Breve reseña de actualidad: The Master, Lincoln, Django desencadenado

Ahora que se acumulan los estrenos debido a la publicación de las nominaciones de los Oscars, voy a hacer una pequeña reseña de algunos de esos títulos que «lucharán» hasta el próximo 24 de febrero por conseguir las «preciadas» estatuillas. En concreto, sobre tres películas que sin duda han sido recibidas con gran expectación en función del renombre de sus directores, tres cineastas de distinta trayectoria pero que, hoy por hoy, figuran entre los nombres más prestigiosos del panorama cinematográfico de los USA. Se trata de The Master, de Paul Thomas Anderson, de Lincoln, de Steven Spielberg, y de Django desencadenado, de Quentin Tarantino. Tres películas «importantes», pues, y qué mejor para remarcar tal condición que señalar que, como parece hoy imprescindible en toda película que quiere ser «importante», su metraje se va mucho más allá de las dos horas: la que menos, 144 minutos.

Voy a abordarlas no por orden de preferencia, sino por el de visionado.

master_ver6De los tres títulos, sin lugar a dudas The Master es el que juega, de modo más obvio, la carta del cine de autor, y no porque los otros dos directores no lo sean, o así estén considerados, sino por la forma y las características de lo que realiza Paul Thomas Anderson. The Master asume una de las formas prototípicas del cine que se espera de un autor «denso» como pasa por ser (y él así parece asumirlo) Anderson. Es un tipo de película que persigue la hondura dramática desde el primer plano hasta el último adoptando la forma de lo que yo llamo cine que fluye. Es decir, un film que consiste en una serie de secuencias, de imágenes, de momentos relativos a unos personajes que nunca llegan a estar del todo perfilados, sin que en ningún momento exista la delimitación de una clara estructura argumental o narrativa, pero que, por supuesto, aspira a la continua sugestión visual y emocional: a eso tan resbaladizo que se llama belleza. Un tipo de películas que se pretenden totalizadoras.

Es decir, que, cuenten lo que cuenten, incluso siendo muy poco, van a hablar de esas cuestiones absolutas que son el tiempo, la vida, las relaciones entre los seres humanos, de dónde venimos y adónde vamos (esto, de modo literal), del hombre: se supone que todo ello hay que escribirlo con mayúsculas. Es un tipo de cine asociado al cine de autor, por lo común europeo, cuyos principales referentes enseguida se vienen a la cabeza de todos: Ingmar Bergman, Federico Fellini, Andrei Tarkovski, Carl Theodor Dreyer, los autores de referencia de la historia del cine, aquellos cuyas películas resultan reconocibles a la primera, aquellos cuyo mundo propio no necesita más de una leve excusa argumental para desplegar una muy reconocible panoplia de elementos visuales, dramáticos, temáticos y metafísicos. Aquellos a los que todos los demás se quieren parecer.

The Master llegó a España con el eco añadido de que el personaje al que hace referencia el título del film, el Maestro, el líder de un grupo a medias entre la religión y la filosofía de autoayuda, está basado en la figura del famoso fundador de la cienciología L. Ron Hubbard. Ignoro hasta qué punto es cierto y las concomitancias que existen entre éste y el Lancaster Dodd interpretado por Philip Seymour Hoffman. En cualquier caso, como análisis de un manipulador, no resulta un film satisfactorio porque, por mucho que pasen minutos y más minutos de metraje, el espectador no termina nunca de saber qué es lo que le quiere contar Anderson: un retrato de la manipulación (de quienes son capaces de dominarla y de sus víctimas), o del espacio moral y social que permite el florecimiento de dichos manipuladores, o la historia de una relación (que pasa de los roles maestro-discípulo a lo paternofilial o a la exposición de una amistad singular) entre dos individuos que no pueden ser más opuestos, o una reflexión sobre lo difícil que es atravesar la apariencia de las cosas… Qué sé yo.

