arturo), escrita por Thomas Malory, caballero inglés de muy agitada vida (murió en la cárcel), publicada en 1485, ya en pleno crepúsculo de la Edad Media. Despojada del misticismo cristiano que había alcanzado la Vulgata, dueña de un sentido áspero del realismo y una notable cualidad trágica, La muerte de Arturo sintetiza la historia del rey Arturo, a partir en casi todo momento de las obras anteriores (si bien prescinde de la introducción sobre el Grial), desde el instante en que Úter Pendragón lo engendra gracias a las artes de Merlín hasta la batalla final en el llano de Salesbières, incluyendo a modo de summa la práctica totalidad de personajes e incidencias que habían ido uniéndose a la leyenda: los amores de Lanzarote y Ginebra; la búsqueda del Grial culminada por Galaad (el caballero puro, hijo de Lanzarote); los amores de Tristán e Isolda; la traición de Mordred, etc. Del mismo modo que Don Quijote puso fin a la moda de los libros de caballerías en España, el éxito de la obra de Malory puso fin al ciclo artúrico medieval. Llegaban nuevos tiempos y las historias artúricas poco a poco irían cayendo en el olvido: desde 1634 no habría ediciones de La muerte de Arturo. Sería ya en el siglo XIX, en pleno apogeo del Romanticismo, cuando los nobles caballeros de la Tabla Redonda serían recuperados del olvido en que durante varios siglos, como Merlín en su prisión de cristal, habían permanecido.

Perceval


[1] Torres Asensio, G.: Los orígenes de la literatura artúrica. Edicions de la Universitat de Barcelona, 2003 (pg. 76-77).

[2] En español, José J. de Olañeta ha publicado algunos de sus ensayos artúricos, en los cuales expone sobradamente sus tesis; por ejemplo, en Lanzarote y la caballería artúrica. José J. de Olañeta, 2001.

[3] Trad. de L.A. de Cuenca y C. Alvar en: Chrétien de Troyes: El caballero de la carreta. Alianza, 1998. (prólogo).

[4] Aragón, Mª. A.: Literatura del Grial. Síntesis, 2003

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James Bond, el caballero oscuro: Skyfall

Skyfall

Quienes no frecuenten con persistencia la saga (ahora llamada «franquicia») de James Bond, sin duda se sorprenderán con Skyfall. Pues quien tenga presente, sobre todo, los films interpretados por Sean Connery, no digamos Roger Moore e incluso Pierce Brosnan, ¿qué pensará ante este 007? Sin duda, que se lo han cambiado, lo cual es cierto. Al contrario que en otros cambios del actor protagonista, la llegada del excelente Daniel Craig ha significado un giro completo en el ciclo del personaje. Un giro, además, necesario para evitar la ya completa despersonalización en que estaba incurriendo. La serie que inspiró el film de acción tecnológica moderna, con esos héroes que salvan al mundo una y otra vez, interpretados por los Stallone, Willis, Schwarzenegger o Tom Cruise, ya nada tenía que la distinguiera, salvo el nombre de su personaje.

Es indudable que Skyfall, tercer film de la etapa Bond-Daniel Craig, sigue pisando con coherencia la misma senda abierta por la estimable 007: Casino Royale (2006, Martin Campbell) y continuada con la ya más decepcionante 007: Quantum of Solace (2008, Marc Forster). Es decir, la propuesta de un Bond alejado del tono festivo y pirotécnico, de la acumulación de anodinas escenas de acción, de personajes sin gracia con los que se intentaba repetir hasta la extenuación la galería habitual de la serie en sus mejores días: el villano megalómano, la chica Bond «buena», la chica Bond «mala», el sicario pintoresco, etcétera.

