La invención de Morel o la eternidad rotativa

Morel en la literatura

Portada de Norah Borges para La invención de MorelPara muchos, supongo, Adolfo Bioy Casares es ante todo ese fiel amigo que acompañó toda su vida a Jorge Luis Borges, del cual fue además su gran discípulo (1). Sin embargo, bastaría sólo este inolvidable relato que es La invención de Morel (y el siguiente que escribió, como mínimo: Plan de evasión) para acreditar que Bioy fue un hombre con una voz propia en el campo de la literatura. Pues La invención de Morel es una gema tan resplandeciente como fascinadora, que se mueve además en un terreno en el que, como sabemos, Borges no quiso transitar: la novela (aun corta, como es en este caso). Bioy tenía sólo 26 años cuando envió a la imprenta esta alegoría perfecta de la soledad del ser humano, de la imposibilidad de la comunicación auténtica entre los hombres y, sin embargo, de la absoluta necesidad que tiene el ser humano de intentar llegar al otro, aun cuando sea una empresa destinada, cual maldición de Sísifo, al fracaso. Y para ello escogió un tema que, pese a que el nombre de su autor no se asocie, de entrada, con él, no es sino propio de la ciencia-ficción: la existencia de universos paralelos que sólo ocasionalmente consiguen solaparse y permitir el paso de uno a otro para quien es testigo, normalmente involuntario, del prodigio.

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El mundo en sus manos: un barco, una chica y el mar infinito

El mundo en susEl nombre de Raoul Walsh merece un respeto particular entre los críticos y amantes del Hollywood dorado: no fue un autor en el sentido cahierista del término, pero la palabra «artesano» parece quedársele corta. Por ello suele aplicársele la definición de cineasta aventurero, en función no tanto de sus numerosas aportaciones al cine de aventuras (que también) como del eminente sentido narrativo de su cine, por no hablar de los ecos de su fuerte personalidad, que visualmente parece corroborar el hecho de ser uno de los famosos cineastas tuertos, que lucían parche por tanto, del cine norteamericano clásico: menuda cofradía que formaron los John Ford, Nicholas Ray, Walsh o Andre de Toth). Pues bien, sin la menor duda, si hay una película que justifica por sí sola, sin necesidad de saber nada más de su filmografía, la justicia de esa definición es El mundo en sus manos, uno de esos films que han amado generaciones muy distintas de cinéfilos y que pertenece a esa categoría de grandes títulos, que no deben ser obras maestras a la fuerza (incluso casi es obligado que no lo sean), que justifican el amor por el cine. En concreto, los 50 primeros minutos de la película, o sea, su primera mitad, constituyen un prodigioso himno a la progresión narrativa, al encanto genuino y al amor por unos personajes y unos escenarios, al amor por la libertad (en todos los sentidos, dentro y fuera de la película), a la maravilla de saber contar una historia, esto es, dejando al espectador con la atención en continuo suspenso, complaciéndose únicamente por lo que le están contando en ese preciso momento… y deseando que no termine nunca.

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Make and Remake: de La jetée a Doce monos

Distintos DráculasMake and Remake. Hacer y rehacer. El cine, desde su nacimiento, siempre ha sido un ejercicio de vampirismo. Lo fue, de entrada, cuando las primeras películas, por impedimentos técnicos, no pudieron ser sino pequeñas piezas de teatro filmado, sin sonido. Pero sobre todo por su enorme capacidad para tomar, asimilar, reciclar, fundir, rehacer, capturar, en suma, convertir en suyo, como si nunca hubiera sido de otro modo, cualquier objeto, elemento o ejemplo de cualquiera de las demás artes, de la literatura a la música, de la fotografía a la pintura: de cualquier efecto de la ficción o de la realidad. Por ello, no debe extrañar que buena parte de los films que se han hecho, se hacen y se harán, sean nuevas versiones de películas previas. Suele considerarse, de modo injusto, que la razón de ser de un remake, de una nueva versión de una historia previa, sólo es económica: ganar dinero —algo «despreciable» en arte, ya se sabe— volviendo a contar algo que ya funcionó antes. Y aunque, claro, hay también innumerables ejemplos de esto, en general en la historia del cine brillan multitud de ejemplos creativos de «hacer y rehacer», incluso hasta el infinito, desde series sobre los personajes clásicos de la ficción (Drácula, Sherlock Holmes, Fausto o Peter Pan) hasta muy diferentes formas de entender a Shakespeare o a Cervantes, de acercarse a un personaje histórico (de Lincoln a Gandhi) o de volver a plantear una película previa, por muy bien que ya quedara la primera vez (así, los Nosferatu de Murnau y de Herzog, o El pueblo de los malditos, de Rilla y Carpenter). Particularmente, me parece una operación intelectual apasionante comparar dos versiones de una misma historia, del mismo modo que —y tengo en el blog una sección dedicado a ello— una novela y la adaptación en cine a que ha dado lugar.

