La vida privada de Sherlock Holmes: el detective, la espía y el monstruo

La vida privada de Sherlock Holmes, por B. WilderNi siquiera necesitó morir Arthur Conan Doyle para ver cómo comenzaban a elaborarse los primeros pastiches de su genial criatura, y no fue un don nadie (aunque hoy se lo recuerde poco): el escritor francés Maurice Leblanc, creador del un día popularísimo Arsenio Lupin, el ladrón de guante blanco, lo hizo enfrentarse al rey de los detectives, Sherlock Holmes. Era, de todos modos, un Holmes paródico, y de hecho Leblanc lo rebautizó como Herlock Sholmes. Ingenioso, sí. Desde entonces, las aventuras apócrifas, ya del todo serias, del inquilino del 221b de Baker Street han sido infinitas, de la literatura al cine, del tebeo a la televisión, del formato más grato al personaje (el relato) al más largo de la novela. En ellas, Holmes se ha enfrentado, y varias veces, a Jack el Destripador, ha hecho causa común con el doctor Freud, ha investigado la posibilidad de que el joven Ludwig Wittgenstein fuera un asesino o se ha tropezado con Drácula. Incluso se ha buscado en su adolescencia para hallar las claves psicológicas del personaje, descubriéndose que ya se cruzó con un Watson impúber en un internado londinense, y ya, esto es el destino, enfrentado a quien con el tiempo se convertirá en su némesis, el profesor Moriarty (en la película El secreto de la pirámide).

Soy un apasionado del personaje y de su mundo, he visitado la casa que hoy día se exhibe en Baker Street (pero no en el 221b, que no existe), he visto todas las películas que he podido sobre el personaje en cine y he leído unas cuantas de sus aventuras apócrifas. En general, no me gustan los pastiches. Sería largo de hablar sobre la cuestión de si un escritor debe apropiarse de una creación ajena, aprovechando la caducidad de los derechos de autor, aunque sea por desmedido amor, por deseo de brindarle un homenaje (en arte, esta palabra suele encubrir un buen número de tonterías). Pero, en cualquier caso, el problema, para mí, de los pastiches, y en particular, de los holmesianos, es que acaban generando pura mecánica. En apariencia, nada más fácil de imitar que la prosa sencilla y objetiva del gran Conan Doyle. En la práctica, los imitadores del escritor acaban creyendo que basta con utilizar los fetiches del personaje para resucitar a Holmes. Y no, claro. Los mejores pastiches se sostienen al menos durante un rato, y a ello ayuda, claro, nuestro cariño por el gran detective, pero luego, casi invariablemente, comienzan a aburrir tan pronto descubrimos que no hay vida en ellos, sólo un ejercicio de vudú que crea un simulacro que parece caminar por su propio pie pero que se trastabilla en cuanto lo miramos con más atención.

Baste esta introducción para señalar que, sin embargo, los prodigios existen. El pastiche holmesiano, al menos, ha dado lugar a una obra maestra, no del simulacro, sino del cine en general. Una obra que destaca ante todo por su nobleza, puesto que sus autores toman a una figura que ya nos pertenece a todos y, lejos de tratarla con condescendencia o superioridad artística —recuérdese que se hizo en los días temibles, en que la práctica de la «desmitificación» proporcionaba diplomas culturales—, rehúye también la mera mecánica para ofrecer un acercamiento al tiempo crítico y cariñoso, sabiendo ponerse en el punto de vista psicológico tanto del personaje como de los espectadores que lo conocen bien para ofrecer una reflexión sobre el mismo que complementa con coherencia el Canon.

Holmes-WatsonHaciendo honor a su título, La vida privada de Sherlock Holmes bucea en las circunstancias personales del gran detective, de ese hombre de vida tan pública que, ciertamente, acaba haciéndose completamente opaco para quien intente atisbar en su interior. Y lo hace para señalar que, desde luego, no fue sólo, en palabras de Watson, «la máquina de observar y razonar más perfecta que ha conocido el mundo». Para ello, qué mejor que mostrar cómo ese enorme misógino, ese hombre del que no se conoce una sola relación amorosa —aunque en el film cuenta estuvo a punto de casarse y su prometida murió la noche antes de la boda, detalle éste que es lo único innecesario de toda la película—, en fin, cómo el gran detective fue derrotado una vez y nada menos que por una mujer cuyas artes de seducción cegaron su discernimiento. (No estamos ante la única historia que muestra un Holmes enamorado: el año pasado, el señor Garci estrenó un delirante e inverosímil mamotreto, titulado Holmes & Watson. Madrid Days, del que hablé hace ya tiempo, comparándolo precisamente con la película de Billy Wilder.)

