Un pasado para Lobezno (III)

Lobezno, por John Romita jrConcluía la entrega anterior de esta trayectoria sobre Lobezno glosando la enorme calidad del serial Arma-X. Y señalaba que, desde su publicación, ya nada fue lo mismo. El silencio consciente que Chris Claremont había posado sobre el personaje desde sus primeros días se rompió definitivamente. Se abrió la caja de truenos y las revelaciones sobre el pasado del personaje llovieron en cascada en los años siguientes. Creando problemas de continuidad, puesto que es evidente que no hubo una cabeza rectora que tuviera muy claro un esquema de partida que ir desgranando poco a poco, sino que los varios guionistas que se acercaron al personaje decidieron dejar algo, cada uno, de su propia cosecha. En cualquier caso, sería la colección titular del personaje, Lobezno, la que proporcionaría, como es lógico, los mayores datos, y por ella vamos a comenzar. Recordemos, de entrada, que a esas alturas, lo que se sabía del canadiense era que, a lo largo de su longeva trayectoria personal, poseía un historial como agente especial al servicio de vagas agencias gubernamentales y que había sido conducido a una trampa para implantarle el esqueleto de adamantium. Prometedor como punto de partida.

La marcha de Chris Claremont de la Línea Mutante simboliza el devenir de la editorial durante los años 90 (no puedo hablar mucho más allá, porque acabé cansándome de tanta mediocridad y dejé de comprar con regularidad cómics a principios del nuevo siglo). La antigua libertad de los artistas para planificar el desarrollo de las colecciones y los personajes desapareció. La planificación ahora pasó a los despachos de los editores, los cuales, siguiendo las consignas de los ejecutivos en función de los informes de ventas y, supongo, los estudios de mercado acerca de lo que quería el público, daban a los guionistas las consignas sobre las líneas argumentales.

La Línea Mutante quedó en manos de Bob Harras, un antiguo guionista del que no se recuerda ningún trabajo memorable. Y las múltiples colecciones que, a esas alturas, la componían, fueron perdiendo poco a poco el grado de personalización que podían darle sus autores, o las características de sus personajes, para acabar pareciendo todas ellas la misma. Las primeras que lo padecieron fueron las de mayores ventas, las dedicadas en concreto a la Patrulla-X. Tardaron un poco más las periféricas en cuanto a ventas, donde se encastillaron todavía creadores de notable personalidad, como el guionista Peter David en Factor-X o el dibujante y guionista Alan Davis en Excalibur. Los cuales, sin embargo, acabaron tirando la toalla cuando vieron que Harras no les iba a permitir ningún grado de autonomía tan pronto su buen trabajo se vio recompensado con el éxito de ventas.

Lobezno se pasea por nuestra guerra civilOtra colección que, al principio, se libró de la esclerótica homogeneidad, fue precisamente Lobezno. La serie había ido dando tumbos hasta que Harras, en una de las pocas buenas decisiones que tomó, le dio el mando de los guiones a un profesional con escaso renombre llamado Larry Hama.

Hama, norteamericano de raíces japonesas, era un hombre que a sus 39 años contaba con una carrera realmente curiosa. En los 70, había intentado iniciar una carrera como actor (¡en Internet se indica que incluso apareció en la famosa serie MASH!). Su carrera en el mundo del cómic la inició como dibujante, y nada menos que en la serie Puño de Hierro; había colaborado, incluso, en Daredevil, donde fue quien creó a la señorita que acabaría convirtiéndose en Dama Mortal. Pronto, sin embargo, se volcó en la escritura, y en el momento en que recibió el encargo de Harras, su acreditación principal era su trabajo en dos series de Marvel apartadas de los superhéroes pero con respetables ventas: G.I. Joe (sobre los famosos muñequitos, hoy incluso propiciadores de películas caras) y The ‘Nam (donde volcó su propia experiencia como soldado en Vietnam).

