Estamos en Nochebuena, luego… ¡Qué bello es vivir!

Qué bello es vivir 2Las fábulas no necesitan ser realistas, es decir, contar historias «posibles», sino ser convincentes, esto es, dejar en suspenso el sentido corriente de la credulidad de que hablaba, en frase famosa, Coleridge. Frank Capra, después de tres años consagrado al llamado esfuerzo bélico mediante la realización de documentales de guerra, se propuso dejar a un lado la obligada inmersión en lo real a que se sometió ese tiempo y dotar a América de otra fábula como las que lo habían llevado a lo más alto del escalafón antes del estallido del conflicto (recuérdese: tres Oscars al Mejor Director en seis años).

No otra fábula en realidad, sino LA fábula: una especie de summa de sí mismo que volviera a situar el nombre de Frank Capra donde merecía y que devolviera al espectador la confianza perdida por los años difíciles, ese espectador que ya se había reído y emocionado sobradamente con El secreto de vivir (1936), Vive como quieras (1938), Caballero sin espada (1939) o Juan Nadie (1941). Sabido es que el resultado no es el que esperaba: la acogida que recibió su película fue más tibia que popular; su carrera jamás recuperaría la posición perdida; y el film, tildado de anacrónico y de sensiblero en su momento, fue entrando en el olvido. ¡Qué esperaba una película que empieza con un plano del cielo estrellado que preside una conversación entre Dios, San José… y un ángel de segunda categoría que espera obtener, por fin, sus alas, acudiendo en ayuda de aquel mortal por quien tantas plegarias se están alzando al cielo! Olvido que se convirtió en desprecio en las décadas siguientes, esas en las que el cine creyó entrar en su edad «adulta». Pero la película poco a poco acabó alcanzando un nuevo estatus mítico gracias a las proyecciones televisivas en fechas navideñas, hasta que llegó el momento de su reevaluación crítica.

A Capra le gustaba defender el individualismo puesto al servicio de la comunidad como la mejor forma de ciudadanía social; la defensa de la América provinciana como núcleo moral del país; el gusto por las cosas sencillas como aquello en lo que realmente descansa la esencia de una vida feliz; los personajes secundarios para crear la verdadera atmósfera emocional de sus historias; el pintoresquismo bien trabado; la muy clara delimitación de buenos y malos, con escaso espacio para la ambigüedad; el aroma dickensiano a la hora de trazar situaciones y personajes; la Navidad y los buenos sentimientos asociados a esta época.

En un relato de Philip Van Doren Stern encontró la posibilidad de volver a plasmarlos en una historia cinematográfica, a lo que unió además diversos elementos y escenas extraídos de previas películas suyas, para proponer una muy particular versión del Cuento de Navidad. La trama es bien conocida por todos: el día de Nochebuena, George Bailey, modesto banquero que ha dedicado toda su vida al bienestar de su pequeña ciudad, se ve abocado al suicidio tras perder una importante cantidad de dinero; sin embargo, el cielo escuchará las plegarias de su familia y amigos, enviándole a su ángel de la guarda para demostrarle cuán desgraciada habría sido su ciudad de no haber existido él nunca.

¡Qué bello es vivir! siempre, en la edad de los sueños y en la edad adulta, me ha parecido una de las obras cumbre del cine de Hollywood, siendo como es un film al que, en rigor, cabe hacerle numerosos reparos.Y el primero de ellos es que, si se quiere entrar en ella, obliga a aceptar una continua serie de absolutismos morales y narrativos.

George Bailey sueña con los viajesGeorge Bailey se pasa la vida sacrificando sus aspiraciones personales —estudiar en la Universidad y hacerse arquitecto, viajar por el mundo, salir de su pequeña ciudad, en suma— por un trabajo que le obliga a grandes renuncias y que, a la fuerza, relaciona con la pérdida de esa libertad que tanto añoró; y lo hace porque el guión nos asegura que ese sacrificio es imprescindible para su comunidad, y en especial para las gentes más humildes que la pueblan (o sea, los verdaderos americanos). Al final, y cuando más duro lo veía, hasta tal punto de plantearse el suicidio —cosa lógica teniendo en cuenta que esa vida tan poco satisfactoria parece haber acabado saldándose con el más completo fracaso—, esas gentes le demuestran que hizo bien: que el sacrificio por los demás, simbolizado en los «pequeños detalles» de la vida cotidiana (el boliche de una baranda que siempre estuvo suelto, las latosas prácticas de piano de la hija pequeña o la canción que cantó la noche en que se enamoró de su chica), ha tenido su fruto y que la satisfacción de saberse querido y admirado, empezando por su propia familia, compensa toda frustración.

Esa apología de la renuncia, esa filosofía de la vida sencilla horroriza por su completa arbitrariedad: Capra no la inventó, aunque fue uno de sus más afortunados propagadores, y el cine de Hollywood lleva recurriendo a ella, por medio del imaginario capriano, desde entonces.