Daniel Craig, rudeza y vulnerabilidadEl punto de partida, claro, es un actor con un físico diferente. De la mano de unas facciones un tanto toscas, en las que resalta el contraste entre la fiereza de su rictus y sus cabellos rubios y ojos muy azules, Craig ofrece la apariencia de un Bond mucho más animal. Hay que recordar que sus papeles previos a Bond, ahora quizá un tanto desdibujados, incluían tipos de lo más negativo, desde el patético hijo de Paul Newman en Camino a la perdición (2002, del mismo Sam Mendes al que ahora ha reencontrado) al terrorista sin escrúpulos de Munich (2005, Steven Spielberg). Craig recuerda más a Connery que a los blandos de Moore o Brosnan, pero de un modo todavía más tosco, más instintivo y menos sofisticado: Connery sonreía con aplomo, Craig sólo de vez en cuando relaja los labios. Y es lógico porque estamos ante un Bond que, en los tres títulos hasta ahora filmados, hace algo que 007 —salvo en el final del por otro lado abortado camino que pudo abrir 007 al servicio secreto de Su Majestad (1969)— nunca había hecho: sufrir, en sentido físico y emocional, y mucho. El Bond más duro es también el más vulnerable.

En Daniel Craig, por tanto, se ha encarnado un Bond oscuro, ofreciéndose además, de película en película, un sentido de la continuidad inédito en la serie. Continuidad en la que ha sido fundamental el mantenimiento del mismo equipo de guionistas, aunque en Skyfall uno de los que firmaron las dos primeras películas, el también director Paul Haggis, ha sido sustituido por otro, John Logan. Pues bien, no sé si, precisamente por hallarnos en el tercero de los films de la nueva etapa, la película no sólo remarca el giro tonal del ciclo, sino que incluso acaba manifestando en grado sumo la influencia de una fundamental trilogía del cine de acción de nuestros días, nada menos que la que Christopher Nolan ha dirigido sobre Batman.

Sobre las imágenes y la historia de Skyfall flota continuamente su aroma, en especial de los dos últimos títulos de esta saga, El caballero oscuro (2008) y El caballero oscuro: la leyenda renace (2012). Como en estos, el protagonista de nuestra película es un héroe caído al estadio de antihéroe, cuestionado y a la vez necesitado por todos, que asiste con disgusto al definitivo proceso de degradación del universo clásico en el cual bregaba contra el mal. Un mal cada vez más imposible de definir. Un mal que se esconde entre «sombras» (esto lo remarcan continuamente los diálogos), de tal modo que acabará entendiendo que para derrotarlas él mismo deberá convertirse en una de ellas o al menos saber moverse entre ellas. Como Batman, James Bond vivirá un proceso de caída y resurrección, enfrentado a un villano, Silva (Javier Bardem), que deja de ser el clásico villano de un mal tebeo para asumir rasgos de terror metafísico en la estela de los Joker y Bane de Nolan. Un ser que acaba pareciendo omnipotente por su capacidad para anticiparse a cualquier movimiento de sus antagonistas y que aterra por su condición de abstracto icono del mal. El enfrentamiento entre ambos, finalmente, adquiere la condición de combate sagrado en el que no puede bastar con la victoria,  [atención: spoiler]  sino que además exige el sacrificio, sólo que no será el de Bond sino el de M, la directora del MI6, que en este film carga sobre sus espaldas con la condición de figura crepuscular cuya desaparición es el inevitable precio que la Luz debe pagar para no verse arrastrada definitivamente por la Oscuridad.

Hay que decirlo ya: Skyfall es una excelente película, y probablemente (aunque estas cosas no debieran decirse en caliente…) el mejor título de la serie Bond en sus justo ahora cincuenta años de historia. Eso sí, lo es quizá porque es el que menos se parece a la serie Bond, lo cual, desde luego, no deja a ésta en muy buen lugar.