Es probable que Bob Harras le diera el trabajo por tres razones: una, la ausencia de un proyecto claro sobre la colección; dos, la solvencia narrativa demostrada por Hama en las colecciones mencionadas; y tres, la falta casi total de renombre y, por tanto, de un ego que le discutiera las decisiones. De hecho, la promoción de la serie vendría de la mano de su dibujante, Marc Silvestri, quien había dejado unos meses atrás The Uncanny X-Men. En el tiempo que estuvo en Wolverine (números 31-57, IX/90 a VII/92), sin embargo, experimentó una visible evolución que, en mi opinión, lo convirtió en un dibujante más sólido pero también más previsible. Esos trazos ásperos, poco bellos, que le otorgaban una notable personalidad, ahora se depuran y el dibujante manifiesta un nuevo dominio del cuerpo que, sin embargo, lo que hace es acercarlo a los dibujantes «estrella» de las otras colecciones (sospecho que es lo que buscaba el propio Silvestri: es más agradable estar en la onda, sobre todo si asegura el éxito y el renombre, que ir por libre), hasta recibir una exorbitante oferta de la editorial que habían fundado aquéllos, Image, y la que todos se fueron, después de destrozar Marvel.

En cualquier caso, la etapa Hama-Silvestri devolvió al personaje la entidad de la que carecía desde muchos años atrás. En primer lugar, porque supo encontrar de nuevo su voz. Es decir, una forma de expresarse que, en efecto, le devuelve su dureza genuina sin que parezca una mera mecánica. (Puede que en esa forma de hacer expresarse con convicción a los tipos duros influyera el pasado de Hama como veterano de guerra en Vietnam.) En cualquier caso, devolvió a Lobezno su credibilidad dramática, y supo situarlo en el curso de unas aventuras que supieron aprovechar bien sus características.

Lobezno y Elsie DeeEl mérito de Hama es que encaró su trabajo con notable modestia, sin ninguna pretensión de genialidad, como un profesional de la narración cuyo objetivo es extraer del personaje que le han encomendado buenas historias que resulten coherentes con su trayectoria previa. Siguiendo con lealtad las instrucciones recibidas, no intentó crear tramas complejas, sino que organizó una serie de aventuras normalmente con extensión de tres episodios. Otra cosa es que la calidad de su trabajo fuera creando, una vez más, un espeso tejido de referencias entre unas y otras. Un óptimo ejemplo de su buena labor es el partido que extrae a lo que, en principio, parece el enésimo enfrentamiento con un archienemigo, en este caso Dama Mortal. Aventura que dio pie a una estupenda trilogía de episodios ambientados nada menos que en la guerra civil española, con una intervención especial del mismísimo Hemingway, en una historia con ecos del Por quién doblan las campanas del autor.

Del mismo modo, enseguida introduce en la serie el más inesperado antagonista: un androide con la apariencia de una niña de cinco años llamada Elsie Dee, atiborrado de letal explosivo que ha sido creado para enviar al Garras al otro barrio, y no en vano la acompaña otro androide, Albert, menos sofisticado, que es un sosias perfecto de Lobezno. Tras recibir por accidente una inteligencia que le permite obrar con inesperada autonomía emocional, Elsie Dee conseguirá revertir su programación y no solo detener su propia destrucción sino forjar un vínculo emotivo con Lobezno. Así contado, puede parecer una broma, o una parodia por parte de Hama de esa tan celebrada cualidad de Lobezno para entablar relaciones paterno-filiales con jóvenes mutantes femeninas (como Kitty Pryde o Júbilo). Sin embargo, el resultado es una aventura en primer lugar deliciosa —son entrañables los genuinos celos de Júbilo al comprender lo que está pasando— y después dueña de una ternura muy especial, conseguida sin reblandecer en absoluto al Garras. Chris Claremont no hubiera sido capaz sin caer en un ternurismo empalagoso.

Llegó entonces el momento de aprovechar el éxito de Arma-X. Entre los números 48 y 50 (XI/91 a I/92) de Wolverine, enlazando prácticamente con el serial, Lobezno vuelve a la base donde tuvo lugar el experimento (del que en principio no recuerda nada), descubriendo, a modo de flashes, su vinculación con el mismo. A partir de ese momento, y en cascada, el Garras irá recuperando todo un aluvión de recuerdos, del mismo modo que aparecerán otros tipos vinculados a su pasado, hasta que se descubre que el proyecto Arma-X implicaba a muchos superseres, empezando por el mismo Dientes de Sable (que, como consecuencia del mismo, se ha creído todos esos años el padre de Lobezno… de ahí su odio hacia Logan).

Larry Hama retoma la miniserie Arma-XLas revelaciones entraban en contradicción con otros datos anteriores, de modo que Hama, supongo que por sugerencias de «arriba», introdujo el concepto de los implantes de memoria dentro del experimento Arma-X. Con ellos, se justificaba cualquier cosa y se podía descartar, a elección, cualquiera de esas contradicciones como algo que «nunca» tuvo lugar.