Ese motor dramático se plasma, como es lógico, en una historia y un desarrollo argumental esquemático hasta la delectación y sin la menor sutileza (otros son los méritos de la película, claro). El noble George Bailey tiene su contrapartida en un villano tan malvado y mezquino que parece hacer honor al viejo adagio de que si se mordiera a sí mismo se mataría con su propio veneno: el señor Potter, un Scrooge sin redención posible, caracterizado además por un detalle no menos simbólico como su invalidez (¿eligió Capra a Lionel Barrymore, aquejado de auténtica parálisis en las piernas, por dicha condición o por el morbo de hacerle interpretar un personaje que es el reverso exacto de su bondadoso señor Vanderhof de Vive como quieras?). Los personajes secundarios carecen de cualquier espesor, empezando por ese tío Billy (Thomas Mitchell) a quien desde el primer momento se presenta como un despistado al que de poco ayudan los cordeles que se anuda en sus dedos y que, como prueba de que vive en otro mundo, aparece rodeado de mascotas como un cuervo que vuela todo el tiempo por su oficina, o una ardilla que comparte su despacho.

De Bedford Falls a PottersvilleLa culminación de la unidimensionalidad de la historia es que, cuando Clarence muestra a George cómo habría sido su ciudad de no haber nacido él nunca… el hundimiento moral de sus habitantes es total. El pequeño Bedford Falls, rebautizado ahora como Pottersville, se convierte en el lugar con más antros de vicio y depravación por metro cuadrado del mundo; los tipos entrañables que lo habitaban pasan a ser un conjunto de seres hoscos, violentos y hasta mal afeitados: el antes inofensivo policía Bert ahora no duda en disparar al bulto sin importarle qué inocentes puedan encontrar sus balas en el camino, el tío Billy se vuelve loco y su viejo jefe, el señor Gower (H.B. Warner), acaba convertido en un borracho irredimible, la madre de aspecto bonachón da paso a una vieja suspicaz con aspecto de arpía y la dulce pero atractiva Mary pierde todo atractivo, acabando convertida en la ¡bibliotecaria! solterona del pueblo, gafas y aspecto monjil incluidos. Es decir, aún más horrible: si George hubiera cometido el inmenso egoísmo de buscar su propio camino fuera de Bedford Falls, todo eso también habría podido ocurrir, con lo cual no se da al espectador (no digamos al propio e infeliz George) más opción que el todo o la nada, el premio absoluto o el fracaso más terrible, la felicidad a costa del libre albedrío o la libertad bajo la semilla de la pérdida de la virtud para sus convecinos.

Pues bien, todo esto, que debería haberse sellado en un film detestable e insoportable (es comprensible que a muchos se lo pareciera), da pie, todo lo contrario, a una completa maravilla, a un film que obliga a admitir cuanto se nos cuenta (aun cuando también permita un irónico enarcamiento de cejas). Es cuestión, por supuesto, de convicción en lo que se narra: en hacer creer que todo cuanto se nos cuenta no podría ser de otra manera. Y también lo es de habilidad narrativa, de ligereza, de encanto, esa cualidad de la cual Stevenson dijo que teniéndola daba igual carecer de cualquier otra porque la obra perduraría.

Siempre que veo ¡Qué bello es vivir!, lo primero que llama mi atención es la seguridad de su capacidad de síntesis. Recuérdese que la historia de George Bailey es narrada para el espectador al mismo tiempo que se pone al corriente al ángel Clarence de cuanto debe saber para poder ayudar de modo eficaz a su protegido. Como toda historia que resume un conjunto de vidas, la trama abarca muchos años y muchas peripecias, que sin embargo se plasman en las que son necesarias para hacer comprensible, en especial, todo cuanto ocurrirá cuando la película regrese al presente. Y lo hace mediante una capacidad expositiva tan genial que nada queda por narrar que sea necesario para la ulterior comprensión de la segunda parte (inclusive el imprescindible papel de los personajes secundarios o los elementos aparentemente accesorios del escenario: la casa, los objetos cotidianos…).

Por otro lado, la única forma de admitir la magnitud del sacrificio de George Bailey es, precisamente, haciendo que Bedford Falls se hubiera convertido en el infierno sobre la tierra sin su alma máter. Es decir, en un acto de inspiración completamente genial, Capra consigue que los dos mayores reparos que posee el film, y que he explicado sobradamente en las líneas superiores (el absolutismo moral y el esquematismo dramático)… se anulen mutuamente hasta el punto de que el uno hace imprescindible al otro y viceversa.