El MaestroAhora bien, el planteamiento argumental elegido para introducirnos en el entorno íntimo de ese Maestro no está mal pensado. Se elige a otro personaje, en realidad el protagonista, un veterano de guerra llamado Freddie Quell, y se nos narra la profunda desorientación de su vida tras el regreso del frente, incapaz de encontrar un trabajo estable, ni siquiera un ancla emocional a la que asirse, y que un buen día, cuando parece haber tocado fondo (trabajando como temporero, casi envenena a un hombre con el fortísimo brebaje alcohólico que él mismo destila), y sin saber muy bien a dónde va, se introduce como polizón en el barco que transporta a Lancaster Dodd y su cohorte. Precisamente, el primer interés que Dodd siente por Quell se debe a esa particular bebida que éste es capaz de fabricar. Dodd adopta al inestable Quell como hombre de particular confianza, sin que parezca realmente tener un rol concreto, pues oscila desde el de guardaespaldas, secretario, conejillo de indias de las particulares terapias del Maestro, y, en general, hombre para todo.

La figura del veterano de guerra con problemas para poder aclimatarse de nuevo a la vida civil es un clásico del cine norteamericano, sobre todo, claro, en su época correspondiente, como muestran tantos films noir o melodramas. Pero, sencillamente, en The Master, la credibilidad dramática de Freddie Quell choca con dos problemas. El primero se debe al hombre que lo ha creado, un Paul Thomas Anderson que no consigue nunca fijar de modo concreto sus coordenadas vitales y emocionales, creyendo, equivocadamente, que esa falta de definición es ambigüedad personal que genera densidad dramática. El segundo es más atroz, y tiene que ver con el hombre elegido para interpretarlo. Sinceramente, en manos de Joaquin Phoenix, el protagonista sólo parece lo que parece el mismo Phoenix desde que comenzó a hacer cine: un flipado que diríase que está siempre delante de la cámara con unas cuantas dosis de más. Eso sí, su rostro prematuramente envejecido (en el momento del rodaje cuenta con 38 años pero parece tener al menos cinco más) se avenía bien a las características de un hombre que ha quemado etapas demasiado rápidamente.

La cualidad «fluescente» de The Master irrita y enfada, claro, pero en ocasiones genera una sensación de indolencia dramática que le sienta bien a su historia, pues conecta de modo coherente con ese continuo girar en círculos a que parece responder su entraña. Paradójico: lo que hace que la película fracase también proporciona una atmósfera que, en determinados instantes, posee un incuestionable atractivo (sobre todo si gira en torno al gran Philip Seymour Hoffman). Es decir, aisladamente, secuencia a secuencia, la película puede funcionar y tiene momentos espléndidos. Pero el conjunto resulta demasiado vacío y pesado. Además, si en verdad es una biografía encubierta de Hubbard, no se hace la menor mención a lo que a mí me parece más divertidamente fascinador del personaje: su pasado como escritor de ciencia-ficción pulp… que acabó convirtiendo en real uno de sus delirantes planteamientos fantásticos.

lincoln_14592Lincoln no tarda en disipar el principal temor que yo siempre le tengo al género biográfico (en términos cinematográficos, el biopic), tal y como el año pasado demostraron un par de films disparmente acogidos, J. Edgar de Clint Eastwood y La dama de hierro, de Phyllida Law. Es decir, que la habitual construcción sobre distintos hechos, se supone que singulares e importantes todos, que puntean la vida de los biografiados genere bien en dispersión (en todos los órdenes: argumental y dramático), bien en superficialidad. Lo primero le sucedía al film de Eastwood; lo segundo, al de Law. Pues bien, Spielberg acierta al no pretender recoger toda la vida de su personaje, sino al centrarse tan sólo en sus últimos meses de vida, haciendo que el foco argumental gire en torno a un episodio concreto: las intrigas políticas desatadas en torno a la votación de la famosa 13ª enmienda de la Constitución norteamericana, que proclamaba la abolición de la esclavitud.