Como es lógico en todo film-Holmes, el aspecto inicialmente más delicado es el habitual en estos casos: contentar las expectativas de los amantes de los personajes con la elección de actores. Wilder actuó con gran riesgo, en este sentido, tanto en la elección —dos intérpretes poco conocidos, para evitar referencias previas— como en el dibujo de los mismos. Robert Stephens brinda un Holmes memorable, capaz al mismo tiempo de ser el Holmes de siempre (en cuanto a arrogancia y personalidad) pero al mismo tiempo sutilmente distinto, de lo más apropiado para las intenciones de Wilder, dueño de cierta afectación coherente con la ambigüedad inicial que se plantea sobre su condición sexual, vulnerable sin perder por ello dignidad: humano en el sentido pretendido por sus creadores. Watson exige aún mayores equilibrios, pues de los dos personajes es aquel que más se cimbrea entre lo paródico y lo característico, alterando de entrada la seria y un tanto pomposa solemnidad del personaje literario para hacer descansar sobre él la faceta humorística de la película. La razón no es por mera concesión a lo cómico: la continua cercanía de Watson al ridículo, sin embargo aumenta su cercanía al espectador, prolonga su condición de cordón umbilical entre éste y el poco accesible Holmes, introduciendo una capacidad de comprensión que lo hace entrañable, y que el actor Colin Blakely supo entender muy bien.

Holmes y Watson, por su mejor ilustrador, Sidney PagetEl caso que se nos ofrece es un caso que, por supuesto, el fiel biógrafo Watson «no pudo» incluir, en su momento, en el Canon pero que fue registrado por su pluma y guardado en la caja de seguridad de un banco para ser abierto a los 50 años de su muerte. Ese es el entrañable comienzo de la película, sin duda concebido para gozo del fetichismo holmesiómano, pues de esa caja van extrayéndose uno por uno todos los iconos que asociamos al personaje: su gorra de cazador, su pipa, su lupa, incluso la jeringuilla con que se inyectaba su dosis de cocaína al siete por ciento (al cinco, replicará Holmes cuando Watson le reprocha que la use para evadirse de los momentos de intensa atonía, entre caso y caso, que su mente despierta no soporta: él sabe que se la diluye en agua).

Ahora bien, con esa apertura concluye toda concesión a la mitomanía. De hecho, el inmediato arranque de la historia parece que va a conducirnos hasta un Holmes desmitificado. El detective y su biógrafo regresan a sus habitaciones en Baker Street, después de que el primero haya vuelto a dar una sensacional demostración de inteligencia resolviendo un caso por el método de desmontar la coartada del asesino «midiendo la profundidad a que se había hundido el perejil en la mantequilla durante un día caluroso».

Si ya esta frase incita a la carcajada cómplice, nada más subir las escaleras Holmes empieza a despojarse de su clásica vestimenta con la gorra y la gabardina de cuadritos, y se queja de que se vea obligado a llevarla porque es así como Watson, en los relatos de sus casos publicados en la revista Strand Magazine —en ella, en efecto, publicó Conan Doyle todos los relatos del Canon: ficción y realidad se cruzan, así, en un instante—, lo describe y todos esperan verlo así (Watson se defiende alegando que, en todo caso, es obra del ilustrador). Holmes, por tanto, acusa a su amigo de haber hecho recaer sobre él esa mitificación que el mismo biógrafo denomina pintoresquismo. La conversación, sin embargo, concluye con una nueva queja: la de haberlo retratado como misógino, y aunque enseguida él mismo, con sus palabras, ratifica dicha condición, la mención al concepto que Holmes tiene sobre la mujer introduce, de modo inteligente, el tema central de la historia: el encuentro definitivo de Holmes con el eterno femenino, su acceso al Amor.

