Morel en la literatura
Para muchos, supongo, Adolfo Bioy Casares es ante todo ese fiel amigo que acompañó toda su vida a Jorge Luis Borges, del cual fue además su gran discípulo (1). Sin embargo, bastaría sólo este inolvidable relato que es La invención de Morel (y el siguiente que escribió, como mínimo: Plan de evasión) para acreditar que Bioy fue un hombre con una voz propia en el campo de la literatura. Pues La invención de Morel es una gema tan resplandeciente como fascinadora, que se mueve además en un terreno en el que, como sabemos, Borges no quiso transitar: la novela (aun corta, como es en este caso). Bioy tenía sólo 26 años cuando envió a la imprenta esta alegoría perfecta de la soledad del ser humano, de la imposibilidad de la comunicación auténtica entre los hombres y, sin embargo, de la absoluta necesidad que tiene el ser humano de intentar llegar al otro, aun cuando sea una empresa destinada, cual maldición de Sísifo, al fracaso. Y para ello escogió un tema que, pese a que el nombre de su autor no se asocie, de entrada, con él, no es sino propio de la ciencia-ficción: la existencia de universos paralelos que sólo ocasionalmente consiguen solaparse y permitir el paso de uno a otro para quien es testigo, normalmente involuntario, del prodigio.