En fin, a resultas de todo lo que sucede en Lobezno, queda definitivamente (¿lo pongo entre comillas?) establecido que Lobezno fue agente del espionaje occidental en tiempos de la guerra fría, formando parte de un equipo que actuaba a uno y otro lado del Telón de Acero, del que también eran miembros Dientes de Sable (bajo el alias de Victor Creed) y otro conjunto de agentes, todos los cuales acabaron siendo incluidos de un modo u otro en el Proyecto Arma-X. La exposición de esta aventura dio para una buena saga que supera el periodo en que Silvestri permanece en la colección y abarca todo el de su sucesor.

La despedida de Silvestri, antes de encaminar hacia su «final» esta saga, llevó a Lobezno a Japón para una última minisaga en tres partes que enfrenta una vez más al mutante y a los cansinos mercenarios ninjas de La Mano, pero que concluye con un hito decisivo en la vida del Garras: el asesinato de su amada Mariko, envenenada con un cuchillo bañado en toxina de pez globo. Que un hecho tan trascendental sucediera en el curso de una aventura que, en principio, carecía de una relevancia especial, fue muy criticado en su momento. Y es probable que fuera una solución con la que se quiso poner tajante fin a ese impasse sentimental, e insostenible, que suponía la mera existencia de la joven japonesa. En cualquier caso, supone un muy gris final a la colaboración entre Hama y su dibujante, ya muy lejos del vigor y el encanto de su arranque.

Al retomar la saga del pasado de Lobezno, ahora bajo los lápices del joven Mark Texeira (núms. 61 a 68), queda claro que Hama ya no parece tener muy claro lo que hacer. Aparecen y desaparecen tanto los tres responsables del Proyecto Arma-X (el Profesor, el doctor Cornelius y la doctora Hines) como los antiguos compañeros de Lobezno. Incluso, en otras colecciones de la Línea se añaden datos que luego se olvidarán (la tenebrosa implicación del mismísimo padre del Profesor-X en el proyecto). En fin, la aventura concluye en un escenario inesperado, la abandonada base espacial soviética de Tyuratam, donde un personaje inesperado, una joven telépata rusa, libera la mente de Lobezno (en lo posible, claro) de los implantes y falsos recuerdos, desmadejando, por tanto, la tupida red forjada en su memoria. O así nos lo intentan hacer creer, porque el final de esa saga es bastante insatisfactorio, y de hecho dejó múltiples cabos sueltos que todavía serían retomados en el futuro.

Lobezno de Mark TexeiraCon su confusionismo y su decepción final, al menos los pocos números que unen a Hama con Texeira componen la última etapa consistente de la colección. Y en buena parte se debe al dibujante, un artista con evidentes lagunas (fuera de las figuras humanas, no sabía dibujar nada más con solidez), pero con una fuerza increíble, una suciedad de trazos notable, que otorga un consi-derable sentido de la terribilitá a esos patéticos seres embarcados en la búsqueda/aclaración de su pasado. Si la hipertrofia a que Texeira somete sus cuerpos (o las inenarrables armas que portan algunos) lindan con la parodia, en realidad acaba siendo la más lúcida manera de crear una mínima atmósfera que mantenga la escasa credibilidad de lo que se está narrando.

El resto de la etapa Hama (hasta el 118/XI-97) ya es la historia de una irreversible pérdida de interés hasta acabar lindando, como el resto de cómics de la franquicia, la pura basura comercial sin interés alguno. Es una pena, por ejemplo, que los magníficos personajes de Elsie Dee y Albert, para los que parece ser que Hama había planeado tramas importantes, a desarrollar incluso en alguna serie limitada, acabaran siendo dejados de lado, y su última aparición en la serie, destinada a cerrar los flecos que se habían dejado con vistas a esas tramas, fuera una verdadera patochada (nº 74). Del mismo modo, se acabó eliminando por las buenas a muchos de los secundarios de Madripur, de modo tan zafio como innoble (nº 98).

Por señalar hechos importantes para la trayectoria del Garras, es obligado indicar que en el X-Men 25, en la saga anual de turno titulada Atracciones fatales, Magneto extrae todo su adamantium del cuerpo de Lobezno (¡¿por qué no lo había hecho antes, si podía?!), lo cual lleva su factor de curación al límite. La principal revelación del episodio es que se descubre que ya tenía unas garras de hueso bajo el adamantium, y que por tanto no se las había proporcionado el Proyecto Arma-X: había nacido con ellas. Nueva incoherencia, pues: ¿por qué no habían aparecido en ninguna de las evocaciones del pasado anterior a ese experimento? Y en todo caso, ¿por qué las había olvidado?

