El Señor de los Anillos: de J.R.R. Tolkien a Peter Jackson (III)

Las dos torres (2002)

Las dos torresAl contrario que el primer título, en su momento Las dos torres me pareció el más flojo capítulo de la trilogía (tal vez porque también el segundo tomo de la novela me lo parece), y sin embargo me he tropezado con la monumental sorpresa de que no sólo es una película mucho mejor que la anterior sino un film excelente en sí mismo, en el que no pesan nada las tres horas de metraje y donde, por fin, hace acto de presencia la gran ausente, hasta ese momento, de la saga: la densidad psicológica.

En primer lugar, creo que al film le sienta muy bien el recorte que el guión hace con respecto al segundo volumen de la trilogía tolkieniana. Como señalaba líneas arriba, la primera parte del libro concluye con la victoria del Abismo de Helm, y a la segunda se le cercena la larga y dolorosa peripecia que Frodo y Sam (con Gollum) viven en las puertas de Mordor (todo lo cual se añade a la conclusión y justifica su mayor duración: cuatro horas).

Al no tener que incluir tantas aventuras, Las dos torres deja «respirar» a sus personajes y se puede tomar el tiempo necesario para describir sus relaciones, sus anhelos e inquietudes, a realizar el necesario dibujo psicológico que les proporcione hondura. Y lo logra. Por fin Aragorn, Legolas y Gimli consiguen importarnos, por fin se nos convence de que entre ellos ha surgido algo más allá de la alianza forzada por las circunstancias: hay una amistad. Es una cuestión de gestos, de miradas, de solidaridad viril a la hora del combate o del necesario apoyo en una situación de tensión.

Sobre todo, Las dos torres es la película en la que, por fin, cobra vida Aragorn, y con ello mejora la interpretación de Viggo Mortensen. En este sentido, era fundamental la dimensión romántica subyacente al personaje, y ésta también aparece, impregnando al rey que retorna de esa aureola de nobleza trágica, contenida pero desesperada, que es esencial para aceptar el carisma que posee, carisma que Tolkien conseguía otorgarle con facilidad desde el primer momento de su aparición. Y dentro de ella, ese componente sentimental por el que apuesta Peter Jackson, tan insustancial en La Comunidad del Anillo, aquí sí está muy bien trabado, hasta el punto de ser uno de los grandes atractivos del film. Para ello, se juega con la relación de Aragorn con dos personajes femeninos. Uno, su amada Arwen, el más inalcanzable porque todo los separa (en primer lugar, el curso de la aventura; en segundo, la pertenencia de ella a una raza inmortal). Y dos, la joven Eowyn, hija del rey de Rohan, una mujer con el valor y la determinación de un hombre, lo cual de inmediato atrae al intrépido Aragorn, pero además también dotada de un atractivo muy femenino: es la mujer tangible, algo que puede apreciar muy bien un hombre de indudables instintos apasionados en un momento en que es difícil saber si el tiempo de que se dispone es largo o breve, y por lo tanto siempre se está ante la tentación de vivir el presente como si cada segundo fuera el último. El juego de miradas entre Viggo Mortensen y Miranda Otto es excelente.

Eowyn, princesa de RohanArwen (que, lástima, sigue siendo Liv Tyler) es evocada por su amado en momentos de notable fuerza dramática: mientras acompaña a los hombres de Rohan en su exilio al refugio del Abismo de Helm o cuando está a punto de ahogarse, tras caer desde considerable altura al río, en lucha con un wargo (es uno de los pocos episodios completamente inven- tados por el guión), y su mera evocación lo salva de la muerte. También aparece en un intenso excurso a a la acción central, cuando la joven intenta ser convencida por su padre, Elrond, para que renuncie al amor por ese hombre mortal, pues ello sólo puede traer el sufrimiento a quien deberá luego cargar con muchos años de soledad. Jackson recrea el temor expresado por Elrond de modo conseguidamente elegíaco: un encadenado desde el cadáver de un Aragorn de blanca cabellera, llorado por una Arwen tan joven como siempre, con la imagen de la escultura yacente de éste situada sobre un catafalco, dejando ver la decadencia que se ha apoderado del escenario del fondo (bella estampa que parece pensada por Caspar David Friedrich), mientras Arwen sigue paseando su eterna y solitaria juventud.