Watson y el monstruo del lago NessLa clave del talento de la película puede que se encuentre en su media hora inicial, que narra un episodio en apariencia ajeno al meollo de la historia, una introducción de claro componente cómico, incluso burlesco, que podría pasar, en efecto, como un ensayo de desmitificación del mito. (De hecho, en su momento la película fue tomada por justo esto, lo cual no impidió que fracasara comercialmente: no contentó a nadie.) Holmes es reclamado por una diva del ballet que desea, lisa y llanamente, que conciba en ella un hijo —se unirán así belleza e inteligencia, precisa—, engorro que Holmes supera señalando que no puede ser: no es el soltero que se cree, sino un hombre felizmente emparejado… emparejado con Watson, claro. La gracia del episodio radica en que, mientras Holmes discute esos pormenores en el camerino de la diva, Watson está viviendo el sueño de verse atendido por todas las bailarinas del ballet. Sueño que el director de la compañía, fastidiado ante el fracaso de su gestión con Holmes, destroza al decirles a aquellas la verdadera inclinación sexual del rozagante médico. Ante su desconcierto, una por una, las chicas van siendo sustituidas, en el frenético rondo que bailan con él, por los chicos de la compañía, cuyo aspecto homosexual es bien llamativo…

El indignado Watson, al regresar a la casa, desahoga su ira hacia Holmes, temiendo la propagación de esa difamación por toda Europa. Aun así, señala, su propia reputación le salvaguardará: señala que hay mujeres en tres continentes que pueden hablar por él. Pero cuando pregunta a Holmes si él puede hacer otro tanto, él se limita a retirarse a su habitación.

Pues bien, no es un episodio gratuito sin más sentido que jugar a la parodia, pues introduce el interrogante (para el mismo Watson el primero) sobre el papel de las mujeres en la vida de Holmes. Lo que viene a continuación será precisamente la explicación a tal interrogante, así como a la misoginia que siempre ha sido y será una de las características del personaje. De ahí que esa introducción burlesca sea necesaria: la risa dará paso al dolor y la comedia a la melancolía, mientras Watson verá respondida la pregunta que queda en el aire. Cierto, la película no perderá nunca sus elementos de humor (cómo hacerlo en un film del director de Con faldas y a lo loco), pero desde este momento se sumerge en una atmósfera de bello romanticismo, de inigualable delicadeza, que demuestra que Billy Wilder fue mucho más que ese genio del humor cínico. De hecho, a la vista de sus mejores películas —empezando por El apartamento (1960)—, yo siempre he pensado que Wilder fue un gran romántico que intentó ocultar, sin conseguirlo, este rasgo de su personalidad bajo la máscara de la acidez y el cinismo. Cuando estos últimos aspectos se imponen en su cine, el resultado es muy mediocre (Bésame, tonto o la sobrevalorada El crepúsculo de los dioses); cuando sucede lo primero, surgen El apartamento, Sabrina o su Holmes.

Genevieve PageWilder y su fiel guionista I.A.L. Diamond inventan una ingeniosa pero al mismo tiempo sencilla intriga que, a grandes rasgos, enlaza a Holmes con la criatura del lago Ness, en un caso de espionaje armamentístico que opone al Foreign Office con los servicios de espionaje del káiser Guillermo II. Intriga que se inicia cuando, en mitad de la noche, una mujer llega hasta su puerta recién rescatada del Támesis, a donde fue arrojada tras ser golpeada en la cabeza, y balbuciendo incoherencias. A la mañana siguiente, se presenta como Gabrielle Valadon, la esposa de un ingeniero belga que ha desaparecido en el corazón de Londres. Holmes y Watson se lanzan enseguida a la aventura, fascinados ambos, aunque lo demuestren de distinta manera, por la señora Valadon, y no tardan en descubrir que el caso tiene conexiones con las altas instancias políticas. Pues la señora Valadon es, en realidad, una espía alemana, Ilse von Hofmannsthal, cuyo gobierno va tras el ingeniero, inventor de una bomba de aire: y qué mejor que conseguir que el mejor cerebro de Inglaterra sea quien le haga el trabajo.

Personaje que no está construido sobre el vacío. Sin duda, Wilder y Diamond se inspiraron en el relato Escándalo en Bohemia (mayo de 1887) —la primera aventura de Holmes en el formato corto, en el que Conan Doyle encontró el mejor escenario para su personaje—, donde Holmes se ve burlado por otra mujer «de mundo» llamada Irene Adler. El tributo que Holmes le rendirá por ello, se resume, en que desde ese momento, y tal como nos cuenta Watson, para ella Irene Adler es la mujer.