En primer lugar, y por primera vez, un film Bond se toma la molestia de profundizar en las características, condiciones y ambientes del MI6, el servicio secreto británico, al que Bond lleva consagrado en este medio siglo. Y lo hace de tal modo que entronca con el admirable cine de espionaje (británico primero, después mundial), que surgió en los años sesenta al amparo del estancamiento burocrático de la guerra fría, y de la mano del éxito, en literatura y en cine, de John le Carré y otros cultivadores. Eso sí, y como señalaba líneas arriba, ese retrato hace hincapié en el cambiInolvidable Judi Dencho fundamental que ha habido en las relaciones internacionales con la caída del Telón de Acero: el fin de la confortable división del mundo en dos bandos. Como indica M —personaje que recibe un tratamiento admirable en la película, como ya iba apuntando en las dos anteriores, y que una vez más Judi Dench borda de modo estupendo—, ya no está claro quiénes son los enemigos: en el mundo globalizado, el borroso mal (ella es quien ahora lo define como las sombras) se ha individualizado, y un individuo, al fin y al cabo, es mucho más impredecible y resbaladizo. De hecho, y es otro de los méritos de Skyfall, aquí el MI6 (ya no sólo Bond) se enfrenta no a un villano con el clásico propósito de «dominar el mundo», sino a un especialista con profundos conocimientos de ese mundo global (un ex espía, claro), que comercia con información en esta lábil era digital, y que está animado por un propósito de venganza contra M, a quien acusa de haberlo abandonado en manos de sus enemigos. Lo cual, por otro lado, es cierto, y sólo tenemos la palabra de M (y la simpatía que nos pueda merecer), para creer que hubo algo medianamente honorable en esa entrega de Silva a los chinos.

A priori, parecía temible que nuestro prestigioso Javier Bardem se encargara del villano, un Bardem, encima, del que la publicidad del film indicaba que le habían cargado con uno de esos procesos de caracterización física que tanto le gustan, del cual lo más notorio era un imposible teñido rubio. Pues bien, en primer lugar, Tiago Rodrigues, alias Silva, resulta un villano bien definido, de propósitos comprensibles y no un mero monigote pintoresco. Y en segundo lugar, Bardem lo dota de un aura realmente escalofriante, de un modo muy similar a como hizo Heath Ledger con su papel del Joker en el segundo film del ciclo Batman-Nolan. Apoyado inicialmente en esa aparatosa caracterización externa —remarcada por una primera presentación donde subraya un delirante amaneramiento—, Bardem consigue crear un personaje de extrema maldad abstracta, imposible de comprender o mejor dicho de abarcar empáticamente. Un demonio, cuya apariencia, al principio blanda, es una pura máscara, primero porque la expresividad del individuo no puede resultar más maligna, sino porque, además, ese rostro es falso: una prótesis dental esconde su auténtica faz, tan deforme como su propia alma.

Ya es espléndida su presentación, mediante un recurso divertidamente tomado de la más famosa escena del Lawrence de Arabia (1962) de David Lean. Con Bond atado a una silla, en el arranque de una enorme sala en la isla abandonada en las cercanías de Macao donde Silva tiene su cuartel general, la cámara, situada sobre 007, mantiene un plano fijo en la figura que, en el lejano fondo de la estancia, sale de un ascensor mientras habla sin parar, relatando un cuento sobre ratas que pretende convertirse en analogía de los dos hombres que van a conocerse, y mientras avanza hasta la cámara/Bond/el espectador, va revelando poco a poco los rasgos de Bardem. Si Daniel Craig, una vez más, está espléndido como 007, Bardem le presta una excelente réplica, hasta tal punto de que esa larga secuencia en que uno parece tener en sus manos al otro resulta, sin duda, el núcleo dramático del film y uno de sus mejores momentos.

James Bond en EstambulHablaba de caída y resurrección de Bond. La clásica escena pre-créditos (que resulta lo más convencional de la película, con su inacabable persecución) concluye del modo más inesperado: Bond es abatido de un tiro, cuando combatía sobre el techo del tren, por una de sus propias compañeras, siguiendo órdenes tajantes de M, dispuesta a correr el riesgo con tal de detener al oponente de 007. Bond se precipita al río sobre el que pasa el tren y ello da pie a unos créditos fabulosos, que recogen la clásica tradición de la serie pero al mismo tiempo resulta intensamente personal, subrayando la desorientación con que el agente recorrerá la historia que está a punto de empezar (y la canción de Adele también es espléndida). Reanudada la historia, Bond tardará en aparecer, pues han pasado los meses y se lo ha dado por muerto (el MI6, siguiendo la ley británica sobre agentes especiales caídos, incluso ha vendido su casa y sus bienes). El propio servicio se ve cuestionado por las autoridades políticas, en especial porque el abatimiento de Bond hizo fracasar su misión (recuperar un disco duro que revelaba las identidades de todos los agentes de la OTAN infiltrados en todo el mundo). M ve cuestionada su competencia: el matiz crepuscular que acompaña la veteranía del personaje y de la actriz que lo encarna es uno de los elementos dramáticos sobre los que se construye la historia. ¿Está obsoleto el MI6, su jefa y su concepto del mundo? En realidad, M parece ser la única con la lucidez suficiente para reinterpretar el cambio de ciclo, pero se ve presionada por su nuevo superior, Mallory (Ralph Fiennes, también formidable), y éste por los políticos que se hallan sobre él. La dura decisión de M, además, prepara al espectador para comprender la venganza que está a punto de caer sobre ella y sobre el servicio secreto en general.