El malvado Mr. PotterHay que olvidar, insisto, todo «realismo»: sin un George Bailey que estimulara su sentido cívico o que permitiera sufragar sus pequeñas ilusiones cotidianas, Bedford Falls no habría podido existir, porque la máxima nobleza sólo admite como rival la suprema corrupción moral. Sin un George dispuesto a coger la luna con su lazo para entregársela, Mary hubiera estado condenada a la anulación total como persona, mujer y madre. Desde el punto de vista de la fábula (o lo que es lo mismo, desde el cuento de hadas), no hay exageración en el retrato de los habitantes de Pottersville, de los condenados por no haber conocido la luz que irradiaba George Bailey: hay coherencia emocional y dramática. Es cierto que el riesgo es máximo, porque un solo elemento de frágil credibilidad hubiera contagiado de inverosimilitud al resto y ¡Qué bello es vivir! se hubiera desplomado como un castillo de naipes. Pero había un arquitecto en estado de gracia para dar solidez a sus paramentos, así como un reparto capaz de hacer creíbles a esos personajes amparados en el vacío, y de este modo es como surge, en primer lugar, una historia sólida, densa y admirablemente bien trabada.

Hay que reconocer que Capra también supo escoger los puntos de referencia adecuados (aparte de él mismo, claro) para su fábula: el espíritu de Charles Dickens y de Charles Chaplin. Ambos gustaron de entregar fábulas de irresistible filantropía, capaces de conciliar la pura comicidad (¡Qué bello es vivir! es intensamente divertida) con la más noble pretensión de regeneración social. Con respecto al inolvidable relato de Dickens, ¡Qué bello es vivir! tiene la gracia de contar, no la redención del avaro egoísta (aquí irredimible, como he dicho), sino la de su reverso exacto, un Scrooge arrastrado a la desesperación por su desmedida  filantropía. En cuanto a Chaplin, hay más de un cruce con su universo, y en concreto visual, desde el gag de la pareja bailando despreocupada, sin saber que a sus espaldas se está abriendo el vacío (Chaplin patinando a ciegas en Tiempos modernos, 1936) al modo en que Potter sitúa a George en una silla baja para poderlo dominar desde arriba en la crucial conversación en que piensa tentarlo con un trabajo bien remunerado para él (extraída de El gran dictador, de 1940).

Queda un último elemento en el que Capra apoya su éxito y es, por supuesto, el protagonismo de James Stewart, en uno de los (múltiples) papeles de su vida. El ingenuo Mr. Smith que fue a Washington como un caballero sin espada, en el espacio de los siete años que transcurren entre las dos películas, también pasó por una guerra y por el inevitable proceso de maduración y envejecimiento… por mucho que en gran parte de la historia interprete a un personaje mucho más joven de lo que el ya casi cuarentón Stewart representaba. Su George Bailey se beneficia de esa maduración interior en el actor, que en poco tiempo le permitiría convertirse en una ambigua presencia en las películas de Alfred Hitchcock y en un emblema de la violencia en los westerns de Anthony Mann. James Stewart, con su versatilidad expresiva, con su facilidad para pasar de la ligereza a la tensión, de la incertidumbre a la certeza, del dolor a la alegría, dota a su personaje de una hondura inolvidable. Las lágrimas que nos contagia en el final de la película son por ello de solidaria emotividad y no de caída en el fácil sentimentalismo.

La naturalidad con que ¡Qué bello es vivir! convoca emociones y risas recuerda siempre que los grandes momentos son aquellos que transmiten el máximo de sensaciones con el mínimo esfuerzo. Para mí, el que sintetizará siempre, mejor que ningún otro, la imborrable sensibilidad de la película es el breve instante en que la niña Mary se inclina sobre el oído sordo de George, al que ya ama y al que ya sabe la única persona que dotará de sentido su existencia, para decirle: «George Bailey, te amaré hasta que me muera». En esa frase está contenida una historia de amor y por tanto la clave de una historia de sacrificio. No se necesita más para saber que ese niño al que sus mayores apodan capitán Cook nunca navegará más allá de ese río en cuyas aguas heladas se sumergirá varias veces (bautizo que no inicia en una nueva religión, sino que aprisiona en un mundo demasiado conocido para George); no se necesita más para comprender que si vivir es bello, lo es, en buena medida, gracias al amor incondicional y rendido de seres como Mary. Por ahí nos reconciliamos, al menos por el espacio de dos horas, con el canto a la necesidad de las cosas sencillas de la vida.

El nombre antes del título

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: ¡Qué bello es vivir! / It’s a Wonderful Life!. Año: 1946.

Director: Frank Capra. Guión Frances Goodrich, Albert Hackett y Frank Capra; escenas adicionales de Jo Swerling; historia de Philip Van Doren Stern. Fotografía: Joseph Walker y Joseph Biroc. Música: Dimitri Tiomkin. Reparto: James Stewart (George Bailey), Donna Reed (Mary Bailey), Lionel Barrymore (Henry F. Potter), Thomas Mitchell (Tío Billy), Gloria Grahame (Violet Bick). Dur.: 130 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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