Valgan estos breves momentos como ejemplo de ese tiempo que dedica Las dos torres para dejar que el peso del pasado o de la decadencia del bien sobre la Tierra Media tiene sobre los personajes, y que es lo que los dota de la carnalidad suficiente para hacer que el espectador se implique, por fin, en sus peripecias.

La acción sigue narrándose de modo paralelo pero es evidente que se concede un mayor espacio al enfrentamiento entre las fuerzas del bien y el malvado Saruman. Otro mérito de Las dos torres, en contraste con La Comunidad del Anillo, es que aquí también se consigue hacer de la atmósfera de crepúsculo que obligadamente debe bañar la historia de algo más que un efecto estético. La sensación de que la Tierra Media se halla al borde de la Caída es expresada aquí no por los diálogos (como sucedía en el primer capítulo) sino mediante la atmósfera, los personajes y las acciones. En ello es fundamental el dibujo del reino a cuyos pobladores acuden Gandalf y los suyos para combatir a Saruman: el reino de Rohan.

Isengard 2Rohan es caracterizado como un pueblo medieval auténtico, es decir, no transmutado o idealizado por los modos propios de la Fantasía Heroica (como pasa con la Comarca, vamos). La descripción visual es de un realismo excepcional (las casas están inspiradas en las construcciones vikingas), hasta el punto de que no desentonaría en un film histórico per se. Los habitantes de Rohan conforman un pueblo de vida muy humilde, incluso áspera, no en vano viven en un páramo yermo, salpicado de rocas y con escasa vegetación. Sobre su rey, además, parece haber caído el invierno. De acuerdo con una magnífica idea propia del acervo ideológico medieval (por ejemplo, de la leyenda artúrica, tan bien conocida por Tolkien), el agostamiento del soberano de Rohan, el rey Theoden, simboliza la esterilidad caída sobre su reino. Es una magnífica idea visual hacer que Theoden aparezca como un anciano que apenas puede moverse, de ojos nublados y rostro arrugado como si estuviera escarchado. Gandalf (ahora Gandalf el Blanco, después de su muy cristiana resurrección) lo somete a un proceso mágico que no es sino un exorcismo, para extraer de su interior al malvado Saruman, que lo ha poseído, momento resuelto con notable intensidad, como la práctica totalidad de las secuencias que transcurren en Rohan durante las dos primeras horas de película.

Hay también algunas concesiones, aunque son pecados veniales pues, en el fondo, ayudan a hacer más humanos a esos personajes que antes eran meros muñecos. Así, que Gimli acabe casi reducido al papel de desahogo cómico (en la batalla contra los wargos, cuando uno tras otro caen sus enemigos muertos sobre él) o que se exhiban innecesarias habilidades de Legolas (subiendo a un caballo de modo acrobático o, momento que no posee gracia alguna, utilizando un escudo como una tabla de windsurf, para bajar por una escalera y pillar por sorpresa a sus enemigos).

La batalla del Abismo de Helm está resuelta de modo irregular, ya que abundan los momentos en que Jackson se abandona a su habitual modo de rodar las secuencias de acción, con otros en que la fuerza de los detalles le basta para otorgar la necesaria fuerza al combate. Un mero encuadre que refleja el anonadante número de los enemigos resulta mil veces más eficaz que el montaje de planos cortos con la mareante ola humana asaltando las batallas. Unos niños, obligados a convertirse en soldados, a quienes se ha entregado una enorme cota de mallas y un hacha, indican el horror del inminente combate mejor que la avalancha de planos de Uruk-hais y orcos rugiendo de placer ante la matanza con que sueñan. El sol derramándose sobre el ejército enemigo, mientras galopan contra ellos Gandalf y sus jinetes de refuerzo, como si el astro viniera con ellos, es más eficaz que los innumerables planos de cuerpos cayendo por todas partes bajo las flechas.