La colección, y el personaje, siguieron su camino, pero la pérdida total de interés me llevó a apartarme de él. Debo señalar, porque así lo he consultado, que, como era de esperar, Lobezno recuperó su recubrimiento óseo de adamantium en el número 145 (XII/1999) de su propia colección, escrito por Erik Larsen y dibujado por Leinil Francis Yu. No sé en qué circunstancias, y francamente no me importa demasiado.

Sí he leído, en cambio, la miniserie con la que Joe Quesada, nombrado nuevo Editor Jefe de Marvel en 2000 (sustituyendo en el cargo al inefable Bob Harras, que había ascendido a todo lo alto desde la Línea Mutante), decidió sellar de modo de-fi-ni-ti-vo el pasado de Lobezno, facilitando los datos de su nacimiento y primeros años. Y, a lo que parece, todavía no han sido modificados (lo cual no es garantía de que no se haga, que para eso están los implantes de memoria… incluso en el lector).

Lobezno. OrigenEl resultado fue una miniserie de seis números titulada Lobezno: Origen, publicada entre noviembre de 2001 y abril de 2002. El mismo Quesada —con la colaboración, qué significativo, del presidente de Marvel, Bill James— elaboró el argumento, que luego fue entregado al guionista Paul Jenkins.

En ella, se establece que, en efecto, Lobezno tiene muchos años, pues nació en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX. Su verdadero nombre no es Logan sino James Howlett, y es hijo de un rico hacendado canadiense. De niño, James se caracteriza por su mala salud e incluso blandenguería, lo cual lo convierte en carne de abusos para el salvaje hijo del no menos salvaje jardinero de la mansión, llamados ambos Logan. La noche en que James asiste al asesinato de su padre por parte de los dos Logan, la furia asesina que lleva en su interior escapa de él, extrae sus garras óseas y con ellas mata al jardinero y mutila el rostro del hijo. Rechazado por su abuelo, que nada quiere saber de semejante monstruo, y con serios problemas ya de memoria (se supone que para protegerse mentalmente de tanto trauma), marcha al Yukon en compañía de la joven irlandesa que lo cuidaba en la mansión, la cual, al elegir un nombre falso para él, escoge el de Logan. Y allí es donde terminará de asumir su herencia, su afinidad con los animales (sobre todo con los lobos) y su obligada condena a la soledad.

La miniserie no es mala. Sus incidencias se siguen con interés y está bien dibujada por Andy Kubert. Pero para ser, por fin, el Pasado del Héroe sin Pasado más emblemático de Marvel… resulta completamente insustancial. O dicho de otra manera: ese pasado carece de la trascendencia dramática que, a esas alturas, era exigible en un personaje sobre cuyo origen se habían creado tantas expectativas. El tal James Howlett, luego apodado Logan, que protagoniza esta serie podría ser el futuro Lobezno como no serlo, como ser cualquier otro. No hay ninguna ligadura dramática o emocional, salvo en términos superficiales, entre ese joven y el hombre que luego se convertirá en Lobezno. Es una banalidad. Y creo que el propio Quesada se dio cuenta y, para personalizar el cómic del modo en que no lo conseguía la propia historia, lo presentó bajo una argucia técnica: colorear directamente el lápiz de Kubert sin el paso previo del trabajo con las tintas. Lo cual, sí, le da al tebeo una apariencia distinta a la de otros. Pero, repito, es una mera argucia técnica que deja un cómic más o menos bonito, pero nada más.

Los detalles narrados en esta miniserie sé que han ido siendo matizados en trabajos posteriores, no en vano han pasado ya más de diez años desde que se escribió. Pero, en general, se mantienen como base del personaje. Un personaje que, durante mucho tiempo, resultó imprescindible y que, como era lógico en un universo de ficción que, deudor de las inexorables leyes de la comercialidad y del tiempo, fue perdiendo su antigua magia, hoy me resulta tan prescindible como Hugh Jackman, ese actor australiano que cree que basta con parecer que está siempre enfadado para dar vida a Lobezno, y que es buen símbolo de su trayectoria: si es indudable que al principio sorprendió, hoy da pereza ir a ver el enésimo paseo del Garras por la gran pantalla.

Lobezno en su última película, Lobezno Inmortal

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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