Las dos muertes en Venecia, de Thomas Mann a Luchino Visconti

Muerte en Venecia, de Luchino ViscontiHay que reconocer que el cine es, entre otras muchas cosas, una puerta de acceso a la literatura. Y lo es en razón de su mayor accesibilidad, de que se consume de modo más rápido una película que un libro (salvo que sea un relato), de que es una rápida enciclopedia de datos culturales que permite saber sobre literatura sin tener necesidad de haber leído mucho (¿cuántos hablan con familiaridad sobre un libro porque han visto en cine su adaptación?). Debo al cine haber conocido a muchos autores, haber sentido curiosidad por muchas obras, con independencia de que en unos casos luego prefiriera la película a la novela, siempre con la esperanza de que ambas tuvieran su propia personalidad y se complementaran. Caso que, por desgracia, se produce pocas veces: que no solo estén a la misma altura artística sino que la adaptación se proponga hacer algo más que avanzar por la senda ya propuesta del original; pongo por ejemplo los dos inmortales Solaris, la novela de Stanislaw Lem y la película de Andrei Tarkovski. Pero un lugar común de quienes comparan cine y literatura es decir, normalmente con gesto de suficiencia, que «el libro, por supuesto, es mucho mejor». Disiento de esto porque hay de todo, pero, en fin (y de ahí tanta enojosa justificación previa…), ahora voy a hablar de un caso en que es así: que la novela es espléndida y la película, todo lo contrario, una mediocridad, pese a que, en general, esta última tenga la reputación de obra maestra. Me refiero a Muerte en Venecia, primero del gran novelista alemán Thomas Mann y después del sobrevalorado director italiano Luchino Visconti.

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Salvar al soldado Ryan: ¿denuncia del absurdo de la guerra o apología del buen soldado?

Salvar al soldado RyanDesde sus primeras imágenes, Steven Spielberg se encarga de dejar bien claro que su propósito con Salvar al soldado Ryan es el mismo que el que emprendió en el film que le sirve de referente más directo, La lista de Schindler (1993). Si este título pretendía ser la película del Holocausto, aquél aspira a ser la película de la Guerra. Y lo cierto es que parte de un planteamiento estupendo. No por original, pues ya se había hecho sobradas veces: la guerra es un escenario en el que acaban dando igual las motivaciones nobles o las razones superiores de un bando sobre otro; al final, solo queda espacio para la inhumanidad, para la barbarie, para la muerte. Sino porque el argumento escogido subraya aún más esta condición, dejando bien claro que, en esas condiciones, el intento de invocar el humanitarismo —ya sea por calculada propaganda o por ingenua buena intención— no es sino un modo absurdo de recalcar esa completa deshumanización. En este caso, un comando de hombres que acaban de jugarse la vida en las playas de Normandía (sobreviviendo a una masacre dantesca: particularmente, esta película abre los ojos acerca de la pura condición de carne de cañón que tienen los combatientes de a pie en toda guerra) es enviado al rescate de un soldado que está perdido al otro lado de las líneas, pues es el único superviviente (o se espera que lo sea) de cuatro hermanos, tres de los cuales ya han perdido la vida. El alto mando, así, quiere devolvérselo sano y salvo a su madre, asumiendo que la familia ya ha pagado sobradamente el «tributo de sangre», para remarcar así de este modo que los hombres que luchan por América son algo más que números de una estadística.

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El doblaje: ¿arte o mímesis?

Realidad y polémica del doblaje

El puesto de trabajo de un actor de doblajePara la inmensa mayoría de espectadores de cine o series de televisión, el doblaje es la labor técnica imprescindible para poder consumir en su propio idioma las producciones habladas originalmente en lengua extranjera; para una descompensada minoría, es una poética. Para los primeros, sería el equivalente a la traducción literaria. Para mí, el doblaje es la entrada a un territorio mágico, que permite la existencia de dos películas. Una es la original, claro, en su propio idioma; otra, la recreada por unas voces españolas que no era únicas para cada actor y personaje, sino que pasaban de unos a otros, despertando unas evocaciones en la memoria, unas expectativas, unas asociaciones, que creaban un universo de indescriptible belleza sonora (hay que añadir el trabajo de unos traductores que no maltrataban el idioma). Ese universo hoy casi me parece una burbuja que, claro, acabó estallando en la mediocridad actual, más que nada porque era irrepetible: porque respondió a un estilo interpretativo perdido, a unas condiciones de trabajo que valoraban la calidad a la rapidez, a una generación de actores que, desde la oscuridad, derramaron sueños sobre generaciones de españoles a los que su vida cotidiana no debía parecerles, en lo peor del franquismo, precisamente ensoñadora.