En efecto, la historia cuenta, con toda minuciosidad, el proceso mediante el cual, poco a poco, van consiguiéndose los votos afirmativos necesarios para la aprobación de la Enmienda (que ya fracasó un año atrás en la cámara de representantes, tras haber sido aprobada por el Senado): inicialmente, son veinte votos, y la película narra cómo van obteniéndolos casi hombre por hombre. Y quienes lo hacen son tanto los principales jefes de su partido, el Republicano, como un trío de individuos más bien turbios que se dedican, sin embozo alguno, a sobornar con futuros cargos a los diputados salientes de esa cámara para que voten a su favor. El mismo presidente acabará participando en el subterráneo proceso de maniobras, haciendo que su ambiguo juego se convierta en la baza que puede acabar restándole votos en su propio partido… o en la clave del triunfo final. Juego político que resume bien la memorable frase con que, hacia el final de la historia, el personaje del veterano diputado abolicionista Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) lo expresa: «La ley más importante de la historia de los Estados Unidos se ha aprobado a través de un proceso corrupto orquestado por el hombre más puro y honrado del planeta».

A este respecto, hay que señalar que las largas secuencias que tienen lugar dentro de la cámara poseen una notable densidad dramática y política, que recuerdan a la película que, hasta ahora, mejor había sido manejarse en semejante escenario, es decir, la estupenda Tempestad sobre Washington (1962, Otto Preminger). Y que brilla sobremanera en toda la estupenda parte final en que, finalmente, se decide la votación: el mérito enorme de ella queda bien reflejado en que, pese a que todos sabemos cuál será el resultado, Spielberg consigue un inigualable grado de tensión dramática, e incluso de puro suspense.

El horror de la guerraComo es natural, buena parte de la eficacia de la película descansaba sobre el acierto con que fuera plasmada su figura titular, tanto en su expresión como personaje como en el aspecto interpretativo. En cuanto a lo último, y pese a lo temible que, a priori, resultaba la elección de un actor tan excesivo como Daniel Day-Lewis, lo cierto es que el actor está muy bien. Desde luego, se nota que hay un abrumador trabajo de composición —algo lógico en un actor tan minucioso: pero dudo mucho que Henry Fonda se lo preparara «tanto» y el Lincoln que hizo para John Ford también es soberbio—, pero lo que se ve en pantalla es al presidente y no tanto al actor. Day-Lewis hace un trabajo digno de la tradición inglesa a la que, en el fondo, pertenece, consiguiendo una escalofriante reproducción (cuidado, de la imagen que uno espera de la figura histórica, de la que, desde luego, no hay más referencia que su iconografía y las referencias coetáneas) que, al mismo tiempo, otorga al personaje la carnalidad que precisaba. En su forma de componer esa clásica imagen afilada (rematada por su icónico sombrero de copa), de caminar de un modo al mismo tiempo solemne y desgarbado, de sonreír de tal modo que la atmósfera parece impregnarse de una sencilla calidez humana, de hablar de modo pausado incluso en los momentos de tensión, Abraham Lincoln consigue afirmarse como un ser de carne y hueso y no un mero icono. La excelencia interpretativa debe extenderse al resto del nutrido reparto, tan soberbio como compenetrado, aunque yo me quede sobre todo con un Tommy Lee Jones que compone un personaje de enorme hondura, al que se dedica la escena más emotiva de toda la película, en su despedida de la historia.

Es verdad que no es una película redonda, que tarda en encontrar su ritmo, sobre todo durante su primera mitad, en la que la narración parece concentrarse únicamente en los diálogos, y que las escenas que se dedican a la vida familiar de Lincoln no poseen la intensidad de su vida política, aburriendo un poco el conflicto con la esposa o con el hijo mayor que quiere ir a la guerra. Con todo, supera con creces el peligro de la dispersión que señalaba líneas arriba y su hora final es excelente.