Bárbol, el líder de los entsNo hay que olvidar, aunque no llegan a cruzarse todavía en la acción pese a compartir al mismo enemigo, Saruman, la aparición de los Ents, uno de los pueblos más curiosos creados por Tolkien. La animación de Bárbol, a priori una de las más dificultosas, se resuelve de modo muy brillante, permite un muy adecuado mensaje ecológico (que no resulta anacrónico, pues en el original ya se insiste en que el medio natural también es un ser vivo susceptible de ser pervertido) y hace muy disfrutable la escena en que asaltan Isengard y desbaratan por completo los planes de Saruman, pues aunque sabemos que su animación es completamente digital, los movimientos rígidos y un tanto torpes de los Ents tienen cierto aire a los inolvidables muñecos animados mediante stop motion por el gran Ray Harryhausen.

La peripecia paralela de Frodo y Sam, entretanto, también recibe su atención, aunque en la hora final salgan bastante de la escena. Su aventura se beneficia de la memorable atmósfera de desolación que emana del espacio que han de cruzar, la Ciénaga de los Muertos, nuevo ejemplo de la idea tolkieniana de la degradación de la naturaleza por las acciones de los hombres: ese pantano, entre cuyas mefíticas aguas se puede ver una dantesca colección de cuerpos que parecen dormir un sueño tenebroso, fue el lugar de la batalla que derrotó por última (y estéril) vez el Mal encarnado por Sauron.

Es el momento en que aparece Gollum, memorable creación digital de Weta Workshop (pero animado por el talento de una presencia tan real como la de Andy Serkis), dotado de una personalidad y una envoltura carnal que, por patéticas que ambas sean, lo hacen mucho más humano que los dos hobbits a los que primero acecha y después guía. Jackson dota de enorme densidad a los momentos en que Gollum dialoga consigo mismo, utilizando un notable recurso fantastique: en el momento en que las dos personalidades que tiene en su interior se hallan en su momento de mayor lucha, Jackson ilustra su discusión mediante el uso del plano y el contraplano, desde encuadres distintos, como si en efecto hubiera dos Gollums.

En la última hora, Jackson vuelve a inventar un episodio no presente en el original. Si bien en el libro los dos hobbits también encuentran a Faramir, hermano de Boromir y uno de los campeones de Gondor, el guión hace que todos participen en un combate en la ciudad de Osgiliath, en plena frontera con Mordor, cuyo momento culminante es la aparición de un Nazgul (un Jinete Oscuro ahora en infernal montura alada) que está a punto de hacerse con Frodo. Es una lástima que este episodio recuerde más el tono vacuamente rimbombante de La Comunidad del Anillo, pues parece concebido sólo para que Sam suelte un discurso de «rearme moral» que termine por darles las fuerzas necesarias para entrar en Mordor. Defectos aparte, Las dos torres sí es un buen film de aventuras elegíacas, magnífico en sus mejores momentos, y que permite tomar aire con ganas de proseguir el curso de la aventura en su último capítulo.

El retorno del rey (2003)

El Retorno del ReyLa tercera parte también contiene diferencias fundamentales con respecto al tercer libro de Tolkien. El escritor incluye muchas páginas, destruidos el Anillo y Sauron, para relatar el regreso de los hobbits a la Comarca y cómo la encuentran medio devastada porque el malvado Saruman ha hecho de ésta el cubil de su resentimiento. No son páginas que sobren, desde luego. Como dice Savater en su varias veces repetido artículo, el entusiasta de la novela necesita seguir conociendo todos los detalles posibles de sus personajes, y es acierto del novelista hacer lo que rara vez hacen los libros que abordan acontecimientos extraordinarios: relatar el difícil regreso a la normalidad de sus héroes. Ahora bien, en cine es probable que hubiera sido anticlimático, pues el ritmo de una película (que suele consumirse de un tirón) no es el mismo de una novela, que se puede dejar reposando sobre la mesa y retomarse más tarde. Por otro lado, incluir esas páginas (que componen un cuarto, más o menos, del total del volumen) hubiera obligado a un metraje dilatado mucho más allá de las cuatro horas (el estrenado ya se iba a los 201 minutos), entre otras razones porque ya se había reservado para él una parte del segundo libro.

