Salvar al soldado Ryan: ¿denuncia del absurdo de la guerra o apología del buen soldado?

Salvar al soldado RyanDesde sus primeras imágenes, Steven Spielberg se encarga de dejar bien claro que su propósito con Salvar al soldado Ryan es el mismo que el que emprendió en el film que le sirve de referente más directo, La lista de Schindler (1993). Si este título pretendía ser la película del Holocausto, aquél aspira a ser la película de la Guerra. Y lo cierto es que parte de un planteamiento estupendo. No por original, pues ya se había hecho sobradas veces: la guerra es un escenario en el que acaban dando igual las motivaciones nobles o las razones superiores de un bando sobre otro; al final, solo queda espacio para la inhumanidad, para la barbarie, para la muerte. Sino porque el argumento escogido subraya aún más esta condición, dejando bien claro que, en esas condiciones, el intento de invocar el humanitarismo —ya sea por calculada propaganda o por ingenua buena intención— no es sino un modo absurdo de recalcar esa completa deshumanización. En este caso, un comando de hombres que acaban de jugarse la vida en las playas de Normandía (sobreviviendo a una masacre dantesca: particularmente, esta película abre los ojos acerca de la pura condición de carne de cañón que tienen los combatientes de a pie en toda guerra) es enviado al rescate de un soldado que está perdido al otro lado de las líneas, pues es el único superviviente (o se espera que lo sea) de cuatro hermanos, tres de los cuales ya han perdido la vida. El alto mando, así, quiere devolvérselo sano y salvo a su madre, asumiendo que la familia ya ha pagado sobradamente el «tributo de sangre», para remarcar así de este modo que los hombres que luchan por América son algo más que números de una estadística.

Ahora bien, la misión, como bien señalan los ya nada idealistas soldados que componen el comando, no hace sino subrayar el absurdo: tras una batalla que ha remarcado de modo especialmente terrible que la guerra es lo que más nos aleja de la humanidad, ese gesto del alto mando supone una parodia de humanismo, una burla al sufrimiento de esos hombres que acaban de saber lo que es sentirse una mera ficha en un tablero dispuesto por otros. Sobre todo porque, como es lógico, muchos de los hombres enviados a salvar al soldado Ryan morirán en el empeño. Y el mismo Ryan, una vez encontrado, se sentirá avergonzado del trato de favor al que se le quiere someter y se niega a marchar con aquéllos, permaneciendo con su propia compañía, embarcada en la defensa casi suicida de un puente fundamental para el avance de los aliados.

Un planteamiento estupendo, como señalaba, valiente, lacerante. Que tiene sentido precisamente por esa genial escena de apertura, que muestra justo la llegada de las primeras barcazas aliadas a las playas francesas y el desesperado intento de los soldados no ya por alcanzar los objetivos, sino por sobrevivir pura y duramente a la lluvia de metralla que los alemanes arrojan sobre ellos, bien a cubierto desde los búnkeres que dominan todo el terreno. La vida en esas playas se convierte en una mera cuestión de suerte, de azar, de imposibilidad para las ametralladoras alemanas de poder matar a la vez a todos cuantos llegan sin posibilidad de cubrirse: es estremecedor comprobar cómo incluso ni siquiera bajo el mar los soldados están a salvo, pues las balas también los encuentran ahí. La increíble carnicería a la que asistimos nos sitúa en un espacio infernal, apocalíptico, simbolizado por esas aguas teñidas de sangre que se mecen, suaves, en la playa llena de cadáveres, después de la batalla. A quién diablos le importa, en esas condiciones, quién lucha por la libertad y quién es un sicario del totalitarismo…

Un mar escarlata en las playas de Nromandía

Ocho hombres, liderados por el capitán Miller (Tom Hanks), se internan en el caótico escenario de esa Francia normanda donde aliados y alemanes pugnan por cada metro cuadrado, sin tener una idea muy clara ni de sus respectivas posiciones ni de las posibilidades reales de cada uno de ellos. Se entrecruzan con otras batallas, ayudan ocasionalmente a algún pelotón, deciden librar el terreno de un nido de ametralladoras, matan, son matados, y avanzan en busca de un soldado del que solo conocen su nombre, incluso tropezándose con alguno que comparte el mismo apellido y cuya confusión vuelve a arrojarles a la cara lo irónico de su misión.