Inicio una nueva sección ahora que titulo, precisamente, Make and Remake (ah, que snob pensar que en inglés todo suena mejor…). Y la inicio con la comparación entre dos películas que, de entrada, no pueden parecer más disímiles, aunque la segunda procede de la primera: La jetée (1962, Chris Marker) y Doce monos (1995, Terry Gilliam). Disímiles, pues, de entrada, una es un corto francés de media hora, compuesto por una sucesión de fotos fijas, y la segunda una espectacular superproducción de ciencia-ficción del mainstream de Hollywood con Bruce Willis como protagonista.

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Nicolás y Alejandra: la Revolución vista por los zares

Nicolás y Alejandra, de F. SchaffnerEl 2 de marzo de 1917, Nicolas II Romanov, zar de todas las Rusias, en su nombre y en el de su hijo, el hemofílico zarevich Alexis, abdicó el trono que Dios había confiado sobre sus hombros. Se cumplen estos días, por lo tanto, 96 años desde el triunfo de la Revolución de Febrero en Rusia. Se cumplen más o menos: Rusia, tan antigua en todo, todavía mantenía el calendario juliano, de tal modo que ese 2 de marzo se corresponde en realidad con nuestro 15 de marzo. Es así que las famosas revoluciones de Febrero y Octubre, en realidad, tuvieron lugar en marzo y noviembre.

Pues bien, entre las sorpresas que revela la recuperación de films pretéritos de esos que han quedado «olvidados» por la historia del cine, una de las mayores singularidades la proporciona Nicolás y Alejandra, una superproducción histórica filmada en 1971 por Franklin J. Schaffner, que tiene la singularidad de afrontar esa convulsa etapa de la historia de Rusia (y del mundo, por las consecuencias que tuvo) desde el punto de vista de la familia que, después de tener todo el poder en sus manos, fue despojada del mismo y acabó siendo exterminada (con su personal doméstico e incluso su perro) en un sórdido sótano, en una ciudad perdida, como demostración de los revolucionarios bolcheviques de que no había vuelta atrás posible.

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Philip Marlowe en el cine negro de los 40 (II)

El sueño eterno (1946, Howard Hawks)

El sueño eterno, películaLa más famosa adaptación cinematográfica de Philip Marlowe es, y a estas alturas parece que lo será siempre, El sueño eterno. Las razones son varias. Está firmada por el mejor director que puso sus ojos en Chandler, el gran Howard Hawks. Entre los guionistas, figura nada menos que William Faulkner, en su cuarta colaboración para el director. La novela, de por sí, es estupenda: en ella ya está todo el mundo de Marlowe, toda su entidad dramática y psicológica, al servicio de una trama prototípica, pero que el escritor desgranaba por primera vez, y que además resulta especialmente sintética (es la más breve, en páginas, de todas las novelas importantes del personaje).

Pero todo lo anterior es desdeñable. El sueño eterno existe en la memoria cinéfila, ante todo, porque es el título primordial sobre el que se basa la mítica, por una vez completamente justificada, de la pareja que formaron Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Unidos por primera vez en la previa y excelente Tener y no tener (1944), del propio Hawks, que según leyenda reformó el guión a medida que iba surgiendo el amor de la pareja, y la subsiguiente química en pantalla, todavía rodarían dos películas más, otro noir estupendo como es Senda tenebrosa (1947, Delmer Daves) y la más irregular pero igualmente estimable Cayo Largo (1948, John Huston). Por supuesto, Hawks subordinó también aquí la novela de partida a Bogart y Bacall, inventando, de hecho, una historia de amor que en el libro no existe, convirtiendo en romance lo que en la novela es sólo, como era habitual en el Marlowe literario, una mera atracción física que siente el detective por la muchacha añadido al rechazo que le produce su casi completa falta de principios morales.