En estas condiciones, Bond reaparece. Las primeras imágenes lo muestran como un nómada que vive una vida sin identidad, casi marginal, en algún lugar costero de Europa, hasta que al fin decide regresar para reemprender su vida. No será fácil, pues el rasgo crepuscular también lo engloba a él. Bond tendrá que superar unas duras pruebas para la readmisión: si ya el espectador puede comprobar lo duro que le resulta, después sabremos que en realidad no consiguió pasarlas, pero M falseó las conclusiones del informe ante el reticente Mallory. Bond y M, por lo tanto, y pese a la diferencia de edad, están considerados ya figuras de otro mundo, y aunque 007 tiene motivos para estar resentido con su jefa (motivos que Silva intentará utilizar para hacer que se una a él en su cruzada), en el fondo y más que nunca, siente que sus destinos están ligados inexorablemente. La relación entre Bond y M (entre Craig y Dench) está trazada con notable densidad, por supuesto bien apoyada en el trabajo de los dos actores, de un modo que era difícil prever en el ciclo del agente con licencia para matar.

Es mérito de Skyfall que sepa compaginar a la perfección las secuencias de acción (por supuesto, imprescindibles: pese a todo, estamos en un film de 007) con los momentos más intimistas, mediante un equilibrio muy bien guardado. Hora es de señalar que Sam Mendes ofrece el trabajo de realización más cuidado de toda la saga, con una solidez narrativa que prescinde de modas (todo lo contrario que hizo Marc Forster, otro nombre de aparente prestigio, en el anterior Quantum of Solace) y que sabe qué tratamiento dar tanto a las escenas de acción para hacerlas «visibles» y a las intimistas para dotarlas de humanidad. Hay tiempo, incluso, para ofrecer guiños al pasado: algún diálogo que se refiere a un título previo (el olvidable Sólo para sus ojos, de 1981) o un instante estelar en el que reaparece el viejo Aston Martin presentado en la entrañable James Bond contra Goldfinger (1964). No por nada, en ese instante es cuando en la banda sonora suena, por primera vez, el mítico tema de Monty Norman con sus clásicos sones de guitarra.

Principio o final

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Skyfall / Skyfall. Año: 2012.

Director: Sam Mendes. Guión: Neal Purvis, Robert Wade y John Logan. Fotografía: Roger Deakins. Música: Thomas Newman. Reparto: Daniel Craig (James Bond), Javier Bardem (Silva), Judi Dench (M), Ralph Fiennes (Mallory), Albert Finney (Kincade). Dur.: 135 min.

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American Presidents

El tío SamLos presidentes de «América» (o sea, Estados Unidos) siempre están de moda, pero en días como hoy, lógicamente, más. ¿Cuándo harán una película con Obama de protagonista? ¿La protagonizará Denzel Washington o le pillará ya mayor? De cualquier modo, ya estamos acostumbrados a ver al presidente de los USA en la ficción. Ya sean los reales, convenientemente biografiados (el especialista oficial es Oliver Stone, con sus Nixon o W.), o los inventados, los que protagonizan ese minigénero del que quiero hablar un poco, la ficción política. Género carente de cualquier prejuicio, por cierto. En Hollywood un presidente ya se encargó de plantar cara a una invasión extraterrestre (bueno, él solo no, que lo ayuda el imprescindible Will Smith, en Independence Day, qué gran clásico), otro de demostrar que buena les ha caído a los terroristas que crean que se puede secuestrar su avión así como así (en Air Force One, con Indiana Jones, digo Harrison Ford como el boss). Incluso se han atrevido a retratar al inquilino de la Casa Blanca como un ser despreciable, capaz de llegar al asesinato, en la estupenda película de Clint Eastwood Poder absoluto: el sujeto en cuestión era encarnado por un especialista en tipos desagradables como Gene Hackman.