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Vencedores o vencidos: jueces que aceptan ser verdugos

Vencedores o vencidos, o El juicio de Nuremberg

¿Dónde se encuentran los límites del patriotismo debido, de la lealtad institucional, y dónde los de la pura humanidad? Esa es la pregunta que plantea Vencedores o vencidos, título sin duda imponente pero un tanto tendencioso que tapa el original que, sencilla y explícitamente, es El juicio de Nuremberg. Pues este episodio es el que aborda esta excelente película, que en mi opinión es uno de los mejores ejemplares de cine histórico realizado en Hollywood: porque, sin renunciar a la capacidad narrativa del buen cine comercial norteamericano, plantea una interesante mirada sobre el proceso a unas ideas, unos hombres y una época que nunca, por desgracia, perderán actualidad. Lo hizo, además, bajo una apasionante mezcla de cine-espectáculo y cine-documento, que comienza por una impresionante reunión de grandes estrellas de su época, cada una en un papel espléndido —¡aunque quien ganó el Oscar al Mejor Actor fue el menos conocido de todos, el joven actor austriaco Maximilian Schell!—, pero todos impecablemente sujetos a las necesidades de su personaje, que a unos los obliga a un lucimiento extravertido y a otros a una notable contención expresiva. Por encima de todo, Vencedores o vencidos es un buen ejemplo de ese concepto del cine que tuvieron cineastas como su gran impulsor, el productor y director Stanley Kramer, impulsados por un sentido de la responsabilidad moral que no tuvo por qué claudicar (casi) nunca al mero sermón para buenas conciencias.

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Charles Bronson en el cine de género europeo

Charles Bronson, en Los 7 magníficos¿Incluiría alguien en su lista de actores favoritos a Charles Bronson? Yo tampoco, pero siento un gran aprecio por este actor de ojos pequeños, con la edad cada vez más entrecerrados, y poco amigo de los gestos superfluos. La razón estriba en que lo asocio a un conjunto de fascinantes películas que rodó en Europa, entre finales de los años 60 y comienzos de los 70, que fueron las que le dieron el estatus de protagonista e incluso propiciaron un regreso a Hollywood ya para convertirse, durante la década de los 70, en una de sus estrellas más rentables. Sobre todo, Bronson encadenó cuatro películas inolvidables, entre Francia e Italia, frecuentemente en coproducción, en cada una de las cuales tuvo a su cargo un rol memorable: la fantasía western Hasta que llegó su hora (1968, Sergio Leone), el fabuloso polar viril Adiós, amigo (1968, Jean Herman), el thriller inesperadamente romántico El pasajero de la lluvia (1970, René Clement) y el áspero poliziesco Ciudad violenta (1970, Sergio Sollima). En todas ellas Bronson encarnó variantes del mismo papel de aventurero hosco y solitario (pero no ensimismado), duro y peligroso, también leal, que como los buenos héroes de «siempre» se expresa antes mediante la acción que con la palabra.

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La vida privada de Sherlock Holmes: el detective, la espía y el monstruo