Un acierto de la película es que esos hombres no resultan simpáticos, no incitan a la identificación con el espectador, no son personajes al estilo fordiano, y ni siquiera los interpretan actores secundarios con peso. (Uno de ellos, el primero en morir además resulta ser Vin Diesel, gorilesca estrellita de películas de acción al estilo de la «saga» Fast and Furious.) Eso sí, entre esos personajes se reconocen varios arquetipos propios del género bélico. Así, ese sargento de incondicional lealtad hacia su oficial al mando (con el que incluso se tutea en los momentos de intimidad: son amigos, si se puede ser amigo en tiempo de guerra), que sabe emplear el tono justo de brutalidad para hacerse obedecer y no odiar por el resto de la tropa, y que es el primero en arriesgar el pellejo cuando es necesario. O el soldado más joven e inexperto, de hecho sin ninguna experiencia en combate, reclutado para la misión por sus conocimientos de francés y alemán, y al que aterra el mero ruido de las balas. Este personaje, claro, está destinado a ser el portavoz del espectador, tan inexperto como él en tales lides, y se caracteriza por no estar tan encallecido (o acostumbrado a lo peor) como sus compañeros, de tal modo que hace compatible ese miedo incontrolable con la defensa de la dignidad humana: cuando hacen prisionero a un alemán, hace todo lo posible porque le perdonen la vida. Por supuesto, más tarde ese alemán acabará matando, en combate, a uno de sus compañeros. El absurdo del humanitarismo en medio del caos de la guerra, de nuevo.

Tom Hanks como el capitán MillerSin embargo, el personaje mejor trazado, el que, éste sí, pretende caer bien al espectador, concitar su adhesión emocional, es el del capitán Miller. Miller es el clásico oficial carismático que, sin necesidad de aspavientos autoritarios, recibe el respeto incondicional de sus hombres, en buena medida por ser un excelente psicólogo. Miller, maestro de escuela en la vida civil —durante una buena parte de la película sus hombres cruzan apuestas sobre cuál será ese trabajo, y la verdad los acabará desconcertando, si bien el discurso del capitán, en ese momento, da pie a una de las mejores escenas no bélicas de la película—, es el personaje a través del cual Spielberg pretende dibujar la tragedia de la sensatez del hombre medio atrapado en la guerra. Ese tipo que intenta modelar conciencias a través del aprendizaje se ve ahora obligado a matar: y él lleva, con desolación, la cuenta exacta de cuántas vidas han caído como consecuencia de sus actos de guerra, aunque intenta refugiarse un tanto en el cómputo de cuántas también habrá contribuido a salvar.

Es una lástima que Spielberg escogiera a su amigo Tom Hanks para desempeñarlo, pues éste es un actor unidimensional, incapaz de proporcionar a sus personajes un rasgo, una mirada, una hondura, cualquier circunstancia emocional, en suma, que no esté ya escrita o declarada en el guión que interpreta. Hanks no puede resultar carismático porque sí. Y desde luego es incapaz de transmitir esa amargura, esa humana amargura, que en teoría posee y que [— spoiler—] debería haber vertido sobre él la mayor de las emociones en su muerte final. Nada de eso existe en Miller, aunque es cierto que, al menos, Hanks, al no ser un actor gesticulante ni pretencioso, no molesta y, dentro del tipo de personaje que encarna, su estilo, o no-estilo, garantiza que no sea un obstáculo para disfrutar la película. Uno, con un estremecimiento, piensa en lo que hubiera ocurrido de haberse elegido a un Nicolas Cage.

El resto de actores del reparto resulta, asimismo, irregular. Destacan Tom Sizemore encarnando, precisamente, al sargento, y el particular Adam Goldberg, al que algunos recordarán de divertidas encarnaciones televisivas, como en la serie Friends. Por el contrario, resulta muy cargante Edward Burns —por otra parte, un hombre con inquietudes, pues al mismo tiempo ha desarrollado una carrera de director de modestas películas de autor… muy aburridas, eso sí— en su papel de soldado contestatario. Y también lo es Jeremy Davies encarnando al joven intérprete con un torrente de tics muy propio de los actores del Método: poco después se convirtió en el principal error de la estimable versión de Solaris dirigida en 2002 por Steven Soderbergh.

Spielberg dirigiendo Salvar al soldado RyanSalvar al soldado Ryan, desde luego, vuelve a demostrar que hay pocos directores del cine contemporáneo que posean la fluidez narrativa de Spielberg. Secuencia por secuencia, y eso sí, de la mano de una estupenda fotografía de su fiel Janusz Kaminski y de un excelente montaje, el director de Tiburón deslumbra. Cada uno de los momentos bélicos es espléndido, e incluso destaca por su renuncia a repetirse: cada batalla es distinta a la anterior. Incluso una de ellas (la conquista del nido de ametralladoras) incurre ya en el virtuosismo al ser narrada en off, permaneciendo la cámara con el intérprete, muerto de miedo a retaguardia, y señalando lo que éste ve a distancia (que es poco) y escucha (que lo aterra aún más, sobre todo cuando queda claro que otro de sus compañeros ha caído). El sentido del detalle también es revelador: véase ese momento en que la niña francesa cuyo padre ha intentado confiársela a los americanos para que la salvaran, una vez devuelta a los brazos de éste puesto que, en realidad, no hay sitio seguro donde llevarla, reacciona golpeando desconsolado a su todavía más desconsolado progenitor. Pues ella solo ve que ha querido abandonarla, dejarla a otros, desprotegerla del calor de los únicos seres en los que una niña cree que se puede confiar plenamente, la propia familia. Otra inocencia que se pierde en medio de la guerra…

Por todo ello, es evidente que Salvar al soldado Ryan lo tenía todo para haber sido una obra maestra. Pero, ay, estamos en el universo cinematográfico de Spielberg. El director probablemente más dotado del cine moderno para la narración visual, pero también el hombre con peor sentido del planteamiento dramático: cuántas películas, llenas de momentos espléndidos, ha estropeado por esta circunstancia, de La lista de Schindler a Hook, de Encuentros en la tercera fase a El imperio del sol.