Django desencadenadoEn cuanto a Django desencadenado, para bien y mal, lo que mejor la define es que es justo la película que esperaban ver cuantos conocen a Tarantino, tanto los que lo admiran como los que la detestan. No sé si hay algún otro director (me parece difícil) que, como él, esté haciendo profesionalmente justo lo que soñaba cuando no era sino un cinéfilo fascinado no por los clásicos de Hollywood sino por su variante a cargo del efervescente cine de género mundial de los 60 y 70. O sea, volver a recoger aquellas historias y personajes que tanto le gustaban pero aumentando el grifo de la audacia en todos los órdenes (la violencia, claro, pero también la referencia mitómana, el exceso verbal, la fusión/confusión musical, etcétera; en lo que no consigue rebasarlas es, no sé si por indiferencia personal o por el triste pacatismo de lo correcto en el Hollywood actual, es en el tratamiento del erotismo). El problema, claro, es que al operar sobre gustos tan personales y de modo tan absoluto, o se entra en el cine de su autor (y creará adicción) o se le considerará el tipo más cargante del mundo. En mi opinión, hasta ahora lo mejor que ha dado Tarantino es Malditos bastardos (2009), película que ya de por sí es sobradamente discutible.

En este caso, es evidente, el género sobre el que Tarantino posa su mirada es lo que antes se llamaba spaghetti-western y ahora, más finamente, comienza a recibir el nombre de eurowestern. Quien más, quien menos, sabe ya que el tal Django es el nombre del protagonista de un film homónimo dirigido en 1966 por Sergio Corbucci y protagonizado por Franco Nero (a quien, claro, el director reserva un papel de colaboración). De hecho, durante los créditos iniciales —esos carteles que antes se ponían al principio de la película para que supiéramos quiénes salían en ella y quiénes la habían hecho— suena la canción central de aquel western: primera búsqueda de complicidad cinéfila. A mí, más que la canción, esa complicidad me la provocan los créditos elaborados con las grandes letras típicas de las películas de la época aludida.

Lo que «narra» la película a través de un metraje tan desmesurado como siempre (la cualidad de la síntesis es algo que al director siempre le ha traído sin cuidado) son las aventuras de un ex esclavo negro, Django Freeman, y del cazador de recompensas que lo liberó de su condición, un alemán que se presenta como Dr. King Schultz, para rescatar a la esposa del primero, también esclava, de la plantación de Calvin Candie, un propietario especialmente brutal, como demuestra su predilección por el adiestramiento de peleas entre mandingas.

DJANGO UNCHAINEDLo mejor de su historia, sin embargo, estriba en su primera hora, que narra el encuentro entre Django y Schultz (por medio de una de esas magníficas set pieces que son lo mejor, siempre, de su autor) y la progresiva asociación del primero al segundo en su rol de cazarrecompensas. En esta hora inicial brilla con luz propia el genial Christoph Waltz como Schultz: no en vano, la película va perdiendo intensidad a medida que los otros dos personajes van quitándole relieve. Empezando por Jamie Foxx, carente del carisma necesario, que no aporta nada a su ya de por sí unidimensional personaje (la gracia de ver a un negro en plan cow-boy durísimo en pleno Sur de la esclavitud, debido a la reiteración, se pierde pronto).

El argumento central del film ya tiene mucho menos interés. En primer lugar, porque es menos activo y obliga a Tarantino a dedicar demasiados minutos a algo que no se le da bien precisamente: la exploración psicológica de sus personajes. En todo caso, la historia se construye en torno al suspense, a la tensión, acerca de si Schultz y Django conseguirán engañar a ese Candie de rostro aniñadamente agradable pero bajo el que se intuye a un hijoputa de mucho cuidado (y Leonardo DiCaprio, por una vez, da bien el tipo y consigue estar insólitamente convincente). En especial cuando, ya en su plantación, el peligro aumenta considerablemente al aparecer un cuarto personaje, el mayordomo negro del dueño, un memorable Samuel L. Jackson que está caracterizado de modo casi irreconocible —como un anciano zumbón y tripón— pero que no tarda en dejar bien claro que bajo esa pintoresca apariencia se esconde un sicario inteligentísimo y completamente leal a su amo, para perdición de los intrusos.