La vida privada de Sherlock Holmes, por B. WilderNi siquiera necesitó morir Arthur Conan Doyle para ver cómo comenzaban a elaborarse los primeros pastiches de su genial criatura, y no fue un don nadie (aunque hoy se lo recuerde poco): el escritor francés Maurice Leblanc, creador del un día popularísimo Arsenio Lupin, el ladrón de guante blanco, lo hizo enfrentarse al rey de los detectives, Sherlock Holmes. Era, de todos modos, un Holmes paródico, y de hecho Leblanc lo rebautizó como Herlock Sholmes. Ingenioso, sí. Desde entonces, las aventuras apócrifas, ya del todo serias, del inquilino del 221b de Baker Street han sido infinitas, de la literatura al cine, del tebeo a la televisión, del formato más grato al personaje (el relato) al más largo de la novela. En ellas, Holmes se ha enfrentado, y varias veces, a Jack el Destripador, ha hecho causa común con el doctor Freud, ha investigado la posibilidad de que el joven Ludwig Wittgenstein fuera un asesino o se ha tropezado con Drácula. Incluso se ha buscado en su adolescencia para hallar las claves psicológicas del personaje, descubriéndose que ya se cruzó con un Watson impúber en un internado londinense, y ya, esto es el destino, enfrentado a quien con el tiempo se convertirá en su némesis, el profesor Moriarty (en la película El secreto de la pirámide).

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Dos versiones de El rey Lear, desde la URSS y Japón

El rey Lear, función teatralSiempre he pensado que la mera lectura de Shakespeare produce una indudable frustración. Se me dirá que no he descubierto América, que por definición la obra teatral, en imprenta, es tan solo el guión —con los diálogos e indicaciones necesarias— de algo nacido para alcanzar la plenitud mediante su representación en vivo. Pero tampoco han terminado nunca de llenarme las veces que he asistido en el teatro a una obra del gran autor inglés. Pues las limitaciones de un escenario, por mucho presupuesto que pueda gastarse en vestuario o decorados, siguen restando la mayor parte de su fuerza a lo que la materia literaria sugiere, y que es especialmente doloroso para el caso de las tragedias, de Macbeth a Otelo, pasando por la que ahora me va a ocupar, El rey Lear. Es decir, considero que el escenario donde Shakespeare puede alcanzar toda la grandeza que sugiere el original literario, y que me perdonen los amantes del teatro, es el cine. Pues Shakespeare necesita que la fúlgida atmósfera que destilan esos diálogos se materialice en imágenes, en miradas, en gestos, en sensaciones, en verdadera naturaleza (bosques, landas, ríos, barrancos…) y en verdaderos espacios humanos (castillos, estancias, callejones…). Por grandiosos que sean los diálogos de Shakespeare, y sea cierto que la imaginación del hombre es tan poderosa que puede hacer vivir todo aquello que señalaba como imprescindible dentro de su cabeza, no lo es menos que la gran lección que transpiran sus escritos es la necesidad de un punto de vista, de una imagen y un gesto que desnude lo que hay más allá de esas palabras, de una capacidad por parte de un adaptador (el director de cine) para hacer que esos fantasmas literarios revivan en apariencia, como buenos fantasmas que son todas las criaturas del hombre que pobló sus páginas de tantos fantasmas y apariciones.

Voy a hablar, a modo de ejemplo, de dos magníficas adaptaciones de una de sus obras más reputadas, El rey Lear. Las películas a que dio lugar no son ni inglesas ni norteamericanas, no utilizan el inglés como base ni los paisajes que pudieron inspirar a su autor. Por ello, resulta especialmente sugerente asistir al modo en que, en dos territorios bastante alejados de la órbita bajo la que fue escrita (sobre todo el segundo), se consiguió dotarla de vida sin traicionar el espíritu original pero personalizando al máximo la visión por medio de aquello que es propio del cine: la imagen. Me refiero a El rey Lear (1970), del ruso Grigori Kozintsev, y la más conocida Ran (1985), del japonés Akira Kurosawa, de quien hace nada comentaba aquí sus magníficas aportaciones al cine policiaco.

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Japón en negro, por Akira Kurosawa

Cartel americano de El ángel ebrioDurante décadas, el nombre de Akira Kurosawa fue el más conocido, entre los cinéfilos, de todos los directores japoneses que trascendieron fuera de su país a partir del boom del cine nipón tras la II Guerra Mundial. Kurosawa ocupó un puesto de honor junto a sus dos colegas Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu, y en el reparto de etiquetas que tanto nos gusta a los aficionados al cine, a él le tocó el de «el más occidental de los directores japoneses». Eso sí, curiosamente, las películas que más trascendieron de su carrera fueron aquellas correspondientes al género que los mismos japoneses llaman jidai-geki o films de época. Tal fue con la primera película que lo reveló, Rashomon (1950), a la que siguieron otros títulos como la emblemática Los siete samuráis (1954), la adaptación de «Macbeth» a la época samurái Trono de sangre (1957) o la muy particular Mercenario (1961). De la popularidad de estas películas da fe, por ejemplo, cómo el cine occidental cogió varias de ellas y las reformuló, convirtiéndolas en grandes éxitos de taquilla… del western: así, la primera y la última de estas tres dieron origen a Los siete magníficos (1960) y a Por un puñado de dólares (1964).