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Philip Marlowe en el cine negro de los 40 (I)

El sueño eterno, novelaSin lugar a dudas, el más emblemático de todos los personajes asociados al género negro, en literatura y en cine, es el detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler. Su acta de nacimiento se produjo en la novela El sueño eterno, publicada en 1939. El éxito del libro animó a su autor a escribir con gran rapidez otras aventuras del personaje, que fueron publicadas de modo casi consecutivo: Adiós, muñeca (1940), La ventana alta (1942) y La dama del lago (1943). Al año siguiente, Hollywood adaptaría por primera vez el personaje, eligiendo la segunda de las novelas señaladas, y enseguida vendrían las otras tres, de tal modo que entre 1944 y 1947 las cuatro ya tenían su correspondiente adaptación cinematográfica. Sin duda, son ellas las que cimentarían la popularidad del personaje y el arraigo del mismo en la memoria cinéfila y en la mitomanía del amante de la novela negra: es claro que buena parte de los lectores que acceden a las soberbias historias de Chandler lo hacen después de haber visto algunas de sus películas. Es, por lo tanto, importante tener en cuenta qué visión del personaje dio el cine de los años 40, precisamente la época que vio nacer la etapa clásica del cine policiaco norteamericano, en Francia llamado el noir: qué correspondencia existe, sobre todo, entre el personaje, tal como lo formuló su creador, y la imagen que ha dado el cine y que es la que, en el fondo, lo ha popularizado.

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El hombre que fue a olvidar su amor en el fin del mundo

El faro del fin del mundo, de Editorial MolinoPublicada en 1905, el mismo año de su muerte (y modificada, como todas las suyas póstumas por su hijo Michel, aunque no tanto como otras), El faro del fin del mundo es una novela de poca extensión que pertenece a la etapa final de la obra de su inmortal autor, Julio Verne, caracterizada por el aluvión anual de títulos parcos en ambición (en comparación con su mejor época, a la que pertenecen sus títulos más conocidos) pero enorme variedad argumental, que parecen redactados ya por un hombre que se sabía con el venero de su mejor inspiración agotado pero que no se resistía a dejar la menor idea en el tintero: en el fondo, los vernianos lo agradecemos, tanto porque así el catálogo de escenarios tocados por el novelista bretón termina de recorrer el mundo entero porque, en su modestia, muchos son todavía de lo más estimable.

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El último Woody Allen: ¿un vendido a las subvenciones europeas o un pesimista sin remisión?

Woody AllenEn general, creo que tanto la Crítica como los cinéfilos hemos tenido siempre una idea tan equivocada como cómoda acerca de Woody Allen. El lugar común, por supuesto con su gran parte de verdad, señala que Allen es un cineasta «urbanita», devoto de su Nueva York natal y retratista satírico de la fauna que mejor conoce de ella, las clases medias con aspiraciones intelectuales. Pero ya no me parece tan cierto el tópico de que siempre esté contando la misma historia, las cuitas sentimentales de esa misma fauna, de la que él se ha declarado portavoz protagonizando buena parte de sus propias películas, incluso (al hacerse mayor) introduciéndose en ellas por actor interpuesto, ya alguien verosímilmente más joven (por ejemplo, Kenneth Branagh en Celebrity). Según las épocas, la figura de Allen ha inspirado simpatía, devoción o cansancio, y es fácil que cualquiera de quienes lo seguimos desde hace ya muchos años hayamos pasado alternativamente por cada una de esas fases, no en vano hay que recordar que lleva dirigiendo películas desde 1969 y que en todo ese periodo le ha dado tiempo a acumular hasta 48 realizaciones, casi a película por año.

Ahora bien, el nuevo lugar común que se ha venido a añadir a los anteriores es que, de un tiempo a esta parte, Woody Allen está «acabado», que sus películas han pasado a ser las típicas batallitas de un abuelo muy mayor que se ha traicionado a sí mismo (!!) al abandonar su amada Nueva York (parece ser que, por narices, otras ciudades le estaban vedadas) y aceptar las suculentas ofertas de grandes urbes europeas como Londres, Barcelona, París o Roma por la vía de la subvención, a cambio de la publicidad que supone verse retratadas en un título de su autor: promoción, turismo. En nuestro país, por ejemplo, cayó especialmente mal su Vicky Cristina Barcelona, acerbamente calificada como la mayor claudicación de su autor. Ignoro si ha pasado lo mismo con la crítica nacional de los otros países en cuyas ciudades ha ambientado sus últimas realizaciones, pero lo sospecho.

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Drácula (1979): el Señor de la Noche se enamora

Drácula (1979), de John BadhamCuando estaban a punto de cumplirse 50 años desde el estreno de la primera versión «oficial» de la inmortal novela de Bram Stoker en cine, es decir, desde el Drácula (1931) de Tod Browning y Bela Lugosi, la Universal decidió volver a llevar a la pantalla al personaje del Señor de la Noche, en una versión cuyo objetivo era sacarlo de la serie B (en esa época, equivalía decir la versión de la Hammer con Christopher Lee) y darle un remozamiento acorde con los nuevos tiempos, léase los años 70.