Desde casi su nacimiento, los presidentes han tenido buena acogida en Hollywood. En un primer momento, por supuesto, los históricos, los supuestamente reales. El mandatario que hoy encarna todos los valores de dignidad del puesto, por lo menos fuera de los EE.UU., o sea, Abraham Lincoln, es posiblemente el más retratado en el séptimo arte: su juventud (John Ford le dedicó un inolvidable film, El joven Lincoln), su madurez, sus años al frente del país y en sus horas más trágicas, las circunstancias de su asesinato y la investigación posterior, incluso episodios menos conocidos de su biografía como su actividad como cazador de vampiros (un momento, ¿de qué diablos estoy hablando…?).

Sin embargo, el contexto en que nacen los presidentes de ficción en Hollywood se produce en un momento muy concreto: a principios de los años 60. Hay que recordar que Estados Unidos vivió años muy convulsos. La presidencia de John Fitzgerald Kennedy trajo las máximas ilusiones, representadas en un hombre que llegaba muy joven al puesto en comparación con los anteriores. Pero también la mayor zozobra, con el recrudecimiento de la guerra fría, que tuvo en los episodios cubanos (Bahía de Cochinos o la crisis de los misiles) sus momentos álgidos. Como siempre, Hollywood supo actuar como termómetro político de su país.

La ficción política, además, no era nueva. Por ejemplo, a este minigénero pertenece el famoso film de Frank Capra Caballero sin espada (1939), parte de cuya acción transcurre en un decorado que es réplica exacta del Capitolio. En 1962, el género va a alcanzar su forma moderna, que ya no abandonará. En concreto, una película con formato de thriller anticomunista, El mensajero del miedo, dirigida por John Frankenheimer, basa todo su sustrato dramático en la intriga política que sustenta su trama (donde el anticomunismo es fundamental), y se hará famosa (de hecho, su productor y protagonista, Frank Sinatra, la retiró de la exhibición por dicho motivo) por concluir con una escena de magnicidio público que algunos vieron como inspiración para el asesinato de Kennedy. Cosas de eso tan norteamericano que es la conspiranoia.

Las películas que enseguida voy a detallar se centran, todas, en Washington, en torno a la máxima magistratura estadounidense, siendo su ocupante un personaje fundamental, aunque sólo alcanza el protagonismo en la última. Salvo en ésta, Punto límite, en las otras tres los presidentes son figuras ya ancianas, cansadas, en el ocaso de sus vidas (de hecho, dos morirán a lo largo de la trama). Todos ellos, y es indicativo de que el minigénero fue puesto en marcha por el Hollywood liberal, pertenecen al Partido Demócrata, ya sea de modo abierta o encubiertamente identificado.

Temo sobre WashingtonTempestad sobre Washington (1962) es, cronológicamente, la primera película del género. Ya en ella, el centro neurálgico de la acción es el Capitolio, y en concreto el Senado (estupendamente recreado en estudio), aunque también hay escenas situadas en la Casa Blanca. El director, Otto Preminger, uno de los primeros directores-productores de Hollywood, especialista en abordar temas polémicos, lo encontró en un Premio Pulitzer escrito por Allen Drury, un periodista con amplia experiencia en los pasillos de Washington.

El motor argumental del film arranca con el anuncio por parte del presidente (Franchot Tone, antiguo galán de los años 30) del nombramiento de un nuevo secretario de Estado, en la persona de Robert A. Leffingwell (Henry Fonda), un conocido liberal cuyo mero nombre ya anticipa que habrá cruenta pelea por conseguir el apoyo suficiente, incluso entre los miembros del propio partido. En efecto, el viejo y orgulloso senador de Carolina del Sur, Seabright Cooley (excepcional Charles Laughton, en su última película), cuya ideología se sitúa muy alejada de la Leffingwell y además tiene una cuenta pendiente con éste, enseguida anuncia su oposición. Leffingwell ha de pasar la aprobación de una subcomisión senatorial, y es en su seno donde se desarrollará la intriga final: las presiones para que su presidente, un honesto político del partido del presidente, el senador Brigham Anderson (Don Murray), vote en su contra. Para ello se utilizarán dos elementos: por un lado, Anderson recibe la información de que Leffingwell ha cometido perjurio ante la comisión, negando un episodio ahora molesto de su juventud, su filiación a una célula comunista; por otro, el mismo Anderson sufre un chantaje por un fugaz episodio homosexual de su pasado.