El retorno del rey, hay que decirlo, mantiene la progresión de la saga, y si Las dos torres ya era excelente al menos durante dos tercios, aquí la regularidad es completa a lo largo de todo el metraje. El retorno del rey es la mejor película de la trilogía, mantiene la intensidad sin bajarla un solo momento, sabiendo compaginar las escenas de acción con los obligados remansos, no deja ya que se olvide el buen dibujo psicológico de los personajes que era acierto del segundo film y sabe cómo terminar su historia, con un inmejorable sentido de la síntesis, que había faltado en otros momentos.

Significativamente, Peter Jackson inicia su capítulo final ilustrando, del modo más terrible posible, el «origen» de Gollum: es decir, su conversión de hobbit en el monstruo deforme que ahora es tras el hallazgo del Anillo en las aguas del río Anduin. Hallazgo marcado desde el primer momento por el crimen: el hobbit Sméagol mata a su compañero, que se niega a darle el objeto que éste ha encontrado en el fondo del río. Como nada sucede por casualidad en la Tierra Media, es de ver la expresión que Andy Serkis otorga a su personaje (¡ahora sí es Serkis por completo!) antes de que todo suceda para comprender que Sméagol ya había sido elegido por el Mal, y que incluso éste había dispuesto que no fuera él personalmente el que lo hallara, para que así tuviera que pagar el peor de los precios desde el primer momento para poseer «my precioussss» (mi tessssoro).

Enseguida se demuestra que fue todo un acierto reservar las aventuras de los dos hobbits para entrar en Mordor. Las dramáticas peripecias de Frodo y Sam, separadas de la parte final de su empresa, habrían creado un anticlímax de iniciarse la tercera película ya con los hobbits sobre suelo de Mordor. Jackson, en cambio, juega a fondo la baza de la narración paralela, que aquí rinde sus mejores frutos, al hacer coincidir el fundamental episodio del asedio de Minas Tirith con el franqueo de las puertas de Mordor, tras el encuentro con la monstruosa Ella-Laraña. En ningún momento de la trilogía se consigue que todos los elementos del juego narrativo produzcan la misma tensión, que se transmita la sensación de que todos los acontecimientos puestos en el tablero poseen la misma importancia y, además, están íntimamente ligados.

Ella LarañaLa peripecia de los hobbits es sensacional. Si el espectador había ido de asombro en asombro ante cada nuevo escenario presentado, aquí los creativos de la película se superan, precisamente porque es más difícil crear un escenario que debe transpirar el Mal, que diseñar una ciudad «bonita». La frontera de Mordor irradia una notable malignidad. La fortaleza de Minas Morgul, su punto de entrada, aparece impregnada por una maligna iluminación verdosa que recuerda la del castillo de la bruja Maléfica en la inolvidable La bella durmiente (1959), de Walt Disney. La roca en la que está labrada la empinada escalera por la que Gollum hace subir a los dos hobbits diríase que quiere hacer resbalar a los pequeños a medida que suben. El mismo Gollum no puede controlar por más tiempo la emergencia de su doble malvado y se pone en peligro al dejar que el siempre receloso Sam escuche sus planes. Frodo se deja engañar por facilidad y arroja a su fiel escudero de su lado, para quedarse con el mendaz Gollum. El Mal exige sellarse en un monstruo definitivo, y la respuesta es Ella-Laraña: ¡qué siniestramente inolvidable ese plano en contrapicado que muestra al gigantesco arácnido cerniéndose sobre el incauto Frodo, con las patas a ambos lados del desfiladero por el que camina el hobbit!

Como he indicado en otra entrega, la acción en Minas Tirith se caracteriza por su deslumbrante nitidez: es un espacio de luz que hace honor a su sobrenombre de la Ciudad Blanca. Su diseño recuerda las pinturas de la Torre de Babel de Brueghel el Viejo, con su diseño a base de anillos concéntricos, solo que en un blanco resplandeciente y adosada la ciudad a la montaña: un espectacular espolón rocoso, rematado por una terraza, la divide en dos partes. Jackson, por supuesto, no se priva de rendir homenaje a sus diseñadores mediante una espectacular secuencia en que su cámara sigue la entrada a caballo de Gandalf, llevando a Pippin, desde la puerta hasta su misma cúspide, donde se encuentra el palacio donde vive el senescal de Gondor.