Un reciente reestreno de la vieja adaptación teatral de Balderston y Deane (en que se basó el film de Browning) acababa de gozar de gran éxito en Broadway, y su protagonista fue contratado para repetir el papel en el cine. Era un intérprete italoamericano, Frank Langella, de imagen notablemente distinta a la de los previos Dráculas de la pantalla. En primer lugar, más joven de lo usual y con buena presencia, no en vano hay que recordar que en esa adaptación teatral el Señor de la Noche, hasta que se descubre su verdadera naturaleza, pasa por un distinguido caballero extranjero con éxito en los salones de la buena sociedad londinense. Ahora bien, el guionista finalmente elegido por el estudio, W. D. Richter obró con una enorme libertad a la hora de abordar el mito de Drácula, haciéndolo desde un planteamiento romántico —un romanticismo oscuro y maldito en el caso del film de 1979 y no cursi y amanerado como el de la versión de Coppola de 1992—, que lo lleva a amar a una mujer más allá de su pura necesidad animal, además de convertir al vampiro en un hombre de enorme atractivo sexual, y no por lo que simboliza el vampirismo sino por sí mismo.

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Bram Stoker y el Drácula que todo lo empezó

La primera edición de Drácula, de Bram StokerEn 1897, la editorial inglesa Constable & Co. publicaba una novela destinada a incrustar en el imaginario de la ficción universal a una de sus criaturas más extraordinarias, y que mayor progenie ha desatado sobre el mundo: el conde Drácula. Su autor, un gigante irlandés llamado Abraham Stoker, Bram en las letras, la había escrito durante los siete años previos, robándole horas a su descanso de las largas jornadas profesionales a las órdenes del famoso actor Henry Irving, de quien era tanto secretario personal como administrador de su teatro, el Lyceum de Londres. Siete años de notable trabajo de documentación, de complicadas decisiones sobre la estructura de la historia y el diseño de sus personajes, de desarrollo progresivo de una imagen, la del vampiro, construido no desde la nada sino a partir tanto de tradiciones históricas (la famosa leyenda de Vlad el Empalador) como de las previas ficciones vampíricas de la literatura inglesa, del olvidado Varney the Vampire (1847), de James Malcolm Rymer, al inolvidable y siempre de actualidad Carmilla del también irlandés Joseph Sheridan Le Fanu.

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The Artist, Blancanieves y Tabú: ¿vuelve el cine mudo?

La apoteosis del primer cine mudoEn el curso de poco más de un año, hemos asistido al estreno de tres películas que parecen suponer un regreso a los códigos narrativos del cine mudo: tres films sin palabras, que han obtenido una notable repercusión (en distinto grado, eso sí) que pueden hacernos pensar si estamos ante una nueva tendencia o ha sido mera coincidencia cronológica. Se trata de una película francesa, The Artist (2011, Michel Hazanavicius), otra española, Blancanieves (2012, Pablo Berger) y una última portuguesa, Tabú (2012, Miguel Gomes). La primera es la que mayor repercusión internacional ha obtenido, de la mano de sus cinco Oscars de Hollywood (entre ellos los de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actor Principal, nada menos). La segunda ha conseguido también un buen eco, si bien en el terreno nacional, y de hecho su candidatura a los Oscars de este año no pasó el corte de las nominaciones. La tercera, recién estrenada, ha recibido múltiples alabanzas, si bien a nivel crítico: es el clásico film «de festival» de toda la vida, presentado como la típica película-que-hay-que-ver-en-este-momento y cuya carrera comercial no parece que vaya a ser notable. Y es que, de hecho, tampoco las otras dos batieron récords: The Artist, hasta recibir el espaldarazo propagandística de las famosas estatuillas doradas, no había arrastrado masas, y Blancanieves tampoco figura entre las películas más taquilleras del año pasado en España, aunque su previsible triunfo en los Goyas puede que convoque nuevamente al público.

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V de Vendetta, de Alan Moore: anarquía contra fascismo