Como puede verse, la trama de Tempestad sobre Washington ya gira en torno a centros dramáticos bien reconocibles: el notorio anticomunismo de una época que todavía no había dejado atrás del todo la caza de brujas del senador McCarthy; los grupos de presión dentro de los mismos partidos principales; la dificultad de mantener el idealismo en su grado de máxima pureza nadando en mar tan poblado de tiburones; la división de los políticos entre figuras decorativas (por ejemplo el vicepresidente, que, como sabemos, preside el Senado) y figuras influyentes que se encargan de las negociaciones entre bambalinas… La especialidad de Preminger era realizar películas de narración en apariencia diáfana pero cargadas de capas de ambigüedad que acaban conformando una espesa tela de araña de sugerencias e implicaciones. Al final, lo de menos, casi, acaba siendo si Leffingwell conseguirá o no el nombramiento: lo de más es el implacable retrato del centro de la vida política del país, de la encarnadura de la Democracia Americana (lo que en Hollywood significa mundial), como un lugar donde el idealismo o la honradez acaban siendo, muchas veces, máscaras de las debilidades humanas, donde las rencillas pendientes nunca se olvidan y cualquier movimiento debe medirse muy cuidadosamente, so pena de quedar excluido de ese grupo de los que cuentan.

Las siguientes tres películas se realizaron todas el mismo año: 1964. Puede extrañar que ninguna de ellas sea la emblemática Teléfono rojo: volamos hacia Moscú. La respuesta es que nunca la he visto, en parte porque se promociona como una comedia negra, cuando en las películas de Kubrick que he visto nunca he detectado el menor sentido del humor, y en parte porque este director no es santo de mi devoción: su reputación de ser el creador de la obra maestra de cada género que toca, a la vista de los resultados de films tan sobrevalorados como 2001: una odisea del espacio (1968), La naranja mecánica (1971) o El resplandor (1979), me parece, como poco, exagerada. En fin, prometo reparar algún día esta omisión… cuando olvide la reciente decepción de la última master piece que he visto del autor, la insulsa adaptación de la, ésta sí, maravillosa novela de Vladimir Nabokov, Lolita (1964).

Siete días de mayoVayamos a la primera. Siete días de mayo (1964), del mismo director de El mensajero del miedo, esto es, John Frankenheimer, propone un muy atractivo punto de partida: la posibilidad de nada menos que un golpe de estado contra la presidencia de los Estados Unidos. La intriga que se desarrolla a continuación gira en torno al plan urdido por el general Scott, jefe del Estado Mayor, y otros altos mandos del ejército, para hacerse con las riendas de la nación en el delicado momento en que se acaba de firmar un pacto de neutralización de armas nucleares con el eterno enemigo, la URSS. Quien descubre el plan es uno de sus colaboradores más cercanos, el coronel Casey, su director de protocolo. Avisado el presidente (aquí un gran veterano, Fredric March), el problema radica en que, debido al peso y popularidad de Scott, deben obtenerse pruebas antes de proceder a la toma de medidas radicales, para lo cual se les echa el tiempo encima, ya que faltan escasos días para la fecha elegida por el general: precisamente un ensayo general de defensa al que debía asistir, en estado casi de completa soledad, el propio presidente.

Un acierto fundamental de la película es confiar los fundamentales papeles de Scott y de Casey, del conspirador y del hombre que descubre la conspiración, a dos actores de enorme presencia e idéntico poder estelar como Burt Lancaster y Kirk Douglas. Confiar alguno de los dos papeles a un actor de menor peso carismático hubiera desequilibrado la balanza en favor de uno de ellos, y el interés dramático gira precisamente en la ambigüedad que surge de la confrontación entre ellos.