Sin embargo, si el cine de época (o de samuráis) de Kurosawa es excelente, hay otro género en el que brilló a gran altura y que sin embargo es menos recordado en su filmografía. Me refiero al cine policiaco o cine negro, al que brindó en concreto cuatro formidables películas de las que voy a hablar ahora. Dos las rodó a finales de los años 40 —El ángel ebrio (1948) y El perro rabioso (1949)—, en plena y cruda posguerra mundial, y las otras a inicios de los 60 —Los canallas duermen en paz (1960) y El infierno del odio (1963)—, cuando Japón vivía el milagro económico que la convertiría, durante mucho tiempo, en la tercera potencia industrial del mundo. Y esos dos ciclos en negro de Kurosawa sirven, de modo notable, para poder establecer las diferencias, nutridas, que hay entre esas dos etapas separadas por poco más que una década. Pues, como siempre, el género policiaco cuenta entre sus grandes virtudes con la de servir de espejo implacable de la sociedad en la que tienen lugar sus violentas intrigas.

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Doktor Faustus, de Thomas Mann: ¿puede explicarse el alma de un pueblo?

Doktor Faustus, de Thomas MannEl 27 de mayo de 1943, en su exilio norteamericano, el insigne novelista Thomas Mann, el más notorio de los intelectuales alemanes que se marchó de Alemania con la llegada al poder de Hitler —pues lo hizo no por verse amenazado (ni era judío ni había destacado por su ideología izquierdista, incluso bien al contrario se consideraba abiertamente conservador), sino por razones de repugnancia moral—, comenzó la redacción de su monumental novela Doktor Faustus. Esa misma fecha es la que figura en la primera página de la novela, puesto que ésta asume la forma de la supuesta biografía, como indica el subtítulo Vida del compositor alemán Adrian Leverkühn contada por un amigo. Es decir, Mann hizo coincidir la fecha real de inicio de redacción de la novela con la fecha ficticia en que el narrador de la historia también toma la pluma, en el corazón de «Europa, fortaleza asediada». El narrador de ficción, por tanto, sí se encuentra en la Alemania que ve cómo le llega el reflujo de la destructiva marea que ha lanzado sobre Europa. Mann asistía de lejos, con la esperanza puesta, claro, en la victoria de los aliados, pero también con el corazón dolorido por el triste destino del país que no veía desde 1933 (y en el que no volvería a residir nunca: murió en 1955, en Suiza). Doktor Faustus es muchas cosas, y de ahí su grandeza, pero una de las más importantes es que se trata de la reflexión torturada de un exiliado que intenta contestarse a sí mismo cómo su Alemania, y sobre todo, sus ciudadanos, pudieron caer en la adoración del infierno.

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Un pasado para Lobezno (III)

Lobezno, por John Romita jrConcluía la entrega anterior de esta trayectoria sobre Lobezno glosando la enorme calidad del serial Arma-X. Y señalaba que, desde su publicación, ya nada fue lo mismo. El silencio consciente que Chris Claremont había posado sobre el personaje desde sus primeros días se rompió definitivamente. Se abrió la caja de truenos y las revelaciones sobre el pasado del personaje llovieron en cascada en los años siguientes. Creando problemas de continuidad, puesto que es evidente que no hubo una cabeza rectora que tuviera muy claro un esquema de partida que ir desgranando poco a poco, sino que los varios guionistas que se acercaron al personaje decidieron dejar algo, cada uno, de su propia cosecha. En cualquier caso, sería la colección titular del personaje, Lobezno, la que proporcionaría, como es lógico, los mayores datos, y por ella vamos a comenzar. Recordemos, de entrada, que a esas alturas, lo que se sabía del canadiense era que, a lo largo de su longeva trayectoria personal, poseía un historial como agente especial al servicio de vagas agencias gubernamentales y que había sido conducido a una trampa para implantarle el esqueleto de adamantium. Prometedor como punto de partida.