Pues el problema principal que posee Salvar al soldado Ryan es su ambigua inconsecuencia. Esta supuesta mirada de incontenible dureza sobre el fenómeno de la guerra —en su sentido más abstracto, se entiende: aquí da igual quiénes son los defensores de la democracia y quiénes de la barbarie, pues está claro que ambos son capaces de incurrir en el mismo salvajismo que es la lucha por la mera supervivencia— acaba desvirtuándose bastante porque también acaba haciéndose presente la glorificación del americanismo, del sacrificio del buen soldado americano por el ideal que lo llevó a combatir en esas playas lejanas, contra esos bárbaros de la cruz gamada. Lo siento, pero ambas perspectivas me parecen incompatibles: por separado, sin duda, defendibles; juntas, me parece que se está jugando a dos barajas, obligando a cuestionar no sé si la ética del propósito, pero sí su coherencia dramática.

Un joven Matt Damon como el soldado RyanDe hecho, la película ya se iniciaba en este sentido. Pues no empieza directamente con el desembarco en Normandía, sino con una secuencia situada en tiempo presente, en la cual un anciano camina, en compañía de su familia e indudablemente emocionado, hasta uno de esos cementerios militares que en los Estados Unidos rinden homenaje a los caídos en las guerras mundiales, y que lo lleva, con los ojos embargados en lágrimas, hasta una cruz concreta, cuyo nombre, claro, se hurta al público. Ese hombre, claro, es el soldado Ryan, y he aquí lo discutible: la inicial grandeza del planteamiento es que ese Ryan por el que tantos esfuerzos, baldíos, se van a poner en marcha no es importante por sí mismo sino como mero símbolo de la imposibilidad del humanitarismo en tiempos de horror.

Sin embargo, Spielberg, al hacer que toda la historia se ponga bajo el foco de sus emocionados recuerdos, lo convierte en símbolo del esfuerzo de tantos soldados americanos, sencillos e inocentes, que marcharon a cumplir con su deber al otro lado del mundo. Inclusive, en la parte final, el feeling entre Ryan y el capitán Miller (Hanks), con el que mantiene varias conversaciones a las que, se nota, se pretende dotar de gran trascendencia, y que incluso tiene como culminación las palabras finales que el segundo susurra al primero antes de morir, ese feeling deviene en una especie de responsabilidad que se carga sobre los hombros del joven soldado al que se vino a buscar, y que lo obliga a darle un sentido a su vida posterior al encuentro con Miller. Aparte de la inútil pretenciosidad de esta deriva final, obliga a formular una grave objeción: ¿por qué tiene que sentirse Ryan obligado si realmente, y como hemos visto, Miller y su comando desde luego no le salvan la vida?

Una lástima, pues. Salvar al soldado Ryan lo tenía todo para haber sido un título de referencia dentro de su género —como, por ejemplo, sí lo es el otro gran film de Hollywood que se proponer ser la película de la Guerra, el sobrecogedor Apocalypse Now (1979) de Coppola—, y aunque desde luego lo que ofrece basta para considerarla un muy buen film, la oportunidad perdida provoca un indudable pesar.

Por lo demás, repito, me parece una muy buena película, que inaugura el tono adulto que a partir de ese momento dará origen a la mejor etapa de la filmografía de su autor, con el cambio de siglo (y que contiene joyas como Inteligencia Artificial, de la que ya hablé en otro artículo del blog). Y si el film se iniciaba con una secuencia bélica espléndida, la batalla final, prácticamente a muerte, que tiene lugar en el pueblecito francés cuyo puente debe ser defendido, resulta también inigualable. Lástima de la lagrimosa coda final, del encadenado del rostro del joven al anciano Ryan. Sin ese prólogo y epílogo, sin la ambigüedad americanista, quizá con media hora menos de metraje y con un buen actor en el papel de Hanks, Salvar al soldado Ryan sería ahora una de las obras maestras del cine bélico y, por tanto, del cine en general.

Todos los protagonistas de Salvar al soldado Ryan

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Salvar al soldado Ryan / Saving Private Ryan. Año: 1998.

Dirección: Steven Spielberg. Guión: Robert Rodat. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Reparto: Tom Hanks (Capitán Miller), Edward Burns (Soldado Reiben), Tom Sizemore (Sargento Horvath), Matt Damon (Soldado Ryan), Jeremy Davies (Cabo Upham). Dur.: 169 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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