V de Vendetta[Esta entrada ha sido revisada; pulsar en este enlace]  En marzo de 1982 nacía en las Islas Británicas una revista de cómics, Warrior, cuyo formato se basaba en la inclusión de distintas historias que se irían continuando de número en número a modo de serial. El genial guionista Alan Moore fue, desde el principio, el soporte de la revista, gracias a la escritura de dos magníficas series. En una de ellas, Marvelman, Moore retomó un viejo personaje del tebeo británico, un sucedáneo de Superman, para acabar convirtiéndolo en el portavoz de una estremecedora reflexión sobre el concepto de superhéroe. La segunda —mucho más conocida gracias a la (mediocre) adaptación que los inefables hermanos Wachowski producirían en 2005— era una historia original, V de Vendetta, realizada en colaboración con el dibujante David Lloyd en capítulos de ocho páginas de longitud y en blanco y negro. Ambas series se vieron interrumpidas en febrero de 1985, cuando la revista de cabecera cerró sus puertas en su número 26. Varios años después, en 1988, y debido al ascenso de Moore a la condición de guionista estelar del mainstream norteamericano, tras sus grandes éxitos de La Cosa del Pantano y, sobre todo, Watchmen, la editorial DC le ofreció la posibilidad de continuar V de Vendetta allí donde había quedado suspendida, del mismo modo que otra editorial, más modesta, Eclipse, le propuso lo mismo, pero con Marvelman, rebautizada ahora como Miracleman para evitar posibles litigios con la casa de Spider-Man y La Masa. Alan Moore pudo cerrar así dos de las mayores obras del cómic del final de siglo.

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El más noble aventurero del aire: Porco Rosso

Porco Rosso, de Hayao MiyazakiPorco Rosso es, al mismo tiempo, una inolvidable película de aventuras, una comedia sobre unos adultos que se resisten con uñas y dientes a aceptar la «responsabilidad» del mundo civilizado, una maravillosa historia de amor nunca expresado, una atractiva reflexión histórica y, sobre todo, un canto sobre el concepto de héroe en su sentido más romántico, más libertario y menos autoconsciente. La espontaneidad con que combina todas estas dimensiones dentro de la historia, a ratos equilibrándolas y a ratos desequilibrándolas, despierta una inigualable sensación de ligereza en el espectador. La historia que tiene lugar ante sus admirados ojos pasa como un suspiro, evanescente pero imborrable, multiplicado este efecto por un final bellísimo en el que, de acuerdo con una de las máximas que rige la descripción del protagonista, se deja a la imaginación del espectador el que deba rellenar huecos. Porco Rosso es pues una película irrepetible, que no habla al cerebro sino al corazón y que por tanto, aunque las líneas siguientes vayan a contradecirme, es mejor no interpretar o analizar: sólo puede ser amada, con esa tranquila pasión que nos despiertan los lugares donde hemos sido muy felices y donde siempre querremos volver.

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El «otro» Django

Django, de CorbucciEl reciente estreno de Django desencadenado, de Quentin Tarantino, ha servido para que muchos recuerden (y la mayoría lo descubra) que el referente evocado en el título de este film es uno de los personajes más característicos del esplendor del spaghetti western, uno de los grandes referentes de su autor, como en general todo el cine de género que conoció un esplendor internacional en los años 60 y 70. En concreto, es el protagonista del film homónimo Django, dirigido en 1966 por Sergio Corbucci, uno de esos especialistas que tuvo el cine italiano para ir pasando, según la moda del momento, de un género a otro, de la comedia al peplum, del terror al western y a los films de mamporros con Terence Hill y Bud Spencer. Aunque no sea una gran película —no es el film que yo recomendaría a alguien a quien quiera convencerle de las maravillas que esconde el western mediterráneo: no es Hasta que llegó su hora (1968, Sergio Leone) o Yo soy la revolución (1967, Damiano Damiani), ni siquiera El halcón y la presa (1966, Sergio Sollima)—, sí es un ejemplo óptimo para señalar por qué el spaghetti en particular y el cine de género mundial de serie B son tan particularmente fascinantes y esconden toda clase de tesoros. Y, desde luego, un film de culto en círculos más amplios de los que podemos creer. Por ejemplo, en Japón, como permite descubrir el inenarrable spaghetti-chambara que el inclasificable Takashi Miike rodó en 2007 con el título de Sukiyaki Western Django, mucho antes de que Tarantino soñara siquiera con su film, y que recomiendo encarecidamente a los amantes de lo grotesco.

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Cómo unir el crepúsculo de Roma con la leyenda artúrica: El rey Arturo y La última legión

Britania romanaNo hay ninguna conexión directa entre el final del Imperio Romano en las Islas Británicas y el surgimiento de la leyenda artúrica. La historia nos dice que las legiones romanas abandonaron Britania a principios del siglo V y que en 410 el Edicto de Honorio sanciona el hecho al conminar a las civitates romanas a asumir en adelante su propia defensa. De este modo, a mediados del siglo V, Gran Bretaña se ha convertido en un país independiente dominado una vez más por príncipes locales. Se produce entonces la invasión de anglos y sajones: los germanos se asientan en la zona suroriental de la isla, a partir de donde irán extendiendo su dominio por el resto de lo que, a partir de entonces, irá siendo llamado Inglaterra.

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