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Un pasado para Lobezno (II)

El 105 de la Patrulla, mítico trabajo de Barry W. SmithSeñalaba en el anterior comentario que Chris Claremont, a partir del momento en que decidió modelar a Lobezno sobre la figura del guerrero cansado pero digno, le arrebató la mayor parte de su atractivo, lo aburguesó. Durante demasiados números, el canadiense hizo de figura patriarcal que da consejos cada vez que alguien se pone a tiro y a la que se recurre cuando alguna aventura demanda una escena de «impacto». Claremont lo dejó varado sobre la playa y pareció no saber cómo echar de nuevo el barco hacia el mar embravecido. Encima, sus propias limitaciones como guionista perjudicaron notablemente su credibilidad dramática. Me refiero, sobre todo, al oído para los diálogos, que a partir de determinado momento parecen estar sacados de un manual de tópicos sobre tough guys, transmitiendo una dureza mecánica y sin convicción, en el fondo muy cercana de la blandenguería. Lobezno se convierte en un duro de serie B mala. Mientras otros personajes de la serie, y este es el gran sello del trabajo de Claremont, progresaban, cambiaban —Tormenta perdió sus poderes y se convirtió en una mujer más dura, Cíclope se casó y pasó por una odisea en relación precisamente con su mujer, Kitty Pryde dejaba de ser la colegiala ingenua de los primeros tiempos—, Lobezno quedó anclado en tierra de nadie. El misterio sobre su pasado podía haber estado bien en otros tiempos, pero es que ahora parecía un héroe sin pasado ni presente y con un futuro nebuloso.

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Un pasado para Lobezno (I)

La primera aparición de Lobezno, luchando con HulkSabido es que el nacimiento de Lobezno en el Universo Marvel, hoy por hoy uno de sus tres o cuatro personajes más emblemáticos, no fue precisamente glorioso: en The Incredible Hulk, números 180-181 (octubre-noviembre de 1974), como sparring de segunda para La Masa, en un par de tebeos además en los que el mutante canadiense ni siquiera era el contrincante principal del coloso esmeralda, sino el Wendigo, el mítico monstruo de los bosques septentrionales de América. Su golpe de suerte fue ser incluido, poco después, en la alineación de la renovada Patrulla-X, dentro de la cual, sin embargo, jugó un papel secundario durante sus primeros tiempos (la etapa dibujada por Dave Cokrum), hasta que el dibujante estrella John Byrne se hizo cargo de la colección. Se dice que a Byrne le agradó que un personaje de su misma nacionalidad fuera semejante basilisco, y poco a poco empezó a aumentar su importancia en las tramas y a convertirlo en el gran icono que hoy es. En cualquier caso, desde el principio, Lobezno se caracterizó por ser el personaje más misterioso del grupo. Si los nuevos reclutas eran en su mayoría jovenzuelos, el Garras era un hombre decididamente maduro por apariencia y por actitud. Si de los otros se nos cuenta, a grandes rasgos, de dónde vienen (en el mítico Giant-Size X-Men nº 1, publicado en mayo de 1975), de Lobezno solo sabremos justo eso: que trabaja para las fuerzas armadas canadienses bajo el nombre código, ya entrañable, de Arma X.

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El mito literario de Fausto

Edición holandesa del Fausto de GoetheLos mitos son historias que nos conciernen, que nos explican a todos; sus personajes son emblemas que el hombre ha utilizado alternativamente para identificarse con ellos o para rechazarlos con fiereza, sin duda por verlos como un retrato demasiado descarnado de su propia humanidad. Son un legado que surge en un contexto muy concreto —sea la Antigüedad grecolatina, en el caso de los mitos clásicos, o en un periodo concreto de la creación humana, en el de los mitos literarios—, pero que acaba despegándose casi mágicamente de él, para cobrar nueva significación en cada época en que posamos los ojos en ellos. Tan universales son los mitos de Prometeo, o de Sísifo, o del viaje de los argonautas —o del sacrificio de Isaac o de las desventuras de Job, por ir a la mitología judeocristiana que tanto nos ha definido— como los personajes literarios de don Quijote, don Juan, el rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda o, si se quiere, Superman, Spiderman, en general el superhombre del siglo XX.