Por otro lado, y buena muestra de la honestidad y ecuanimidad que siempre tuvo el mejor cine liberal de Hollywood, es lo ambiguo que acaba siendo el retrato de ambos hombres. El villano, en el fondo, es un hombre honesto pero equivocado, embargado por un sentido de la responsabilidad indudablemente puritano, y cuya perenne severidad revela, en el fondo, las limitaciones morales de ese concepto de americanismo tan propio de determinada mentalidad de los Estados Unidos. Eso sí, Frankenheimer tiene buen cuidado en dejar bien claro que esa dignidad la posee Scott a título personal y no en cuanto miembro de la clase militar, cuyo retrato, en general, resulta bastante crítico. Por su parte, el héroe, acaba resultando un hombre menos limpio de lo que parece, que rara vez se moja en los asuntos de importancia (lo cual demuestra en él a un consumado político) y que ha de recurrir a un acto despojado de dignidad: la obtención de unas cartas comprometedoras del mismo general. Una vez más, el peso del pasado se revela inapelable en el universo público norteamericano.

La segunda película, El mejor hombre (1964), tiene como escenario la convención de un gran partido político —que no llega a ser identificado con ninguno de los dos grandes, si bien parece claro, siendo uno de sus líderes un hombre de tan firmes convicciones progresistas como el protagonista, que se trata del Demócrata— a la hora de nominar a su candidato a la presidencia. El film parte de una obra teatral de Gore Vidal, hombre con sobrada fama de mordacidad, que él mismo adaptó, y su director es Franklin Schaffner, realizador procedente de la televisión que cuatro años después dirigiría uno de los más famosos films de la década, El planeta de los simios (1968).

The Best ManEl polisémico título original hace referencia a la frase, presuntamente caballeresca, con que todos los candidatos a la nominación (cinco) se tratan en público: «que gane el mejor (the best man»), así como a la necesidad de «padrinos» (es otra acepción del término) o protectores en política. Sin embargo, lo que queda de manifiesto en el film es el circo de zancadillas, conspiraciones y trapos sucios que suponen este tipo de eventos: todo parece permitido, incluso entre hombres teóricamente unidos por un mismo partido (que no por unas mismas ideas, como se verá: las diferencias ideológicas entre los candidatos son inmensas). Dos son los candidatos que llegan con más posibilidades: el veterano Bill Russell (Henry Fonda), actual secretario de estado y hombre que posee un concepto caballeresco de la política, partidario pues antes del juego limpio y la tolerancia que de la mano dura; y el joven Joe Cantwell (Cliff Robertson), que se presenta como un hombre del pueblo (Russell procede de familia rica) y que ha basado su ascenso político en la demagogia y el cultivo de los instintos bajos de ese pueblo al que afirma personificar. Russell encarna por tanto al liberal íntegro y bienintencionado; Cantwell, al protofascista: no en vano está moldeado sobre la figura del senador McCarthy, ya que se señala que ganó celebridad nacional denunciando que los líderes de la mafia estaban dirigidos por el Partido Comunista (!). Enseguida, Cantwell desvelará sus cartas: ha llegado a la convención con un informe médico de la época en que Russell tuvo que ser internado en una clínica mental a causa de un derrumbamiento psicológico.

Lo que impide que El mejor hombre sea una gran película, aunque es sobradamente interesante, es que acaba resultando demasiado simple, demasiado poco sutil. Con excepción del noble Russell, el resto de personajes supone una colección bastante poco recomendable de individuos que hacen honor al mal concepto en que se tiene, en general, de la clase política, hasta un punto en que se recurre demasiado a la sal gruesa. Lo mejor de la película, sin embargo, es el retrato del presidente saliente (encarnado por el veterano Lee Tracy), también presente en la convención para ser él quien maneje los hilos de su sucesión. El dibujo que se hace del veterano presidente es tal vez lo más certero del planteamiento: un hombre jovial y que maneja bien las relaciones sociales pero que en la sombra sabe ser tan implacable como demandan las circunstancias, y en quien, pese al evidente deterioro físico, se intuye a un político, también de extracción modesta como Cantwell, que si ha llegado donde está es por su dominio de las reglas no escritas de la política: de ahí que, por mucho que admire la honestidad de su colaborador Russell, no piensa apoyarlo pues lo considera (precisamente por su nobleza) demasiado blando.