Minas TirithJackson maneja bien los tiempos dramáticos, no sólo en el continuo cruce entre las dos narraciones paralelas (Minas Tirith-Minas Morgul), sino en el interior de la misma intriga en la Ciudad Blanca. Es estupendo ese momento en que Faramir, empujado por la sorda rabia de su padre, el senescal Denethor (que prefería con mucho al otro hijo, Boromir), es empujado a una lucha suicida fuera de los muros: Jackson alterna un triple montaje de Faramir dirigiendo a sus hombres a una carga suicida, Denethor engullendo su comida con como un animal (lo cual sugiere su reclusión en sí mismo) y el hobbit Pippin, símbolo de la pureza, cantando una tonada para el senescal. El director tiene el acierto de cerrar elípticamente la secuencia, sin mostrar la batalla: basta el último plano (Gandalf revolviéndose con pesar ante la locura ordenada por Denethor) para indicar cuál puede ser su único resultado.

El triunfo de El retorno del rey es que no existen tiempos muertos dentro de ella: importa cada uno de sus acontecimientos, cada uno de sus personajes, incluso los secundarios. Abunda tanto en imágenes memorables (las almenaras encendiéndose de cumbre en cumbre, desde Gondor hasta Rohan, cuando Aragorn da la alerta; la carga de los Rohirrim en la batalla de los Campos del Pelennor, entre muchos momentos del combate; el ojo implacable de Sauron descubriendo, demasiado tarde, que el Anillo se encuentra en el mismo Monte del Destino) que se hace perdonar algunos excesos (el momento de exhibición para Legolas derribando él solo a un olifante) y la tendencia al esteticismo cursi de alguna secuencia (la coronación de Aragorn). El inolvidable y melancólico final del libro, en los Puertos Grises, encuentra su inspiración en esos lienzos de Claudio de Lorena que muestran puertos imaginados donde el mar y las construcciones humanas se confunden y que un sol ceñido al horizonte impregna de mágica belleza. Allí es donde se despiden de la Tierra Media los grandes elfos, Gandalf y los dos hobbits que han conocido demasiado por su condición de Portadores del Anillo.

Los Puertos Grises

Hablaba al comenzar estos comentarios de la pertinencia de esta adaptación de El Señor de los Anillos. Consumidas esas casi diez horas de metraje, queda la sensación de que la película no consigue alejar casi nunca el fantasma de la superficialidad, y que incluso sus momentos más intensos se van difuminando a medida que pasa el tiempo y acumulamos otras aventuras después de aquélla. Pero sí quedarán esa sucesión de bellas estampas: el rostro de Aragorn al frente del ejército de los muertos, el gesto noble de Gimli preparándose para la batalla, la rapidez de Legolas en el manejo del arco y las flechas, la última carga de los Rohirrim, la expresión dolida de Gollum cuando nadie lo cree (y con razón), el ojo de Saurón descubriendo, demasiado tarde, el ardid de las tropas frente a la Puerta Negra, el hallazgo de la tumba de Balin en Moria, las acogedoras puertas redondas de los hobbits de la Comarca…

FICHA DE LA PELÍCULA

Títulos: El Señor de los Anillos / The Lord of the Rings. 2. Las dos torres / The Two Towers (2002). 3. El retorno del rey / The Return of the King (2003).

Director: Peter Jackson. Guión Fran Walsh, Philippa Jackson y Peter Jackson. Fotografía: Andrew Lesnie. Música: Howard Shore. Reparto: Ian McKellen (Gandalf), Elijah Wood (Frodo), Viggo Mortensen (Aragorn), Sean Astin (Sam), Orlando Bloom (Legolas), John Rhys-Davies (Gimli), Liv Tyler(Arwen), Cate Blanchett (Galadriel), Miranda Otto (Eowyn), Hugo Weaving (Elrond), Christopher Lee (Saruman). Dur.: 179 y 201 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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