Uno de los mitos literarios más fascinantes es el surgido en torno al personaje de Fausto. Es el mito del sabio que, frustrado porque el ansia de conocimientos del ser humano está destinada a chocar con los límites de su humanidad, de su mortalidad, realiza un pacto con el diablo: su alma a cambio de la revelación máxima. Aspiración que, sin embargo, no tarda en trocarse en un deseo de poder sin más, en cuanto surge ante él la tentación de la divinidad, de hacer uso de unas facultades que lo elevan, en todos los terrenos, por encima de los hombres.

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La juguetería errante, una aventura oxoniense

La juguetería errante, edición de ImpedimentaLa editorial Impedimenta está emprendiendo la publicación de la obra policiaca del escritor Edmund Crispin, olvidado autor británico perteneciente a la estirpe de los grandes del género en esa vertiente tan reconociblemente inglesa de la novela-intriga, del whodunit, es decir, de la novela policiaca de suspense en su pretensión más fina y elegante. La que todavía hoy tiene como más famosa cultivadora a Agatha Christie, pero que también cuenta con nombres tan fundamentales como los de John Dickson Carr, Michael Innes o Dorothy L. Sayers. Esa saga policiaca de Crispin está asociada al nombre del detective amateur que la protagoniza, el profesor de literatura de Oxford Gervase Fen, y que consta de nueve novelas y dos colecciones de cuentos. Curiosamente, la edición de Impedimenta no se está efectuando en orden cronológico, sino que empezó, a finales de 2011, por la tercera de las novelas, La juguetería errante (1946), y ha continuado con la cuarta, El canto del cisne (1947). Y el motivo, creo, se debe a la extraordinaria calidad de la primera de las novelas señaladas, que desborda incluso los límites del codificado género al que pertenece para proclamarse como un memorable divertimento lindante con la fantasía más abstracta, digna heredera de las inolvidables fábulas policiacas del genial G. K. Chesterton, aunque no llegue a alcanzar la misteriosa densidad de éste. En cualquier caso, motivo para engancharse a las aventuras de Gervase Fen.

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Anatomía de un asesinato o los múltiples matices de la verdad

Cartel del gran Saul Bass para Anatomía de un asesinatoEl cine judicial es sin duda un género en el que Hollywood ha sido maestro: hay que ser muy incompetente para que una película norteamericana de juicios, como mínimo, no distraiga. Y clásicos del mismo hay muchos, pero para mí el Gran Clásico es Anatomía de un asesinato, la película que dirigió Otto Preminger en 1959. Y lo es por dos razones. Primero, porque las escenas que transcurren en el tribunal son un deslumbrante ejemplo de esa habilidad de Hollywood para convertir la sala de un juicio en un microcosmos con fascinantes leyes propias y en los que un caso cualquiera parece investirse, misteriosamente, de una capacidad de representación de la Justicia en su concepto más absoluto y abstracto. Y segundo, porque es algo más que una película de juicios. Es un hermoso canto humanista, con sus gotas adecuadas de cinismo y socarronería (sin los cuales, el humanismo, la verdad sea dicha, puede ser bastante coñazo). Es una lección de narración, de ritmo, que hace que las más de dos horas y media de metraje no pesen nunca: al contrario, no es imaginable que la película pueda ser más breve. Contiene interpretaciones imborrables, empezando por la del propio protagonista, el inolvidable James Stewart. Tiene un estupendo sentido del swing, a la medida de ese amor del personaje central por el jazz: nada menos que Duke Ellington compuso la banda sonora e incluso se avino a hacer una pequeña intervención tocando junto al protagonista. Y una profunda reflexión sobre los múltiples matices que tiene la Verdad, concepto ambiguo donde los haya, que aquí alcanza una hondura realmente sabrosa.

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