Las armas de Ilse/Gabrielle son efectivas. En primer lugar, el misterio de su irrupción en plena noche, y su aire de indefensión (aunque este último obra más sobre Watson que sobre Holmes, por naturaleza más desconfiado). Después, el reclamo del erotismo: en mitad de la noche, Gabrielle se levanta, sonámbula, desnuda, llamando a su marido y «toma» al atónito Holmes por éste. Por último, una vez recobradas sus facultades, por el magnetismo de su carácter y su inteligencia. Hay que señalar un rasgo más: la sugestión que despierta Geneviève Page, la espléndida actriz francesa que encarna a Gabrielle, que seduce a Holmes y a cualquier espectador.

El Club Diógenes

Otro de los detalles que confirman el mimo y conocimiento con que Wilder y Diamond abordaron el mito holmesiano es el partido que extraen de un personaje especialmente sugestivo del Canon: Mycroft Holmes, el hermano mayor del detective. Este personaje aparece en el relato El intérprete griego (que se menciona en los diálogos), y Holmes se lo presenta a Watson como un razonador «incluso en grado mayor que yo». Ciertamente, resulta descacharrante la secuencia de deducciones que ambos hermanos realizan ante el doctor acerca de un individuo al que ven pasear por la calle. El talento de Mycroft, sin embargo, está al servicio, de modo bastante inconcreto, eso sí, del gobierno británico, y ello sin salir del particular club londinense donde tiene su cuartel general, el entrañable Club Diógenes (como se sabe, da título a una estupenda colección de bolsillo de la editorial Valdemar), cuyas dos reglas principales son que ningún socio debe reparar en la presencia de ningún otra, y muchos menos intentar hablarle.

Desde ese club, Mycroft —encarnado por el gran Christopher Lee, único intérprete en cine, que yo sepa, de ambos hermanos: fue Sherlock en El collar de la muerte (1963)— advierte al detective de que debe dejar el caso que tiene entre manos. Advertencia leal: cuando Holmes, Watson y Gabrielle acaban en los alrededores del lago Ness siguiendo la pista del ingeniero, Mycroft volverá a convocar a su hermano para contarle toda la verdad acerca de la mujer. Que es una espía que va tras el submarino que el Foreign Office está probando en aguas del lago Ness (camuflado ante ojos indiscretos bajo la forma del monstruo que todos conocemos). La derrota de Holmes es doble: a manos de la espía Ilse y de su hermano, con quien aquí se sugiere que le une/enfrenta una rivalidad fraternalmente metafísica, que resulta de lo más jugosa.

Sherlock, Mycroft y la reina VictoriaSin embargo, si Holmes hubiera hecho caso de la primera advertencia, no existiría La vida privada de Sherlock Holmes. No hubiéramos comprendido que bajo esa máscara de indiferencia late también un corazón que necesita amor, que esa derrota en el fondo supone una victoria: solo alguien capaz de ser vencido por su condición humana es digno de proclamarse como el hombre con la mayor capacidad de entender cuanto pasa ante sus ojos. Si Holmes hubiera aceptado el consejo de su hermano, no hubiéramos viajado a Escocia con nuestros personajes, no hubiéramos recorrido las bellas orillas del lago Ness en bicicleta (Sherlock y Gabrielle en tándem), no hubiéramos asistido a la regocijante aparición de una entrañable reina Victoria (estupenda la veteranísima Mollie Maureen), con la cual el ecuánime Wilder compuso el retrato de una gobernante menos alejada del pueblo que los políticos que en teoría lo sirven, a quien se le ilumina el rostro cuando le presentan a Sherlock (¡es inveterada lectora de sus aventuras!) y que obliga a Mycroft a deshacerse del sumergible porque atacar desde debajo del agua y sin avisar es una falta de deportividad inexcusable en un inglés.