Fail-safePor último, Punto límite (1964) abandona los márgenes de las intrigas políticas «caseras» para apostar por un formato de ficción apocalíptica muy propio de la guerra fría. Lo que cuenta la película es tan sencillo como efectivo e interesante: un grupo de seis cazas ultramodernos, tras un fallo de los sistemas de comunicación de la base central de operaciones de los EE.UU., inicia una carrera hacia territorio enemigo con el propósito de arrojar dos bombas de 20 megatones sobre Moscú. Cuando los militares y políticos lo advierten, con angustia, se inicia una operación para detener la loca incursión: el problema es que, debido a los protocolos de seguridad, al firme entrenamiento de los pilotos (que saben que el enemigo puede ser capaz incluso de imitar la voz de su propio presidente —interpretado por Henry Fonda— para detenerlos) y a la imbatilidad tecnológica de los aviones, las posibilidades de que éstos consigan su objetivo y destruyan la capital rusa son muy reales, con la subsiguiente respuesta soviética y el fin del mundo.

La película adapta un libro de enorme éxito en su época, escrito dos por científicos que compusieron una fabulación a partir de las posibilidades reales de que estallara el conflicto definitivo: su intención era llamar la atención sobre lo fácil que sería producirse un error, más o menos mecánico, más o menos humano, que pusiera en marcha toda una cadena de acontecimientos que luego no pudiera repararse. Uno de los directores emblemáticos del cine liberal de Hollywood, el gran Sidney Lumet —cuya magnífica carrera comenzó con una obra maestra, Doce hombres sin piedad (1957), y concluyó cincuenta años después con otra que casi también lo es, Antes que el diablo sepa que has muerto (2007)— la rodó con pulso maestro. Punto límite responde con creces al desafío de su magnífico punto de partida, construyendo una historia de suprema y progresiva tensión, que el espectador, incluso cuando muchos años después puede contemplar el conflicto con la suficiente distancia, sigue con la atención y angustia que los promotores del film perseguían.

Si han estado atentos, verán que el nombre de un actor se repite en tres de las cuatro películas: el gran Henry Fonda. Resulta divertido comprobar cómo, de película en película, fue subiendo en el escalafón político: empieza como candidato a la secretaría de estado con Preminger, con Schaffner ya tiene ese cargo y aspira a la presidencia, y con Lumet por fin ha alcanzado la Casa Blanca. Pero a qué coste…

El presidente y el teléfono rojo

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Tempestad sobre Washington / Advise and Consent. Año: 1962

Director y productor: Otto Preminger. Guión: Allen Drury; novela de Wendell Mayes. Fotografía: Sam Leavitt. Música: Jerry Fielding. Reparto: Henry Fonda (Leffingwell), Charles Laughton (Senador Cooley), Don Murray (Senador Anderson), Franchot Tone (Presidente), Walter Pidgeon (Jefe de la mayoría). Dur.: 139 min.

Título: Siete días de mayo / Seven Days in May. Año: 1964

Director: John Frankenheimer. Guión: Rod Serling; novela de Fletcher Knebel y Charles W. Bailey II. Fotografía: Ellsworth Fredricks. Música: Jerry Goldsmith. Reparto: Burt Lancaster (General Scott), Kirk Douglas (Coronel Casey), Fredric March (Presidente Lyman), Ava Gardner (Ellie). Dur.: 118 min.

Título: El mejor hombre / The Best Man. Año: 1964

Director: Franklin Schaffner. Guión: Gore Vidal, según su obra teatral. Fotografía: Haskell Wexler. Música: Mort Lindsey. Reparto: Henry Fonda (Bill Russell), Cliff Robertson (Joe Cantwell), Lee Tracy (Presidente Hockstader), Edie Adams (Sra. Cantwell). Dur.: 102 min.

Título: Punto límite / Fail-safe. Año: 1964

Director: Sidney Lumet. Guión: Walter Bernstein; novela de Eugene Burdick y Harvey Wheeler. Fotografía: Gerald Hirchsfeld. Reparto: Henry Fonda (Presidente), Walter Matthau (Profesor Groeteschele), Dan O’Herlihy (General Black). Dur.: 112 min.

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