[Quien no haya visto la película, no debe leer las líneas siguientes]

Cuando por fin llega la acción, Tarantino sin duda consigue sorprender al espectador, quitando de en medio, a más de media hora para el final de la película, a sus dos personajes más atractivos, y dejando al protagonista solo (quizá para justificar que él es quien da nombre a la película). Pero la prolongación de la historia ya resulta anticlimática, los giros de guión no hay quien se los crea y el final, con su deleite sanguinario y vengativo, además de algunas pequeñas tonterías dejadas aquí y allá, terminan por volver a su contra al espectador que, hasta entonces, al menos se había divertido con ella.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: The Master / The Master. Año: 2012

Director y guión: Paul Thomas Anderson. Fotografía: Mihai Malaimare jr. Música: Jonny Greenwood. Reparto: Joaquin Phoenix (Freddie Quell), Thomas Seymour Hoffman (Lancaster Dodd), Amy Adams (Peggy Dodd). Dur.: 144 min.

Título: Lincoln / Lincoln. Año: 2012

Director: Steven Spielberg. Guión: Tony Kushner, basado en una parte del libro Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goodwin. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Reparto: Daniel Day-Lewis (Lincoln), Sally Field (Mary Lincoln), Tommy Lee Jones (Thaddeus Stevens), David Strathairn (William Seward). Dur.: 150 min.

Título: Django desencadenado / Django Unchained. Año: 2012

Director y guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Reparto: Jamie Foxx (Django Freeman), Christoph Waltz (Dr. Schultz), Leonardo DiCaprio (Calvin Candie), Samuel L. Jackson (Stephen), Kerry Washington (Broomhilda von Shaft). Dur.: 165 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Breve reseña de actualidad: The Master, Lincoln, Django desencadenado

  1. benariasg dijo:

    Me ha gustado ver tan bien expresado lo que sentía al ver The Master. Cuesta como espectador poner en su sitio una película que viene avalada por los ditirambos exagerados de la crítica. Sin embargo, pasaba el metraje y uno se preguntaba qué diablos había en ella para ponerla por las nubes. Una historia que no interesa en absoluto, unos personajes sin ningún atractivo. Excelente interpretación, buena realización, pero el guión es un desastre, y sin guión no hay peli. Y como vienes a decir: qué larga y qué cansina.
    A Tarantino, esta vez, no pienso darle cuartelillo. A diferencia de ti, creo que Malditos bastardos fue lo peor que ha hecho, y la tengo demasiado reciente como para arriesgarme con esta otra.
    Lincoln sí me interesa más, pero advertido por el ínclito Boyero tendré que estudiar un poco de historia norteamericana, ¿o no?

    • johncobble dijo:

      Sobre Lincoln, no dejes que te eche “para atrás” la poca o mucha familiaridad con la historia de la época. De hecho, el episodio que narra no lo conocía, y el guión lo expresa con total claridad al principio de la película. No cuesta trabajo seguirlo en absoluto.
      En cuanto a “Django…”, pues te entiendo porque yo mismo tuve una época en que me juré no ver otra de Tarantino. A mí no me gustaron nada las primeras que hizo, ni los “Reservoir Dogs” ni mucho menos “Pulp Fiction”, y “Jackie Brown” me aburrió horrores, aunque ahora tengo curiosidad por revisarlas. Que mi hermano dice que en los visionados pares soy más generoso…

  2. Pingback: El “otro” Django | La mano del extranjero

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