La vida privada de Sherlock Holmes es una película maravillosa, donde todo brilla a enorme altura, desde la bonita recreación de época que hace Alexander Trauner (esa entrañable Baker Street…) a la estupenda prestación musical de Miklós Rózsa, quien rescató una vieja pieza propia para construir una magnífica banda sonora que le otorga un sabor especial a la película, capaz tanto de restallar con la plena sonoridad tan característica del músico —la secuencia de las bicicletas— como de ayudar a componer la adecuada atmósfera de melancolía en las secuencias de interiores en la casa de los protagonistas (hay un muy bello momento en que el mismo Holmes ejecuta al violín el tema central de Rózsa).

[Aunque estamos en una película en la que los enigmas se resuelven pronto, quien no desee conocer la naturaleza exacta de su inolvidable final debe dejar de leer aquí]

Esa melancolía brilla poderosa en toda la parte final, desde el regreso de Holmes al hotel para desenmascarar a Ilse von Hoffmansthal y la bella despedida de éste, componiendo un auf wiedersehn con la sombrilla cuyos movimientos en morse servían para comunicarse con sus agentes. Y en la inolvidable conclusión. Vueltos en apariencia Holmes y Watson a su rutina habitual en Baker Street, a los opulentos desayunos servidos por la señora Hudson, una carta vuelve a destrozar la imperturbabilidad del detective, el anuncio de la ejecución de la espía en Japón. Lo que mueve a Holmes a levantarse y buscar una vez más su jeringuilla para inyectarse la solución de cocaína al siete por ciento, bajo la mirada esta vez comprensiva del dolorido Watson, quien a su vez se dirige a su silla de trabajo para poner por escrito el final de la historia…

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: La vida privada de Sherlock Holmes / The Private Life of Sherlock Holmes. Año: 1970.

Dirección: Billy Wilder. Guión: I.A.L. Diamond y Billy Wilder. Fotografía: Christopher Challis. Música: Miklós Rózsa. Reparto: Robert Stephens (Sherlock Holmes), Colin Blakely (Watson), Geneviève Page (Gabrielle Valadon), Christopher Lee (Mycroft Holmes). Dur.: 125 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a La vida privada de Sherlock Holmes: el detective, la espía y el monstruo

  1. benariasg dijo:

    Entrañable comentario para una película maravillosa.

    • Inolvidable. La vi por primera vez en pantalla grande y vose hace más de 20 años, en un festival en Málaga de cine clásico y la recuperé esta semana pasada, en el ciclo del cine Albéniz, yo creo que la misma copia. Y no digo que pareció la primera vez, porque ahora me pareció incluso un film más sabio y más humano.

  2. Franklin Padilla dijo:

    Curiosamente, dos destacados comediógrafos del cine estadounidense tienen en su haber intensos dramas cinematográficos sobre alcoholismo. “Días sin huella” (Lost Weekend) de Billy Wilder, con un magnífico Ray Milland, nos muestra una descarnada visión del fin de semana de un alcohólico, con una detallada descripción clínica del síndrome de abstinencia tan clínicamente exacta que la usamos con los pacientes del Servicio de Atención a de alcohólicos del Hospital Psiquiátrico de Caracas con bastante éxito para motivar a los pacientes a ingresar a un tratamiento en la Comunidad Terapéutica del servicio.
    La otra, también de un comediógrafo, es “Días de vino y rosas” (Days of Wine and Roses) de Blake Edwards, se centra sobre todo en la codependencia alcohólica gracias a la magnífica interpretación de Jack Lemmon y Lee Remick. Ambas son ejemplares desde el punto de vista cinematográfico , si bien como psiquiatra y docente la última me parece más realista en cuanto a la dinámica conyugal.
    A los interesados, les recomiendo visitar http://conescapularioajeno.blogspot.com/2012/07/el-reflejo-de-su-rostro-en-el-cristal.html

    • La película de Wilder me deslumbró en el momento en que la vi, además de descubrirme el talento de un actor al que hasta entonces solo tenía (lo que no era poco…) por un tipo simpático, como Ray Milland. La de Edwards la he visto más veces y quizá la tengo más desgastada: desde luego, muestra la caída en el alcoholismo como pocas veces (acercamientos presuntamente tan hiperrealistas como “Leaving Las Vegas” no le llegan a la altura del zapato), y siempre he admirado la dureza de un relato en que la persona arrastrada a la adicción es, al final, la que queda abandonada cuando su inductor consigue regenerarse.

      Muy interesante el artículo que has enlazado, además.

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